Comandante Durán
Libro tercero Gustavo Durán, diplomático
Libro tercero
Gustavo Durán, diplomático
Gustavo Durán en sus últimos años. (Imagen cedida por la
familia Durán).
12
Exilio
Quien consigue un pacto entre su memoria y su olvido, puede vivir.
Quien no, muere de un modo o de otro, mejor o peor, separándolos en su pelea diaria.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Pasado,
presente, futuro
The National Joint Committee for Spanish Relief, la organización de asistencia dirigida por la duquesa de Atholl, pronto encontró acomodo para Durán. Su primer hogar fue el de Mr. H. T. Cadbury-Brown, en el 17 de Clarges Street. Allí residió hasta mayo. Se trasladó entonces a la vivienda de sir Leslie A. Plummer, en el número 8 de Wells Rise. En ambas casas encontró el mismo consuelo cómplice, generoso pero insuficiente para alguien en plena conmoción personal y abatido por la derrota, necesitado de aislamiento antes de clarificar sus ideas.
Su propósito no era fácil. Allí donde recalaba se hacía inevitable la revisión del pasado. Limitó al máximo sus encuentros con compatriotas. Sólo el general Leopoldo Menéndez y el coronel Federico de la Iglesia, con quienes compartió viaje en el Maine, siguieron manteniendo contacto asiduo con él. A los demás procuró discretamente evitarles. No deseaba encuentros de reafirmación ideológica tras la derrota, ni poner a prueba su lealtad en una colonia de refugiados dramáticamente dividida incluso en el exilio, entre partidarios de Casado y Negrín, que por azar dirimieron sus reproches en Londres, ciudad de acogida para ambos. A los leales, a los amigos de la guerra, a los de antes de la guerra, no los encontraba allí. A los que habían logrado sobrevivir los había dispersado el exilio entre México, Francia, Orán o Bélgica. En cuanto a los que habían quedado en España, se imaginaba la suerte que habían corrido.
Ni siquiera la propia ciudad de Londres permitía mitigar su angustia. La metrópoli que tanto admiró en 1934 cuando la visitó de regreso a España, se le antojaba ahora un hogar provisional, acogedor pero extraño. El clima de preguerra que vivía el Reino Unido le retrotraía igualmente a aquella España de 1936 que ahora le resultaba tan lejana. Tres años podían representar una distancia insalvable, incapaz de descifrar acudiendo simplemente al calendario. Sólo la memoria, el dolor o la experiencia compartida permitían imaginar el drama íntimo que anidaba en cada superviviente, en cada exiliado.
Únicamente encontraba consuelo en las noticias que le llegaban por carta, cuando éstas le permitían saber a salvo a tal o cual amigo. Sin otro patrimonio que su propio recuerdo, conservó las cartas de aquella época como un preciado tesoro. Cada una de ellas era recibida con angustia y esperanza antes de conocer un contenido que podía ser reconfortante o trágico; misivas que, en su mayoría, testimoniaban tragedias similares, pero que perseveraban en la amistad y en la necesidad de saber de los demás, de conocer la fortuna de los más allegados en aquellos días de infortunio. A Londres le escribieron muchos amigos y algún familiar procurando noticias sobre su estado.
Uno de los primeros en ponerse en contacto con él fue Ernst Adam, refugiado en París junto con conocidos comunes. El 23 de abril Adam le escribió para anunciarle que estaba a salvo, y le sugirió que intentara obtener dinero publicando un libro sobre su experiencia en la guerra. Incluso le recomendó contactar con la agencia londinense Curtis Brown, interesada en el proyecto. Pero lo último que Durán deseaba entonces era teorizar sobre la guerra o revisar su participación en ella. Sería tanto como evidenciar lo que pretendía ignorar: la desunión, las luchas intestinas, las decisiones equivocadas.
Adam volvió a escribirle en julio. Hablaba de nuevo un amigo leal. Le traía noticias de Alberti y de María Teresa, también en París; de Vicente Salas Viu y de su mujer, Daniela, a punto de emprender viaje hacia Chile, lugar de asilo definitivo para ellos. Robert Capa le enviaba saludos y le informaba con la máxima ingenuidad de que el general Kléber debía de estar en China. Le hablaba también de Carmela, casada con Jean de Foucault, ahora Jean Bertand. Residían en París, donde Jean había retomado la pintura. Todos atravesaban una crítica situación económica y Adam se lamentaba de no poder ayudarles. Afloraba tímidamente un sentimiento compartido de decepción:
No dejo de pensar en cómo hacer tu exilio más agradable… Salas
[Vicente Salas Viu] y Daniela han abandonado Francia con destino Chile,
y también he hablado con María Teresa y Alberti, que son los mismos de
siempre y piensan permanecer en París… Capa, que entre otros te envía
saludos, me ha contado que Kléber debe estar perdido en China, pero no
sabe más… Veo a pocos militantes que estaban allí; en el fondo, las
experiencias en España y más tarde en París me han desengañado de
muchas cosas que antes toleré cuando sólo veía nuestras ideas comunes.
Sé que tú tienes una reacción similar y creo que no somos los únicos…
Carmela es verdaderamente una mujer adorable y Jean un buen
compañero y también un pintor bastante correcto. He revisado mi opinión
relativa a su calidad artística después de ver algunas realizaciones
suyas[175].
Gustavo ya había recibido noticias de Jean y Carmela a través de una carta remitida por ésta días antes en la que le comunicaba el suicidio de su padre. Le evitó los detalles concretos de su muerte. La misiva permite confirmar la estrecha relación de Durán con Fernando Gerassi, pintor de origen sefardí, militar en las Brigadas Internacionales, intelectual prominente que sería en el futuro gran amigo de Jean-Paul Sartre, al igual que en Francia y España lo había sido de Alberti, Dalí, Picasso o Juan Gris. La carta de Carmela decía:
Mi queridísimo Gustavo: hemos recibido varias veces noticias tuyas
por mediación de amigos, y hoy ha sido por Gerasy, el cual nos ha dado
tus señas. Siento mucho tener que darte la mala noticia que acabamos de
recibir, de la madre, diciéndonos que el día 5 domingo por la noche a las
12 Pepe a [sic] fallecido. Suponemos que esto te producirá mucha tristeza,
es horrible por lo inesperado… Nosotros estamos pasándolo bastante mal,
y ahora con esta triste noticia peor, pues no podemos traer a la madre
como sería nuestro deseo porque no disponemos de dinero alguno y lo
que es peor, que es bastante difícil encontrar trabajo. Con todo creemos
que dentro de unos días Juan [Jean] podrá trabajar en la decoración de
cine, por lo menos Malraux se lo ha prometido. Tenemos entendido (pues
hoy hemos visto a Gerasy, Alberti y María Teresa) que están haciendo lo
necesario para enviarte dinero. Escríbenos pronto, no sabes la alegría que
nos a [sic] causado el saberte fuera de peligro. En fin querido Gustavo
muchísimos abrazos de los dos, y otra vez te escribiremos más, muchos
abrazos. Jean y Carmela[176].
Su padre, Pepe en la alusión distante de Carmela, seguía siendo, pese a todo, una referencia irreemplazable en la vida de Durán. Pese a sus diferencias, él representaba una suerte de reedición suya. También militar, en otra guerra, igualmente derrotado pero con distinta fortuna. Él era ahora el coronel Durán. La noticia le impresionó. Consideró aquel acto como un último gesto ennoblecedor. Así se lo confesó a Federico de la Iglesia, quien a su vez correspondió con la misma opinión: «Siento mucho la muerte trágica de tu padre y comprendo tu admiración por su gesto altivo que admiro y
respeto también»[177].
También le escribió Vicente Salas, quien le confirmó su inminente viaje a Chile tras pasar un tiempo en el campo de concentración francés de Saint-Cyprien. Su primera misiva es del 9 de abril, tras confirmar que Durán y Francisco Ciutat de Miguel se encontraban en Londres: «Me enteré a tiempo de tu salvación y la de Ciutat; no quiero decirte lo que me alegra después de las cavilaciones y los tristes cálculos que a tu costa venía haciendo desde que
salí del delicioso y acogedor garaje de Saint Cyprien»[178]. André Malraux le envió una carta desde París proponiéndole que se trasladara a la capital francesa para trabajar como compositor musical en la industria cinematográfica. Desde Francia recibió igualmente el testimonio afectuoso de Cipriano de Rivas Cherif:
Querido Gustavo: por el general Menéndez, que ha venido a pasar una
temporada con nosotros, consigo saber de ti. No dudarás de la sinceridad
de mis palabras si te digo que en esta casa hemos perseguido tus noticias
con verdadera angustia. Otros amigos también me preguntaban por ti. Me
dice el general que estás malo últimamente. Cuando te mejores no dejes
de escribirme. Recibe en tanto un fuerte abrazo de tu siempre amigo
Cipriano [179].
Durán escribió poco. Su proverbial pereza para mantener correspondencia, su apatía vital y el propio agotamiento físico se aliaron. Pero a los más íntimos no les defraudó. Entre éstos seguía contando con Alberti y María Teresa León, refugiados en París junto con Pablo Neruda y Delia del Carril. Gustavo escribió a Rafael nada más establecerse en el Reino Unido. Poco después éste respondió. No se conservan las cartas originales de Durán pero sí las respuestas de Alberti. Son textos emotivos, como correspondía a una amistad antigua consolidada en las vicisitudes de la guerra, pero reflejan también preocupaciones: las económicas, las políticas y las propias dudas de Durán.
En la primera carta, fechada el 21 de mayo, Alberti le proponía que se instalara en París con ellos:
Gustavo, Gustavérrimo: ¿Qué haces ahí entonces?, ¿no estarías mejor
aquí con nosotros? Por lo menos lo que nosotros tenemos lo tendrías tú;
es decir, la misma ayuda, porque la caridad humana es muy hermosa, etc.
… Ha llegado de Chile Pablo Neruda, que se porta maravillosamente, te
quiere mucho. Piensa tomar una nueva casa. Nosotros, dándole nuestra
modesta ayuda, viviremos con él. Seguramente habría sitio para ti. Todo
dependerá del tamaño del appartment [sic]. Pero esperamos será lo
suficientemente grande para que quepamos todos[180].
Del siguiente párrafo se desprende que Durán le había expresado su estado anímico, cuestionándose incluso su actuación en la guerra. No hay referencias concretas a ningún hecho, pero Alberti le transmite su apoyo y también una velada advertencia sobre la reacción que podría generar:
Pienso y no me creas padre Prior que tu limpísima y sorprendente
historia durante la guerra, y tu clarísimo talento, merecen ser tratados, por
ti mismo, mejor, con más serenidad y precisión por tu parte. Tú no puedes
tirar por la ventana tu vida, tu historia, etc.; tú no puedes tirarte por la
ventana. Un momento de justificadísimo cansancio después de una guerra
tan feroz y del papel que has desempeñado en ella no te da derecho a
proceder con ligereza y en contra tuya. Es comprensible pero no debe ser.
Yo lo comprendo, nosotros lo comprendemos, pero, a lo mejor, ellos son
los que no lo comprenderán. Tendría arreglo todo. Sería mejor. Es mi
opinión particular… Gustavo: arregla algo con Malraux y vente aquí.
Estaríamos todos unidos. Llegaríamos a rehacernos. No pienses nunca
que no te queremos. Somos los mismos. Te hemos visto de cerca… Por
hoy abrazos, muchos abrazos de Rafael.
La carta terminaba con dos despedidas. Una, de María Teresa León: «Querido Gustavo, querido, vente, que no gozamos de la amistad plenamente sin ti», y otra de Pablo Neruda y Delia del Carril: «Gustavo, te queremos tanto como siempre, que es decir que te queremos muchísimo y esperamos verte muy pronto. Aún iré a Londres a verte si es preciso. Pablo y Delia».
El consejo de Alberti, incluso expresado en términos amistosos, debió de resonar con inquietud en Durán, agravando un hastío que no volvió a comentar al poeta gaditano. Al único amigo al que solicitó ayuda, posiblemente porque sólo él podía ofrecérsela, fue a Ernest Hemingway. Le escribió a Cuba rogándole que le enviara dinero y, en la medida de lo posible, que le consiguiera un empleo en Estados Unidos, sugiriéndole la industria cinematográfica. Hemingway le respondió con prontitud. Le remitió cincuenta libras, su primer dinero en Londres, y le adjuntó una extensa carta llena de buenos propósitos. La misiva está fechada el 10 de mayo de 1939 en el hotel Ambos Mundos de La Habana. En ella, el escritor le confirma su intención de ayudarle en cuanto pueda. Cree que Joris Ivens, el director de Tierra de España, podría ser un excelente introductor en Hollywood, y le remite a Herbert Matthews, entonces corresponsal en Roma, para que contacte con él y solicite su apoyo. Hemingway le menciona que está trabajando intensamente en su novela sobre la Guerra Civil y que espera, asegura, poder terminarla antes de que comience una nueva guerra en Europa, dando por hecho que es inminente.
Durán, entretanto, libraba su particular batalla ya no sólo contra la desolación, sino también contra la enfermedad. A principios de junio sufrió unas elevadas fiebres que le fueron diagnosticadas como paludismo. Otra consecuencia tardía de la guerra, ésta en forma de infección tropical completamente atípica en Londres, y que había contraído antes de abandonar España. Durante su traslado en el Maine había sufrido episodios febriles, pero habían remitido poco después. Esta vez la enfermedad brotó con gravedad. Pasó varias semanas ingresado en el hospital de Colchester, atendido por la familia Plummer, en cuya casa había estado acogido hasta entonces.
Hasta allí siguieron llegando cartas de personas preocupadas por su salud, incluidas las primeras de varios de sus amigos músicos confirmando la dispersión provocada por el exilio. Óscar Esplá le habló del triste destino de Julián Bautista, refugiado en Bruselas, o del de Salvador Bacarisse, que malvivía en París. En un tono similar, Enrique Casal-Chapí combinaba la alegría y la nostalgia, la tristeza y el desprecio, este último ante una acusación de la que Durán había sido objeto. Ya no se trataba de una sutil advertencia:
Querido Gustavo: Al fin Cipriano me envía tus señas. He pensado en
ti con gran angustia desde que se inició nuestra caída definitiva y, sobre
todo, en sus últimos momentos. He preguntado mucho y nadie me decía
nada. Al fin, hace ya tiempo María Teresa dijo a Farías que estabas en
Marsella. Quisimos saber tus señas pero sólo nos contestó un periodista
francés «que eras casadista». Todo sigue siendo repugnante y mezquino…
Qué diferente todo esto de aquella tarde de invierno en que viniste a una
vieja casa de la calle de Goya a convencerme por motivos en gran parte
«peregrinos», y en la que después comentabas por la calle de Alcalá que
España era el país maravilloso en que la gente podía decirte:
—¿Adónde vas?
—A ningún sitio.
—Entonces te acompaño[181].
Le escribió también Julián Bautista con similar amargura, pero con el prudente detalle de eludir los pormenores de su exilio. «Haces bien en no contarnos tu odisea, así podrás olvidarla más fácilmente. Yo tampoco te cuento la nuestra ¿para qué? Hagámonos la ilusión de pensar que todo no ha sido más que un mal sueño», le diría tras recomendarle que no desesperase en su fracasado reencuentro con la música: «Me alegra que vuelvas a la música. Dices que sin resultado. No te preocupes, es cuestión de desentrenamiento.
Continúa y verás como recobras la soltura de mano»[182].
Rivas Cherif se inquietó por su salud. Pensaba en salir de Europa y apelaba a la nostalgia en su despedida con recuerdos compartidos: «¿Te acuerdas cuando llevábamos al señor Azaña a ver a la Moragas con el traje de
cristal?»[183].
La añoranza, disfrazada de ironía, de impotencia o de tristeza, impregnaba muchas de estas cartas. Releerlas es un fidedigno repertorio de desventuras comunes. Su amigo Alfredo Matilla, hombre de cine, fiscal de la República y exiliado en Francia, le hablaba del paso del tiempo, del pasado convertido en una entelequia entonces definitivamente perdida, del presente absurdamente trágico hasta rozar lo cómico:
Yo hay días que juego al mus con el general Llano de la Encomienda,
con un inspector de primera enseñanza y con un comandante general de
artillería. Tenemos de mirones a seis coroneles. ¿Quieres nada más
disparatado?… Pero tengo días tristes. ¡¡¡Yo!!! ¡No te asombres Gustavo!
¡Era demasiado hermoso lo que hemos perdido! Pienso en América pero
no dejo de pensar en España[184].
Y le escribió Rafael Alberti, inquieto por las noticias sobre su enfermedad. El poeta eludió nuevas referencias incómodas. Simplemente expresó preocupación y le reiteró la propuesta de vivir con ellos en París. Neruda, Delia y María Teresa le enviaban también sus deseos de un pronto reencuentro:
Queridísimo Gustavo: Te escribimos una larga carta con posdata de
Pablo Neruda, que se acuerda mucho de ti y te quiere de verdad. Ayer nos
enteramos por una carta tuya a Gerasi que has estado enfermo en el
hospital con paludismo. Esto nos ha entristecido mucho. Pablo y Delia
irán pronto a Londres. Tienen muchas ganas de abrazarte y estar contigo.
Si nosotros no estuviéramos tan mal económicamente iríamos con ellos.
Pero será difícil. Todos quisiéramos que estuvieras aquí con nosotros.
Dinos si realmente quieres que hagamos algo por conseguir tu estancia
legal en París. Pablo quizás pueda ayudarte. Leo en tu carta tus quejas
contra el silencio de Malraux. Sólo puedo atribuirlo a su mucho trabajo en
estos días. Nosotros tampoco le vemos. Desde que vinimos de Francia
sólo hemos estado con él dos veces. Le llamaremos y hablaremos con él.
¿Por qué a nosotros no nos pones unas letras?, ¿es que no has recibido
nuestra carta?, ¿es que puedes creer acaso que no somos tus amigos de
siempre?… Gustavo, Gustavo: escríbenos. Te queremos de verdad.
Muchos y fuertes abrazos. Rafael. [Anotación de Delia del Carril]: Pablo
y yo iremos pronto a Londres y nos hacemos una gran fiesta de verte y
abrazarte locamente. Delia. [Anotación de María Teresa León]: Abrazos y
el gran cariño de antes y después. [Anotación de Pablo Neruda]: Fuera de
los deseos de verte tengo cosas concretas que hablar contigo. Te ruego
contestes a ver si concretamos una entrevista aquí o en Londres. Te
abrazo fraternalmente. Pablo[185].
Cuando abandonó el hospital conoció a Jack Cowan, un hombre extremadamente amable y culto, músico y pianista. La pasión común por la música facilitó el entendimiento personal y de la mano de Cowan, sentado al piano de su domicilio, recuperó su añorada faceta de músico, en la que Julián Bautista le recomendaba que insistiera hasta reconquistar el tacto y el sentido musical. Poco a poco lo logró, como también mejoró su estado físico y anímico, mostrando que lo uno resultaba improbable sin lo otro.
Comenzó también a lograr cierta normalidad en su vida, a formalizar una rutina, la cotidianidad del exiliado, con salidas más frecuentes para redescubrir por primera vez desde su llegada el mismo Londres que le fascinó en su primera visita cinco años antes, o para abrir su entorno a otros refugiados. Ya no sólo trataba a Federico de la Iglesia, sino que frecuentaba también a Pablo de Azcárate, exembajador republicano, y a Antonio Ramos Oliveira, amigo personal al que conoció en la capital británica. Fue entonces cuando Cowan le propuso un viaje breve, una ruta cultural de aprendizaje al sur de Inglaterra. Aquel trayecto sin demasiadas expectativas cambió para siempre la vida de Gustavo Durán.
Nada volvió a ser lo mismo tras conocer Dartington Hall, cerca de Totnes, en el condado de Devonshire. Cowan le llevó, en un largo viaje en coche por la todavía pacífica campiña, hasta la mansión medieval, maciza, bella y elegante, que conoció por primera vez en agosto de 1939. Dartington Hall era, además de una construcción de singular belleza, sinónimo de cultura, de vanguardia y de avanzados programas de educación. Todo ello lo debía al matrimonio que había comprado la propiedad en 1925, Leonard y Dorothy Elmhirst. Rehabilitaron la finca, recuperaron sus suntuosos jardines e iniciaron varios proyectos educativos, basados en modelos novedosos y progresistas, alejados de los cánones de la estricta disciplina escolar británica. Experimentaron también con sistemas de agricultura colectiva más redistributivos y justos. La Dartington Hall School fue su iniciativa pionera y más exitosa. Los métodos de enseñanza dieron buenos resultados y pronto contó con trescientos alumnos en sus aulas. En torno al proyecto fundacional se fue creando una red de instituciones auxiliares y de actos de todo tipo que hicieron del centro un núcleo cultural de primer nivel.
La música fue siempre otra de las inquietudes constantes de sus fundadores. Dorothy Elmhirst poseía suficiente curiosidad artística y energía vital de sobra como para no renunciar a ningún estímulo cultural. También poseía el dinero necesario para materializar sus sueños. Nunca le había faltado. Procedía de Estados Unidos, era la hija de un multimillonario y se había casado en 1911 con el diplomático Willard Straight, con quien tuvo tres hijos. Enviudó en 1918 y se volvió a casar en 1925 con Leonard Elmhirst, un británico emprendedor y comprometido con la justicia social que trabajó en la India como secretario del premio Nobel de Literatura Rabindranath Tagore. Con él participó en muchos de los proyectos de reforma agraria y social que emprendió el escritor. Cuando se casó con Dorothy estaba convencido de la bondad de importar ese mismo modelo igualitario a Occidente. No le costó convencer a su filantrópica esposa de que Dartington Hall sería la expresión fiel de su utopía común.
Durante la Guerra Civil, las simpatías de ambos por el bando republicano fueron públicas. Pertenecían a esa generación de británicos o norteamericanos que consideró la contienda española como una lucha propia en la que se dirimía bastante más que el poder en un país meridional y atrasado. Dorothy participó en actos propagandísticos a favor de la República, suscribió con su nombre diversas campañas de adhesión al gobierno español y combatió la neutralidad impuesta por Londres. Gustavo difícilmente hubiera hallado en toda Inglaterra un escenario más propicio a su acogida. Tuvo el recibimiento de un general al que la derrota, lejos de representar un fracaso, le había ennoblecido y convertido en héroe ante un público que por primera vez conocía un protagonista de excepción de la guerra que había polarizado sus sentimientos. El auditorio estaba felizmente predispuesto. El talento de Durán hizo el resto.
Cowan regresó pero él se quedó. Se sentía por primera vez en mucho tiempo inmerso en un ambiente cálido, donde se reencontró con sus pasiones desterradas en los años difíciles: la música, el arte, la poesía. Allí se reconcilió, en definitiva, consigo mismo, con el hombre que había dejado de ser. En aquel paraje que parecía un decorado artificial con sus jardines bucólicos y sus salones acogedores, amplios, impregnados de historia, donde la vida transcurría plácida entre reuniones, charlas y algún concierto, donde él era de nuevo el huésped mimado, festejado y estimado del que hablara Anaïs, tuvo de nuevo conciencia de la vitalidad perdida. Respirando aquel aroma estudiantil, de ímpetu pedagógico, de curiosidad artística que le recordaba vagamente a la Residencia de Estudiantes, rejuveneció su espíritu.
En Dartington Hall tuvo noticia también de la declaración de guerra a Alemania el 3 de septiembre de 1939. El paréntesis de paz ficticia que había disfrutado desde su salida de Gandía apenas había resistido cinco meses la embestida violenta del expansionismo nazi. Los refugiados españoles añadían otra tragedia colectiva, la de toda Europa, a la suya propia; dos veces exiliados, dos veces perseguidos, dos veces soldados en dos guerras crueles.
Desde París Ernst Adam le escribió de inmediato una carta angustiada y entrañable, con noticias sobre él, sobre Jean de Foucault, a punto de enrolarse en el ejército, y sobre Carmela, quien en breve regresaría a Madrid:
No te pregunto qué harás en la actual situación, puesto que sé que
también resulta muy difícil para ti. Yo me alistaré en el ejército francés
después de pensarlo mucho —qué tiempos tan terribles cuando en el
fondo yo soy el más sincero pacifista—. Es la guerra una vez más, la
negación de todo lo que es humano, para mí la tercera en la que voy a
combatir. Espero que podamos vernos pronto y que no hablemos de
guerra ni de militares, sino de dulces historias de amor, de filosofía,
música y del futuro. Debemos mantenernos jóvenes, los Parzival y don
Quijote… Mil saludos de Carmela, Jean, de Salas y Daniella. Te envío un
abrazo mi jefe y hermano. Tu Ernesto [186].
Enrique Díez Canedo, exiliado en México, le escribió dirigiendo su sarcasmo hacia los dirigentes comunistas a propósito del pacto germano-soviético firmado el 23 de agosto de 1939: «¿Qué dirán Don Líster, Don Modesto and Co. del pacto germano soviético? Naturalmente a estos Dones
les parecerá muy bien (están en la URSS, ¿no?)»[187]. El coronel Federico de la Iglesia, quien sobrevivía en Londres en un apartamento escribiendo a la luz de una vela y recibiendo un modesto ingreso con las clases de español que ofrecía a Jack Cowan, también le envió a Dartington una carta de una ingenuidad conmovedora: «Creo por ejemplo —no sé por qué— que la guerra se terminará pronto y que podré ganarme la vida en el delicioso Londres de tiempos de paz. Y que podemos volver a España antes de seis u ocho meses… No podemos dejar abandonado a nuestro pueblo a sus actuales o parecidos
mentores»[188]. Federico de la Iglesia, por mediación de Gustavo, fue posteriormente contratado como profesor en Dartington Hall.
Mientras su país de acogida se aprestaba para la defensa, a Gustavo le correspondió hablar de la guerra pasada, la suya, rompiendo el silencio mantenido hasta entonces. Le convenció de ello el militar e historiador británico sir Basil Liddell Hart en una de sus visitas a Dartington. Una semana después, Durán tenía preparada una ponencia, escrita a mano en cuartillas pequeñas con su minuciosa y diminuta caligrafía, donde se obviaban fechas, datos y pormenores de las batallas. Optó por un relato personal, una reflexión propia sobre los motivos de la contienda y de la derrota. Pronunció la conferencia un domingo, en uno de los salones de la mansión, ante un auditorio reducido y convocado expresamente. Tituló la disertación «Una enseñanza de la guerra española. Glorias y miserias de la improvisación de un ejército».
La República a la que aludió para introducir al oyente se basaba, según explicó, en un sistema asentado en la clase media, una clase nueva y pujante, aún minoritaria, pero de cuyo seno brotó una élite capaz de dirigir en clave de modernidad un país que no lo era y de mediar entre dos sectores sociales antagónicos, el aristocrático y el proletario. «La República —escribió— instaurada el año 31 es la consecuencia inevitable de la fuerza de expansión
de estos elementos llegados al límite de saturación[189]». Ésa era, sin duda, la República en que se había reflejado y en la que había creído, y esa élite social, política e intelectual, el círculo humano que había frecuentado.
Sin embargo, esos mismos hombres, añadió, no comprendieron claramente la misión encomendada. «La ciencia y el arte son malos guías cuando de gobernar hombres se trata», apostilló. El pueblo español, siguió explicando, es un pueblo entregado a los sentimientos y que repudia el oportunismo. Puede tolerar el castigo pero no el ensañamiento, puede admitir un error pero desprecia a quien se aprovecha de él en beneficio propio.
Pueblo apasionado, elemental, en la lucha se entrega fácilmente a la
más terrible crueldad, sobre todo si lucha contra sí mismo; pero, como el
buen guerrero, las palabras y los actos que le mantienen en la pelea le
avergüenzan cuando vuelve la paz. Nunca vacila en castigar, e incluso
gusta de hacerlo de una manera violenta y cruel, pero castiga como
castiga la naturaleza, inmediatamente, en consecuencia natural e
inevitable del error, del pecado. De este modo, si en un principio aceptó la
desmedida represión a que sus gobernantes dedicaron todas las fuerzas del
Poder, no perdonó la persistencia en ella en nombre de abstractos y fríos
principios políticos y de justicia.
Se estaba refiriendo a la represión practicada tras la fracasada revolución de octubre de 1934. La condena por la brutalidad ejercida en su aplastamiento y la amnistía solicitada para los detenidos unió «a todas las conciencias liberales del país», afirmó. Y así, canalizando un clamor masivo, triunfó el Frente Popular. A su victoria electoral le sucedió el miedo de las élites dominantes, «el terror de las clases poderosas fue enorme», y de este temor brotó el fascismo. «En realidad, el fascismo es el hijo natural del miedo (el miedo es la raíz cuadrada de los orígenes del fascismo)», sentenció.
Durán continuó narrando los meses previos al estallido de la guerra, adjudicando responsabilidades de distinto signo a ambos bandos, reprochando a la oligarquía el trato injusto al trabajador y al campesino, a la Iglesia el haber promovido la sedición desde los púlpitos, y a los partidos de izquierda haber mantenido una conducta «torpe y miope que hacía el juego a quienes fomentaban la anarquía ambiente». Según su análisis, existió una política de provocación de los partidos conservadores en las Cortes y en la calle que debería haberse atajado «con toda la firmeza y serenidad que ésta requería». La consecuencia no deseada fue la rebelión militar, el pronunciamiento, expresión sobre cuyo significado y arraigo en la tradición española disertó ampliamente. Una palabra «tan típicamente española que ningún otro pueblo ha sabido traducirla a su lengua».
Con la guerra llegó la traslación a España de las tensiones que también dividían a Europa: «Los españoles, absortos en nuestras querellas de familia, no supimos ver que otros países, por razones de índole estratégica o política —nunca ideológica—, iban a utilizarlas para realizar sus propios fines de expansión o consolidación interior y exterior. Nosotros, los españoles todos, seríamos los peones en el tablero; el pensamiento director de nuestras acciones estaba fuera del territorio en que la lucha se empeñaba». Pensaba, sin duda, en Alemania e Italia, contra cuyas fuerzas había combatido, pero también tenía presente a la Unión Soviética, y posiblemente a Francia y al propio Reino Unido, cuya pasividad constituyó otra forma de intervención. Se deduce de esta afirmación un juicio en línea con el cambio de pensamiento experimentado en los meses finales de la guerra. Ya no veía en la URSS un aliado, sino un Estado que «por razones de índole estratégica o política» había desempeñado ese papel. Eran los españoles, también sin distinción de bandos, quienes compartían la condición de víctimas, en un análisis poco usual en aquellos momentos ni entre los vencedores ni entre los vencidos, y que apuntaba a un amago de reconciliación o, al menos, a una reflexión en común sobre el drama colectivo de todos los españoles.
Durán pasó después a detallar la confusión reinante tras el alzamiento, la difícil convivencia de las milicias populares con el reducido ejército profesional que había permanecido leal a la República, la entrega de armas al pueblo y la organización de los frentes en las primeras semanas. Definió aquel período como el «de la desorganización organizada». La antítesis de su héroe anónimo era el delincuente, el especulador, el criminal. «En un país en guerra —aseguró— la retaguardia es el área de expansión natural del sinvergüenza. Sólo quedan en el frente los mejores. Y así se lleva a cabo una de las más tristes leyes del conflicto guerrero: el sacrificio del héroe en beneficio… del que no lo es. La guerra es una selección al revés».
Después llegó la organización relativa, continuó Durán, el relativo equilibrio de fuerzas, la improvisación de un ejército, la conversión de los milicianos en soldados y la constitución de un Estado Mayor, con mención expresa de reconocimiento hacia los generales Miaja y Rojo. Y también llegó la derrota. «Un espíritu de heroica y consciente indiferencia vivía en la conciencia de las gentes. Las cosas iban mal; a un desastre sucedía otro desastre; faltaban armas para luchar, alimentos para sostenerse; pero si se le preguntaba a un español que qué pasaba, respondía: no pasa nada, y si pasa, no importa». Se preguntó si era la indiferencia del derrotado o la fe acendrada, indolente ante la desgracia, la que sostenía esa resignación. No encontró respuesta a su propia pregunta.
Sí obtuvo conclusiones, en cambio, de tres años de lucha. La más importante situaba a la República como un régimen indefenso: «La historia de la Guerra Civil española en el campo republicano es la trágica historia de un pueblo regido por un gobierno que no consigue recobrar por entero sus órganos de poder jurídicos, administrativos o coactivos sino momentos antes de su muerte. Es posible que los hombres que lo dirigían no estuvieran a la altura de su terrible misión. Es muy posible. Y sin embargo… La tarea era casi de un orden sobrehumano. La historia de la Guerra Civil española es la historia de una larga agonía».
Concluyó con esta frase solemne a modo de resumen conciso de toda su intervención y como síntesis de su propia experiencia. Con ella cerró también el paréntesis abierto cuando Liddell Hart le propuso hablar de la guerra española. Tras pronunciarla retornó al mutismo en el que se había refugiado desde que abandonó España. Apenas divulgó otros recuerdos, ni los positivos ni los que no lo eran tanto. «Una enseñanza de la guerra española» constituyó casi la única exteriorización de su visión de la guerra. En el futuro sólo respondió a la consulta de algunos historiadores o intervino para corregir los errores de otros, pero lo hizo en contadas ocasiones. Su norma fue el silencio, sobre la guerra en particular y sobre su vida pasada en general.
Cuando en 1945 un periodista de la publicación argentina Tribuna le preguntó sobre su actividad en Londres y sus escasas intervenciones públicas sobre la guerra, explicó sus razones: «En Londres empecé a reconstruir mi vida. Un breve descanso físico. Me hice un compromiso de no hablar de la Guerra Civil hasta que llegaran nuevos días. De vez en cuando alguna charla en rueda de amigos; pero nada más. La lucha no es para ser explotada con pujos de héroe, sino para defender un ideal. Se lucha y eso basta como
recompensa»[190].
Aquella frase lapidaria pronunciada en Dartington Hall también avivó conciencias y despertó admiración. Con admiración escucharon muchos de los presentes, con interés también, quizá con cierto asombro por la fluidez y el leve acento de su inglés. Entre quienes sumaron la admiración y el interés se encontraba una joven norteamericana de sonrisa franca y expresiva belleza, una mujer idealista atraída por el mundo utópico de los Elmhirst. Cuando terminó de escuchar confirmó que por aquel joven refugiado al que había observado días antes, con el que había conversado y escuchado música en su compañía, al que Dorothy Elmhirst elogiaba en su presencia y en su ausencia, sentía algo más que admiración e interés. Se llamaba Bonte Romilly Crompton y tenía veinticinco años.
La suya fue una relación fulgurante que no formaba parte de los planes de ninguno de los dos apenas unas semanas antes, pero que avanzó con la celeridad de un enamoramiento repentino en tiempos de excepción hacia un hombre que salía de una guerra y quizá iniciara otra. Bonte sintió una fascinación inmediata cuando le conoció. Para ella representaba la encarnación de cuanto había idealizado desde que también, a su manera, librara su particular guerra de España. Había apoyado la causa republicana, participado en alguna manifestación y simpatizado con los refugiados que llegaban al Reino Unido. Cuando conoció a Gustavo se dejó seducir por ambos, por el hombre y por el mito. En la seducción de Durán no hubo tanto una intención concreta, sino la expresión de su carácter y de su capacidad para impresionar de modo casi inconsciente. Bonte poseía virtudes que la convertían en la compañera idónea, en un alma gemela igualmente dotada para las relaciones sociales y cautivada por el arte, la pintura y la literatura. A la ceremonia del cortejo contribuyó la actitud decidida de Dorothy Elmhirst, entusiasmada casi tanto como Bonte con la continuidad de aquella relación accidental. Si hacia el español profesaba una estima sincera, respecto a Bonte sentía un cariño protector basado en vínculos familiares indirectos.
Bonte Romilly Crompton era norteamericana pero de origen inglés. Su padre, David Henry Crompton, se había establecido en Estados Unidos en 1909 como abogado y empresario de éxito —había sido presidente de Surpass Leather Company y vicepresidente de Booth American Shipping Company—, aunque la Gran Depresión mermó considerablemente su patrimonio. Casado con Lillian Sheridan Crompton, el matrimonio tuvo cuatro hijos: Bonte, Catherine, Belinda y David. Bonte, la mayor de las hermanas, llevaba un año residiendo en Londres, donde había estudiado pintura, antes de trasladarse a Dartington Hall. Su hermana Belinda, Binny, se había casado en septiembre de ese año en New Hampshire (Estados Unidos) con Michael Straight, hijo de Dorothy Elmhirst.
Michael Straight era otro personaje de notable celebridad incorporado a la familia Crompton. Se trasladó con su madre a Inglaterra, se formó en Dartington, estudió en la London School of Economics y en 1934 prosiguió en el Trinity College de Cambridge. Allí concretó su ideario y su militancia en el Partido Comunista. A ello contribuyó un viaje a la URSS en 1935 en compañía de Anthony Blunt. Crítico de arte e intelectual brillante, Blunt inició entonces su asociación clandestina con los servicios secretos soviéticos. Fue él quien le reclutó en Cambridge, quien le incorporó a la denominada Sociedad de los Apóstoles, una arraigada y exclusiva organización estudiantil que en sus décadas de existencia se dedicó a fomentar el debate intelectual, y que contaba entre sus miembros con numerosos pensadores. De aquel círculo surgieron los más célebres agentes de la URSS en Occidente: Anthony Blunt, Guy Burgess, Kim Philby, Donald Maclean y John Cairncross. Durante un tiempo, hasta poco antes del estallido de la Guerra Civil en España, el supervisor que actuó como enlace e instructor de todos ellos en Londres se llamaba Alexander Orlov, el mismo que propuso a Gustavo Durán para su cargo en el SIM. Posiblemente, Durán y Straight desconocían este nexo común en sus vidas, pero tampoco eran completos desconocidos.
Al igual que su madre, Michael había seguido con entusiasmo los acontecimientos de la guerra. En España falleció su gran amigo y poeta John Cornford, el primer voluntario británico en combatir por la República y uno de los primeros en morir por ella. La pérdida radicalizó su compromiso político, y durante un tiempo Straight aceptó suministrar información para la inteligencia soviética. También perdió la vida otro conocido suyo, Julian Bell, miembro de la Sociedad de los Apóstoles y sobrino de la escritora Virginia Woolf. Fue abatido en la batalla de Brunete, mientras Durán combatía en sus proximidades y Madrid acogía los debates del Congreso de Intelectuales. De aquella batalla y otras posteriores adquirió el recuerdo de un nombre, un comandante de división que era habitualmente elogiado por la propaganda republicana. Aquel otoño amenazador de 1939 ese militar, ya desposeído de rango y de ejército, se convirtió en su cuñado.
Poco después Straight rompió con la inteligencia soviética y evolucionó hacia posiciones políticas más propias de la socialdemocracia. Colaboró activamente con la administración Roosevelt y ocupó una elevada responsabilidad en el Departamento de Estado durante su mandato.
La otra hermana de Bonte, Catherine Walston, había adoptado el apellido de su marido, el diputado laborista Harry Walston, aunque en el futuro se la conocería como la amante ocasional del escritor Graham Greene; fue el amor de su vida para varios de los biógrafos del autor. Catherine era una mujer sumamente atractiva, dotada de una personalidad fascinante. Gustavo mantuvo siempre una afectuosa relación con ella. Greene se inspiró en Catherine y en su relación para escribir la novela Un caso acabado.
Éste era el círculo familiar al que Durán se unió tras un noviazgo efímero. Bonte y Gustavo se casaron el 4 de diciembre de 1939. Fue una ceremonia sencilla, oficiada por un funcionario del registro civil, seguida de una celebración íntima en uno de los salones de Dartington Hall. Acudieron Federico de la Iglesia y el matrimonio Azcárate por parte de él, y estuvieron también presentes los Elmhirst, Dorothy y Leonard, David Crompton, Catherine y Harry Walston y el historiador Liddell Hart.
Las fotos muestran una pareja feliz e ilusionada, aparentemente ajena a las preocupaciones del momento; una pareja convencional de recién casados en un instante de dicha plena. Pese a todo, él probablemente no pudo evitar un recorrido fugaz por su pasado mientras recibía felicitaciones y deseos de amor duradero. Quizá pensó en su madre, excluida de aquel momento en la vida de su hijo menor, como había ignorado todo lo demás: la guerra, el exilio de Gustavo, el suicidio de su marido y el hecho de haber sobrevivido a éste. Debió de recordar a sus hermanos, Josefina, Araceli y Ernesto. La primera todavía residía en Barcelona, aunque en breve se trasladaría a vivir a Canarias con Araceli y su familia. Ernesto y Antonia retornaron poco después a Madrid para abrir de nuevo el negocio de la calle Barquillo. Gustavo conoció todas esas noticias siempre a destiempo y mediante carta, acostumbrándose al destierro, a reconocer a sus hermanos por direcciones postales que formaban parte de su propia existencia —Madrid, Canarias, Barcelona—, aunque él se sintiera ya excluido de aquella realidad.
Después de contraer matrimonio, Gustavo y Bonte pasaron una breve luna de miel en Cornualles. Allí leyó una edición bilingüe en alemán e inglés de los Sonetos a Orfeo de Rilke, publicados en 1936. Aquella lectura le reafirmó en su propia determinación. No deseaba ser víctima del pasado ni sufrir la inadaptación del exilio. Cuando leyó el soneto XII, subrayó un verso en el que posiblemente veía reflejada su situación: «Lo que se refugia en la permanencia es ya lo petrificado ¿vanamente se cree seguro al abrigo del anodino gris?». En un margen escribió las primeras palabras en alemán del poema y anotó la fecha:
Wolle die Wandlung! (Desea la transformación plena)
GDurán
Portwrinkle, Cornwall
diciembre 1939
Posteriormente intentó alistarse en el ejército británico pero su solicitud fue rechazada, muy probablemente a causa de su participación en la guerra como oficial republicano. En Londres la guerra dominaba la vida cotidiana incluso a principios de 1940, cuando aún no se había iniciado la ofensiva alemana en el oeste y las incursiones aéreas todavía no ensombrecían el cielo de la capital. Gustavo trabajó brevemente en el Educational Film Centre, en Soho Square, adaptando producciones de propaganda aliada y antinazi. Fuera en Londres o en Devon, su vínculo más directo entonces con una lucha relegada al continente continuaban siendo las cartas de sus amistades, endulzadas con las felicitaciones por su matrimonio sin que ello anulara el temor y la angustia que emanaban de su contenido.
Nada más difundirse la noticia de su enlace, Ernst Adam se apresuró a darle la enhorabuena tras leer la descripción de Bonte: «Después de lo que me
has contado sobre ella ya no sé si darte la enhorabuena a ella o a ti»[191]. Desde México le llegó también el mensaje afectuoso y socarrón de Díez Canedo, en el mismo tono de ironía presente en todas sus cartas: «Estaba ESCRITO que tenías que casarte tú con una extranjera, ¡quién lo hubiera dicho en Tarancón o en el Maestrazgo!, ¡quién se lo hubiera dicho al cónsul de los
Estados Unidos en Valencia!»[192].
Pero fueron Alberti y María Teresa quienes ofrecieron el testimonio más emotivo, entrelazando su felicitación con la incertidumbre sobre su propio futuro, al estar a punto de partir de París para iniciar un segundo exilio en América:
Queridísimo Gustavo:
Tú no contestaste más. Ya nos vamos a América, a Chile. Sabemos
que vas a casarte. Te deseamos muchísima suerte. Nosotros no sabemos
cuál será la nuestra. ¡1940! Neruda ya se marchó. De los españoles
conocidos cada vez van quedando menos. Habrá naranjas ahora por las
lindes de la carretera de Teruel-Sagunto. A tus órdenes, mi teniente
coronel. Abrazos, Rafael.
¡Gustavo! Tienes tiempo de contestarnos a esta felicitación de
desposorios y año nuevo. Hazlo. Te queremos como siempre y
necesitamos tu despedida. ¿Hasta cuándo? Te abraza M. Teresa[193].
Pablo de Azcárate destilaba una tristeza similar al elogiar a la joven pareja, «el único rayo luminoso —escribió— en medio de todos los desastres morales y materiales que nos han caído encima desde que salimos de España;
y ese rayo no puede extinguirse ni se extinguirá»[194].
En esas fechas también recibió noticias y rumores que de nuevo cuestionaban su actuación en la guerra. Por Díez Canedo tuvo referencias de la publicación del informe de Indalecio Prieto relativo a su salida del Ministerio de Defensa Nacional. Pero la misiva más directa en ese sentido se la remitió desde Francia Álvaro Menéndez, redactor de Hierro y Nuevo Ejército, miembro de la Alianza y amigo personal de Gustavo:
Excuso decirte que circulan versiones sobre tu salida de Valencia que
perjudican tu limpia historia grandemente. Quienes así hablan no me
merecen garantía muy grande. Algunos hablan de segunda o tercera
mano… Yo niego todas estas versiones. Mientras no se demuestre
siempre creeré que has cumplido con tu deber. Como supongo que sobre
estos asuntos estarás en guardia, no hago más extensa esta enojosa
cuestión: pero —si ello te interesa— merece la pena que estés en guardia
y que esclarezcas los hechos con los testimonios más numerosos e
irrebatibles que puedas[195].
No sabemos si Durán respondió a esta acusación, pero por otra carta previa, remitida el 1 de febrero de 1940 a otro conocido, de nombre Alonso y del que no existen más datos, sí conocemos su opinión. No dejaba de ser la expresión de su propio estado y del desánimo que mantenía desde que abandonara España. Se trata de un texto revelador pues es el único en el que Durán se manifiesta libremente, en confianza, y revela su hartazgo. Se confiesa ajeno a las disputas entre exiliados, dispuesto a mantener un criterio propio pese a los juicios sobre su persona. Alude igualmente al ciudadano anónimo, personalizado en un genérico Juan y Pedro —en Juan Español, llega a afirmar—, víctima última de la guerra, la represión y la posguerra.
Para mí ha pasado el tiempo. No sé si para bien o para mal, pero ha
pasado. La dura y verdadera prueba a que han sido sometidas ciertas
cosas las ha cuarteado, cuando no roto a pedazos, irremediablemente. No
tiene uno más remedio —por lo menos así lo creo yo— que repasar las
cuentas y comprobar a cuánto asciende el debe y a cuánto el haber. Otra
cosa equivaldría a andar como caballo de fuego, con los ojos vendados y a
merced de lo que le convenga al picador y al toro. Y como aún no he
terminado de hacer el balance ni con mucho, me limito por el momento a
considerarme ciudadano anónimo y libre, ajeno a toda ortodoxia y
heterodoxia. Que los de Prieto y los Negrín se tiren los trastos a la cabeza;
que Casado publique libros, se ponga el delantal blanco… y diga a los
cuatro vientos que él es el profeta verdadero; que los del ruedo ibérico —
¡qué ruedo y qué cuadrilla!— vociferen y desbarren. Allá ellos. Pero que
no cuenten conmigo. Hice lo que pude cuando hizo falta, y a veces hasta
creo haber hecho más de lo que podría. Y como entonces cumplí con mi
deber en esa forma, ahora lo hago en esta otra: examino lo pasado y lo
presente y guardo para mí mis conclusiones. No olvido que el remedio al
mal de ahora es muy difícil (porque es obra de todos: sirios y troyanos) y
que en último término es siempre el pobre Juan Español quien paga los
vidrios rotos. Franco está en la Alameda de Osuna dándose la gran vida;
nosotros, mal que bien, vamos tirando en el destierro; pero Juan y
Pedro… las están pasando moradas… cuando no negras… Sólo me queda
añadir que, compartas o no mi manera de pensar, te aconsejo que no la
taches de «desinflamiento». Te equivocarías si lo hicieras y, además,
faltarías con ello a la buena amistad que te profesa, ahora y siempre…
Gustavo[196].
Otras comunicaciones incidían en ese mismo punto, pero desde otra perspectiva distinta. Hemingway le escribió una segunda carta desde Cuba el 5 de marzo de 1940. Ultimaba entonces Por quién doblan las campanas y había iniciado contactos con Hollywood para su adaptación cinematográfica. De todo ello le ponía al corriente. Contaba con Gustavo para la versión fílmica en compensación por las aportaciones de éste. Aseguraba, en un texto breve pero muy revelador sobre la gestación de la novela, que el español había inspirado y sugerido muchos de los hechos relatados.
Aquél era un momento feliz en la vida del escritor. La carta da testimonio de su apacible estancia en Cuba, junto a Martha Gellhorn. Acababa de comprar Finca Vigía, una mansión en San Francisco de Paula, que se convertiría en su hogar más estable, asociado a sus años más intensos y productivos literariamente. Por la mañana escribía, luego pescaba, comía, y por la tarde jugaba al tenis y nadaba. Regresaba al trabajo al anochecer. Pero, al tiempo, no podía evitar el resquemor de tanta felicidad entre tanta desgracia: «Me siento culpable por sentirme feliz cuando hay tantas personas conocidas que sufren tanto. Pero decidí hace tiempo ser feliz en mi vida incluso bajo las peores circunstancias, y sólo mediante el trabajo bien hecho
estoy en posición de ayudar a los demás»[197].
Hubo otras cartas que no iban dirigidas a Durán, que él nunca conoció, pero en las que su nombre aparecía citado en descargo de ciertas responsabilidades y en acusación de otras. Una de ellas la suscribió su amigo y pintor José Vela Zanetti. Se trata de un texto redactado en Francia, sin fecha, pero correspondiente a los primeros meses del exilio. Iba dirigida a la dirección de las comunistas Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y, en concreto, a su secretario general, Santiago Carrillo. Zanetti le reprochaba la presión a la que había sido sometido su trabajo durante la guerra y el sectarismo con que se censuraba a aquellos artistas y colaboradores que no militaban en la organización. Zanetti hablaba desde la autoridad que le confería el haber sido él mismo miembro de las JSU y haber participado en numerosas publicaciones de guerra. En uno de los párrafos de la carta, cuyo original se conserva en los archivos de la Fundación Pablo Iglesias, acusó a los cuadros de las JSU de haber discriminado a Durán y a su Estado Mayor, y de haberse mofado de su condición sexual:
Cuando no se controlaba lo escrito, de la boca de los dirigentes y
dirigentillos salían maldiciones e insultos para figuras cuya fama sonaba
más allá de las fronteras. Narraba yo, protestando, cómo se moría de
hambre el poeta Rafael Alberti y cómo tenía que vivir de la limosna de
jefes como Durán y otros. Y se empalmaba la mofa hacia este jefe, a
quien se llamaba por vosotros «el Estado Mayor de los invertidos»,
porque en él había artistas. Porque su jefe era músico; su segundo jefe:
Adam, un profesor; su capitán de información, Espada, un dibujante; su
jefe de operaciones un escritor, Ruanova. Y esto no era una conversación
sino una lección que se sistematizaba diariamente en los segundones de la
dirección y en los cuadros de menor categoría[198].
Desde España apenas llegaba correspondencia. La censura y la posición política del régimen franquista limitaban enormemente las posibilidades de comunicación con el Reino Unido. El temor a ser interrogados, el miedo a saberles en contacto con un exiliado de la relevancia de Durán, tampoco facilitaba el contacto. No obstante, su tía Marina, hermana de su padre, se atrevió. Le envió una carta desde su domicilio de la calle Urgel de Barcelona obviando toda referencia política o incómoda, sólo para hablar de cuestiones familiares, también desagradables pero políticamente irrelevantes. Había ido a Madrid tras la muerte de su hermano y visitado a Carmen. Fue un viaje breve porque no pudo soportar demasiado tiempo en la casa:
Quise ir a Madrid cuando recibí la noticia de su muerte pero no me
fue posible. Fui unos meses más tarde, estuve en casa de Carmen
solamente veinticuatro horas; te digo sinceramente que aquella casa se me
caía encima. No acierto a comprender cómo ocurrió todo, tan distinto a mi
modo de ser, que prefiero no recordar[199].
En medio de esa confusión de reproches, de buenas y malas noticias, transcurrió la primavera de 1940. A pesar de todo, y ese todo incluía la guerra, Gustavo y Bonte se sentían felices, absortos en su mundo privado, entregados al conocimiento el uno del otro, superando el sentimiento de admiración mutua con el que habían convivido en las primeras y efímeras semanas de relación.
En mayo de 1940, cuando el ejército alemán inició su fulgurante ofensiva en el oeste conquistando Bélgica, Holanda y Francia, sólo el Reino Unido pudo resistir la arrolladora presión germana. Comenzaron entonces el acoso aéreo, los bombardeos y la lucha por el control de los cielos de la isla en una primera fase de la batalla de Inglaterra. Fue entonces cuando los Durán decidieron abandonar Europa y establecerse en Estados Unidos. Gustavo creyó que sería la estación final del camino emprendido en Gandía un año antes. Pensó que allí encontraría la paz y el sosiego, lejos de la guerra y de las disputas políticas. Estaba muy equivocado. Nuevos reproches y distintas acusaciones le aguardaban. Sólo sería una estación de paso en un viaje con muchos destinos; en realidad, un viaje hacia ninguna parte.