Comandante Durán
16 Enemigo público
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Enemigo público
Cerré mi puerta al mundo;
se me perdió la carne por el sueño…
Me quedé, interno, mágico, invisible,
desnudo como un ciego.
EMILIO PRADOS,
«Cerré mi puerta al mundo»
En octubre de 1946 Gustavo Durán se incorporó a su nuevo empleo en las Naciones Unidas como director de la sección de Política Social y Desarrollo de la división de Bienestar Social, a su vez inscrita en el departamento de Asuntos Sociales de la ONU. Él y su familia se trasladaron a Nueva York con el aliciente de reencontrarse con los viejos amigos del exilio español. Se alojaron en Applegreen, una propiedad de Dorothy Elmhirst en Old Westbury, Long Island, y pronto recobraron el tiempo perdido en reuniones festivas en las que se omitían la política o la guerra con el propósito de no sumergirse en la nostalgia ni dejarse llevar por la tristeza de las pérdidas personales que todos sufrían.
Allí, en Old Westbury, frecuentaron al arquitecto catalán José Luis Sert. De vez en cuando también visitaban en su domicilio de Riverside Drive a Francisco García Lorca y su mujer, Laura de los Ríos Giner. A la antigua amistad que unía a Gustavo con Francisco, se añadió la entrañable relación de Bonte con Laura y la cercanía personal de las hijas de ambos matrimonios, quienes compartieron colegio en Nueva York. Gustavo se sentaba al piano y acompañaba las veladas con música, pero sobre todo con canciones populares que casi todos conocían y se esforzaban en tararear, casi evocando aquellas reuniones de amigos en la residencia cuando era Federico el que tocaba el piano y quien ponía a prueba la agudeza musical de su improvisado auditorio.
Con ellos y con otros españoles compartieron muchas horas en citas que se prolongaban hasta tarde porque, aunque nadie lo mencionara, para todos constituían reencuentros con la faceta más feliz y añorada del ayer. A aquel rincón de la España más creativa y fértil trasladada al corazón de Estados Unidos solían acudir Fernando y Susana Teixidor, Ángel y Amelia del Río, Mercedes y Demetrio de Torres, Ernesto Dacal y Margarita Ucelay, Teresa y Pedro Escobar, y muchos otros españoles; bien visitantes ocasionales de paso por la ciudad, como de vez en cuando hacían Enrique Díez Canedo y la argentina Victoria Ocampo, o bien asistentes asiduos cuya ausencia se extrañaba cuando no cumplían con aquel rito fecundo de alegría y calor humano.
Hay una simpática anécdota que ilustra la cordialidad que reinaba en aquel grupo de españoles. Pedro Salinas, cuando conversaba con Bonte, quien entonces no dominaba aún el español, solía hablar muy despacio y vocalizando excesivamente. Gustavo le comentó a Bonte que la próxima vez que se expresara de ese modo debía decirle: «Por los clavos de Cristo, no me hables así». Bonte lo hizo, para sorpresa del poeta, quien parece que nunca más repitió su esforzada pronunciación.
De aquel año 1946, aunque anterior a la incorporación de Gustavo a la ONU, se conserva otro emotivo recuerdo. Se trata de una edición de Platero y yo dedicada por Juan Ramón Jiménez a Cheli, la hija mayor de Gustavo: «A Araceli, de su amigo, que la quiere mucho. Juan Ramón, Washington, febrero de 1946». El libro contiene otras anotaciones manuscritas del poeta, como una simpática en la que aflora su célebre aversión a los errores de imprenta: «¡Perdón! Todas las erratas son obra de la diligente mano de Guillermito de la Torre».
Durán comenzó a realizar prolongados viajes de trabajo por América, Europa y Oriente Próximo. Entre abril y septiembre de 1947 visitó Francia e Inglaterra. Ese mismo año, en diciembre, se desplazó a México. En 1948 regresó a Inglaterra y conoció Suiza por primera vez. En el invierno de ese año Bonte y Gustavo realizaron un viaje con Graham Greene y Catherine Walston, hermana de Bonte, por Egipto, Líbano y Siria. Existe, a propósito, una curiosa anécdota relacionada con Greene. En sus últimos años, cuando mejor conoció España, el escritor británico entabló una estrecha amistad con un sacerdote gallego que le inspiró su obra Monseñor Quijote. Este religioso se llamaba Leopoldo Durán.
A esos viajes siguieron otros recorridos en representación de la ONU por Perú, Bolivia e Inglaterra. Fue, en definitiva, un período feliz que culminó el 26 de agosto de 1948 con el nacimiento de Lucy Crompton Durán, su tercera hija, en Long Island. A principios de 1950 los momentos más amargos del pasado parecían definitivamente desterrados, mientras que la vida cotidiana, después de la guerra, el exilio y las acusaciones, recobraba cierta normalidad. Da fe de ello la carta que, en julio de 1949, Gustavo escribió a su hermano Ernesto tras recibir la primera misiva suya en catorce años. En ella está presente el hombre que, a pesar de las circunstancias y del tiempo transcurrido, extraña a sus hermanos, al igual que se descubre en sus líneas a un marido y un padre dichoso: «Y soy feliz, todo lo feliz que un hombre puede ser en este mundo. La vida, que tan de mi parte ha estado siempre, me ha dado una mujer cuyas virtudes son realmente extraordinarias; y no me
ciega la pasión de esposo»[252].
Pero, como si el destino reincidiera en su empeño de anular los tiempos felices, todo concluyó abruptamente cuando un vehemente senador por Wisconsin decidió situarle de nuevo en el punto de mira de una campaña política para denunciar la supuesta infiltración comunista en el Departamento de Estado. Joseph McCarthy había sido elegido senador en 1947 e inmediatamente se centró en la persecución política. Con su campaña dio nombre a una época oscura de la historia de Estados Unidos, y sus métodos de denuncia se extendieron por el país popularizando la expresión «caza de brujas» como sinónimo de sospecha generalizada. Su influencia, el temor a ser relacionado con el comunismo en un momento en que tal imputación podía trastocar definitivamente una vida, y el clima de guerra fría convirtieron a Joseph McCarthy en un hombre más temible y poderoso de lo que su cargo presuponía.
Su carrera como discreto senador cambió para convertirle en celebridad el 9 de febrero de 1950, durante el llamado Lincoln Day, mientras pronunciaba un anodino discurso en el Club de Mujeres Republicanas de Wheeling, en Virginia Occidental. Ante un auditorio ajeno a la relevancia que aquel acto tendría, McCarthy aseguró poseer una lista de 205 nombres de funcionarios del Departamento de Estado que eran o habían sido miembros del Partido Comunista. Apenas citó casos concretos, aunque sí mencionó por primera vez a Gustavo Durán. Posteriormente reiteraría su nombre como un riesgo para la seguridad nacional en otro acto celebrado en Reno. La alarma desatada por el anuncio no se dirigía únicamente contra las personas citadas, sino también contra la administración Truman, acusada por el senador de una imprudente benevolencia en un año, el de 1950, en que la guerra fría vivía un momento álgido.
La URSS ya no sólo era un adversario ideológico, sino un enemigo peligroso cuya expansión rivalizaba abiertamente con los estados capitalistas y su supremacía global. La China de Mao se acababa de sumar a las potencias comunistas. Alger Hiss, un importante funcionario del Departamento de Estado, había sido acusado y juzgado por espionaje, al igual que dos eminentes científicos implicados en el programa nuclear: Julius Rosenberg — junto a su mujer, Ethel— y Klaus Fuchs. La Unión Soviética disponía de armamento atómico. El miedo a la infiltración, al contagio ideológico, al espionaje y al debilitamiento del sistema capitalista catapultó a McCarthy a la popularidad mientras sus acusaciones calaban en una sociedad temerosa.
La procedencia de su información no era, sin embargo, original. Se basaba en un informe del agente del FBI Robert E. Lee, elaborado tres años antes tras haber analizado los expedientes de numerosos funcionarios. McCarthy tuvo acceso a la llamada «lista Lee», aunque adulteró algunas de sus conclusiones convirtiendo en acusaciones lo que en muchos casos sólo eran vagas sospechas o bien inclinaciones ideológicas sin militancia concreta alguna.
Tras repetir sus acusaciones, reduciendo las cifras y la magnitud de la infiltración, el Senado le reclamó para dar testimonio. Compareció el 20 de febrero de 1950 limitando su lista de sospechosos a 81 personas, por debajo del número inicial de 205, y también inferior a los 108 casos estudiados en la «lista Lee». Aunque McCarthy no desveló en su comparecencia ningún nombre, el eco de la denuncia obligó al Senado a crear una comisión de investigación con carácter de urgencia. Se constituyó a tal efecto un subcomité «para la total investigación y análisis de aquellas personas que hubieran sido desleales estando empleadas por el Departamento de
Estado»[253]. Lo integraban cinco senadores: tres demócratas, un republicano firme defensor de McCarthy y otro de tendencia más moderada. El subcomité estaba presidido por el senador demócrata por Maryland Millard Tydings, por lo que fue más conocido como «subcomité Tydings». Sus integrantes demócratas confiaban en que la comparecencia de McCarthy serviría, en realidad, para desacreditarle. El propio Tydings confesó: «Dejadle que le oigamos durante tres días en audiencia pública y nunca más volveremos a
verle en el Senado»[254]. La realidad desmentiría ampliamente la previsión del político demócrata.
El senador por Wisconsin inició su comparecencia el 8 de marzo. Lo que se preveía que sería una audiencia de pocas sesiones se prolongó hasta julio, y en ella se citó a comparecer como testigos a 35 personas. McCarthy, consciente de la vulnerabilidad de su posición si dispersaba los cargos entre un número amplio de acusados, finalmente concretó su denuncia en nueve casos que consideraba mejor documentados o de mayor carga probatoria. Se trataba de una curiosa mezcla de personajes de poca relevancia política, de tendencias liberales o socialistas y con vínculos discutibles con el Departamento de Estado.
Figuraban en su denuncia la abogada, juez y feminista neoyorquina Dorothy Kenyon; Esther Brunauer, funcionaria de la Unesco a quien se acusó junto con su marido de conexiones con agentes de la inteligencia soviética; el pedagogo y experto en Asia Owen Lattimore, una institución sobre el Lejano Oriente y profesor de relaciones internacionales en la Universidad Johns Hopkins; Haldore Hanson, corresponsal en China y empleado brevemente en una sección de administración de personal del Departamento de Estado; el astrónomo Harlow Shapley, quizá el imputado de perfil profesional más sorprendente; Fredrick Schuman, un autor de ciertas simpatías prosoviéticas cuya única conexión oficial era haber pronunciado una conferencia en 1946 ante varios funcionarios del Departamento de Estado; el diplomático John S. Service, destinado en China antes del triunfo comunista y colaborador de la revista Amerasia, varios de cuyos responsables fueron investigados por el FBI bajo la acusación de espionaje; Philip Jessup, diplomático próximo a Truman al que McCarthy consideró uno de sus principales objetivos, y Gustavo Durán, el más desconocido de todos ellos pese a que pronto alcanzó una inusitada relevancia.
McCarthy dedicó una detallada exposición de argumentos a cada uno de estos nueve casos. Finalmente, a las 9.40 de la mañana del 14 de marzo de 1950, el subcomité Tydings, dependiente del Comité de Relaciones Exteriores, trató la denuncia sobre Gustavo Durán en el despacho 318 del edificio del Senado. McCarthy presentó al español ante el subcomité como un «notorio comunista internacional… conocido por sus rabiosas convicciones y
actividades comunistas[255]» para sorpresa del presidente Tydings, quien confesó que nunca había oído su nombre. McCarthy le remitió a las dos menciones públicas en sus discursos de Wheeling y Reno. Prosiguió su intervención aduciendo varios documentos a modo de prueba. El más importante de ellos era un informe del agregado militar en Madrid, Wendell G. Johnson, confeccionado en 1946. El dossier se basaba en el artículo publicado el 9 de abril de 1946 en el diario Arriba y en información adicional suministrada por las autoridades españolas. Contenía importantes errores biográficos, como citar las Islas Canarias como su lugar de nacimiento, afirmar que había sido comandante de una brigada internacional, atribuirle varios crímenes al frente de una checa o cárcel clandestina y situarle en Moscú y París al término de la Guerra Civil.
El senador presentó este informe de inteligencia como la prueba número 32. La 33 era una carta de Spruille Braden fechada el 21 de diciembre de 1943 en La Habana. En ella Braden descartó las sospechas de comunismo que sugerían los investigadores del FBI y afirmó en su defensa que le consideraba «eminentemente cualificado para la labor que está desarrollando y tengo en la más alta estima su inteligencia y carácter, así como su lealtad y discreción… Desde mi conocimiento personal, fundado en la estrecha colaboración, el señor Durán no es un comunista, sino un liberal del mejor estilo. Le considero un ciudadano estadounidense excepcionalmente valioso, patriota y honorable, que promete muchísimo como funcionario del gobierno de Estados Unidos en altas responsabilidades». McCarthy aprovechó en su favor los términos de Braden para acusar a éste, y por extensión al Departamento de Estado, de un nulo control ideológico sobre sus colaboradores. A continuación, expuso como contrapartida otra carta del senador Wherry al secretario de Estado James F. Byrnes en la que exigía que «despida usted a Gustavo Durán».
Como prueba número 34 entregó otro informe elaborado en diciembre de 1943 por Edward J. Ruff, secretario del agregado militar de Estados Unidos en la República Dominicana. Ruff, aludiendo a las informaciones aportadas por un exiliado español que aseguraba conocer bien a Durán, confirmaba su condición de comunista y homosexual: «La única información adicional que poseemos, y que no mencionamos en el informe porque no lo creímos pertinente, es la relativa al hecho de que Durán es homosexual. Yo no cuestiono el interés de Durán por las artes, su cultura o inteligencia. Sin embargo, sólo comunicamos en nuestro informe que Durán era miembro del Partido Comunista. Por mi parte, estoy convencido de que Durán fue comunista, y considero la afirmación del embajador Braden de que es un liberal del mejor estilo como un eufemismo».
En sus conclusiones, McCarthy apuntó hacia una doble responsabilidad: la propia de Gustavo, al que imputaba «1) rabiosas convicciones y actividades comunistas; 2) que participó activamente en las operaciones secretas soviéticas en el ejército de la República española; 3) que un informe altamente confidencial enviado al Departamento de Estado por el agregado militar de la embajada de Estados Unidos en Madrid exigía la inmediata dimisión de Durán, a menos que se probara que los hechos eran falsos»; y, por otra parte, la que atribuía al Departamento de Estado por supuesta irresponsabilidad y negligencia. En ese sentido, McCarthy elevó el tono de su denuncia acusando a Durán de contar con un encubridor de alto nivel en la administración: «¿Cuál es el misterioso poder en posesión de Durán que le permitió continuar sirviendo como asesor confidencial de Spruille Braden, entonces jefe de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado? ¿Por qué se permitió a este hombre dimitir voluntariamente ante esas graves acusaciones? Y, debo añadir, ¿quién se encargó de buscarle la importante tarea de ir a las Naciones Unidas para seleccionar a los refugiados que ingresan en esta nación?».
La prensa se hizo eco con gran resonancia de la denuncia. Al día siguiente, The New York Times publicó unas declaraciones de Gustavo negando las acusaciones con una frase que encabezó el artículo: «No soy ni
he sido nunca comunista»[256]. «Como ciudadano español fui teniente coronel del legal ejército de la República durante la Guerra Civil. No estuve en las Brigadas Internacionales. Ahora soy ciudadano estadounidense. No fui recomendado para mi actual puesto en las Naciones Unidas por ningún miembro del gabinete Truman», añadió. El diario recogió también la opinión de Braden, quien afirmó que siempre estuvo «convencido de que no era comunista». Bonte le telefoneó para agradecerle el gesto.
Los problemas sufridos cuatro años antes se multiplicaron ahora, amplificados por la mayor dimensión pública de la denuncia. Gustavo ocupaba entonces el cargo de jefe de la sección de Actividades Culturales del Departamento de Asuntos Sociales de la ONU, adscrito al secretariado general de la organización. Si el subcomité le consideraba culpable de deslealtad no sólo su trabajo estaría en peligro, sino que también debería hacer frente a las responsabilidades jurídicas derivadas de los cargos.
En el contexto de la guerra fría, la mera acusación equivalía a un estigma social que sufría el afectado pero que repercutía en toda la familia. Bonte lo sabía muy bien. En su intento de proteger a sus hijas de cualquier reproche público, escribió al senador por New Hampshire Styles Bridges una conmovedora carta en demanda de ayuda, describiendo lo sucedido como «una pesadilla para mí, para mi madre y para toda la familia. Tenemos tres hijas cuyas vidas pueden resultar perjudicadas por esas terribles mentiras. Usted me dijo en una ocasión que si hubiera una acusación contra Gustavo en
el Senado le defendería»[257]. Sus hijas padecían ese injusto acoso. Su tío Michael Straight confesó que cuando iban al colegio otros niños gritaban:
«Ahí van las hijas del traidor Gustavo Durán»[258].
A través de las páginas del semanario político New Republic, del que era editor y propietario, Michael Straight fue uno de los escasos apoyos públicos que Gustavo recibió. Su nombre fue mencionado por McCarthy, precisamente, para probar los vínculos de Durán con el comunismo, aunque Straight nunca fue objeto de ninguna acusación concreta, como tampoco lo fue Alexander Orlov, el responsable del NKVD en España que propuso a Durán para el SIM, y que entonces, paradójicamente, vivía como exiliado en Estados Unidos bajo identidad falsa y protección oficial.
Gustavo no acudió a declarar personalmente al subcomité Tydings. Alegó que el artículo 100 de la Carta de las Naciones Unidas impedía a los miembros del secretariado recibir instrucciones de cualquier Estado miembro o comprometer a la organización con alguna de sus acciones. No obstante, escribió un extenso memorando que firmó y juró ante un notario público de Nueva York para dar fe de su veracidad. Envió tres copias del mismo al director del FBI, Edgar Hoover, a William Barber, del Departamento de Estado, y al propio senador Tydings para hacerlo constar como réplica a la acusación de McCarthy.
El texto del memorando es preciso e incluso agresivo en su defensa. Comienza desacreditando la supuesta originalidad del informe, situando acertadamente sus fuentes en la investigación de 1946 y en el artículo ya mencionado del diario Arriba:
Con sólo una o dos excepciones fácilmente refutables —escribió— el
senador McCarthy se me ha echado encima sin ninguna acusación nueva,
y sin ningún material adicional con el cual apoyarlas. Por lo tanto, no
entiendo por qué las conclusiones del Comité de Seguridad y del señor
Donald Russell no son tan válidas hoy como lo eran en 1946.
Respecto al informe del agregado militar en Madrid, aseguró:
Era una reproducción literal de un grosero ataque a mi persona
publicado el 9 de abril de 1946 en el periódico de Madrid Arriba, que es
el portavoz de la Falange en la España de Franco. El artículo de Arriba
fue publicado como parte de la campaña del gobierno de Franco para
contrarrestar las revelaciones hechas por el Departamento de Estado de
Estados Unidos acerca de las relaciones entre la Alemania nazi y la
España de Franco durante la última guerra mundial… Si el agregado
militar hubiese tomado la precaución de investigar esos hechos, habría
cuestionado la validez del informe.
Cuando hubo de referirse a las acusaciones sobre su condición de homosexual, presentada en Arriba y transcrita en el informe militar como «repugnantes costumbres», su réplica adquirió un tono de desafío:
Arriba y el llamado «informe» decían a continuación que mis
«repugnantes costumbres» determinaron que yo enfureciera a la policía de
Berlín, que fuera expulsado de Alemania y que tuviera problemas
similares en otras capitales europeas. En rigor a la verdad, nunca fui
detenido en ciudad alguna y con ningún cargo, ni recibí jamás reprimenda
alguna por parte de ningún agente de la ley, salvo cuando me salté una
señal de stop en Mineola, Long Island. Por lo que se refiere a las
abominables tendencias inmorales que Arriba y el llamado «informe» me
han atribuido, atribución de la que el señor McCarthy se ha hecho eco,
desafío al senador McCarthy o a cualquiera a repetir tal acusación, no en
informes clasificados ni en declaraciones secretas, sino cara a cara.
Acerca de las imputaciones de mayor relevancia, las que le acusaban de pertenecer al «Alto Estado Mayor ruso» o de haber viajado a Moscú y a París al término de la guerra, alegó: «Nunca fui miembro de ningún Estado Mayor ruso; yo nunca he estado en Moscú ni en ningún territorio ruso, y tras la Guerra Civil española no fui a París hasta pasados ocho años, cuando, en 1947, fui enviado allí en misión oficial por las Naciones Unidas».
Sobre las declaraciones de Indalecio Prieto, de nuevo empleadas en su contra por McCarthy, Durán explicó que el político socialista y él se habían visto en numerosas ocasiones tras la guerra, siempre en un clima de cordialidad. Repitió el contenido de los telegramas enviados por Prieto en 1946, en los que desmentía su relación con los servicios de inteligencia soviéticos. «Nunca le he acusado a usted de ser agente de la policía rusa ni miembro de la Komintern, y jamás dije nada a nadie que pudiera servir de base para creer tal cosa», explicaba Prieto en el telegrama que reprodujo Durán.
Dedicó la parte final de su escrito a negar otras interpretaciones de McCarthy que aludían a su supuesta influencia en el seno de la ONU para seleccionar a los refugiados que podían acceder a Estados Unidos, así como las que apuntaban a la existencia de un influyente protector en la administración.
Es de dominio público que jamás he sido empleado por la
Organización de Refugiados ni he tenido absolutamente nada que ver con
la selección de refugiados que entran en este país ni en ningún otro. Si el
senador hubiese consultado el directorio telefónico de las Naciones
Unidas, habría encontrado el departamento y la sección en que trabajo…
Finalmente, en la obtención de mi empleo en las Naciones Unidas no
busqué ni recibí ningún tipo de apoyo por parte de funcionario alguno del
gobierno de Estados Unidos. En ningún momento oculté el hecho de que
participé activamente en la Guerra Civil española. Cuando, en 1940, fui
registrado para la reserva en el ejército estadounidense, entregué una
declaración detallada de mi carrera militar en España… Finalmente, deseo
declarar que elegí adquirir la nacionalidad estadounidense porque creo en
las instituciones e ideales de este país, y me adhiero sin reservas a ellos.
Mi esposa es ciudadana estadounidense por nacimiento. Mis hijas son
estadounidenses y están siendo criadas de acuerdo con las mejores
tradiciones norteamericanas. Las obscenas y falsas acusaciones que se han
vertido en mi contra no sólo me dañan a mí, sino también a mi esposa y a
mis hijas. Tengo fe en que el sentido de la justicia del Senado de Estados
Unidos corrija esta situación de una vez por todas y me permita vivir en la
dignidad y en la intimidad a las que tengo derecho.
Las deliberaciones del subcomité prosiguieron hasta principios de junio en un ambiente de creciente hostilidad entre el presidente Tydings y McCarthy. El primero se sentía molesto por los métodos del senador, mientras que éste advirtió el potencial desgaste que sus denuncias ejercían sobre la administración Truman. El 17 de julio de 1950 el subcomité presentó su escrito de conclusiones. Eximía, con diferentes matices, a los nueve imputados de cualquier cargo y, por el contrario, negaba con rotundidad que existieran agentes comunistas o una red de espionaje en el Departamento de Estado. El escrito aseguraba que las acusaciones de McCarthy constituían «un
fraude y una broma de mal gusto»[259], además de definir su actividad como una técnica típicamente totalitaria basada en la difusión de grandes mentiras.
El texto de las conclusiones detallaba las razones de exculpación de cada uno de los procesados, y en el caso de Gustavo se limitó a exponer:
Durán estuvo empleado en el Departamento de Estado desde el 30 de
enero de 1943 hasta el 3 de octubre de 1946, en que dimitió. A la vista de
que su relación con el departamento fue previa al inicio del programa de
investigación de la lealtad de sus empleados, consideramos que es
innecesario incluir la discusión de su caso en nuestro informe[260].
Durante todo el proceso la embajada española en Washington había movido en la sombra diversos hilos sin que Gustavo supiera nunca con exactitud el interés con que la legación había observado la investigación. También los habían movido la embajada estadounidense en Madrid y el consulado en Barcelona. Hasta allí se desplazó un agente del FBI para interrogar a Gustavo Buesa Durán, hijo de Marina. Pero existieron otros vínculos y transferencias de información entre funcionarios de ambos países. En el Archivo General de la Administración se conservan diversos despachos y telegramas que confirman que al menos tres ciudadanos norteamericanos solicitaron a la embajada española en Washington datos confidenciales sobre
Gustavo Durán. Curiosamente, la carpeta con su expediente[261] contiene también el de Ramón Mercader, el asesino de Trotski, y el del lehendakari José Antonio Aguirre, en una asociación en absoluto casual que revela la trascendencia involuntaria que adquirió.
El primero de estos solicitantes fue un abogado neoyorquino llamado George Dix, quien reclamó información en octubre de 1946 a raíz de la denuncia del congresista Parnell Thomas. Dix reconoció hablar en nombre del consejero jurídico del Comité de Actividades Antiamericanas, el señor Adamson. El receptor de su consulta en el consulado en Nueva York, José Pérez del Arco, se mostró convencido de que las informaciones serían así entregadas discretamente al comité para demostrar «que las actividades desarrolladas por Gustavo Durán en España, durante nuestra Guerra de Liberación, no fueron precisamente las de un luchador de la Democracia, sino
las de un comunista dirigido por Moscú»[262]. Lo sorprendente de esta petición es la discreción con que actuaron los diplomáticos españoles. Pérez del Arco sugirió al encargado de negocios en la embajada española en Washington, Germán Baráibar, que al hablar telefónicamente de esta cuestión modificaran los nombres de tal modo «que al referirnos en la conversación al abogado Mr. Dix, digamos Mr. John; y al hablar de Durán, digamos (pongo por caso) González. Así podrás decirme con más libertad qué he de
comunicar a Madrid»[263].
El segundo interesado se llamaba John Howland Snow, un escritor muy recomendado, según informaba el cónsul general de España en Nueva York, Bernard Rolland. En febrero de 1949 John Howland se puso en contacto con la legación alegando que estaba escribiendo un libro sobre el comunismo internacional y que consideraba obligada la presencia de Gustavo Durán en él. Su petición fue atendida desde la embajada así como desde el propio ministerio en Madrid, como confirma una nota remitida por Germán Baráibar el 1 de marzo de 1949: «Un conocido escritor que está escribiendo una obra sobre la actuación del comunismo internacional se ha dirigido a nosotros interesando [sic] le aclaremos y confirmemos unos datos sobre el tristemente célebre Gustavo Durán, figura que le interesa revelar como un típico agente
de Moscú»[264].
Pocas semanas más tarde, un redactor de la publicación conservadora Common Sense apellidado McGinley requirió de la embajada información sobre el «túnel de la muerte» de Usera y su relación con Gustavo Durán. Germán Baráibar le remitió copia de «una información confidencial que obra en esta embajada, y que fue traducida al inglés, que hace referencia a las
actividades de Gustavo Durán»[265].
Trascurrido más de medio siglo desde entonces, y con la información disponible en la actualidad, es posible afirmar que las acusaciones de McCarthy sobre las supuestas actividades de Durán como agente soviético o infiltrado comunista carecían de todo fundamento. Pero no es menos cierto que éste, en algunos puntos, respondió con evasivas. El relato de su vida citado en el memorando presentado ante el subcomité se ajustaba esencialmente a los hechos, pero no expresaba toda la realidad. Aunque no hubiese militado en el Partido Comunista, negar cualquier vínculo o pasado ligado a él durante la guerra no resultaba verídico. Tampoco lo era renegar de su condición de homosexual, aunque también esta faceta de su vida perteneciera a una etapa lejana. No reconocer las gestiones en el Departamento de Estado de su cuñado Michael Straight para agilizar el visado de entrada en el país en 1940, o las de Seldon Chapin en 1942 para acelerar su proceso de nacionalización, representaba también una importante omisión. Obviamente, estos aspectos habrían constituido formidables elementos de acusación, en el ambiente opresivo en que se desarrolló la investigación, que hubieran perjudicado a Gustavo y, sin duda, a su familia. La presión externa resultó determinante, pues, en su declaración, y así continuó siendo a pesar del fallo absolutorio del Senado, porque McCarthy no cesó de señalarle con el dedo acusador.
El 30 de agosto de 1951 el senador asistió en el hotel Astor de Nueva York a la Convención Anual de Veteranos de Guerra. Durante su intervención, McCarthy mostró una foto de gran tamaño de Gustavo Durán vestido con el uniforme de oficial del ejército republicano. Ante el auditorio le acusó de nuevo de ser un agente comunista y, blandiendo la foto, aseguró que «Durán fue la cabeza visible de algo llamado SIM en Europa, que
formaba parte de la policía política rusa»[266]. La prensa se sumó a una nueva campaña a favor o en contra, destacando un influyente artículo publicado en la revista Time el 10 de septiembre que calificó al senador de demagogo.
La nueva denuncia no generó mayores consecuencias judiciales, pero sí agudizó la crisis nerviosa que Gustavo sufría desde meses atrás. La tensión le dejó en un estado mental irreconocible, entre arrebatos de ira y episodios de abatimiento. Michael Straight fue testigo del deterioro de su cuñado hasta unos límites que preocuparon seriamente a su familia:
La interminable e insidiosa campaña contra él fue más dura de
soportar para Gustavo que el fuego enemigo durante la guerra en España.
Cuando viajé a Wilton en septiembre de 1951 para recoger a mis hijos, le
encontré postrado en una butaca tomando el sol, como un paciente
después de una operación; tenía los ojos cerrados y su piel era de una
palidez mortuoria.
Me senté a su lado. Le dije que muchas otras personas habían podido
superar las acusaciones de McCarthy. Añadí que el lado positivo de
Estados Unidos vencería al negativo.
«No se trata de esto Michael —respondió—. Es como una reacción
alérgica. La primera vez golpea, me afectó profundamente; la segunda vez
el efecto es violento. Si me vuelve a atacar de nuevo, no sé qué será de
mí». Se sentó en silencio mientras comíamos. Bonte le rogó que
respondiera cuando se dirigiera a él. «¡Bonte! —gritó angustiado—, estoy
enfermo, estoy enfermo».
Tres semanas después volé a Old Westbury, donde vivían los Durán.
Tenía una cita con la señora Shipley para tratar el asunto del pasaporte de
Gustavo y necesitaba conocer cualquier aspecto de su pasado que me
pudieran preguntar. Bonte me esperó en la puerta del patio. Parecía pálida
y lucía ojeras. «Debes saber —afirmó— que Gustavo es una persona
distinta. Solía ser tan brillante… Ahora, sin embargo, es silencioso y
arbitrario. Incluso sus propios compañeros en las Naciones Unidas se
están volviendo contra él.
»Hace dos días su asistente, Donald McGranahan, trajo un ejemplar
de la revista Time en el que le defendían. Donald pensaba que le
agradaría, pero cuando Gustavo vio la foto de McCarthy arrojó la revista
a su cara.
»Tuve que llamar a Donald para decirle que le disculpara, que estaba
enfermo. Es verdad. Anoche, mientras estaba en la cama, no dejaba de
decir: “No soy un hombre fuerte, no lo soy”… A la mañana siguiente,
temprano, Gustavo me dijo que le llevara en el coche a Nueva York. “No
más conversaciones —dijo, y saltó al coche—: Si la elección es tener que
hablar de mi caso o ir a la cárcel, entonces prefiero la prisión”»[267].
Gustavo no llegó a ir a prisión, pero tampoco pudo evitar tener que hablar de nuevo sobre sí mismo y su pasado en nuevas investigaciones. En octubre de 1952 optó por no acogerse a la quinta enmienda, que le permitía no declarar, y compareció ante el Subcomité de Seguridad Interna del Senado y el Gran Jurado de Nueva York. La cadena de agravios tampoco se detuvo entonces.
En 1953 la República Dominicana y España intensificaron la campaña de acoso. El gobierno del dictador Trujillo acusó a Braden, Durán y otros funcionarios diplomáticos de promover el comunismo en la isla. La descalificación de diplomáticos de probada fe capitalista como Braden evitó que las autoridades estadounidenses dieran crédito a la denuncia. Gustavo conocía de primera mano las acusaciones. Su viejo amigo Vela Zanetti, exiliado en la República Dominicana, había sido contratado por la ONU para pintar el mural sobre los derechos humanos que aún existe en la sede central de la organización en Nueva York. Con él coincidió muchas veces en el edificio y compartieron opiniones sobre la obra.
Tampoco tuvo mayores implicaciones el hecho de que, en Madrid, el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo incoara una causa contra él (expediente 50 395) bajo la acusación de ser comunista, la cual se saldó con el archivo de las diligencias por ignorar su paradero, «en
tanto el encartado se presente o sea habido», afirmaba el auto[268], en una resolución paradójica habida cuenta el preciso conocimiento que el Ministerio de Asuntos Exteriores tenía de sus circunstancias.
A ese mismo año 1953 corresponden también algunas de las afirmaciones más calumniosas publicadas en España sobre Durán. Un escritor bajo el seudónimo de Kart Rienffer publicó un libelo, Comunistas españoles en
América[269], en el que dedicó un capítulo entero a Gustavo Durán titulado «Agentes del soviet en el Departamento de Estado americano». En él denunciaba, desde el más enconado desprecio, sus prácticas homosexuales y políticas. Aunque el autor real no ha sido identificado, es posible que se tratara de un miembro de la policía o, en todo caso, de la administración franquista, nada extraño en la época.
La galería de autores de libros seudohistóricos contaba entre sus miembros con conocidos comisarios de policía. Julián Mauricio Carlavilla, por ejemplo, policía y anticomunista acérrimo, dedicó una extensa obra a denunciar la República, el comunismo y la masonería. Firmó sus libros bajo seudónimos tales como Mauricio Karl —el más común—, Julián D’Arleville o Charles Borough. Otro conocido escritor también policía fue Eduardo Comín Colomer, quien en una de sus obras mencionó a Durán. Manuel Vázquez Montalbán recogió este episodio en su ensayo Pasionaria y los siete enanitos:
Comín Colomer, un caso de exquisita finura dialéctica si lo
comparamos con otros policías publicistas del franquismo como Mauricio
Carlavilla (Maurice Karl), se la tiene jurada a los gordos y a los
homosexuales, porque no vacila en calificar al capitán Gustavo Durán de
pederasta, conocido por el Porcelanas. Gustavo Durán había sido uno de
los cuadros intelectuales del PCE más destacados en los frentes militares,
pianista y compositor, miembro del 5.º Regimiento, destacado jefe militar
glosado por Alberti en sus poemas y posterior funcionario de la ONU que
luchó junto a otros republicanos exiliados, como el vasco Jesús de
Galíndez, para impedir el reconocimiento del gobierno de Franco[270].
Aunque la función de Gustavo en la ONU no estaba relacionada directamente con la actividad política, como Montalbán refiere, sí es cierto que su influencia y sus contactos se sumaron a los del reducido grupo de exiliados españoles de las Naciones Unidas que presionaron en favor del restablecimiento de la democracia en España.
A medida que se recuperaba anímicamente, comenzó a experimentar ciertas transformaciones personales. La primera fue el nacimiento de un sentimiento religioso del que había carecido desde su juventud, y que entonces parecía brotar con cierta timidez. La segunda fue una nostalgia creciente hacia España, planteándose incluso la posibilidad de regresar siquiera temporalmente. Acerca de ello le escribía con cierta frecuencia a uno de los pocos amigos españoles con los que seguía manteniendo correspondencia, Federico de la Iglesia. Éste le desaconsejó hacerlo. Él sí había viajado a España y había visto «un ambiente clerical, reaccionario, corrompido políticamente y en el que la erosión moral es aún más profunda que la del suelo», al tiempo que le transmitía su apoyo sobre el reciente proceso: «Aquí en Inglaterra tenemos la impresión de que el período álgido
de la imbecilidad purgatoria en EE. UU. está pasando»[271].
En todo caso, los deseos de Durán no dejaban de ser hipotéticas abstracciones. Pese a un empleo que implicaba constantes viajes y a su estatus diplomático en la ONU, el Departamento de Estado tenía retenido su pasaporte desde 1951, alegando razones internas para evitar su renovación. No lo recuperaría hasta sortear el último examen judicial para evaluar su fidelidad.
En 1954, bajo la presidencia de Dwight Eisenhower, se creó la Oficina para la Lealtad de los Empleados en Organizaciones Internacionales (International Organizations Employees Loyalty Board, IOELB). Desde un primer momento, Gustavo se convirtió en un objetivo prioritario, dada su condición de ciudadano estadounidense adscrito a la ONU. Se solicitó información a las embajadas de aquellos países donde constaba su paso. En el Reino Unido se repasó exhaustivamente el currículo de sus amistades, incluidos el respetado sir Basil Liddell Hart y su cuñado Harry Walston. En México, Indalecio Prieto fue de nuevo interrogado en dos ocasiones, reiterando que había llegado a la convicción «de que él nunca se adhirió
sinceramente al ideario comunista»[272]. Prieto envió una copia de su declaración a Gustavo. Éste, por primera vez, preparó su alegato con asesoramiento jurídico. Contrató a un abogado, Hiram C. Todd, y ultimó con él la posición más conveniente para su defensa. No hubo excesivas variaciones; la negación de sus vínculos comunistas seguiría constituyendo la columna vertebral de sus argumentos.
La audiencia pública sobre Gustavo Durán comenzó el 14 de mayo de 1954. El IOELB contaba con un voluminoso informe del FBI acumulado en los años precedentes. El primero de los testimonios fue el de Spruille Braden, ya plenamente contagiado del celo anticomunista. Al preguntársele si creía que su antiguo colaborador había sido comunista, en esta ocasión su respuesta
adquirió un matiz dubitativo: «Yo diría que no. No lo sé. No lo creo»[273]. Las dudas de Braden no fueron tales en el caso del excoronel Casado. El antiguo militar había sido interrogado en Caracas por dos oficiales de la embajada estadounidense en Venezuela en septiembre de 1953 y su declaración se sumó a las pruebas de la acusación. Casado aportó el testimonio más dañino y hostil para los intereses de Durán. No sólo confirmó su filiación comunista, sino que también atestiguó una estrecha relación con Moscú: «El coronel Casado — escribió el interrogador en su informe— está convencido de que Durán
recibió adoctrinamiento político e instrucción militar en Moscú»[274]. No dejaba de ser paradójico que fuera Casado quien vertiera tal acusación hacia alguien a quien se le reprochó, precisamente, haber colaborado con él.
En noviembre de 1954, pocos días después de que Ernest Hemingway recibiera el Premio Nobel de Literatura, Gustavo respondió por escrito a un extenso cuestionario de 35 preguntas completado con una serie de nombres de los que el comité solicitaba detalles acerca del tipo de relación que había mantenido con ellos. Las preguntas eran concretas y directas. Las respuestas también lo fueron. Al preguntársele si había sido miembro del Partido Comunista en España, en Estados Unidos o en cualquier otro país, repitió que
«no soy ni he sido nunca miembro del Partido Comunista»[275], como también negó taxativamente haber visitado la URSS, haber recibido allí instrucción militar o haber trabajado o colaborado con el NKVD. Cuando el comité no le preguntó sobre una militancia concreta, sino si había asumido creencias comunistas o había sentido simpatías por éstas, respondió: «Ni en 1934 ni en ningún otro momento de mi vida he llegado a tener ideas comunistas, ni abierta ni secretamente… No recuerdo exactamente los términos en que expresaba mis opiniones en esa época. Es posible que hubiera repetido en mis conversaciones alguna de las superficiales y falsas ilusiones sobre Rusia que entonces eran generalmente aceptadas, no sólo en España sino en muchos otros países». Cuestionado entonces por las declaraciones aparecidas en el libro de Marinello Hombres de la España leal, aseguró: «Todo lo que puedo decir en respuesta a esta imputación es que uno no puede ser responsable de las palabras que le atribuya la prensa comunista. Recuerdo haber visto la entrevista después de su publicación y sentirme indignado por las declaraciones y las expresiones que me adjudicaban. Tuve la misma reacción en otros casos en que los periodistas cambiaron o distorsionaron igualmente lo que yo había dicho».
Muchas otras preguntas ahondaban en cuestiones ya recurrentes sobre su actuación en la guerra civil, las afirmaciones de Indalecio Prieto o su papel como colaborador de Braden. Otras resultaban sorprendentes, como la pregunta VI(g), en la que le pedían explicaciones por haber asistido en abril de 1951 a un acto conmemorativo de la proclamación de la República española. También se le reprochó haberse lamentado en una ocasión de adquirir la nacionalidad estadounidense. Negó haber hecho tal afirmación: «Lo que he dicho y repito es que me siento dolorosamente apenado —más de lo que podría explicarles— por la atmósfera de sospecha que parece rodearme permanentemente, y cuyo resultado es la distorsión o incluso la completa falsificación de prácticamente cada cosa que digo o hago».
Algunos de sus conocidos, familiares o amigos, testificaron en su defensa. Fue el caso de Michael Straight, Francisco García Lorca, su mujer Laura, la madre de Bonte, su superior en las Naciones Unidas, Julia Henderson, y David Owen, también alto funcionario de la ONU. Pero otros se negaron a hacerlo o evitaron responder a la petición. Fue el caso de Hemingway, a quien el abogado de Gustavo pidió una declaración en su favor. Nunca respondió.
En enero de 1955 la Oficina para la Lealtad de los Empleados en Organizaciones Internacionales eximió de nuevo a Gustavo Durán de cualquier cargo en su contra. Fue la última vez que se sentó ante una comisión investigadora. Entre 1942 y 1955 afrontó siete procesos distintos pero similares en sus fines: la primera investigación secreta del FBI en Cuba, la acusación del congresista Thomas, la investigación del Comité de Seguridad del Departamento de Estado, el proceso de McCarthy en la subcomisión Tydings, la audiencia ante la Subcomisión de Seguridad Interna del Senado, el Gran Jurado de Nueva York y un último proceso ante la comisión civil de la Oficina para la Lealtad de los Empleados en Organizaciones Internacionales. A su vez, había sido víctima de una campaña pública en la prensa española, a la que se sumó una parte de los periódicos norteamericanos. En Madrid el Tribunal para la Represión de la Masonería y el Comunismo abrió una causa en su contra, y desde la República Dominicana se le acusó igualmente de conspirar contra el presidente Trujillo.
Más de una década de procesos ininterrumpidos había dejado secuelas indelebles en el hombre que una vez confió en encontrar en Estados Unidos el escenario de libertad donde reiniciar su vida. La primera consecuencia fue la anulación de esa visión amable sobre la realidad norteamericana. Nunca volvió a pensar en Estados Unidos con ese sentimiento de admiración. De hecho, ya sólo pasaría allí temporadas cada vez más breves, aceptando por razones de trabajo viajes distantes y prolongados. Su carácter también se resintió. Atravesó un período de mayor irritabilidad, se volvió más distante y se convirtió en un padre de estricta observancia de las normas domésticas, obsesionado con la meticulosidad y el orden.
Hubo una tercera consecuencia: el distanciamiento de algunos de sus antiguos amigos. No sólo fue el caso de Braden, separados personal e ideológicamente y a quien nunca más vería. Amigos de España, de militancia común en la guerra y en el exilio, habían acogido con sorpresa sus declaraciones. Quienes mantenían un mayor compromiso político no olvidaron el gesto de negar o parecer avergonzarse de un pasado en común. Circuló un reproche silencioso pero hiriente, y de él derivaron nuevas acusaciones en el futuro. Si sus adversarios en Estados Unidos no perdonaban su pasado, muchos de sus amigos de antaño no olvidaron su presente. Surgió entonces otra leyenda negativa y perversa, de sentido inverso. Si para McCarthy había sido un agente soviético, los auténticos comunistas comenzaron a considerarle un agente norteamericano.