Comandante Durán

Javier Juárez · Capítulo 11 de 25

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Comandante Durán

7 La defensa de Madrid

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La defensa de Madrid

 

Madrid, corazón de España,

late con pulsos de fiebre.

Si ayer la sangre le hervía,

hoy con más calor le hierve.

Ya nunca podrá dormirse,

porque si Madrid se duerme,

querrá despertarse un día

y el alba no vendrá a verle.

 

RAFAEL ALBERTI,

«Defensa de Madrid. Defensa de

Cataluña»

 

«Franco está a 4,60 pesetas de taxi de Madrid». Así rezaba la edición sevillana del diario ABC tras la conquista el 4 de noviembre de Getafe, Leganés y Alcorcón. Las columnas franquistas que venían de África, veteranas en la lucha a su paso por la mitad sur del territorio español, se presentaron a las puertas de la ciudad a principios de noviembre. La defensa de Madrid parecía quimérica a la vista del empuje de aquellas tropas invictas que se prestaban a asediar y tomar la capital. Partiendo desde el Marruecos español, y después desde Sevilla, apenas habían encontrado focos de resistencia organizada en su recorrido, a excepción de Badajoz y el episodio simbólico de la liberación de Toledo y su alcázar. Entre quince mil y veinte mil soldados alentados por la expectativa de victoria componían aquella fuerza dispuesta a culminar su expedición con la entrada triunfal en Madrid. Formaban la élite del ejército franquista con el general José Varela al frente.

La ofensiva había cobrado nuevos bríos tras la conquista de Toledo el 27 de septiembre. Pese al retraso que su liberación representaba en el avance sobre Madrid, Franco era plenamente consciente de su valor simbólico y de sus posibilidades de erigirse en líder del alzamiento si capitalizaba en beneficio propio la liberación de los cadetes y civiles que al frente del coronel Moscardó resistían en el interior del alcázar desde el comienzo de la guerra dos meses antes.

El Batallón de Hierro participó en diversas operaciones de apoyo en las proximidades de Toledo. La primera compañía, al frente del capitán López Tovar, así como la segunda y la tercera, bajo el mando de los capitanes García Doménech y López Pastor, se desplegaron en el sector de Olías y Bargas, a escasos kilómetros de la ciudad. Durante los combates se distinguieron por sus acciones sorpresivas sobre las líneas franquistas, tan rápidas como eficaces al frente de sus motocicletas. Allí se produjeron las primeras víctimas: cinco milicianos perdieron la vida en los combates en Bargas, entre ellos Eusebio Hernández, responsable del abastecimiento de la unidad, y el capitán Francisco García Doménech. Resistieron hasta el 26 de septiembre. Al día siguiente, se lanzó la ofensiva que culminó con la retirada republicana y la entrada del general Varela en la ciudad. Los hombres de Durán habían combatido igualmente en las proximidades de Maqueda, conquistada por los nacionales el día 21.

A través del testimonio del periodista y escritor ruso Ilya Ehrenburg, es posible situar a Durán en los combates en este municipio: «En el camino a Toledo me encontré con mi viejo amigo el músico Gustavo Durán. La primavera pasada habíamos conversado de Prokofiev y Shostakovich. Ahora había organizado una brigada motorizada. Hablamos de artillería automática. Cuando los blancos avanzaron desde Toledo hacia Madrid, los doscientos milicianos de la brigada de Durán habían detenido al enemigo cerca de

Maqueda»[90]. Esta referencia fue incluida en un artículo titulado «El pintor Gómez» que envió para su publicación a Izvestia, el medio para el que trabajaba como corresponsal en la guerra española. Durán continuó en Toledo como testigo directo de las últimas horas del asedio al alcázar y de la entrada de las tropas franquistas. Representó una experiencia casi suicida que estuvo muy cerca de costarle la vida. A él y a la persona con quien compartió aquellas horas, el general Kléber.

En verdad, ni era general ni se llamaba Kléber, y su presencia en Toledo aquellos días a punto estuvo de arruinar uno de los mitos futuros forjados por la propaganda republicana. Su nombre era Manfred Stern. Había nacido en 1896 en una familia de origen judío de la región de Bukovina, actualmente dividida entre Rumanía y Ucrania, entonces bajo dominio del Imperio austro-húngaro. Estudió medicina en la Universidad de Viena, y al comienzo de la Primera Guerra Mundial fue enrolado en el ejército austro-húngaro. Capturado por las tropas zaristas, fue enviado como prisionero a Siberia. Tras la revolución de 1917 se sumó al Partido Bolchevique y se inscribió en el Ejército Rojo, en cuyas filas combatió contra el Ejército Blanco durante la guerra civil que siguió al ascenso de los bolcheviques al poder. Concluida ésta, se trasladó a Moscú y estudió en la academia militar Frunze, centro de formación de los principales cuadros militares del nuevo Estado soviético. Stern fue destinado al servicio de inteligencia militar (GRU) y desempeñó una de sus primeras misiones en Estados Unidos, como responsable de los agentes desplegados en el país. Operó bajo el seudónimo de Mark Zilbert, con sede en Nueva York. Era el año 1929.

Desde Estados Unidos fue enviado en 1932 a Shanghai, donde realizó labores de asesoramiento militar al Partido Comunista Chino. Regresó a la URSS en 1935, en vísperas de la Guerra Civil española. Cuando ésta se inició, recibió órdenes de desplazarse a Madrid para colaborar con el régimen republicano y liderar las tropas de combatientes voluntarios que luego se conocerían como Brigadas Internacionales. Stern llegó a Barcelona el 16 de septiembre de 1936 en un avión procedente de Burdeos en el que coincidió con Alexander Orlov, responsable del servicio de inteligencia (NKVD) destinado a España. Ninguno de los dos se conocía, y, de hecho, en sus memorias Orlov afirmó que le extrañó la presencia en el vuelo de aquel hombre fornido, de aspecto taciturno que decía ser representante de pieles. Hablaba un perfecto alemán y un excelente inglés. Orlov desconfió de él, es de suponer que de la misma manera que Stern receló de Orlov. Sólo unos días más tarde ambos conocerían en Madrid sus auténticas responsabilidades al servicio del mismo Estado.

Stern eligió para su misión en España un nombre ficticio apropiado del general napoleónico Jean-Baptiste Kléber. Su llegada, como la del resto de la delegación soviética aquellos días, estuvo revestida del máximo secreto. El gobierno republicano acababa de reanudar las relaciones diplomáticas con la URSS, pero la intervención militar de ésta no era todavía oficial. La llegada de las primeras remesas de armamento no se produjo hasta mediados de octubre, una vez que España autorizó el traslado a Moscú de las tres cuartas partes de las reservas de oro. Stern, presentado desde un primer momento como Kléber, se atribuyó nacionalidad y pasaporte canadienses. También se le asignó la graduación de general pese a que nunca había ostentado tal rango con anterioridad. Pronto asumió el mando del primer contingente internacional en la defensa de Madrid, pero antes de ello dedicó varias semanas a familiarizarse con la situación política y militar de España.

Hoy es posible conocer con bastante detalle la actuación de Kléber gracias al extenso informe que él mismo redactó a su regreso a Moscú varios meses después. Aunque conviene leerlo con cautela, ya que fue escrito en descargo de las acusaciones que pesaban entonces sobre él, a través de su contenido se puede comprobar que mantuvo constantes encuentros con los líderes del 5.º Regimiento (Líster, Galán, Modesto o el comandante Carlos), así como con altos representantes del PCE, incluido su secretario general, José Díaz. Trabajaba también en coordinación con el francés André Marty en la organización de las Brigadas Internacionales, cuyo cuartel general se estableció en Albacete. Pero Kléber no hablaba español. Conocía perfectamente el alemán, además del ruso, y se expresaba correctamente en francés e inglés. Pero en sus comunicaciones con responsables españoles necesitó siempre de un traductor. Ésa fue la labor asignada a Gustavo Durán. Su perfil encajaba a la perfección con los requisitos necesarios: simpatizaba con el partido, militaba en el 5.º Regimiento y hablaba francés a la perfección, un muy correcto inglés y un alemán razonable.

La primera referencia documental a Durán como traductor del oficial soviético está fechada el mismo día de la entrada de las tropas franquistas en Toledo, el 27 de septiembre. Siempre según el informe posterior de Kléber, éste se encontraba en la ciudad en compañía de Durán, y en contacto con Enrique Líster y con el teniente coronel Ricardo Burillo. Había llegado a Toledo en coche en una visita de inspección, cuando las columnas de Varela ya se aproximaban a la ciudad. Aconsejó al teniente coronel Burillo que modificara su estrategia, sustituyendo el ataque al alcázar por un asedio con menos efectivos, y que enviara el grueso de sus tropas a frenar el avance enemigo en campo abierto. Pero ya era demasiado tarde. En la mañana del día 27 de septiembre, Toledo ya estaba perdido para el gobierno republicano.

Fue un día de intenso calor, de un sol tardío en las postrimerías del verano. Al amanecer aún se combatía en el alcázar. A pocos metros, las primeras tropas de regulares y legionarios subían las lomas cercanas al cementerio. A las diez y media de esa mañana los soldados franquistas irrumpían en la plaza del Zocodover, el centro de la ciudad situado a los pies de la fortaleza. La 5.ª Bandera del Tercio, a su vez, avanzó por la orilla del Tajo y consiguió controlar el puente de Alcántara, rompiendo así el cerco en ese sector y estableciendo un primer contacto con los sitiados.

Durante las horas siguientes la ciudad castellana se convirtió en un infierno de fuego y metralla. Se combatió en las calles, entre escombros, al abrigo de los pocos edificios intactos, mientras los cadetes del alcázar se atrevían a abandonar sus muros por primera vez en dos meses para hostigar a los milicianos en retirada. Kléber y Durán aún permanecían en la ciudad a primera hora de la tarde cuando se les aconsejó abandonarla urgentemente. Kléber escribió:

 

A las tres de la tarde, Burillo y Líster me aconsejaron abandonar la

ciudad por el único puente que quedaba, pero no se sabía si había sido

tomado o no por el enemigo. Junto con mi intérprete Durán [ahora con el

rango de comandante en jefe de división y jefe de la sección especial del

Ejército del Centro], apretamos el acelerador y atravesamos el puente bajo

el fuego de ametralladora en dirección al sur. Conseguimos pasar,

seguimos adelante, acelerando, y… el automóvil se salió de la carretera y

nosotros salimos despedidos a varios metros por debajo del terraplén en

una viña. Yo sólo tuve heridas de poca consideración; Durán y el

conductor quedaron ilesos, y hasta el automóvil parecía en buenas

condiciones. Proseguimos nuestro viaje. Burillo salió detrás de nosotros,

no sé exactamente cómo, y Líster permaneció en la ciudad, tratando de

romper el asedio con su destacamento y la ayuda de la oscuridad. En una

lucha calle por calle durante la noche, Líster condujo a los restos de su

destacamento fuera de la ciudad[91].

 

Al día siguiente, 28 de septiembre, se anularon los últimos focos de resistencia republicana. El general Varela llegó andando hasta el alcázar, escaló las piedras amontonadas, sorteó sus muros derruidos y accedió al patio. Le aguardaban el coronel Moscardó y sus extenuados hombres con sus familias. Poco después, el 1 de octubre, Franco era proclamado jefe de Gobierno y Generalísimo de los Ejércitos.

En Madrid, mientras tanto, la pérdida de Toledo también generó consecuencias de muy distinto signo. El nuevo presidente del Gobierno y también ministro de la Guerra, el socialista Francisco Largo Caballero, nombrado el 4 de septiembre, intentó reorganizar el ejército para dotarlo de una estructura racional y mejorar su eficacia. Se creó así el Ejército Popular Regular (EPR), también llamado Ejército Popular Republicano, a través de varios decretos que dieron forma progresivamente a la nueva institución militar entre septiembre y octubre de 1936. Se sustituyó el saludo militar reglamentario por el puño cerrado, se autorizó la figura del comisario político en las unidades militares y se instauró la Brigada Mixta como unidad básica del nuevo ejército. La Brigada Mixta se componía de cuatro batallones de infantería, cada uno de ellos integrado por cinco compañías. En la práctica, la conversión de las milicias sindicales y políticas en un ejército regular tuvo que vencer la resistencia de las fuerzas más reacias a su inclusión en una estructura de mando militar, básicamente los anarquistas, y superar la escasez de material y de mandos intermedios. Por todo ello, el Ejército Popular no fue una realidad hasta principios de 1937.

Gustavo Durán fue desde el principio un firme defensor de la transformación de las columnas milicianas en una tropa regular, convencido de que sólo la unidad y la coordinación de todos los esfuerzos podrían evitar el triunfo franquista. Coincidía plenamente con la línea oficial del Partido Comunista, del 5.º Regimiento y con su superior, el general Kléber. Éste, mientras tanto, intensificaba la organización de las primeras unidades de voluntarios internacionales y, a la vez, aconsejaba a las autoridades sobre la defensa de la capital. Era partidario de resistir en Madrid a toda costa, exigiendo para ello el despliegue de las nuevas Brigadas Mixtas que se habían creado a mediados de octubre, la primera de ellas al mando de Líster. El militar soviético expuso su propuesta ante Largo Caballero en una reunión en la que Durán ejerció como intérprete. Kléber, según su testimonio, le advirtió de que «Madrid se defendería a sí mismo, pero que el gobierno, si no actuaba de todas las maneras posibles, perdería su autoridad en el país y en el

ejército»[92].

Durante los siguientes días realizó varias visitas de inspección a los frentes próximos a Madrid: «Junto con el camarada Durán, mi intérprete, acudí a examinar todos estos destacamentos, dando consejos sobre el curso de las operaciones y estableciendo líneas a lo largo de las cuales los batallones de obreros de Madrid excavaban apresuradamente trincheras en la

retaguardia»[93].

A medida que el cerco se estrechaba sobre la capital, el gobierno y la población eran conscientes de que se avecinaba la ofensiva final. El mismo día que entraron en acción los primeros carros soviéticos T-26, el 29 de octubre, se promulgó un decreto de movilización general para la defensa de Madrid. Horas más tarde, las columnas franquistas se aproximaban amenazadoras desde el oeste tras tomar Villamantilla, Villanueva y Brunete. El 1 de noviembre conquistaron Sevilla la Nueva y el día 2, Villaviciosa de Odón, Pinto, Fuenlabrada y Móstoles. El asedio adquirió naturaleza de combate desigual y de resultado fácilmente previsible. Los esfuerzos defensivos parecían inútiles ante la superioridad del enemigo. El día 4 culminó con otra derrota para el gobierno: las columnas nacionales de Tella, Barrón y Asensio ocuparon Getafe, Leganés y Alcorcón, a menos de veinte kilómetros de la capital. Desde ésta se podía oír por primera vez el estruendo de su artillería. La toma del aeródromo militar de Getafe permitió además a los sublevados una excelente base para las incursiones de su aviación sobre Madrid. La única noticia positiva de la jornada para los defensores fue la llegada de los primeros aviones rusos Polikarpov I-15, conocidos como Chatos, que permitieron equilibrar el dominio sobre el cielo de la capital.

Con las tropas enemigas a las puertas de la ciudad, Largo Caballero formó un nuevo gobierno dando entrada por primera vez a los anarquistas, que ocuparon cuatro carteras: Justicia, Industria, Comercio y Sanidad. Ese mismo día, 4 de noviembre, se creó la Junta de Defensa de Madrid, al mando del general José Miaja, con representación de todos los partidos políticos. El día 6 el gobierno abandonó Madrid y se trasladó a Valencia. Para entonces la vanguardia de las tropas de Varela combatía en Carabanchel, Campamento y Villaverde. Se bombardeaban insistentemente los barrios al alcance de la artillería mientras la población se aprestaba a un último esfuerzo de resistencia, haciendo propio el lema «No pasarán». Comenzaba la batalla de Madrid.

A primera hora de la mañana del 7 de noviembre las tropas rebeldes entraron en la Casa de Campo e intentaron cruzar por diferentes puntos el río Manzanares, último obstáculo natural hacia el centro de la ciudad. Desde la tarde anterior, la Junta de Defensa había improvisado su cuartel general en los sótanos del Ministerio de Hacienda, al inicio de la calle Alcalá y a escasos metros de la Puerta del Sol. Allí se ultimaba la estrategia defensiva barrio por barrio. Miaja pasó el día estudiando el plan de avance enemigo y la disposición de las fuerzas republicanas. Le acompañaba el teniente coronel Vicente Rojo, jefe de su Estado Mayor, militar de prestigio y excelente teórico.

La defensa se preveía desesperada y con pocas opciones de éxito. Sin embargo, dos hechos simultáneos contribuyeron a contrarrestar ese pronóstico. El primero tuvo como protagonistas a los voluntarios extranjeros. Sus primeros efectivos habían llegado desde Marsella el 12 de octubre. Procedían de Francia, Italia, Alemania, Bélgica o Polonia, hasta completar más de una veintena de nacionalidades. Formaban la avanzadilla de lo que será la fuerza de choque que en las semanas siguientes evitará la caída de Madrid. Tras una breve instrucción, estos voluntarios constituyeron la primera Brigada Internacional, la XI. Se componía de unos 1900 hombres, divididos en tres batallones. El primero estaba formado por combatientes alemanes y austríacos, aunque adoptó el nombre de Batallón Edgar André, en recuerdo de un comunista belga ejecutado en Alemania. Mandaba el batallón el comandante Hans Khale, una de las figuras legendarias de las Brigadas. El segundo batallón, Commune de Paris, era francés casi en tu totalidad, aunque también contaba en su seno con voluntarios belgas, británicos y norteamericanos. Lo dirigía Jules Dumont, alias Kodak. El tercer batallón, el Dombrowski, estaba integrado mayoritariamente por polacos, aunque acogía también grupos de húngaros, checos, yugoslavos y judíos. Dirigía la unidad el comandante Bolek Ulanowski. Hubo un cuarto batallón, el Garibaldi, compuesto por italianos liderados por el socialista Randolfo Pacciardi, que inicialmente estuvo adscrito a la XI Brigada Internacional, pero retrasó su marcha a Madrid y cuando lo hizo formaba ya parte de la XII Brigada. Pacciardi, quien rompería con sus responsables debido a su militancia socialista, y no comunista, llegaría a ser años después ministro de la Guerra en el gobierno italiano presidido por el demócrata cristiano Alcide de Gasperi.

Al frente figuraba el general Kléber. Como comisario político se nombró al italiano Giuseppe di Vittorio, alias Mario Nicoletti. Siempre fiel al Partido Comunista Italiano, Di Vittorio se convertiría posteriormente en el secretario de la Confederación General Italiana del Trabajo, la principal organización sindical del país. Los tres batallones de la XI Brigada Internacional llegaron a Madrid en las últimas horas del día 7 y pasaron la noche en Vallecas.

La segunda novedad importante que alteró el equilibrio de fuerzas fue un hecho providencial. En el asalto a una tanqueta se halló en poder de un oficial el plan de ataque de Varela. El documento fue analizado por Miaja y Rojo con el entusiasmo de saberse poseedores de un regalo que podía cambiar el destino inmediato de Madrid. Varela había previsto llegar al centro de la ciudad desde la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria en una maniobra conjunta del coronel Asensio y el comandante Castejón.

El Estado Mayor dirigido por Rojo organizó de urgencia un cinturón defensivo durante la madrugada del 7 al 8 de noviembre, trasladando el grueso de sus fuerzas a la zona de la Ciudad Universitaria y de la Casa de Campo. Miaja, en su primera proclama al pueblo de Madrid el mismo día 7, transmitió un claro mensaje de resistencia, alejado de las consignas derrotistas que circulaban entre los militares y políticos más escépticos: «En Madrid no se puede retroceder. Quien dé una orden de retirada, sea jefe u oficial, está

cometiendo un acto de traición. De mí sólo recibiréis una orden: avanzar»[94].

La noche era de una actividad frenética en los frentes y en el interior de la ciudad. Madrid hierve, como diría Alberti, a la espera del ataque definitivo. Es también, como si aquella fecha adquiriese una poderosa atracción sobre los hechos históricos, jornada de represalias y de celebraciones. Comienzan las sacas de las cárceles para conducir a miles de presos a su muerte, fusilados en Paracuellos de Jarama, y se conmemora, a la vez, el decimonoveno aniversario de la Revolución soviética, fecha en la que los más avezados comunistas creían ver un augurio de su triunfo. En pocas horas sabrían la exactitud o no de su pronóstico.

A primera hora de la mañana del 8 de noviembre los batallones Edgar André, Commune de Paris y Dombrowski salieron de Vallecas. Entraron en Madrid por Atocha y desfilaron por la Gran Vía. Encabezaba la marcha Kléber, cuya imagen robusta aún era desconocida para la mayoría de los madrileños. Su pelo grisáceo le confería un aspecto mayor de los cuarenta años que entonces tenía. Su rostro ancho y sus ojos ligeramente rasgados pronto serían familiares en la prensa y entre los milicianos. Aquel desfile representó un punto de inflexión en la convicción de resistencia de los propios madrileños. Si hasta entonces se había depositado la confianza en el voluntarismo y la entrega de los milicianos, la visión de aquellos 1900 hombres marcando el paso por la Gran Vía materializó las posibilidades de victoria. Muchos madrileños comenzaron entonces a creer en la posibilidad de resistir. Su paso no era tan castrense como para impresionar, ni su armamento o indumentaria homogéneos, pero mostraban entusiasmo y disciplina. No desfilaban, marchaban al frente. Unos lucían cazadoras de cuero, otros atuendos de pana, la mayoría usaban boinas negras y algunos, cascos de acero. Cantaban canciones revolucionarias en varios idiomas a su paso por la Puerta del Sol, Callao y Gran Vía, entonaban al unísono «La Internacional», que, expresada en tantas lenguas, ninguna de ellas comprensible para el madrileño común, se mezclaba con los aplausos y los vítores de quienes presenciaban su marcha. Muchos gritaban «¡vivan los rusos!», aunque rusos no hubiera. Sus voces también se solapaban con el eco de las explosiones a lo lejos de la artillería enemiga. Hacia allí se dirigían.

Cuando aquellos hombres cruzaron Madrid, Gustavo Durán ya había abandonado definitivamente el mando del Batallón de Hierro y se había convertido en algo más que el traductor de Kléber. Era, en la práctica, su jefe de Estado Mayor. Ambos habían sintonizado bien desde el primer momento y, pese a la escasa formación militar del español, su superior había apreciado otras cualidades en él, fundamentalmente su carácter metódico y su capacidad de organización. A ello se sumaba la desconfianza del general ruso hacia quien era en teoría su jefe de Estado Mayor, el coronel Vicente, militar de origen francés nombrado por André Marty. Kléber realizó una desigual descripción de ambos:

 

El camarada Marty me recomendó a un comandante retirado de los

servicios franceses, Vicente, quien había llegado a España contratado por

el gobierno español. De acuerdo con ese contrato, recibiría el grado de

teniente coronel en el ejército español y le pagarían un elevado salario en

moneda fuerte. Aquel anciano no tenía relación alguna con las Brigadas

Internacionales y había aterrizado en Albacete debido a que el gobierno,

tras hacerle venir de Francia, no tenía nada que ofrecerle en aquel

momento. Y así es como tuve como jefe de Estado Mayor a Vicente, que

comenzó a escribir bajo su firma la palabra coronel. Al camarada Durán,

un excelente compañero, inteligente y fiel al partido, que me sirvió como

intérprete durante todo el tiempo que estuve en Madrid y en el frente, lo

convertí en ayudante y, de hecho, en jefe de Estado Mayor. El coronel

Vicente era simplemente «una decoración» innecesaria para nuestra

brigada y se mantenía lejos del frente. No se le podía reprochar nada en

cuanto a sus conocimientos militares, pero era una persona ajena a

nosotros, con grandes pretensiones; además se ofendía fácilmente y

odiaba a Durán, pero se contenía en sus relaciones conmigo y se

comportaba aparentemente de forma disciplinada [95].

 

El hispanista Hugh Thomas facilitó en su obra sobre la Guerra Civil otra versión distinta y sorprendente de cómo Durán pasó de intérprete a jefe de Estado Mayor, según el testimonio de Mauricio Amster, miembro de la Alianza y compañero de Durán en el tren blindado:

 

Mauricio Amster, un voluntario polaco, que entonces era comunista,

me dijo (en Chile, en 1971) que Kléber le había llamado y le había dicho

que quería un jefe de Estado Mayor y deseaba hacerle tres preguntas: ¿tu

padre era de la clase media?, ¿has sido alguna vez socialdemócrata?, y

¿quisiste ser sacerdote cuando eras joven? Amster respondió que sí a las

dos primeras, y que no a la tercera. No le dieron el puesto. Años más

tarde, en Santiago de Chile, donde estaba exiliado, habló con Durán, que

entonces era funcionario de las Naciones Unidas; y le contó esta historia.

Durán le dijo que él también había tenido esta conversación con Kléber,

pero que él había respondido afirmativamente a todas las preguntas. Éstas

eran las cosas que contaban en un currículo en el mundo de Kléber [96].

 

La tarde del día 8 la XI Brigada Internacional tomó posiciones en la Ciudad Universitaria. Kléber y Durán establecieron su cuartel general en la facultad de filosofía y letras. No sin cierta ironía, el militar puntualizó: «Mi cuartel general (esto es, Durán y yo mismo)». A su derecha estaba apostado el batallón francés, en el centro el polaco y a la izquierda el alemán. En las proximidades ya combatían desde la mañana las brigadas mixtas de José María Galán en Pozuelo, la de Luis Barceló en Majadahonda y Boadilla, y Clairac con sus hombres en Puerta del Rey, además del batallón presidencial al mando del capitán de infantería José María Enciso, apoyado por la columna anarquista de Cipriano Mera, que cubrían Aravaca y Puerta de Hierro. Durante toda la tarde la batalla fue feroz. Los legionarios consiguieron llegar hasta varios puntos de la tapia que rodea a la Casa de Campo, pero fueron contenidos dentro de sus límites. Al sur, la brigada de Líster detuvo a un alto coste el avance franquista en Carabanchel y Usera. Pero lo cierto es que, al final del día, Varela no pudo entrar en la ciudad pese a que algunos grupos aislados habían conseguido infiltrarse en el sector más expuesto de Argüelles, siendo repelidos por los milicianos. Madrid había ganado otro día.

La ciudad continuó viviendo horas críticas durante las siguientes jornadas, de singular virulencia para la XI Brigada Internacional entre el 9 y el 13 de noviembre. Se encontraba ante la punta de lanza de la ofensiva nacional. El día 9 el Batallón Commune de Paris perdió dos secciones completas. En esa jornada se combatió incluso cuerpo a cuerpo contra las tropas marroquíes, en la vorágine de unas líneas que avanzaban y retrocedían a cada instante. El día 10 Kléber contrarrestó una nueva ofensiva en la Casa de Campo que costó la vida a casi toda la sección belga del batallón francés. La lucha fue también incesante el día 11, cuando el enemigo logró sobrepasar la Puerta de Rodajos, en la Casa de Campo. En un combate sangriento y durísimo se consiguió finalmente detener el avance. Los defensores habían retrocedido ligeramente pero lograron mantener la línea del frente. La temida desbandada y la consiguiente entrada arrolladora del ejército franquista habían sido, de nuevo, evitadas.

Después de tres días de sucesivos ataques desde el sur y el oeste, Madrid se había convertido en un símbolo para ambos bandos: de resistencia para los republicanos y, por ese mismo motivo, de prueba vital para los sublevados. No constituía sólo la capital, cuya toma podía inclinar definitivamente el curso de la contienda, sino la batalla épica en que ambos ejércitos medían sus fuerzas y pretendían mostrar la superioridad de la causa por la que combatían. El Madrid asediado por el enemigo y abandonado por su gobierno se había erigido en objetivo de una lucha simbólica cuyo alcance afectaba al esfuerzo bélico en todo el país y a la moral de sus combatientes.

Ese mismo día 11 de noviembre, Durán, plenamente volcado en su labor en el Estado Mayor de la XI Brigada, inició un diario de campaña que, pese a su lenguaje telegráfico y su carácter estadístico, contiene anotaciones valiosas para seguir con detalle la lucha de aquellos días. Las anotaciones del primer día dan fe de una jornada relativamente tranquila dentro del constante pulso entre ambos ejércitos.

 

A las 12.20 —consigna en el diario— comienza la artillería enemiga a

batir la Ciudad Universitaria, entre el pabellón de medicina (4.º Batallón

de la B. I., compañía antigás) y el de filosofía y letras (2.º Ba tallón de la

BI) con fuegos de 10.5 y 15.5. Cadencia de tiro lenta… 20.30: Reunión en

la sección de operaciones del Ministerio de la Guerra de todos los jefes de

columna que operan en Madrid. El teniente coronel Rojo propone para el

día 12 un plan de ataque combinado de todas las fuerzas con la aviación,

que se pospone para el día 13 por no estar todavía bien preparadas las

fuerzas que trae Durruti de Cataluña, que son las que habían de actuar

como reserva[97].

 

El plan al que aludía Durán en su diario de campaña representaba la gran baza estratégica de Miaja y Rojo. Pretendían lanzar una contraofensiva por sorpresa y obligar el repliegue de la vanguardia de las tropas enemigas, especialmente en la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria, el área más castigada de una batalla que duraba ya una semana. Se esperaba la llegada de los refuerzos, como afirma Durán, de la columna anarquista de Buenaventura Durruti, con casi cuatro mil hombres, y de la XII Brigada Internacional. Esta última estaba integrada por los batallones Thaelmann, formado por alemanes aunque también contaba con casi una veintena de ingleses, incluido el sobrino de Winston Churchill, Esmond Romilly; el André Marty, compuesto por franceses y belgas, y el italiano Garibaldi, adscrito inicialmente a la XI Brigada. Mandaba la unidad Máté Zalka, más conocido como general Lukács, militar y escritor húngaro de biografía paralela a la de Kléber que encontró la muerte en el frente de Huesca en junio de 1937. Aunque su primer comisario político sería Luigi Longo, alias Gallo, pronto le sustituyó el comunista y escritor alemán Gustav Regler, llamado a mantener una estrecha relación de amistad con Gustavo Durán.

La mañana del 13 de noviembre las fuerzas republicanas están dispuestas para el ataque. Pero no cuentan con que Varela también ha previsto una nueva ofensiva general desde todos los flancos ese mismo día. A las nueve de la mañana éste inicia su ataque. Sin tiempo para iniciar el plan proyectado, lo que era un contraataque republicano se tiene que reconvertir sobre la marcha en una maniobra defensiva para taponar las incursiones masivas de las columnas franquistas que avanzan en Usera, Carabanchel y la Casa de Campo. Por momentos parece que las defensas van a ser rebasadas haciendo inútiles los esfuerzos de los días previos. En Usera cunde el pánico y éste se extiende a todo el flanco sur de la ciudad.

Rojo dispone que la XII Brigada Internacional intente reconquistar el cerro de los Ángeles, en las proximidades de Getafe. La Brigada aún está mal organizada. Sólo el Batallón Garibaldi se puede considerar una fuerza realmente bien preparada. Han pasado la noche anterior en Chinchón a la espera de su entrada en combate. Lo acompañan tres brigadas españolas en el ataque al cerro, un promontorio fácil de defender situado en el centro geográfico de España. El objetivo es que el ataque permita aliviar la presión franquista sobre el sur de la capital. El asalto dura todo el día con apoyo de tanques rusos T-26 y aviación, pero una tras otra las oleadas son repelidas por los defensores, bien parapetados en su escarpada cima. Al llegar la noche se suspende el ataque y los hombres se retiran. Dejan muchos cadáveres en la ladera de la colina, entre los olivos. «Hasta hace poco, el aire hervía de relámpagos y explosiones y ahora hay un profundo silencio nocturno, roto de vez en cuando por un disparo aislado o una explosión, a lo lejos, de alguna bomba de mano que hace aún más siniestro el silencio. Entre los olivos encontramos los cuerpos rígidos de los muertos, algún herido que gime y se

arrastra difícilmente»[98], escribió Luigi Longo. Al día siguiente, la XII Brigada Internacional se incorporó a la defensa de Madrid.

En el sector de la Casa de Campo y alrededores se combate con idéntico encarnizamiento. Se ha resistido la acometida en el puente de los Franceses, pero los franquistas consolidan su posición en una loma estratégica de la que ya no podrán ser expulsados: el cerro de Garabitas. Desde él se puede observar con nitidez la silueta urbana de Madrid, especialmente el área de la plaza de España, Argüelles, Moncloa y el palacio Real, entonces palacio Nacional, a tan sólo un par de kilómetros en línea recta. Garabitas, artillada por técnicos alemanes de la Legión Cóndor, se convertirá desde entonces en la principal plataforma para el bombardeo de Madrid. Sus obuses asolarán esos barrios, particularmente Argüelles, y llegarán hasta la plaza de España y la parte baja de la Gran Vía. La casa de las Flores de Pablo Neruda será de las primeras viviendas en ser destruidas.

El día 13 se vive también la principal batalla aérea sobre el cielo de Madrid. La aviación republicana combate por primera vez con el nuevo caza ruso Polikarpov I-16, pronto conocido como Mosca, o como Rata por los nacionales debido a la rapidez de sus movimientos y a sus vuelos a baja altura, casi rasante, sobre los tejados de los edificios; como si salieran de las alcantarillas, dirían los pilotos franquistas. Los bombarderos alemanes Ju-52 son víctimas fáciles de aquellos aparatos pequeños y maniobrables, superiores en algunos aspectos incluso a los cazas Heinkel y Fiat. Sobre el terreno el escenario es más preocupante. Se ha retrocedido en casi todos los sectores, a excepción del puente de los Franceses. Pero existe también una lectura positiva que la propaganda republicana sabe aprovechar: Madrid ha resistido. También el 13 de noviembre.

Kléber ha organizado las acciones de la XI Brigada desde su nuevo puesto de mando en el ayuntamiento de Aravaca, menos expuesto a la artillería enemiga que la facultad de filosofía y letras. Durán ha pasado el día con él pero también ha recorrido el frente en diferentes puntos. Le preocupa especialmente el ataque al municipio de Húmera. Su diario, más prolijo y extenso de lo habitual, demuestra la intensidad de los combates:

 

Día 13

Puesto de mando en el ayuntamiento de Aravaca 4.15: La Brigada Internacional es relevada por las fuerzas de Durruti,

saliendo para Aravaca donde se concentrarán. 8.15: Aparece mucha aviación.

9.00: Se inicia el avance hacia Húmera a pesar de no haber llegado

aún a Aravaca el total de las fuerzas.

10.00: Comunica Galán estar esperando la llegada de nuestras fuerzas

a su altura para iniciar el ataque. Los nuestros están a 1,500 km de Húmera aproximadamente.

10.50: El 2.º B. llega altura cerro de Húmera, desplegándose hasta

llegar a 500 metros Casa de Campo, siendo hostilizado desde allí por fuego de fusilería.

12.05: Freires, comandante de los tanques, comunica que sale sobre

Húmera con nuestros dos batallones.

12.45: Comandante Dumont comunica que nuestras fuerzas han

pasado ya el camino de Húmera a Pozuelo, por el kilómetro 2 de dicho camino. Continúan avanzando. El B. CNT está sobre Casa Quemada.

13.20: Llega un parte del comandante Petroff comunicando que el 4.º

B. entró en Húmera a las 12.05.

15.20: El bombardeo de la parte del campamento ha sido desastroso

para el enemigo. Ha huido tratando de guarecerse donde podía.

15.30: Fuerte bombardeo de la aviación enemiga sobre nuestras líneas. 15.45: El comandante Petroff carece de decisión. Su línea continúa

retrasada con relación a la del B. francés. Se le ha dado orden terminante de que cumpla con su deber y avance.

16.15: El capitán adjunto de la Batería (Carré) comunica que las

piezas enemigas baten las suyas. Estaban escondidos bajo una alcantarilla. El coronel ha ordenado que cambie de posición.

17.00: EL B. CNT y el de la Guardia Presidencial han encontrado

seria resistencia enemiga en Casa Quemada y Garabitas, deteniéndoles en el avance.

17.05: El coronel da orden al capitán de la artillería para que durante

diez minutos, de 17.15 a 17.25, bata con fuego nutrido la 1.ª de dichas posiciones. La Guardia Presidencial por el flanco derecho y el B. CNT por el izquierdo deberán hacer un movimiento envolvente que corte la retirada del enemigo.

16.50: Avisa el comandante Dumont que desde Casa Blanca se dirigen

hacia nuestras avanzadas unos escuadrones de caballería mora.

17.20: Com. Dumont comunica que 500 hombres (o probablemente un

batallón) enemigo se han situado en la casa de la torre de la TSH de Carabanchel, tomando posición sobre un talud delante de ella.

 

La misma situación se repetirá el día 15. Rojo ha previsto una acción coordinada de la XI Brigada, la Columna Durruti, un batallón de la CNT madrileña y el Batallón Presidencial del capitán José María Enciso. Tienen órdenes de atacar Garabitas y despejar esa zona de la Casa de Campo, mientras que Galán y la 4.ª Brigada del capitán Arellano apoyarán la acción en la zona de Campamento, en la carretera de Extremadura. No llegarán a ejecutar el plan. Varela ha encomendado a las columnas del coronel Yagüe que crucen el río Manzanares a toda costa y ocupen la zona de la ciudad entre el parque del Oeste y la Ciudad Universitaria. Dispone de seis mil hombres. En el último momento, Yagüe sufre un problema cardíaco y es sustituido por el también coronel García Escámez.

De nuevo el puente de los Franceses es el punto más castigado y, de nuevo, el defendido con más encono por los guardias de asalto del comandante Carlos Romero y la columna del comandante Adolfo Prada. Hacia allí se dirige una unidad de carros como refuerzo. Ante el riesgo de que pudieran sobrepasar sus líneas, los propios republicanos vuelan el puente.

Los regulares de la 2.ª Compañía del 3.º Tabor de Alhucemas, a las órdenes del comandante Mohamed Ben Mizzian, son designados para una misión temeraria: deben cruzar el río Manzanares y tomar las posiciones defensivas republicanas en la otra orilla. Ben Mizzian es el militar marroquí de mayor graduación en el ejército de Franco a pesar de su parentesco con Abd el-Krim, el cabecilla rifeño que lideró las revueltas contra la ocupación española y francesa. Los hombres cruzan el río bajo el fuego de las ametralladoras. El agua les cubre por encima de las rodillas, llevan el fusil en alto y apenas pueden contar con más elementos que la suerte para llegar al otro extremo. Son blanco fácil y el elevado número de bajas lo confirma. Pero, cuando pasan, el efecto es el inverso. Las tropas republicanas, combatientes de la Columna López Tienda del PSUC, huyen presa del pánico. A los regulares les siguen efectivos de la Legión. Pronto avanzan en la Ciudad Universitaria. Toman la Escuela de Arquitectura a última hora de la tarde y se dirigen hacia la Casa de Velázquez, defendida por un destacamento húngaro de la XI Brigada. Se lucha intensamente, cuerpo a cuerpo y metro a metro, hasta que perece el último de los defensores.

La vanguardia de las tropas marroquíes logra conquistar una ventajosa posición en la Ciudad Universitaria, auténtica cuña por la que Varela confía en poder entrar en la ciudad en las siguientes horas. En las proximidades del puente de los Franceses y del parque del Oeste, los hombres de la Columna Durruti han sufrido el mismo temor y retroceden en desbandada al aproximarse dos compañías marroquíes. El diario de Durán refleja fielmente los acontecimientos del día, incluida la voladura del puente de los Franceses, y comenta despectivamente la actitud de los hombres de Durruti:

 

Día 15

9.15: Fuerte bombardeo de la aviación enemiga sobre nuestras cimas y

Aravaca.

10.00: Comunica Galán que en toda la región ocupada por sus fuerzas

no hay novedad. Idem comunica com. Dumont. Idem com. Enciso. Galán añade que anoche se replegaron las primeras

líneas ordenadamente, volviendo a ocupar las posiciones esta madrugada. Es la segunda vez que el com. Petroff repite este juego.

11.30: Comunican las avanzadillas de Enciso que observan

concentración de infantería y caballería enemiga sobre Casa Quemada.

11.45: Tte. coronel Rojo pide sean enviados inmediatamente los

tanques sobre el puente de los Franceses. El enemigo presiona fuertemente, con tres carros, sobre ese sector.

12.30: Ha habido que volar el puente de los Franceses. Los tanques

enemigos se han retirado.

13.15: Una patrulla nuestra sale de Húmera con intención de coger a

unos cuantos moros que han sido vistos fuera de la Casa de Campo.

17.00: Las fuerzas catalanas, de la columna Durruti, chaquetean

vergonzosamente. ¡El gran general de las FAI!

 

Al día siguiente, 16 de noviembre, Kléber recibe la orden de contraatacar en la Ciudad Universitaria para frenar un avance de mayor profundidad y, en la medida de lo posible, recuperar las posiciones perdidas el día anterior. Es una misión de riesgo extremo, pues las avanzadillas franquistas han sido reforzadas y se aprestan al amanecer a proseguir su avance. Los combates se concentran en torno al hospital Clínico y la facultad de filosofía y letras. La lucha prosigue todo el día, hasta que ambos bandos admiten la imposibilidad de avanzar.

La batalla en el cielo de Madrid es también intensa. Numerosos bombarderos Junkers alemanes y Savoia italianos castigan duramente la ciudad en tres oleadas sucesivas. Aunque ha habido otras incursiones aéreas, éste es el primer bombardeo masivo sobre la población civil. Lanzan bombas de hasta dos mil kilos y proyectiles incendiarios, varios de ellos contra el Museo del Prado, donde impactan seis artefactos cuyos efectos son rápidamente sofocados por los trabajadores y milicianos adscritos a su protección. La mayor parte del patrimonio pictórico del Prado había sido trasladado a Valencia unos días antes. Sufren daños también la Biblioteca Nacional, la Academia de Bellas Artes de San Fernando, el Museo Arqueológico, el hospital Clínico, el hospital Provincial en la calle Santa Isabel y el de la Cruz Roja en Marqués de Urquijo. Hay centenares de muertos en la calle y entre los escombros. El periodista francés Louis Delaprée, corresponsal de Paris Soir, escribe ese día para su periódico: «El primer bombardeo verdadero de Madrid tuvo lugar el 4 de noviembre, pero la

matanza metódica de la población civil no fue emprendida hasta el 16»[99].

Desde el cerro Garabitas, los cañones de 105 y 155 milímetros también acosan con sus obuses la Ciudad Universitaria y el barrio de Argüelles. Las llamas que brotan en numerosos puntos de la ciudad parecen destellos intermitentes observados en la lejanía, a través de la neblina que cubre las proximidades del río en la primera línea del frente. Durán anota en su diario de campaña:

 

Día 16

Puesto de Mando en el puente de San Fernando 5.00: Nuevo traslado de las fuerzas. El enemigo rompió ayer tarde el

frente de la Ciudad Universitaria y la Brigada Internacional tiene que ir a arreglar lo deshecho.

10.00: Inician el ataque sobre el frente de la Ciudad Universitaria. 1.º batallón francés: por las alturas que dominan la CU. Objetivo

primero: facultad de filosofía y letras.

2.º Primera compañía del Batallón polaco: por la margen izquierda del

río, paralelamente a él.

3.º Medio Batallón de Carabineros con 1.ª compañía de

ametralladoras, como reserva de las citadas fuerzas.

4.º Tercera compañía del Batallón polaco por el otro lado del río,

paralelamente a la tapia de la Casa de Campo.

5.º Media compañía de Carabineros de la 5.ª Brigada, como reserva de

las anteriores.

12.50: La 1.ª Compañía del Batallón francés ocupa la facultad de

filosofía y letras. Fuerte bombardeo de la aviación enemiga sobre la CU (Junkers). Ataque de nuestros aviones, que dispersaron a los contrarios. Fuego de artillería y ametralladora, de parte a parte, durante toda la tarde y la noche.

 

El día 17 amanece con frío y niebla, bajo un cielo gris y encapotado que pronto aparece surcado de decenas de aviones, esta vez republicanos. Varias escuadrillas de cazas I-15 Chatos e I-16 Moscas atacan las posiciones de los regulares en la Ciudad Universitaria causando casi un centenar de muertos. Se trata del ataque de cobertura que precede a la dramática y sangrienta batalla que se librará en las siguientes horas.

Varela lanza una ofensiva general con todas sus fuerzas, desde Usera y Carabanchel en el sur, hasta la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria en el oeste. En el bando republicano el peso de la acción recae sobre la Columna Durruti y la Columna López Tovar, ambas catalanas, y de nuevo sobre la XI Brigada, cuyo puesto de mando se ha establecido en el club Puerta de Hierro. En la Ciudad Universitaria las columnas de legionarios y regulares toman el asilo de Santa Cristina y llegan hasta el hospital Clínico, donde la lucha es feroz, a bayoneta y pistola, habitación por habitación, planta a planta, contra los hombres del Batallón Edgar André.

El puente de los Franceses continúa resistiendo. El teniente coronel Barrón no consigue avanzar por el paseo de la Florida. Miaja y Rojo se desplazan hasta Moncloa para presenciar personalmente los combates, pero antes de llegar son tiroteados. Logran ponerse a resguardo en el interior de la cárcel Modelo. Al salir, Miaja reprocha pistola en mano a varios milicianos anarquistas que hayan abandonado su puesto en el parque del Oeste. Su actitud decidida se impone al miedo que les forzaba a desertar. Regresan a la trinchera y, en compañía del resto de la unidad, consiguen mantener estabilizado el frente en esa zona. Madrid vive sus horas más críticas, pero el desenlace aún no está decidido.

Durán pasa el día recorriendo el frente, esperando los refuerzos de la XII Brigada. Envía a su encuentro a un hombre de su máxima confianza, un brigadista alemán que le acompañará durante el resto de la guerra: Ernst Adam. Las anotaciones del diario correspondientes a ese día confirman la confusión y la situación dramática de los defensores, agravada tras la destrucción de buena parte de las líneas de comunicación entre el frente y el puesto de mando:

 

Día 17

Puesto de Mando en el club Puerta de Hierro

8.00: Debido a un error en la interpretación de la orden de Kléber, el

primer batallón no ha relevado a los II y IV como debió haber hecho esta madrugada. Los enlaces funcionan mal. Imposible dar con los tanques. Imposible encontrar a Hans. La orden de ataque dada ayer por Rojo no podrá ser cumplida en estas condiciones. Los franceses y los polacos están agotados por el esfuerzo sostenido de estos días.

9.00: Entrevista con Heredia, jefe del Batallón Mangada, del

5.º Regimiento, que ha venido como reserva nuestra, y con el comandante de la Agrupación de artillería que hoy actuará a las órdenes de Kléber. Se decide que el primero releve a la caída de la tarde, junto con el Batallón alemán, a los batallones II y IV.

9.30: Comunica el com. Hans que el palacio de la Moncloa está en

nuestro poder, habiendo sido ocupado por la Cía. del Batallón polaco que actúa de este lado del río. Así mismo, lo están las casas de alrededor.

10.00: La II Brigada Internacional [XII Brigada] viene a las órdenes

de Kl. [Kléber]. El ministerio comunica que han llegado ya a Madrid tres compañías, la ambulancia y una batería. Adam sale a recogerles para llevarles a las casas de la huerta del Obispo.

10.30: Fuerte y continuado bombardeo de la aviación enemiga sobre

CU y alrededores, hasta nuestras baterías de la Dehesa de la Villa. Nuestros cazas los atacan, cayendo un aparato, que creemos sea de los nuestros. El piloto, que ha caído detrás de nuestras líneas, se ha salvado.

12.30: Operaciones comunica que, desde la Casa de Campo y con

dirección a CU, avanzan fuerzas enemigas que tratan de no ser vistas. Van precedidas de tanques. Se ha dado orden a la artillería de que dispare sobre ellas.

13.30: Comunican las avanzadillas del Batallón CNT que han visto

caballería mora sobre la Casa Velázquez.

15.00: El enlace del Batallón francés comunica que desde la Casa de

Campo avanzan sobre la Casa Velázquez fuerzas enemigas bastante numerosas. Los nuestros están delante y a ambos lados de dicha casa. El enemigo lleva tanques.

17.55: Los comandantes Hans y Dumont comunican que el enemigo

que se dirigía hacia Casa Quemada ha salido de la Casa de Campo con dirección al puente de San Fernando. Así mismo, nos dicen que los tanques que hoy penetraron en la Casa de Campo van en dirección a Las Rozas.

18.00: El tren blindado que estaba a la altura de Húmera se ha perdido.

Gran confusión respecto a las líneas del enemigo al N. O. de la Casa de Campo. Galán no sabe nada. Enciso mucho menos.

 

Durante los siguientes dos días las luchas continúan siendo intensas, y en muchos casos cuerpo a cuerpo, debido a la proximidad de ambos ejércitos y al angosto espacio en que se combate. Tras once días de combates ininterrumpidos, el 19 de noviembre, la XII Brigada ocupa las posiciones de la XI, mientras los combatientes de ésta, diezmados y exhaustos, retroceden al interior de la ciudad. El Batallón Garibaldi sustituye al Dombrowski entre el río Manzanares y Puerta de Hierro; el Thaelmann releva al Edgar André en el entorno de la Casa de Velázquez, donde apenas han sobrevivido doscientos internacionales, y el Batallón franco-belga André Marty hace lo propio con el Commune de Paris.

Esa misma mañana los hombres de Durruti intentan sin éxito recuperar el hospital Clínico. Cuando el dirigente anarquista acude a la zona recibe un disparo que le atraviesa el pecho. Inmediatamente se le traslada al hotel Ritz, en cuyo sótano se ha habilitado un hospital de emergencia. Morirá unas horas después, en la madrugada del día 20, casi a la misma hora en que en Alicante era fusilado el fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera. Durante décadas perdurará la polémica sobre si fue un disparo accidental o intencionado el que costó la vida al líder anarquista.

En la Ciudad Universitaria, tras el desconcierto que acompaña al relevo de fuerzas durante unas horas, la XII Brigada resiste eficazmente y bloquea la acometida de los regulares desde su posición más avanzada en el hospital Clínico. La progresión de las avanzadillas franquistas ya es mínima y comienza a extenderse en el bando sublevado la impresión de que Madrid sólo podrá ser tomado a un altísimo coste.

Kléber ha trasladado su puesto de mando a El Pardo el 20 de noviembre. Desde allí coordina las acciones de las brigadas XI y XII como responsable militar de ambas. El alemán Hans Kahle había asumido el mando efectivo de la primera mientras que la segunda continuaba a las órdenes del general Lukács. Ese mismo día, Durán anota por primera vez que no hay novedades importantes en ninguno de los frentes:

 

Día 18

8.00: RAS durante la noche.

11.00: Esta mañana el Batallón alemán (Palacete y alrededores) ha

tenido dos muertos y catorce heridos. La mayor parte de estas bajas es debida a que el enemigo levanta los brazos en señal de rendición, y cuando los nuestros se precipitan hacia ellos para hacerlos prisioneros, la segunda línea enemiga dispara sobre ellos. Es la segunda vez que los fascistas hacen esta maniobra.

12.00: La Casa de Velázquez parece que ha sido evacuada por el

enemigo. Los seis tanques que se habían visto hoy han vuelto atrás, pero no es seguro que hayan cruzado de nuevo el río. Esto indica, con bastante probabilidad, que el enemigo prepara un fuerte bombardeo de aviación sobre la CU. Durante la tarde se ha iniciado un avance del Batallón alemán, en colaboración con

dos compañías del francés y las fuerzas de Carabineros y 5.º Regimiento.

19.00: El Batallón francés ha ocupado el primer pabellón del grupo

facultad de farmacia. El enemigo hostiliza duramente desde Arquitectura, hospital Clínico y Casa de Velázquez.

 

Día 19

10.00: El Batallón alemán ha enlazado por su flanco derecho con las

fuerzas situadas junto al río. Tiene su frente a 200 metros al norte del Stadium, Escuela de Arquitectura y Casa de Velázquez, hasta la carretera de la CU junto al «Restaurant». Los principales centros de resistencia del enemigo son los edificios al sur de la Casa de Velázquez. El avance final del Batallón alemán no pudo llevarse a cabo a causa del fuego proveniente de estos edificios y sobre todo porque dos de nuestros cañones antitanques no pudieron disparar, por faltarles el extractor. El que pudo tirar hizo diez disparos y produjo gran confusión en los tanques enemigos. El segundo batallón ocupa los edificios de la facultad de farmacia y avanza hacia el hospital Clínico, sufriendo también bastante a causa del fuego del citado grupo de edificios.

 

Día 20

Puesto de Mando en El Pardo

8.00: Situación y disposición de las fuerzas. Noche tranquila. El II

Batallón alemán ha ocupado las posiciones mantenidas ayer por el I, que ha pasado a la reserva. A su derecha, hasta el Manzanares, está unido al Batallón polaco, el cual, en parte, va frente al Stadium. A la izquierda del dicho Batallón alemán está el francés que mantienen las mismas posiciones de ayer. Nuestra artillería se prepara a tirar sobre unos nidos de ametralladoras del enemigo que han sido localizados esta mañana. Según nuestros enlaces nos comunican no hay novedad importante que señalar en los sectores Sabio, Palacios, Enciso y Galán. Nombres de los puestos de mando: Pardo (Víctor), Palacios (Luis), Plaza (María) y Fuencarral (Pedro).

15.30: Alrededor de las 12 seis tanques enemigos han atacado el

Palacete, consiguiendo hacer retirarse a los alemanes, que abandonaron el grupo de casas. Hemos enviado nuestros

tanques, que hicieron retroceder a los enemigos. Los alemanes, aprovechando el momento, han conseguido avanzar.

 

El día 23 de noviembre, tras dos semanas de asedio constante a la capital por tierra y aire, Franco se reunió en Leganés con sus generales al frente de la ofensiva. Acudieron Emilio Mola, jefe del Ejército del Norte, Andrés Saliquet, responsable del Ejército del Centro, y José Enrique Varela, al mando de las tropas que asediaban Madrid. Les comunicó su cambio de estrategia. Debían cesar los ataques frontales sobre la capital y sustituirlos por una maniobra envolvente que permitiera completar el cerco. Si Madrid no podía ser rendida por las armas lo sería por el hambre y el desabastecimiento. El objetivo último era aislar la capital del resto de la zona republicana, especialmente a través de las carreteras de La Coruña y Valencia. Madrid había resistido la ofensiva que pretendía convertirse en entrada triunfal. A partir de entonces deberá luchar para evitar su bloqueo.

En el antiguo cuartel de Durán, mientras tanto, se ha mantenido un absoluto mutismo sobre su ausencia. Sólo Giménez de la Espada, Vela Zanetti y algunos pocos más conocen el destino de su oficial en jefe. Su marcha había sido en principio temporal, en calidad de intérprete, y sólo cuando resultó evidente que su nueva misión sería prolongada, el órgano de la unidad informó a los milicianos. Lo hizo el 21 de noviembre confirmando su destino en otro puesto sin revelar detalles del mismo: «Nuestro comandante mayor nos ha sido “secuestrado” por importantes motivos que no podemos discutir… Sabemos que cumple delicadas misiones de altísima responsabilidad y callamos. Pero lamentamos que no esté siempre con nosotros para velar por nuestra capacitación, para resolver los mil problemas que su gran autoridad liquida en el acto. Nuestro comandante Durán ha sabido demostrar que es hombre capaz de estar a nuestro frente. ¡Que vuelva pronto

y que tenga suerte!»[100].

La carretera de La Coruña, la vía que comunicaba la capital con las columnas milicianas en la sierra, se convirtió en el nuevo objetivo de los atacantes tras el cese de la ofensiva frontal sobre Madrid. El ejército rebelde intentaba aislar a estos combatientes y permitir un acceso rápido de los hombres de Mola hacia la ciudad. El frente se concentró en una franja entre Pozuelo de Alarcón y la Casa de Campo, con la vital carretera entre ambos. En Pozuelo se asentaba la 3.ª Brigada Mixta de Galán y en la Casa de Campo continuaban las brigadas internacionales XI y XII. Durán dejó constancia en su diario de campaña de la pausa en los combates y de su reanudación el día 25:

Día 22

8.00: Órdenes dadas:

1.º A Hans; que estén alerta sus hombres.

2.º Que venga a la Playa la Batería anticarro a disposición de Lukacs. 3.º A la artillería. Que haga una concentración de fuegos sobre la

Escuela de Arquitectura, donde el enemigo ha reunido doce tanques.

El enemigo prepara un fuerte contraataque en la Ciudad Universitaria. Está concentrando gran número de fuerzas.

 

Día 23

8.00: Fuerte ataque del enemigo desde las dos a las cinco de la

madrugada, sobre el Palacete y el sector de Palacios (palacio de Medianil). Hemos rechazado el ataque, pero una compañía de Palacios ha quedado diezmada, necesitando ser relevada cuanto antes.

9.00: Los italianos, que empezaron a avanzar a las 7, encontraron, a su

vez, recia resistencia enemiga en el Palacete. Con tanques fueron a apoyarles, pero con poco éxito; la artillería anticarro del enemigo estaba bien situada y les impedía maniobrar. Poco tiempo después un cañonazo destrozó uno de los tanques. Ha habido algunos momentos en que la situación del Batallón italiano ha sido muy difícil.

10.00: El comandante Sabio comunica que los italianos y los

carabineros han conseguido avanzar tomando una casa a la izquierda de la carretera desde la cual se les hostigaba duramente.

10.15: Las dos compañías de Sabio que estaban en el sector de Enciso

han sido relevadas por fuerzas de Galán.

 

Día 24

Sin novedad importante que reseñar durante el día de hoy. Fuego de

fusilería intermitente.

 

Día 25

8.00: Galán, Enciso y Sabio comunican que en sus sectores no hay

novedad. Hoy se espera un fuerte ataque del enemigo.

9.15: Intenso bombardeo de la aviación enemiga sobre la CU y

Dehesa de la Villa.

9.30: El bombardeo ha sido sobre los barrios extremos de Madrid,

Rosales sobre todo. Muchas baterías no han sufrido nada.

9.45: El Batallón Hans (una compañía) está avanzando. Han tomado la

Casa Roja del Palacete y piden refuerzos (20 hombres y una máquina) para asegurarla y desde ella proteger con fuego su avance. Se le envían 20 carabineros de Sabio.

10.15: La situación en la P. de la Moncloa es muy apurada para

nuestras fuerzas. Están resistiendo bien, sobre todo con granadas de mano. Piden auxilio. Se ha dado orden a Sabio, Palacios, Enciso y Galán para que contraataquen en sus respectivos frentes, a fin de que el enemigo no pueda distraer de ellos ninguna fuerza.

11.45: Se ha dado orden a los tanques para que ataquen al enemigo de

frente y por la retaguardia. A nuestra artillería para que bata el sector entre la Fundación del Amo y el asilo de Santa Cristina.

12.00: El Batallón CNT está desmoralizado por el agotamiento de

estos días y se niega a atacar.

12.15: Ortega (sector Enciso) comunica que inicia el avance protegido

por el tren blindado.

 

Poco a poco la estabilización de los frentes dio paso a una guerra de desgaste y trincheras, renunciando a grandes ofensivas. Aunque las cuñas franquistas de la Casa de Campo y Ciudad Universitaria se mantendrán con ligeras modificaciones hasta el final de la guerra, Madrid había resistido. Las brigadas internacionales XI y XII pagaron un alto precio en vidas. La primera perdió a la mitad de sus efectivos entre el 9 y el 23 de noviembre; casi un millar de bajas en dos semanas. Las cifras son más confusas respecto a la segunda, pero se calcula que entre el 30 y el 50 por ciento de sus 1500 hombres fallecieron entre el día 12 de noviembre, la jornada del fallido asalto al cerro de los Ángeles, y el 23 de noviembre.

La opinión general atribuyó a los voluntarios internacionales el mérito de haber salvado Madrid y a su jefe máximo, Kléber, se le consideró el artífice de la resistencia. Si la afirmación era precisa o correspondía a una exageración alentada por la propaganda es un debate que aún perdura y que ha enfrentado a los historiadores, pero no cabe duda de que la actuación de los brigadistas fue crucial en los momentos más intensos de la acometida franquista. Pese a todo, Kléber, al igual que Durán, no había pretendido ningún protagonismo público. Actuó con discreción, evitando centrar la atención sobre él. Pero la actitud de la prensa cambió a medida que la batalla se equilibraba y Madrid adquiría la simbología de ciudad mártir capaz de frenar a las fuerzas atacantes. Fue entonces cuando, entre la prensa y la ciudadanía, se comenzó a forjar la leyenda del oficial extranjero que dirigía su defensa.

Durante las siguientes semanas las referencias a los voluntarios antifascistas y al supuesto general canadiense que los dirigía ocuparon grandes titulares en la prensa republicana y también internacional. Sefton Delmer, el periodista británico del Daily Express, y Louis Delaprée para Paris Soir fueron los primeros corresponsales que se ocuparon en sus artículos de los brigadistas, aunque el trabajo que más contribuyó a difundir su actuación en el extranjero fue el publicado por Herbert Matthews en The New York Times Magazine el 3 de enero de 1937. En él ensalzaba a los voluntarios internacionales y al general Kléber, en el marco de una guerra que el periodista consideraba equivocado situar exclusivamente dentro de los límites de España: «Se ha puesto en marcha algo que va a dejar una huella profunda en las próximas generaciones. En la actualidad no se puede cometer un error

mayor que considerar esta lucha como un simple conflicto localizado»[101].

También en la prensa española republicana el nombre de Kléber comenzó a difundirse con asiduidad. Siempre aparecía ligado a las acciones de combate de las Brigadas y a su papel determinante en la defensa de Madrid. Fue entonces cuando empezó a recibir presiones para que abandonara el hermetismo y divulgara su opinión en alguna entrevista. Mario Nicoletti y el propio Gustavo Durán le insistieron en el mismo sentido. El comisario Nicoletti había publicado un reportaje sobre él en el órgano de la XI Brigada con el que Kléber quedó profundamente disgustado. En su informe posterior dedicó varias líneas a este episodio:

 

Nicoletti me hizo un mal servicio con el retrato que pintaba de mí. No

sólo revelaba todo cuanto yo había contado en Albacete al camarada

Marty, sino que añadía cosas por su cuenta para embellecer los hechos,

por lo que resultó una historia escandalosa. Los periódicos comenzaron a

reproducir esa información. En mi busca llegaron todo tipo de

corresponsales, pero no los recibía. Simplemente no tenía tiempo. En un

caso, sin embargo, cedí a la petición de mi ayudante Durán, a quien día

tras día visitaba un corresponsal que conocía del periódico Claridad, en

aquella época órgano de Largo Caballero[102].

No fue la única vez. La revista Estampa, por ejemplo, publicó el 5 de diciembre una entrevista con Kléber, realizada en presencia de su Estado Mayor, «el coronel Vicente, los comandantes Dethes y Durán, el capitán Gerassi, y el comisario político de la Brigada, Nicoletti». En sus respuestas, Kléber se esforzó por equiparar el esfuerzo de los combatientes españoles y el de los brigadistas, atribuyendo a ambos por igual el mérito de la lucha: «El pueblo español, que se defiende a sí mismo y a sus vidas, no podía actuar mejor. Yo no puedo aceptar que las Brigadas Internacionales sean consideradas como el único factor ni como el más importante en esta

contienda»[103].

En esas fechas ya era ensalzado como un héroe no sólo por el pueblo madrileño, sino por todos los simpatizantes de la causa republicana atentos a la evolución de la lucha. Incluso se propuso su nombre para hipotéticas responsabilidades superiores. Aquel fenómeno generó una sobredosis propagandística que halló eco entre civiles, militares y políticos. De la admiración se pasó en muchos casos al mito. Encarnaba, además, un héroe carismático y popular. «Tenía el encanto necesario para el carácter

español»[104], diría de él Gustav Regler. Herbert Matthews, tras publicar su artículo sobre Kléber y las Brigadas Internacionales, escribió un libro profético titulado Dos guerras y más por venir en el que, refiriéndose al célebre oficial, afirmó: «Era el hombre del momento y todos le alabábamos

extraordinariamente, como se merecía»[105]. Julián Zugazagoitia, entonces director de El Socialista, escribiría: «El madrileño, que encontraba agradable su rostro, se familiarizó con el apellido, sin ninguna complicación fonética. Pronunciándolo se autosugestionó y regaló a Kléber la máxima virtud y la

máxima capacidad. Ese nombre anulaba a todos los demás»[106].

Ése, precisamente, comenzó a ser el problema. Kléber se había convertido en un símbolo cuyo control parecía ajeno a quienes habían propiciado su popularidad. Los mismos que con avidez habían extendido su leyenda entre el pueblo comenzaban ahora a recelar abiertamente de su éxito. Las autoridades republicanas se dieron cuenta de que el efecto Kléber había anulado a los combatientes españoles de la defensa de Madrid y, por ese mismo motivo, los comunistas también reprochaban al soviético un excesivo protagonismo. A todo ello se sumaba una desconfianza similar entre los militares. Sólo el general Miaja tenía una popularidad comparable a la de Kléber, pero nadie parecía conocer al teórico que había organizado sobre los mapas la defensa de Madrid, el teniente coronel Vicente Rojo. Tampoco André Marty, responsable político de las Brigadas, simpatizaba con él. Algunos de sus compatriotas también desconfiaban, especialmente el general Kulik, alias Kupper en España y futuro mariscal de la Unión Soviética, con quien mantuvo una agria discusión en la que, según el testimonio de Kléber, «el camarada Durán, que en aquella época era mi ayudante, me preguntó en inglés si debía arrojar fuera

a aquel camarada»[107].

Esa mezcla de vanidad personal de quien se sentía injustamente desplazado y de orgullo nacional por la ausencia de combatientes españoles en la leyenda sobre la batalla por Madrid, se conjuró en contra del general. Éste era plenamente consciente de la situación, como lo demuestra que meses más tarde reconociera que se vio superado por los comentarios: «Sé cuánto daño hizo todo ese alboroto a mi reputación a ojos de los camaradas. Sin tratar de justificarme, debo decir que nadie habría conseguido evitar totalmente aquella publicidad en las circunstancias en que me encontraba en

aquel momento»[108].

Su liderazgo comenzó a ser abiertamente cuestionado, si bien en diciembre todavía participó en diferentes acciones al frente de los brigadistas evitando la toma de la carretera de La Coruña. Durán siguió formando parte de su Estado Mayor, remitiendo o entregando personalmente los partes diarios de operaciones a Rojo, que redactaba el español y firmaba Kléber. Pasaron juntos las Navidades en el puesto de mando de El Pardo. La Alianza de Intelectuales organizó una celebración en Nochebuena en el mismo palacio, residencia oficial de Franco tras la guerra. Alberti y María Teresa lo organizaron todo. Consiguieron vino, buena comida e incluso un pavo que cocinaron dos jóvenes del pueblo. La mantelería, la vajilla y la cristalería formaban parte del inventario del palacio. Ese lujo prohibitivo en tiempos de guerra tenía por objeto agasajar a Kléber, quien asistió a la cena junto con el comandante Carlos del 5.º Regimiento. La conversación debió de pasar por alto necesariamente el malestar existente, pero, a la luz de los acontecimientos posteriores, aquel homenaje se asemejó a una silenciosa despedida. Y posiblemente él fuera el primero en ser consciente de ello. María Teresa León escribió en sus memorias que «el general Kléber sonrió al entrar aquella noche. Nada faltaba. Platos con coronas reales. Cristales resplandecientes.

Todo esperaba a los amigos de España»[109].

Durán aún se mantuvo los primeros días de enero de 1937 junto a Kléber. La revista del Batallón de Hierro, unidad que seguía oficialmente bajo su mando, publicó el día 2 una mención expresa, esta vez sí, a su labor junto al defensor de Madrid: «En este primero de año brindamos por el gran caudillo [Kléber], por sus hombres y por nuestro jefe superior, Durán, que tiene allí un

alto puesto de responsabilidad»[110].

Sería la última referencia conjunta a ambos. Dos días más tarde, Durán abandonó su puesto en el Estado Mayor de la XI Brigada Internacional. No regresó a la brigada motorizada, donde le sustituyó como comandante en jefe Amado Granell. Recibió órdenes de crear y dirigir una nueva brigada con la que muy pronto entraría en combate en apoyo de los voluntarios internacionales en los alrededores de Madrid. Sería a partir de entonces, justo cuando decaía el mito de Kléber, cuando comenzó a forjarse la leyenda de Durán.