Comandante Durán

Javier Juárez · Capítulo 13 de 25

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Comandante Durán

 

Mi padre dijo adiós. Se unió a la milicia.

Todo está levantado y se seca.

Hay un largo camino hacia abajo,

lejos de todas las cosas marchitas.

 

JANE DURAN, «Maestrazgo»

 

Tras el Jarama la 69.ª Brigada participó como fuerza de reserva en la batalla de Guadalajara y después, junto a la 11.ª División de Líster, en un nuevo y fracasado intento por recuperar el cerro Garabitas entre el 8 y el 14 de abril. En esta operación frente a Garabitas la 69.ª sumó nuevas bajas, entre ellas la del comisario del 4.º Batallón. A raíz de esta intervención, Mundo Obrero publicó la primera mención sobre Durán. «Felicitamos a sus hombres, y con especial simpatía a su jefe, el teniente coronel Durán, combatiente desde julio, siempre en los puestos de difícil responsabilidad y ejemplo magnífico de jefes de nuestro glorioso ejército», comentó el órgano oficial del Partido

Comunista[124]. A su vez, la revista Crónica, que dedicó una serie de portadas a quienes consideraba «los grandes jefes del ejército republicano», publicó una foto de gran tamaño de Gustavo Durán. Decía el comentario al pie que «el teniente coronel Durán, que al frente de las fuerzas de su mando —fuerzas de choque, ya cubiertas de gloria en otros frentes— tuvo una brillantísima

actuación en la reciente batalla de la Casa de Campo»[125].

En mayo la brigada estuvo acuartelada cerca de Madrid, entre Torrejón de Ardoz y Loeches, disfrutando de unas semanas de descanso. Se produjo entonces una curiosa anécdota: sus hombres hicieron una colecta para regalar a Durán un nuevo uniforme. Al tiempo, la revista Nuevo Ejército ilustró una de sus portadas con una fotografía suya a gran tamaño, cuyo comentario no dejaba lugar a dudas sobre su intención propagandística:

 

Gesto expresivo, enérgico. Mirada clara, acostumbrada a penetrar en

las horas del combate las intenciones del enemigo común del proletariado.

Junto a este auténtico jefe, el soldado se siente más seguro y se acrecienta

su fe en la victoria. En su derredor hay un ambiente diverso y magnífico

de ternura y cordialidad. Es sencillo y buen camarada. Los frentes del

Jarama y la Casa de Campo le condecoraron ante nosotros, señalándole

como el más disciplinado y sereno. Es una realidad fecunda cuando, por

su edad, ya sería meritorio ser sólo una esperanza. Tenemos una

obligación política: imitarle; y un deber militar: prestarle ayuda, porque

así nos la prestamos a nosotros mismos y porque así cumpliremos

cabalmente nuestra obligación de soldados antifascistas[126].

 

Ese período de calma en la batalla coincidió con un momento personal importante. Se reencontró con Ernest Hemingway, con quien no tenía contacto directo desde su efímera relación en París. Aquélla fue una cita significativa también para el autor estadounidense por los hechos en que entonces se vio implicado.

Hemingway visitó España cuatro veces durante la Guerra Civil. La primera entre marzo y mayo de 1937. No fue, por tanto, uno de los primeros escritores o periodistas en acudir, pero sí uno de los más célebres desde que se instaló en la habitación 109 del hotel Florida. Ya era una leyenda literaria cuando llegó a España como corresponsal de la NANA (North American Newspaper Alliance), una gigantesca agencia que suministraba información a sesenta cabeceras norteamericanas y que aceptó abonar al escritor una generosa cantidad de quinientos dólares por cada una de sus crónicas de la guerra española.

Pero le animaba, además, otro objetivo en su visita. El cineasta holandés Joris Ivens le había convencido para participar en el rodaje de un documental sobre la guerra en el que también colaboraba John Dos Passos. Se trataba de Spanish Earth (Tierra de España). Ivens y su operador John Ferno habían estado rodando desde principios de enero de 1937 en tres escenarios reales: Madrid y sus combates en la Ciudad Universitaria, la batalla del Jarama y el municipio de Fuentidueña del Tajo, cuyas imágenes de campesinos construyendo una conducción de agua al pueblo, entrelazadas con las imágenes reales de los combates, pretendían ser una metáfora de la lucha por la libertad y la emancipación de las clases más humildes. Cuando Hemingway llegó a España en marzo de 1937, la filmación prácticamente había concluido. Trabajó en la elaboración del guión y puso voz a la versión original del documental. Posteriormente, se realizó otra adaptación con locución de Orson Welles.

 

Reproducción de la portada que la revista Nuevo Ejército dedicó a

Gustavo el 4 de mayo de 1937. (Nuevo Ejército, n.º 2, 4 de mayo de

1937).

El autor de Adiós a las armas era considerado el periodista extranjero más importante por las autoridades y, en consecuencia, el mejor tratado. Disponía de un coche siempre lleno de carburante y su acceso a los frentes o a los despachos solía resolverse sin contratiempos. Muchas veces le acompañaban en sus expediciones Herbert Matthews y Sefton Delmer, además de su amante Martha Gellhorn, corresponsal de la revista Collier’s y futura tercera esposa del escritor. Cuando llegaban al frente su presencia era todo menos discreta, especialmente por la llamativa estampa rubia de Martha Gellhorn, impoluta y de una elegancia insólita en un Madrid donde la carestía obligaba a la supervivencia. Este trato de favor fue criticado por algunos corresponsales, por ejemplo Josephine Herbst o Noel Monks, entre los que la huella del futuro matrimonio dejó una impronta de agravios. Pero era cierto que el trabajo de Hemingway y sus simpatías por la causa republicana representaban una excelente plataforma publicitaria para el gobierno. Fueron esas simpatías incondicionales las que provocaron la ruptura con su compatriota Dos Passos.

Éste no había venido a España como periodista, sino para localizar los exteriores donde se rodaría Tierra de España. Al igual que Hemingway, era un autor consagrado y también apoyaba abiertamente al gobierno republicano. Junto con Ivens había ideado el documental para contrarrestar la propaganda franquista en Estados Unidos e inclinar a la administración Roosevelt en favor de la República. Mantenían diferencias sobre la estructura del guión porque Hemingway quería un documental centrado en la actividad militar, mientras que Dos Passos prefería mostrar la vida cotidiana del pueblo. No obstante, el auténtico detonante de la ruptura entre Hemingway y Dos Passos fue la desaparición y muerte de José Robles, amigo y traductor del segundo además de profesor universitario en Norteamérica.

Robles se había ofrecido voluntariamente al gobierno al estallar la guerra y había sido destinado como intérprete de la delegación soviética. Poco después desapareció y los rumores sobre su muerte atribuyeron ésta a una indiscreción, a su falta de convicción ideológica o incluso a alguna deslealtad. Sea cual fuera la naturaleza de la acusación que pesó sobre él, su muerte apuntó a los asesores soviéticos para quienes trabajó. Dos Passos investigó y forzó respuestas que en la mayoría de los casos no pasaron de incómodos silencios o tácitas recomendaciones de abandonar sus pesquisas.

Entre quienes le recomendaban un cambio de actitud alegando que la muerte de una persona no podía empañar la imagen de la República figuraba Hemingway. Las semanas de frialdad, desencuentros y discusiones entre ambos escritores a raíz del caso Robles han sido profusamente tratadas en

sendos libros de Ignacio Martínez de Pisón y Paul Preston[127]. Lo ocurrido resultó decisivo para la relación entre ambos y la evolución posterior de Dos Passos, quien inició desde entonces un creciente distanciamiento respecto de la izquierda política en la que hasta entonces había militado. Allí a donde iba, el enigmático destino de Robles polarizaba las conversaciones de Dos Passos, para disgusto de Hemingway e incomodidad de otros intelectuales. Fue el caso de Alberti y María Teresa León, que en esas fechas, abril de 1937, acababan de regresar de Moscú tras visitar a Stalin.

Ambos convocaron a numerosos corresponsales, incluidos Dos Passos y Hemingway, a un homenaje a la XV Brigada Internacional que se celebró en abril en un castillo propiedad antiguamente del duque de Tovar. Constituyó un acontecimiento al que no faltaron las principales autoridades militares: Miaja, Rojo, Líster y el general Walter. Se pasó revista a las tropas, se pronunciaron discursos e incluso hubo una actuación a cargo de Pastora Imperio y Pastora Pavón, la Niña de los Peines. Para Dos Passos, sin embargo, la fiesta tuvo un significado bien diferente. Ese día supo que Robles había sido asesinado o, al menos, confirmó sus sospechas, del mismo modo que corroboró la decepcionante actitud que atribuía a Hemingway. Pese a todo, una foto de grupo inmortalizó aquella jornada, quizá realizada antes de recibir la noticia. En ella aparecen Hemingway, Dos Passos, Alberti y María Teresa. En un segundo plano se puede apreciar la figura del general Walter. Los cuatro regresaron a Madrid en el mismo automóvil en compañía de la también corresponsal Josephine Herbst, al corriente de lo sucedido ya que había ayudado al autor de Manhattan Transfer en sus averiguaciones. Martínez de Pisón narra en su libro que «salvo por los gorjeos con que María Teresa intentaba aliviar la tensión, el viaje se hizo en medio de un completo silencio. En cuanto el automóvil se detuvo delante del hotel, Hemingway y los Alberti se precipitaron a abandonarlo. Antes de retirarse a sus habitaciones, Herbst y Dos Passos dieron un paseo nocturno por la plaza

Mayor»[128]. Pocos días después el novelista abandonó España, condicionado para siempre por la experiencia de aquellas breves semanas en España.

¿Pudo Gustavo Durán haber estado presente en la celebración en el castillo del duque de Tovar? No hay información concreta que nos permita afirmarlo, pero sí indicios que sugieren esa posibilidad. El número 18 de la revista El Mono Azul, editado el primero de mayo de 1937, publicó la foto de los cuatro escritores junto a un breve texto en el que se omitieron el lugar y el motivo de la misma. El breve comentario saludaba el compromiso de los dos novelistas norteamericanos con la República, «demostrando así —decía— que el amor que ellos sentían hacia España no era pura palabrería sino realidad viva», lo cual no dejaba de ser paradójico habida cuenta el clima en que se había desarrollado aquel encuentro y sus consecuencias. Curiosamente, debajo de la imagen aparecía una foto de Gustavo Durán igualmente acompañada de una columna de texto que concluía con las siguientes palabras: «Gustavo Durán ha hecho cesión de su vida, la ha entregado a España. Era músico, compositor. Hoy es teniente coronel. No hablamos de él porque su orgullo de hoy son sus hombres. El orgullo nuestro, como intelectual, es Gustavo Durán». Aún más interesante resulta una nota manuscrita del propio Durán con que se completa el artículo. En ella reivindicaba su condición de miembro de la Alianza de Intelectuales:

 

Alianzista [sic] desde los primeros tiempos, comprendo ahora, desde

mi actual vida militar, la importancia de una revista como El Mono Azul,

que no sólo es expresión del espíritu de solidaridad entre el intelectual y

el combatiente, sino también promesa de futuro de paz, cultura, justicia y

libertad por el cual combatimos. Frente del Centro, 18 abril 37[129].

 

Estuviera o no en aquella cita, lo cierto es que Hemingway y Robert Capa frecuentaron a Durán en esas fechas. Años después él mismo se lo confirmó a Carlos Baker, uno de los biógrafos del escritor norteamericano. En una ocasión, Hemingway acudió a verle en compañía de Alberti, María Teresa, Capa y Dos Passos, en una fecha indeterminada que podría ser la del homenaje a la XV Brigada. Ernest, como en él era costumbre, llevó tabaco y whisky en abundancia, bebida que al español no le gustaba ni todavía consumía. Regresó a Estados Unidos en mayo y allí ultimó el guión de Tierra de España, que se estrenó en el mes de julio. La primera proyección se realizó en la Casa Blanca, ante el presidente Roosevelt y su esposa Eleanor. Se ha afirmado que, tras el pase, el presidente estadounidense aseguró que era la película que todo el mundo debía ver; sentencia imaginaria o cierta que se incorporó como lema publicitario del filme. El escritor volvió a España por segunda vez entre agosto de 1937 y enero de 1938. No estuvo presente, por tanto, en la nueva ofensiva en la que participó la unidad de Durán, la misma que le sirvió de escenario para recrear la acción de su novela Por quién doblan las campanas.

Las semanas de mayo habían sido de una intensa actividad en el bando republicano, inmerso en varias luchas intestinas que expresaban el frágil equilibrio entre los grupos políticos que le daban apoyo. En Barcelona, las fuerzas del gobierno apoyadas por el Partido Comunista combatieron contra las milicias anarquistas y del POUM en la ciudad. Tras aquella guerra civil dentro de la Guerra Civil, el POUM se convirtió en una formación relegada del mapa político, con sus principales líderes encarcelados y su máximo dirigente, Andreu Nin, detenido clandestinamente y posteriormente asesinado. La confrontación pasó también factura a la Generalitat, debilitada en sus competencias, y a Largo Caballero, quien dimitió como presidente del gobierno. Le sustituyó Juan Negrín, también socialista pero con mejores relaciones con el Partido Comunista y la delegación soviética. Coincidiendo con los sucesos de Barcelona, el bando franquista intensificó la campaña en el norte avanzando hacia Bilbao.

El Mono Azul, la hoja confeccionada por la Alianza de Intelectuales Antifascistas, incluía en su número del primero de mayo de 1937 un

autógrafo de uno de sus miembros más queridos y respetados:

Gustavo Durán. (El Mono Azul, n.º 18, 1 de mayo de 1937).

 

Con el objetivo de aliviar la presión en ese frente, el ya coronel Vicente Rojo, nombrado entonces jefe del Estado Mayor Central, diseñó una estrategia que pretendía recuperar la iniciativa en dos sectores, Huesca y Segovia. El objetivo era tomar ambas ciudades, obligar a Franco a frenar su campaña en el norte y ofrecer una victoria importante al nuevo gobierno resultante de la crisis de mayo. La acción sobre la ciudad castellana, conocida como «ofensiva de la Granja», fue encomendada al I Cuerpo de Ejército, en el que se integraba la 35.ª División al mando del general Walter, y a la que pertenecía la Brigada Durán.

El diseño teórico de la ofensiva preveía avanzar desde el puerto de Navacerrada hacia Segovia pasando por La Granja y Valsaín, una zona montañosa de abundantes pinares a apenas una treintena de kilómetros de la ciudad. Pese a su proximidad a Madrid y a la propia línea del frente, Segovia no había vivido acciones de combate importantes. Desde un primer momento bajo control franquista, la capital de provincia era una urbe pequeña y tranquila, la retaguardia de las tropas que proseguían su acoso a la capital desde el noroeste.

El ataque republicano se inició a las seis de la mañana del 30 de mayo con el avance conjunto de la 69.ª Brigada Mixta de Durán, la XXXI Brigada y la XIV Brigada Internacional al mando del francés Dumont, todos ellos bajo las órdenes del general polaco Walter, cuyo nombre auténtico era Karol Swierczewski. La ofensiva se detuvo en las inmediaciones de La Granja de San Ildefonso, junto al conjunto palaciego. A su alrededor la lucha fue enconada. Las fuerzas franquistas contaban con los refuerzos de tres batallones enviados en previsión de la ofensiva, al mando del general Varela.

El escenario que concentró los combates más intensos fue un cerro a más de mil cuatrocientos metros de altitud llamado Cabeza Grande. Su acceso era sumamente pronunciado y dificultoso, entre rocas y árboles, y su cima estaba defendida por más de trescientos soldados nacionales. Después de un insistente fuego artillero sobre la posición, la 69.ª Brigada inició el asalto y tomó la loma a primeras horas del 31 de mayo a costa de un importante número de bajas. Sin embargo, la XIV Brigada Internacional no progresó por igual en su acción en Valsaín.

Al día siguiente, la contraofensiva enemiga barrió la zona con su aviación, especialmente el vértice de Cabeza Grande, el área de mayor penetración de la cuña republicana. Durán sufrió los intensos bombardeos, apostado con sus hombres en protecciones naturales casi siempre inútiles como parapeto frente a la aviación. Hubo muchas bajas en aquel escenario inerme ante la acción constante de los bombarderos, que alfombraban el campo de metralla y salpicaban los tupidos pinares de cadáveres. El propio Durán resultó herido tras la explosión de una bomba, aunque sin lesiones de consideración. Del campo de batalla también fueron retirados por las heridas recibidas, su jefe de Estado Mayor, Ernest Adam, el comandante Jean de Foucault y el capitán Rimbau. Resistieron varias horas, pero al anochecer del martes 1 de junio la brigada inició el repliegue y cedió la estratégica cota. El conjunto de la ofensiva, en realidad, ya había fracasado. El 6 de junio el general Walter asumió la derrota y ordenó la retirada.

Según las cifras republicanas, el fallido avance sobre Segovia costó tres mil bajas, de las cuales novecientas correspondían a la XIV Brigada

Internacional[130]. Aunque en número menor, la proporción de fallecidos en la 69.ª tuvo que ser necesariamente importante. La derrota cuestionó además la capacidad militar de Walter. Unos meses después, en enero de 1938, el militar elaboró un informe sobre la actuación de las Brigadas Internacionales. En relación con la ofensiva de La Granja, afirmó: «La XIV Brigada, francesa, mostró algunos síntomas de debilidad en su capacidad de combate —cierto es que se debió principalmente a los errores de su comandante— y fue inferior a la LXIX Brigada española de Durán, cuya acción, pese a algunas debilidades y carencias, se caracterizó, sin embargo, por más dinamismo que la de la XIV, que heroica pero pasivamente se dejó machacar durante cinco días cerca de

Balsain [sic]»[131]. En la confesión de Walter subyacía el recelo que entre él y el comandante francés Dumont se desató tras el fracaso de la ofensiva, que cada uno atribuyó al otro, respectivamente. El militar polaco también denunció en su informe una serie de sabotajes contra sus unidades y particularmente contra la brigada de Durán, que sufrió un envenenamiento masivo en esas fechas. También se registró entre sus tropas una deserción en grupo de unos veinte soldados que se pasaron al enemigo en Cabeza Grande.

De la ofensiva de La Granja se conserva una foto de Gustavo Durán atribuida a Robert Capa. Tanto él como su compañera Gerda Taro conocían bien al español y siguieron con sus cámaras los movimientos de las tropas republicanas en esa ofensiva en Navacerrada y La Granja. La imagen muestra a Durán en compañía de dos de sus oficiales, posiblemente en las proximidades de Cabeza Grande, y debió de ser realizada, por tanto, entre el 30 de mayo y el 6 de junio de 1937. Vestía una chaqueta negra de cuero y la gorra reglamentaria con la insignia de mayor jefe de brigada. Existe otra instantánea, atribuida a Gerda Taro, que muestra a un miliciano en una moto, con un fusil al hombro y la mirada ligeramente distraída en un gesto desenfadado. Aunque se cree que podría ser Gustavo el militar retratado, existen dudas sobre su auténtica identidad.

Tras recuperarse en Valencia de las heridas sufridas, fue ascendido a solicitud de Rojo a mayor jefe de división. Se le asignó entonces el mando provisional de la 39.ª División, formada por las 49.ª y 151.ª brigadas mixtas. Su destino inmediato fue otra batalla de extraordinaria dureza, la de Brunete. Con esta nueva acción el mando republicano pretendía aliviar la presión sobre Madrid y mostrar su capacidad militar en una ofensiva a gran escala. Las fuerzas reunidas sumaban un total de ochenta mil hombres repartidos en dos cuerpos de ejército: el V, al mando de Modesto, y el XVIII, al frente del coronel de artillería Jurado, sustituido después por el coronel Segismundo Casado.

A las diez de la noche del 5 de julio de 1937 comenzó el avance, que cogió por sorpresa a las fuerzas de Varela. La 11.ª División de Líster tomó Brunete según lo previsto y horas más tarde la 34.ª División conquistó Villanueva de la Cañada. Encontraron más resistencia en Boadilla del Monte, Quijorna, Villanueva del Pardillo y Villaviciosa de Odón. La primera fase había sido un éxito a causa de la sorpresa del ataque, por la toma de varios enclaves y porque la magnitud de la ofensiva había alertado al Estado Mayor franquista, que retiró tropas del norte en apoyo del frente del centro y frenó temporalmente el avance hacia Santander tras la conquista de Bilbao y las provincias vascas.

El 8 de julio Quijorna cayó en manos republicanas y se prosiguió el avance hacia Villanueva del Pardillo, que fue tomada tras una feroz lucha el día 11. Se produjo entonces una interrupción de la ofensiva que, desde el punto de vista estratégico, se consideró posteriormente un error, pues en esas fechas la superioridad republicana era todavía manifiesta. El equilibrio se restableció al iniciarse la contraofensiva franquista el día 18, primer aniversario de la sublevación militar. El despliegue de fuerzas en el terreno, al mando de Sáenz de Buruaga, Asensio y Barrón, estaba apoyado por los nuevos cazas germanos Messerschmitt 109, que pronto lograron el decisivo control del espacio aéreo. Durante los siguientes días ambos ejércitos combatieron con intensidad en las proximidades de Boadilla del Monte y Brunete bajo un calor abrasador.

La 39.ª División de Durán se había mantenido como fuerza de reserva durante los primeros días de la batalla, estacionada entre los municipios de

Colmenarejo y Valdemorillo[132]. Desde allí partiría poco después a relevar a las fuerzas del Campesino en Quijorna. Cuando se inició la contraofensiva franquista, este municipio se encontró rápidamente en primera línea del frente.

En Brunete la batalla fue terrible entre las ruinas de un pueblo literalmente reducido a escombros. Se combatió cuerpo a cuerpo y metro a metro por un espacio que, al margen de su valor estratégico, se convirtió en un nuevo banco de pruebas de la combatividad de ambos ejércitos. Las ruinas de Brunete fueron finalmente tomadas por las tropas insurrectas el 25 de julio. La división de Durán, por su parte, mantuvo el control de Quijorna, que, junto con Villanueva de la Cañada y Villanueva del Pardillo, resistieron como los únicos avances tangibles de una ofensiva proyectada con objetivos bastante más ambiciosos. Cuando se dio por concluida la batalla el día 27, después de tres semanas de combates, la República había ganado una mínima franja de unos seis kilómetros en terreno enemigo, insuficiente para aliviar la presión sobre Madrid y muy alejada de los proyectos iniciales de romper el cerco sobre la ciudad.

Entre los muertos figuraba la fotógrafa Gerda Taro, la compañera de Robert Capa, arrollada accidentalmente por un tanque republicano. En 1938 Capa publicó un libro con las mejores fotos obtenidas en España por ambos. Tituló el libro Death in the Making y en él escribió: «A Gerda Taro, que pasó un año en el frente español y allí se quedó». La obra incluía la foto del miliciano en motocicleta durante la ofensiva de La Granja, al que Capa no nombraba pero a quien se refería en el texto como un prometedor compositor. De ahí que se le identificara con Gustavo Durán. Posteriormente, se perdió el negativo y reapareció en 2008, setenta años después, entre el material del fotógrafo descubierto en México.

Entretanto, el coronel Rojo se había convertido en el principal mentor de la carrera militar de Durán, quien desde la conversión de las milicias en ejército regular ganó confianza entre los militares profesionales en detrimento de su relación con los antiguos compañeros del 5.º Regimiento. A raíz del Jarama y también de Brunete, Durán comenzó a distanciarse personalmente de líderes como Líster y el Campesino, de quien en privado criticaba su rudeza y el trato hacia sus hombres.

Fue Rojo, de nuevo, quien a finales de julio de 1937 le ordenó la formación de una nueva división, la 47.ª, integrada por su antigua unidad, la 69.ª Brigada Mixta; la 99.ª, de reciente creación, y la 49.ª, compuesta en su mayoría por milicianos procedentes de la Alcarria que habían combatido en Guadalajara y Brunete. La 47.ª División quedó integrada en el V Cuerpo de Ejército al frente de Modesto, y éste, a su vez, en el llamado Ejército de Maniobra, una unidad ideada como fuerza de choque sin ubicación geográfica concreta.

A los colaboradores habituales de Durán, Ernst Adam como jefe de Estado Mayor, Jean de Foucault y Giménez de la Espada, se sumaron antiguos conocidos e integrantes de la Alianza de Intelectuales. Entre los primeros figuraban José Vela Zanetti, Ramón Peinador y Enrique Díaz Canedo, hijo del crítico literario del mismo nombre. Entre los miembros de la Alianza se incorporaron a su división Felipe Maldonado, que dejó su labor de periodista en el diario Ahora, y Vicente Salas Viu, musicólogo, crítico y discípulo de Rodolfo Halffter que había trabajado en el diario El Sol. Contó igualmente con algunos de los hombres que le habían acompañado desde el principio de la guerra: el capitán Gonzalo, el teniente Beltrán, el capitán Varela o el comandante Rodolfo Carretero, además de oficiales de nuevo cuño como Francisco Ocón del Campo o Vicente Pertegad. A la unidad se le concedió un tiempo de descanso para organizarse en La Navata, próxima al municipio madrileño de Torrelodones.

Inmediatamente, con la experiencia ya adquirida en la 69.ª Brigada Mixta, se puso en marcha otra vez el periódico Nuevo Ejército, a cargo de Vela Zanetti, el dibujante Peinador y Vicente Salas Viu. De difusión semanal, Nuevo Ejército repitió un esquema de prensa de trinchera muy similar al aplicado en Hierro: un medio para los soldados en el que intercalar nociones básicas de instrucción y técnica militar con informaciones prácticas y consignas políticas. En el número 1 de la nueva etapa como órgano de la división, Durán escribió un breve saludo a sus hombres:

 

Me siento orgulloso de vosotros porque habéis sabido estar a la altura

de un momento histórico para la vida de la República. Habéis contraído

ante el Pueblo el compromiso de mejoraros, superándoos en combatividad

y en todo aquello que material y espiritualmente os haga mejores

soldados. Sólo así se mantiene el prestigio: teniendo un constante afán de

superación cada hora, cada día… Vuestro mayor Jefe de la División.

Durán[133].

 

En esas fechas participó también en otro acto importante, en consonancia con su papel de militar de pasado intelectual, o bien de intelectual convertido accidentalmente en soldado. De forma paralela a la batalla de Brunete, tuvo lugar el II Congreso Internacional para la Defensa de la Cultura. El cónclave respondía a la petición realizada en nombre de España por José Bergamín y Ricardo Baeza, asistentes al primer foro celebrado en París dos años antes. El inicio de la contienda acentuó el interés del gobierno por albergar el segundo congreso, en cuya celebración veía una oportunidad excepcional para alzar la voz de los intelectuales del mundo en defensa de la República. Acudieron al llamamiento muchos de los conocidos de Gustavo: André Malraux, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Ilya Ehrenburg, Gustav Regler, Rafael Alberti, María Teresa León, Miguel Hernández, Ramón J. Sender o José Bergamín; y algunos escritores a los que trató entonces por primera vez: Nicolás Guillén, Octavio Paz, César Vallejo o Vicente Huidobro.

Tras la primera jornada en Valencia el 4 de julio, una comitiva de varios automóviles, integrada por unas cien personas, partió en dirección a Madrid el lunes 5 de julio. Les recibieron varias autoridades y periodistas. El escritor Corpus Barga se dirigió a ellos para saludarles oficialmente en nombre de la ciudad. Miaja se ausentó alegando una visita al frente. Leyó en su nombre un discurso el coronel Redondo, quien expresó su confianza en que aquellos

escritores fueran en sus países «heraldos de esta tragedia española»[134]. Las palabras de bienvenida prosiguieron antes de conducir a la comitiva por el centro de la ciudad hasta el hotel Victoria, en un recorrido que les permitió presenciar, entre la penumbra del atardecer, las huellas visibles del acoso sobre Madrid: los edificios derruidos, los socavones, las barricadas, los refugios improvisados. Si Valencia representaba la retaguardia, Madrid era en sí mismo un frente urbano, sometido a la constante proximidad del enemigo.

El martes 6 de julio los asistentes inauguraron una nueva sesión del congreso en el auditorio de la Residencia de Estudiantes. En el estrado estaban presentes Rafael Alberti, Corpus Barga y José Bergamín. Presidía el acto Juan Marinello, escritor y dirigente comunista cubano que actuaba en España como presidente de la delegación de aquel país, y que incluía también a Nicolás Guillén y Alejo Carpentier. Después de escucharse el «Himno de Riego», ejecutado por la banda de música de la división de Líster, se sucedieron las intervenciones. Al término de la jornada, Nicolás Guillén y Octavio Paz pasearon de noche por un Madrid caluroso y tranquilo, ajeno durante esas horas a la tensión de los bombardeos. Mientras caminaban llegaron a la redacción del periódico ABC, el único que se editó en ambos bandos: en Madrid el republicano, y en Sevilla la edición de los alzados. Mientras saludaban a periodistas del diario, recibieron la noticia de la toma por las tropas republicanas de Villanueva de la Cañada. La batalla de Brunete había comenzado.

El miércoles 7 de julio los asistentes al congreso esperaban impacientes la visita a los frentes en torno a la capital dentro del programa de actos previstos. El desarrollo de la batalla en el oeste de Madrid desaconsejó trasladar a esa zona a los intelectuales y finalmente se optó por dirigirse a la zona de La Alcarria, en la provincia de Guadalajara, donde el frente permanecía estable y relativamente tranquilo desde la primavera. En el viaje a Guadalajara la delegación contempló a su paso los estragos de los bombardeos en las aldeas próximas a la carretera. Se detuvieron a comer en Torija, municipio próximo a la provincia de Madrid, presidido por un pequeño pero bien conservado castillo. Recibieron un almuerzo frugal acorde con las elevadas temperaturas: ensaladas, pepinos bañados en aceite y vinagre, agua y vino. Prosiguieron hasta Brihuega, escenario semanas atrás de intensos combates tras los cuales habían sido expulsadas las tropas italianas que lo ocupaban.

Las sesiones continuaron a su regreso a Madrid hasta bien entrada la noche. Se había anunciado que sería una reunión pública y por ese motivo se escogió un escenario más amplio, el cine Salamanca, para su desarrollo. Se había previsto incluso una alocución de la dirigente comunista Dolores Ibárruri, la Pasionaria, quien finalmente no intervino. Presidió la sesión María Teresa León. A ambos lados se sentaron Mijail Koltsov, Anna Louise Strong, José Bergamín, Ilya Ehrenburg, André Malraux y André Chamson. Al comienzo, María Teresa propuso que se eligiera presidente de honor del acto al general Miaja, a lo que los asistentes respondieron con un encendido «sí» y una ovación unánime.

Habló en primer lugar el escritor Koltsov, más centrado en su ponencia en ensalzar las virtudes del régimen soviético que en exponer su labor como corresponsal del diario Pravda y dar testimonio de su visión de la guerra. Al proselitismo de Koltsov, periodista de incuestionable influencia entre el mando republicano y al que muchos atribuían una responsabilidad mayor que la de simple periodista, le siguió en el estrado el alemán Gustav Regler, aún convaleciente del incidente en Huesca que costó la vida al general Lukács y en que él también resultó herido. Llegó al congreso directamente desde el hospital. Aún cojeaba, apoyado en un bastón, y por ese motivo realizó su intervención sentado.

Después de Regler subió al escenario Gustavo Durán. Pidió permiso para intervenir en francés por deferencia a los delegados procedentes de aquel país. Realizó un breve discurso dirigido a ensalzar las virtudes de los hombres a sus órdenes, como ejemplo del sentir general que atribuía al pueblo. Su intervención íntegra fue la siguiente:

 

Camaradas: Ignoro cuál sea la lengua oficial del congreso que hoy os

reúne a todos a muchos kilómetros de los campos en que se desarrolla la

ofensiva del ejército republicano. Probablemente es la lengua española.

Pero pienso que la mayoría de vosotros apenas la entiende. Por ello voy a

hablaros en francés.

Me dirijo a vosotros como intelectual y, sobre todo, como soldado. Lo soy, como tantos otros, desde el 18 de julio de 1936. Aquel día —

fecha inolvidable entre todas—, miles de obreros, de campesinos y la

parte más sana de las capas intelectuales de nuestro país se levantaron, en

un magnífico movimiento que aún dura y que se vuelve cada día más

vasto y más profundo, contra la traición de ciertos generales.

En aquel momento no pudimos prever una traición tan monstruosa

como se nos presentó después.

Las hordas marroquíes estaban todavía en África. Los gobiernos de

Hitler y Mussolini no habían enviado a España más que aviones y

material de guerra, y mantenían a sus divisiones en los territorios propios.

Pero supimos que la guerra sería dura y que no terminaría en mucho

tiempo.

Sin embargo, todos hemos aceptado la lucha con alegría. Y no se

sabrá expresar jamás con la fuerza y la violencia necesarias lo que era la

voluntad de vencer de nuestro pueblo.

Esa voluntad no ha hecho sino aumentar.

La superioridad de armamento del enemigo nos ha hecho sufrir duros

reveses durante largos meses. Pero en lugar de desmoralizarnos, esos

reveses nos han endurecido y han reforzado nuestra voluntad. Y nos han

hecho comprender y ver las cosas como son, y no como nuestras primeras

ilusiones nos las hacían ver.

Así, lo que al principio no era más que entusiasmo y fuerza dispersa

se ha convertido después en disciplina y cohesión y nuestros pequeños

batallones de milicianos se han transformado en brigadas, en divisiones,

en cuerpos de ejército, verdadero ejército regular en que la voluntad del

que manda es ejecutada casi tan rápida y perfectamente como la voluntad

de un cerebro que se agita en un sistema nervioso bien organizado.

Y además estamos armados. Tenemos cañones, miles de

ametralladoras, aviones.

El mundo capitalista quería destruirnos, pero otro mundo, casi tan

vasto como aquél y en donde la palabra solidaridad es una palabra activa,

llena de vida y de realidad, nos ha ayudado. Vosotros mismos formáis

parte de él. Vuestra presencia aquí y todo el apoyo que nos habéis

prestado desde el inicio de la guerra lo prueban.

Nuestros soldados no han avanzado solamente en el camino de su

capacidad militar. Han avanzado mucho también en el camino de la

cultura. El fascismo y la burguesía reaccionaria habían sumido a las

masas españolas en un estado de incultura increíble. La proporción de

analfabetos en nuestro país era tan grande como en la Rusia zarista. Pero

nuestra preocupación más grande ha sido la de elevar su conciencia del

mundo y puedo aseguraros, camaradas, que hemos obtenido éxitos casi

milagrosos.

Es casi un milagro el hecho de ver, como he visto yo en la unidad que

mando, a los soldados trabajando en la salvación de una biblioteca, de una

colección de cuadros, de piezas de orfebrería, etc. Los he visto amontonar

con cuidado en una camioneta, destinada a los depósitos de la Junta del

Tesoro Artístico Nacional, breviarios del siglo XV, primeras ediciones de

santa Teresa, de Garcilaso y de san Juan de la Cruz, de Lope de Vega, etc.

Hoy saben que al hacerlo salvan sus propios bienes y la alegría de sus

placeres futuros.

Así el tesoro nacional, en lugar de disminuir durante la guerra, se ha

acrecentado con valiosas colecciones que señores ignorantes y egoístas

guardaban celosamente en sus casas y que el pueblo ha entregado al

Estado para que las conserve y las ponga a disposición del pueblo

trabajador.

Y ha sucedido también que yo, intelectual, he aprendido muchas cosas

de mis camaradas. Me las han enseñado con su sentido de la vida, tan

intensamente humano, y con expresiones claras y directas.

Antes de la guerra, en días festivos, iba con María Teresa León y

Rafael Alberti a los pueblos a dar mítines. Estábamos en contacto con los

campesinos y los obreros y nos maravillábamos siempre de la fuerza

profunda del pueblo español.

Ahora, desde hace un año, por su fe, su abnegación y su heroísmo, el

pueblo español maravilla a todo el mundo.

 

G [135] USTAVO D URÁN

 

A continuación habló Antonio Aparicio, poeta, amigo de Miguel Hernández y comisario en la unidad del Campesino. Tras él tomó la palabra André Malraux, convertido en la estrella intelectual de la sesión. El auditorio se puso de nuevo en pie al levantarse el autor galo, acompañado por la interpretación de «La marsellesa». Le acompañó Gustavo Durán, llamado por el autor para ejercer de traductor. Comenzó denunciando la incongruencia de su propio país y del Reino Unido en su postura supuestamente neutral ante la guerra española, en contraste con la popularidad de la causa republicana, dijo, entre las clases obreras de los países que había visitado. Mientras exponía su ponencia mantenía pausas de silencio que Durán aprovechaba para traducir sus palabras al español. A ese momento corresponde una fotografía en la que aparecen ambos, con gesto serio y el puño en alto.

A las diez de la noche, María Teresa León dio por concluida la sesión exclamando: «Viva el pensamiento humano cuando está al servicio del pueblo». El «Himno de Riego» puso fin al acto en un clima de entusiasmo que los asistentes coincidieron en señalar como el más auténtico e intenso de cuantas jornadas celebró el congreso. Éste, por su parte, continuó sus actos el día 8 en Madrid para después proseguir en Valencia, Barcelona y París.

Tras el congreso, el nombre de Gustavo Durán figuró en un manifiesto de la Alianza de Intelectuales junto a los de Alberti, María Teresa o Arturo Serrano Plaja, en apoyo al poeta Antonio Machado, sobre quien habían surgido comentarios insidiosos sugiriendo poca lealtad al régimen republicano. Los firmantes publicaron el escrito en el diario Ahora el 21 de julio de 1937.

Después de la batalla de Brunete, Durán pasó el resto del verano con la 47.ª División en la zona de La Navata, próxima a Torrelodones, en lo que se puede considerar su primer período inactivo desde el comienzo de la guerra. Visitó Madrid con frecuencia en aquellas semanas, coincidiendo con el regreso de Hemingway a España tras el estreno en Estados Unidos del documental de Joris Ivens. El escritor estadounidense permaneció desde mediados de agosto hasta enero de 1938, en la que fue su segunda y más prolongada estancia durante la guerra española, y de nuevo trató con frecuencia a Durán en el bar del hotel Gaylord, en el bar Chicote, en el hotel Florida o en la sede de la Alianza de Intelectuales.

Además de sus despachos de guerra para la NANA, Hemingway trabajó en su obra de teatro La quinta columna, ambientada en el Madrid asediado, y que concluiría a finales de año. También escribió varios cuentos o relatos breves cuya acción situó en el mismo escenario, que tan bien conocía: el hotel Florida, los locales semiclandestinos en algunos sótanos de la Gran Vía, etc., bajo la permanente amenaza del ejército enemigo a apenas unos kilómetros, en dirección a la Casa de Campo y la Ciudad Universitaria. Es en uno de estos cuentos, La noche anterior a la batalla, donde aparece la primera mención literaria a Durán en la obra del autor estadounidense. El relato reconstruye una noche en el Madrid de principios de 1937, durante la ofensiva por el control de la carretera de La Coruña. El protagonista recorre la ciudad y a su paso surgen una serie de personajes que permiten, a través de su testimonio, conocer la dura realidad cotidiana. Uno de ellos conversa sobre los combates de ese día, en vísperas de otra jornada que será igualmente terrible.

—Así es. Ésa es exactamente la palabra para calificarlo. Fue terrible.

Creo que ahora está empleando a la vez estrategia y táctica porque

estamos atacando frontalmente desde ambos flancos. ¿Cómo anda el resto

de las cosas?

—Durán se apoderó de la nueva pista de carreras: el hipódromo. Nos

redujimos en el corredor que sube hacia la Ciudad Universitaria.

Cruzamos por lo alto de la carretera de La Coruña. Y desde ayer por la

mañana estamos detenidos en el cerro del Aguilar. Estábamos por allí esta

mañana. Durán perdió más de la mitad de su brigada, oí decir. ¿Cómo va

lo tuyo [136]?

 

En septiembre, Vicente Salas Viu inició una nueva sección en la revista de la 47.ª División titulada «Diario de la guerra», que se convertiría durante los meses de su redacción en una excelente guía para conocer la actividad de la unidad. Salas Viu no era en absoluto un redactor anónimo. Pese a su juventud —había nacido en Madrid en 1911— se inició muy pronto en la actividad periodística como crítico musical de la mano de sus dos grandes mentores, Adolfo Salazar y Rodolfo Halffter. Comenzó publicando en el diario El Sol, y después fundó con la ayuda del escultor Díaz Yepes las Bibliotecas Populares. Colaboró con Alberti en su revista Octubre, con Bergamín en Cruz y Raya, y en El Diablo Mundo que dirigía Corpus Barga. En 1934 publicó su primer libro, Viajes y ensoñaciones, y al iniciarse la guerra militó en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, siendo uno de los primeros redactores de El Mono Azul. Por sus inquietudes musicales comunes, sus amistades también coincidentes y la militancia simultánea en la Alianza, hubiera parecido improbable que Salas Viu no conociera a Durán hasta el momento de incorporarse a su unidad, pero así lo escribió en su primer artículo en Nuevo Ejército, fechado el 18 de septiembre de 1937:

 

Hasta hoy no había conocido al comandante Durán, el jefe de la

división a la que pertenezco. Sabía que era joven, había oído hablar

mucho de él a los veteranos, y, sin embargo, me lo imaginaba muy

distinto de cómo es. No sé por qué me ha producido una alegría enorme

ver que nuestro jefe es un hombre joven como nosotros. Quizás por eso ha

podido hablar tan para nosotros también, [sic] sin gestos ampulosos, sin

grandes gritos ni tremendas palabras. Estoy seguro de que todos mis

compañeros han experimentado, como yo, una gran sensación de

confianza, de estar de perfecto acuerdo, de que se entenderán con él en

una larga serie de cosas. Algo así como si entre nosotros existiera de antes

toda una red de relaciones profundas y no fuésemos ajenos los unos a los

otros[137].

 

Al tiempo que Salas Viu escribía estas palabras, el gobierno republicano en Valencia aprobó la designación de Durán como responsable del servicio de contraespionaje republicano en la zona centro. El nombramiento, que éste acató pero no aceptó de buen grado, se convirtió en un ascenso envenenado tras el que se evidenciaba la pugna entre el ministro de Defensa Nacional, el socialista Indalecio Prieto, y la delegación soviética apoyada por los comunistas locales. Este episodio constituyó, pese a su brevedad, la responsabilidad oficial que de modo más oneroso pesó sobre el futuro del entonces militar.