Comandante Durán
17 Una tragedia griega
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Una tragedia griega
Quisiera este recuerdo decirlo…
Pero de tal modo se ha borrado… como que nada queda
porque lejos, en los primeros años de mi adolescencia yace.
Una piel como hecha de jazmín…
Aquel atardecer de agosto —¿era agosto…?— Apenas me recuerdo ya de los ojos; eran, creo, azules…
Ah sí, azules: un azul de zafiro.
KONSTANTIN KAVAFIS, «Lejos»
Su primer destino oficial, una vez exculpado y recuperado el pasaporte, le llevó a Santiago de Chile, sede de uno de los organismos más importantes en el ámbito del desarrollo social en que se había especializado: la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Fue enviado por la ONU en septiembre de 1955 como observador de la dirección de Asuntos Sociales en la CEPAL. Primero viajó él. Bonte y sus hijas tomaron después un barco en Nueva York en el que coincidieron con Carlos Prats. De aquel encuentro surgió una amistad entre ambas familias que Jane Durán y Sofía Prats, hija del militar chileno, han sostenido con el paso del tiempo. Carlos Prats llegó a ser comandante en jefe del ejército y ministro de Interior bajo la presidencia de Salvador Allende. Él y su mujer murieron asesinados por un comando de la DINA, la policía secreta pinochetista, durante su exilio en Buenos Aires en 1974.
Su estancia en Santiago de Chile representó el primer período de auténtica estabilidad personal desde hacía varios años, alejado de las intrigas políticas, centrado en su actividad profesional y en su familia. Esta mayor tranquilidad personal desterró poco a poco el sentimiento de desolación con que salió de Estados Unidos, y progresivamente recuperó la calma de espíritu.
De nuevo surgió un Gustavo brillante, quizá más introvertido y escéptico, pero con ansia por recuperar parte del tiempo y de los afectos perdidos. Su labor le embarcaba en continuos viajes a los países próximos. Con su correspondencia de esa época se podría trazar una carta geográfica de todo el continente. Escribe a su mujer y a sus hijas desde Montevideo, Buenos Aires, San José de Costa Rica, Panamá, Bogotá, Quito o Río de Janeiro. Sus textos son hermosas confesiones en las que se desnuda un hombre que al despedirse de su mujer casi siempre escribe: «Te quiere, te echa de menos y piensa en ti a todas horas… Gustavo». Constituyen también emotivas reflexiones sobre la paternidad y sobre el descubrimiento de que, entre tanta angustia, preservaba un sentimiento noble, capaz de imponerse sobre las desdichas. Escribió a su mujer desde Bogotá en agosto de 1956:
Hace ocho años en una noche pegajosa que no desmerecía de las dos
que acabo de pasar en Panamá, vino al mundo una criatura no muy bonita,
con un hociquito puntiagudo y capaz de desesperar con su llanto al más
paciente. ¡Qué extraño parece que aquel ser se haya convertido en la Lucy
de hoy!, ¡y qué extraño que el tiempo pase tan deprisa y que de las mil
cosas acaecidas durante esos ocho años sólo recuerda uno lo bueno, lo
que le hace más inmensamente feliz! Echo la vista atrás y sólo recuerdo
las gracias de Lucy[276].
En 1957, en uno de sus viajes a Venezuela, coincidió de nuevo con Alejo Carpentier. Éste le regaló un ejemplar de su obra Los pasos perdidos con una dedicatoria que hacía honor a una antigua amistad: «Para GD, este libro que le gustó en inglés, con un abrazo, en este reencuentro en Caracas, al cabo de casi treinta años de amistad. Alejo Carpentier, Caracas, oct. 1957».
Durante su estancia en la capital chilena retomó el contacto con Salas Viu, profesor de la Universidad de Santiago, y con el escritor Pablo de la Fuente. Con ellos hubo un reencuentro amistoso y entrañable después de casi dos décadas de ausencia. Otros descubrimientos, sin embargo, resultaron más ingratos. La leyenda negra se había extendido entre extraños y conocidos. Pablo Neruda, recuerda la familia, coincidió con él en una ocasión en un restaurante de Santiago. Gustavo se acercó para saludarle. El poeta, al verle, se levantó, pasó por delante de él sin saludarle y se marchó. El gesto de desprecio de su antiguo amigo le dolió profundamente.
Los rumores y las insidias le perseguirían hasta su muerte e incluso después, sin que él llegara a conocer muchos de estos comentarios despectivos. Sobre Durán se vertieron calumnias que no desmerecían a las sufridas durante el macartismo. Curiosamente, muchas de estas nuevas acusaciones se hacían eco de las efectuadas por el senador republicano. La más común y errónea daba por bueno que ocupaba una alta responsabilidad en la Oficina Internacional de Refugiados de la ONU.
Jorge Semprún describe en sus memorias una reunión de exiliados en París. Allí coincidió con Romero Marín, un destacado militante comunista que trabajó clandestinamente en la reorganización del partido en el interior de España. Semprún colaboraba entonces con la Unesco:
Recuerdo muy bien lo que me dijo Romero Marín aquel día que nos
encontramos: «¿Conoces a Gustavito Durán?», me preguntó con bastante
sequedad; yo no conocía a Gustavito Durán, ni sabía quién era; se lo dije;
«Pues trabaja en la Unesco, como tú», me espetó Romero Marín; empecé
a sentirme extrañamente culpable, sin saber por qué; «Es un renegado, un
agente de los americanos», me dijo Romero Marín; no supe qué decirle y
la conversación terminó así; pero el hecho de que Gustavito Durán,
«renegado y agente de los americanos», trabajara en la Unesco parecía
ponerme personalmente en entredicho, como si, objetivamente, yo fuese
culpable, oscuramente, por trabajar en la misma organización que
Gustavo Durán, que fue el modelo real del personaje de Manuel en
L’espoir de Malraux y que, naturalmente, no fue un «agente» de los
americanos aunque hubiese dejado de ser comunista[277].
Algunos de sus más antiguos amigos también creyeron en esa faceta delatora. Años más tarde, cuando Gustavo había fallecido, Buñuel relató un episodio revelador a Max Aub en la extensa entrevista que ya ha sido mencionada. Afirmó el cineasta que en una ocasión fue retenido en el aeropuerto de Nueva York, y que, en medio de la confusión, uno de los policías pronunció el nombre de Gustavo Durán. Cuando todo se aclaró, Buñuel le pidió a éste una explicación:
—Cuando volví, fui a ver a Bonte y a Gustavo. «Sí, chico, sí —me
dijo—. Yo te denuncié. No tienes idea… Horas y horas los de la CIA
encima. Seis meses. Dije todo lo que querían». Gustavo era así, se
entregaba a las causas que servía. Yo tengo un poco de culpa. El treinta y
cuatro, en Madrid, cuando estaba yo en la Warner, tenía veintiún películas
que doblar. Fui a los laboratorios donde trabajaba Gustavo, los mejores,
desde luego. Llegamos enseguida a un acuerdo. «Quiero que las doble
Mister Durán». No puede ser. ¡Es un comunista! «Mire usted, a mí no me
importa. Ni a la Warner tampoco. Queremos un trabajo bien hecho, y o lo
hace el señor Durán o me las llevo». Las hizo. Luego, en Nueva York, lo
metí yo en el Museo de Arte Moderno, y por poco me desbanca. Todos lo
adoraban. Nunca he visto una persona con más simpatía. Ya no era aquel
adolescente adorable, rubio, angelical, de diecisiete años (luego se quitó
como cinco), el de las historias con Néstor de la Torre, ni el playboy de
París. Si no es porque lo denuncia McCarthy, a estas horas hubiera muerto
como embajador de Estados Unidos en París o Londres. Era consejero de
Murphy, de Eisenhower, ya presidente.
—¿Y crees que era de la policía antes? No digo en nuestra guerra,
sino luego, en Cuba.
—Sin duda alguna. Conocía a todos. Cuando algunos españoles
querían ir a Estados Unidos, les decía: «Tú puedes ir; tú, no; estuviste en
la décima brigada, etcétera».
—Un auténtico hijo de puta.
—No. Defendía lo que le tenían encargado.
Interviene Jeanne:
—Luis es así, basta que hayan sido amigos suyos para perdonarles
todo. Ya ves, Dalí y Gustavo, sus mejores amigos.
—Sí, llamé un día a Dalí en Nueva York, para romperle la cara, y
acabamos tomando champán. Pero, referente a Gustavo, mucho se lo debe
a Bonte, que es de una gran familia norteamericana.
(Lo van a enterrar en Chipre, y los campesinos, agradecidos, le van a
levantar un monumento. Es curioso. Pertenece a ese grupo numeroso de
españoles que dio su vida por la ONU)[278].
El comentario de Buñuel y Max Aub, siendo como eran ambos amigos suyos, revela hasta qué punto los rumores habían distorsionado la realidad. Con independencia de los juicios personales, la propia veracidad de la anécdota resulta cuestionable. En todo caso, es fácil advertir los errores más comunes: Durán no fue enterrado en Chipre, no fue consejero de Eisenhower, no fue nunca interrogado por la CIA ni tampoco trabajó para el FBI, ni en Cuba ni en Estados Unidos. Como se ha mostrado en las páginas precedentes, por el contrario, fue objeto permanente de investigación. Respecto a la acusación de delator, en ninguno de los numerosos documentos existentes se revela una sola acusación o delación hacia alguno de sus antiguos conocidos, ni tampoco trabajó para el departamento de las Naciones Unidas que atendía a los refugiados.
Es cierto que, durante la investigación de la Oficina para la Lealtad de los Empleados en Organizaciones Internacionales, Durán fue preguntado acerca de su relación con Rafael Alberti o Luis Buñuel, pero su respuesta no contenía ningún dato que pudiera resultar perjudicial. Afirmó Durán que, tras incorporarse al MOMA en 1941, «veía a Buñuel a diario en la oficina. Ocasionalmente, también coincidía con él y con su mujer en nuestra casa o en la suya en compañía de otros amigos comunes españoles, ninguno de los cuales era comunista o simpatizante comunista. Discutíamos a menudo de política, aunque el tema que monopolizaba nuestra conversación solía ser la actuación del gobierno de Franco y de la Falange. No he vuelto a ver a Buñuel ni he mantenido correspondencia con él desde que dejé mi empleo en
el Museo de Arte Moderno»[279].
Lo cierto es que, más allá de las imputaciones concretas, la versión acerca de su pasado ofrecida por Gustavo en Estados Unidos socavó algunas de sus más estrechas y prolongadas amistades. Alberti, su gran amigo Rafael Alberti, no fue una excepción. También él se hizo eco, más discretamente, de esos testimonios, y escribió que «de lo que más tarde se dijo de él yo no sé nada
comprobable y prefiero no saberlo»[280].
No todos reaccionaron del mismo modo. Por la correspondencia de la época sabemos que el general Vicente Rojo seguía considerando a Gustavo un amigo leal. Él y Bonte habían intentado convencerle, ya enfermo, de que se trasladara a vivir a Santiago de Chile. En una de sus cartas escrita a Bonte, el militar respondía desde Bolivia a una felicitación navideña:
Mi querida amiga: Su grata felicitación, tan plena de afecto y
simpatía, que recibimos ayer, me autoriza a encabezar estas líneas como
lo hago; critíqueme si me excedo, pero quiero aprovechar esta
oportunidad para extender hacia usted el hondo afecto que siempre me ha
merecido Gustavo, uno de los pocos amigos buenos, leales, sinceros,
capaces de cualquier sacrificio, que aún me quedan[281].
Casi en las mismas fechas, su viejo amigo y poeta Emilio Prados le escribió desde México una bella carta llena de ternura y añoranza. Gustavo le había enviado otra misiva para decirle que estaba releyendo sus poemas y que, al hacerlo, no sólo recordaba al compañero, sino también toda una época:
Yo estoy viejito pero igual por dentro, absolutamente igual que
cuando paseábamos por el Madrid viejo. Es curioso que la vejez me guste.
Y me gusta por eso, porque no existe como la pensábamos y, además,
porque con ella aprende uno estas cosas: que tú, con veinte o más años
por medio, me recuerdes al leer mis versos… y ¡hasta te guste mi poesía!
Mi vida está dedicada enteramente a ella y por eso, como a ti, me alegra
vivirla con sus sombras y su luz. Vivo, ahora sí, como te decía Federico.
¿Te acuerdas?: en una casi celda, en la ciudad, no en el monte; pero desde
ella como en nuestras primeras conversaciones te dije, vibro, a mi modo,
con mi forma de amor o de locura. Era el universo hermosísimo. ¿Qué
más quiero[282]?
Su actividad en Chile le consagró como un funcionario activo y de confianza, entregado a la supervisión de los programas de desarrollo, a la elaboración de informes y a su labor como enlace principal entre la CEPAL y la División de Asuntos Sociales de la ONU. De él se escribió años más tarde:
Su estadía en Chile, como jefe del Departamento de Asuntos Sociales
de la CEPAL, creó en torno suyo una aureola de afecto, de admiración y,
a veces, de sorpresa ante el conjunto de condiciones heterogéneas de
Gustavo Durán. Tan pronto se destacaba en América Latina con informes
de profundo contenido social, como deleitaba a los indoctos en tales
materias, pero amigos de la literatura, con su prosa límpida y brillante o a
los músicos con sus composiciones de alto valor estético[283].
Entre sus continuos viajes y su tarea burocrática encontraba hueco para una intensa vida social. Pronunció varias conferencias, asistió a numerosos actos culturales y, entre los españoles que integraban la colonia residente en Chile, entabló amistad con Ramón de la Serna, hijo de la escritora Concha Espina y cuyo hermano Víctor había dirigido en Madrid el diario Informaciones, el más proalemán de los periódicos españoles durante la Segunda Guerra Mundial. Ramón de la Serna, de distintas simpatías políticas, publicó una elogiosa entrevista con Durán en el diario Mercurio. La Guerra Civil ocupó buena parte de la conversación en el despacho de la avenida Providencia de Santiago donde trabajaba Gustavo. Concluía el artículo con una enigmática frase: «Si, cuando la batalla empezó —dice al fin, musita apenas Durán— Sagunto estaba a mis espaldas. Cuando todo acabó, Sagunto seguía a mis espaldas… Y él —escribe Ramón de la Serna— ante Sagunto,
eternamente»[284].
En 1958 los Durán regresaron a Nueva York y adquirieron por primera vez una vivienda en propiedad, convertido Gustavo en un funcionario de alto nivel muy próximo al secretario general de la organización, el sueco Dag Hammarskjöld. La vida de la familia recuperó la cotidianidad anterior sin los sobresaltos de las denuncias políticas. Durante el verano pasaban las vacaciones entre Wilton y Martha’s Vineyard, la exclusiva isla de la costa este, en compañía de la familia de Michael Straight.
Dos años después, un conflicto a miles de kilómetros de distancia trasladó de nuevo a Gustavo a una dramática realidad teñida por la guerra. El continente africano se sacudía décadas de colonización en un proceso global tutelado por la ONU y salpicado por numerosos episodios de violencia. El entonces llamado Congo belga ponía así fin a décadas de cruel explotación por parte de la metrópoli desde que el rey Leopoldo II asumiera personalmente el control sobre la vida y muerte de sus habitantes y sobre sus formidables recursos naturales. Pero el Congo también encarnó, como ningún otro país, el clima de ensañamiento y crueldad en el que algunos estados obtuvieron la libertad.
El secretario general Dag Hammarskjöld asumió una implicación personal en el proceso de descolonización con visitas constantes a la zona, y a principios de 1960 designó a Gustavo Durán como observador especial en el país.
Éste llegó a Marruecos, primera escala de su viaje, el 20 de enero de 1960. Aprovechó para ver a su sobrina Maruja Durán, hija de su hermano Ernesto. Maruja vivía en Kenitra, donde su marido, Javier Sáenz Faure, ejercía como médico. Al reclamo de Gustavo acudieron también a Marruecos sus hermanos Araceli y Ernesto. Pasaron varios días entregados a recordarse después de tantos años, y la cita se convirtió en el período más largo desde 1936 en que estuvieron reunidos. Aquella ocasión sería también la última en que los descendientes de José Durán y de Petra Martínez comprobaron la vigencia del pasado, intercambiando noticias y recuerdos de España y del exilio, entre los dos extremos en que oscilaba el apellido Durán.
Posteriormente Gustavo se dirigió a su destino, consciente de que aquella misión no exigía formalismos burocráticos, sino determinación y mucha diplomacia. Supervisar, mediar y garantizar el cumplimiento de los acuerdos en el Congo no iba a ser una labor sencilla. Se enfrentaba al recelo tribal de los congoleños, a la ambición belga, que aceptaba irse pero no perder el control económico sobre la colonia, y a la propia división de los dirigentes políticos locales. Su responsabilidad inicial fue la de consejero del delegado de la ONU en el Congo, el indio Rajeshiwar Dayal, pero luego ascendió al cargo de responsable de Operaciones Civiles, lo que en la práctica le convirtió en el hombre clave de las Naciones Unidas en la zona. Las negociaciones entre el gobierno belga y los independentistas congoleños culminaron con la proclamación de la independencia el 30 de junio de 1960 y la designación de Patrice Lumumba como primer ministro.
Tras la independencia, las tropas del nuevo ejército congoleño se rebelaron contra la oficialidad, en su mayoría población blanca de origen belga, al tiempo que la provincia de Katanga, muy rica en recursos minerales, proclamó su secesión del país. El Congo entró entonces en una deriva de caos y violencia que culminó con la incursión en el país de tropas belgas. La represión posterior fue atroz. Lumumba fue detenido, torturado y posteriormente ejecutado por su rival Moïse Tshombé, autoproclamado presidente de Katanga. Otro oficial destacó entonces por su crueldad, Mobutu Sese-Seko, convertido años después en uno de los dictadores más corruptos del continente.
Gustavo Durán asistió sobrecogido a aquel escenario de atrocidades que superaba cualquier crueldad imaginable. Su labor fue incesante. Desde su oficina en Luluabourg y después en Stanleyville, desplegó una actividad frenética intercediendo entre las autoridades locales y el secretariado de la ONU en Nueva York. Sus informes contribuyeron a la aprobación de la resolución 143 del 14 de julio de 1960, por la que se autorizó el envío de una fuerza de pacificación de veinte mil hombres que se mantuvo en el país hasta 1963 bajo la denominación de ONUC (Organización de las Naciones Unidas en el Congo). Nunca pudo olvidar la tragedia de aquellos meses ni la brutalidad compartida de las tropas belgas y las fuerzas congoleñas. Tampoco pudo evitar cuestionarse las razones del extraño accidente aéreo que el 17 de septiembre de 1961 costó la vida al propio secretario general de las Naciones Unidas y a siete funcionarios más durante una visita de inspección a la región.
En su archivo personal se conserva una ingente cantidad de documentos de aquella misión, muchos intrascendentes, como registros contables o informes sobre el destino de cada uno de los materiales proporcionados por la ONU, redactados con su habitual meticulosidad. También contiene copias de los telegramas diarios remitidos a Nueva York consignando la evolución del conflicto. Basta observar la profusión de material, entre dos y diez cables diarios a la sede central de la ONU, para comprobar el ritmo intenso de trabajo al que se sometió durante su estancia. Vázquez Rial escribió que «pocos funcionarios de campo han de haber producido, en un lapso comparable, la cantidad de material escrito que Gustavo envió a sus
superiores en el curso del año largo que pasó allí»[285].
El británico Brian Urquhart, antiguo miembro del servicio de inteligencia, diplomático y futuro subsecretario de las Naciones Unidas, conoció y elogió su actividad:
Imperturbable e impecablemente vestido entre la confusión y la
violencia que le rodeaban, observaba la increíble serie de inesperados
acontecimientos que sin cesar se desarrollaban a su alrededor, intentando
en la medida de lo posible canalizarlos hacia vías pacíficas y
constructivas. Estaba especialmente interesado en los extraños
mecanismos de la motivación humana que conducían a esa extraordinaria
y explosiva escena. Comprendía y simpatizaba con las horribles
condiciones que atravesaban los congoleños, pero también se enfurecía
ante la crueldad y brutalidad en que con frecuencia incurrían, e hizo
cuanto pudo, a menudo con considerable riesgo para su persona, para
contenerles y evitarlo. Pienso que él creía que la dignidad personal era el
más importante valor de la condición humana, y cualquier ataque a
aquélla le parecía un ultraje[286].
Abandonó el Congo en 1961, afligido por su visión particular del infierno, el mismo en que Joseph Conrad se inspiró para escribir El corazón de las tinieblas y el que conoció el Che Guevara poco después, cuando apoyó sin éxito al entonces líder guerrillero Laurent Kabila.
A su regreso a Nueva York afrontó dos nuevas acusaciones que parecían arrastrarle de nuevo hacia tiempos felizmente superados. La primera, publicada en la prensa italiana, aseguraba que Durán había formado parte de los grupos terroristas que operaban en Angola. El nuevo infundio no prosperó y su eco se debilitó rápidamente sin mayor trascendencia. La segunda denuncia tenía un cariz más serio, por el autor de la misma y por la difusión que recibió. Cuando el hispanista británico Hugh Thomas publicó su primera edición de La Guerra Civil española, atribuyó a Gustavo la responsabilidad de los crímenes en el «túnel de la muerte» de Usera. Su información se basaba en los datos recogidos por la Causa General tanto en su edición española (páginas 222 y 223) como en la versión inglesa (páginas 304 y 305). Ya se ha citado que, en investigaciones anteriores, el Ministerio de Asuntos Exteriores confirmó que esa persona resultó ser Casimiro Durán, panadero de oficio, madrileño y, en efecto, capitán de milicias en el barrio de Usera. Pero la rectificación no se incluyó en la Causa General.
Cuando supo que Thomas le había atribuido tales delitos, le remitió una carta en mayo de 1961 exigiendo una rectificación y, al no producirse ésta, interpuso una querella por difamación en los tribunales británicos. Hugh Thomas reclamó documentación adicional al gobierno español para su defensa, y así fue como el nombre de Gustavo Durán adquirió un renovado protagonismo en los despachos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Su titular entonces, Fernando Castiella, así como el embajador español en Londres, el marqués de Santa Cruz, consideraron que, más allá del prestigio de Thomas, estaba en juego la veracidad del principal documento del franquismo sobre la actuación republicana durante la Guerra Civil. El marqués de Santa Cruz escribió al ministro Castiella:
Me preocupa todo esto, pues percibo cada día con más claridad el
grave desprestigio que sufriríamos si se demostrara en el juicio la
imprecisión de un documento oficial nuestro en asunto tan importante
como el actual; circunstancia que a buen seguro no dejarán de
desaprovechar los numerosos adversarios que por ahí andan sueltos[287].
Pese a los denodados esfuerzos por hallar testimonios o documentos probatorios, no pudo aportarse ninguno. El juicio se celebró en el Tribunal Supremo en enero de 1962, y la sentencia reconoció a Gustavo Durán la razón en su demanda. En el fallo, el juez Phillimore obligó a retirar los ejemplares distribuidos de la obra de Thomas y a eliminar cualquier imputación de esa naturaleza en posteriores ediciones. El letrado del historiador asumió que «las tergiversaciones fueron publicadas de buena fe y… procedían de fuentes de cuya veracidad no tenían razón para dudar. Reconocían que no hubo jamás ninguna base para el demoledor ataque contra la reputación del señor Durán,
y presentaron sus sinceras excusas»[288].
En ese período surgieron también las primeras complicaciones graves en la salud de Gustavo y Bonte. A ella le diagnosticaron un melanoma que avanzó rápidamente y que, finalmente, obligó a la amputación de una pierna. Desde entonces, Bonte caminó con una prótesis y apoyada en una muleta, o bien sentada en una silla de ruedas. No se deterioraron por ello su carácter ni su vitalidad. Estoicamente, seguía siendo la misma mujer amable y con sentido del humor que convertía en entrañable su presencia.
En 1962 Gustavo sufrió el primero de varios ataques al corazón a consecuencia de una deficiencia cardíaca congénita común a todos los hermanos Durán. Un día, en una fiesta, le confesó lo sucedido a una vieja amiga musicóloga, Henrietta Yurchenko: «“Ah, Henrietta —me dijo en voz baja agonizante—, yo sé lo que es morir, tuve un infarto y, sí, yo creo que me morí por un segundo, pero reviví…”. A pesar de que escuchar sus palabras me agitó sobremanera, nos quedamos charlando de nuestras familias, de Bonte, ahora en una silla de ruedas, de mi trabajo en España y en Marruecos… Una persona inolvidable, de conciencia, de talentos superiores,
y más que nada, todo un ser humano»[289].
Su estancia en Estados Unidos se prolongó hasta que en 1965 fue enviado a Grecia por el nuevo secretario general de la ONU, el birmano U Thant, como delegado en el país del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD). Grecia sería su último hogar y el que más le sedujo desde que abandonara España. Arraigó en el país mediterráneo sintiendo una identificación plena con su cultura y sus costumbres. Reconoció en sus paisajes los mismos que había transitado en su juventud, de igual modo que apreció en sus gentes una hospitalidad y sencillez familiares. Se enamoró de aquella Grecia liberal y divertida, cuna de un legado cultural que siempre admiró. Con su facilidad innata pronto aprendió el idioma. «Si te dijera que el país y su gente me gustan, digo poco. A uno y otra debo momentos
felicísimos», escribió al músico Casal-Chapí meses después de su llegada[290].
Los Durán se instalaron en la calle Evzonon número 3 de Atenas. El cometido oficial de Gustavo consistía en coordinar los fondos y programas de ayuda procedentes de la ONU, aunque su actividad personal, como solía ocurrirle, le descubrió un país distinto, alejado de los despachos, bastante más sugerente y enriquecedor. La noche intensa de Atenas le sedujo, sumergiéndose en ella con un recobrado entusiasmo. Renacía en su plenitud madura el Gustavo más jovial y lúdico apurando los últimos instantes de felicidad.
Uno de sus amigos en Grecia fue el poeta Georgios Seferis, premio Nobel de literatura en 1963. Con él viajó en una ocasión a Roma para reencontrarse con Rafael Alberti, con quien le seguía uniendo, pese a las diferencias políticas y los años de distanciamiento, un afecto que les ligaba a tantas y tan inolvidables experiencias compartidas. Tantas que, según el testimonio de Magouche Fielding, amiga de los Durán en Grecia, Gustavo conservaba en su despacho de Atenas una foto del paraje granadino donde se suponía que García Lorca había sido asesinado. Como afición personal, se dedicó a traducir al español a otro de los grandes poetas helénicos, Konstantin Kavafis. Pero el gran amigo de aquellos últimos años no fue otro que Jaime Gil de Biedma, a quien había conocido recientemente a través de su hija Cheli.
Jaime pasó el mes de agosto de 1966 en la casa de los Durán. Conoció Atenas a través de ellos, le enseñaron Delfos y pronto surgió una relación que trascendió de la diferencia generacional. Gil de Biedma consideró a Gustavo no sólo un amigo. Observó en él al personaje retratado por Hemingway, al atormentado Manuel de Malraux, al músico que había convivido con poetas que él admiraba. A su regreso a España le envió una cariñosa carta en la que aludía a la novela de Hemingway:
Te echo de menos enormemente, mi querido coronel. Nuestro
conocimiento y nuestra relación durante este feliz agosto han sido unas de
las experiencias más hermosas y que más me alegro de haber tenido en mi
vida. Yes, it will be wonderful to see Durán again. To see all the Durán
family. Dile a Bonte, por quien siento profundo afecto y admiración,
cuánto agradezco el cariño con que me acogió y el interés que me
dispensó durante mi prolongada estancia[291].
El hombre angustiado que era Gil de Biedma, el poeta desasosegado, halló en Gustavo un reflejo de muchas de sus inquietudes literarias y personales. La homosexualidad, tan presente y tan influyente en su obra, constituyó otro referente común. Pero su amistad se basaba esencialmente en conversaciones sobre literatura y sobre el pasado. Gustavo se convirtió en una suerte de confidente. Gil de Biedma admiraba su veteranía y su condición adquirida de hombre de mundo, de combatiente en la guerra y en la paz. Jaime se veía a sí mismo transcurridos los años al contemplar a Gustavo, al igual que éste observaba en el poeta un espíritu de artista que le retrotraía a sus años felices en la Residencia de Estudiantes. Cuando Gustavo cumplió los sesenta años, en noviembre de 1966, Gil de Biedma le escribió un hermoso poema en el que están presentes todas las complicidades sobre las que tejieron su relación:
PARA GUSTAVO, EN SUS SESENTA AÑOS
Algo de tu pasado, me dijiste
que yo te devolvía.
Horas alegres de los años veinte,
conversaciones, risas
que en tu memoria son la juventud,
la camaradería
—músicos y poetas— de tu generación
por la guerra esparcida.
Yo dije que lo bueno entre los dos
y lo raro (tú ya te divertías
antes de yo nacer) es que aprendimos
la historia de la vida
en distinta edición del mismo libro
y que hemos hecho guardia en iguales garitas.
De viva voz, entonces,
no me atreví a decir que en ti veía
algo de mi futuro…
Hoy quiero ser sincero y egoísta,
añadiendo: goza por muchos años,
sé feliz todavía.
Y en el mero momento de morir da las gracias. Una vez me dijiste que lo harías.
Otra de sus amistades en Atenas fue José Martín-Artajo, hijo del ministro de Asuntos Exteriores español durante la campaña de acoso a Gustavo. José Martín-Artajo, segundo secretario de la embajada española en Grecia, era un joven brillante y atractivo, seducido por el anarquismo y las corrientes ácratas de los años sesenta. Difícilmente podían encontrarse más diferencias ideológicas entre un padre y un hijo que las que encarnaban los Martín-Artajo. Hombre culto, inteligente y afable, simpatizó rápidamente con Gustavo y de esa amistad surgió una relación personal entre él y la hija pequeña de Gustavo, Lucy. Dimitió poco después, cuando el golpe de Estado de los coroneles impuso en Grecia una dictadura militar. Fue Martín-Artajo quien en los años setenta editó el libro Una enseñanza de la Guerra Civil española, recopilando la conferencia en Dartington Hall y otros documentos.
De aquella época existe el testimonio escrito del entonces embajador mexicano en Atenas, Jaime García Terrés, amigo próximo de los Durán. No sólo les unía su actividad diplomática sino también una relación de confianza cimentada en encuentros y actos sociales. Les describió como una pareja fascinada por Grecia: «Los Durán, Gustavo y Bonte, andan embelesados con Grecia y todo lo griego. Personaje retratado por Malraux, músico y coetáneo de Luis Buñuel, etc., él es representante de las Naciones Unidas en Atenas; ella bosqueja paisajes helénicos y, de vez en cuando, da clases de dibujo a mis
dos hijos»[292]. Gustavo solía asistir a celebraciones y en ocasiones organizaba fiestas en su casa, donde la fascinación por el folclore autóctono estaba siempre presente. En otro de sus comentarios, García Terrés nos refiere una «gran fiesta en casa de los Durán. Por más devoción que le tenga yo a Creta, me aburrieron los músicos y bailarines que Gustavo se trajo de
Réthymnon»[293]. Terrés describe igualmente a José Martín-Artajo como un «joven consejero de la embajada española, quien, a diferencia de su padre,
profesa con ardor elocuente el anarquismo, el hinduismo y el amor libre»[294]. De la labor de Gustavo como traductor de Kavafis existen también referencias en la obra Carajicomedia, del escritor Juan Goytisolo.
A su estancia en Atenas corresponde el último contacto conocido con Luis Buñuel. Se trata de una carta enviada por el cineasta desde México el 2 de noviembre de 1965:
Querido Gustavo:
Reconozco que es una vergüenza el que no haya respondido a ninguna
de tus lacónicas misivas siempre acompañadas de algún artículo, ya sea
de Katanga, de Londres, de Atenas, etc. Pero a medida que pasan los años
aumenta mi pereza y la gran dificultad que siempre he tenido para
mantener correspondencia. El libro de Pablo de la Fuente, que recibí hace
un año, me pareció, igual que a ti, estupendo. Pero estoy ya medio
retirado del cine y medio harto también, para realizarlo. Vuelvo ahora a
París —en enero— para rodar tal vez mi última película que será The
Monk, novela gótica de Matthew Lewis, que supongo conocerás…
¿Cómo sigue la buenísima y simpática Bonte? Me imagino que está
contigo. Si es así, un beso de mi parte… Un abrazo, Gustavo, de tu
antiquísimo amigo[295].
Max Aub también seguía en contacto con él. En septiembre de 1968 le escribió desde México para informarle del libro que iba a escribir, precisamente, sobre Buñuel, el mismo que ha sido citado aquí en varias ocasiones, y solicitaba la colaboración de Gustavo:
Querido Gustavo:
Supongo que estáis bien. Las últimas noticias vuestras las tuve por
Jaime. He aceptado hacer un «gran» libro sobre Buñuel para Aguilar. Nos
vamos hacia el 20 a Europa, fecha en la que Luis habrá terminado de
filmar lo que está haciendo. Nos iremos con él a España. Él volverá aquí y
pienso quedarme allá lo que pueda viendo a los supervivientes con tal de
reconstruir el tiempo de la Residencia y el nacimiento del surrealismo.
Inútil decirte lo útil que me puedes ser. Ahora bien, ¿vas a París en
octubre para la Conferencia General o tendré que ir especialmente a
Atenas a encontrarte? ¿O nos encontramos a medio camino, por ejemplo
en Roma, en casa de Rafael? ¿Quieres contestarme a vuelta de correo?
Las vueltas que da la vida… Grandes abrazos. Max Aub[296].
Gustavo le respondió de inmediato proponiéndole alterar sus planes y visitar Atenas: «Querido Max: no sé si lo que tengo que decirte sobre Buñuel es algo que tú ya no sepas, pero sí creo que lo que puedo contarte de su vida y carácter nos hará pasar un buen rato. En todo caso, sea poco o mucho lo que
pueda decirte, estoy enteramente a tu disposición [para] la visita»[297]. Finalmente, Aub no pudo realizar la visita por motivos de salud, que desaconsejaron su viaje a Europa hasta principios de 1969.
También surgió por aquel entonces una faceta cruel de Gustavo que dirigió hacia la persona que le había acompañado en los últimos treinta años. El hombre que se rendía ante la belleza y la perfección se rebeló contra la minusvalía de Bonte, convirtiendo aquel sentimiento en fuente de constantes discusiones. Existía en él una aversión quizá incontrolable hacia la enfermedad y las deficiencias físicas, que le provocaba serios temores cuando, por ejemplo, debía visitar a alguien en un hospital. Él mismo fue víctima de esa aprensión a causa de sus problemas cardíacos. Afloró en aquellos meses el Gustavo más inseguro y obsesivo, agravando una relación con su mujer que en aquellos momentos atravesaba una época turbulenta. La convivencia se deterioró hasta extremos insólitos, generándole numerosos problemas con sus hijas e incluso con la familia García Lorca, testigo de algunos comentarios despectivos hacia su mujer que Francisco nunca toleró en su presencia.
El 21 de abril de 1967 un grupo de coroneles encabezado por Georgios Papadopoulos se alzó con el poder. Los dictadores parecían perseguirle, llegó a escribir en una de sus cartas, no sin razón. Percibió como otra extraña paradoja el hecho de que los militares hubieran condicionado su vida: su padre, Franco, Perón y ahora Papadopoulos. Y como ya había ocurrido, de nuevo brotó un sentimiento de oposición, matizada por la responsabilidad que le exigía su cargo en la ONU. Poco después, García Terrés describía su estado: «Cena en casa de los Durán. Ellos y yo parejamente deprimidos; pero
hacemos de tripas corazón»[298].
En el verano de 1968 sufrió un segundo y grave infarto de corazón que exigió la implantación de un marcapasos. Conservaba una estampa decrépita pero todavía atractiva, reconocible en su pelo ralo y blanco, con un bigote corto y elegante del mismo tono. Sus ojos conservaban la luminosidad de antaño, acaso atenuada por una sensación de mirada ausente y cansada. Nunca como antes sintió el deseo de regresar a España por última vez, buscando no tanto un refugio para el descanso, sino un lugar donde permanecer eternamente.
Escribió a Alberto Martín-Artajo, con quien ahora le unía una relación indirecta como padres de José y Lucy, preguntándole qué inconvenientes habría si regresaba después de tres décadas de exilio. Mantuvo correspondencia con su hermano sobre esa misma cuestión. Madrid le parecía el sitio más idóneo, pero también consideró la posibilidad de establecerse en Canarias en compañía de Araceli y su familia. Así se lo transmitió a su hermano en una última carta contagiada de escepticismo:
Querido hermano: El día 31 de marzo próximo llegará a su término mi
carrera en las Naciones Unidas… No sé si te he dicho en alguna de las
cartas que te he escrito desde aquí que durante los dos primeros años de
mi estancia en esta tierra tuve el propósito de quedarme en ella cuando me
llegase el momento que ya está tan cerca, pero circunstancias ajenas a mi
voluntad y que, desde luego, no son nada de mi gusto me han hecho
cambiar de opinión… Dicho con menos rodeos, ha vencido en mí el deseo
de volver a la tierra en que nací, mande en ella quien mande. Lo que he
visto en este mundo, y más aún lo que estamos viendo, me dice a gritos
que no hay gobierno bueno y que las diferencias que separan a los hoy
existentes son diferencias de cantidad, no cualitativas. Si eso es así, y creo
que sí lo es, mis escrúpulos de tantos años dejan de tener justificación, al
menos en gran parte… Como ya sabes por los García Lorca, el pasado
mes de junio tuve un arrechucho cardíaco de los de aquí te espero. Se me
paró el corazón quince veces, y una de ellas por espacio de tres minutos,
dándome butaca de primera fila en el teatro del otro mundo, en el que,
dicho sea de paso, no vi nada que fuera memorable. Sólo tengo memoria
de mis viajes de ida y de regreso y sobre todo de la terrible angustia de
volver a un mundo —el mundo consciente— que había dejado con tanta
facilidad y tan poca pena. A mediados de septiembre sufrí un nuevo
ramalazo, pero no tan serio como el anterior. Ahora me siento bien.
Veremos lo que dura el bienestar…
Se me olvidaba decirte que, por uno de esos juegos de prestidigitación
que hace la vida conmigo, estoy en relaciones de excelente amistad con
D. Alberto Martín-Artajo. Le he escrito hace unos días para preguntarle
que cuál es su opinión con respecto a mi retiro en España. Le pedí me
dijera si él creía que el mundo oficial me pondría algún obstáculo. Espero
su contestación[299].
Siguió esperando. Si esa contestación llegó en algún momento, fue, en todo caso, tarde. Gil de Biedma también estaba informado de sus intenciones. Cuando le escribió, ya iniciado 1969, lo hizo con el dolor profundo de la muerte de Bel, su compañera: «Su muerte me catapultó dentro de un período de disipación y de huida del que no acabo de salir —le confesó en una carta en la que también le inquiría sobre su hipotético regreso—: Dime por favor tus planes de venir a España, si es que sigues en la idea de regresar al lugar del crimen —no de ningún crimen tuyo precisamente—: el español se caracteriza por ser el hombre que regresa al lugar del crimen de los demás. Pero, en fin, dime cuáles son tus planes porque quiero estar a tu servicio. ¿Has leído Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, publicado en editorial Sudamericana? Si no lo has hecho, te lo recomiendo
fervientemente»[300]. Aquélla fue la última carta que recibió de Gil de Biedma; la última, en realidad, que llegó a destino.
En aquel momento había encontrado en Creta un lugar que se asemejaba al ideal de paz y sosiego que anhelaba. Ese lugar se llamaba Alones, una pequeña y remota aldea enclavada en la zona montañosa central de Creta. Había llegado hasta allí por casualidad. Durante un viaje a la isla en misión oficial, su asistenta Maria, natural de Alones, les convenció a él y a Bonte de visitar la aldea. Entonces no disponía de luz eléctrica, ni de agua corriente ni de carretera de acceso. El último tramo del viaje se debía hacer a lomo de burro atravesando la pedregosa ladera del monte Kryoneritis, lo cual representó un reto adicional para la voluntariosa Bonte.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Alones había adquirido cierta celebridad porque allí se habían ocultado varios soldados británicos con el apoyo de la población local durante el asalto alemán a la isla. Poco más podía consignarse de su historia, excepto constatar su idoneidad como espacio de aislamiento. Apenas unas decenas de casas y de vecinos componían la aldea cuando los Durán la descubrieron. Aquel viaje de pocas horas se transformó en una estancia de tres días. Sus escasos habitantes se volcaron con los huéspedes. Gustavo identificó el pueblo como una suerte de Arcadia feliz donde el tiempo parecía detenido en un período muy anterior. Quizá encontró significado propio al parecido entre el nombre del lugar y la palabra inglesa que mejor describe la soledad. Un día, en uno de sus paseos, llegó hasta un viejo roble a las afueras de la villa. Pensó en voz alta que aquél sería un hermoso lugar para ser enterrado. El comentario se diluyó sin respuesta entre la aridez del paraje.
A su regreso a Atenas, Bonte, con la ayuda de Gustavo, recaudó fondos entre amigos e instituciones y dinero propio para construir una canalización que abasteciera de agua corriente al municipio. Hasta entonces, las mujeres tenían que cargar pesadas tinajas sobre sus cabezas desde alejados manantiales. El dinero obtenido permitió acometer la obra y garantizar el suministro. Los vecinos nunca olvidaron el gesto, y siempre profesaron hacia Gustavo y Bonte un respeto y un agradecimiento intemporales que aún hoy en día perviven hacia sus hijas. Fue su última contribución.
Casi sin sobresaltos, del mismo modo repentino y traicionero que le sorprendió en las dos ocasiones anteriores, sufrió un tercer y definitivo ataque cardíaco. A Gustavo Durán se le paró el corazón sorpresivamente en Atenas el 26 de marzo de 1969, mientras leía las andanzas caballerescas de Don Quijote de la Mancha. Ya no hubo viaje de ida y vuelta, como a él le gustaba ironizar sobre sus anteriores dolencias, sino sólo una ida silenciosa y fugaz que le apartó de este mundo, quizá como le explicó a su hermano en su última carta, «con tanta felicidad y tan poca pena».
Se había ido a los sesenta y dos años, poco antes de visitar a Bibiano Fernández Osorio y Tafall, como él español del exilio, antiguo comisario general del ejército de la República, y entonces delegado de la ONU en Chipre. Se fue cuando le faltaban cinco días para jubilarse y sin cumplir su sueño de regresar al país del que tres décadas antes había sido expulsado. El mismo día de su jubilación, el 31 de marzo de 1969, se habrían cumplido treinta años de su salida de España.
Fue enterrado el 30 de marzo en Alones, en una ceremonia sencilla a la que asistieron su familia y la mayoría de sus vecinos. Descansó eternamente en un terreno cedido por un pastor, ya que el pueblo carecía entonces de campo santo. El funeral se transformó en una sencilla protesta contra el régimen de los coroneles a través de Virginia Tsouderou, amiga de los Durán, quien elogió su actuación durante la guerra de España y su incansable búsqueda de la libertad. La Guerra Civil estuvo también presente en una de las últimas conversaciones con su hija Cheli. Cuando ésta le preguntó poco antes de morir de qué faceta de su vida se sentía más orgulloso, él respondió sin dudar que del papel que desarrolló en la contienda.
Sus restos reposan cobijados bajo aquel roble que en su soledad le pareció un lugar hermoso para yacer, y allí continúan en un exilio permanente. Cerca se erigió un modesto monumento en su memoria. Nadie supo si hizo honor a los versos que le escribió Gil de Biedma: «Y en el momento de morir da las gracias. Una vez me dijiste que lo harías». La leyenda dice que sí.