Comandante Durán
14 Fábrica de maleantes
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Fábrica de maleantes
Mar de papel y plata de monedas.
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
FEDERICO GARCÍA LORCA,
«Son de negros en Cuba»
El mundo podía ser maravilloso visto desde Finca Vigía. La Vigía, como se llamaba cuando la construyó en 1887 el arquitecto gerundense Miguel Pascual y Baguer, es una finca de unas cuatro hectáreas asentada sobre un antiguo fortín demolido del que adquirió el nombre. El lugar, una loma sobre el mar en el municipio de San Francisco de Paula, un pequeño pueblo pesquero a pocos kilómetros de La Habana, permitía una vista privilegiada bajo un sol hiriente del que convenía huir durante el día para acudir a su encuentro al atardecer, en el momento en que declinaba bajo la línea difusa y azulada del mar Caribe. Dice la leyenda que Miguel Pascual escogió aquel lugar alto, fresco y agradable para dar consuelo a su esposa, Teresa Serra, quien nunca se recuperó de la pérdida de dos de sus hijos. Dice la realidad que la nieta del fundador de La Vigía, Sara Pascual Canosa, fue la mujer de militancia más antigua en el Partido Comunista de Cuba.
Es de suponer que nada de eso sabía Ernest Hemingway cuando alquiló por primera vez La Vigía en abril de 1939. Tras romper con su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, había consolidado su relación con Martha Gellhorn. Hasta entonces, el hotel Sevilla y sobre todo el hotel Ambos Mundos habían acogido las estancias cada vez más frecuentes del escritor en la isla desde que llegara por primera vez en 1928. Su proximidad a Cayo Hueso, otro de sus lugares míticos en los cayos de Florida, su afición a la pesca y la activa noche habanera le sedujeron con creciente atracción. La habitación 511 del hotel Ambos Mundos, hoy pieza de museo dedicada al autor, estaba siempre disponible durante sus visitas. Su máquina de escribir, ante la que solía trabajar de pie cerca de la ventana que daba a la bulliciosa calle Obispo y al hermoso centro histórico de La Habana, sigue allí, como los muebles que constituyeron entre aquellas cuatro paredes su refugio y su fuente de inspiración durante una década. Fue Martha Gellhorn quien descubrió La Vigía y la que convenció a su amante para trasladarse a ella, primero en alquiler y después comprando la propiedad en diciembre de 1940.
La mansión conservaba la elegancia arquitectónica original y el encanto de la influencia peninsular e isleña. Las baldosas eran españolas y el mobiliario, cubano, como lo era su fachada colonial, con un amplio pórtico que se deslizaba por una escalinata blanca, el mismo color que confería una tonalidad homogénea y luminosa a toda la casa. El jardín, amplio y cuidado, de un verdor inagotable sólo alterado por el colorido vistoso de los macizos de rosales y orquídeas, constituía el complemento natural perfecto al blanco continuo que trascendía de la fachada. Los mangos y los almendros aportaban la dimensión necesaria para conformar en su conjunto un jardín delicioso, escenario de paseos y lecturas de la pareja de escritores norteamericanos que acababa de comprarlo.
Los Hemingway bautizaron la casa como Finca Vigía y realizaron algunas obras bajo la atenta supervisión de Martha. Tres edificaciones coexistían en la propiedad: la casa, la piscina y el bungalow para invitados, además de una cancha de tenis que hoy sirve de pabellón donde se exhibe el yate Pilar, la embarcación que el escritor utilizó en sus expediciones de pesca. Su cuarta mujer, Mary Welsh, añadió después una torre con un despacho en el que Hemingway pudiera trabajar sin interrupciones. Existía —y existe— también un cementerio de animales, la última morada de los cuatro perros que tuvo el autor en Finca Vigía, y por donde maullaban también el medio centenar de gatos que poblaban el jardín.
En la máquina de escribir Royal, que todavía se conserva, escribió Por quién doblan las campanas y El viejo y el mar. En ella también redactó aquella carta en la que proponía a Gustavo una asociación enigmática de la que no desveló más detalles.
Fuera de Finca Vigía convivían un país convulso bajo la primera presidencia de Fulgencio Batista y el pueblo maravilloso y vital que tanto atrajo a Hemingway. La presencia española en la isla se había acrecentado en las últimas décadas con las sucesivas oleadas de inmigrantes que veían en La Habana un destino de hipotética prosperidad. Los últimos en llegar habían sido los refugiados políticos provocados por la guerra, exiliados que, a su llegada, comprobaron con preocupación que abundaban los grupos falangistas y los círculos de españoles que simpatizaban abiertamente con el nuevo régimen franquista. Contra éstos, contra sus conspiraciones de salón, contra sus pretendidas veleidades germanófilas, dirigió Hemingway sus ansias recobradas de aventurero.
Desde principios de 1942 el escritor creó una red de informadores y confidentes para tener bajo control sus actividades. Denominó a esta organización de espionaje artesano The Crook Factory, la Fábrica de Maleantes, y se rodeó de españoles de confianza para ejercer de intermediarios con los informadores de base que habían logrado infiltrarse entre los casi tres mil militantes de Falange Exterior en La Habana. Entre los agentes reclutados había una variopinta representación de la colonia española en la isla: José Regidor, antiguo cabo de la Legión española, en el que el escritor confió por su experiencia militar pero que pronto se retiró de la misión entre acusaciones de cobardía; Roberto Herrera Sotolongo, hermano del médico personal de Hemingway, también español y exiliado republicano; el cura Andrés, un sacerdote vasco que decía haber empuñado las armas contra el ejército franquista; Félix Ermua, jugador de pelota vasca, alto y de complexión atlética, y Adonis Rodríguez, aviador republicano exiliado primero en la República Dominicana y después en Cuba.
Hemingway también intentó captar a su médico, el doctor Julio Herrera Sotolongo, capitán en la guerra española, pero éste se negó alegando que no deseaba convertirse ni en policía ni en espía. También figuraban sus leales amigos cubanos: Gregorio Fuentes, el carismático patrón del yate Pilar, nacido en Canarias pero emigrado en su infancia como polizón en un barco mercante que le llevó a Cuba, o René Villarreal, el más joven del grupo, en realidad un adolescente despierto que ayudaba en lo que podía y que sería durante años el mayordomo de Finca Vigía. Su mano derecha en la Crook Factory, y en casi todo lo concerniente a Cuba, seguía siendo su amigo británico Winston Guest, jugador de polo y atleta de complexión ancha que añadía a su encanto personal un lejano parentesco con el primer ministro británico Winston Churchill. Hemingway solía llamarle Wolfie.
Al tiempo que el escritor urdía su trama, entró en contacto con la embajada estadounidense para recibir el apoyo económico y diplomático que consideraba necesario. Sus primeros interlocutores fueron dos funcionarios de alto rango: el cónsul, Kenneth Potter, y el segundo secretario de la embajada, Robert P. Joyce, que actuaba también como coordinador de las actividades de inteligencia en la isla y como enlace con el FBI. La red contaba entonces con cuatro agentes dedicados íntegramente a ella y con catorce confidentes. El presupuesto mensual para mantener esa estructura no pasaba de quinientos
dólares[219]. Hemingway no sólo les confesó su proyecto de espionaje sino otra idea aún más temeraria: convertir su yate Pilar en una embarcación de guerra con la que detectar posibles submarinos alemanes. Si a su primer plan lo denominó Crook Factory, a este segundo lo llamaría Friendless.
Las dos propuestas eran ciertamente osadas y, muy probablemente, así habrían sido consideradas por ambos diplomáticos si no hubieran procedido del más ilustre ciudadano estadounidense en la isla. Hemingway hizo todo lo posible por facilitarles la decisión: ofreció Finca Vigía como lugar de encuentro de la red y estuvo de acuerdo en aportar dinero de su bolsillo para sufragar ambas operaciones, además de ofrecer el barco de su propiedad. Oficialmente, el gobierno norteamericano y la embajada quedarían al margen. Sólo necesitaba dinero y cierto respaldo extraoficial para no crear ningún problema diplomático. Los funcionarios escucharon atentos y condicionaron la respuesta a la decisión última del nuevo embajador llegado a Cuba en abril de 1942, Spruille Braden.
Braden no era ningún ingenuo ni aquél era tampoco su primer destino diplomático en América Latina. Por el contrario, podía jactarse de ser uno de los estadounidenses que mejor conocía el continente al sur del río Bravo. En él había vivido casi toda su vida, exceptuando su período de formación y algunos años de juventud. Pertenecía a una adinerada familia con intereses en Chile. La empresa familiar, Braden Copper, constituía un emporio que explotaba gran parte de la producción de cobre chileno. Estudió en Yale y se licenció como ingeniero de minas. Regresó a Chile, contribuyó a la construcción del ferrocarril y amplió el negocio y los beneficios de la firma. Pronto comenzó también a trabajar como delegado de otras multinacionales norteamericanas en Sudamérica, como la United Fruit y la Standard Oil. Convertido ya en una autoridad en el Cono Sur, con relaciones en casi todos los gobiernos y firmemente apoyado desde Washington y Wall Street, comenzó su carrera diplomática. Ascendió con celeridad en el escalafón diplomático pese a las críticas que denunciaban la difusa frontera que Braden trazaba entre los negocios particulares y su misión oficial. Su primer cargo como embajador lo desempeñó en Colombia entre 1939 y 1942. Desde Bogotá fue enviado a La Habana para ejercer la misma responsabilidad en un período condicionado por la guerra y en el que Braden intentó mantener con equidad su visceral animadversión hacia los fascistas y los comunistas.
Llegó a La Habana precedido de una merecida fama de hombre conservador y de modales rudos poco compatibles con la sutileza diplomática. Escuchó los pormenores de la propuesta de Hemingway y no reaccionó con desidia. Se interesó por ambos proyectos, ponderó sus consecuencias y, tras consultarlo con Washington, los aceptó. Sin embargo, en sus memorias aseguró que la idea de crear una red de confidentes partió de él y no del escritor. Según su versión, se reunió con Hemingway en el bar Floridita y allí le propuso organizar «un servicio de inteligencia que hiciera un trabajo por unos pocos meses hasta que llegaran los hombres del FBI. Esos españoles
tenían que ser vigilados mientras tanto»[220]. Braden es el único entre quienes han escrito sobre este episodio que se atribuye a sí mismo la gestación de la Crook Factory.
La amenaza no era tan considerable como la imaginación literaria de Hemingway presagiaba, aunque cierta alarma estaba justificada. Desde marzo de 1942 se habían avistado submarinos germanos en la zona llamada Cayería de Romano, y en una sola noche habían hundido dos mercantes cubanos, el Texan y el Olga, camino de Florida. Otros buques fueron atacados en los meses posteriores, amenazando así el suministro de petróleo desde los yacimientos venezolanos. La organización de espionaje, una vez obtenido el beneplácito de la embajada, comenzó a operar en septiembre de 1942. Hemingway coordinaba toda la información recibida y elaboraba un informe periódico con dos copias, una destinada a la legación y otra para uso de la Crook Factory.
Entretanto Gustavo permanecía en Washington, ajeno a estos avatares. La primera referencia le llegó por mediación personal de Martha Gellhorn, quien aceptó una invitación de Eleanor Roosevelt para visitarla y alojarse en la Casa Blanca. Durante el viaje aprovechó para verle y confirmarle que su marido estaba organizando una red de información en Cuba.
Desde un principio, Hemingway le había planteado a Braden la conveniencia de reclamar a Durán, elogiando su experiencia como militar y sus dotes para la organización. El embajador transcribió en sus memorias las palabras de Hemingway la primera vez que le habló de él: «Hay un hombre que deberías reclamar, y puedes hacerlo porque está trabajando en Washington para Nelson Rockefeller en la Oficina del Coordinador. Yo le mencioné un par de veces en Por quién doblan las campanas. Es Gustavo
Durán, un español»[221]. Braden cursó la solicitud a través de los cauces oficiales.
En agosto de 1942, mientras Durán se encontraba con su familia en Wilton, recibió una carta del Departamento de Estado. La firmaba Seldon Chapin, un funcionario de alto nivel de la administración exterior. Le informaba de que el gobierno de Estados Unidos necesitaba sus servicios en Cuba para contrarrestar la influencia falangista en La Habana. Durán sopesó con ciertas dudas la propuesta, aunque existían ventajas que compensaban los inconvenientes, incluida la tramitación urgente de la solicitud de nacionalidad. Tras aceptar, y con la celeridad que exigían las circunstancias, Gustavo Durán obtuvo la ciudadanía estadounidense el 3 de noviembre de
1942[222]. El día 9 recibió su pasaporte y el 12 de noviembre voló a La Habana con el cargo oficial de agregado cultural. Dos días después cumplió treinta y seis años.
Ernest Hemingway fue a recibirle al aeropuerto de La Habana. Fue un reencuentro amistoso, después de más de un año sin verse. Tras su presentación en la embajada, le condujo a Finca Vigía para explicarle los detalles de su misión. Se alojó en el bungalow de invitados próximo a la casa principal. Durante los siguientes días conoció personalmente a los integrantes de la red y se puso al corriente de sus actividades como supervisor de la organización e interlocutor con la embajada. Se convirtió, además, en el tesorero de la red, encargado de distribuir entre los informadores el dinero que aportaba la legación. Según René Villarreal, el adolescente que trabajaba en Finca Vigía, debido a esa tarea era conocido por todos como el Regidor: «Durante las ausencias de Papa [Hemingway] yo recibía las notas de sus conocidos y las guardaba hasta su regreso. Gustavo Durán frecuentaba La Vigía, recogía las notas y le dejaba dinero a Papa. Éste lo repartía entre las
personas que iban a verlo»[223]. No fue el único apodo que recibió en La Habana. Otros allegados le dieron el sobrenombre de Alejandro Magno, debido a que en sus conversaciones con otros exiliados se refería al conquistador griego como uno de sus maestros en teoría militar.
Varios de estos testigos recelaban de su posición y de su fulgurante conversión en ciudadano estadounidense. Herrera Sotolongo, el excapitán republicano y médico de Hemingway, le contó años después al escritor cubano Norberto Fuentes que Durán era «el hombre gris de Braden; se ocupaba de la información y era el jefe de todos los agentes… ¿Sabe quién fue el único exiliado español que entró en Estados Unidos en aquella época, después de terminada la guerra en España? Gustavo Durán. A mí no me admitieron por haber sido brigadista. Ni siquiera me admitieron en el US Army, porque yo quería combatir en Europa. Ni siquiera recomendado o ayudado por Hemingway, quien hizo lo posible por lograr que se me
enrolara»[224]. Sotolongo seguramente desconocía las circunstancias de su salida de España, su período en Londres y la entrada en Estados Unidos en calidad de marido de una ciudadana norteamericana. Tampoco era el único exiliado aceptado en Estados Unidos, aunque es cierto que la política de inmigración fue sumamente restrictiva.
Sobre el español pronto recayó la impresión de que no desempeñaba su trabajo con la entrega requerida. Aunque cumplía su cometido, Durán no parecía cómodo con aquella misión. Consideraba la Crook Factory una organización propia de aficionados que realmente no aportaba ninguna información de valor, porque poca entidad podían tener las reuniones de algunos falangistas a miles de kilómetros de Europa. Hemingway también parecía darse cuenta del progresivo distanciamiento de su amigo, pero lo cierto es que él mismo prestaba ya más atención a sus expediciones en el Pilar que al espionaje en tierra firme. René Villarreal fue testigo de la insistencia de Hemingway en que Gustavo le acompañara en el Pilar en algunos de sus viajes de inspección, y de las reiteradas negativas de éste a embarcarse.
El yate del escritor hacía tiempo que surcaba la costa cubana alejado de los bancos de peces aguja que tanto le fascinaban. Ahora buscaba submarinos alemanes. La embajada había aportado fondos y carburante para sus incursiones, además de cederle un técnico de radio, John Saxon. También había contribuido al remozamiento del barco en los astilleros del puerto habanero. No se había podido artillar el yate con dos ametralladoras de 50 mm, como había pedido, ni blindar sus costados con dos planchas de acero, pero había recibido armas cortas, algún fusil e incluso varias armas de mayor calibre. La tripulación había sido entrenada en Cayo Paraíso, donde realizaba prácticas de tiro y simulaciones de abordaje. Durante varios meses el Pilar patrulló por la Cayería de Romano y en la zona de Camagüey. Aunque surgieron muchas leyendas de aquella experiencia, alguna incluso atribuyéndole el avistamiento de un submarino luego hundido por la aviación, lo cierto es que, más allá de la aventura y la emoción, el saldo de la operación Friendless resultó tan decepcionante como el de la Crook Factory. Hemingway se inspiró en aquel episodio para escribir otra de sus obras, Islas en el golfo.
En consecuencia, durante esos primeros meses en Cuba la relación con Ernest Hemingway transcurrió de modo inversamente proporcional a la iniciada con el embajador Braden. Mientras que éste descubrió en Durán un valioso colaborador, el escritor comenzó a desmitificar a su amigo con la misma pasión con que antes lo había elevado a la categoría de héroe. Empezó a ver en él no al soldado sino al hombre, no al héroe sino al exiliado. Durán ya no parecía el mito que había elogiado en su novela, sino simplemente un hombre expulsado de su país, con una nueva familia, que trataba de labrarse un futuro. Resultaba tan tópico como cierto, y esa certeza desconcertó al escritor.
El creciente desencuentro entre ambos se fue evidenciando en pequeños detalles que tensaron la amistad. Alguno era irrelevante pero molesto, como la obstinación con que Hemingway insistía en que Gustavo durmiera con un revólver bajo la almohada, y que éste terminó aceptando pese a dejar claro que le parecía innecesario. Otras situaciones sembraron mayor discordia, como una cena en la que los invitados de Hemingway perdieron el control y acabaron arrojándose la comida entre sí. Durán puso fin a la escena con una reprimenda enérgica, para sonrojo y disgusto del autor. La irritación de éste aumentó cuando Gustavo le comunicó que pensaba traer a Bonte a vivir con él. Hemingway lo desaconsejó, al igual que Martha, pero el español insistió.
El 12 de diciembre de 1942 Bonte llegó al aeropuerto habanero de Rancho Boyeros. Gustavo hubiese preferido ir a recogerla en el modesto Ford que le había facilitado la embajada para sus desplazamientos, pero Ernest se empeñó en llevarle en su flamante Lincoln. Durante el trayecto se mantuvo taciturno y apenas habló. A Durán le incomodó la frialdad de su anfitrión, al igual que ciertos detalles físicos que prefirió pasar por alto, como el hecho de que no se hubiera afeitado ni lavado, y que interpretó, más que como una cuestión de higiene, como una descortesía. Según el relato posterior de los Durán a Carlos Baker, el recibimiento en el aeropuerto resultó igualmente distante, incomprensible para Bonte, quien, ajena al cambio de actitud, aún conservaba nítido el recuerdo del baile en el Stork Club y las palabras elogiosas hacia su marido pronunciadas por la voz grave de la misma persona que ahora parecía haber enmudecido. De camino a Finca Vigía pararon a desayunar. Hemingway pidió café para los tres y le sirvió a Bonte. Tras hacerlo le preguntó agriamente si no iba a dar las gracias, a lo que ella respondió con incomodidad un débil «gracias». Prácticamente se convirtió en la última palabra pronunciada durante el resto del viaje.
En el transcurso de los siguientes días ambos matrimonios procuraron evitar la ruptura abierta, pero comprendieron que se habían quebrado de modo irreversible la amistad y la confianza que habían sustentado la relación. Al distanciamiento progresivo entre ambos amigos se sumaron los gestos de displicencia de Martha hacia Bonte. Ya no se trataba de simples malentendidos, sino de la expresión de una rivalidad en la que Martha asumía el papel homólogo al que Ernest mantenía con Gustavo. Lo hacía de un modo más sutil, pero intentando dejar en evidencia a su invitada con motivos aparentemente triviales, casi siempre relacionados con el vestuario de Bonte. En las Navidades de 1942, con motivo de una recepción oficial de la embajada a la colonia norteamericana en los jardines del hotel Nacional, Hemingway y Martha Gellhorn mantuvieron una airada disputa. Cuando él se marchó, los Durán condujeron a Martha a Finca Vigía.
Pocos días después, Gustavo y Bonte regresaban tras haber pasado una velada con unos amigos. El conductor tocó accidentalmente el claxon muy cerca de la habitación donde dormía Martha. Eran las tres de la madrugada. A la mañana siguiente, Hemingway se dirigió al bungalow reprochándoles que aquel ruido había despertado a su mujer y que le había costado tanto volver a conciliar el sueño que había tenido que tomar píldoras. «No sé quiénes eran tus amigos, pero si hubiera tenido un arma ten la seguridad de que les habría
disparado», comentó Ernest en el momento más álgido de la disputa[225]. Fue el límite. Ese mismo día Gustavo y Bonte hicieron su equipaje y se marcharon al hotel Ambos Mundos. Apenas habían transcurrido unas horas cuando recibieron unas rosas con una nota escrita de Martha: «Siento mucho que no hubiera más habitaciones en la casa para vosotros». Ocho años de amistad concluyeron en aquel momento.
Carlos Baker comenta en su biografía de Hemingway otro incidente posterior. Durante una reunión en la embajada, en presencia de varios funcionarios, el escritor comenzó a atacar verbalmente a Gustavo «con toda la crueldad de la que era capaz. Gustavo digirió amargamente la reprimenda,
mudando de color, poniéndose primero rojo y después blanco»[226]. Durán se levantó y se marchó. Hemingway preguntó entonces a uno de los asistentes si creía que había sido demasiado duro. Cuando le dijeron que sí, excesivamente duro, se limitó a encogerse de hombros.
Robert Joyce, el segundo secretario de la embajada, ofreció una versión coincidente del enfrentamiento entre ambos:
Cuando Durán se hizo cargo de la Crook Factory, se dio cuenta
rápidamente de que la información recopilada no contenía ningún dato
realmente valioso. A continuación, comenzó a pasar cada vez más tiempo
en la embajada como agregado cultural. Le hizo ver a Hemingway que
tenía poco interés en la Crook Factory. EH consideró esto una traición a
su amistad y reaccionó con furia. Una noche vino a mi apartamento en La
Habana y me dijo: «Gustavo es un malnacido y le he expulsado de la
Crook Factory». Desde entonces, EH trató a Durán y a su atractiva mujer
con la mayor frialdad[227].
Gustavo y Bonte se mudaron al hotel Presidente pocos días después y en él permanecieron hasta marzo. Ese mes Bonte viajó a Estados Unidos para traer a su hija Cheli a vivir con ellos. A su vuelta ocuparon una vivienda en la calle 24 de Miramar, una zona elegante y residencial de la ciudad, propia de funcionarios y diplomáticos. Liberado de su responsabilidad en la Crook Factory, Durán se centró en su trabajo en la embajada como agregado cultural, aunque en la práctica su labor se asemejaba más a la de un consejero personal del embajador. Se encargaba de elaborar a diario un resumen y análisis de la prensa, le escribía los discursos y le llevaba la agenda. También redactaba unos boletines periódicos a los que llamaba «La voz de la calle», que pretendían recoger las tendencias de la opinión pública sobre asuntos que interesaban al Departamento de Estado y que eran particularmente apreciados en la legación. Braden diría años después que
era extremadamente eficaz. Traducía mis discursos con términos casi
literarios, mantenía contactos muy útiles con los ambientes culturales a
favor de las relaciones cubano-estadounidenses y ayudaba a otros
miembros de la legación cuando se trataba de actividades nazis, fascistas
o comunistas. Resultaba especialmente útil en lo que se refería a los
comunistas, porque conocía perfectamente las diferencias entre
comunistas, socialistas, anarquistas y sindicalistas y entre estalinistas y
trotskistas, como podía esperarse de un veterano de la Guerra Civil
española. Muchos de sus informes eran fuertemente anticomunistas [228].
Pese al escaso tiempo transcurrido desde su llegada, Gustavo mantenía ya una intensa actividad social debido a sus cualidades personales y, en parte, gracias a la atracción que ejercía su puesto oficial sobre las autoridades cubanas. También tenía en la isla antiguos amigos, conocedores de su vida anterior a la guerra. Fue el caso de José María Chacón y Calvo, el crítico literario y amigo de Lorca, entonces director general de Cultura del Ministerio de Educación cubano. Por mediación suya, Chacón fue invitado a la escuela española de verano de Middlebury. A su regreso publicó una serie de artículos en el periódico más importante de la isla, Diario de la Marina, expresando su fascinación por la intensidad cultural que había presenciado en aquel foro. El escritor Juan Marinello, autor de Hombres de la España leal, era entonces ministro de Batista, durante el período de entendimiento entre el futuro dictador y los comunistas cubanos. También, a instancias de Braden, Gustavo Durán comunicó personalmente al muralista mexicano David Alfaro Siquetros, entonces de paso en La Habana, la negativa del Departamento de Estado a autorizar su entrada en Estados Unidos. Durán y Siquetros se habían conocido durante la Guerra Civil.
Otro de los antiguos amigos con quien se reencontró en La Habana fue Alejo Carpentier. Éste le introdujo en una Cuba más profunda y auténtica, alejada de las recepciones y de los centros del poder, con escapadas a rituales de santería y a espectáculos de música cubana, o mediante simples paseos por el centro histórico de la ciudad. La huella del español en el autor cubano puede observarse en Enrique, personaje central de su novela La consagración de la primavera, algunos de cuyos datos biográficos se asemejan a los de Gustavo Durán. Durante un encuentro posterior en Caracas en 1947, Alejo le escribió una dedicatoria alusiva a su estancia en Cuba: «Para Bonte y Gustavo Durán. Afectuoso recuerdo de una temporada cubana que le roncó al clarinete este contrapunto de órganos y maracas. Con un abrazo de Alejo. Caracas,
abril de 1947»[229]. Julián Orbón, el excelente músico de origen asturiano afincado en Cuba, sería otro de sus más preciados conocidos en la isla.
Carpentier y Durán se habían conocido en París cuando
Gustavo aún pensaba que dedicaría su vida a la música. A
pesar de la guerra y el exilio, ambos mantendrían una cálida
relación, como muestra esta dedicatoria de Alejo para
Bonte y Gustavo.
Con o sin Gustavo, lo cierto es que la Fábrica de Maleantes languideció con el tiempo hasta convertirse, a partir de abril de 1943, en una organización fantasmal que ya nadie coordinaba y a la que la embajada había dejado de apoyar. En ello influyeron la llegada a la isla de varios agentes del FBI y el recelo que éste había mantenido siempre hacia redes de información paralelas que escapaban a su control. Se añadía además la propia desconfianza de su director, Edgar Hoover, hacia Ernest Hemingway. Existía cierta obsesión personal en su caso, agravada tras la guerra de España por las simpatías personales que Hemingway había forjado en ella. El escritor había expresado, por el contrario, su desprecio hacia la organización policial, a la que había definido como la Gestapo estadounidense. El FBI tampoco había olvidado que, tras el arresto en Detroit de un grupo que había promovido el reclutamiento de voluntarios con destino a las Brigadas Internacionales por presunta violación de la neutralidad estadounidense, el futuro premio Nobel había suscrito un manifiesto de denuncia por esa acción. La llegada de Gustavo Durán constituyó un elemento añadido de sospecha.
Aunque ninguno de los dos lo sabía, Hemingway comenzó a ser vigilado por agentes del FBI destacados en Cuba desde octubre de 1942. Durán se convirtió igualmente en un objetivo de seguimiento desde el mismo momento de su presencia en la isla un mes después. Todos sus movimientos fueron ampliamente conocidos en el despacho de Hoover, en una suerte de paradoja en la que el presunto espía pasó a ser el espiado. Comenzó entonces un largo historial de expedientes, informes y delaciones encabezados con el nombre del español.
Gracias a la Ley de Libertad de Información, hoy es posible consultar el expediente del FBI sobre Ernest Hemingway. Tiene más de cien páginas. Una quinta parte corresponde a información referida a Gustavo Durán. Muchas de sus páginas aún están censuradas total o parcialmente, pero de su lectura se deduce un interés especial en su seguimiento, así como un arduo trabajo de investigación, entrevistas y también interrogatorios a fin de obtener información sobre su persona. La acusación que con más insistencia se repite es la de su pasado comunista en España.
La eficacia del FBI queda probada por el hecho de que el primer informe confidencial redactado sobre la misión cubana de Durán está fechado el 9 de octubre de 1942, un mes antes de su llegada a la isla. Su autor fue un agente del FBI que actuaba amparado en su pertenencia al cuerpo diplomático. Se trataba del consejero jurídico de la embajada, R. G. Leddy, y a él se debe gran parte de la información remitida desde La Habana. En aquel primer informe anunciaba la inminente llegada del español a petición de Hemingway. A esta primera referencia siguieron muchas otras, con mayor intensidad desde agosto de 1943, siempre con el carácter de confidenciales y dirigidas a la atención personal del director, Edgar Hoover.
El informe más extenso consta de diez páginas y está fechado el 13 de agosto de ese año, cuando Durán ya había abandonado sus actividades en la Crook Factory y trabajaba exclusivamente en la embajada. Contiene datos importantes sobre las circunstancias de su viaje a La Habana. Confirma que Hemingway reclamó a Braden su presencia asegurándole que era «un genio
intelectual y militar de los que sólo surgen una vez cada cien años»[230]. Originalmente, según el informador, su misión tendría una duración estimada de treinta días, pero el embajador Braden valoró tan positivamente su trabajo que en enero de 1943 le nombró miembro del Servicio Exterior Auxiliar. El autor del informe matizó que Braden «tenía una alta consideración de sus capacidades».
Para completar los datos, el informador recurrió a otras personas conocidas de Durán y que hablaron sin ser conscientes de que sus palabras formarían parte de un informe policial. Se entrevistó, entre otros, al padre de Juan Chabás, el escritor y amigo de Gustavo. Juan Chabás padre había sido juez en España y residía en Cienfuegos como exiliado desde el término de la Guerra Civil. Ignorando que era víctima de un interrogatorio, afirmó que había conocido mucho a Gustavo, que había sido gran amigo de su hijo y que ambos habían sido militares en la guerra. Al preguntársele si había sido militante del Partido Comunista, el anciano, de setenta y cinco años, afirmó: «Sí, Gustavo llegó a ser comunista. Pero por lo que yo sé no lo era al comienzo de la guerra. Tuvo muchos amigos comunistas y trabajó con ellos».
El propio Gustavo Durán fue víctima de un engaño similar. Otro informador, consignado en el dossier con la clave SIS498, habló extensa e informalmente con él sobre su pasado. La conversación tuvo lugar el 30 de julio de 1943 y el diálogo se centró en la guerra y en la presencia soviética en España. Durán afirmó que, al estallar la guerra, mucha gente simpatizó con los comunistas por su capacidad de organización y porque la Unión Soviética fue el único país que envió ayuda militar al gobierno republicano. El informante anotó que, al referirse a los comunistas, siempre utilizaba la expresión «ellos» y nunca se incluía como uno más.
Ninguno de estos informes logró alterar la vida de los Durán. Permanecieron en La Habana hasta la conclusión de la guerra. Bastantes hechos se sucedieron en aquellos meses: las propias noticias procedentes de Europa o una operación quirúrgica a la que Gustavo fue sometido a principios de 1945. Pero hubo también momentos felices, especialmente el nacimiento de su segunda hija, Jane Romilly Durán, el 2 de octubre de 1944. De ella diría poco después a su amigo Federico de la Iglesia: «Su nacimiento precedió a uno de los más terribles ciclones que la isla ha conocido. Naturalmente, tanto Bonte como yo interpretamos la coincidencia como un anuncio de las grandes cosas que el futuro le tiene reservadas. Es rubia y tiene los ojos azules, como Cheli. Su nombre es Jane. Su carácter, el más dulce y tranquilo que he visto
en mi vida»[231].
La buena nueva coincidió casi en el tiempo con otro cambio decisivo en su vida. Con la guerra a punto de concluir, Braden fue nombrado embajador en Argentina y le pidió a Gustavo que le acompañara. Lo que en apariencia no revestía mayor trascendencia que un nombramiento diplomático convencional, ocultaba una estrategia de calado destinada a evitar la llegada a la presidencia de la república de un coronel populista con estrechos vínculos con los intereses alemanes; se llamaba Juan Domingo Perón. Durán aceptó y dispuso su viaje a Buenos Aires.
Antes de abandonar Cuba, Gustavo y Hemingway coincidieron por última vez en una recepción en la embajada estadounidense. Frente a la balaustrada del balcón, Durán se acercó para saludarle. El norteamericano le preguntó por su hija Cheli. En alusión a la pequeña Jane, respondió que ahora tenía dos hijas. Abruptamente, Hemingway le miró y añadió: «Vaya, veo que te has
arreglado muy bien para no ir a la guerra, ¿no?»[232]. Durán no respondió. Se dio media vuelta y dejó solo al escritor que una vez le creyó un héroe, con la amargura de aquella ofensa como el último recuerdo de una amistad definitivamente rota. Nunca más volvieron a verse.