Comandante Durán

Javier Juárez · Capítulo 17 de 25

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Comandante Durán

13 «Tu amigo. Ernesto»

13

 

«Tu amigo. Ernesto»

 

¿Mi tierra?

Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?

Mi gente eres tú.

 

LUIS CERNUDA,

«Contigo»

 

Los Durán llegaron a Estados Unidos el 28 de mayo de 1940 viajando por separado en dos barcos distintos por razones de seguridad. El visado de entrada de Gustavo en el país lo había gestionado su cuñado Michael Straight, entonces un funcionario de alto nivel de la administración Roosevelt. Desembarcaron en Nueva York. Para Bonte representaba volver a casa. Para él, la visión imponente de la ciudad un día soleado de primavera constituyó su primer contacto con el mundo idealizado en el que había depositado tantas esperanzas.

Reaccionó con generosidad a la generosidad que percibió en su acogida. Creía en Estados Unidos como democracia, como un país en el que gozar de la libertad que no disfrutaba el suyo, donde no importaba el pasado, pensaba, sino el futuro. Y no albergó dudas sobre sus posibilidades aunque afrontara un dilema laboral de difícil resolución. No poseía experiencia profesional, ni titulación académica, ni oficio concreto más allá de su actividad como doblador de películas en un país que no los necesitaba, y su carrera militar en un país en el que no podía ejercerla. Le quedaba la música, en su doble faceta de compositor y musicólogo, y otro valioso activo: amistades, algunas de ellas influyentes.

A mediados de julio Ernest Hemingway llegó a Nueva York. Se alojó en una suite del hotel Barclay, a muy poca distancia de la sede de su casa editora Scribner’s. Invitó a Durán a visitarle, como a otros amigos comunes en la ciudad. Robert Capa y John Ferno, ayudante de Ivens en el rodaje de Tierra de España, también acudieron. Los Durán residían entonces en Highfield, la casa de verano de la familia Crompton en Wilton, New Hampshire. Ernest convenció al español para que compartiera su habitación durante unos días. El escritor mantuvo en todo momento una actitud paternal y amistosa hacia él, mostrándole la ciudad y guiándole en la búsqueda de los artículos que necesitaba. Incluso se ofreció a pagar algunos de sus gastos. Gustavo agradeció el gesto pero lo rechazó.

Sus conversaciones más habituales giraban en torno a la novela, prácticamente conclusa. Le confirmó que había decidido su título definitivo, Por quién doblan las campanas, y leía a diario las hojas manuscritas en presencia de Gustavo. Uno de aquellos días, el periodista del New York Times Robert van Gelder fue a entrevistar al autor. Durán estaba presente. En su primera respuesta, Hemingway aseguró que llevaba diecisiete meses trabajando intensamente en el libro. Mientras respondía cruzaba palabras con Gustavo en inglés, francés y en su imperfecto español. De repente, fue éste quien interfirió asumiendo el papel de entrevistador: «¿Aproximadamente

cuántas palabras escribes cada día?»[200], inquirió Gustavo ante la sorpresa del periodista y la mirada atónita de Hemingway, quien no sabía si responder. Lo hizo sin precisión, de modo genérico: unos días muchas y otros pocas, aseguró, para después afirmar: «¿Por qué demonios quieres saberlo, Gustavo?». «No sé —respondió—. Es interesante». A partir de ese momento, la entrevista literaria derivó en una conversación sobre la guerra y la responsabilidad de quien toma decisiones que pueden suponer la muerte de muchas personas, con Durán como protagonista del relato. En presencia de Van Gelder, hablaron sobre los amigos comunes y su suerte, sobre los que habían muerto, los que una vez en Rusia habían sido fusilados, la pareja de exiliados, de la que el periodista no cita el nombre aunque podría tratarse de Alberti y María Teresa, finalmente acogidos en Argentina. Durán les abandonó un instante para atender una llamada telefónica y Hemingway aprovechó para comentarle al periodista que mientras escribía el libro había pensado mucho en él, que le hubiera gustado tenerle cerca para obtener información y debatir ideas. «Ahora que finalmente le he encontrado — añadió— el libro está a punto de ser impreso, no puede ser cambiado».

Aunque era cierto que el libro estaba ultimado, le insistió en que revisara las pruebas, en que corrigiera sus expresiones en español, sus tacos malsonantes, los modismos coloquiales y sus referencias a la zona de Valsaín donde se desarrollaba la acción, y que Gustavo conocía perfectamente. Durán regresó a Wilton con el compromiso de hacerlo, mientras que Hemingway permaneció en Nueva York.

De nuevo en La Habana, el escritor envió otra carta a Gustavo el 13 de agosto confirmándole que esperaba su revisión de las pruebas para que, una vez corregidas, las remitiera a Scribner’s. A través del texto surgía también un autor más dubitativo de lo que solía mostrarse. Hemingway trasladaba a su amigo el dilema que representaba escribir sobre un país que en el fondo, aseguraba, no conocía tan bien. Se sentía inseguro y con poca confianza en poder captar el sentir de los españoles. Confesaba que esa parte de su trabajo le disgustaba y le parecía incluso embarazoso haberle encargado la misión de corregir sus errores, los del lenguaje y los históricos, los relativos a una guerra de la que consideraba a Gustavo un héroe, su héroe, llegó a reconocerle, en una actitud elogiosa en la que no solía incurrir:

 

Y también odio que tengas que hacerlo tú, como te he explicado en

Nueva York, porque no tengo ningún derecho a escribir de España, ni de

los españoles, ni del Movimiento, ni de la guerra, y me siento realmente

disgustado de que tú, que eres un héroe para mí (sé que yo mismo te dije

que no convenía tener héroes, pero tú has sido el mío en esta guerra y no

puedo evitarlo), leas lo que yo escribo precisamente sobre ello[201].

 

El español representaba en aquel momento para el norteamericano la simbiosis perfecta del intelectual y el hombre de acción, la encarnación de su propio ideal, el mito al que aspiraba en su literatura y en su vida.

Gustavo revisó las pruebas y, en una primera lectura íntegra, «no quedó muy impresionado por el español de Ernest. Por otra parte, y con alguna

reserva, encontró el libro sorprendentemente efectista»[202]. La lectura de la novela le permitió viajar en el tiempo a un escenario poblado por personajes fácilmente reconocibles aunque el autor hubiera alterado sus nombres en la ficción. En sus páginas aparecía el general Walter, llamado Golz en el libro; el periodista ruso Koltsov, ligeramente distorsionado como Karkov, y el general Lukács o André Marty. Robert Jordan, el norteamericano protagonista del relato, se inspiraba vagamente en Robert Merriman, profesor de economía en la Universidad de California, responsable del Batallón Lincoln y posteriormente jefe de Estado Mayor de la XV Brigada Internacional, a quien Gustavo había tratado durante la batalla del Jarama. Merriman desapareció misteriosamente en abril de 1938 en los combates del frente de Aragón. Tanto Jordan como María, la española que se enamora del activista norteamericano, reproducían el propio mundo interior de Hemingway: su personal visión de la guerra y del amor, el ensalzamiento del héroe solitario y su sacrificio.

Por quién doblan las campanas se editó a finales de aquel verano de 1940 y constituyó un éxito inmediato. En octubre la Paramount Pictures compró los derechos para su adaptación al cine por cien mil dólares.

Gustavo Durán aparece mencionado en dos ocasiones en la obra de manera superficial junto con otros militares de prestigio. Luego, en el capítulo 30, Hemingway le dedicó una descripción individual y elogiosa que quedaría para siempre asociada a la imagen literaria del español, elevando su condición a la de personaje mítico. La admiración que Hemingway refleja supera las virtudes de Jordan, el protagonista-héroe de la novela. Si éste es un dinamitero profesional, un guerrillero idealista, poco tiene de extraordinario en comparación con Durán, el amigo Durán, el «niño bonito» reconvertido en gloria militar:

 

Te has portado muy bien, para ser sólo un profesor de español en la

Universidad de Montana —pensó, tomándose el pelo a sí mismo—. Te

has portado bien para ser un profesor. Pero no vayas a figurarte que eres

un personaje extraordinario. No has llegado muy lejos por ese camino.

Piensa simplemente en Durán, que no había recibido nunca instrucción

militar, que era un compositor, un niño bonito antes del Movimiento y

ahora es un general de brigada rematadamente bueno. Para Durán ha sido

todo tan sencillo y tan fácil de aprender como el ajedrez para un niño

prodigio. Tú estás estudiando el arte de la guerra desde tu infancia, desde

que tu abuelo empezó a contarte la guerra norteamericana. Salvo que tu

abuelo la llamaba siempre «la guerra de rebelión». Pero al lado de Durán

eres como un buen jugador de ajedrez, un jugador muy sensato y de buena

escuela frente a un niño prodigio. El amigo Durán. Sería bueno volverle a

ver. Le vería en el Gaylord, cuando esta guerra termine. Sí, cuando

termine esta guerra[203].

 

No le vio en el Gaylord, sino en Nueva York, y le vería en muchas otras ocasiones. El Gaylord seguía en Madrid, cumpliendo su función de hotel exclusivo. Ya no servía de cuartel general a la delegación soviética ni a los mandos de las Brigadas Internacionales. Muy cerca de él continuaba la antigua vivienda de José Durán en Alberto Bosch, donde aún vivía Carmen antes de que su rastro se perdiera para siempre en la España gris y difusa de la posguerra.

El 16 de septiembre de 1940 Gustavo recibió respuesta a una carta remitida semanas antes. La contestación era breve, casi telegráfica, pero en ella no importaba tanto el contenido como el remitente. El papel oficial llevaba membrete de la Casa Blanca. La primera dama, Eleanor Roosevelt, confirmaba la recepción de una carta previa de Durán y otra de Leonard Elmhirst recomendando que le concediera audiencia. La referencia de éste era un aval de poderosa influencia, siendo los Roosevelt admiradores de su labor, aunque también debió de suscitar interés el hecho de tratar con un protagonista de una guerra en que las simpatías personales de ambos se habían dirigido hacia el gobierno republicano. Quizá conocían el personaje a través de Hemingway cuando éste proyectó Tierra de España en la Casa Blanca, y es probable que ya hubieran leído la descripción que aparecía en la última novela del escritor.

Eleanor Roosevelt dio satisfacción a su curiosidad personal y al interés del exiliado español:

 

Querido señor Durán:

He recibido su carta y la que me envía en nombre del señor Elmhirst.

Lamentablemente, sólo estaré en Washington unas horas el próximo

miércoles con motivo de un mitin. ¿Le importaría venir a Hyde Park un

día, cualquier sábado o domingo, o prefiere esperar a que pueda recibirle

en Washington? Atentamente, Eleanor Roosevelt[204].

 

A Gustavo le era indiferente el lugar del encuentro pero estaba impaciente por celebrarlo. Diez días después, la secretaria de Eleanor Roosevelt le citó a una recepción informal, un almuerzo con el presidente y su mujer. «La señora Roosevelt estará encantada de recibirle en su casa de Hyde Park para almorzar el sábado, 6 de octubre, a la una en punto», decía la nota oficial que acompañaba a la invitación con indicaciones prácticas sobre la forma de

acceder a Hyde Park[205].

Llegó puntual y fue recibido con una cordialidad superior incluso a la que preveía. Varios congresistas y senadores estaban presentes, aunque muy pocos, además de Durán, se quedaron a la comida íntima que los Roosevelt habían organizado. Junto con el español se sentó a la mesa el multimillonario Nelson Rockefeller. No es difícil suponer que la realidad de dos guerras también estuvo presente: la española, de la que Durán debió de hablar, y la europea, sobre la que debió de escuchar, sin perjuicio de que su opinión comprometida contra el nazismo añadiera puntos de vista a los propios del hombre que administraba los destinos de Estados Unidos. El encuentro sirvió para confirmar las impresiones positivas que todos se habían hecho con anterioridad, aceptando los Roosevelt que las referencias sobre su invitado español no eran desproporcionadas, y asumiendo Durán que la popularidad que sostenía al presidente estaba fundamentada en sólidas convicciones. Nelson Rockefeller también se llevó una impresión positiva de aquel encuentro y de la presencia del español.

En octubre de 1940, coincidiendo con aquella cita, Bonte y Gustavo se trasladaron a vivir al número 55 de Boston Post Road, Rye, Nueva York. Necesitaban un hogar propio. Bonte estaba embarazada y esperaban su primera hija para la primavera. Pese a la creencia de que ella aportó al matrimonio un patrimonio considerable y de que ambos vivían desahogadamente, lo cierto es que, durante aquellos primeros años, atravesaron algunas dificultades económicas y siempre vivieron en casas ajenas o alquiladas. No pudieron comprar su primera vivienda en Estados Unidos hasta su regreso de Chile años más tarde.

En esa época, Gustavo dedicaba el tiempo a sus estudios, a avanzar en el conocimiento de la música autóctona americana, que siempre le había interesado, pero aún no tenía una ocupación concreta. Según escribió en una anotación personal referida a esas fechas, «sigo visitando asiduamente la Public Library, consultando obras de toda clase y tomando notas que en su día me puedan servir. Mato el tiempo sobrante componiendo o tocando el

piano»[206].

A su nueva dirección llegó también la correspondencia que le vinculaba con el resto de los exiliados dispersos por todo el mundo. Desde Colombia, donde sobrevivía colaborando con una editorial, el exgeneral Menéndez le ofrecía su visión desesperanzada sobre el destino de España y las posibilidades reales de cambio:

 

Yo no veo tan cerca [el regreso] como lo ven algunos insensatos o

ilusionistas. La verdadera razón de no ver yo tan próximo nuestro regreso

no se funda naturalmente en que España esté a gusto con sus actuales

gobernantes, sino en la crisis de hombres que la República tiene. Por si

fuera poco, la expatriación ha envilecido a muchos, ha desanimado a otros

y ha anulado definitivamente al resto… Le echo a Vd. muy de menos,

como a todos los buenos amigos que no olvido a ninguno. Hoy por correo

separado escribo a Federico de la Iglesia. Cuánto me gustaría algún día

colaborar con ustedes de nuevo en beneficio de nuestra Patria, pero no en

son guerrero ni mucho menos, sino en obra de paz que la falta de

inteligencia de sus gentes apartó para tanto tiempo[207].

 

Díez Canedo le escribió meses más tarde en términos similares:

 

Yo creo que después de lo que hemos visto, no quedan ya más que

dos divisiones a hacer entre los españoles: de un lado las personas

DECENTES, y de otro, los que no lo son. Y no hago distingos entre decencia

pública y decencia privada. Me parece que todos nosotros estamos mucho

más de acuerdo con una persona decente, por monárquica y absolutista

que sea, que con un indecente sinvergüenza más antifascista que quien

quieras. Tengo la casi absoluta certeza de que las personas que de buena

fe apoyaron el fascismo en España, están a estas horas tan hartas de

sinvergüenzas como lo estamos nosotros[208].

 

Gustav Regler se encontró con Durán en Nueva York y le propuso que se trasladara a México junto a otros amigos comunes: Bergamín, Neruda, cónsul de Chile, o Adolfo Salazar. Regler acababa de publicar su libro sobre la guerra en España, The Great Crusade, casi de forma paralela a la novela de Hemingway, y preparaba otro para el que solicitaba ayuda a Durán, particularmente información sobre la defensa de Madrid y la quinta columna. «María Teresa me decía en París que tú conocías infinidad de episodios

relativos a esa peligrosa organización», le diría en una de sus cartas[209].

En enero de 1941, tras contraer matrimonio, los Hemingway se reencontraron con los Durán en Nueva York. Se alojaron en el hotel Lombardy, el favorito de Martha. El objeto de su visita era cobrar personalmente el cheque de cien mil dólares por los derechos cinematográficos de Por quién doblan las campanas. Bonte, a su vez, estaba entusiasmada con la idea de conocer personalmente al escritor. Ella y Gustavo acompañaron a Ernest y Martha durante varios días, frecuentando los locales en torno a Times Square, donde un eufórico Hemingway bromeaba y mostraba el cheque retando a quien quisiera cobrar a hacerlo con cargo al importe reflejado y devolverle en metálico el resto de tan colosal fortuna. Ernest prometió a Gustavo las gestiones necesarias para asegurarle un puesto en el proyecto cinematográfico. Con tantos motivos para la alegría —el reciente matrimonio, el embarazo de Bonte, el dinero y el reencuentro—, los cuatro acabaron una noche en el Stork Club. Bonte recordaría años después que, mientras Ernest bailaba con ella, le confesó que Gustavo era el primer héroe real que había conocido desde su infancia y que le consideraba un gran

hombre. Tal y como le reconoció a Carlos Baker[210], se sintió en aquel instante enormemente orgullosa y feliz. No fue la única sorpresa que le depararon aquellas jornadas.

En los siguientes días asistieron a varias reuniones que representaron un contacto de excepción con el mundo literario anglosajón. En el Club 21 conocieron al novelista Dashiell Hammett. Días más tarde se reunieron con Archibald MacLeish y Aldous Huxley. Una tarde Hemingway invitó al escritor británico H. G. Wells. La recreación radiada de su exitosa La guerra de los mundos, escenificada por Orson Welles, todavía se comentaba en la ciudad con una mezcla de admiración y congoja. Ernest y Gustavo bebieron whisky, al que el español ya se había habituado, ante la conversación pausada, serena, de aquel venerable y respetado escritor, inconfundiblemente británico, aferrado a su taza de té.

Tras aquellas jornadas, posiblemente las más felices en la relación entre ambas parejas, los Hemingway se trasladaron a California, donde Ernest concretaría con su amigo y actor Gary Cooper la interpretación del papel de Robert Jordan en la película. Después viajaría con Martha a China. No regresaron a Cuba hasta mayo.

El inicio de 1941 fue también prometedor para Gustavo por otros motivos. Luis Buñuel, tras un azaroso exilio en Francia y Estados Unidos, había sido nombrado director de documentales del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Iris Barry, mujer progresista y esposa del vicepresidente del museo, John E. Abbott, había conocido su obra en los círculos surrealistas londinenses y debatido intensamente sobre ella en las tertulias de la London Film Society. Barry. Al conocer la escasa fortuna de Buñuel en Hollywood, le reclamó para catalogar, editar y doblar al español y al portugués documentales favorables a Estados Unidos. El objetivo último era difundir propaganda aliada en el contexto de una mayor aproximación de Washington a las repúblicas latinoamericanas y contrarrestar la preocupante influencia germanófila en algunos de estos países. Protegido por la mano generosa de Barry, Buñuel pudo constituir un equipo profesional integrado por sus amigos exiliados. A él se incorporaron el compositor Gustavo Pittaluga, Eduardo y Pablo Ugarte, y también Gustavo Durán.

Hasta entonces, Gustavo había pronunciado algunas charlas radiofónicas sobre el folclore latinoamericano en la emisora WNYC, pero éste puede ser considerado su primer empleo estable desde que llegara a Estados Unidos. Buñuel se adjudicó el mérito de haber contratado a su amigo, aunque también se contradijo al respecto. En la extensa entrevista que mantuvo con Max Aub años después, al referirse a su empleo en el MOMA aseguró: «Entonces me encontré ya a Gustavo Durán y a Gustavo Pittaluga. Gustavo Durán era

assistant associate [211] y chief editor . Nada menos». Sin embargo, en esa misma entrevista se corrigió a sí mismo: «Luego, en Nueva York, lo metí yo en el Museo de Arte Moderno, y por poco me desbanca. Todos lo adoraban.

Nunca he visto a una persona con más simpatía»[212]. Parece más verosímil atribuir a la influencia de Nelson Rockefeller, presidente del MOMA y uno de sus fundadores, su cargo oficial en la institución: director musical del departamento cinematográfico.

Durán trabajó en el MOMA, en la calle 53 de Nueva York, entre febrero y octubre de 1941. La misión encomendada suponía un trabajo arduo. Buñuel montaba de nuevo los documentales, Pittaluga o Durán componían la música y Eduardo Ugarte escribía los comentarios que luego se grababan y quedaban sonorizados en la copia final, ya apta para su distribución. Buñuel mantuvo siempre cierta discreción sobre su labor en el MOMA, que desde el punto de vista artístico carecía de la creatividad que anhelaba aunque no estuvo exenta de calidad. El cineasta aragonés, por ejemplo, montó una versión reducida de El triunfo de la voluntad, de la cineasta alemana Leni Riefenstahl, obra maestra del cine propagandístico. Pittaluga llegó a hablar de dos mil obras reeditadas y sonorizadas por el equipo en el que él colaboró, lo cual posiblemente es exagerado pero ofrece una idea del ritmo del trabajo encomendado. «Buñuel no debería ser tan modesto con sus obras secundarias, ignorando su labor en el Museo de Arte Moderno. La verdad es que Luis creó allí tal vez 2000 obras magníficas. Nosotros recibíamos documentales anodinos, materia prima a veces deleznable, que el equipo del Museo, y concretamente Buñuel, transformaba en películas maravillosas», afirmó el

compositor[213].

Durante este período, el 26 de abril de 1941, nació la primera hija de Bonte y Gustavo, Dorothy Petra Durán, asumiendo el primero de los nombres en homenaje a Dorothy Elmhirst y el segundo en recuerdo de su abuela paterna. Siempre fue conocida, no obstante, como Cheli, el diminutivo de Araceli; otra concesión a los nombres femeninos de mayor significado para su padre. Gustavo se sentía en aquel momento relativamente feliz. Había encauzado su vida en una labor profesional que le gustaba y disfrutaba de su reciente paternidad. Como colofón a su empeño de exiliado plenamente integrado, había solicitado la nacionalidad estadounidense. Su pasado le parecía más que nunca eso, pasado, y así se lo dijo en una carta a su amigo Vicente Salas Viu en Chile, calificando a España como «un recuerdo sentimental». Éste captó en su reflexión una negación de la realidad ingrata más que un distanciamiento sincero, y así se lo hizo saber: «Estoy seguro que sólo en un momento de depresión, de olvido, has podido hablar del “recuerdo sentimental” que para ti ya casi es sólo España. Estás confundido y te irás dando cuenta. Lo que pasa es que a veces desea uno ferozmente descansar de

aquello que más le atormenta, y éste es el engaño que te has inventado»[214]. El tiempo confirmó la exactitud del pronóstico. Durán, pasados los momentos iniciales más amargos del exilio, siempre profesó un recuerdo entrañable y nostálgico de España. Procuraba estar informado de su actualidad y de las novedades literarias en español. Compraba libros ilustrados con fotografías del país sobre los que íntimamente debía de ver reflejados sus recuerdos, del mismo modo que casi cada año releía El Quijote.

Desde su puesto en el MOMA, Durán redactó un escueto currículum en el que, más que sus méritos propios, la excepcionalidad la aportaban las personas que se habían prestado a avalarle. Suscribían entre otros su candidatura Federico de Onís (Universidad de Columbia, Nueva York), Fernando de los Ríos (New School of Social Research, Nueva York), Pedro Salinas (Universidad Johns Hopkins, Baltimore), Jorge Guillén (Wellesley College, Wellesley), Joaquín Nin-Culmell (Williams College, Williamstown), Arsenia Arroyo (Barnard College, Nueva York) y A. González López (Hunter College, Nueva York). Cuando Jorge Guillén le respondió autorizando su inclusión en la lista, consideró la petición un honor:

 

Mi querido amigo: Todavía no he contestado a su carta. Perdóneme.

¡Cuánto celebré recibir noticias suyas! Para mí es un honor —honor,

palabra cada día más poética en estos tiempos de deshonra generalizada—

figurar en la hoja de sus servicios universitarios como referencia[215].

 

En noviembre los Durán se trasladaron a Washington atendiendo una propuesta de Nelson Rockefeller. El hombre de la dinastía que encarnaba el poder político y financiero se movía en ambas facetas con suma habilidad. Admirador del arte y coleccionista, millonario de pretensiones ambiciosas, coqueteaba con labores de filantropía, con el mecenazgo cultural y con sus propios proyectos personales encaminados a una carrera política que le hacía ver su futuro en la Casa Blanca. No le faltó demasiado para conseguirlo. Llegó a ser años después gobernador del estado de Nueva York y vicepresidente de Estados Unidos entre 1974 y 1977, bajo la presidencia de Gerald Ford.

A comienzos de la década de los cuarenta, Nelson Rockefeller ya sumaba diversos cargos. No sólo era director del MOMA, sino que también ejercía como responsable de la Oficina del Coordinador de Asuntos Interamericanos (OCIAA), una entidad gubernamental que supervisaba las relaciones con el resto del continente y que combinaba la influencia cultural con la vigilancia política. No le había pasado inadvertida la actividad de Gustavo en el museo, y propuso su traslado a la OCIAA pensando que allí serían más útiles sus conocimientos musicales.

Los Durán se alojaron en Dorchester House, en el número 2480 de la calle 16, y Gustavo comenzó a trabajar como secretario ejecutivo suplente del Comité de Música. Viajó por el sur de Estados Unidos para elaborar un libro sobre el folclore tradicional texano. En una ocasión oyó una música familiar, una melodía de sonoridad fácilmente reconocible aunque estuviera interpretada con otra letra y sin ninguna connotación política. Se trataba de «Red River Valley», la famosa canción sobre la que los brigadistas norteamericanos habían glosado la epopeya de la batalla del Jarama. Pedro Salinas, quien irónicamente se refería a él como «el más ilustre de los Gustavos», le escribió aludiendo a su nuevo trabajo: «¿Cabe más antirrealismo que V., que en vez de estar escribiendo lo que vio y dejó de ver en la guerra, se dedique a inquirir en temas de música popular

neomejicana?»[216]. El proyecto culminó con la publicación en 1942 del libro 14 Traditional Spanish Songs from Texas.

Hemingway le mantenía, a su vez, al corriente de los intentos frustrados por conseguirle alguna responsabilidad como asesor en el rodaje de Por quién doblan las campanas. Gary Cooper e Ingrid Bergman fueron contratados para interpretar a la pareja protagonista bajo la dirección de Sam Wood. Pero las posibilidades de obtener un empleo para Durán chocaron una y otra vez con los recelos de la productora Paramount por su supuesta filiación comunista. Hemingway se lo avanzó en un escueto telegrama: «Paramount dice no…

Hollywood está loco. Abrazos. Ernesto»[217]. En compensación, le remitió un cheque de mil dólares para sus gastos inmediatos que Gustavo devolvió. El actor Gary Cooper también insistía en la necesidad de su colaboración —le escribió Hemingway poco después— para asegurarse una adaptación históricamente veraz. El autor incluso planteó un cambio de dirección para rodar la película con Howard Hawks, pero ninguna propuesta alteró la negativa de la productora. La acusación de comunista pesaba demasiado pese al consuelo que Ernest intentó transmitirle en noviembre de 1941: «Puesto

que tú nunca has sido comunista debes pensar que todo esto es ridículo»[218]. La cuestión quedó finalmente zanjada con la negativa inamovible de la Paramount y del director Sam Wood. La película se rodó en 1942 con Gary Cooper e Ingrid Bergman como pareja estelar, pero el resultado no convenció en absoluto a Hemingway, quien se negó a asistir al estreno.

Antes de acabar el año, Ernest volvió a escribir a Durán proponiéndole de forma enigmática un trabajo que podría resarcirle del reciente fracaso. Ernest se limitó a insinuar que la nueva propuesta se ajustaba mejor a su talento, filtrando entre líneas un misterio al que Durán, un tanto acostumbrado a los excesos de su amigo, no pareció darle demasiada importancia en aquel momento.

En las últimas semanas de 1941 las novedades se sucedieron casi sin tiempo de reflexionar sobre sus implicaciones. Estados Unidos entró en guerra desde aquel fatídico 7 de diciembre en que la aviación japonesa atacó la base de Pearl Harbor. Coincidiendo con la extensión de la guerra, Gustavo intentó buscarle refugio a su amigo Ernst Adam a través de sus contactos españoles en México, donde la concesión del asilo parecía más accesible que en el propio Estados Unidos. Recurrió sin éxito a Adolfo Salazar y a Gustav Regler con idéntico resultado. Ernst Adam, eterno errante en su huida del nazismo, acabó en el Reino Unido, sumando a sus problemas la relación sentimental con una mujer de origen irlandés investigada por el servicio de contraespionaje británico MI5 por sus simpatías, paradójicamente, con el Eje.

Pero la noticia que más conmoción le provocó fue la muerte de su madre el 2 de abril de 1942, a causa de un ictus cardíaco. Petra Martínez Sirera falleció a los sesenta y cinco años, tras permanecer internada veintiséis de ellos, mientras su hijo menor, a miles de kilómetros de distancia, seguramente intentaba recordar la última vez que la vio en aquella fría mañana del invierno de 1934, cuando Petra, serena y resignadamente, ya no recordaba su nombre. A raíz de su muerte, Gustavo le contó por primera vez a su mujer la historia de su madre y el drama familiar asociado a ella.

Durante el verano de 1942, mientras Bonte pasaba unas semanas en Wilton con la pequeña Cheli y su familia, Durán fue invitado a ir a la escuela española de verano de Bread Loaf, en Middlebury, en compañía de Jorge Guillén y Pedro Salinas. Situado en el estado de Vermont, a pocas horas en tren al norte de Nueva York, Middlebury representó uno de los principales foros de expresión de la cultura española en Estados Unidos gracias a su programa de lenguas extranjeras y a la afluencia frecuente de intelectuales de primer nivel exiliados en el país. Jorge Guillén, Pedro Salinas y Francisco García Lorca se convirtieron en asiduos. Gustavo pronunció una conferencia el 11 de agosto titulada «Romances, corridos y plenas». Manuel Fernández-Montesinos, sobrino de Federico y Francisco, recuerda perfectamente aquella jornada a pesar de su entonces corta edad, porque Durán preparó una serie de canciones y creó un modesto coro del que Fernández-Montesinos formó parte.

Para entonces, Gustavo había dejado temporalmente su puesto en la OCIAA y había sido transferido a la división musical de la Unión Panamericana, antecesora de la actual Organización de Estados Americanos (OEA), para la que trabajó hasta noviembre de ese año. Desempeñó una labor más burocrática que artística como enlace entre la Unión Panamericana, la OCIAA y el Departamento de Estado. Fruto de aquella breve experiencia laboral editó su segundo libro de investigación, Recording of Latin American Songs and Dances.

Durante ese verano entre Wilton y Middlebury, la vaga propuesta de Hemingway formulada meses atrás se concretó mediante una carta oficial del Departamento de Estado. Se requerían sus servicios en Cuba. Aunque el texto no mencionaba a nadie, Durán supo inmediatamente que la alargada sombra del escritor estaba detrás de la propuesta. Él mismo se lo había advertido: en breve le explicaría personalmente los detalles. Se verían pronto, en efecto, en La Habana.