Comandante Durán

Javier Juárez · Capítulo 8 de 25

Páginas del PDF

Comandante Durán

4 París: luces y mitos

4

 

 

París: luces y mitos

 

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

 

CÉSAR VALLEJO,

«Piedra negra sobre una piedra blanca»

 

París siempre estuvo presente. Así fue cuando Néstor viajó por Europa durante su período de formación y así era entonces, una vez que Gustavo había conocido la metrópoli cosmopolita y monumental. París, capital del arte, constituía una etapa necesaria. Ambos sabían que debían intentar proseguir allí su carrera artística si pretendían aspirar al auténtico éxito; para Néstor suponía una apuesta por la celebridad internacional de su obra, siendo ya un pintor decorativo consagrado en España, y para el joven músico París representaba, más que cualquier otra virtud, una oportunidad de mejorar su técnica y confirmar si su talento sería capaz de superar la condición de joven y prometedor compositor.

Néstor hacía tiempo que sopesaba la posibilidad de trasladarse a la capital francesa. A este fin dedicó gran parte de sus ahorros cuando tomó la decisión a mediados de 1928. Mientras pasaba el verano en la playa de Las Canteras, organizó el traslado del estudio madrileño de la calle Alameda a su nueva residencia parisina. En noviembre, con Gustavo ya en Madrid, viajó a Francia para ultimar los detalles finales. Optó por llevarse gran parte del mobiliario y piezas artísticas que poseía en su estudio. La mudanza fue costosa y lenta, pero el detallista pintor logró reproducir en París la atmósfera refinada en la que se sentía tan cómodo. La residencia estaba situada cerca del bosque de Boulogne, en el número 6 de la avenida Vion Whitcomb. Gustavo le acompañó desde el comienzo de la estancia en Francia, a principios de 1929, posiblemente una vez celebrada la boda entre Araceli Durán y Miguel Martín-Fernández de la Torre el 7 de febrero de ese año en la iglesia de Santa Teresa y Santa Isabel, en el madrileño barrio de Chamberí. A este momento corresponde el segundo pasaporte expedido a nombre de Gustavo Durán, con autorización para viajar a Francia, Alemania y Bélgica.

No sería exagerado decir que París deslumbró a Durán, fascinado ante la exuberancia de su vida artística. Con su habilidad para los idiomas pronto captó el acento y la jerga parisinos, del mismo modo que sus hábitos sintonizaron con los propios de un francés. Al poco tiempo de establecerse nada parecía extrañarle de aquella ciudad prodigiosa, en la que se sumergió con la voracidad vital de un niño al descubrir un mundo nuevo. Lejos quedaban Madrid, la residencia, los amigos y su familia. La ausencia de tantos vínculos no devino en olvido ni en nostalgia. Hizo nuevas amistades y pronto adquirió la misma popularidad entre sus nuevos conocidos. Si en Madrid cultivó la amistad de Lorca, Alberti o Buñuel, en París pronto conocería a Anaïs Nin, a su hermano Joaquín, a Ilya Ehrenburg, a Ernest Hemingway y a Alejo Carpentier.

No descuidó su formación musical y comenzó a recibir clases de contrapunto de Noël Gallon, en el Conservatorio de París, y de composición con Paul Le Fleur, de la Schola Cantorum. También fue alumno de Paul Dukas. Su vida diaria discurría entre las clases, el estudio y su labor como secretario de Néstor, quien siempre tuvo serias dificultades con el idioma. Muchas tardes compartían reuniones, asistían a tertulias, frecuentaban el cine o iban al teatro, casi nunca solos. La agenda social de aquellos años, particularmente la de 1931, muestra una sucesión constante de actos y citas, bien rodeados de amistades, bien alternando con la aristocracia y la sociedad más elitista, en cuyos salones siempre fueron bien recibidos.

Los primeros en visitarles fueron Araceli y Miguel, en viaje de novios en París. Salvador Dalí, que en esas fechas realizó su primera exposición parisina en la galería Goemans, les invitó una noche a salir pero no recibió respuesta. Desde 1925, en París se encontraba también Luis Buñuel. El cineasta aragonés y Dalí trabajaron conjuntamente en el guión de Un perro andaluz, que comenzó a rodarse ese año en los estudios Billancourt con el dinero facilitado por la madre de Buñuel. La obra se estrenó con gran éxito y polémica el mes de julio en el Studio des Ursulines de París. ¿Asistieron Néstor y Gustavo a la proyección? No lo sabemos con certeza, pero resulta más lógico dar por segura su presencia que dudar de ella. Meses después, Buñuel inició el rodaje de La edad de oro.

Estaba, por descontado, Antonia Mercé, quien siguió contando con Néstor para sus representaciones. El pintor elaboró el decorado para su representación de Iberia, de Isaac Albéniz, nuevamente en L’Opéra-Comique. La actriz Catalina Bárcena, una de las grandes figuras de la escena española de la época junto con Margarita Xirgu, frecuentó asiduamente el estudio de Vion Whitcomb. Su amistad no era reciente. Catalina Bárcena había estrenado la primera obra teatral de Lorca, El maleficio de la mariposa, en el teatro Eslava de Madrid, que dirigía su amante, el empresario teatral Gregorio Martínez Sierra. Había trabajado además en cine, y en 1927 realizó una breve incursión en Hollywood. También iba regularmente Conchita Supervía, mezzosoprano nacida en Barcelona que en esa época disfrutaba de su mejor momento profesional con actuaciones en los teatros de ópera de toda Europa. Aunque su residencia habitual desde hacía tiempo era Londres, Supervía triunfaba aquellos meses en París con sus interpretaciones de Rossini, especialmente adecuado para el timbre de voz de la cantante.

Esos primeros meses en París constituyeron un período feliz. Ilustra el grado de aceptación con que fueron acogidos una comida organizada en honor de Néstor por el director de la revista ParísAmérica, Ruiz de Aranda, en el restaurante Casanova. Se trató de una celebración íntima con comensales selectos entre los que se encontraban la española Anita Delgado, princesa de Kapurthala, los príncipes Gagarin y un reducido grupo de aristócratas. Néstor se sentó entre la princesa Gagarin y Anita Delgado, y, a la derecha de ésta, Gustavo Durán. La prensa publicó una fotografía del homenaje en la que se aprecia, en el lujo de un salón ricamente decorado, una mesa servida con minuciosa elegancia.

Pero era en los ámbitos artísticos donde Durán se sentía realmente cómodo. En esos círculos conoció, el mismo año de su llegada a París, al escritor norteamericano Ernest Hemingway. No queda constancia del lugar o del momento de aquel primer encuentro, si bien la relación iniciada entonces culminaría en una intensa amistad personal durante la Guerra Civil. Durán se convertiría para el escritor en una figura idealizada, en un alter ego de sus propios mitos personales, mientras que Hemingway representó para el músico español una persona crucial en su vida, de activo protagonismo en alguno de los episodios más difíciles de su biografía. Pero eso ocurriría años después, mucho tiempo después de aquel feliz 1929, cuando el futuro parecía sonreír a ambos en sus respectivas ambiciones.

También a aquella época se remontan sus primeros contactos con el escritor cubano Alejo Carpentier. Le conoció por primera vez en el transcurso de una reunión en la casa del compositor francés Edgar Varèse, y, de forma intermitente, la amistad entre ambos se espació en el tiempo pero nunca se diluyó. Otro tanto se puede afirmar de Ilya Ehrenburg, periodista y autor ruso, con quien compartió no pocas veladas discutiendo de política, literatura y música, con Igor Stravinski como objeto de su admiración común. Por lo demás, el interés de Gustavo se resumía en la música. Al margen de sus clases, trabajó en la musicalización del Romance de la infanta mora para Conchita Supervía.

En 1930 Néstor realizó dos exposiciones en París, la primera en su propio estudio y la segunda, a finales de abril, en la elegante galería de Jean Charpentier, que fue celebrada como un éxito y visitada por el público más deseado entonces por el pintor, la alta burguesía, que podía con sus adquisiciones mejorar la economía doméstica de Néstor, resentida por la cara vida de París y los efectos de la depresión económica internacional. Allí estuvo también Gustavo, testigo de los agasajos y de la repercusión en la prensa, en vísperas de un deseado regreso temporal a España.

En verano ambos viajaron a Canarias, donde ya vivían Araceli y su marido, Miguel Martín-Fernández de la Torre. Cuando regresaron a París a finales de año hicieron una breve escala en Barcelona. A aquel momento corresponden dos de las escasas referencias periodísticas sobre Durán. La primera es una amplia entrevista realizada por Rafael Moragas para el diario La Noche de Barcelona, publicada el 1 de noviembre de 1930. Moragas interpeló a ambos sobre sus proyectos en un amplio salón, apoyados sobre un espléndido piano de cola. En un momento de la entrevista, Durán se sentó y comenzó a interpretar un fragmento de El fandango del candil:

 

Gustavo Durán no es un facilitón —escribió Moragas— ni un músico

de ventaja, no apunta al éxito de dinero; tampoco elabora drogas exóticas

a gusto de cursis acreditados y reconocidos.

—Soy impetuoso, lo confieso —nos dice Gustavo Durán— puesto

que mandé a paseo a un editor extranjero que me propuso que le

escribiera una españolada. Ahora estoy instrumentando el Romance de la

infanta mora, en el que conservo todo el carácter del siglo XVI, y Al alba

venid, otro romancerillo que me está esperando Conchita Supervía para

cantarlos en París y Londres.

—¿La preocupación musical de usted, Durán?

—Seguir la labor fundamental de Pedrell, naturalmente la del

musicógrafo, y dedicarme al profundo estudio de los motetes de aquel

inmenso abulense Tomás Luis de Victoria.

—¿Qué juicio le ofrece a usted la actual música hispánica? —Un juicio espléndido. Contamos con un compositor magnífico de

toda magnificencia: Manuel de Falla. Le siguen Turina y Esplá. Los

compositores catalanes que más me interesan son Morera y Mompou. Sé

que a éste, como a mí, le interesan enormemente las canciones incaicas,

que en otro orden son tan importantes como las de los sefarditas.

—¿Compositores modernos extranjeros?

—Vamos a coincidir en uno. Strawinski por encima de todos. Después

mis entusiasmos los comparto entre Ricardo Strauss, Maurice Ravel y,

como técnico, pero sólo técnico, Schoemberg.

Vuelve Durán al piano. Néstor va apuntándole títulos. Durán

interpreta tres horas seguidas y las sensaciones grandes y fuertes, así

como pequeñas y minuciosas, sabe darlas con una precisión sobria y

moderna. Rafael Moragas [50].

 

En esas mismas fechas se publicó otra reseña periodística, ésta centrada exclusivamente en Durán, publicada en una fecha inconcreta de finales de 1930 en la sección «Actualidad teatral» de El Viajante de Comercio. Se trata de una crónica elogiosa que remite al lector a la entrevista citada de Moragas, completada en esta ocasión con juicios personales del periodista en los que califica exageradamente a Gustavo como un «compositor español, triunfante por su arte en todo el mundo… Popular en toda Europa y América, no sólo entre el gran público, sino entre los compositores de primera línea de todos los países». Tan generosa mención vino a sumarse al momento dulce por el que atravesaba su vida en esa época, sólo enturbiada por algunas dificultades económicas. Néstor recurrió en ocasiones a su mecenas, el catalán Antonio Torrella, para superar los momentos más acuciantes, y cuando era necesario impartía clases de pintura, mientras que Durán obtenía algunos ingresos ofreciendo lecciones de piano. También dio clases de español a los hermanos Menuhin: Yehudi, el célebre violinista que entonces contaba con tan sólo catorce años, y sus hermanas Yaltah y Hepzibah, ambas pianistas. La relación de Gustavo con los Menuhin se prolongó en el tiempo, y cuando éstos se trasladaron a Italia mantuvo correspondencia durante una temporada con los tres, especialmente con Hepzibah. Con Yehudi se reencontró en Madrid en 1935.

Otras preocupaciones sustituyeron a las inquietudes económicas a medida que la actualidad procedente de España centraba su atención. La caída de la dictadura de Primo de Rivera, el triunfo electoral de los partidos republicanos en las elecciones municipales de abril de 1931, la salida de España del rey Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República, se seguían desde el estudio de Vion Whitcomb con auténtica expectación. Ni Néstor ni Gustavo habían evidenciado hasta la fecha un compromiso político concreto, pero celebraron la proclamación del nuevo régimen republicano. Si por origen bien podría situarse a ambos en una indefinición política más próxima, en todo caso, a formaciones conservadoras, lo cierto es que acogieron con un tímido asentimiento el cambio de régimen en la convicción de que la República modernizaría el país y permitiría afrontar con mayor justicia las desigualdades sociales. Durán todavía estaba lejos de experimentar el vértigo del activismo político de los años posteriores y menos aún de intuir su papel en la guerra. Ésa sería una transformación lenta pero constante, cuyo punto de partida puede situarse en aquella primavera de 1931 en que, por primera vez, su carrera como artista y sus principios se dieron la mano. Desde entonces, discurrirían en paralelo.

Ese año de 1931 nos dejó también un valioso testimonio para reconstruir su vida en aquel período: una agenda, escrita por el propio Durán, donde consignaba sus actividades y las citas cotidianas. Se trata de un documento cronológico, en la actualidad depositado en el Museo Néstor de Las Palmas, en el que abundan las anotaciones breves, escuetas, escritas con una letra diminuta y difícilmente legible, alternativamente en español, francés e inglés. La pauta del diario confirma la frecuencia de sus visitas al teatro, especialmente al Montparnasse; la incondicional asiduidad a los cines Olympia o Paramount, donde le decepciona Harold Lloyd pero le entusiasma la comedia musical Le million, de René Clair; la predilección por los hoteles Palace y Majestic como punto de encuentro con sus amigos; el hábito de las excursiones de fin de semana a los alrededores de París, de las que regresa cautivado tras su visita a Versalles, y el interés por infinidad de conciertos y exposiciones a los que tiene oportunidad de acudir. También sabemos a través del mismo diario que a su estudio fueron durante esos meses Manuel Altolaguirre, Joaquín Nin, Federico Mompou, Gustavo Pittaluga, Joaquín Rodrigo y el escultor Santiago Rodríguez Bonome, entre otros.

En febrero Gustavo cayó enfermo, pero ello no le impidió continuar componiendo algunas canciones, en su mayoría destinadas a Conchita Supervía. Sus primeras obras de la etapa parisina fueron Axa, Fátima y Marién, de las que no se conserva la partitura, y Al alba venid, buen amigo, compuesta en 1930 sobre letra de un romance tradicional. Posteriormente pondría música al ya mencionado Romance de la infanta mora, del siglo XVI, y al poema de Rafael Alberti «Zarza florida». En la misma línea de recuperación del folclore popular compuso cuatro canciones en homenaje a los antiguos cánticos sefarditas. La pieza se llamó Romances castellanos de los Balcanes, y se componía de cuatro canciones, «Sofía», «Belgrado», «Salónica» y «Constantinopla», en alusión a los cuatro centros más importantes de la diáspora sefardí. Conchita Supervía interpretó varios de estos nuevos trabajos de Gustavo en la sala Gaveau de París el 1 de febrero, y posiblemente trasladó el repertorio de Durán a algunos de los recitales que ese mismo año ofreció en Londres. Vera Janacopulos, Lydia de Rivera o María Cid interpretaron también varias de sus canciones.

Pero la gran cita de ese año fue la exposición colectiva en la galería Figaro en la que Néstor participó. Tras la inauguración, el martes 5 de mayo, Durán escribió en su agenda: «Vinieron todos los amigos. Quienes no lo son también. Gran éxito». Unas semanas después, el 16 de junio, Néstor y Gustavo Durán asistieron a la nueva función de Antonia Mercé en la capital francesa. El músico, tras el espectáculo, anotó en su diario un comentario cruel: «Comienzo de vejez. Gorda y reinando excesivamente. Maravilloso el traje de Néstor, Goyesca. Delicioso el color».

En esos días de finales de junio de 1931 nuestro joven compositor está eufórico, especialmente inquieto ante la inminencia de su regreso a España durante el verano. Parece que le falta el tiempo para organizar el viaje y dejar cerrados los asuntos pendientes antes de su marcha. Hay varias citas sobre los preparativos en el dietario, como muestra la que escribió el 28 de junio: «Limpiando armarios… Ordenando la ropa y haciendo las maletas ¡Delicioso!… Telefoneando a diestro y siniestro y haciendo cincuenta mil recados». El 2 de julio abandonaron París. En Barcelona se alojaron en casa de Josefina, hermana de Gustavo. Desde allí embarcaron hacia Las Palmas, adonde llegaron el día 8. Apenas hay menciones en el diario después de esa fecha a excepción del 1 de agosto, cuando escribe escuetamente: «Comienza Néstor el Poema de la tierra», y poco después, con motivo de una excursión a Tenerife en compañía de Sofía, hermana de Néstor, Araceli y Miguel. Ese día, 13 de septiembre, podemos leer: «Tiempo claro y luego repentinamente, niebla baja. El sol, por encima de nosotros, luciendo más que nunca. Vi mi figura proyectada en las nubes. Puse los brazos en cruz, y en las nubes aparecía crucificado y hasta con el viselo [sic] de la santidad, hecho con los infinitos colores del Iris». Pintor y músico regresaron a París en octubre, acompañados en esta ocasión por los hermanos de ambos, Miguel y Araceli, que vivirán con ellos una breve temporada en la capital francesa.

En 1932 tuvo lugar un acontecimiento de importantes consecuencias. En una fecha indeterminada del otoño de ese año, Luis Buñuel, Rafael Alberti y Gustavo Durán viajaron a Las Hurdes, en la provincia de Cáceres, en una visita preparatoria del documental Tierra sin pan que el aragonés rodaría al año siguiente. Alberti, el único que ha dejado testimonio al respecto, menciona en sus memorias que

 

la primera visión que tuve en el viaje con Luis Buñuel y Gustavo

Durán, camino de Las Hurdes, haciendo noche en el monasterio de

Guadalupe, fue la de una Extremadura muy pobre, tendida sobre unas

maravillosas, soleadas e inmensas extensiones, tremendamente castigadas

durante el tímido y mísero intento de reforma agraria del Gobierno

Republicano[51].

 

En una entrevista años después con el escritor Max Aub, Alberti recordó ese mismo episodio: «Yo fui con Luis [Buñuel], Pierre Unik y Eli Lotar en un viaje que hicieron a Las Hurdes, cuando Luis estaba planeando la película, no en el momento de la filmación. Me acuerdo que fui con Gustavo Durán. Luis

ya conocía bien todo aquello, y fue él quien nos llevó»[52].

Cabe imaginar este viaje como un encuentro con un mundo desconocido para el joven y despreocupado compositor. El contacto con aquella España rural y mísera, tan real pero tan distinta de la que él frecuentaba, despertó su conciencia. Sería excesivamente aventurado situar en este episodio el inicio de su compromiso político, pero no lo es tanto fijar, a raíz de la visión desoladora de aquella tierra maltratada, una creciente inquietud social en Durán. Su círculo de amistades caminaba en la misma dirección y en línea con el cambio ideológico, lento pero constante, que experimentó en aquellos meses. El ejemplo más apropiado es el de sus acompañantes y amigos en aquel viaje de iniciación. Buñuel osciló entre las simpatías anarquistas y las comunistas, siempre según una personal visión que huía de los dogmas y la disciplina, sin obviar su hondo anticlericalismo como seña de identidad artística. Alberti ya se sentía y consideraba comunista, casi a la vez que inició su relación con María Teresa León, profundizando una deriva ideológica que discurrió paralela a la tensa realidad política del país. Tampoco será por ello casual que ambos, Buñuel y Alberti, se conviertan en los amigos y colaboradores más estrechos de Durán en los tiempos venideros, cuando la agitación y la guerra posterior exigieron de los tres un compromiso activo que no dudaron en suscribir. La propia elección de la materia del documental muestra que esa conciencia social ya había irrumpido con fuerza orientando la creatividad del cineasta, del mismo modo que atrapó la genialidad lírica de Alberti, destinado a convertir su pluma en una herramienta de profunda carga política. Quedaba Durán, quien en esa misma empresa futura optó por desterrar la música en favor de las armas, destacando como un estratega de idéntica eficacia, de sorprendente capacidad, en una transformación que muchos juzgaron insólita.

Cuando se estrenó Tierra sin pan en el palacio de la Prensa de Madrid en 1933, el escándalo fue mayúsculo. El gobierno republicano prohibió su proyección alegando que ofrecía una imagen negativa de España. Gustavo conoció la noticia en París, donde retomó su actividad cotidiana. Néstor no parecía tampoco insensible a los cambios políticos en su país. Se sabe que fue masón. Su firma de esos años es un gráfico de reivindicación masónica, pese a que, en el momento de su muerte, el régimen de Franco intentó apropiarse de su celebridad para convertirlo en una figura ensalzada por su supuesto apoyo al Movimiento. Resulta sugerente especular con la hipótesis de que Gustavo, por simpatía o emulación, también hubiera militado en la masonería, pero la seguridad que nos permite afirmarlo en el caso de Néstor no es tal en el supuesto de él.

Es a partir de esa época cuando Néstor y Gustavo estrecharon su relación con la familia Nin: el padre, el pianista Joaquín Nin; el hijo, Joaquín Nin Culmell, también músico, y su hija, la escritora Anaïs Nin. Gustavo conocía a Joaquín Nin Culmell por afinidad artística desde hacía tiempo. Les unía su relación con el músico Paul Dukas, profesor de ambos. Pero fue con Anaïs con quien el joven músico inició rápidamente una relación de abierta complicidad más que de amistad. La escritora advirtió en él un confidente discreto de especial sensibilidad con el que compartió no pocas inquietudes. La azarosa vida sentimental de Anaïs con Henry Miller y la compleja relación con su padre estaban presentes en muchas de sus conversaciones. Anaïs, con su atormentado mundo interior, proyectó en el músico una suerte de reflejo de su propia vivencia, distinta en muchos sentidos, pero también condicionada por la figura conflictiva del padre.

Es muy probable que Gustavo no hubiera encontrado en ninguna de sus amistades previas, a excepción quizá de Lorca, una persona con la que sincerarse en igualdad de condiciones y con la libertad que le permitió Anaïs. Ésta, a su vez, no ocultó su admiración por su nuevo amigo. Y es en uno de los apartados de su diario donde encontramos la descripción más pasional jamás escrita sobre Durán, en una plenitud vital a los veintiséis años que ella supo captar con su verbo intenso. La mención corresponde al 21 de febrero de 1933:

 

Sólo que Gustavo es resuelto, activo, apasionado, voluptuoso y

terrenal. Era el joven mimado, festejado y estimado cuyos atractivos ya he

comentado alguna vez. Me atraía su juventud, su dinamismo y su

complexión fresca y rubia. A él le atrajo aquel raro fenómeno: una mujer

agradable de mirar y capaz de pensar. Joaquín [hermano de Anaïs] le

prestó mi primer diario y ¡Gustavo se inflamó! Podía recitar páginas

enteras. La otra noche lo invitamos por Dorothy, pero sólo tuvo ojos para

mí. Me pidió que nos viéramos a solas. Lo he visitado hoy. Me leyó su

diario: inquietud, insatisfacción, oscilaciones entre el misticismo y la

sexualidad. Lee a Bergson. La mundanidad de Gustavo solía asustarme.

Ahora veo el hambre, la melancolía. Hablamos mucho durante una cena

anodina en el restaurante Godoy. Es un conversador soberbio, brillante,

egotista, magnético. Dice que en mi primer diario siempre rozaba el

sentimentalismo, pero que nunca caía de lleno en él. Instinto de artista[53].

 

Es difícil precisar tanto sobre alguien con tan pocas palabras y hacerlo con esa aguda intuición. Anaïs no describe, dibuja un personaje física e internamente, no siempre coincidente con el que el lector ha tenido hasta ahora la oportunidad de conocer. Están presentes en esas líneas el joven atractivo («me atraía su juventud, su dinamismo y su complexión fresca y rubia»), el hombre social siempre centro de atención («era el joven mimado, festejado y estimado»), el intelectual admirado («era un conversador soberbio, brillante, egotista, magnético») de seductora personalidad («resuelto, activo, apasionado, voluptuoso y terrenal»). Pero también surge un Gustavo Durán desconocido a través de una revelación: escribía un diario, hoy lamentablemente destruido o en paradero desconocido. Y de él se deduce, según confiesa Anaïs, «inquietud e insatisfacción». ¿Hacia qué o por qué? La confesión de la escritora y la actuación posterior de él, sumado a los cambios ideológicos ya citados en que está inmerso, no hacen sino ratificar que aquél es un período crucial en su vida, un momento de crisis personal, de una segunda maduración en la que se intuye una cierta angustia vital. Aunque en apariencia siga siendo el mismo joven «festejado y brillante», es evidente que existe otro Gustavo Durán interior, lleno de dudas y quizá de temores, al que asaltan inquietudes relacionadas con su pasado, su futuro y, posiblemente, su orientación sexual («oscilaciones entre el misticismo y la sexualidad»). Basta con reparar en determinados aspectos para darse cuenta de ello: prácticamente ha dejado de componer y su relación con Néstor pasa por un declive que concluirá en ruptura. Sean ambas cuestiones causa o consecuencia de esa crisis personal, lo cierto es que tardará aún un tiempo en resolver el dilema, y al hacerlo romperá con algunos aspectos de su pasado en aras de nuevos compromisos.

En el transcurso de esas semanas, Gustavo, por petición de Joaquín Nin Culmell, medió entre su padre y Anaïs, quienes no se hablaban desde que el primero abandonara a la familia. Fruto de esta mediación, ambos se reconciliaron y surgió una relación incestuosa que la propia autora admitió en sus diarios. Es en éstos donde Gustavo y Néstor vuelven a adquirir protagonismo unas semanas después de la primera alusión. En medio de la relación sentimental con su padre, la escritora describe una tarde de fiesta con presencia de amigos en su casa. La anotación corresponde al 21 de mayo de 1933:

 

La casa está de fiesta, cantando y oliendo a azahar. ¡Olé, Anaïs!

Gustavo, radiante, y Néstor, con su bello rostro, bestial y negroide, sus

negros ojos saltones, el gran pintor del agua y la tierra. ¡Cuánta alegría

traen! Dice Gustavo: «Tu padre, que nunca fue generoso, ya no es el

mismo hombre. Eres verdaderamente su primera aventure sentimentale.

Has barrido el suelo de sus pies, Anaïs». Estoy sentada, completamente

quieta, inundada de alegría, saboreándola, estremecida y casi muriendo de

tanto gozo. ¡Por fin puedo dar! ¡Necesitan todo lo que tengo! ¡Y nadie

sabe todavía todo lo que tengo! ¡Mientras más amo a Henry, más llena me

siento! Inagotable. Y puedo amar a mi Padre. Me necesita. No lucha

consigo mismo. Tengo para darle sabiduría, alegría, una nueva

experiencia, un estímulo. ¡Vida! Tengo regalos para mi Padre que él

ansía. Mi pobre Padre. En un instante comprendí tantas cosas que me

sentí abrumada. Necesitaba que volviera rápidamente. Hablé casi

frenéticamente con Néstor y Gustavo acerca de la fe, de la fe que crea

milagros. Milagros. Creo en la magia, en los milagros. Todo es

extrañamente bello, pasmoso. La vida me deja sin aliento. Vino Joaquín,

nos cogió de sorpresa. Miró en mi escritorio, leyó las cartas de Padre, se

fijó en la fotografía de Padre y recordé las palabras de Gustavo: «Estos

dos no se entenderán. Cualquier intento de acercamiento terminará en

tragedia. Es a ti a quien ama. Con Joaquín se trata de un compositor cuyo

hijo también es compositor. Joaquín nunca amará a su padre»[54].

Entre ambas anotaciones en su diario, sin embargo, algo ocurrió en la relación entre Gustavo y Anaïs. La complicidad del primer momento se tornó en malestar y frialdad. Donde ella antes observaba una personalidad brillante y activa, ya sólo contemplaba un ser excesivamente realista. Esta segunda cita cronológica corresponde al 12 de marzo de 1933: «También he terminado, en un sentido, con Gustavo. No me gusta. Es dogmático, tiránico, supersano, superequilibrado, demasiado simple, demasiado mental y demasiado lúcido. Con una conversación hay suficiente. También es literal, aunque inteligente, hiperrealista. Le gustan los modelos, las perfecciones, la meticulosidad, igual

que a mí antes de conocer a Henry»[55].

Las apreciaciones tan dispares e incluso contradictorias de Nin permiten, no obstante, observar una visión más completa del personaje, sin atribuirle íntegramente la generosidad de elogios de la primera descripción ni asumir por entero las descalificaciones de la segunda. Había elementos de Gustavo en ambas, y en la suma de todos ellos, dejando a un lado los extremos, se conformaba su compleja personalidad.

En 1933 inició una etapa profesional en un género con el que hasta entonces sólo le había unido la afición: el cine. Su contacto con la gran pantalla se remontaba a sus jornadas de ocio y amistad en Madrid. Los integrantes de la generación del 27 pronto advirtieron sus cualidades como disciplina artística y nuevo lenguaje expresivo. Las proyecciones en la residencia, algunas de ellas organizadas por Buñuel, dieron paso con el tiempo a sesiones en las que se rendía culto al cine como arte y no como mero entretenimiento.

Buena parte del mérito de estas tertulias cinéfilas correspondía a Ernesto Giménez Caballero, hombre polifacético y controvertido, que alternó por igual la literatura y la política, siendo simpatizante del fascismo y uno de los defensores ideológicos del alzamiento franquista. A finales de la década de los veinte, Giménez Caballero era un intelectual extravagante, animador cultural de distintas vanguardias artísticas, con predilección por el futurismo y el surrealismo. A esta última corriente pertenecía una de sus obras literarias de título inolvidable: Yo, inspector de alcantarillas. Su inquietud intelectual le condujo también a editar La Gaceta Literaria, la publicación cultural más importante de la época, y a adentrarse con similar espíritu de vanguardia en el mundo del cine.

Creó en diciembre de 1928 el Cine-Club Español, cuyas actividades difundía desde La Gaceta Literaria. Inició sus sesiones con varias proyecciones a finales de ese año en los cines Callao, en el palacio de la Prensa, el Royalty, el Goya y en una sala que funcionaba dentro del hotel Ritz. Entre los títulos presentados figuraban Tartufo, de Murnau, o la primera película sonora de la historia del cine, El cantor de jazz. Las películas iban precedidas de una presentación, y a ésta seguía en ocasiones un debate. Ramón Gómez de la Serna, Pío Baroja o Rafael Alberti actuaron como introductores de lujo en alguna de estas sesiones, a las que es muy probable que hubiera acudido Durán antes de su marcha a París a principios de 1929.

En todo caso, no descuidó su afición. Ya hemos seguido a través de su agenda el vivo interés que mantuvo por el cine como espectador cuya autoridad nacía de su agudo sentido artístico y de su amistad personal con Buñuel. Sin embargo, fue otra persona, su viejo amigo y primo de Néstor, Claudio de la Torre, quien introdujo al músico en la industria cinematográfica. Claudio, tras su éxito en la literatura, debutó como adaptador de guiones, doblador e incluso director en los estudios de la Paramount Pictures en Joinville, en las proximidades de París, que entonces dirigía el marido de Marlene Dietrich, el productor Rudolf Sieber. Por mediación de Claudio, Gustavo comenzó a trabajar en la Paramount, en el área de doblaje de películas al español. Allí coincidió de nuevo con Luis Buñuel, quien acababa de regresar de su primera experiencia fallida en Hollywood. Tras esta decepción y el amargo trance de la prohibición de Tierra sin pan, pensó seriamente en abandonar su carrera. Claudio le ofreció en aquel momento sumarse al equipo de doblaje con un tentador salario. Buñuel aceptó. Poco después se incorporaría también la hermana de Claudio, Josefina de la Torre, actriz, poetisa y, durante su breve estancia en París, la voz española, precisamente, de la diva germana Marlene Dietrich. Durante esos meses de 1933, Buñuel, Durán y los hermanos De la Torre representaron el nexo entre el espectador español y las grandes producciones de la Paramount con proyección en el país.

Los estudios de la Paramount no servían únicamente para doblar producciones extranjeras, sino también para rodar en ellos películas de factura española. Actores, directores y técnicos se desplazaban a sus instalaciones, consideradas en la época unas de las mejores de Europa. Claudio de la Torre dirigió allí en 1932 Para ser feliz, filme en el que trabajaba una jovencísima y aún desconocida Simone Simon. En 1933 se rodaron en Joinville seis películas españolas con un elenco variado que incluía a las estrellas locales más conocidas: Imperio Argentina, protagonista de varios de estos filmes, un joven José Isbert, la simpática Rosita Montero, el galán Gabriel Algara o el popular Miguel Ligero, entre otros. También directores como Florián Rey y Benito Perojo filmaron allí algunas de sus obras. Resulta curioso comprobar como la propia Josefina de la Torre, al firmar un artículo en 1943 para la

revista [56] Primer Plano en homenaje a aquel momento pionero del cine español, omitió, posiblemente muy a su pesar, los nombres de Gustavo Durán y Luis Buñuel. Eran tiempos en que ambos habían adquirido la condición de indeseables políticos.

La experiencia, sin embargo, fue breve. A mediados de 1934 Buñuel decidió regresar a España tras aceptar una oferta de la competencia, la productora norteamericana Warner Brothers, para supervisar sus doblajes al español, esta vez desde Madrid. Antes de hacerlo, en junio se casó con Jeanne de Rucar, su compañera desde hacía tiempo. Fue una ceremonia civil sencilla y discreta en el ayuntamiento del distrito 20 de París. El pintor Hernando Viñes y su mujer, Lulú Jourdan, además de un desconocido al que abordaron en la calle, ejercieron de testigos. Tras la boda, Luis y Jeanne se hicieron unas sencillas fotos y almorzaron. Después, ella se dirigió a la casa de sus padres a comunicarles su matrimonio. Buñuel, tras despedirse de Louis Aragon, tomó un tren y viajó a Madrid.

Gustavo le había precedido, una vez que la Paramount clausuró el servicio de doblaje al español. Pero antes puso en orden dos cuestiones cruciales en su vida: su relación con Néstor y su compromiso político. Respecto a la primera, la separación puso fin amistosamente a una relación en declive desde hacía tiempo. No hubo rencor ni desaires, sino la constatación de un final de etapa tras una evolución y crisis personal por parte de Durán. Es posible que también influyeran las presiones familiares, pero no tanto como el sentimiento de vacío vital y la necesidad de un estímulo del que entonces carecía. Había arrinconado la composición musical, convencido de que no pasaría de ser un autor respetable pero no brillante.

Precoz también a los veintisiete años, afrontó un balance excesivamente crítico de su vida, como si ésta se adentrara en una madurez plena cuando apenas despuntaba. Sentía la inminencia del momento, la imperiosa necesidad de cobrar de nuevo impulso desde un escenario distinto y desde una vida diferente. Néstor no fue un obstáculo, pese al dolor por la ruptura. Conocía y amaba a Gustavo mejor que nadie, más que nadie. Sabía que la persona que regresaba distaba mucho de la que había abandonado España cinco años antes, y en ello tuvo mucho que ver una determinación política, inexistente entonces, decisiva ahora, que anuló otras facetas para convertirse en el motor de los próximos años; los años del compromiso.