Comandante Durán
10 Una cima sobre Teruel
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Una cima sobre Teruel
La frialdad se abalanza, la muerte se deshoja,
el clamor que no suena, pero que escucho, llueve.
Sobre la nieve blanca, la vida roja y roja
hace la nieve cálida, siembra fuego en la nieve.
MIGUEL HERNÁNDEZ, «El soldado y la
nieve»
Mediante decreto del 9 de agosto de 1937 el ministro de Defensa, el socialista Indalecio Prieto, creó el Servicio de Investigación Militar (SIM), un nuevo organismo de contraespionaje que aglutinaba otras agencias dispersas y cuyo cometido consistía esencialmente en evitar el sabotaje y detectar a los informadores enemigos. La gestación del SIM fue desde un principio motivo de disputa entre Prieto y los comunistas, quienes pugnaban por su control. Consciente de esas presiones, el astuto político había previsto en el decreto de constitución que todos los nombramientos de agentes y cuadros del SIM debían ser autorizados previamente por el titular del ministerio; esto es, por él mismo. Al tiempo, asumió que para resistir las presiones comunistas debía también ceder en algunos nombramientos. Fue en este apartado donde surgió por primera vez el nombre de Gustavo Durán.
La propuesta surgió de círculos militares próximos al Partido Comunista pero pronto fue asumida como propia por los delegados soviéticos, particularmente por su responsable de inteligencia en España, Alexander Orlov. Según su testimonio posterior, el nombramiento se fraguó durante un banquete celebrado en la embajada soviética en Valencia en homenaje al agregado militar ruso, el general Gorev, quien regresaba a la URSS. La reunión se celebró a finales del verano de 1937 bajo la luz de las velas porque un bombardeo reciente había provocado el corte del suministro eléctrico. Asistieron, entre otros, el general Miaja, Indalecio Prieto y Orlov. Éste pidió a Miaja que propusiera un candidato para un puesto de importancia en la dirección del SIM. Miaja, conocedor de la labor de Gustavo en la defensa de Madrid, respondió:
«Tengo un comandante de división que podría realizar con garantías
ese trabajo. Habla varios idiomas pero no puedo prescindir de él».
«¡Durán!», exclamó el general Gorev. «Sí, Gustavo Durán», dijo Miaja.
Prieto asintió: «Gustavo Durán sería una excelente opción», añadió. «El
general Gorev me dijo que Durán hablaba inglés como un nativo y francés
igualmente, además de ser un brillante pianista y un prometedor
músico»[138].
Prieto parecía tener muy claras las querencias ideológicas que acompañaron su designación cuando afirmó que «no se me ocultaba que el propuesto era comunista; lo sabía, a pesar de lo cual fue nombrado por
mí»[139]. Por ese motivo, el ministro socialista impuso el nombramiento de un hombre de su confianza, Ángel Pedrero, como segundo de Durán. En esos términos, Orlov llamó al español para citarle en su oficina y comunicarle el nombramiento. Según el agente soviético, fue la primera vez que se vieron. Hablaron en inglés, idioma que Orlov conocía perfectamente tras su estancia de varios años en Londres como agente del NKVD. «Era un hombre refinado de unos treinta y dos años, que con su pelo claro y sus ojos luminosos parecía
más un alemán», escribió Orlov en sus memorias[140]. Durán se mostró poco receptivo a la propuesta. No se consideraba el candidato idóneo ni tenía excesivo interés en asumir un trabajo de inteligencia. Prefería mantenerse en el frente con sus hombres. Orlov le dio a entender que poseía el perfil necesario y, sin excesivas presiones, apeló a su sentido de la disciplina. «Sentí que podía confiar en él», anotó. Finalmente, Durán aceptó. A continuación le instruyó sobre su nueva responsabilidad. Le advirtió de la desconfianza, e incluso del recelo, que encontraría en su superior político, Indalecio Prieto, y le aconsejó que no nombrara a demasiados comunistas en su departamento. «Use —le comentó— la misma proporción que existe en el Consejo de
Ministros. Sólo hay dos miembros comunistas en el Gabinete[141]».
Tras esta discusión, Gustavo Durán fue nombrado director del SIM en la demarcación centro, básicamente Madrid. No fue por lo tanto, como a veces se ha señalado por error, director general del SIM. Este cargo lo ocupaba entonces otro hombre de confianza de Prieto: Prudencio Sayagüés, militante de Izquierda Republicana. El nombramiento efectivo debió de producirse en los últimos días de septiembre o a principios de octubre de 1937. La revista de la 47.ª División informó el 2 de octubre de que su mayor jefe abandonaba la unidad. El propio Durán escribió la despedida a sus hombres:
Orden del día 2 de octubre de 1937
Artículo único.
Llamado por el Gobierno de la República para desempeñar otra
misión en el Ejército, me despido de todos los camaradas soldados,
oficiales, jefes y comisarios de la 47 División.
Llevo conmigo, como mayor título, el de haber pertenecido como Jefe
a una de las más valiosas unidades del Ejército Popular, unidad que ha
sido ejemplo, en todo momento, de lo que el espíritu antifascista es capaz
de construir y mantener.
Que este espíritu continúe como hasta ahora y se acreciente; que las
páginas heroicas del Jarama, Huesca y la Sierra se prolonguen en nuevos
hechos; que la disciplina e íntima unión existentes entre todos sus
soldados y mandos sea más firme y estrecha cada día.
Con esta convicción os dejo y os animo a seguir adelante hasta la
victoria definitiva. Vuestros nuevos jefes y comisarios sabrán terminar el
camino que me ha cabido la honra de iniciar junto a vosotros.
Vuestro camarada
G [142] USTAVO D URÁN
Todo el número de la revista constituía, en realidad, un homenaje a su oficial. La portada estaba ilustrada con una fotocomposición en la que se mostraba a Durán y su Estado Mayor en diferentes momentos de la guerra. Sobre las imágenes aparecían en grandes caracteres las batallas más importantes en que tomó parte: Madrid, Jarama, Garabitas, Cabeza Grande o Quijorna. El comisario Álvaro Peláez completó el despliegue especial con un comentario hagiográfico: «Fue jefe y fundador de la Motorizada. Uno de los más destacados protagonistas en la defensa de Madrid, al lado de Kléber. Más tarde, mayor y creador de la 69 Brigada. Ayer, Mayor y creador de la 47 División. Hoy… ¡Salud, camarada Gustavo Durán! Enemigos, como tú, de posar la mirada en las personas, hoy traicionamos esta consigna al despedirte. Lleva tu espíritu con el mismo acierto que hasta ahora lo has hecho en todas
tus actividades»[143].
Se llevó consigo al leal Ernst Adam, quien en la práctica se convirtió en el responsable adjunto del SIM pese a la designación oficial de Ángel Pedrero. Entre éste y Durán se hizo evidente desde un principio una incompatibilidad de trato y carácter que excedía a la mera diferencia política. Sabía que su misión era vigilarle, aunque esto no le incomodaba tanto como el siniestro pasado de su ayudante. Pedrero había formado parte de la célebre Brigada de Investigación Criminal, un grupo policial que, al mando del tipógrafo socialista Agapito García Atadell, cometió numerosos crímenes en Madrid durante los primeros meses de la guerra. Ángel Pedrero García había sido el segundo responsable de la brigada. En octubre, García Atadell huyó de España con dos compinches así como con una importante cantidad de dinero y joyas fruto de sus extorsiones. Las autoridades franquistas le detuvieron cuando el barco en que viajaba a La Habana hizo escala en las islas Canarias. Meses después fue fusilado en Sevilla.
El nuevo responsable del SIM en Madrid trasladó la oficina al Ministerio de Marina, recibió un coche oficial de fabricación estadounidense, obsequio personal de Prieto, y elaboró una primera lista de colaboradores que inicialmente no suscitó ningún rechazo del ministro cuando le fue presentada. Orlov asegura que en esos días el SIM descubrió una célula de espionaje franquista infiltrada en el Estado Mayor del Ejército Popular y en el Ministerio de Asuntos Exteriores, se incautaron de documentos y se descubrió el código cifrado empleado por los informadores.
Unos días más tarde, Durán llamó a Orlov a Valencia informándole de que Indalecio Prieto le había destituido acusándole de haber nombrado a un número excesivo de comunistas en el SIM. Le explicó que había recibido una carta notificándole su reincorporación a la 47.ª División y el nombramiento en su lugar de Ángel Pedrero. Inmediatamente, Orlov se dirigió al despacho del ministro. El político socialista intentó celebrar el encuentro en una atmósfera cordial para contrarrestar la profunda irritación con la que el militar ruso pretendía exigir una explicación. Orlov preguntó por qué le había cesado:
«Durán nombró demasiados comunistas, sólo comunistas, de hecho».
«Eso no es verdad» le reproché. «Aquí está la lista de los nuevos oficiales
con su filiación política. Hay cuatro veces más socialistas que
comunistas». Pero Prieto insistió. Una y otra vez repetíamos el mismo
argumento cada uno, hasta que él reconoció otro motivo: «Necesito a
Durán en el frente. Voy a promocionarle a comandante de Cuerpo de
Ejército». Se trataba de un nombramiento a destiempo que no podía
considerar como serio. Le reiteré la necesidad de anular la destitución y
de restablecer a Durán en su puesto. «No puedo —confesó finalmente—,
le he prometido el cargo a Pedrero». Dirigió la mirada sobre el reloj y
dijo: «¡Oh! Son ya las siete. Llegaré tarde a la reunión del Gabinete».
Recogió unos papeles y salió. Estaba oscureciendo. Los asistentes estaban
situando los coches al pie de las escaleras. «Amigo Orlov —me dijo
poniendo su brazo sobre mí—, por favor, venga mañana y seguiremos
hablando». «Todo está aclarado —afirmé—, no hay nada más que
discutir. Sólo le digo una cosa: Si no restaura en su lugar a Durán nunca
más trataré con usted». Entré en el coche y fue la última vez que hablé
con Prieto[144].
La versión de Prieto no difiere sustancialmente de la de Orlov, pero sí acentúa la acusación sobre Durán por el nombramiento masivo de agentes de filiación comunista, que el político cifra en cuatrocientos. En su escrito, Prieto tuvo la prudencia de no citar a Orlov por su nombre, sino con la aséptica definición de «cierto técnico ruso». Por lo demás, coincide en lo esencial del relato:
A raíz del cese de Durán en el SIM recibí la visita de cierto técnico
ruso, de estos servicios, quien me dijo:
—Vengo a hablarle de la destitución de Durán. ¿Qué ha ocurrido? —Nada de particular, que me hacen falta mandos en el ejército, y he
dispuesto que Durán vuelva a él.
—No; usted le ha destituido por haber nombrado a comunistas para
agentes en Madrid.
—También eso es causa bastante, porque Durán carece en absoluto de
atribuciones para hacer nombramientos.
—¿Por qué no ha de poder nombrar agentes?
—Porque, en virtud del decreto de creación del SIM, esa facultad le
queda reservada exclusivamente al ministro.
Leí el decreto, y ante la evidencia de mi afirmación mi visitante alegó: —Durán podía hacer nombramientos provisionales. —Ni efectivos ni provisionales. Aquí, en España, además, lo
provisional se convierte en definitivo.
—Sea lo que sea, vengo a pedirle la reposición inmediata del
comandante Durán en la jefatura del SIM de Madrid.
—Lo lamento mucho, pero no puedo acceder.
—Si no accede a la reposición de Durán quedan rotas mis relaciones
con usted.
—Lo lamento, pero el comandante Durán seguirá al frente de su
división y no volverá al SIM. La actitud de usted es injustificada y no
puedo doblegarme ante ella.
No accedo, efectivamente, y mis relaciones con el técnico ruso, por
voluntad de éste, quedan cortadas en absoluto; no le he vuelto a ver desde
esa escena, ocurrida en Valencia[145].
La reunión entre Orlov y Prieto en Valencia tuvo lugar el 22 de octubre de 1937. A partir de ese momento, Durán cesó en su cargo. Se negó a traspasar personalmente los poderes a su sustituto Pedrero y delegó en Ernst Adam la ingrata tarea. Abandonó su despacho, renunció al coche oficial y regresó a su unidad tras apenas tres semanas en el SIM, decepcionado por la experiencia pero personalmente satisfecho con la posibilidad de regresar al frente.
El 7 de noviembre, primer aniversario de la batalla de Madrid, la revista Nuevo Ejército comunicaba la reincorporación de su mayor jefe: «El mayor camarada Gustavo Durán toma de nuevo el mando de la División. Una disposición del Ministerio de Defensa le obligó a separarse un corto plazo de los hombres con quienes ha vivido y luchado. Ahora está de nuevo entre
nosotros»[146].
Pero el caso Durán no se limitó en sus consecuencias a un cambio nominal en el SIM. Antes de su deserción, Orlov hizo lo posible para resarcirse de la actuación del político socialista. Presionó sobre el presidente del gobierno, Negrín, en contra de Indalecio Prieto, quien finalmente fue destituido de la cartera de Defensa Nacional. La versión de Prieto que ha sido citada forma parte del informe que él mismo presentó ante el Comité Nacional del Partido Socialista el 9 de agosto de 1938 explicando los motivos que habían provocado su cese. Cuando, una vez acabada la guerra, el informe de Prieto fue editado públicamente, añadió una breve introducción. En ella reconoció una relación directa entre su salida del Gabinete y el cese de Gustavo: «Caí en desgracia desde que, destituyendo al comandante Durán, quise impedir que el Servicio de Investigación Militar cayera en manos de los rusos, como cayó la Dirección General de Seguridad cuando estuvo al frente
de ella el teniente coronel Ortega»[147]. La afirmación fue incluso corroborada por el propio Orlov cuando admitió en sus memorias que «lo cierto respecto a lo que Prieto cuenta es que cuando rechazó restablecer en su puesto a Durán, yo usé mi influencia para forzar su cese del Ministerio de Defensa. Prieto fue bastante preciso al relatar al Congreso su incidente conmigo, excepto por un pequeño detalle: para justificar la expulsión de Durán alegó que era miembro
del Partido Comunista, lo cual no era cierto»[148].
Menos de un año más tarde, en el verano de 1938, Alexander Orlov desobedeció las órdenes recibidas de regresar a la Unión Soviética. Temiendo por su vida, abandonó España con su mujer y su hija y se asiló durante varias décadas en Estados Unidos. El legado de su actividad como responsable de la inteligencia soviética en España incluyó su participación en el traslado de las reservas de oro del Banco de España a la URSS y su implicación en el asesinato del dirigente del POUM Andreu Nin.
Pese al comentario de Orlov, la consideración de Gustavo Durán como comunista no era un detalle menor. Sobre esta cuestión, sobre la posible condición de militante del partido y su efímero paso por el SIM, recayó en gran medida su futuro, aunque en aquel año de 1937 todo porvenir pareciera incierto más allá de la guerra. Por todo ello, y por la confusión que siempre ha acompañado a este punto, conviene preguntarse si Durán fue realmente militante comunista.
No cabe duda de que simpatizó con el PCE ni de que éste lo consideró uno de sus miembros al menos desde el inicio de la guerra. Ya hemos visto el testimonio de Kléber considerándole un miembro leal del partido. Los informes del PCE sobre la distribución de fuerzas en el Ejército Popular y la adscripción política de sus oficiales siempre le consignaban como
comunista[149], e incluso así lo reconoce la propia historia de la Guerra Civil
que editó la dirección del Partido Comunista en 1971[150]. Su trayectoria militar y sus ascensos fueron celebrados como una demostración de la disciplina en sus filas, y el nombre de Durán se asoció a los de otros iconos del partido: Modesto, Galán, Líster o el Campesino. Le trataron no sólo Kléber sino también Gorev, Orlov y posiblemente otros miembros de la delegación soviética. Durán aprendió nociones de ruso y entendía las especificaciones técnicas del material militar soviético. Fuera en el frente o en el hotel Gaylord, el español se convirtió en un personaje familiar y de cierta confianza para los asesores enviados por Moscú.
Él mismo alimentó las suposiciones sobre su militancia. Cuando el escritor cubano Juan Marinello le entrevistó, dentro de una serie de encuentros con personajes de la República, Durán afirmó que «el día que estalló el golpe faccioso yo no sabía cómo iba a prestar mi concurso. Me avisaron al estudio que los militares reaccionarios se habían rebelado. Me despedí de los actores sin decirles adónde iba. Me presenté a mi partido, el
comunista, a recibir órdenes»[151]. La propia inclusión de Durán como personaje entrevistado en el libro de Marinello representa en sí misma una demostración de su elevada consideración como militar y de su significación política. Comunista era el propio autor, Juan Marinello, y también muchos de los otros protagonistas que aparecían retratados en la obra: Pasionaria, Líster, Modesto, el Campesino o el propio Miaja, quien también se adhirió temporalmente a sus filas.
La obra de Marinello se convirtió con el tiempo en uno de los principales cargos de acusación contra Durán cuando su actividad durante la Guerra Civil fue objeto de denuncia en Estados Unidos. El conjunto de la entrevista, ciertamente, muestra a un hombre no sólo de partido, sino comprometido con la revolución. Marinello comenzaba aludiendo a su condición de intelectual: «Una noche vimos entrar en la Alianza de Intelectuales Antifascistas a un hombre joven, rubio, de mediana talla y maneras distinguidas. Vestía el uniforme de comandante del Ejército Popular. Su presencia fue saludada por una exclamación cariñosa. Charló breves momentos con escritores, pintores y gente de teatro y se sentó al piano. Con ejecución limpia y graciosa comenzó a tocar tonadas de la vieja Alemania». Inmediatamente, el autor describe a un músico, a un militar, que le sorprende por su origen, por su formación, y por su trayectoria en la guerra: «Entre los grandes jefes del ejército republicano —Campesino, Líster, Modesto, Paco Galán—, entre los guiadores [sic] más queridos de la obra de liberación española, se cuenta Durán».
Tras una amplia introducción, Marinello encara el personaje. Le presenta como «un artista puro metido a jefe militar». Durán le corrige: «Jamás fui un artista puro». Cuando le pregunta sobre su evolución ideológica, responde de un modo expeditivo aludiendo a su propio pasado: «Como todo individuo de extracción burguesa tuve que sufrir un largo proceso de experiencia y superación. Yo conocí en París la nobleza española en toda su lamentable vacuidad. Era un grupo que, rendida su función histórica hacía mucho, moría entre aspavientos grotescos. Sentí por ella profundo desprecio».
Al referirse a su compromiso político, Durán sitúa como punto de inflexión del mismo un conflicto laboral mientras estaba empleado en Fono España: «En el estudio cinematográfico en que yo trabajaba se declaró una huelga justísima. Me pareció un deber sumarme a ella. Y por mi condición de director del estudio, figuré enseguida como responsable del movimiento. Ganamos la huelga, pero al poco tiempo fui despedido… Fue entonces cuando me sentí trabajador, obrero, cuando me uní fuertemente al proletariado de mi tierra. Hoy le sirvo con las armas».
La entrevista de Marinello y las respuestas de Durán permiten albergar pocas dudas sobre su posicionamiento político. Es cierto que, una vez al tanto de la publicación del libro y de las repercusiones que tuvo sobre él, Durán renegó de su contenido y alegó no sentirse identificado con las expresiones que el autor cubano captó de sus palabras. Es posible que Marinello alterara en cierta medida sus declaraciones a fin de dotarlas de mayor carga ideológica, siendo como era un libro destinado a la propaganda republicana. Pero su discurso no extrañó; no era ajeno a la impresión generalizada que existía sobre la evolución personal de Gustavo Durán desde su origen burgués hasta abrazar en apariencia los postulados comunistas.
Pese a todo, y aunque resulte contradictorio, es posible a la vez afirmar que seguramente nunca fue militante comunista o incluso que nunca se sintió un comunista pleno, convencido. Quizá sea poco significativo que el propio Durán insistiera en los años venideros en ese sentido, negando que alguna vez hubiera militado en sus filas. Se podría atribuir al interés del momento. Lo cierto es que sólo existen pruebas documentales de su militancia en la UGT, en la que ingresó a su regreso de París en 1934. El argumento de una persona tan autorizada como Orlov al asegurar que Durán no fue miembro del Partido Comunista sería suficiente aval para probarlo. Pero no fue el único. Coincidió con él en la negativa alguien que conoció a Durán bastante mejor, Ernest Hemingway.
Así pues, y aunque no sea posible afirmarlo con certeza, Durán no fue o no se consideró comunista pese a que durante casi toda la guerra así lo hizo creer o al menos no lo rebatió a quienes lo creían. Apelando de nuevo al símil malrauxiano de Manuel, como él Durán se sintió atraído por su disciplina y sentido de la eficiencia. Añadamos a ello el radicalismo de los meses previos y posteriores al estallido de la guerra para comprender por qué Durán, como tantos otros españoles, se sumó de forma genérica a un partido que lideró la lucha en los frentes contra el franquismo aunque no compartiera la totalidad de su ideario y pese a que se fuera distanciando progresivamente de él. La lógica de la guerra fomentaba extraños compañeros de viaje.
El mismo día en que la revista Nuevo Ejército confirmó su regreso a la 47.ª División, Durán participó en diversos actos con motivo del primer aniversario de la batalla de Madrid. Era el 7 de noviembre de 1937. También se celebraba el vigésimo aniversario de la Revolución soviética. En la división habían preparado un acto deportivo para celebrar ambas efemérides: una final del campeonato de fútbol entre las distintas compañías que la integraban. Se improvisó un campo engalanado con la mayor vistosidad posible. Había banderolas y guirnaldas. En el mástil principal ondeaban las banderas soviética y republicana. La tribuna estaba presidida por Durán, y a su lado figuraban Rafael Alberti y María Teresa León. Antes de las pruebas deportivas desfiló la división. Las compañías de infantería lucían banderines rojos colgando de sus bayonetas.
Por la tarde asistió en la sede de la Alianza de Intelectuales a otro acto conmemorativo de la defensa de la capital. Lo que había sido la cuadra del palacio que albergaba a la Alianza se había transformado para la ocasión en una improvisada sala de cine. Allí se dieron cita aquella noche Ernest Hemingway, Martha Gellhorn, Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda, Mijail Koltsov, Vicente Salas Viu, Jaume Miravitlles, Langston Hughes, Nicolás Guillén y Gustavo Durán. A través del testimonio de Guillén sabemos cómo se desarrolló el acto. Actuó una delegación del Institut Català de Folclore de Montserrat interpretando bailes regionales. Después entonaron «Els segadors», el himno catalán, con el que varios de los asistentes vibraron. «Todas las manos revolviéronse en aplausos, y yo vi muchos ojos húmedos
por la emoción», escribió Nicolás Guillén[152]. A raíz de aquel encuentro, el autor cubano dedicó unas palabras elogiosas a Durán en otra de sus crónicas sobre la guerra de España:
La Alianza es hoy, sin duda, el centro cultural más importante de
España. No sólo agrupa en su seno valores altísimos del pensamiento
español, sino que ha dado hombres al frente y héroes a la gloria. Entre
aquéllos, baste que nombremos al teniente coronel Gustavo Durán, ayer
músico —gran músico—, hoy uno de los jefes más valientes y valiosos
del Ejército Popular [153].
Al día siguiente, 8 de noviembre, el grupo folclórico visitó la 47.ª División en compañía del comisario de Propaganda de la Generalitat, Jaume Miravitlles. Al término de la función, él y Durán se dirigieron a los soldados. En sus filas se encuadraban más de mil soldados catalanes. A partir de entonces la revista de la unidad incluyó en todos sus números varias páginas escritas en catalán.
Con la llegada del invierno concluyó la inactividad. La división fue enviada a Cuenca, primero a las proximidades de Tarancón y después a la capital de provincia. Fueron semanas de poca actividad militar, dedicadas a reagrupar fuerzas con efectivos dispersos que se incorporaban a sus filas. Pasaron la Nochebuena allí. Durán participó con el Estado Mayor en una fiesta y sus hombres disfrutaron de un permiso. Fue un descanso breve. Apenas pasado el día de Navidad, recibió órdenes de dirigirse a la que sería la gran y atroz batalla de aquel invierno: Teruel.
El traslado de la unidad a Cuenca obedecía a su condición de fuerza de reserva en el despliegue organizado para la toma de Teruel. La 47.ª División formaba parte del V Cuerpo de Ejército, que comandaba Juan Modesto. El plan táctico había sido ultimado por Vicente Rojo, ascendido a general el 21 de octubre. Sobre el terreno dirigió su ejecución el coronel Juan Hernández Sarabia al frente de unos cien mil hombres, pertenecientes a las unidades más combativas y fogueadas del ejército republicano.
Con temperaturas de dieciocho grados bajo cero, las fuerzas republicanas iniciaron la ofensiva sobre Teruel el 15 de diciembre. Inicialmente encontraron una fuerte resistencia en las líneas defensivas trazadas alrededor de la ciudad, aunque el día 21 ya se combatía en el casco urbano. El gobierno celebró con antelación la toma de la primera capital de provincia ganada por las fuerzas republicanas, pese a que todavía quedaban focos de resistencia en el interior. El último, el del convento de Santa Clara, no se rindió hasta el 8 de enero. El general Rojo fue condecorado entonces con la Placa Laureada de Madrid.
Pero el control republicano sobre Teruel sólo representó una pausa entre las dos fases de la batalla. La segunda comenzó el 29 de diciembre con la contraofensiva franquista. Entre sus primeros objetivos recuperados se encontraba La Muela, un promontorio a 1052 metros de altitud al oeste de la ciudad cuya cima era vital para asegurar Teruel y sus accesos. Fue entonces, tras la pérdida de La Muela, cuando se recurrió a la 47.ª División.
Durán se desplazó a Mora de Rubielos para recibir órdenes en el cuartel general. El objetivo asignado a su unidad consistía en recuperar La Muela. La división se puso en marcha hacia Teruel el 30 de diciembre. El recorrido resultó más arduo de lo previsto, hostigados por la aviación enemiga y sometidos a un frío intenso, gélido, en el invierno más duro desde el inicio de toda la campaña. La unidad transitó por carreteras improvisadas, caminos escarpados de montaña donde la nieve se había helado y hacía sumamente peligroso desplazarse. Años después, Durán dejó por escrito su recuerdo de aquel paisaje.
Luego, a mediodía, mientras cruzábamos la sierra de Camarena por
una carretera improvisada, construida a toda prisa para enlazar por el
flanco sur las carreteras del frente que llevaban de Teruel a Cuenca y
Valencia, empezó a nevar. Nuestra carretera cruzaba un paisaje yermo y
desolado, de picachos agudos, monte bajo y aldeas viejas como la miseria.
Aquella nieve, aquella carretera imposible, con pendientes fabulosas,
precipicios, todo daba la sensación de estar fuera del tiempo, de haberse
salido de la realidad, de haber entrado en el reino de la alegoría… En el
curso del día recorrí la columna de punta a punta no sé cuántas veces
tratando de atender a todo pero consiguiendo tan sólo mantener el orden
requerido por su trabajoso progresar y ofrecer al mismo tiempo a mis
compañeros de combate el constante testimonio de mi solidaridad. Han
transcurrido casi treinta años desde entonces, pero aún están vivos los
azares de aquel día en mi memoria, como está vivo el recuerdo de la fe y
el entusiasmo de aquel ejemplar grupo de españoles[154].
Tres camiones se precipitaron al vacío antes de llegar a Teruel. La amenaza de la climatología parecía presagiar la intensidad de una lucha que aguardaba a escasos kilómetros. Pasaron la noche a las afueras de la ciudad buscando refugio en las paredes descompuestas de un caserío construido a lo largo de la carretera. Pasaron así la víspera de Nochevieja de 1937, recostados unos contra otros, compartiendo las mantas y guareciéndose a duras penas del frío y la nieve. Antes del amanecer entraron en combate.
La visión a la luz del día de La Muela impresionó al Estado Mayor de la división. Sus paredes eran muy escarpadas, de una verticalidad que dificultaba su acceso, más aún estando los soldados atenazados por las bajas temperaturas. Una ventisca se había aliado con ambos bandos, pues si bien ascender en tales condiciones era más arriesgado, en cambio dificultaba la visión del enemigo. El viento y la nieve casi cegaban a los hombres, que necesariamente debían alzar la vista, fusil al hombro, y escalar la cara este. Durán, Adam, Giménez de la Espada y Jean de Foucault observaban con ansiedad desde el puesto de mando, muy próximo físicamente a la base de la loma. Ante ellos se presentaba un escenario que les recordaba, en otro tiempo, al asalto a El Pingarrón. Los hombres, con sus tupidos abrigos cubiertos casi al completo por la nieve, se asemejaban a figuras espectrales surgiendo de la inmensidad blanca que dominaba la cima. La lucha por consolidar una pequeña cabeza de puente fue terrible, pero se logró al fin, facilitando así el acceso del resto de la unidad. Al mediodía se había tomado la mitad de la colina a costa de un elevado número de bajas.
Frente a ellos combatían los soldados de la 61.ª División nacional a las órdenes de Agustín Muñoz Grandes, el oficial que mandaría años más tarde la División Azul. Ambas fuerzas equilibraron sus líneas repartiéndose por igual el terreno helado y atrincherado de la cumbre. Al día siguiente, el primero de 1938, Durán no exigió a sus hombres que completaran la conquista de La Muela. El objetivo estratégico de anular a las tropas enemigas sobre la colina se había logrado. La vertiente en poder de las fuerzas republicanas garantizaba su control militar. Exigir otro sacrificio en aquellas condiciones le pareció excesivo, consciente de que, al hacerlo, conduciría a la muerte a muchos de sus hombres. En el relato que él mismo escribió décadas más tarde, afirmó:
El combate fue duro y con frecuencia cuerpo a cuerpo; pero si las
pérdidas que nos infligió la lucha fueron muchas y graves, más graves y
dolorosas fueron las que nos produjo el frío. Mal calzados y peor vestidos,
un gran número de oficiales y tropa de la división tuvieron que sufrir
amputación de los pies y de las manos congelados por la baja
temperatura. En tales condiciones, ¿qué me cabía hacer? Sé que mi deber
de jefe era exigir la conquista —«costase lo que costase»— de la
totalidad, y no sólo de una parte del objetivo que se nos había asignado.
Es también posible que una mayor insistencia por mi parte hubiese
logrado llevarnos al término de nuestra misión. Pero no me sentí capaz de
pedir más sacrificios a quienes habían llegado al límite de sus fuerzas.
Durante los siguientes días las posiciones de ambos bandos no se alteraron. El frente en La Muela, como Durán recuerda, era tan temible por el viento, la nieve y el frío como por las acciones del enemigo. No existían parapetos naturales en los que cobijarse en aquella planicie inhóspita, sin árboles y sin vegetación. Sólo los días en que la visibilidad era mayor algún ataque aislado de la aviación republicana rompía la monotonía del frente. Ambos ejércitos estaban situados a poca distancia, escasamente a cien metros, al extremo de que podían verse y oírse desde sus respectivas trincheras. Este hecho provocó una anécdota que Durán recordó con la misma intensidad con que grabó en su memoria todo lo acaecido durante esos días. En una de sus habituales rutas de inspección, observó que su ordenanza corría nerviosamente cambiando una y otra vez de posición en torno a él. «Su propósito no era otro que el de poner un escudo entre el enemigo y yo. Nadie es digno de la ofrenda de otra vida por la suya. Me sentí tan inmensamente humilde ante aquel abnegado y, por añadidura, inútil e inocente gesto, que sólo supe decirle, más como ruego que como orden, que en adelante se colocara donde mejor le pareciese pero que en ningún caso, fuera la que fuera mi posición, cambiara la que él había libremente elegido para sí mismo».
A esas jornadas se refirió Vicente Salas Viu en su diario: «Nos ha correspondido a nosotros la parte más dura de la batalla. Nuestra división ha entrado en fuego en los días en que el enemigo desarrollaba su más intensa contraofensiva para romper nuestras líneas y caer sobre la ciudad. Hasta hoy
no hemos conocido un momento de tregua»[155].
Tras un nuevo intento por controlar la colina, ya no hubo más ofensivas a partir del 10 de enero. La 47.ª División resistió hasta el 12 de febrero, fecha en que fue relevada por la división del Campesino tras permanecer 43 días enclavada en La Muela.
Cuando en 1940 Regler publicó sus memorias de la guerra de España, tituladas The Great Crusade («La gran cruzada»), Ernest Hemingway escribió un breve prólogo a su primera edición. En él se refería a la XI Brigada Internacional y a los combates de La Muela:
Había dos grandes brigadas. La XI era alemana. Casi todos tenían
formación militar o experiencia de combate en la guerra. Todos eran
antinazis. Muchos eran comunistas y marchaban como soldados del
Reichswehr (el ejército regular alemán). También cantaban canciones que
podían romperte el corazón. Los últimos de ellos murieron en La Muela
de Teruel, una posición que fue defendida más duramente que ninguna
otra en cualquier otra guerra [156].
Gustavo y sus hombres recibieron un breve permiso que disfrutaron en Alcira, a bastante distancia del frente. En el municipio valenciano tuvo lugar la segunda entrevista en profundidad realizada a Durán en la guerra. La efectuó Simone Téry, corresponsal de France Soir que posteriormente se casó con el escritor Juan Chabás. Fue él quien le habló de Durán y despertó su interés. Cuando coincidieron en Alcira, Durán se prestó a ser entrevistado. Después regresaría para reunirse con él por segunda vez. El resultado de aquellos dos encuentros en Valencia fue un extenso artículo que Simone Téry
publicó en su libro [157] Front de la liberté. Espagne, 1937-1938. Tituló su trabajo «Gustavo Durán, el general músico», un apelativo al que permaneció asociado para siempre.
Quienes conocieron a Gustavo Durán antes de la guerra no dan crédito
a sus ojos. Si alguien les hubiera dicho antes que Durán se convertiría en
uno de los mejores jefes militares de España, se habrían reído. La
elegancia del joven compositor era famosa en toda España; sus corbatas,
sus camisas, la raya impecable del pantalón, el cabello cuidado… Con esa
cierta indolencia espiritual, cultivada, esa mezcla justa de amabilidad y
crueldad que hacen de un joven el favorito de las reuniones. Frecuentaba
los medios más brillantes de Madrid y de París, artistas, escritores, gente
del teatro, y también el mundo más selecto de la aristocracia
internacional…
—Yo conocí al Durán de antaño —me contó el escritor Juan Chabás,
hoy capitán—, el que se levantaba tarde, el diletante, el soñador, el
refinado. Pasé varios meses de guerra a su lado. Recuerdo el sorprendente
discurso que hizo una noche para mí solo, sobre la virtud de la austeridad
entre militares. Me explicó largamente por qué no debíamos dormir en
colchones demasiado blandos ni usar agua de colonia, me hizo una lírica
apología del garbanzo. ¡Lástima no saber taquigrafía! Lo que me contó
aquella noche se hubiera convertido en un clásico en la historia de la
elocuencia militar. Y no se trataba de simples palabras, porque son
palabras, que pone en práctica. ¡Cuando pienso en cómo era antes!
Una noche de septiembre de 1937, bajaba yo a cenar en el hotel
Victoria de Valencia cuando me llamó Margarita Nelken:
—¡Mira, éste es el famoso Durán del que te hablé! ¿Quieres cenar con
nosotros?
El «famoso Durán» no tenía el menor aspecto de celebridad. Los
hombres célebres no tienen tanta sencillez, tanta amabilidad juvenil. El
azul luminoso de sus ojos no cesaba de sonreír. Miré con asombro sus
cabellos extrañamente cortados, casi al rape.
—¡Ah, si hubieras visto mi pelo antes! —exclamó Durán con un
suspiro cómico—. ¡Era lo mejor que tenía! ¡Rubio y ondulado, no te digo
más! Los sacrifiqué en el altar de la patria. Para dar ejemplo,
¿comprendes? Ordené a mis soldados que se afeitasen la cabeza a causa
de los tanques y los trimotores —de los piojos, si lo prefieres—, y para
que no dudasen me afeité la cabeza yo el primero.
¿Quién puede nombrar a otro general de la historia que haya hecho
otro tanto? Yo no. Y hay que darse cuenta de lo que este gesto representa
para un hombre como Durán.
—¿Y la música, Durán?
—La fuente se ha secado —me confió, malicioso—. Lo que más me
sorprende es que juzguen al hombre en el que me he convertido por
medio de las melodías que componía hace cuatro años. Era una música
absolutamente esotérica, figúrate. Ahora no me gustan más que las
palabras exactas. Y la música es surrealismo absoluto. Este halo alrededor
me molesta, ya no puedo expresarme de un modo tan misterioso. Me he
vuelto incapaz incluso, sí, incapaz literalmente de escribir una letra. Y si
por casualidad lo hago, escribo 1.º, 2.º y 3.º y firmo, como para las
órdenes de servicio, como Malraux cuando habla. Con la diferencia de
que Malraux utiliza un estilo literario y yo ya no conozco más que el
estilo militar. No, la música se terminó. Cuando hayamos ganado la
guerra, me haré horticultor.
—Lástima —dijo el pequeño Milo Koren, voluntario de las Brigadas
Internacionales—. He oído decir que eras una de las glorias de la música
española.
—¡Qué bobada! —dijo Durán—. No soy un gran compositor, si acaso
un consumidor de la música. La música es algo como los hoteles
españoles: se encuentra allí lo que se lleva. No es más que una cuestión de
educación. Todos los hombres han nacido para amar la música, sólo que
no lo saben. Pero nosotros se lo haremos saber.
—¿Desde cuándo no has tocado el piano?
Durán hizo un gesto vago con la mano, por encima del hombro, para
indicar una enorme distancia hacia el pasado.
—Desde Francia, desde el 34… Bueno, lo que se llama tocar. —Pero me han contado que Durán se lanza sobre el piano en cuanto
encuentra uno, y toca la noche entera.
—Naturalmente —confiesa son su brillante sonrisa—, me sigue
gustando la música… Es mi violín de Ingres. Pero ahora la reservo para
mi uso personal… Para perderme. Cuando tengo ganas de perderme.
Cuando tengo tiempo. Y casi nunca tengo tiempo. Mira, el otro día en
Madrid, por ejemplo, fui a unos asuntos. Creía que los arreglaría en tres
horas y lo liquidé en diez minutos. Entonces me precipité a la Alianza de
Intelectuales y estuve tres horas tocando a Brahms como un loco.
—Si Franco viera a uno de los generales de la «canalla roja» tocar
Brahms —dijo Margarita riendo con su gran risa sonora—, ¡se quedaría
de lo más asombrado!
—¡Precisamente porque no soy un ignorante no estoy con Franco! —
dijo Durán—. ¡Los bárbaros con él, los intelectuales con el pueblo!
Franco hace cerrar las escuelas, nosotros tenemos a Unamuno: «¡Muerte a
la inteligencia!». Y nosotros hemos abierto miles. El general Millán
Astray grita ante la cultura por la que nosotros luchamos.
—De todas maneras es una cosa curiosa ver a un intelectual, un
músico, convertido en general.
—¿Por qué? —protesta Durán—. La guerra moderna exige también
inteligencia, por tanto, es un trabajo de intelectuales. Sin contar con que la
guerra es, en cierta medida, irracional, como la música, la guerra es
también poesía, poesía trágica. Por lo tanto es tan natural ver hoy un
general músico como picapedrero o ebanista, como Líster o Modesto.
Nuestro país lo defienden a la vez obreros e intelectuales…
—Todavía te veo con tu mono azul en la estación del Norte —dijo
Margarita.
—Empecé siendo un simple miliciano, luego teniente y enseguida
capitán. ¡Si hubieras visto esto las primeras semanas de guerra! Se hacían
reuniones al sol y los milicianos elegían a sus jefes por aclamación,
revisaban los grados. Los comandantes volvían a ser simples soldados, los
simples soldados se hacían comandantes de un golpazo. ¡Era magnífico!
El 25 de agosto fui comandante de batallón, el 4 de enero del 37
comandante de brigada, el 3 de julio comandante de división.
—¡Eso sí que es un ascenso en vertical! En el Ejército Popular puede
hacerse carrera deprisa.
—Todavía me falta ser comandante de cuerpo de ejército, luego de
ejército, luego ministro de la Guerra, luego presidente de la República —
dijo Durán alegremente.
Los antiguos milicianos de la República, incluso los anarquistas,
incluso los antiguos antimilitaristas que componen la mayoría de ese
sorprendente ejército, exigieron a voces la disciplina que les daría la
victoria sobre los militaristas del otro bando. Y dentro de este Ejército
Popular en el que todos tienen la palabra disciplina en la boca, la división
de Durán es una de las más disciplinadas. ¿Cómo ha podido este diletante
encantador, este joven de veintinueve años, imponer su autoridad a unos
obreros, campesinos, rudos hijos del pueblo? Las dotes de mando son
algo que no se aprende: Durán había nacido jefe sin saberlo. La tragedia
española le reveló, como a tantos otros, cuál era su vocación.
—También yo era pacifista antes —me dice Durán—, como todos
nosotros, y antimilitarista, como corresponde. Y en cuanto hayamos
vencido no sólo en España sino en el mundo entero, volveré a ser
antimilitarista. Pero mientras tanto soy profundamente militar, soy militar
con pasión.
Los oficiales de su división le tienen el mayor respeto, porque sabe
más que todos ellos. Ha sabido aprovechar la experiencia práctica de esta
ya larga guerra… Y los soldados, por su parte, aman y respetan a Durán,
que ha sabido ganarse ambas cosas. Los soldados aman a Durán por su
sencillez, por su amabilidad. Lo quieren sobre todo porque en los
momentos críticos se preocupa siempre por compartir su dura vida, el
hambre, el frío, la metralla.
… Un día se decidió evacuar la población civil de una aldea
amenazada por la artillería fascista. Durán da tres horas a la población
para que abandone el pueblo. Los habitantes se van precipitadamente,
dejándolo todo atrás, el guiso cociendo en el fuego, las patatas peladas
encima de la mesa, las gallinas en el corral. Durán recomienda que no se
toque nada que sea propiedad del pueblo vaciado por sus habitantes. Ni
una patata, ni un huevo. Es una orden severa para unos hombres que
luchan casi sin comer en medio de un frío polar, hacía días y días. Pero
Durán es inflexible: el ejército del pueblo se ha alzado para defender al
pueblo, debe respetar sus bienes hoy y siempre.
En la casa que ocupa el Estado Mayor hay pollos. Los oficiales los
miran con ansia, tienen hambre. Esperan a que Durán esté un poco más
relajado, y uno de ellos le dice tímidamente:
—Mi comandante, hay unos pollos abandonados… No tienen nada
que comer, y nosotros tampoco. ¿No podríamos comprar dos o tres?
Comprarlos, naturalmente. Se los pagaremos a buen precio al propietario
cuando vuelva. Y si no vuelve le dejaremos el dinero encima de la mesa
con una nota explicativa.
Durán se echó a reír y dio permiso. Se comieron los pollos. Al día
siguiente había pasado el peligro y los civiles regresaron. Llega el
propietario de la casa y ve las plumas de tres pollos en el corral. Sin
informarse más, grita furioso:
—¡Ojalá que os caigan encima tantos obuses como plumas hay ahí! Resulta que aquel hombre era un fascista, y un fascista que no
escondía sus sentimientos. Cuentan a Durán lo que dice y pide que se lo
lleven ante él.
El fascista espera que el comandante le reciba. Lo guardan cuatro
soldados con la bayoneta calada. Espera media hora. Una hora. Los
soldados le recuerdan las palabras que ha pronunciado. Es cosa grave y el
comandante es un hombre severo. Una hora y media, dos horas. El
fascista está convencido de que le van a fusilar. Finalmente, después de
tres horas mortales, pálido, tembloroso, descompuesto, es introducido
ante el temible comandante.
Entra. Y Durán avanza hacia él con su más encantadora sonrisa y le
estrecha la mano.
—Señor mío —le dice—, quería darle las gracias por haber puesto tan
amablemente su casa a disposición de nuestro Estado Mayor. Nos hemos
permitido requisar tres pollos durante su ausencia, en su corral. Pero, en
nombre del gobierno de la República, le hago entrega de su precio, así
como del de los cuatro litros de leche que hemos igualmente extraído de
una de sus vacas. Aquí tiene, señor mío. Muchísimas gracias de nuevo.
Durán acompaña al fascista, aterrado, y al llegar junto a la puerta,
añade:
—Pero permítame, por su propio interés, que le dé un consejo. Hay
cosas que es mucho mejor no decir en territorio de la República. Aunque
se piensen.
Pero el verdadero Durán no estaba en Valencia, no era en la
retaguardia donde podía conocerlo. Tenía verdadero empeño en
encontrármelo en el frente, en su ambiente.
—No vengas a verme allí —me dijo—. Sólo hablo para dar órdenes y
por la noche acabo sin voz y soy muy desagradable.
Eso era precisamente lo que me interesaba. Fui, pues, a sorprender a
Durán a su puesto de mando, en febrero. Esperaba encontrarlo en el frente
de Teruel, donde su división se había cubierto de gloria, reconquistando la
famosa posición de La Muela, recobrada por los fascistas a finales de
diciembre. De allí, precisamente, nos llegaban aquellos obuses
inesperados que había visto caer muy cerca de mí en Teruel.
El encuentro se interrumpió abruptamente cuando el militar recibió órdenes de ponerse en marcha con sus hombres. Téry advierte con asombro la repentina transformación. Ha cambiado su gesto, de amable a serio. Se ha vuelto adusto, reflexivo. Ella le inquiere antes de marcharse: «Me hubiera gustado que me hablases también en serio, de Teruel, por ejemplo». Él responde con una última sonrisa: «La próxima vez. No puedo hablarte ahora de eso, sería forzar las máquinas. Esas cosas necesitan contarse con el tiempo… que salgan por sí solas… El heroísmo de los soldados… y de los oficiales también… el frío, dieciocho bajo cero… La nieve hasta la rodilla… tantas cosas…». Después se despidió de modo lacónico: «Nos vamos». Su Estado Mayor le esperaba fuera: Adam, el comisario Navarro, Giménez de la Espada, Francisco Ocón del Campo, Canedo y Francés, un joven capitán de veintidós años. «Todos sus camaradas están a su alrededor —asegura Téry— vueltos hacia él, inmóviles, silenciosos, con los ojos clavados en el claro rostro de su jefe».
Existe otro apunte interesante en esta semblanza. Según la autora gala, su nombre formaba parte entonces del célebre himno del 5.º Regimiento, en el estribillo en el que se glosaban las glorias militares de la unidad:
Con Líster y con Durán,
el Campesino y Modesto,
con el comandante Carlos,
no hay miliciano con miedo.
Con el quinto, quinto, quinto,
con el quinto regimiento.
El nombre de Galán es el que siempre aparece en la versión oficial del himno en lugar de Durán, pero es posible que circularan otras adaptaciones otorgando al entonces comandante de división ese protagonismo. La mención al mal carácter que a Gustavo se le suponía en el momento del combate, y que él mismo reconoce en la entrevista, fue también corroborada por otros contemporáneos, como Santiago Álvarez, comisario comunista y destacado dirigente del partido en el futuro, quien se refirió a Gustavo «como un
comandante de valor aunque difícil en el trato»[158].
Regresó a Teruel en los días finales de la contraofensiva franquista, cuando su dominio del terreno ya era un hecho. Su unidad combatió entonces en otro promontorio denominado El Muletón, donde Durán enfermó por agotamiento y se contagió de una grave infección. Fue retirado del frente para ser atendido.
Pese a los resultados finales, la 47.ª División consolidó en La Muela y El Muletón su prestigio como unidad de élite del ejército republicano, así como su mayor jefe, la condición de militar de prestigio. El archivo del Partido Comunista, extremadamente parco en referencias sobre Durán, contiene la transcripción de una conversación entre el general Rojo y Enrique Castro, dirigente comunista y entonces subcomisario general del ejército, mantenida tras la batalla de Teruel. Según Rojo, «la división de Durán francamente bien. Ha mantenido las posiciones y ha fortificado… Nuestro ejército está en una posición embrionaria de organización. Sólo unas cuantas unidades pueden militarmente considerarse como tal. Hace falta trabajar mucho para lograr rápidamente terminar esta obra. Por esa misma razón se están desgastando totalmente las mejores unidades, pero si analizáis todo lo ocurrido comprenderéis que había que utilizar a Modesto, Líster, el Campesino, Durán
y Walter»[159].
Curiosamente, a este período corresponde la última referencia musical conocida en España de Gustavo Durán. La revista Música, que comenzó a editar en enero de 1938 el Consejo Central de la Música, dependiente de la Dirección General de Bellas Artes, publicó en su número del 3 de marzo de ese año la partitura completa de la composición de Durán para el poema de
Alberti «Si me fuera, amante mía»[160]. No dejaba de ser una anécdota, un consuelo menor, respecto a la empresa que entonces seguía ocupando sus preocupaciones en un contexto militar cada vez más hostil.
Se puede considerar la batalla de Teruel como el punto de inflexión de la participación de Durán en la Guerra Civil. Si bien la contienda duraría aún más de un año, la 47.ª División inició un constante repliegue cubriendo los frentes que la merma del territorio republicano dejaba descubiertos. Durante los meses de marzo y abril de 1938, la unidad retrocedió hacia la sierra del Maestrazgo ante el empuje de las tropas nacionales.
El Maestrazgo es un macizo de orografía violenta entre Aragón y Castellón, de paisajes duros y áridos, extremadamente fríos en invierno, de altiplanicies desoladas, muchas de ellas a más de mil metros de altitud, cruzadas por sucesivos barrancos que convierten el conjunto en un paisaje confuso y sinuoso. La división inició una marcha tortuosa y dura a través de Alcorisa, Calanda —el pueblo natal de Buñuel— y Morella, en la provincia de Castellón, donde Durán reagrupó a la división con los restos de otras brigadas dispersas y formó una agrupación de montaña con la que logró llegar hasta Vinaroz. Aquella huida ordenada del Maestrazgo adquirió cierta celebridad en el mando republicano y especialmente entre los soldados que la protagonizaron, a salvo pese a las remotas posibilidades iniciales de llegar a la costa sin apenas bajas. Después, la agrupación fue dividida en dos secciones. La primera se dirigió al norte a apoyar la defensa de Cataluña. Durán permaneció con la segunda, la denominada Agrupación de la Costa, combatiendo en Alcocéber y Villareal. Con la pérdida de Vinaroz y la llegada, el 15 de abril de 1938, de las tropas nacionales al mar Mediterráneo, la zona republicana quedó dividida en dos áreas separadas en el este por un estrecho pasillo en poder del ejército franquista.
Tras un curso de Estado Mayor, Durán fue ascendido a teniente coronel
en mayo de 1938[161] y viajó a Madrid por última vez en junio. Allí se le asignó un nuevo destino al frente del XX Cuerpo de Ejército, integrado en el Ejército de Levante, que mandaba el general Leopoldo Menéndez y cuyo Estado Mayor dirigía el coronel Federico de la Iglesia. El XX Cuerpo de
Ejército estaba compuesto por las 6.ª, 49.ª y 53.ª divisiones[162]. Su mando efectivo correspondía al rango de general pese a que Durán figurase oficialmente como teniente coronel.
Recibió entonces la orden de reforzar una posición defensiva conocida como «línea XYZ». Había sido construida con anterioridad a la batalla de Teruel aprovechando las ventajas del terreno y completando éstas con trincheras, fortines y excavaciones en las rocas que servían de cuevas en las que protegerse de la artillería y la aviación. Constituía una formidable disposición defensiva, apoyada en la izquierda por la sierra de Javalambre. Representaba la última barrera para la defensa de Valencia, el nuevo objetivo que se había impuesto Franco en lo que parecía una campaña fulminante por Levante tras la caída de Teruel.
El 13 de julio de 1938, el Cuerpo de Galicia desde Sagunto y el Cuerpo de Castilla al mando de Varela desde Teruel iniciaron el avance. Durante diez días las tropas franquistas trataron sin éxito de romper la organizada defensa republicana, dirigida por el general Menéndez como responsable máximo del Ejército de Levante. El general Rojo, tal y como recoge su nieto en una excelente biografía sobre el militar, escribió:
El ataque culmina en dirección a Viver y los días 20, 21, 22 y 23 de
julio marcan el principal esfuerzo: incesantes oleadas de infantería se
suceden y son invariablemente deshechas; los tanques italianos, las
divisiones de flechas, las tropas frescas que el enemigo ha recibido, se
estrellan ante la tenacidad de los defensores [163].
El hispanista Paul Preston añadió que los republicanos resistieron «mandados con brillantez por el general Leopoldo Menéndez López y el
coronel Durán»[164].
El frente quedó fijado por debajo de las expectativas iniciales franquistas, en el sector Viver-Nules, salvando así Valencia de una conquista inmediata. Los historiadores hablan de veinte mil bajas entre las tropas franquistas frente
a cinco mil entre las republicanas[165] y coinciden en resaltar la importancia decisiva de esta batalla de Levante pese a que no adquiriera la celebridad de otros combates. El triunfo para el bando republicano al cortar la ofensiva sobre Valencia permitió no sólo proteger la ciudad, sino también prolongar la supervivencia del propio régimen. El 25 de julio la estrategia de ambos bandos cambió cuando el mando republicano inició su última ofensiva, la batalla del Ebro.
Hemingway rindió un nuevo tributo a su amigo a raíz de estos combates. En uno de los despachos remitidos a Estados Unidos, fechado el 1 de mayo de 1938, elogiaba con excesivo optimismo la moral y el empuje del ejército republicano:
Barcelona, aprox. 1 de mayo. Había guerra en España el último
primero de mayo, había guerra en España este primero de mayo y habrá
guerra en España el próximo primero de mayo. Tal es la impresión que se
tiene en el frente. Porque el frente y la retaguardia son en España dos
civilizaciones diferentes. El frente es joven, valiente, resuelto y dos años
de lucha lo han convertido en un ejército eficaz. El frente es todas estas
cosas en este momento, ahora, tras la derrota de Teruel, tras la derrota de
Aragón y tras la infiltración de los fascistas hasta el mar. Su moral es
sólida e intacta. Las tropas de Modesto, del Campesino, de Líster y Durán
y de otros jóvenes comandantes que están surgiendo deprisa, tienen en
este momento la misma moral fuerte que cualquier otra tropa que haya
visto en mi vida, y durante las tres últimas semanas han luchado en los
mejores combates que se han librado en la historia[166].
La realidad a finales del verano de 1938, una vez confirmada la derrota también en la batalla del Ebro, era muy distinta. El bando republicano se sabía ya perdedor de una guerra en la que la fecha de la derrota constituía la única incógnita pendiente, así como el cálculo de bajas que exigiría el último esfuerzo bélico. Cataluña estaba seriamente amenazada y la única esperanza residía en el estallido de una contienda europea que enmarcara el conflicto español en una batalla global contra el autoritarismo fascista. A esa esperanza se aferraron los últimos defensores del régimen republicano, incluso aquellos que, como Durán, pensaban ya en la inutilidad de mantener la lucha por más tiempo.