Comandante Durán
11 Derrota
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Derrota
Pienso en España vendida toda
de río a río, de monte a monte, de mar a mar.
ANTONIO MACHADO, «Meditación del
día»
En el último invierno de la guerra se sucedían las noticias sobre el avance imparable de las tropas franquistas por Cataluña. En Valencia, último reducto republicano junto con Madrid, las novedades que llegaban del frente señalaban inexorablemente el final de las hostilidades; la paz, pero también la derrota. A finales de 1938 Durán era plenamente consciente de vivir el final del régimen democrático y de las ideas por las que había luchado. Y con el fin de éstas llegaba la imposición de los vencedores, el miedo, la represión y el exilio. A este futuro, cada vez más próximo y cierto, dedicó muchas horas de reflexión en el invierno de 1938 y en las primeras semanas de 1939. Finalmente, llegó a la conclusión de que era inútil continuar la guerra en unas condiciones que consideraba suicidas para los soldados republicanos. Debatió a fondo las circunstancias finales de la contienda con su superior el general Menéndez, militar profesional y compañero de promoción de Franco, y con el coronel Federico de la Iglesia, su jefe de Estado Mayor. Los tres tejieron una cómplice amistad en medio de la debacle.
En febrero de 1939 participó en Valencia en una reunión con cuadros del Partido Comunista para analizar la situación. Felipe Maldonado le acompañó y, a través de su testimonio, sabemos que abandonó el encuentro profundamente decepcionado. Creía que el esfuerzo que se había exigido de resistir a toda costa era imposible. Sus hombres estaban agotados, física y moralmente. Maldonado les definió como «soldados acabados». Sus interlocutores le hablaron de una espera de nueve meses, tras la cual era posible que hubiera una guerra en Europa que alterara el equilibrio de fuerzas. Pero Durán consideraba excesivo también ese plazo. Durante el viaje de regreso estuvo triste y malhumorado. No habló salvo al término, cuando,
reincorporados al frente, dijo: «No hay defensa»[167]. Maldonado ofrece otros testimonios de la profunda desilusión sufrida por Durán en las últimas semanas de la guerra. Donde antes veía solidaridad observaba ahora en muchos casos un individualismo en el que primaban la salvación personal o el interés de partido por encima del general. Dirigía esas críticas hacia los propios dirigentes comunistas y hacia la Unión Soviética, acerca de la cual llegó a la conclusión de que «el principal fallo moral era la absoluta
convicción de que la Unión Soviética había sido oportunista»[168].
Años después, en Estados Unidos, y ante una de las comisiones ante las que tuvo que declarar, confirmó que sus sentimientos hacia los comunistas evolucionaron de la simpatía inicial a la hostilidad en los meses finales de la guerra. Atribuyó su cambio de parecer a la actitud que percibió en ellos:
Debo añadir en este sentido, incluso corriendo el riesgo de ser
malinterpretado, que durante los años de la Guerra Civil española todo lo
que vi del comportamiento comunista fue la conducta en el frente de
batalla de los comunistas que estaban en las unidades militares a mi
mando, y que desde el punto de vista del valor y la disciplina su actuación
estaba al nivel militar profesional. Como consecuencia (una consecuencia
natural en época de guerra) mi actitud hacia ellos, como la actitud de
prácticamente todos los jefes republicanos en aquellos momentos, fue
amistosa. Se hizo cada vez más hostil cuando me fui enterando de los
métodos implacables y la duplicidad de los comunistas, de sus intentos de
controlar totalmente cualquier situación en la que participaran, de que su
lealtad estaba antes con su partido que con el gobierno al que profesaban
servir y finalmente que las instrucciones que el partido recibía no se
fundaban en el idealismo, sino en intereses muy concretos que distaban
mucho de ser los del pueblo español[169].
Añadiría en diversas ocasiones que él había sido testigo de cómo una parte del armamento enviado por Moscú, pagado a un elevado precio con las reservas de oro, consistía en material desfasado o inservible.
Permaneció en ese estado de confusión, tristeza y decepción durante los días previos al golpe de Estado que el 5 de marzo de 1939 lideró el coronel Segismundo Casado en Madrid, tomando militarmente la ciudad al frente de una junta, apoyado por los socialistas Julián Besteiro y Wenceslao Carrillo y por el anarquista Cipriano Mera. El general Leopoldo Menéndez apoyó la insurrección en Levante. Fue una colaboración medida y alejada del enconamiento anticomunista que Casado ejerció en la capital.
Durán, pese a la extendida creencia de que era comunista, se mantuvo leal a Menéndez y adoptó una actitud pasiva en la revuelta. Años más tarde reconocería en Estados Unidos, atribuyéndose seguramente una relevancia excesiva, que «debido a la importancia estratégica del sector bajo mi mando, si me hubiera pronunciado activamente al lado de los comunistas, es probable que la sublevación del general Miaja y el coronel Casado no hubiera tenido
éxito»[170]. El único incidente de relevancia tuvo lugar en Requena cuando una unidad de tanques bajo control comunista se negó a someterse. La zona quedaba bajo la influencia del XX Cuerpo de Ejército que dirigía Durán, y éste medió personalmente para evitar el enfrentamiento abierto.
Durante el 5 y el 6 de marzo cundió la confusión en la capital levantina, dividida entre lealtades enfrentadas en el seno del régimen republicano. Poco después, el presidente Negrín y varios ministros, temerosos de que tropas leales a Casado los apresaran, abandonaron España desde el aeródromo de Monóvar, próximo a Elda, en la provincia de Alicante. También lo hizo la cúpula del Partido Comunista en dirección a Orán, dejando en España una troika de dirigentes: Togliatti, Checa y Claudín. En ese intervalo, Jesús Hernández, dirigente comunista y exministro de Instrucción Pública, y el general Leopoldo Menéndez acordaron un entendimiento pacífico en la región a la espera del fin de la guerra.
El 28 de marzo Durán se encontraba en un cuartel general improvisado en la masía de Las Aiguinas, en las proximidades de Valencia. Recibió por escrito la orden del general Menéndez de rendirse. Desmovilizó a sus hombres, recogió su uniforme, se vistió de civil y entregó la maleta con sus pocas pertenencias a Felipe Maldonado, quien la conservó durante años. Permaneció unas horas en la finca que había sido hasta entonces su cuartel general. La leyenda dice que pasó esos últimos momentos tocando el piano, intentando que los acordes silenciaran el desplome del mundo que se quebraba a su alrededor. En la soledad de Brahms, de Mozart o de Stravinski encontró el consuelo que la realidad le negaba. Quizá fuera también su despedida más sincera, su particular y emotiva manera de romper sus vínculos con un mundo que sabía inexorablemente perdido. Fue la última vez, si es que la escena llegó a tener lugar, en que la música, España y Gustavo Durán coincidieron.
Cuando a la mañana siguiente llegó a Valencia, ésta ya era un nido de agitación franquista, alentada por la inminente toma de la ciudad y el término oficial de la contienda. Los falangistas locales, que habían esperado ansiosos el momento desde hacía casi tres años, poblaban las calles sin disimulo, entregados a una euforia que presagiaba la proximidad de las fuerzas rebeldes. Las consignas y las expresiones de camaradería entre los vencedores eran tan elocuentes como el silencio y el temor con que la población vencida ocultaba su desesperanza. Durán deambuló vestido de civil por aquellas calles tan distintas de las que sólo pocos días antes había frecuentado. Alejado de Madrid desde junio de 1938, ésa fue la imagen indeleble que presenció del fin de la República. Y la afrontaba con la incertidumbre más aciaga sobre su propio destino.
Caminó entre la multitud disimulando su más íntima frustración. Se dirigió al consulado norteamericano. Con anterioridad había mantenido contactos con el cónsul, Stuart Warner, y con el agregado militar, el coronel Stephen A. Fuqua. Cuando llegó en petición de ayuda, le respondieron que Washington ya había reconocido oficialmente al gobierno de Franco. Durán le pidió a Warner como gesto personal que le acogiera unos días en su propia residencia, pero también se negó. Abandonó toda esperanza y se dirigió entonces a la comandancia militar franquista, situada a las afueras de la ciudad, dispuesto a entregarse.
En la entrada de la comandancia, sin embargo, la fortuna se alió con su destino, alterando una condena que daba por cierta. Se encontró con un antiguo conocido, un oficial llamado Sandoval, amigo de los tiempos de Madrid, posiblemente el único de sus antiguos conocidos que en aquellos momentos podía evitar lo que parecía inevitable. Sandoval le reconoció con asombro y disimulo, vestido de civil, como siempre le había tratado, antes de que la guerra les situara en bandos opuestos. Durán le confesó su intención y Sandoval le advirtió de que entregarse, en su caso, equivalía a un suicidio. A continuación le expidió un salvoconducto por un día, un documento amarillento sobre el que aparecía un nombre ilegible, supuestamente el que garantizaba su vida, y una firma aún menos comprensible. El membrete era de la Comandancia Militar de Valencia, como el sello que autentificaba su validez. Ese papel descolorido y garabateado le salvó la vida. Sus hijas todavía lo conservan como un preciado objeto, de un valor intemporal que el tiempo transcurrido no ha mermado. Gustavo, por su parte, nunca reveló el nombre de su salvador, mantenido, como tantos otros recuerdos de la guerra, en el más estricto e íntimo de los silencios.
Con él en su poder se dirigió de nuevo a la calle. Fue acogido por un matrimonio, del que tenía referencias por uno de sus suboficiales. Desde su vivienda logró contactar con el tercer secretario del consulado británico, Alexander Hanson Ballantyne, a quien también había tratado ocasionalmente y al que le unía cierta amistad. Con el consentimiento del cónsul, Abington Goodden, Ballantyne acudió en su ayuda en un vehículo oficial con distintivo diplomático. Su fisonomía, su impecable inglés y su cabellera rubia, otra vez poblada, ayudaron a no despertar sospechas entre los controles que, de regreso, el vehículo debió sortear.
A las siete de la mañana del 27 de marzo, el coronel Casado y todos los representantes del proclamado Consejo de Defensa Nacional, a excepción de Julián Besteiro, se dirigieron a Valencia, dejando Madrid a la suerte de los vencedores. En los puertos de Valencia y Alicante una multitud temerosa se congregaba esperando los buques prometidos que les debían evacuar. Sólo llegaron unos pocos, para desesperación de miles de vencidos a merced de sus captores. Gandía era un puerto menor pero presentaba dos ventajas significativas: no había recibido contingentes masivos de refugiados y su gestión estaba en manos de una empresa británica en régimen de concesión. Cuando Casado y su séquito de 163 personas, colaboradores, militares y familiares, llegaron al puerto de Gandía el 29 de marzo al atardecer, su embarque ya había sido pactado con el cónsul Goodden y con el Foreign Office. Únicamente debían esperar la llegada a puerto del buque de guerra británico Galatea, procedente de Gibraltar. Atracó poco antes de las cinco de la tarde del 29 de marzo.
El embarque se efectuó en la madrugada del 29 al 30 de marzo. Esa misma noche Gandía cayó en manos de los miembros de la quinta columna, aunque nadie interfirió en la evacuación. El Galatea permaneció a cierta distancia del puerto. Ello obligó a un traslado lento del pasaje en un pequeño bote. En el punto de embarque no había autoridades franquistas, sino sólo militares británicos y el gerente de la firma comercial que gestionaba el puerto, el también británico Edwin Apfel. A las nueve y media de la mañana del 30 de marzo, todos los refugiados estaban a bordo. Minutos antes hizo su entrada en el puerto el Mar Negro, un mercante artillado de la marina franquista con hombres armados a bordo, que no desembarcaron hasta que el último grupo de refugiados dejó el puerto.
En su informe posterior el contraalmirante Tovey, al mando del Galatea, afirmó:
El embarque de refugiados comenzó a las 6.00 del jueves día 30 y
continuó hasta las 9.30, tiempo durante el cual 143 hombres, 19 mujeres y
2 niños fueron embarcados. Su control en el punto de embarque del
puerto de Gandía estaba básicamente en manos del Sr. Apfel, mánager
británico del puerto. Como de costumbre, estaba totalmente al mando de
la situación y su asistencia fue inestimable. Los refugiados recibieron
instrucciones de dejar sus armas de fuego antes de entrar en los botes,
amontonándose muchas de ellas en el malecón. Otras armas se arrojaron
al mar tan pronto como sus dueños tuvieron la certeza de que ellos, y no
sólo sus líderes, estaban a salvo. Las pocas armas que quedaban fueron
requisadas al llegar a bordo. El tipo de persona embarcada variaba desde
los aparentemente respetables oficiales y funcionarios de tendencia
moderada hasta los más bajos tipos criminales, incluyendo algunos
destacados anarquistas y miembros del SIM (la checa española). El
mercante armado del gobierno español Mar Negro, que había estado a la
vista desde la mañana, ancló a las 9.00 pero no envió gente armada hasta
que el último bote de refugiados llegó al [171] Galatea.
Gustavo Durán era uno de esos 164 refugiados. Alexander Hanson Ballantyne se había ocupado de trasladarle al puerto de Gandía, le facilitó una pequeña cantidad de dinero y le garantizó un pasaje en el Galatea.
El escritor que mejor testimonio dio del drama de aquellas horas desesperadas en los puertos de Levante, Max Aub, reconoció a Durán junto al diplomático inglés. La relación entre ambos venía de lejos y se había intensificado durante la guerra, siendo Aub un estrecho colaborador de Malraux en el rodaje de Sierra de Teruel. Durán le sirvió años después como modelo literario para el personaje de Victoriano Terrazas en su novela La calle de Valverde. También le citó en aquel momento dramático reflejado en la obra Campo de los almendros, en compañía del general Menéndez: «Aparece el cónsul inglés. García Pradas discute violentamente con Menéndez. Aparece Gustavo Durán. El destacamento de Infantería de Marina [británica] desarma a cuantos van a embarcar. No cachean, se dan por
satisfechos con lo entregado bajo palabra»[172].
Existe otro testimonio literario erróneo que sitúa a Durán en aquellas horas críticas. Corresponde a una referencia fugaz en las memorias de María Teresa León:
Pensad en los miles y miles de seres que se acercaron en Alicante
hasta la orilla del mar convencidos de que no iban a ser abandonados por
los países democráticos, convencidos de que llegarían los barcos que no
llegaron nunca. Pensad en los suicidios de la desesperación. En la agonía
de los que se tiraban al agua para alcanzar la lancha del barco inglés que
llegó con la orden de no recoger estrictamente nada más que a los
miembros de la Junta de Defensa de Madrid. ¿Y los otros? Gustavo
Durán, coronel del cuerpo, se tiró al agua y agarró el borde de la lancha,
gritando a los marineros tantas cosas en inglés, que consintieron
recogerlo[173].
El propio Alexander Ballantyne corrigió la versión de la escritora al confirmar que fue él quien contribuyó a facilitar la salida de Gustavo. El diplomático regresó a Inglaterra el 13 de julio de 1939. Una vez allí escribió una carta a Durán felicitándole por saberle a salvo en el Reino Unido: «Es una gran noticia para mí saber que ha encontrado hospitalidad en mi país. Me siento orgulloso de haber sido capaz de ayudarle a usted y a otras personas en
circunstancias que de otro modo habrían derivado en tragedia»[174].
Los embarcados pasaron casi cuarenta y ocho horas a bordo sin salir del puerto, a escasa distancia de la orilla, sobre suelo británico pero en territorio español. Las horas en que permanecieron sobre la cubierta del crucero les permitieron ser testigos en la distancia del definitivo acto de la victoria franquista, el 1 de abril de 1939, cuando se proclamó el último parte de guerra y se decretó oficialmente su fin. Ese mismo día el buque hospital Maine, también británico, se apostó junto al Galatea. Durante el resto del día se trasladó al pasaje. Zarparon a las cuatro de la tarde rumbo a Marsella. Desde el Maine, como antes desde el Galatea, Durán contempló su alejamiento de España como un distanciamiento tanto espiritual como físico. Observaba aquella estrecha y creciente franja de agua que le separaba de la costa como una frontera trágica que delimitaba con la misma transparencia su pasado y su futuro. Dejaba atrás una vida y un compromiso, también las decepciones últimas y los amargos sinsabores de la derrota. Tenía treinta y tres años cuando abandonó España aquel 1 de abril de 1939, sin saber que nunca regresaría, sometido a los dolorosos sentimientos que entonces albergaba: rabia, frustración y una profunda tristeza.
El 3 de abril llegaron a Marsella. Desde allí un tren les transportó a París, para enlazar sin apenas tiempo con otro transporte que les trasladó al puerto de Dieppe. Un ferry les condujo al Reino Unido. Finalmente, llegaron a Londres el 5 de abril, donde el National Joint Committee for Spanish Relief (Comité Nacional Conjunto para el Socorro a España) se hizo cargo de ellos con la aquiescencia del gobierno británico.
El mismo día de su llegada a Londres, José Durán Labad se suicidó en la bañera de su casa de Madrid cortándose las venas hasta desangrarse. Unas horas antes, agentes de la policía franquista habían estado en su casa, con la intención de detener a su hijo. Al no encontrarlo allí le aseguraron a su padre que Gustavo había muerto. La dramática muerte de José consumó la tragedia que la guerra y sus consecuencias habían supuesto para su familia. Gustavo no conoció la noticia hasta semanas más tarde, cuando a Londres le llegaron también los primeros reproches por su actuación en Valencia, acusándole de dar la espalda a los comunistas en la fase final de la guerra.
La suma de ambas noticias y la propia experiencia de los últimos meses agravaron su estado depresivo. Tardó en salir de él, pero cuando lo hizo tomó la determinación de no dejar que el pasado condicionara su futuro, desterrando aquél a un discreto olvido. No optó por la nostalgia, sino por una calculada negación de su vida anterior. La guerra, su compromiso político, incluso España y su carrera musical, fueron condenados al silencio.
Malraux había realizado otro juicio profético al describir el destino que aguardaba a Manuel: «Un día habría paz. Y Manuel se convertiría en otro hombre, desconocido para él mismo, como el comba tiente de hoy había sido un desconocido para el que había comprado un cochecito para ir a esquiar a la sierra». La paz había llegado y la profecía se había hecho realidad. Sería otro, distinto, aunque siguiera llamándose Gustavo Durán.