Comandante Durán
15 Durán o Perón
15
Durán o Perón
¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?
JORGE LUIS BORGES,
«A un poeta menor de la antología»
El gobierno argentino declaró la guerra a Alemania el 27 de marzo de 1945, apenas un mes antes de la finalización de la contienda, expresando con ese gesto de aparente hostilidad hasta qué punto sus intereses y los del Eje habían sido coincidentes. Sólo la inminente capitulación del nazismo cambió la estrategia que había hecho de Argentina la principal plataforma de expansión germana en Sudamérica. El hombre clave en esa política era el mismo que en mayo de 1945 negaba sus aspiraciones de presidir el país, aunque nadie considerara sincero el desmentido. Menos que nadie lo creía Estados Unidos, que desde hacía tiempo tenía a Juan Domingo Perón por el auténtico poder fáctico del país y la principal amenaza a sus intereses.
Perón acumulaba en 1945 tres puestos clave en la administración argentina: el Ministerio de Defensa, desde el que controlaba el ejército; la Secretaría de Trabajo y Previsión, a través de la cual había promulgado las leyes sociales y laborales que le habían garantizado el apoyo de las clases populares y de la CGT, el principal sindicato, y a partir de junio de ese año sumaría la vicepresidencia de la República, presidida entonces por el general Farrell.
Los vínculos entre Perón y el nazismo resultaban evidentes no sólo por la política exterior argentina mantenida durante la guerra, sino también por su compromiso personal y por los estrechos lazos que le unían a importantes financieros locales de origen alemán. Uno de sus hombres de confianza y responsable personal de su seguridad, Rudi Freude, era un conspicuo nazi cuyo padre poseía una de las mayores fortunas del país y había operado como un importante canalizador de las inversiones alemanas en el país. En Argentina se había asentado durante la guerra la mayor red de espionaje germano en el continente; con la colaboración, por cierto, de numerosos españoles. El nacionalismo del que hacía gala Perón era, por otra parte, percibido en Washington con suma inquietud.
Todos ellos eran factores que preocupaban seriamente al Departamento de Estado y a su nuevo titular, Edward Reilly Stettinius. Éste, en compañía de Nelson Rockefeller, había viajado a Cuba para ofrecer a Braden la embajada en Buenos Aires. La sucesión en la Casa Blanca no alteró el objetivo de la misión asignada al diplomático: evitar la llegada de Perón a la presidencia de la nación. Su designación fue el último nombramiento firmado por Roosevelt antes de su fallecimiento y el primero que aprobó el nuevo presidente, Harry S. Truman.
Spruille Braden llegó al aeropuerto Presidente Rivadavia de Buenos Aires el 19 de mayo de 1945. Una importante comitiva diplomática fue a recibirle y en ella no faltó el coronel Perón. Durán aterrizó en el mismo aeródromo tres días más tarde, sin la presencia de ninguna autoridad y sin el despliegue de prensa que había acompañado a su superior. Llegó solo y sin estar plenamente recuperado de la enfermedad que había padecido a principios de año. Poco después de la marcha de Gustavo, Juan Ramón Jiménez le escribió una carta agradeciéndole el hecho de haberles prestado su piso en la calle Shepherd de Washington D. C.
Juan Ramón y su mujer, Zenobia Camprubí, habían abandonado España en 1936, poco después del estallido de la guerra, iniciando un exilio que les llevaría a Puerto Rico, Cuba y Estados Unidos. Los Durán mantuvieron frecuentes contactos con ellos y su casa en Washington se convirtió durante un tiempo en el hogar del poeta. Juan Ramón le escribió a modo de despedida:
Ustedes nos han hecho, durante estos años difíciles, el mayor favor
que pudiéramos nosotros haber soñado, y hemos vivido gracias a ustedes
con las comodidades máximas… Bueno Gustavo, nuestra enhorabuena
por sus éxitos y que lo pasen ustedes bien en Buenos Aires. Le suplico
que dé usted recuerdos a los buenos amigos que nos recuerden por ahí,
particularmente al grupo de la casa Losada, y muy afectuosos a Alberti, a
quien siempre he querido a pesar de sus desplantes, porque siempre tuvo
cosas buenas para mí[233].
Gustavo se alojó en la propia embajada en calidad de consejero cultural aunque, como sucedió en Cuba, sus responsabilidades reales le situaban como asesor personal de Braden. Pronto comenzó a reanudar el contacto con las antiguas amistades que el exilio había dispersado por Argentina. Vio de nuevo a Alberti y María Teresa. El poeta acudió al menos en una ocasión a la embajada estadounidense y departió tanto con Durán como con Braden. Tras aquel encuentro, regaló a su amigo una edición de Entre el clavel y la espada con una dedicatoria personal repleta de nostalgia: «A Gustavo, en los poemas por los que andan, tristes, aquellos días inolvidables». Durante la guerra, Alberti le había dedicado un segundo poema además de aquel lejano «Pirata» de Marinero en tierra. Se trataba de «Monte de El Pardo», un desgarrador canto ambientado en el escenario madrileño que ambos frecuentaron en aquellos años. El poema apareció dedicado a Durán en las primeras reediciones de su obra poética en Argentina y, en concreto, en el libro Poesía que editó Losada en 1940, uno de cuyos ejemplares conservan sus hijas. La dedicatoria sería suprimida en ediciones posteriores.
MONTE DE EL PARDO
A Gustavo Durán
Tanto sol en la guerra, de pronto, tanta lumbre desparramada a carros por valles y colinas;
tan rabioso silencio, tan fiera mansedumbre
bajando como un crimen del cielo a las encinas;
este desentenderse de la muerte que intenta,
de acuerdo con el campo, tanta luz deslumbrada; la nieve que a lo lejos en éxtasis se ausenta,
las horas que pasando no les preocupa nada;
todo esto me remuerde, me socava, me quita
ligereza a los ojos, me los nubla y me pone
la conciencia cargada de llanto y dinamita.
La soledad retumba y el sol se descompone.
También visitó a Manuel de Falla, exiliado en Alta Gracia, una hermosa ciudad en la provincia de Córdoba, en la que casualmente vivía entonces un joven estudiante de medicina llamado Ernesto Guevara, conocido después como el Che. Vicente Salas Viu ya había advertido a Falla de la presencia de Durán. Escribió al veterano músico proponiéndole su participación en una revista musical que patrocinaba la Universidad de Chile y en la que colaborarían «los primeros escritores sobre música y musicólogos de las dos Américas y, por supuesto, los españoles que aquí están como Adolfo
[Salazar], Casal-Chapí, Jesús Bal y Gay, Gustavo Durán, etc.»[234]. Pero su amistad más intensa en Buenos Aires fue, al tiempo, la más reciente.
Victoria Ocampo, editora de la revista Sur y figura universal de las letras argentinas, pertenecía a una de las familias más antiguas y aristocráticas del país, lo que no afectó a sus ideas progresistas ni a su temprana militancia en el movimiento feminista. En la casa de Ocampo en París habían encontrado asilo Ricardo Baeza y otros intelectuales españoles. Era una firme antiperonista y recelaba en la misma medida del comunismo, aunque tuvo entre sus amigos a varios escritores de conocida militancia. Ella y Gustavo Durán entablaron una intensa amistad, en la que la literatura y la convulsa política argentina constituían las cuestiones recurrentes sobre las que solían debatir. Es de suponer que el pasado de Gustavo y sus recuerdos de la Residencia, de Federico, de Buñuel, etc., ejercieron un poderoso interés sobre Ocampo. Tampoco eludían conversar sobre la guerra y sobre el comunismo, como refleja una carta que el escritor francés Roger Caillois envió por esas fechas a Victoria: «Recibí tu carta del 15 de septiembre donde me hablas de
tu discusión con Gustavo Durán acerca de los comunistas»[235]. En aquel momento, ése era un debate de la máxima actualidad.
Por paradójico que pudiera parecer, el gran aliado de la política norteamericana en Argentina fue, precisamente, el partido comunista local. A ambos les unían, por encima de sus diferencias, la hostilidad hacia Perón y lo que Perón representaba. A Gustavo no le resultó difícil contactar con los dirigentes del partido y establecer los canales necesarios para que la alianza prosperase. Su secretario general, Vittorio Codovilla, había estado en España durante la guerra como delegado de la Tercera Internacional, y, aun sin la certeza de que se hubieran conocido personalmente, al uno le tenía que resultar necesariamente familiar el nombre del otro. Braden y Codovilla suscribieron un pacto tácito tras reunirse el 11 de junio. Posteriormente, este último, hombre de una obesidad tan desmedida como su fidelidad a Stalin, definiría públicamente a Braden como «el ilustre embajador aliado».
Pero mientras el embajador remaba en las confusas aguas de la izquierda argentina, paralelamente se reunía con Perón. Su primer encuentro había sido público, el 1 de junio en la Casa Rosada, en virtud de las responsabilidades de ambos. Según las memorias de Braden se celebró en un ambiente cordial, como correspondía a una primera visita oficial. La conversación se centró en la exigencia norteamericana de entregar a los aliados todos los bienes de titularidad germana en el país, así como en la colaboración para el desmantelamiento de las redes de inteligencia nazis en Argentina. Volvieron a verse en varias ocasiones de modo más discreto, en un clima de creciente enfrentamiento en el que sus diferencias se trasladaban a la opinión pública mediante artículos de prensa, actos sociales o concentraciones a favor o en contra de Perón.
En julio el embajador realizó un viaje al interior del país tras aceptar una invitación de la Universidad de Santa Fe. Allí se encontró con manifestantes que le acusaban de un reciente incendio en las minas de cobre chilenas propiedad de su antigua empresa, en el que habían muerto cuatrocientos trabajadores. «El nombre de Braden significa muerte y destrucción en Chile» fue el lema que se extendió en Buenos Aires y en todo escenario donde los seguidores peronistas intentaban desacreditar su misión. Caricaturizaron su imagen como un cowboy de Montana, el estado en el que había nacido, y denunciaron su injerencia en la política interna argentina. Sin embargo, la campaña de acoso contra Braden logró un efecto contrario al deseado. En la medida en que los peronistas centraron sus ataques en él, adquirió la dimensión de figura central de la oposición hasta convertirse en el líder del que ésta carecía. A su regreso a Buenos Aires el 22 de julio, una multitud acudió a recibirle en la estación Retiro entonando el himno nacional argentino. El carisma del embajador como líder antiperonista se consolidó durante el verano, aupado por las continuas divisiones en los partidos de la oposición. Dedicó entonces sus esfuerzos a lograr un frente unido capaz de rivalizar con el auge popular del coronel.
Durante semanas, políticos irreconciliables y partidos adversarios negociaron su estrategia común con vistas a evitar el triunfo del militar. Así nació la Unión Democrática, una alianza en la que se integraron el Partido Comunista, el Socialista, la Unión Cívica Radical, el conservador Partido Demócrata Nacional y un grupo de pequeñas formaciones que abarcaban todo el espectro ideológico, desde la derecha conservadora y latifundista hasta grupos marxistas, pasando por el centrismo liberal. Los primeros temían de Perón su política social y el freno que su victoria podría representar para las exportaciones de carne. Los liberales denostaban su autoritarismo. Los socialistas y comunistas veían en él al aliado del fascismo. Contra toda lógica política, aquella alianza inició su andadura con el objetivo común de alejar a Perón del poder sin un líder indiscutido, a excepción del único que por su cargo no podía asumir tal responsabilidad, Spruille Braden.
La primera acción coordinada de la oposición se materializó el 15 de junio de 1945 en el llamado «Manifiesto de la industria y el comercio» que suscribieron más de trescientas organizaciones patronales, en el que se criticaba la política laboral seguida por Perón desde la Secretaría de Trabajo. El movimiento sindical, a través de la CGT, reaccionó con la convocatoria un mes después de una manifestación multitudinaria bajo el lema «Contra la reacción capitalista». Aquélla fue la primera vez que Perón comprobó la fuerza real de su poder en la calle y que las clases populares identificaron públicamente sus intereses con los del militar. La primera ocasión, en definitiva, en que se alzó una proclama profética: «Perón, presidente».
Braden casi ganó su pulso el 19 de septiembre, cuando la oposición convocó a doscientas mil personas en el centro de Buenos Aires en la llamada Marcha de la Constitución y la Libertad. Gustavo Durán y Victoria Ocampo estuvieron presentes.
Pero el diplomático jugaba en dos escenarios distintos: como el factor concéntrico en torno al que giraba el antiperonismo y, de modo bastante más confidencial, como defensor de los intereses estadounidenses ante un posible triunfo del coronel. Esta última opción se impuso como la más realista. Washington consideró que, incluso en caso de triunfo electoral de la Unión Democrática, la disparidad ideológica de la coalición haría inviable un gobierno estable en el país o, al menos, un gobierno que pudiera salvaguardar sus intereses en la región. Bajo esa diplomacia pragmática que significaba una traición a la actuación pública de ambos, Braden y Perón negociaron ciertas condiciones para permitir a empresas norteamericanas introducirse en el negocio aéreo argentino y abrir la puerta a posibles acuerdos futuros sobre la cesión a manos aliadas de bienes de titularidad germana. Perón no aceptó negociar la explotación norteamericana de yacimientos petrolíferos, puesto que la nacionalización de las materias primas básicas formaba parte de su programa. A cambio, Braden le dejaría el camino libre regresando a Estados Unidos, aunque públicamente uno y otro siguieran figurando como enemigos irreconciliables.
El testimonio posterior del diplomático argentino Albino Gómez, quien coincidió años después con Durán en Grecia, avala que éste conocía el cambio de estrategia pese «a sus propias simpatías por algunos integrantes de
la Unión Democrática»[236]. Él mismo, asegura Gómez, era consciente de que un gobierno unionista «carecería de lo que hoy llamamos gobernabilidad, a causa de la poderosa fuerza social, obrera y sindical que había logrado crear Perón». La misión de Braden y Durán concluyó asumiendo que el triunfo de Perón sería un mal inevitable.
Antes de su marcha, Gustavo fue invitado a una cena de despedida a la que asistieron una docena de españoles exiliados en Argentina. Figuraban amigos de su juventud en Madrid, como Rafael Alberti, Santiago Ontañón y Manuel Ortiz, así como conocidos de su etapa parisina, como Francisco Ezequiel o José y Elisa Aguilar. Antes de partir escribió a su buen amigo Federico de la Iglesia relatando su regreso a Estados Unidos: «Como cuando me trasladaron aquí pensé que sería por un período de, por lo menos, dos años, y Buenos Aires está muy lejos de New Hampshire, decidí venir solo y dejar que Bonte y las niñas pasaran tres o cuatro meses en Wilton, con mis suegros. Ahora resulta que me han vuelto a trasladar a Washington. Bonte se ha quedado, pues, sin conocer Buenos Aires, y yo sin su compañía en estos cuatro meses en que tantas y tan interesantes cosas han sucedido y durante los cuales he conocido al grupo de amigos más grato que sea posible encontrar en
ninguna ciudad del mundo»[237].
El 23 de septiembre de 1945 Braden, su mujer, María, y Gustavo Durán abandonaron Argentina desde el aeródromo de Morón en un avión militar estadounidense. Victoria Ocampo formaba parte de la comitiva que acudió a despedirles. Oficialmente, Braden regresaba a Estados Unidos para aceptar un ascenso en el Departamento de Estado como subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, en sustitución de Nelson Rockefeller.
Tras su marcha, los sucesos se aceleraron en el país. Perón fue depuesto y detenido por los propios militares, hasta que el 17 de octubre de 1945 una multitud congregada ante la Casa Rosada clamó por su regreso. Fue conducido desde su cautiverio en la isla de Martín García hasta el balcón del edificio presidencial en compañía de María Eva Duarte, Evita, con la que se casó cinco días después. La fecha quedó registrada como una de las jornadas decisivas de la historia argentina reciente, aquella en que el astuto coronel consolidó su liderazgo popular con aspiraciones presidenciales. Las elecciones se convocaron para el 24 de febrero de 1946.
El 12 de febrero, el mismo día en que se presentaba públicamente la candidatura Perón-Quijano a la Casa Rosada frente al desconocido binomio unionista José P. Tamborín y Enrique Mosca, el Departamento de Estado publicó el llamado Libro azul. Oficialmente denominado Consulta entre las
repúblicas americanas respecto de la situación argentina[238], el informe, de 130 páginas, detallaba los vínculos de los últimos gobiernos argentinos con el nazismo, evidenciando que el candidato Perón fue pieza clave en sus conexiones con el Eje. El dossier fue entregado en exclusiva a la agencia United Press al tiempo que se enviaba un ejemplar lujosamente encuadernado en tapas azules a todos los embajadores latinoamericanos en Washington excepto el argentino. El Libro azul repasaba múltiples conexiones económicas, políticas y militares de los gobiernos argentinos con Alemania, y desvelaba el entramado de inteligencia desplegado en el país por el Abwehr, el servicio de información militar germano, y por otras organizaciones de espionaje.
El Libro azul fue un sólido y documentado alegato contra el pasado político de Perón, pero no alcanzó la repercusión ni el eco popular necesarios. Por el contrario, el hábil militar reaccionó contraatacando con otro informe, el Libro azul y blanco, en alusión a los colores de la bandera argentina, que rebatía la denuncia y acusaba a varios diplomáticos estadounidenses, incluido el agregado militar, de espionaje. Uno de los objetivos más vulnerables contra el que Perón centró sus ataques fue Gustavo Durán. No cabe duda de que el coronel sabía quién era y cuál era el pasado del asesor español de Braden, de modo que se sirvió de él para afirmar que su actuación estaba condicionada por un infiltrado comunista. El Libro azul y blanco revelaba los contactos de Durán con Codovilla y aseguraba que había realizado diversos viajes a Uruguay para contactar con exiliados argentinos. Se preguntaba Perón: «¿Qué razones, sin embargo, han inducido al Partido Comunista de la Argentina a entregarse al imperialismo yanqui? El partido comunista ha pactado con el imperialismo yanqui por intervención del Sr. Braden, ante quien el Sr. Gustavo Durán, su agregado civil en la embajada de los Estados Unidos y secretario privado antes, durante y después de esa época, ha intercedido más de una vez. La participación del Sr. Durán en la alianza entre el partido comunista de la Argentina y el imperialismo yanqui no puede ser objeto de
grandes dudas»[239]. Según esta misma versión, Durán habría recolectado dinero entre las compañías estadounidenses con presencia en el país para financiar la campaña de la Unión Democrática. Por último, le señalaba como redactor en la sombra del Libro azul, lo cual era parcialmente cierto, tal y como el propio Durán reconoció en los años sesenta al historiador Hugh Thomas al afirmar que «en la preparación de cuyo borrador sí que tuve yo
alguna participación»[240].
El Libro azul y blanco, a diferencia del editado por el Departamento de Estado, representó un éxito político. Se distribuyeron ochenta mil ejemplares y logró el efecto de presentar a Perón como el garante de un gobierno independiente frente a la tutela norteamericana de la que acusaba a la Unión Democrática. La consigna caló en el electorado argentino a través de un lema incisivo popularizado por los votantes peronistas: «Braden o Perón». La efectista frase se convirtió en el factor político más influyente en el resultado electoral. El día 24 de febrero de 1946, el coronel Juan Domingo Perón ganó los comicios presidenciales con el 55 por ciento de los votos y el triunfo de su candidatura en todas las provincias excepto en Corrientes.
En sus memorias Braden es particularmente cauto, incluso silencioso, sobre los aspectos más cuestionables de su gestión, siendo considerado el triunfo peronista el mayor fracaso de su carrera. Al relatar el episodio argentino oculta, por ejemplo, los acuerdos tácitos y secretos a los que llegó con Perón, tampoco menciona la presencia de Durán durante esos meses pese a su papel de interlocutor y redactor del Libro azul, al igual que obvia toda mención al libro. Contempló el ascenso de su adversario a la presidencia desde su nueva responsabilidad como subsecretario de Estado para América Latina. Gustavo Durán continuó a su lado como tercer consejero auxiliar, empleado ya como funcionario de pleno derecho del Departamento de Estado. Se mantuvo en el puesto hasta octubre de 1946, cuando las primeras acusaciones le hicieron comprender que su entendimiento con la administración estadounidense había concluido.
El escenario internacional surgido de la guerra había alterado profundamente la política de alianzas establecida para derrotar al nazismo. La Unión Soviética se transformó de aliado necesario en amenaza global hasta derivar en la guerra fría. De la misma manera, el pasado de Gustavo Durán evolucionó de honorable a sospechoso. Como ciudadano nacionalizado y alto funcionario, su implicación en la guerra española adquirió otra dimensión distinta a la que le había precedido en sus primeros años en Estados Unidos.
En noviembre de 1945 el senador por Luisiana Allen Joseph Ellender, demócrata y firme colaborador del presidente Truman, preguntó al secretario de Estado adjunto Donald Russell sobre los rumores que apuntaban a Durán como antiguo comunista. Cuando Braden supo de la consulta fue a entrevistarse con el senador Ellender. Le dijo cuanto sabía de él, incluidos los pormenores de su actividad en La Habana y Buenos Aires. Le transmitió la convicción de que el hombre al que seguía considerando un leal y valioso colaborador no era comunista. No obstante, el diplomático percibió también la amenaza que la acusación proyectaba sobre sí mismo y, para evitar cualquier sospecha, pidió expresamente a Edgar Hoover que el FBI iniciara una investigación confidencial sobre Durán. Cuando la propuesta prosperó, en enero de 1946, Gustavo trabajaba arduamente en la elaboración del Libro azul, ajeno a que, mientras desarrollaba la labor más comprometida en su breve período como funcionario del Departamento de Estado, sus superiores instaban al FBI a vigilarle.
A partir de ese instante, Gustavo Durán fue víctima de una primera campaña pública en su contra, lo bastante agresiva como para arrastrarle a una fase de temor y nerviosismo que Braden definió, con poca elegancia, como
«de histerismo y ansiedad»[241]. La investigación no se condujo por los cauces de confidencialidad previstos y alcanzó una indeseada relevancia pública cuando la embajada estadounidense en Madrid se apresuró a solicitar información a las autoridades españolas.
Washington publicó en marzo de 1946 un documento probatorio de las relaciones del régimen de Franco con la Alemania nazi, al igual que había hecho respecto a Argentina. El informe llevaba el sello del Departamento de
Estado bajo el título de [242] El gobierno español y el Eje, aunque fue más conocido como el Libro blanco sobre España. Gustavo no tuvo ninguna responsabilidad en su elaboración, pero en Madrid asociaron inmediatamente la demanda de información sobre su persona con la difusión del informe. Radio Nacional de España, en sus emisiones del 28 de febrero y del 3 de marzo, acusó a Gustavo Durán de ser un comunista infiltrado en el Departamento de Estado.
El 28 de marzo de 1946, mientras se desarrollaba la investigación interna del Departamento de Estado, el republicano J. Parnell Thomas, futuro responsable del Comité de Actividades Antiamericanas, denunció públicamente al Comité Conjunto de Refugiados Antifascistas y de su presidente, Edward Barsky. Éste centralizaba las ayudas a los exiliados españoles y organizaba actos de apoyo. Thomas, junto con el congresista por Wisconsin Alvin E. O’Konski y el senador por Nebraska Kenneth S. Wherry, alentaron un proceso contra dicha organización e, indirectamente, contra Gustavo Durán. Según esta denuncia el español era el auténtico responsable en la sombra del comité, y le acusaba, además, de ser miembro de la Internacional Comunista y agente del NKVD, el servicio de inteligencia soviético. La imputación se basaba en diversas informaciones, siendo las principales el testimonio de Indalecio Prieto en su libro Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa Nacional y el libro de Juan Marinello Hombres de la España leal. Parnell Thomas llegó a afirmar en el transcurso de las deliberaciones que «Durán fue durante la guerra civil de España comandante del ejército rojo español, y se le conocía allí como miembro destacado del
partido comunista y notorio agente del NKVD o policía política rusa»[243].
El Comité de Actividades Antiestadounidenses (HUAC), más conocido como Comité de Actividades Antiamericanas, se creó en 1938, aunque no se convirtió en comité permanente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos hasta 1945. Sus actividades, bajo diferentes etapas y nombres —en 1969 pasó a ser llamado Comité de Seguridad Interna—, prosiguieron hasta 1975, en que fue suprimido. A finales de los años cuarenta, el HUAC inició una campaña de investigación sobre directores, actores y guionistas de Hollywood sospechosos de simpatías comunistas. De aquel período surgió la llamada lista negra, que incluyó a más de trescientos profesionales de la industria cinematográfica, cuyas carreras quedaron truncadas. Diez de ellos, «los diez de Hollywood», fueron condenados por desacato al negarse a declarar ante el comité. Entre éstos figuraban el guionista y escritor Dalton Trumbo y el director Edward Dmytryk. No debe confundirse el Comité de Actividades Antiamericanas, dependiente de la Cámara de Representantes, con las investigaciones del senador McCarthy, primero en solitario y posteriormente a través del Subcomité Permanente de Investigaciones del Senado. Ambos persiguieron fines similares, pero desde instituciones dispares y con métodos diferentes.
El embajador español en Washington, Juan Francisco de Cárdenas, siguió el caso Durán con particular interés. El 20 de marzo de 1946, antes incluso de que se difundiera su nombre, ya había informado a Madrid de la investigación en curso a pesar de su carácter confidencial. «Me consta se está investigando aquí a Gustavo Durán, secretario de Mr. Braden, y nos convendría mucho tener los antecedentes pedidos para su posible identificación», escribió el
diplomático en un telegrama catalogado como «muy reservado»[244].
Unos días más tarde, el 9 de abril, el diario Arriba de Madrid, órgano oficial del Movimiento, publicó en portada un artículo haciéndose eco de la campaña. El titular apuntaba el carácter sesgado del resto de la información: «Gustavo Durán, denunciado como colaborador de Spruille Braden, fue uno
de los más peligrosos agentes de la GPU en España»[245]. El texto tergiversaba convenientemente datos procedentes de Washington, Buenos Aires y Madrid para afirmar que «es nada menos que uno de los sujetos más peligrosos que la policía política soviética tuvo en España desde 1931 hasta que huyó, ante las armas victoriosas del ejército Nacional, al extranjero». Por primera vez se divulgó públicamente el apodo el Porcelana, que el autor atribuye «al delicado matiz, como de porcelana, de su piel». El diario aseguraba que Durán había militado en las Juventudes Socialistas Unificadas y que previamente había sido captado como agente en París por la policía política soviética. Su puesto en la Paramount, añadía, no constituía sino una tapadera para su actividad encubierta como espía. Continuaba asegurando que había sido detenido por la policía en varias ocasiones por sus actividades homosexuales y que fue expulsado de varios países por ese mismo motivo. «Si Durán pudo salir de los calabozos, adonde sus escándalos le llevaban con bastante frecuencia, fue por sus poderosos protectores políticos, quienes cumplían a rajatabla las órdenes de la policía política del soviet». Tras afirmar que, al término de la guerra, Durán se había trasladado a Moscú y a París, concluía con un mensaje dirigido a las autoridades norteamericanas: «Estamos seguros de que por aquellas tierras que los españoles varonilmente descubrieron, la repelente figura de Gustavo Durán no era conocida con los “datos” exactos que figuran en los archivos policiacos de Europa».
Con independencia del lenguaje y el tono del artículo, resulta difícil hallar un ejemplo de propaganda tan burda e inexacta. Basta con consultar el
expediente policial de Durán que obra en el Archivo Histórico Nacional[246] para comprobar que no figura ninguna detención y que todas las anotaciones existentes son de carácter político y posteriores a 1939. Tampoco estuvo en París o en Moscú después de la guerra. Su supuesto reclutamiento como agente del NKVD es mera especulación de la que no se aporta ningún dato. Por ello resulta aún más sorprendente comprobar la repercusión posterior de esta información y la verosimilitud que le otorgaron los funcionarios estadounidenses. Uno de ellos, el agregado militar de la embajada en Madrid, el coronel Wendell G. Johnson, solicitó inmediatamente al gobierno español información adicional sobre Durán, incluida una plantilla de sus huellas digitales.
No fue ésta la única información publicada sobre Durán en esas fechas. El diario Ya o Madrid dedicaron trabajos similares al editado por Arriba. Tal despliegue mediático resulta ilustrativo de la relevancia que el gobierno español le otorgó. Por ello mismo, la información más interesante no obra en informes públicos, sino en los documentos reservados que hoy se conservan en diversos archivos oficiales. En todos ellos hay suficientes datos como para avalar la tesis de que Durán no fue un exiliado más, ni siquiera un cualificado adversario político, sino un refugiado al que Madrid adjudicó una singular importancia.
Lo prueba, por ejemplo, el hecho de que el ministro de Asuntos Exteriores de la época, Alberto Martín-Artajo, asumiera personalmente el seguimiento del caso en contacto permanente con la embajada española en Washington. Su primera nota al respecto, catalogada como «muy reservada», está fechada el 23 de marzo de 1946, y consiste en un detallado relato biográfico de Durán en respuesta a la petición en ese sentido formulada por el embajador Cárdenas. Lo más relevante del dossier suministrado por el ministro no es tanto la información, bastante errónea, sino los juicios contradictorios vertidos en él:
La portada del diario Arriba del 9 de abril de 1946 muestra
cómo la prensa franquista aprovechó la campaña
estadounidense contra Gustavo Durán para señalar
improbables conexiones de Gustavo con el espionaje
soviético. (Arriba, 9 de abril de 1946).
El Porcelana fue el apelativo preferido por la prensa
española de la época para referirse a Gustavo Durán.
Cabeceras destacadas, como el diario Informaciones,
empleaban un pretexto cualquiera para desacreditarle en sus
portadas. (Informaciones, 14 de marzo de 1947).
En 1932 llegó a España un poco deslumbrado por el fascismo —
escribió Martín-Artajo— y por esta causa mantuvo frecuentes discusiones
con sus antiguos amigos que militaban en formaciones sindicales de
izquierda. En 1933 se afilió al Partido Comunista donde destacó por su
inteligencia y conocimiento de idiomas. Durante la guerra civil aparece
como comandante de una unidad de carros de combate en el frente de
Madrid y quiere imponer la disciplina por procedimientos sanguinarios
causando estragos en sus propias filas[247].
Lo demuestran igualmente la extensa relación de telegramas e informes cruzados entre el Ministerio de Exteriores y el de Gobernación, y entre éstos y el Estado Mayor del ejército, así como la nutrida correspondencia entre Martín-Artajo y el embajador Cárdenas.
Otro hecho añadió aún mayor gravedad a la investigación en curso cuando se averiguó que un oficial republicano apellidado Durán estaba acusado de una serie de asesinatos cometidos durante la guerra en el denominado «túnel de la muerte». Este túnel, excavado en el barrio madrileño de Usera, fue utilizado para hacer creer a personas afines al bando nacional que podría pasarles a sus filas. Una vez en el interior eran asesinadas y sus bienes, robados. El responsable de tales crímenes se llamaba Casimiro Durán, aunque algunas informaciones aseguraban que utilizó en ocasiones el nombre falso de Gustavo. Fue esta similitud la que generó confusión. No obstante, el 27 de marzo de 1946 Martín-Artajo confirmó a su embajador en Washington que no se trataba de la misma persona: «El organizador de los asesinatos cometidos en el llamado “Túnel de la Muerte” fue un tal Casimiro Durán Muñoz que usaba el nombre de Gustavo como nombre de guerra y el cual se encuentra reclamado por diferentes juzgados militares españoles. MARTÍN
ARTAJO»[248]. Pese a este desmentido, el error no fue subsanado en la Causa General, en cuyas páginas el apellido Durán siguió apareciendo relacionado sin mayor concreción con los crímenes de Usera.
En Estados Unidos, mientras tanto, la investigación interna del Departamento de Estado avanzaba con celeridad, centrada en estudiar todos los despachos oficiales enviados por Braden y Durán desde La Habana y Buenos Aires. Dos funcionarios de la embajada estadounidense se entrevistaron con Indalecio Prieto en México, quien, sin negar su versión de los hechos, desmintió que el español hubiera sido agente soviético. Desde México envió a Gustavo un primer telegrama el 3 de abril de 1946 en el que afirmaba que «las declaraciones de Mr. John Parnell Thomas no pueden fundamentarse en ninguna de las palabras escritas por mí… Nunca le he acusado a usted de ser agente de la policía rusa ni miembro de la
Comintern»[249]. En un segundo despacho remitido el 12 de abril, Prieto corroboró esta versión: «Querido amigo… En el informe que hice en Barcelona el 9 de agosto de 1938 para explicar las razones de mi salida del Ministerio de Defensa Nacional, aludí a usted durante el breve período de tiempo en el que actuó como jefe del SIM… Esta alusión, sin embargo, no implica ninguna acusación de que usted fuera agente de la Policía Secreta
Rusa ni miembro del Comintern»[250].
En un clima de creciente angustia que los Durán vivieron como una pesadilla, el 7 de agosto de 1946 Gustavo recibió la noticia de que la investigación interna del Departamento de Estado había concluido sin cargos en su contra, lo que implicaba su continuidad laboral. Pero él ya había tomado otra decisión. Ese mismo día solicitó una plaza en la recientemente creada Organización de las Naciones Unidas (ONU), donde su conocimiento de los idiomas y su experiencia diplomática constituían una excelente carta de presentación. Fue una decisión asumida desde el despecho, desde la honda frustración con que había vivido los últimos meses. Su visión de la realidad norteamericana y de su gobierno difería notablemente de la imagen que se había creado tras su llegada cinco años antes, y a la que habían contribuido la política del presidente Roosevelt. Ahora actuaba otra administración, con intereses distintos, en un contexto de guerra fría. Comprendió que su pasado, pese al resultado de la investigación, constituiría siempre una pesada carga que podría ser aducida en cualquier momento para desacreditarlo.
La crisis evidenció también un creciente distanciamiento ideológico y personal respecto de Braden. Hacía tiempo, desde su regreso de Argentina, que Durán cuestionaba sus decisiones. Su deriva conservadora y el papel que había desempeñado en la reciente investigación añadieron elementos de tensión. Spruille describió este alejamiento en sus memorias con cierto resentimiento. Cuando supo que Gustavo había sido exculpado de los cargos, se encontró con una reacción que le sorprendió y disgustó.
En esa época —escribió Braden— él y su mujer estaban histéricos y
angustiados. Gustavo incluso llegó a decirme, al igual que a John Wright,
que se arrepentía de haber conseguido la nacionalidad estadounidense.
Tan pronto como supo que había sido rehabilitado me anunció su
dimisión. Me dijo que había encontrado otro trabajo. Le respondí que
debería haberme advertido con antelación. Curiosamente, rehusó decirme
de qué empleo se trataba hasta que nueve días después vino a despedirse.
Me confirmó que se iba a las Naciones Unidas [251].
Braden detalla que no volvieron a verse durante los siguientes cuatro años. Las circunstancias les obligaron a reencontrarse cuando Durán fue nuevamente acusado por el más acérrimo perseguidor de la influencia comunista en Estados Unidos: el senador Joseph (Joe) McCarthy.