Comandante Durán
5 El compromiso
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El compromiso
Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.
LUIS CERNUDA, «Peregrino»
Nunca como antes debió de sentir el vértigo del paso del tiempo al reencontrarse con Madrid en abril de 1934. Quizá por ello prefirió escalonar su regreso. No vino directamente desde París, sino que aprovechó para conocer Londres por primera vez. Paseó por sus calles dispuesto a admirar y conocer, sin intuir que aquella ciudad que entonces descubría sería un lugar decisivo en su vida, un punto de inicio y final al que volvería en la época sombría del exilio. Pero, aquella primavera de tanto significado, sus ojos sólo sabían mirar con asombro, desprovistos de todo interés que no fuera aprovechar cada minuto para saborear una experiencia grata. La visita no le decepcionó, tal y como él mismo escribió en una postal enviada a su hermano Ernesto el 1 de abril sobre una vista panorámica de Oxford Street: «Antoñica y Ernestico: estoy aquí desde el jueves. Contentísimo. Londres me gusta más, mucho más de lo que pensaba. Hace un tiempo magnífico. Paso día y noche
fuera del hotel y ya he visto casi todo lo que hay que ver»[57].
Una sensación muy distinta, de ansiedad y cierto temor, le acompañó en la etapa final hacia Madrid. No regresaba simplemente a un punto geográfico, sino también al escenario de felices y trágicos momentos que, lejos de diluirse en un lejano pasado, cobraban vigencia a medida que se aproximaba. Volvía dispuesto a tender puentes con el lado más ingrato del ayer, a rehacer vínculos rotos, decidido a recobrar el recuerdo de una madre perdida en la soledad de su encierro. Llegaba, en definitiva, a mitigar una ausencia. Cuando descendió del tren en la estación del Norte, su mente estaba aturdida por la acumulación de estos recuerdos y sentimientos. Pero también anhelaba con ilusión el reencuentro con sus grandes amigos, a algunos de los cuales no veía desde hacía tiempo.
Le esperaba Alberti, ya casado con María Teresa, convertido en poeta célebre y en célebre militante comunista. María Teresa y él habían viajado en 1932 a la URSS, y regresarían en 1934 para participar en el Congreso de Escritores Soviéticos. En esas mismas fechas comenzarían a publicar en Madrid la revista Octubre.
Le aguardaba también Federico, aunque apenas disponía de un instante de sosiego, inmerso en su fase teatral y poética más productiva. Ya no era sólo Federico. Se había convertido en Lorca. Su nombre había adquirido la relevancia de icono literario, dentro y fuera de España, tras sus viajes a Nueva York, Cuba y Argentina. Sus obras en los años de Gustavo en París le habían consagrado, además de como poeta universal, como uno de los más grandes dramaturgos españoles.
En Madrid estaba Buñuel, flamante supervisor de doblajes de la Warner Brothers, quien pronto buscaría otro empleo más acorde con su talento.
Y anhelaba impaciente su retorno, claro está, su familia. Ernesto y Antonia aún no se habían trasladado a Canarias con Araceli. Josefina residía en Barcelona, aunque también se estableció en las islas una vez que enviudó. En Madrid estaban José Durán, Carmen y Carmela. Hacia allí dirigió sus primeros pasos, consciente de que su primer reencuentro sería el más difícil.
Pero alguien no le esperaba, alguien que ocupaba sus pensamientos con más intensidad que nunca. Petra desconocía su regreso, como tantos otros detalles de unos hijos de los que llevaba casi dos décadas separada.
Y también se encontró un Madrid en plena ebullición política, sometido a una agitación constante que derivaría en división irreconciliable y en guerra. Gustavo ya había optado no por un bando, sino por unas ideas, aunque en aquel período ambas opciones discurrieran paralelas. No necesitó demasiado tiempo para advertir la radicalidad política y la fractura social. Bastaba con hojear la prensa, detenerse ante los combativos carteles de uno y otro signo que empapelaban las paredes del viejo Madrid, leer las pintadas retadoras o reivindicativas o injuriosas, asistir a un tumulto, a una de tantas refriegas, a uno de tantos mítines, a uno de los muchos discursos. Bastaban unas horas para comprender.
Tras una breve estancia en casa de su padre, alquiló un ático en el número 3 de la calle Hermosilla. Allí vivía un Madrid próspero y alejado de las barriadas obreras, ajeno a las consignas de la izquierda, en las que la mayoría de sus vecinos observaban una amenaza directa y real. Gustavo conocía bien aquellas calles y a quienes las habitaban. Siempre se había movido entre ellos como uno más y, en realidad, no había dejado de serlo. No creía que sus simpatías políticas fueran irreconciliables con su origen, su educación y sus amistades. Continuó siendo el joven elegante y refinado que cuidaba meticulosamente su aspecto, el mismo adulto ordenado y metódico que había sido de niño, el amigo jovial que asistía a reuniones y tertulias. A ello añadía, sin aparente contradicción, su nueva condición de intelectual comprometido en la defensa de la República y de un ideario democrático sin que suscribiera una militancia política concreta, más allá de su filiación, iniciada entonces, al sindicato socialista UGT.
Curiosamente, una de las primeras personas con las que coincidió en Madrid fue Néstor de la Torre, quien había organizado el cortejo regional canario que desfiló con motivo del aniversario de la proclamación de la República. Aquél fue un acontecimiento muy comentado en la capital y objeto de la curiosidad perpleja de miles de madrileños, atentos a una caravana que incluía a varios dromedarios caminando por el centro de la ciudad. La exótica escena constituyó un acierto y una auténtica sorpresa para muchos madrileños, que descubrían por primera vez a aquellos animales procedentes de lejanas latitudes. La prensa elogió el cortejo como el mejor de todo el desfile, y quién sabe si Gustavo asistió entre el público a su paso. Sí consta que, pese a la separación, mantenía un excelente recuerdo de Néstor. Así lo confirma una nueva carta de Benítez Inglott al pintor, remitida en esas fechas: «En Madrid vi a Gustavo con el que cené una noche; como no estábamos solos no pude hablar con él de ti cuanto hubiera yo querido. Así,
sólo puedo decirte que cuanto me dijo me pareció lleno de cariño hacia ti»[58].
Lejos de la espectacularidad de medios y estrellas de los estudios de Joinville, Gustavo comenzó a trabajar en la modesta industria cinematográfica local. Encontró empleo con facilidad en un estudio de doblaje pionero en la capital, Fono España, propiedad del empresario italiano Hugo Donarelli. Fundada un año antes, la empresa tenía su sede en un chalet en el número 124 de la calle Claudio Coe llo. Constituyó el primer estudio de doblaje creado en Madrid, pocos meses después de que la Metro-Goldwyn-Mayer abriera una sucursal para el mismo fin en Barcelona. Fono España poseía un sistema de grabación propio más barato que el de otros estudios, lo que le permitió apropiarse de una parte sustancial del mercado nacional. Como anécdota, las siglas de este sistema de registro eran F. E., acrónimo de Fono España, pero coincidentes con las de Falange Española. Contaba con seis estudios de doblaje en su local de Claudio Coello, y versionó al español una media de once películas al mes durante 1934, cuando Durán se incorporó.
Paralelamente, Luis Buñuel supervisaba los trabajos de doblaje para la Warner en Madrid, un puesto ejecutivo y cómodo además de bien pagado, pero poco estimulante para la inquietud artística del aragonés. Su trabajo implicaba una relación constante con los estudios de grabación a los que encargaban la versión española de las películas producidas en la casa matriz en Estados Unidos. Y fue ahí, en la estrecha relación entre productora y empresa de doblaje, donde los caminos profesionales y personales de Buñuel y Durán volvieron a unirse. Esta amistad favoreció a Fono España, cliente habitual de Warner España, pese a que la actitud política de Gustavo había empezado a causarle serios problemas con el propietario.
En una ocasión, Buñuel acudió con un importante encargo a condición de que Durán se ocupara personalmente del doblaje. La empresa, suponemos que Donarelli, tildó a Durán de comunista y Buñuel amenazó entonces con llevar la remesa de películas a otro estudio: «En el treinta y cuatro, en Madrid, cuando estaba yo en la Warner, tenía veintiún películas que doblar. Fui a los laboratorios donde trabajaba Gustavo, los mejores desde luego. Llegamos en seguida a un acuerdo. “Quiero que me las doble mister Durán”. “No puede ser. ¡Es un comunista!”. “Mire usted, a mí no me importa. Ni a la Warner tampoco. Queremos un trabajo bien hecho, y, o lo hace el señor Durán o me
las llevo”. Las hizo»[59]. El testimonio de Buñuel es revelador, pues se trata de la primera vez que se atribuye a Durán una determinada inclinación política.
Trabajó también en los estudios CEA, los primeros grandes estudios de Madrid construidos el año anterior en el barrio de Ciudad Lineal. Las cartas cruzadas entre Luis Buñuel en Madrid y el director de Warner España en Barcelona, P. Huet, confirman que éste conocía el trabajo de Durán y su colaboración en CEA, que debió de ser ocasional y sin dejar nunca su empleo principal en Fono España. Así, en una carta remitida a Buñuel el 14 de noviembre de 1934, Huet habla de Gustavo como alguien de la entera confianza profesional del cineasta aragonés:
Por lo que se refiere a SIEMPRE EN MI CORAZÓN [película de la Warner
que en ese momento se estaba doblando] y siempre en el caso de que Vd.
no pueda ver los resultados del «recording» recientemente efectuado por
Blanco, sugiero que Vd. encargue dicha misión a un hombre de confianza
suya. El Sr. Durán, por ejemplo, si está en la CEA como lo pienso[60].
Posteriormente, Buñuel abandonó la Warner para unirse al productor y empresario cinematográfico Ricardo Urgoiti, propietario de Filmófono y uno de los grandes pioneros del cine español. Con él produciría cuatro películas comerciales hasta el estallido de la Guerra Civil: Don Quintín el amargao, sobre un texto de Carlos Arniches, La hija de Juan Simón, ¿Quién me quiere a mí? y ¡Centinela, alerta! Todos ellos títulos en los que ejerció como productor y director en la sombra, aunque nunca quiso constar así en los títulos de crédito al considerar que la factura de esas películas no se correspondía con el enfoque singular de su obra.
Es posible que corresponda a este período otro de los recuerdos de Buñuel asociados a Durán, aunque también podría referirse a la época anterior en la residencia. Ambos realizaron en coche una excursión de fin de semana al monasterio de Piedra, en la provincia de Zaragoza. El cineasta aseguró, años después, que las confesiones de Durán durante el viaje le escandalizaron: «Una vez fuimos a pasar unos días al monasterio de Piedra en un Renault que yo tenía entonces. Me estuvo contando muchas cosas de su vida sexual. ¡Y
con obreros! Eso, a mí, creyente en el proletariado, me hería doblemente»[61].
Aquel año tan intenso y acelerado de 1934 concluyó con un reencuentro pendiente. En diciembre, después de Navidad, fue a visitar a su madre al centro psiquiátrico de Ciempozuelos. Fue solo. Recorrió el trayecto en coche. Traspasó el portón de entrada de aquella construcción adusta y envejecida, cruzó el patio ajardinado y se vio a solas con Petra durante dos horas. Definiría ese tiempo como uno de los momentos más dulces de su vida. A plena luz del día, sentados en el exterior, madre e hijo compensaron años de ausencia. Aquel encuentro le conmovió extraordinariamente. Se fundieron en él renovados sentimientos de culpa y de ternura. El testimonio escrito que a continuación envió por carta a sus hermanos en Canarias, incluso leído en la actualidad, resulta sobrecogedor. Aflora en él un hijo emocionado, plenamente consciente de la responsabilidad compartida hacia la injusta situación de la madre, con reproches contenidos hacia él y hacia su padre por inculcarles un olvido que en aquella mañana fría de diciembre, en compañía de ella, resultaba particularmente doloroso. De Petra brotaba una asombrosa cordura, una pacífica resignación que ahondó el vacío que aquella visita dejó en su hijo:
Queridísimos hermanos Josefa, Celuqui y Ernesto: A los tres dirijo esta carta. En los tres pensaba ayer constantemente
durante las dos horas que pasé con nuestra madre —momento que
siempre recordaré como uno de los más dulces de mi vida— y en los tres
continúo pensando ahora, inseparablemente unidos nuestros nombres.
… En primer lugar sentí llena mi vida —la anterior y la presente— de
culpa: de culpa cuya responsabilidad no recae enteramente sobre mí…
Como tampoco recae enteramente sobre vosotros la que en algún
momento hayáis debido sentir… Pero era culpa mía al fin y al cabo,
porque el que no me hayan enseñado a querer a nuestra madre como
debiera (antes al contrario, trataron de enseñarnos a olvidarla y pusieron
todo en juego para conseguirlo, como sabéis) no quiere decir que yo por
mí mismo no aprendiera. Para ciertas cosas no se debe necesitar maestro.
O no se debiera…
Luego, una vez pasada esta sensación de culpabilidad con la misma
rapidez con que vino, sentí cierta molestia que casi era angustia. Angustia
y miedo. Me decía: su enfermedad no fue obra mía y en su abandono yo
no tuve parte, y ahora he de ser yo el único que eche sobre sí el dolor de
verla en el estado en que está y de oírla desvariar, sin que ni siquiera
llegue a despertar mi presencia junto a ella un solo eco de su vida pasada,
de la que compartió con nosotros… Y con quien es causa de cuanto le
sucede. Recordaba la última visita que la hice en unión de Ernesto y
Antonia, y tenía miedo de volver a pasar un momento como aquél.
Ninguno de éstos eran pensamientos conscientes; todo mi ser estaba
en juego y sólo la parte más íntima y verdadera era la que pensaba. Todo
mi ser… Por la noche soñé —hasta la mañana—; y volví a ver en sueños
el piso de la calle Mayor de lamentable memoria, y otras cosas de aquella
época, es decir, todos aquellos elementos fundamentales que componen
mi naturaleza presente.
Ahora te agradezco con toda el alma tu telegrama, Celuqui. A él debo
las dos horas pasadas ayer.
Encontré a nuestra madre físicamente como siempre, ni mejor ni peor
que durante estos últimos diez años. Moralmente, por desgracia, también
igual. Comenzó por no reconocerme, como es natural, porque la voz de la
sangre es uno de los tantos mitos que andan por el mundo, y no viéndome
nunca y teniendo la memoria borrada por la soledad en que vive, no hay
razón ninguna para que me recuerde. Pero yo quise que me recordara, y
poco a poco y con todo el amor de que puedo ser capaz (en ningún
momento de mi vida puse tanto como en éste) la fui llevando adonde
quería. De tal manera que al cabo de media hora hablaba con ella casi
como podría hablar con vosotros. Más locuras digo yo muchas veces.
Su mano en la mía, guiaba yo sus palabras, con el mismo cuidado con
que se lleva a un niño que empieza a andar. Eso me pareció: un niño; un
niño cuya memoria no estaba hecha del todo. Creedme si os digo que
apenas dijo media docena de cosas deshilvanadas durante las dos horas
que estuvo conmigo. Y en cuanto a aquellas que a otros les parecerían
medio sensatas, a mí me parecían la cordura misma. Y cordura de la más
rara especie, porque era de la que brota de la misma raíz y se mueve
difícilmente en el mundo estrecho y pobre de las palabras.
No puedo contaros toda nuestra conversación: sería demasiado largo y
además no es posible que la recuerde entera. Pero sí algunas cosas.
Al preguntarle yo que en qué pasaba el día me contestó: Por la
mañana paseo por el jardín. Después voy a comer (me dijo lo que comía
cada día). Por la tarde, zurzo y coso (porque ahora el «tío José» se ha
vuelto muy económico y me obliga a reparar mi ropa… Pero no importa;
me entretiene el hacerlo) y luego ceno y me voy a dormir.
Al preguntarle que a qué hora se dormía y a cuál se despertaba, me
contestó: no me preocupo; Dios me duerme y él me despierta. Eso, como
tantas cosas, es asunto de él y no mío.
Me enseñó un zurcido que había hecho en el pañuelo, y como yo le
dijera que antes lo hacía mejor, me dijo: Es que antes era Petra Martínez
quien bordaba y cosía, y ahora es una loca. Para ser hecho por una loca,
no está mal.
Le pregunté si iba a misa, por saber si su obsesión religiosa era tan
grande como hace años. Hasta hace poco —me contestó— me entretenía
ir a rezar, ahora he visto que eso es cosa de gente sensata (transcribo
literalmente sus palabras).
¿Hablas con los demás?, ¿tienes alguna amiga aquí? —le pregunté—.
Ninguna, no hablo con nadie —me dijo—, nadie me entiende. Mi nombre
es «Me dejó mi Dios» y no lo entienden. Y si no entienden ni mi nombre,
¿cómo quieres que entiendan lo demás de mi vida? (yo, por mi parte,
añado a sus palabras que quizás no sea ése su nombre pero debiera serlo).
Durante todo el tiempo habló con una dulzura infinita y en el tono más
suave de voz, como seguramente debía hablar en los años más felices de
su vida. Cantó no sé cuántas canciones; se rió muchas veces… Y se reía
como te ríes tú, Celuqui, cuando estás muy contenta. Luego nos
despedimos como si hubiéramos de volver a vernos unos instantes más
tarde. Ni desgarro ni indiferencia; sí un sentimiento de profunda calma.
Volví a Madrid desbordándome la alegría… Recordaba sus palabras y
su risa, y sentía como el haber conseguido una y otra hacía de aquellas
dos horas un momento ganado para siempre, victoria quizá la más bella
que haya conseguido nunca[62]…
Tras aquella visita, la relación con su padre y con Carmen le resultó aún más conflictiva. No albergaba ese sentimiento hacia Carmela, a la que siempre trató con un cariño que ésta recompensó del mismo modo. Al difícil clima en el seno del hogar se sumó la actitud política de José Durán, opuesta a la suya. Sólo suavizaba la situación la condición de hijo favorito, que nunca perdió, y la ausencia de discusiones políticas en la casa.
Al grupo tradicional de amigos se unió a principios de 1935 el poeta chileno Pablo Neruda. Había llegado a Madrid procedente de Barcelona y en ambas ciudades ejerció como cónsul de su país. Su talento como poeta ya era célebre antes de establecerse en la capital. Había conocido a Lorca en Buenos Aires unos años antes y también había entablado amistad con Rafael Alberti. Fue éste quien, al saber de la llegada de Neruda a Madrid, le buscó una vivienda. Se trataba de un edificio moderno construido por el arquitecto Secundino Zuazo en la manzana entre las calles Hilarión Eslava y Meléndez Valdés, en pleno barrio de Argüelles. Pronto fue conocida como la «casa de las flores» y pronto también se convirtió en un centro de reunión, en improvisado escenario de recitales de poesía y en punto de inicio para su relación con la argentina Delia del Carril. A pocos metros, en el paseo del Pintor Rosales, residían Alberti y María Teresa León en compañía de Niebla, el perro ovejero que Neruda encontró abandonado en la calle y que Alberti y María Teresa adoptaron. Casi vecinos, estrechos amigos, poetas universales, políticos afines en tiempos de excepción, Neruda y Alberti ya nunca separaron sus destinos ni olvidaron aquellos años de supervivencia, lucha y amistad, pese a que el exilio separó sus caminos.
Gustavo frecuentó ambas casas y, del mismo modo que tenía en Alberti un cómplice atento, compañero ya de tantos años, descubrió en Neruda un amigo fraternal igualmente próximo. En sus memorias Neruda relató con nostalgia y dolor la experiencia imborrable de aquellos meses, la hipnótica unión de aquel grupo que tejería lazos entrañables entre sus miembros, todavía en su juventud, cautivados por la atracción permanente de la literatura, aún no desgarrados ni separados por la inminente guerra que en breve trastocaría para siempre sus vidas:
Con Federico y Alberti, que vivía cerca de mi casa en un ático sobre
una arboleda, la arboleda perdida, con el escultor Alberto, panadero de
Toledo, que por entonces ya era maestro de la escultura abstracta, con
Altolaguirre y Bergamín; con el gran poeta Luis Cernuda, con Vicente
Aleixandre, poeta de dimensión ilimitada, con el arquitecto Luis Lacasa,
con todos ellos en un solo grupo, o en varios, nos veíamos diariamente en
casas y cafés. De la Castellana o de la cervecería de Correos viajábamos
hasta mi casa, la casa de las flores, en el barrio de Argüelles. Desde el
segundo piso de uno de los grandes autobuses que mi compatriota, el gran
Cotapos, llamaba «bombardones», descendíamos en grupos bulliciosos a
comer, beber y cantar[63].
Ni Alberti ni Neruda dejaron testimonio de la presencia de Durán en aquellas citas. Neruda le desterró al silencio en el momento de escribir sus memorias. Con mayor énfasis que Alberti en anular su relación con el músico, no lo mencionó en ningún momento pese a que, durante los siguientes meses, fueron múltiples las expresiones de afecto del poeta chileno hacia el músico español. No obstante, a través de otro amigo común, Santiago Ontañón, sabemos que Durán era un visitante asiduo de ambos domicilios: «Vivían los Alberti en el número 45 del madrileño paseo del Pintor Rosales, frente con frente al templete de la música, y su casa estaba siempre llena de amigos. Lo mismo ocurrió cuando, en guerra, tuvieron que trasladarse a Velázquez 53. Recuerdo ahora a Pablo de la Fuente, a Gustavo Durán y a Moros, un obrero siderometalúrgico muy inteligente a quien llamábamos “el marinero de
Singapur”»[64].
Confirma también su presencia en ese círculo el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, quien menciona a Gustavo como un nuevo amigo de «temperamento musical asombroso. Lee mi música a primera vista con una
facilidad extraordinaria»[65]. Felipe Maldonado, miembro de la Alianza que acompañó a Gustavo durante los años de guerra, y que mantuvo una excelente amistad con él, corroboró también la estrecha relación de Durán con Alberti en esos meses y «sus primeras actividades políticas, de buena voluntad, en los mítines a favor del Frente Popular, poniendo su automóvil y su persona como
chofer al servicio de María Teresa León y de Alberti, viejos amigos»[66].
El coche al que se refiere Maldonado era un utilitario Ford, propiedad de Gustavo, con el que acostumbraba subir a Navacerrada, de cuyo Club Alpino era socio desde niño. Fue precisamente en ese coche en el que, en las Navidades de 1935, realizó sendos viajes a San Sebastián y a Bilbao en compañía de varios amigos. Se trataba de compañeros del mundo del cine, entre los que es fácil identificar al decorador Luis Santamaría o a José López Rubio, guionista y humorista, que hasta unos meses antes había residido en Hollywood contratado por la Metro. Cita también al arquitecto Carlos Arniches Moltó, hijo mayor del dramaturgo del mismo nombre. Detalló ambas excursiones a sus hermanos en una carta fechada el 1 de enero de 1936. Al igual que en la misiva anterior, el recuerdo de su madre sigue presente, velado en esta ocasión bajo la designación impersonal de «ella»:
Josefa, Ernesto y Celuqui queridísimos: comienzo el año teniendo una
idea que vosotros no esperabais: la de escribiros… Quiero que el 36
comience bien y ninguna manera mejor de conseguirlo que
escribiéndonos… El sábado 21 de diciembre salí de Madrid con Luis
Santamaría y Félix Montero camino de Bilbao. Llegamos allá a las dos de
la madrugada y volvimos a salir el lunes siguiente a las 6.30 de la
mañana, de manera que pasé en Bilbao el domingo completo. Lo
aproveché en recorrer los lugares en que transcurrió aquel verano que
pasamos Ernesto y yo con ella. Fui por la mañana a Las Arenas y Algorta
y la tarde me la pasé dando vueltas por Bilbao. No tengo necesidad de
deciros la de recuerdos que se me vinieron a la memoria. El que era yo
entonces se me aparecía en cada esquina, en cada calle; en la playa; en el
Arena, etc… Y era muy curioso, porque al verme frente a él y echar
cuentas sobre lo hecho y lo dejado por hacer desde entonces acá, vi que si
bien por ciertos caminos he andado mucho, por otros aún estoy en el
mismo sitio que hace catorce años.
Llegué a Madrid el lunes a la una de la tarde y a igual hora del día
siguiente volvía a salir de viaje. ¡Esta vez fui con Ferry, Carlos Arniches
y Martín Domínguez…! ¡Y a San Sebastián! Tuvimos un viaje espantoso.
No tenéis idea (yo no la tenía tampoco) de lo que era un temporal en
Castilla… El día de Navidad fue delicioso. Como dormíamos en el
Continental nuestras habitaciones estaban en el primer piso, las olas
parecían romper en la misma habitación. Me levanté muy temprano —a
las ocho— y desde esa hora hasta las once estuve sentado en el balcón (y
en pijama, por más señas) viendo el mar y tomando el sol. Hacía tanto
tiempo que no pasaba las horas así, viendo el mar sin pensar en nada, que
ese rato fue de los mejores de todo el año pasado. Fuimos a almorzar a
Fuenterrabía y después de comer emprendimos el regreso. Dormimos en
Aranda de Duero, en un albergue del Patronato y al día siguiente estaba a
las 2.30 trabajando en Fono España como si tal cosa.
Tomé las uvas con Luis Santamaría y sus amigos en Jovellanos 5.
Para amenizar el acto nos vestimos. Jubera se disfrazó de general carlista;
Luis, Pepe Querol y Félix, de destrozonas, Pepe López Rubio de Ojo de
Halcón con un penacho indio… Bebimos poco, nos reímos mucho y nos
acostamos temprano. Y aquí estoy.
PS: os escribo con una pluma que me ha regalado Jehudi Menuhin el
último día que pasó en Madrid. Nada menos[67].
Los buenos deseos referidos al año que se iniciaba topaban con una realidad que Durán sin lugar a dudas conocía plenamente y en la que ya participaba con cierto protagonismo. La maduración política de los últimos meses se aceleró entonces, empujado por la ola de división que sacudía el país. Aquellas semanas que mediaron hasta el estallido de la guerra constituyeron una suma de actos políticos y artísticos en los que casi siempre existía un apoyo expreso al Frente Popular. No es de extrañar que así fuera, pues casi todo su entorno asumió una implicación similar.
Alberti y Neruda, desde el comunismo, formaban el núcleo más visible de ese compromiso activo. Buñuel, más indeciso respecto a una militancia concreta, apoyaba también sin ambigüedades el régimen republicano. Federico García Lorca, aunque también desligado de la actividad partidista, no era menos defensor de las libertades que, en su opinión, encarnaba el nuevo gobierno. «Desde luego, hoy en España no se puede ser neutral»,
llegaría a escribir a sus padres en octubre de 1935[68]. Luis Cernuda o Emilio Prados suscribieron también en aquellos meses, desde posiciones próximas al comunismo, una adhesión igualmente comprometida. Un joven Miguel Hernández, llegado hacía poco de su Orihuela natal, se había integrado rápidamente en aquel grupo con el que compartía afinidades políticas y literarias. Todo ello debió de influir necesariamente en Durán, como también su relación ocasional con Manuel Azaña, a quien trató personalmente a través de la amistad con su cuñado Cipriano de Rivas Cherif.
El último domingo antes de las elecciones, el 9 de febrero de 1936, se celebró en el café Nacional de la calle Toledo un homenaje a Rafael Alberti y María Teresa León. Acudió una nutrida representación de amigos y artistas. Al frente de éstos, García Lorca leyó un manifiesto titulado «Los intelectuales con el Bloque Popular». El texto apelaba a la conciencia de los españoles para unir esfuerzos en defensa de la reforma social y educativa impulsada en los primeros años de gobierno republicano. El manifiesto definitivo fue publicado el día antes de las elecciones en el órgano de expresión del Partido Comunista, Mundo Obrero, suscrito por trescientos firmantes encabezados por el propio Lorca.
El 16 de febrero de 1936 amaneció una jornada despejada. Había dejado de llover y un sol tenue alumbraba tímidamente Madrid. Desde primera hora la afluencia a los centros de votación fue masiva. Partidarios de uno y otro signo coincidieron ante las urnas, ambos con la incertidumbre de un resultado abierto que nadie se atrevía a pronosticar. A las cuatro se cerraron los colegios y comenzó el escrutinio. A última hora de la tarde ya se extendió el rumor del triunfo del frente de izquierdas. La Puerta del Sol congregó a una multitud ante la sede de Gobernación, el ministerio del que dependía la organización de los comicios. Reclamaban la confirmación de una victoria que la mayoría de los presentes ya intuía. Al día siguiente, La Hoja Oficial del Lunes, único diario madrileño que se publicaba el primer día de la semana, anunció la victoria del Frente Popular en Madrid a la espera de los datos del resto del país. El escrutinio final corroboró el estrecho margen de votos que separaba al Frente Popular de la oposición, pero suficiente para obtener mayoría absoluta en las Cortes debido al reparto de escaños que asignaba la ley electoral.
Gustavo Durán vivió aquellas jornadas decisivas con profunda alegría y, muy posiblemente, con intensa preocupación sobre el futuro inmediato. Conocidos los resultados, la amenaza de un golpe de Estado cobraba más fuerza que nunca en medio de una tensión permanente. La conspiración, civil y militar, ganaba terreno y partidarios.
Entretanto, la actividad política ocupaba cada vez más espacio en la agenda diaria del músico y de su círculo. Lorca se inscribió en tres asociaciones: la Asociación de Amigos de América Latina, creada para denunciar las dictaduras en el continente; el Comité de Amigos de Portugal, cuyo objetivo era difundir los abusos de la dictadura de Salazar en el país vecino, y la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. En mayo firmó una carta dirigida a la madre de Luis Carlos Prestes, militar y dirigente comunista brasileño, detenido por el dictador Getulio Vargas. Junto a su firma aparecieron las de Gustavo Durán, Julio Álvarez del Vayo, Luis Araquistáin, María Teresa León, Connie Hidalgo de Cisneros, José Bergamín y Rafael Alberti.
El 13 de mayo Gustavo asistió a una cena en la hostería Cervantes de Madrid en homenaje al pintor Hernando Viñes, el mismo que había sido testigo de la boda de Buñuel en París. Este acto fue doblemente importante, porque sería la última reunión colectiva de los asistentes y porque una fotografía captó aquel encuentro, visto setenta años después con la perspectiva de un último momento feliz antes de la tragedia. Participaron en la cena Hernando Viñes y su mujer, Lulú Jourdan, Pablo Neruda, Delia del Carril, Federico García Lorca, Rafael Alberti, María Teresa León, Luis y Alfonso Buñuel, Adolfo Salazar, Miguel Hernández, José Caballero, Rafael Sánchez Ventura, Pepín Bello, Santiago Ontañón y Gustavo Durán entre otros.
Una semana más tarde, Durán asistió a otro acto importante, éste de mayor contenido político. Formó parte de la comitiva que debía recibir a tres autores franceses que llegaban para expresar su apoyo al Frente Popular español en representación del bloque galo homólogo. Se trataba del dramaturgo Henri-René Lenormand, del crítico e hispanista Jean Cassou y del escritor André Malraux. Llegaron a Madrid el 20 de mayo. Durán y sus inseparables Alberti y María Teresa formaban parte del comité de bienvenida. El diario Ahora publicó una foto en su edición del día 21 en que se ve a Malraux en el centro del grupo acompañado de María Teresa. Alberti y Durán se encuentran cada uno en un extremo del grupo.
Al día siguiente participaron en un acto en el Ateneo, en el que Malraux fue agasajado como el más ilustre de los tres intelectuales, el más influyente para su causa. Ya era una celebridad en el mundo literario tras la publicación en 1933 de su novela La condición humana, con la que ganó el Premio Goncourt. Sumaba a ello una militancia política próxima al comunismo. Le correspondió, pues, el protagonismo de cerrar aquel acto con un discurso en el que reivindicó la revolución social como instrumento para dignificar al hombre. «La revolución sólo otorga la posibilidad de su dignidad a los hombres. Cada uno debe transformar esta posibilidad en posesión», comentó
Malraux[69].
Durán asistió también a aquel acto y le acompañó durante los días siguientes. Antes de su marcha se ofreció una comida de despedida a la que asistieron doscientos comensales, entre ellos varios ministros, y se aprovechó la ocasión para suscribir un manifiesto que encabezaron Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, además de Alberti, Lorca, Manuel Altolaguirre y María Teresa León, y en el que se afirmaba que esa visita «significa para los intelectuales españoles el contacto con lo mejor del pensamiento francés. El triunfo del Frente Popular en nuestro país y en el suyo han permitido esta
visita»[70]. Gustavo y Malraux se reencontrarían pocos meses después en circunstancias muy distintas, convertido ya el autor galo en combatiente voluntario por la República y Durán en militar, amigo y modelo literario del novelista.
Los hechos mencionados son los únicos en los que está confirmada documentalmente la presencia de Gustavo, aunque participó en múltiples actos menores donde su nombre, escasamente conocido, no se menciona. En vísperas del verano de 1936 había asumido que aquella lucha ideológica constituía su principal cometido. Militaba desde hacía meses en el sindicato UGT y comenzó entonces a simpatizar con el Partido Comunista, no tanto por convicción sino porque admiraba su sentido de la organización y disciplina. En los días sombríos de aquel mes de julio de 1936 concluyó que, en caso de agresión militar contra el gobierno, tomaría partido de la única manera que consideraba realista: con las armas. Años más tarde confesaría que ser neutral en aquellas circunstancias no sólo resultaba imposible, sino que además
constituía una irresponsabilidad[71].
El diario Ahora del 21 de mayo de 1936 recogía esta imagen del recibimiento ofrecido a los
escritores franceses Henri-René Lenormand, Jean Cassou y André Malraux en un acto de apoyo al
Frente Popular. Gustavo Durán es el tercero por la derecha. (Ahora, 21 de mayo de 1936).
Él, que se consideraba pacifista. Él, que nunca había tenido ninguna tentación militarista pese, o quizá debido, a la herencia paterna. Él, que se había movido en los salones de la aristocracia y de la alta burguesía. Él, el intelectual, el músico, el perfeccionista, sería entonces otro. Cuando sus presagios se cumplieron nacería un nuevo Gustavo Durán: el militar, el estratega, el hombre de acción.