El Códice secreto

Lev Grossman · Capítulo 1 de 30

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El Códice secreto

Capítulo 1

Y fue tal la pena de esta dama que realmente yo, que hice este libro, sentí al leer acerca de su tristeza tamaña piedad y congoja que, a fe mía, pasé muy afligido el día entero después de haber pensado así en ella.

GEOFFREY CHAUCER,

El libro de la duquesa

1

Edward Wozny se detuvo y, entornando los ojos, miró el sol mientras la gente pasaba por su lado en ambas direcciones. El día era caluroso y soleado. Edward llevaba un traje gris muy caro hecho a mano, y, antes de encontrar el trozo de papel que estaba buscando, tuvo que hurgar en lo que parecían ser docenas de bolsillos interiores y exteriores de distintos tamaños y formas.

Le dio la vuelta. Era de forma triangular, con un ángulo recto intacto y un borde rasgado, la esquina de una hoja de papel de copiadora rescatada de la cubeta del reciclaje en su despacho. En uno de los lados había un fragmento de un memorándum fotocopiado que empezaba: «en la medida en que todos los participantes en cualquier fondo de capital…»; en el otro lado, un nombre y una dirección escritos con bolígrafo azul. Edward lo dobló pulcramente por la mitad y volvió a guardarlo en el diminuto bolsillo interior donde lo había encontrado.

Después consultó su reloj y echó a andar Madison Avenue arriba, pasando por encima de un letrero de NO ESTACIONAR que había sido arrancado y estaba tirado en la acera. Enfrente del colmado de la esquina un hombre rociaba con una manguera bandejas llenas de coles, lechugas y cardos que impregnaban el aire con un fuerte olor a hortalizas. Un delta de riachuelos relucientes fluía hacia la alcantarilla.

Edward pasó cautelosamente entre ellos y dobló la esquina para internarse en la calle Ochenta y cuatro.

Se sentía bien, o al menos hacía todo lo posible para sentirse bien.

Edward estaba de vacaciones; se trataba de su primer descanso desde que había empezado a trabajar hacía cuatro años, y ya había olvidado cómo era aquello. Era libre de ir donde quisiera en el momento en que quisiera, y de hacer lo que le viniese en gana una vez que hubiera llegado allí. Había pensado que disfrutaría con ello, pero lo cierto era que se sentía inquieto y desorientado. Sencillamente no sabía qué hacer consigo mismo, con todo aquel tiempo libre y carente de programa.

Hasta el día anterior había sido un resuelto y muy bien pagado

banquero que gestionaba inversiones en Nueva York, y al cabo de dos semanas sería un resuelto y muy bien pagado banquero que gestionaba inversiones en Londres. Por el momento sólo era Edward Wozny, pero no estaba completamente seguro de quién era esa persona. No hacía más que trabajar, y no recordaba haber hecho otra cosa en toda su vida. ¿Qué hacía la gente cuando no estaba trabajando? ¿Jugar?

¿Cuáles eran las reglas? ¿Qué obtenías si ganabas?

Suspiró y enderezó los hombros. Llegó a una calle muy tranquila, a ambos lados de la cual se alzaban lujosos edificios de piedra caliza. Una de las fachadas se hallaba cubierta por una sola y fantástica hiedra del grosor de un árbol y tan retorcida como una cuerda. Un grupo de hombres vestidos con monos de trabajo estaba bajando un piano vertical blanco por un tramo de escalones hacia un apartamento en el sótano.

Mientras los observaba batallar con el piano, Edward casi tropezó con una mujer que estaba acuclillada en el pavimento.

–Oye, si vas a usar esa palabra conmigo -dijo ella ásperamente-, más te vale estar seguro de que hablas en serio.

La mujer se sostenía sobre las corvas, con el vestido tensado entre los muslos y una mano apoyada en el suelo para no perder el equilibrio, como una atleta dispuesta a salir disparada de las marcas en el inicio de una carrera. Su rostro quedaba oculto a los ojos de Edward por el ala de un sombrero de color crema. Unos metros detrás de ella, un hombre de pelo blanco y rostro afilado como un cuchillo -¿su esposo?, ¿su padre?– esperaba de pie al lado de una carretilla repleta de maletas y baúles. Tenía las manos tranquilamente cruzadas a la espalda.

–No seas tan niña -replicó el hombre.

–Oh, así que ahora soy una niña. ¿Eso es lo que soy? – preguntó ella con nerviosismo. Su acento denotaba una mezcla de inglés y escocés.

–Sí, eso es exactamente lo que eres.

La mujer alzó la mirada hacia Edward. Era mayor que él, de unos treinta y cinco o cuarenta años, con el cutis bastante pálido y el cabello oscuro y ondulado; hermosa de una manera que ya había pasado de moda, como una chica en una película muda. Edward distinguió la parte superior de sus senos dentro de las copas blancas ribeteadas de encaje del sujetador. Detestaba aquella clase de exhibiciones en público

-era como doblar una esquina y encontrarse con que te habías metido en el dormitorio de alguien- y trató de escurrirse junto a la mujer, pero los ojos de ella se encontraron con los suyos sin darle tiempo a escapar.

– ¿Y a usted qué le pasa? ¿Va a quedarse ahí mirando dentro del escote de mi vestido, o va a ayudarme a buscar mi pendiente?

Edward se detuvo. Por un instante fue incapaz de dar con una respuesta sencilla y diplomática. Prácticamente cualquier cosa habría bastado -una objeción educada, una réplica medianamente ingeniosa, un altivo silencio-, pero se quedó en blanco.

–Claro -musitó. Lenta y torpemente, se puso en cuclillas junto a ella. La mujer reanudó el cruce de palabras con su esposo como si nada los hubiera interrumpido. – ¡Bueno, pues antes prefiero ser una niña que un viejo con la cara roja! – le espetó.

Edward frunció el ceño, observó el cemento reluciente de la acera y fingió que de pronto se había vuelto sordo. Tenía un sitio en el que estar y asuntos propios de los que ocuparse.

Pero no pudo evitar reparar en que la pareja iba impecablemente vestida. Edward poseía un talento profesional para estimar los ingresos, y olió dinero. El hombre llevaba un traje de franela de un corte perfecto; la mujer, un vestido de color crema que hacía juego con su sombrero. Él era delgado y de aspecto un poco desandrajado, con una abundante mata de cabellos blancos; su tez era un poco rojiza, como si acabara de regresar de una estancia en los trópicos. El equipaje amontonado en la carretilla era extravagante, confeccionado en cuero rugoso de color verde oscuro, e incluía artículos de todas las formas y tamaños imaginables, desde neceseres diminutos hasta gigantescos baúles de viaje tachonados con relucientes cierres metálicos, pasando por una sombrerera del tamaño de un bombo. Era anticuado, de época o bien una meticulosa recreación (le la misma. Todo tenía el aspecto vagamente elegante propio de un trasatlántico de principios del siglo XX, de los que aparecían, en los viejos noticiarios cinematográficos mientras se los bautizaba con botellas de champán entre silenciosas tormentas de confeti.

Un sedán con las ventanillas ahumadas esperaba junto a la acera.

En cada pieza de equipaje había una etiqueta con una sola palabra en letras pequeñas o grandes: WEYMARSHE.

Edward decidió romper su silencio.

–Bueno, ¿y qué aspecto tenía? – preguntó-. El pendiente, quiero decir.

La mujer lo miró como si un shih tzu que pasara por allí de pronto hubiese hablado.

–Es de plata. El forro debe de haberse desprendido. – Hizo una pausa y luego añadió, como si eso pudiera servir de ayuda-: Es un Yardsdale.

El hombre mayor se cansó de esperar y también se acuclilló, no sin antes tirar hacia arriba de las perneras de sus pantalones con el aire de alguien que se ve arrastrado a hacer algo que queda infinitamente por debajo de su dignidad. No tardaron en verse acompañados por el chofer de la limusina, un hombre de rostro cetrino y mentón huidizo, casi una línea recta, que miró cautelosamente debajo del vehículo. El portero del edificio terminó de meter el equipaje en el maletero.

Edward advirtió que ambos compartían la antipatía que sentía el hombre mayor hacia la mujer del sombrero color crema. Los tres estaban claramente aliados en contra de ella.

Algo crujió debajo del tacón derecho de Edward, que de inmediato levantó el pie para revelar los restos aplastados del pendiente. A juzgar por su gemelo superviviente, debía de haber tenido la forma de un delicado reloj de arena hecho en plata, pero ahora era un trocito de metal aplastado indistinguible de un envoltorio de chicle. Le estaba bien empleado a la mujer por haberlo involucrado en aquello, pensó Edward. Se incorporó.

–Lo siento -dijo, sin hacer ningún esfuerzo por emplear un tono de disculpa-. No lo vi.

Edward extendió la mano. La mujer también se incorporó, con el rostro enrojecido tras permanecer acuclillada durante tanto tiempo.

Edward esperaba un estallido de furia, pero en lugar de eso puso la misma cara que si hubiera recibido un regalo que esperaba desde hacía tiempo. Esbozó una sonrisa conmovedora y cogió el pendiente con una mueca de deleite.

Mientras lo hacía, Edward reparó en algo que le había pasado por alto: una gota de sangre colgaba trémulamente del delicado lóbulo de su oreja. Otro puntito de sangre era visible en el hombro de su traje

justo debajo del lóbulo. – ¡Mira, Peter! ¡Lo ha destrozado! – Se volvió alegremente hacia su esposo, que estaba sacudiéndose el inexistente polvo de las mangas-. Bueno, al menos podrías tratar de fingir algún interés.

Su esposo contempló el contenido de la palma de ella.

–Sí, muy bonito.

Como si tal cosa, habían vuelto a mantener las apariencias. La mujer miró a Edward con los ojos conspiratoriamente en blanco y luego se volvió hacia el coche. El chofer que apenas tenía barbilla abrió una de las portezuelas, y la mujer se acomodó en el asiento trasero.

–Bueno, en cualquier caso, muchísimas gracias -le dijo a Edward desde las entrañas del sedán.

El chofer le lanzó a Edward una mirada de advertencia, como para decir: «Ya está, eso es cuanto vas a sacar de este asunto», y la limusina arrancó con un corto y estridente chirriar de neumáticos. ¿Eran gente famosa? ¿Debería haberlos reconocido? Un pequeño pedazo de tela del vestido de la mujer había quedado atrapado en el quicio de la portezuela cuando ésta se cerró, y aleteaba frenéticamente al viento.

Edward se dispuso a gritarles algo y luego se detuvo. ¿De qué habría servido?

Mientras la limusina doblaba la esquina para entrar en Park Avenue, todavía acelerando, Edward la vio alejarse con una leve sensación de alivio mezclada con una sombra de decepción.

Algo parecido a lo que habría podido sentir Alicia si hubiera decidido, sensata y prudentemente pero también tediosamente, no seguir al Conejo Blanco al interior de su madriguera.

Edward sacudió la cabeza y volvió a centrar su atención en lo que tenía entre manos.

Oficialmente estaba de vacaciones, tenía por delante dos semanas sin nada que hacer antes de ocupar su nuevo puesto en el departamento de Londres, pero había accedido a visitar a unos clientes antes de marcharse. Éstos eran un matrimonio colosalmente rico, y Edward había desempeñado un pequeño papel a la hora de incrementar su riqueza orquestando un acuerdo bastante habilidoso, que incluía futuros negocios en el mercado de la plata, una cadena de granjas donde se criaban purasangres, y una gran y enormemente subvalorada

compañía de seguros de aviación. Organizarlo había requerido semanas de una investigación devastadoramente aburrida, pero cuando Edward puso en marcha todos los elementos la cosa había funcionado a la perfección, como un juego de sillas musicales a la inversa. En cuanto la música hubo cesado, todos se encontraron sentados en una posición muy incómoda y Edward era el único que seguía de pie, libre para salir de allí con una cantidad de dinero asombrosamente importante. De hecho, ni siquiera había llegado a conocer a los clientes en cuestión e ignoraba que ellos supieran quién era, pero suponía que habían obtenido su nombre a través de su jefe. Probablemente habrían preguntado por ese joven tan prometedor que les había conseguido todo aquel dinero, y ésa era la razón por la que habían solicitado su presencia. Edward había recibido instrucciones de mantenerlos satisfechos costase lo que costase. En ese momento no se lo había tomado demasiado bien -¿qué sentido tenía iniciar una relación con unos clientes nuevos precisamente cuando él estaba a punto de irse?-, pero lo cierto es que le resultó un poco embarazoso advertir que casi lo esperaba con interés.

El edificio que acababa de abandonar la extraña pareja resultó ser el destino de Edward: un feo y antiguo bloque de ladrillos del siglo XIX. Las ventanas eran pequeñas y quedaban muy pegadas las unas a las otras excepto en los últimos tres pisos, donde eran dos o tres veces tan altas como en los otros. Una marquesina de color verde y aspecto barato sobresalía por encima de la acera, con una alfombra roja muy pisoteada debajo de ella.

El portero dio un paso adelante. ¿Puedo ayudarlo, por favor? dijo.

Era bajo y corpulento, lucía un grueso bigote. Su marcado acento habría podido ser turco.

–Laura Crowlyk. Piso veintitrés.

–Si insiste. Su mediocre dominio del idioma parecía ser un chiste privado que le proporcionaba cierta satisfacción-. ¿Favor de dar nombre?

–Edward Wozny.

El portero entró en una diminuta habitación a la derecha de la puerta. En el interior había un pequeño taburete de madera y un intercomunicador de aspecto anticuado, todo él mandos negros, cinta

adhesiva y viejas tiras de papel que se había vuelto amarillo. Pulsó un botón y se inclinó sobre el intercomunicador para hablar por una rejilla. Edward no consiguió oír la respuesta, pero el hombre asintió y le hizo señas de que entrara. – ¡No puedo detenerlo!

El vestíbulo estaba inesperadamente oscuro después de la intensa luz del exterior.

Edward tuvo una fugaz impresión de madera oscura y humo de puros, raídas alfombras orientales de color rojo y paneles de espejos cuadrados que encajaban imperfectamente entre sí en las paredes. Era un edificio con un gran pasado que había ido cuesta abajo. En cuanto Edward pulsó el botón del ascensor, sonó un timbre y las puertas se abrieron con un estremecimiento. Transcurrieron un par de minutos antes de que el ascensor llegara a la planta número veintitrés. Edward aprovechó el tiempo para ajustarse la corbata y alisarse los puños de la camisa.

Cuando las puertas volvieron a abrirse se encontró en una luminosa antesala, tan soleada y bien ventilada como oscuro y descuidado había estado el vestíbulo, con paredes blancas y un suelo de madera pulimentada. Enfrente de él su reflejo aparecía en un espejo de cuerpo entero con un grueso marco dorado, el rostro velado por la neblina de la edad. Inspeccionó su aspecto.

Era alto y delgado, de apariencia joven para su edad veinticinco años-, con las facciones pálidas y marcadas. Tenía el pelo negro y lo llevaba muy corto, las cejas describían dos delgadas curvas que le conferían una expresión un tanto perpleja. Edward practicó su cara de banquero especializado en inversiones: agradable, bienintencionada, atenta, con un toque de simpatía (no demasiado) y una sombra de solemnidad. En un rincón había un viejo paragüero recubierto con alguna piel de reptil de aspecto exótico. Edward imaginó a la bestia que había donado su piel, abatida hacía mucho tiempo en alguna oscura colonia tropical por un cazador de safari salido de los dibujos animados y equipado con un salacot y un escopetón. Un par de puertas vidrieras daban al apartamento propiamente dicho. Edward entró en una espaciosa sala de estar. Una robusta joven negra con delantal estaba sacando el polvo a unas cuantas chucherías colocadas encima de una mesita de centro. Se volvió, sobresaltada.

–Hola -dijo Edward. – ¿Viene usted a ver a Laura? – preguntó ella, retrocediendo. Edward asintió.

La joven se retiró a toda prisa. Edward se situó en el borde de una enorme y elaborada alfombra oriental. El sol entraba a raudales a través de un par de ventanas muy altas. La opulencia de la sala contrastaba agradablemente con el exterior descuidado del edificio, era como tropezarse con el escondite secreto de un pachá. El techo era alto y blanco y había unas cuantas mesitas junto a las paredes, adornadas con jarrones llenos de elaborados arreglos de flores secas. En un cuadro pequeño, pero de aspecto bastante caro, una persona puntillista remaba. – ¿Es usted Edward?

Era una voz de mujer con ligero acento inglés. Edward se volvió.

Laura Crowlyk era una cuarentona de baja estatura, rostro alargado y elegante, ojos brillantes y cabellos castaños recogidos sobre la nuca.

–Hola -lo saludó-. Usted es la persona del dinero, ¿verdad?

–Soy la persona del dinero.

Ella le estrechó la mano mecánicamente. – ¿Eddie? ¿Ed?

–Edward ya me va bien.

Sígame, por favor.

El pasillo por el que lo condujo estaba tenuemente iluminado, pero aun así Edward reparó en un par de contornos polvorientos en la pared, como si hubieran descolgado unos cuadros recientemente. Laura Crowlyk medía casi un palmo menos que él, y su vestido de cintura imperio y tonos claros ondeaba tras ella mientras andaba.

Había una puerta entreabierta a su derecha, y la mujer lo condujo al interior de un estudio escasamente amueblado. Dominaba la estancia una cavernosa chimenea custodiada por dos grandes sillones de cuero rojizo, acogedoramente dispuestos de tal manera que formasen ángulo el uno con el otro.

–Siéntese, por favor -dijo la mujer-. ¿Le apetecería un poco de té?

¿Agua? ¿Una copa de vino?

Edward declinó la oferta. Si podía evitarlo, nunca comía o bebía delante de los clientes.

Se sentaron. Habían limpiado meticulosamente la chimenea, aunque la piedra mostraba una zona ennegrecida. Al lado de la chimenea había una cuerda de ramas de abedul metida dentro de una

cuna de hierro forjado, todavía envuelta en un plástico cubierto de polvo.

Tras sentarse delante de Edward, Laura Crowlyk dijo:

–Supongo que Dan le habrá contado algo acerca de lo que va a hacer para nosotros.

–De hecho, se mostró un poco misterioso al respecto -repuso Edward-. Espero que no sea nada demasiado escandaloso -bromeó.

–No a menos que sea usted de los que se escandalizan con facilidad.

¿Estará disponible durante las próximas dos semanas, más o menos?

–Más o menos. Supongo que ya les habrá informado de que el 23

me trasladaré a Londres. Todavía debo hacer algunos arreglos.

–Por supuesto. Felicidades por su nombramiento, dicho sea de paso.

Tengo entendido que se lo considera muy prestigioso. – Dejó en el aire su propia opinión-. ¿Cuánto tiempo lleva usted con Esslin Hart?

–Cuatro años. – Edward se inclinó hacia delante en el sillón. Decidió poner fin a la típica entrevista laboral-. ¿Por qué no me cuenta cómo puedo ayudarles?

–Dentro de un momento-contestó Laura, evasiva-. ¿Usted es originario de…?

Edward suspiró.

–Bueno, crecí en Bangor. El de Maine, quiero decir. Ya sé que en Inglaterra también hay uno.

–Sí, creo que habría detectado un acento galés. ¿Sus padres…?

–Mi padre falleció hace poco. Llevo años sin ver a mi madre.

–Oh. – La mujer pareció sentirse ligeramente desconcertada-. Y se licenció en Yale. ¿En literatura inglesa?

–Así es.

–Qué insólito. ¿Se especializó en alguna área en particular?

–Bueno, el siglo xx, hablando en términos generales. Ya sabe, la novela moderna, Henry James, un poco de poesía… En fin, ya hace algún tiempo de eso.

Ser interrogado acerca de sus cualificaciones era un riesgo que formaba parte del oficio cuando tratabas con personas muy ricas, pero lo cierto es que no había esperado que el interrogatorio fuera a seguir aquella línea. Su licenciatura en literatura inglesa era uno de aquellos secretos vergonzosos que evitaba mencionar, casi al mismo nivel que el

haber ido a una escuela pública o haber probado el éxtasis en una ocasión.

–Y ahora se dedica.a la banca privada.

–Sí.

–Bien, bien. – Laura Crowlyk se esforzó en mostrar su acento de clase alta inglesa mientras asentía elegantemente con la cabeza-. Bueno

-añadió-, deje que le hable un poco acerca de lo que le tenemos reservado. En el piso de arriba de este apartamento hay una biblioteca.

Mis patronos, los Went, la trajeron aquí hará cosa de sesenta años para mantenerla a salvo, poco antes de la Segunda Guerra Mundial.

Comprenda que era una época de histeria colectiva, porque todo el mundo pensaba que Inglaterra iba a ser invadida por los hunos en cualquier momento. Yo no lo recuerdo, naturalmente no soy tan vieja, pero en aquel entonces se llegó a hablar de la posibilidad de venderlo todo y trasladar a la familia a América.

Afortunadamente ese plan nunca se llevó a la práctica. Pero la biblioteca vino aquí, y de algún modo nunca regresó. Llevaba mucho tiempo en la familia Went, como mínimo desde el siglo xvi.

Eso no era algo insólito en las grandes familias antiguas, y estaban sumamente orgullosos de ella. Disculpe, aquí dentro hace bastante calor… ¿Le importaría abrir esa ventana, por favor?

Edward se levantó y fue a la ventana. A1 ver el viejo marco de madera, temió que se resistiría, pero cuando abrió el pestillo la ventana se deslizó hacia arriba casi por sí sola, elevada por contrapesos ocultos.

Una brisa invadió la estancia, y el sonido de las bocinas de los coches subió desde la calle.

–Los libros fueron traídos aquí en cajas -continuó ella-.

Probablemente habrían estado más seguros en Inglaterra, dadas las circunstancias, pero olvidémonos de eso. En cuanto llegaron, adquirieron este apartamento a un jugador de béisbol profesional, creo, y la biblioteca fue transportada hasta aquí. Pero entonces terminó la guerra, y lo cierto es que las cajas nunca llegaron a ser desembaladas, al menos que yo sepa. Llevan en el piso de arriba desde entonces. »En fin, así es como están las cosas. Es escandaloso, realmente, pero creo que los Went simplemente perdieron el interés en esos libros. Durante mucho tiempo nadie se acordó siquiera de que estaban aquí, hasta que

un buen día a un contable de la familia que estaba intentando cuadrar los libros se le ocurrió preguntarse por qué pagábamos unos impuestos tan desorbitados sobre este apartamento (recuérdeme que le pregunte acerca de ello más tarde) y, naturalmente, alguien volvió a tropezarse con la vieja biblioteca. Pero ahora nadie tiene la más remota idea de qué hay ahí arriba, sólo sabemos que es muy, muy antiguo y que alguien debe ocuparse de ello.

Hizo una pausa. Edward esperó a que siguiera hablando, pero ella se limitó a observarlo pacientemente. – ¿Y los libros son…muy valiosos? – inquirió Edward. – ¿Valiosos? Oh, no lo sé. No es lo mío, como suele decirse.

–De modo que desea que determine el valor de la propiedad inmobiliaria que ocupan.

–No, en realidad no. Por cierto, ¿hizo usted algún trabajo sobre la Edad Media cuando estaba en la universidad?

–No, no lo hice, pero…

–Bueno, da igual. Al menos por ahora.

Siguiendo un principio profesional, Edward imponía a sus clientes un límite en la extensión de la narración de los hechos, y Laura Crowlyk ya había excedido su cuota.

–Señora Crowlyk, espero que no se tome a mal que le haga esta pregunta, pero ¿por qué estoy aquí? Si han encontrado algunos documentos históricos que necesitan ser evaluados, la firma puede ponerlos en contacto con un especialista que se ocupa de esa clase de cosas. Pero yo realmente no… -¡Oh, no, no hay ninguna necesidad de algo semejante! – Pareció encontrar la sugerencia un tanto hilarante-.

Estaba a punto de llegar a eso. En realidad lo único que necesitamos es que alguien lo desembale todo y lo coloque en las estanterías. Sólo abrir esas cajas, para empezar, y luego disponerlo todo con cierto orden.

Organizar y catalogar. Suena espantosamente aburrido, lo sé.

–Oh, no -mintió Edward-. En absoluto. Suspiró. O aquella mujer sufría una especie de megalómana locura inglesa o se había producido un grave fallo de comunicación. En algún punto del trayecto alguien la había cagado. Edward era analista de primera en Esslin Hart, y al parecer aquella mujer andaba en busca de una especie de mayordomo ennoblecido para que se encargara de hacer las tareas domésticas por

ella. En cualquier caso él, Edward, iba a tener que aclarar las cosas, rápidamente y a ser posible sin provocar un incidente internacional.

Tenía una idea bastante razonable de la dimensión de las cuentas que representaba Laura Crowlyk, y el ofenderla no era una opción.

–Creo que ha habido un ligero malentendido -dijo con voz queda-.

¿Le importa que haga una llamada telefónica?

Edward extrajo su móvil del bolsillo de la chaqueta y levantó la tapa. No hubo señal. Miró alrededor. – ¿Hay aquí algún teléfono que pueda utilizar?

Ella asintió y se levantó, ofreciéndole una fugaz e inesperada visión de su escote mientras se inclinaba hacia delante.

–Sígame.

Edward tuvo que apresurarse para no quedarse atrás mientras la seguía. Salieron al pasillo y se adentraron en el apartamento. Una alfombra de color marrón aparente mente interminable los siguió bajo sus pies. Edward frunció el entrecejo mientras iba entreviendo más entradas, salas y habitaciones. Incluso él, un asiduo visitante de las moradas de gente acomodada, estaba impresionado por el tamaño de aquel apartamento.

Laura se detuvo delante de una puerta mucho más estrecha de lo normal, con un pomo de cristal en miniatura. Parecía la puerta de un desván o la entrada a algún escondite secreto.

Al abrirla, Laura reveló una estrecha alcoba mohosa, sin iluminación y recubierta por paneles de madera oscura. El suelo estaba lleno de briznas de pintura vieja y volutas de polvo gris. En el centro había una angosta escalera de caracol de hierro forjado que llevaba hacia arriba.

–Disculpe, ¿seguro que su teléfono está por aquí? – preguntó Edward.

Ella no respondió y se limitó a echar a andar delante de él. Estaba oscuro y los escalones eran extremadamente empinados, y a Edward se le enganchó el pie en el borde de uno de ellos y tuvo que agarrarse a la barandilla. El metal resonaba tenuemente bajo sus pies. La escalera ascendía en espiral, y al cabo de un momento se adentraron en una oscuridad total. Cuando Laura se detuvo, Edward casi chocó con ella.

De pie a sus espaldas, Edward percibió el aroma a coco de su champú y

oyó un tintineo de llaves, seguido del chasquido de gruesos cerrojos y pestillos.

Laura tensó sus delgados hombros y tiró, pero la puerta se resistió como si alguien estuviera tirando hacia atrás desde dentro, alguien inquebrantablemente resuelto a que no se le molestara. Laura siguió esforzándose durante unos segundos y luego se dio por vencida.

–Lo siento, no puedo hacerlo -dijo con un leve jadeo-. Hágame el favor de abrirla por mí.

Se hizo a un lado y se pegó a la pared, y los dos cambiaron cautelosamente de sitio en el minúsculo descansillo de metal. Las llaves seguían en el picaporte metálico. Al cogerlas, Edward se preguntó si todo aquello sería una especie de broma pesada, les dio un cuarto de vuelta y tiró, inclinando la espalda al mismo tiempo, para luego separar un poco más los pies y volver a tirar. Oyó cómo Laura bajaba un peldaño detrás de él para no estorbarlo. La puerta era sorprendentemente gruesa, como la entrada a un refugio antiaéreo, y cuando empezó a moverse lo hizo con un fuerte crujido, como un árbol al caer con las raíces partiéndose en la tierra. De inmediato el aire penetró a través del hueco desde detrás de ellos. El viento inició un crescendo a medida que la puerta giraba sobre sus goznes, y luego volvió a morir cuando las distintas presiones del aire quedaron igualadas.

Al otro lado estaba negro como la noche. Edward tanteó cautelosamente el suelo con la puntera de su zapato, pues no podía ver nada. El sonido creó ecos. Distinguió un leve rastro de luz, muy arriba e indistinto pero eso era todo.

«¿Qué coño es esto?», pensó Edward. Laura pasó por su lado, poniéndole una mano en el codo con gesto inesperadamente familiar.

Edward esperó a que sus ojos se adaptaran a la oscuridad.

–Sólo será un momento -dijo ella.

El sonido a hueco de sus pasos se alejó en la oscuridad. El aire era tonificantemente fresco, incluso frío, habría unos cinco grados de diferencia con respecto al piso de abajo. El olor a humedad era muy intenso, casi dulzón; a Edward le recordó al olor del cuero cuando ha empezado a descomponerse. Se sintió como si hubiera entrado en una iglesia. De pronto estuvo muy lejos del Manhattan exterior cocido por

el sol. Respiró hondo y sintió cómo sus pulmones se expandían con el aire frío. Después avanzó unos cuantos pasos, a ciegas, hacia donde suponía que se había detenido Laura.

–Aquí está -le llegó la voz de ella en la oscuridad. Se produjo el chasquido plástico de un interruptor, pero no ocurrió nada. – ¿Hay algo que yo pueda…?

Edward dejó que su voz se desvaneciera en el silencio. Extendió la mano y tocó madera, áspera y astillosa.

De pronto se vio asaltado por la brusca conciencia de las dimensiones de la habitación. La pared del fondo había empezado a surgir de la oscuridad para convertirse en una enorme ventana a treinta metros de distancia.

–Dios mío -masculló Edward en voz baja.

La luz que hubiese entrado por aquel ventanal era engullida casi por completo por enormes y tupidas cortinas oscuras, dejando sólo visible un fantasmagórico resplandor rectangular.

Por fin la luz se encendió. Una lámpara de pie con pantalla marrón proyectaba una acogedora luz amarilla de sala de estar. La habitación era enorme, tanto que podría haber servido como sala de baile. De forma alargada, debía de ocupar toda la longitud del edificio, y había cajas de madera amontonadas aquí y allá, la mayor parte en el otro extremo, apiladas una sobre la otra hasta la altura de la cabeza. Había una carretilla de aluminio junto a una de ellas.

Se encontraban en la biblioteca. Las estanterías, casi todas vacías, se extendían a lo largo de una pared. En una de ellas, al final de un largo cordón negro del grosor de una culebra, se hallaba el teléfono prometido, un achaparrado artefacto negro de la era de los rotarios.

–Pensé que querría verla -dijo ella-. Antes de que telefoneara.

Edward se cruzó de brazos. Acababa de caer en la cuenta de que aquella inglesa mimada, aquella lacaya de una mujer rica, realmente creía que él iba a seguir adelante con el asunto. En aquel instante lo observaba con expresión expectante.

El miró alrededor mientras empezaba a idear un discurso con el que poner de manifiesto su justa indignación. Era un discurso brillante, expresado en términos de la diplomacia más soberbiamente matizada, pero al mismo tiempo minado de insultos y desprecios quizá demasiado

sutiles para ser percibidos; la mujer sólo se daría cuenta mucho más tarde, mientras estuviera meciéndose en el porche de la casa de los viejos lacayos, de hasta qué punto se había mofado Edward de ella. Sin embargo, el discurso quedó en suspenso, dispuesto para la entrega, pero Edward vaciló y dio un paso atrás hacia la puerta.

–No se ha tocado nada -dijo ella-. Si puede esperar otro minuto más, le subiré unas cuantas cosas.

Titubeó. ¿A qué estaba esperando? ¿Cuál era el curso de acción más inteligente a seguir?

No se atrevía a ofender a los Went, aunque sólo fuese por delegación. Ya casi era media tarde.

Podía matar el resto del día, un par de horas como máximo, y mañana por la mañana telefonear a Dan y hacer que enviaran a un socio de primer año o a uno de los ayudantes más vigorosos.

Dan lo había metido en aquello y él lo sacaría de allí. ¿No sería ésa la escapatoria más segura? Y ya puestos, ¿qué otra cosa tenía que hacer hoy?

Laura volvió a pasar junto a él y Edward se volvió para mirarla mientras salía por la puerta.

Cuando ella se marchó, Edward le dio un puntapié a una de las cajas de madera, que sonó a hueco en el silencio de la estancia. Una pequeña nube de polvo flotó por el aire y se posó en el suelo. Edward volvió a probar suerte con su móvil. No hubo señal; todo el apartamento era presa de un encantamiento maléfico.

Joder-farfulló Edward, y suspiró.

Después sintió cómo su irritación empezaba a disiparse. Recorrió la gran sala de un extremo a otro. Al día siguiente limpiaría todo aquel estropicio. No era más que un montón de libros. ¿Y acaso no solía él, en su juventud sensible e idealista, leer libros? El suelo era de un parqué magnífico, con tablillas largas y estrechas y de aspecto bastante caro.

La tenue claridad que entraba en ángulo revelaba minúsculas imperfecciones en el acabado. Junto a una de las paredes había una vieja y sólida mesa de madera, y Edward pasó la mano por ella. La punta de los dedos le quedó manchada de polvo. La mesa tenía un cajón, con un viejo destornillador que rodó ruidosamente en su interior.

La situación no podía ser más extraña, pero en realidad casi se alegraba de estar allí.

Había algo en aquella vieja y romántica estancia que hacía que deseara quedarse en ella; una especie de presencia invisible había empezado a afirmar su fuerza gravitacional alrededor de Edward, un indetectable agujero negro que lo atraía suavemente hacia su órbita.

Edward se dirigió a la ventana, apartó un poco la cortina y miró al exterior. Las ventanas llegaban al suelo de la sala, por lo que podía mirar directamente hacia abajo hasta divisar el asfalto gris de Madison Avenue. Desde aquella altura los carriles del tráfico y los pasos de peatones parecían estar perfectamente trazados. Taxis de color amarillo giraban y avanzaban a través del cruce, esquivándose mutuamente en el último momento posible. El edificio que se alzaba al otro lado de la calle era una colmena de actividad. Edward tenía una perfecta vista de él. Cada una de las ventanas del edificio contenía un escritorio cubierto de papeles, un monitor de ordenador que palpitaba con destellos azulados, arte moderno en general, ficus agonizantes y hombres y mujeres que hablaban por teléfono, haciéndose confidencias y consultando los unos con los otros, cómicamente inconscientes de lo que estaba ocurriendo en las ventanas que había arriba y a los lados.

Era un salón de espejos, la misma escena infinitamente duplicada.

Edward solía ser parte de aquello. Consultó su reloj. Eran casi las tres y media, el ecuador de lo que hubiese sido su día de trabajo.

La sensación de no trabajar resultaba de lo más extraña. De hecho nunca había advertido lo complicada que era su vida hasta que tuvo que salir de ella. Había tarda do seis meses en planificar el traslado a Londres, delegar proyectos, transmitir a todos sus contactos y llevar a cabo la transición de los clientes clave a sus colegas en una interminable serie de almuerzos, cenas, reuniones, correos electrónicos, conferencias telefónicas, vertidos de cerebro y fusiones mentales. El mero número de hebras de las que había tenido que desenredarse delicadamente era impresionante, y cada vez que desprendía una encontraba de inmediato otras hebras unidas a ella.

–Le ruego que mantenga cerradas las cortinas. Por los libros. – La voz fría e inexpresiva de Laura provenía de la entrada, donde acababa de reaparecer tan silenciosamente como la venerable vieja ama de

llaves en una película de terror. Edward retrocedió sintiéndose culpable-.

Mantenemos la temperatura artificialmente baja por la misma razón.

Laura fue hacia la mesa y depositó una libreta de anillas negra y un ordenador portátil metido en su estuche.

–Esto debería ayudarlo con la labor de catalogación. En este cuaderno de notas hay algunas pautas generales a seguir, y por el momento puede guardar los datos en el ordenador.

Hicimos que Alberto, él se ocupa de nuestros ordenadores, instalara un programa de catalogación que podría serle de alguna ayuda. Si tiene cualquier pregunta, diríjase a Margot y ella le dirá dónde encontrarme.

Oh, y asegúrese de que no se le pasa por alto nada que haya escrito un autor llamado Gervase de Langford. Al parecer, serían libros de una época muy temprana, muy antiguos. Si ve cualquier obra suya, comuníquemelo inmediatamente.

–De acuerdo -dijo él-. Gervase de Langford. Tras un momento de silencio, Laura dijo: – Estoy segura de que lo veré más tarde.

–Estoy seguro de ello -convino Edward, deseoso de quedarse a solas.

–Bien, ha sido un placer conocerlo. – Obviamente ella tampoco tenía ningún deseo de quedarse. Ya había empezado a volverse.

–Adiós. – Edward tenía la impresión de que debería haber preguntado algo más, pero no se le ocurrió nada. Oyó el sonido de los pasos de Laura mientras bajaba por la escalera de metal. Se había quedado solo.

Había una vieja silla de escritorio con ruedas en el círculo de luz proyectado por la única lámpara. Edward le quitó el polvo y se sentó en ella. Era dura, pero el respaldo se flexionaba confortablemente entre un intrincado dispositivo de muelles. Edward rodó hasta la ventana y separó un poco más las cortinas, después de lo cual volvió a su lugar de origen con un sonido parecido al de un cojinete que se desliza sobre una pista de bolos vacía. La libreta de anillas que había encima de la mesa estaba cubierta con tapas de cuero negro, y contenía veinte o treinta hojas de papel cebolla apretadamente cubiertas por un texto mecanografiado a un solo espacio.

Las hojas tenían muchos años, y los duros golpes de tecla de una máquina de escribir manual habían hecho que las palabras quedaran grabadas en relieve sobre el papel.

Es mi intención que los libros en esta colección sean descritos de acuerdo con los Principios de la Ciencia de la Bibliografía. Dichos principios son simples y precisos, aunque la variedad de los objetos a los cuales hacen referencia puede dar lugar a escenarios de una considerable complejidad…

Edward puso los ojos en blanco. Ya lamentaba su impulsiva decisión. Parecía estar desarrollando un peligroso hábito de ayudar a desconocidas en apuros: primero aquella mujer en la acera, ahora Laura Crowlyk. Hojeó las páginas. Estaban llenas de diagramas, descripciones y definiciones de distintos tipos de encuadernaciones, catálogos de las diferentes clases de papeles, pergaminos y cueros, ejemplos de caligrafías y escrituras y tipos de imprenta, listas de ornamentos, pies de imprenta, imperfecciones, irregularidades, maneras de imprimir, ediciones, marcas de agua y un sinfín de etcéteras.

En el extremo inferior de la última página había una firma azul, medio borrada por el paso del tiempo y absurdamente elaborada. Era casi ilegible, pero el autor había mecanografiado su nombre debajo de ella:

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