El Códice secreto
Capítulo 1
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Al día siguiente Edward cogió un taxi para ir al Lower East Side.
Bajó en la esquina desierta de la calle Dos con la Avenida C y se quedó de pie allí durante un minuto, hurgando dentro de sus bolsillos en busca de la dirección que le dio Zeph, pues se las había arreglado para traspapelarla durante el trayecto.
Era viernes, a media tarde, y a pesar de la luz blanca e intensa del sol, la persiana de acero del colmado de la esquina ya estaba bajada.
Una puerta de nevera amputa da estaba apoyada en un parquímetro.
Había agua de lluvia ácida acumulada en el compartimiento de la mantequilla.
Edward finalmente encontró la dirección hecha un ovillo dentro del bolsillo trasero. El papel en el que estaba escrita era de un pulposo blanco barato que ya había empezado a oscurecerse con el tiempo. En el dorso se leía una frase impresa con un tipo muy grueso, toda ella en mayúsculas: ¡¡¡PARA SALVAR A LA TIERRA, PRIMERO ÉL TIENE
QUE SALVAR A LOS QUINCE
DUPLICADOS DE ÉSTA!!!
Una camioneta de una panadería pasó ruidosamente junto a él.
Llevaba un enorme pan pintado en uno de los lados, lo que hizo que Edward se acordara melancólica mente del pan que comían los campesinos en su pintura del campo de trigo. Una ráfaga de viento levantó una nube de polvo en la calle. Hacía calor, pero un tenue atisbo de frialdad flotaba en el aire, tan débil que apenas se notaba. Aun así, Edward se dijo que el verano casi había terminado: el día siguiente era el primero de septiembre. El tiempo pasaba.
El edificio era alto y estaba hecho de ladrillo marrón, un bloque de finales de siglo que se inclinaba visiblemente sobre la calle. El nombre de Alberto Hidalgo aparecía junto al timbre del último piso. Todas las demás ranuras se hallaban vacías. Edward llamó al timbre y esperó.
De pie en la esquina, rodeado por cápsulas de crack rotas, mierda de perro y envoltorios de Slim Jim que revoloteaban por el aire,
Edward oyó el inaudible pero inconfundible sonido de su vida chocando con el fondo. ¿Qué estaba haciendo allí? Todo lo que guardaba relación con aquella situación parecía ser un error. ¿Merecía la pena el esfuerzo de recorrer aquella distancia ciudad abajo, hasta el límite del universo conocido, sólo para obtener ayuda con un juego de ordenador? No, claro que no. Pero ¿qué más le quedaba por hacer?
Margaret no daba señales de vida. La duquesa era un interrogante.
Ahora el códice estaba todavía más perdido de lo que lo había estado antes de que Margaret y él agotaran su única pista en Old Forge. Ya iba siendo hora de ir a Inglaterra. Edward incluso había llegado a dar el drástico paso de reservar una plaza en un vuelo dentro de unos días, pero sabía que no podía subir al avión. Todavía no, no sin el códice.
Quizá si echaba a correr todo lo lejos que pudiera en dirección opuesta se tropezaría con él viniendo desde el otro lado. ¿Y de qué conocía aquel nombre, Alberto Hidalgo?
Edward se apoyó en el timbre, casi esperando que nadie respondiera.
Un par de minutos más tarde, Edward reparó en una pequeña cámara de vídeo que lo observaba desde arriba a través de un sucio panel de cristal colocado en la puerta. La saludó con la mano y la cerradura zumbó.
Empujó la puerta y entró. La escalera era estrecha y empinada. El techo se hallaba cubierto por delgadas láminas de latón estampadas con un motivo floral repetitivo y pintadas de verde pálido. Todo estaba oscuro y silencioso mientras Edward subía por la escalera, sus zapatos arañando secamente los gastados escalones de mármol. Una vez dentro, vio que el sistema de seguridad tenía un acabado bastante casero, como si hubiera sido montado a partir de componentes obtenidos de distintos catálogos. Un par de cables sobresalían de la cámara, un cordón eléctrico y un cable de Ethernet grapados juntos en el ángulo entre la pared y el techo, y Edward los siguió escalera arriba. Los cables llegaban hasta el sexto y último rellano.
Una de las puertas que daban al rellano estaba entornada.
–Entre -dijo una aguda voz andrógina.
Edward obedeció. El ambiente en el apartamento era más bien fresco. Estaba poco iluminado y tenía un techo falso. Las paredes eran
blancas. La luz se filtraba a través de ventanas casi completamente ocultas por altas y precarias pilas de libros en ediciones de bolsillo, que sólo dejaban entrar rendijas de luz blanca. El suelo estaba cubierto por una alfombra barata, azul pálido y aparentemente nueva. Estaba plagada de bolas de papel, bolígrafos, catálogos de hardware de brillantes colores, discos compactos, los abigarrados órganos internos de varios ordenadores y un sinfín de bolsas naranja de Jax vacías.
Alberto Hidalgo había sujetado con tachuelas cables eléctricos a lo largo de las paredes, justo encima del suelo, para disponer de una toma de corriente cada par de metros. Hasta la última de ellas se hallaba en uso. Alberto estaba sentado a un largo escritorio blanco de Ikea con media docena de monitores de distintas formas y tamaños alineados a lo largo de él. Edward lo reconoció de inmediato.
–Yo a usted lo conozco -dijo.
–Yo a usted también -replicó el Artista serenamente. Era el hombrecillo del apartamento de Zeph y la fiesta RAL. Iba tan pulcramente vestido como descuidada estaba la habitación, con un traje gris y una corbata rosa bien anudada, como un niño vestido para una bar mitzvah, salvo por el hecho de que sus pies estaban descalzos.
Alberto Hidalgo era tan bajo que los pies apenas le tocaban el suelo.
Edward se quedó en el umbral, dudando más que nunca de que quisiera seguir adelante con aquello.
–Zeph me dijo que iba a venir -comentó el Artista-. Siéntese, por favor.
Edward avanzó cautelosamente hasta un sofá de terciopelo destartalado junto a la pared de enfrente, sintiéndose como una visita que pone los pies por primera vez en la consulta de un psiquiatra. –
¿Tiene consigo su copia del juego?
Edward asintió. Sacó el disco del bolsillo de su camisa y se lo entregó. El Artista lo introdujo en un enorme ordenador colocado debajo del escritorio, que producía un audible zumbido.
–Menuda máquina tiene usted ahí -dijo Edward.
–Es un KryoTech -informó el Artista. Parecía sentirse completamente a sus anchas-. Son más rápidos que la mayoría de los sistemas que encuentras en las tiendas del ramo. Está estructurado alrededor de una unidad de refrigeración que enfría el
microprocesador hasta alrededor de los cuarenta grados bajo cero. Eso reduce la resistencia en el silicio. A esa temperatura incluso un chip estándar puede ser acelerado de manera fiable hasta velocidades muy superiores a las especificadas por la fábrica. Aun así, no se ven muchos KryoTech: hacen mucho ruido y consumen mucha energía. También pesan una tonelada. Y son caros.
El motor del disco zumbó mientras el sistema leía el disco de Edward.
–Bueno -dijo el Artista-, y ahora veamos dónde está usted.
Sus manos titubearon por un instante, suspendidas sobre el teclado.
Edward nunca había visto a nadie que tecleara tan deprisa como el Artista. Los clicks de cada tecla se confundían en un solo zumbido agudo. La enorme pantalla del monitor mostraba diez o quince ventanas abiertas y, al cabo de unos segundos, el juego de Edward apareció en una de ellas, reducido hasta el tamaño de un sello de correos. El Artista asió una esquina de la ventana con el ratón y la abrió, tirando de ella, hasta que cubrió la mayor parte de la pantalla.
La estudió críticamente.
–Ajá -dijo, con el mismo tono de un radiólogo al examinar la radiografía de un bazo aplastado-. Ajá, ajá. Hizo girar el punto de vista 360 grados.
–Uh. – ¿Qué?
–Bueno -dijo el Artista-, no cabe duda de que se ha metido usted en una situación muy jodida.
Una diminuta y torcida sonrisa apareció en su rostro, luego desapareció para reaparecer de inmediato: un chiste secreto. El Artista reprimió la risa. Edward se levantó y se acercó para detenerse detrás de él. En la pantalla grandes copos de nieve caían del vacío cielo gris. –
¿Qué tal? – dijo Edward.
–Lo siento. – El Artista se aclaró la garganta-. ¿Sabe qué está pasando aquí? Se encuentra usted atrapado dentro de un Huevo de Pascua.
Edward negó con la cabeza. Lo único que quería era terminar de una vez con todo aquello.
–Un Huevo de Pascua. No sé qué es eso.
El Artista se echó hacia atrás y cruzó las manos detrás de su cabeza.
–Un Huevo de Pascua es algo que a veces un programador inserta dentro de un programa que él o ella está escribiendo. ¿Tuvo usted alguna vez un Atari 2600 cuando era más joven?
Edward parpadeó.
–No me acuerdo. Pero no es la primera persona que me ha hecho esa pregunta.
–Si lo tuvo, habría jugado a un juego de vídeo llamado Aventura.
–De acuerdo.
–Lo que fuese.
–El objeto de Aventura era encontrar el Santo Grial. – El Artista se apartó del escritorio con un enérgico empujón, de tal forma que su silla rodó un par de metros a través de la alfombra-. No obstante, en su camino para llegar hasta el Santo Grial usted se encontraría con un par de muros misteriosos en los que no había ninguna puerta. Para atravesarlos tenía que encontrar la llave negra, entrar en el castillo negro y matar al dragón rojo con la espada. Luego iba y cogía el puente púrpura, lo llevaba al interior del castillo negro, al interior del laberinto oscurecido, y lo utilizaba para entrar por una pared.
Incrustado dentro de ésta había un punto mágico invisible.
Edward se sentó en el sofá. No estaba pagando por su tiempo al Artista, así que ya puestos bien podía dejarlo hablar.
–Cuando llevara tanto el punto invisible como el Santo Grial al interior de una sala, los muros misteriosos desaparecerían y usted podría entrar en una sala secreta. Allí hallaría el nombre de la persona que escribió Aventura, escrito en letras multicolores que se encendían y se apagaban.
–Eso tiene que haber sido una decepción, después de tanto trabajo -
dijo Edward, sólo para demostrar que todavía estaba prestando atención. Tres semanas antes, habría encontrado completamente absurda la idea de que alguien le estuviera soltando toda una disertación acerca de un videojuego.
–Era un tanto anticlimático -agregó el Artista-. Pero lo importante es que esa sala era un ejemplo de lo que los programadores llaman un Huevo de Pascua; una firma secreta, un mensaje escondido dentro del todo más grande, puesto allí para ser leído por aquellos que sabían
dónde había que buscar. La mayoría de los programas los tienen, pero hay que saber dónde mirar.
–Algo así como un esteganograma -dijo Edward.
–En algunos aspectos, sí -convino el Artista. Si le había sorprendido que Edward supiese lo que era un esteganograma, no lo demostró-.
Muy parecido a un esteganograma. Ahora usted ha encontrado un Huevo de Pascua dentro de MOMO. Todo el entorno virtual que está explorando, el frío, la falta de alimentos, los lobos, es como esa sala escondida en Aventura: algo secreto que la inmensa mayoría de las personas que juegan a MOMO nunca llegan a ver.
–Pero no entiendo cómo puedo haber descubierto nada secreto -dijo Edward parsimoniosamente-. No hice nada especial. Apenas llegué a hacer algo.
–Debo suponer que se habrá tropezado con ello por accidente. Pero en mi opinión la verdadera pregunta es: ¿por qué alguien iba a tomarse todas las molestias de construir un Huevo de Pascua de semejantes dimensiones y complejidad en primer lugar?
El Artista hizo una pausa y tosió discretamente en el puño. Se levantó y fue a la pequeña cocina del apartamento, donde sacó un vaso de papel de un paquete de plástico sellado y lo llenó con agua del grifo.
Éste estaba equipado con un gran filtro de agua que tenía aspecto de ser bastante caro. Antes Edward no se había fijado en que el Artista llevaba en su muñeca derecha una férula para el túnel carpal de apariencia artesanal confeccionada en cuero bordado. – ¿Fue creado para la diversión privada de esa persona? – En algún lugar por debajo de su vacuo exterior el Artista sin duda lo estaba pasando en grande interpretando al sagaz Sherlock Holmes frente al Watson estúpido de Edward-. Quizá. Pero ¿valdría realmente semejante diversión privada todo el trabajo necesario para crear un entorno virtual tan detallado? –
La dicción del Artista tenía una cualidad abiertamente retórica que casi parecía propia de un guión, como si hubiera aprendido a hablar escuchando a un presentador de noticiarios televisivos-. ¿Podría haber habido otro motivo? ¿Hay aquí un mensaje, y si lo hay, cómo podemos leerlo? Y sobre todo, ¿cómo podemos sacarlo a usted del Huevo de Pascua, para que así pueda ir y terminar el juego?
–Cierto -dijo Edward-. Todas ésas son buenas preguntas.
Esperó, pero el Artista no respondió de inmediato. El hilo de sus pensamientos había cambiado de curso para internarse en su propio túnel privado. Permanecía inmóvil con los ojos vidriosos sentado en su silla de escritorio, tomando de vez en cuando rápidos sorbos de su vaso de papel. Edward reparó en que una de las ventanas del monitor era una página web con reservas de avión para Londres. Otra mostraba una granulosa visión en imagen real tomada por la cámara de seguridad de la entrada. Todo ello contribuía a reforzar la extrañamente omnisciente cualidad del Artista.
–Este edificio está muy bien -sugirió Edward.
–Gracias -dijo el Artista distraídamente-. Es de mi propiedad. Yo era el empleado número siete en Yahoo. Dejó el vaso y alzó la mirada hacia la imagen en el monitor; mientras tecleaba nerviosamente en uno de sus equipos.
–Bueno -dijo-, todavía puede usted ganar. Si quiere hacerlo, claro.
Vuelva a frenar el fluir del tiempo. Derrote a los alienígenas.
Edward se irguió, sorprendido. – ¿Puedo?
–Muy fácilmente. Mire, se lo mostraré.
Una de las manos del Artista empezó a danzar sobre el teclado mientras la otra sostenía el ratón. Éste era un sofisticado modelo sin cable, aerodinámico y erizado de botones plateados.
Una hojita de papel de seda rosado reposaba sobre el monitor, una factura con un árbol en el extremo superior.
De pronto un resorte saltó en la mente de Edward. – ¡Joder! –
exclamó-. Usted es Alberto Hidalgo.
–Sí. No entiendo por qué Zeph utiliza mi nombre cuando yo prefiero que se me llame «el Artista». Quizá sea un reflejo de su sentido del humor.
–Pero usted es el Alberto que solía trabajar para la familia Went.
No hubo ninguna pausa en el ritmo de las pulsaciones de teclas del Artista, que siguió mirando la pantalla. Casi contra su voluntad, ciertas cosas empezaban a encajar en la mente de Edward, aunque en realidad no tenían ninguna razón para hacerlo.
–Sí. ¿Cómo lo ha sabido?
–Ahora trabajo para ellos.
–Oh.
Edward observó al Artista con mucha atención.
–Me contrataron para que les diseñara ciertos programas personalizados -reveló el Artista por iniciativa propia-. Una base de datos para el catálogo de una biblioteca. Cumplí con mi contrato a su entera satisfacción.
–Lo sé. Ahora lo estoy utilizando. Los Went me contrataron para que catalogara su biblioteca.
–Ya veo. – El Artista ajustó con exagerado cuidado un dial en el monitor-. Espero que mi programa le resulte satisfactorio.
–Es magnífico -dijo Edward.
El corazón le latía con tal fuerza que sentía como si fuera visible a través de su camisa. El Artista balanceaba rápidamente sus cortas piernas mientras trabajaba.
–Déjeme preguntarle algo -dijo Edward, tratando de mantener un tono casual-. ¿Le hablaron los Went alguna vez de un antiguo códice que andaban buscando?
–Códescis -dijo el Artista-. El plural de codesc, una abreviatura para «compresión/descompresión», que hace referencia a un proceso algorítmico para reducir el tamaño del archivo mediante la eliminación de las redundancias…
–No me refiero a eso. Me refiero a un códice, en singular. Es un libro antiguo.
–Sé a qué se refiere -dijo el Artista en voz baja.
Atónito, Edward cayó en la cuenta de que, escondido en aquel miserable apartamento del Lower East Side con el excéntrico tecnófilo que vivía enclaustrado en él, había encontrado algo.
Ignoraba de qué se trataba, sólo sabía que era frágil y que debería llevar las cosas a la perfección o perderlo para siempre. El vello se le había erizado en los antebrazos; se sentía como un hombre a punto de ser fulminado por el rayo, con relámpagos invisibles reuniéndose en el aire sobre su cabeza y acumulándose en el suelo bajo sus pies.
–Pero usted trabajó con su biblioteca.
–Sí.
–Con Laura Crowlyk.
–Eso es.
–Y la duquesa.
–Y la duquesa -confirmó el Artista. Introdujo una arcana combinación de teclas para la que utilizó ambas manos. Había incrementado de algún modo la velocidad del reloj en el juego, de tal forma que ahora los acontecimientos se sucedían a un paso frenéticamente acelerado dentro de su diminuto mundo. Las pequeñas figuras saltaban de un lado a otro como bailarines folclóricos en un viejo noticiario cinematográfico.
–Así que… ¿llegó a conocerla? – preguntó Edward, describiendo círculos alrededor de su presa.
–Un poco. No mucho. Dicen que no trabajo bien con otras personas.
El Artista dejó de teclear y la pantalla volvió a quedar inmóvil. El motor del disco duro gimió mientras escribía sobre el disco, luego lo escupió.
El Artista lo cogió y se volvió hacia Edward.
–Bueno, con eso ya debería tenerlo todo solucionado. He colocado a su personaje en los cuarteles generales del movimiento de resistencia humano -explicó, rápido como una ametralladora-, y he activado los generadores de emergencia, así que debería ser capaz de poner en funcionamiento los convoyes del metro. Visite Bulgari en la Quinta Avenida y coja los diamantes que hay dentro de la caja fuerte. La combinación está en el bolsillo del empleado, aunque puede que no necesite matarlo para conseguirla. No se preocupe, él es un colaborador.
Una vez que tenga los diamantes, coja el metro hasta el aeropuerto.
Pague con los diamantes a un equipo de vuelo para que repare un avión y lo pilote hasta Cabo Cañaveral en Florida. Desde allí puede coger la lanzadera espacial y entrar en órbita. Después de eso todo debería explicarse por sí mismo.
El Artista le tendió el disco. Edward lo contempló recelosamente sin cogerlo. Notaba que el Artista quería que se marchara. La audiencia había terminado. – ¿Eso es todo? – ¿Qué más esperaba? – preguntó el Artista. – Bueno, todavía no ha respondido a esas preguntas. Como la de dónde provienen todas esas cosas, por ejemplo. ¿Y quién las puso ahí? ¿Y por qué?
Por un instante el Artista pareció mostrarse impaciente. – ¿Por qué le importa eso? Le he explicado cómo salir del atolladero. – El Artista
miró la pantalla, el rostro empalidecido en la luz del monitor-. Aunque no sé por qué iba a querer hacerlo. La nieve, las calles vacías, el silencio… Es hermoso a su propia manera, ¿no le parece?
–Daba la impresión de ser un principito caritativo que mostrase la vista desde la ventana de su mansión-. Puede ver las estrellas desde el centro de Times Square. Dudo que nadie haya hecho eso en ciento cincuenta años.
–Supongo que no. – ¿Por qué dejarse atrapar por nociones convencionales de «victoria» y «derrota»? ¿Realmente vencerá usted si rechaza a los alienígenas y salva el mundo? ¿Por qué no limitarse a permitir que todo siga su curso? Deje que los humanos vayan muriendo hasta desaparecer. Dé una oportunidad de dirigir las cosas a los lobos para variar. Y los narvales… Con el frío los narvales han empezado a venir al sur. ¿Los ha visto? ¿Sabe que, junto con la beluga, son una de las pocas especies de ballenas que carecen de una aleta dorsal? Pronto habrían estado aquí.
Les gustan las corrientes frías vestibulares.
Edward miró la pantalla del monitor. Vio, para su sorpresa, que algo acerca de los «cuarteles generales» que mencionaba el Artista le resultaba familiar. Las características molduras, los techos altos, los sillones de cuero: parecía el apartamento de los Went. De hecho, era exactamente una réplica virtual del apartamento de los Went.
–Esto es obra suya -dijo.
Por fin empezaba a entenderlo. Las similitudes, los ecos, las conexiones entre el juego y su vida y el códice; las ruinas donde debería haber estado la biblioteca del Chenoweth; los terrenos fuera del edificio del Anexo en Old Forge; el hombre con las astas que había visto en la fiesta RAL. Algo, una forma, comenzaba a emerger de la oscuridad.
Edward negó con la cabeza, dudando entre la ira y la exasperación y la simple admiración.
Fue usted… usted creó esta cosa. Usted la hizo, usted la puso en el juego y yo quedé atrapado en ella. Dios mío. ¡Maldito bastardo de mierda!
El Artista lo miró sin inmutarse, pero su parpadeo se había vuelto más frecuente. – ¿Por qué? – Edward quería zarandearlo-. ¿Tiene alguna idea de cuánto tiempo he desperdiciado con esta cosa?
–Nadie lo apuntaba a la cabeza con una pistola.
Eso era cierto.
–Pero ¿por qué? ¿Por qué molestarse en hacerlo? ¿Qué demonios le pasa?
–Tenía mis razones. – ¿Sí? ¿Como cuáles?
En vez de responder, el Artista se levantó y se acercó a una ventana, donde fingió estudiar los lomos de las ediciones de bolsillo apiladas allí.
Edward reparó con sorpresa en que todos los libros, sin excepción, tenían los lomos de color rosa y azul, y los títulos estampados en oro con letras llenas de curvas de las novelas románticas para el gran público.
–Porque quería hacerlo -dijo el Artista, con aire de sinceridad infantil-. Pensé que un día tal vez se lo enseñaría a ella. Podría gustarle.
Había cosas que siempre he querido contarle. Pero con el paso del tiempo ella dejó de venir al despacho y ya no volví a verla. Nunca llegué a saber por qué no venía. Y de todos modos me lo pensé mejor.
–Usted hizo esto para Blanche.
La ira de Edward había empezado a desvanecerse. Era demasiado patético y gracioso al mismo tiempo. Trató de imaginar al Artista haciéndole una demostración de su juego de ordenador a la duquesa.
–Ha dicho que quería contarle cosas. ¿Como cuáles?
–Corno dónele está el códice.
El tiempo, que había estado precipitándose incontrolablemente hacia delante durante el último minuto, de pronto se detuvo. Su motor se atascó y se fundió. Edward sintió la mente clara. Se mantuvo inmóvil por miedo a sobresaltar al Artista, como si éste fuera un ave exótica y cualquier movimiento pudiera asustarlo hasta el punto de ocultar lo que fuese que se disponía a revelar. Un vasto tablero blanco cubierto de garabatos ilegibles, diagramas, cartas de flujo y símbolos escritos en rotulador rojo, verde y azul colgaba de la pared ante el escritorio del Artista. Un humidificador se alzaba en un rincón desde el que exhalaba silenciosamente una vaharada de niebla blanca tras otra, nubes en miniatura que se disolvían a cámara lenta en el aire.
–No necesité tanto tiempo para dar con él -prosiguió el Artista-. Los rompecabezas se me dan muy bien. Este ni siquiera era particularmente difícil.
Edward apenas podía hablar. – ¿No lo era? – musitó.
–No. En realidad no. – El Artista no parecía orgulloso ni jactancioso, sólo honesto. – ¿Así que usted… usted lo tiene? – inquirió Edward.
–Dije que lo encontré. No he dicho que lo tenga. – ¿Dónde está? –
¿No lo sabe?
–Santo Dios. – Edward se apretó frenéticamente la cabeza. Se estaba volviendo loco. No sabía si estrangular al Artista o suplicarle que se apiadase de él-. ¡Limítese a decirme dónde está!
El hombrecillo sonrió tristemente y sacudió la cabeza.
–Ya he dicho demasiado. – ¡No ha dicho nada!
–Ojalá no lo hubiera hecho.
El Artista se sentó en la alfombra y apoyó la espalda en la desnuda pared blanca. Era como si de pronto su menudo cuerpo se hubiera quedado sin fuerzas. Parecía un muñeco mágicamente animado cuyo encantamiento estuviera desvaneciéndose, Pinocho yendo hacia atrás.
–La duquesa me contrató para trabajar en sus ordenadores, pero Laura me lo contó todo acerca del códice. O al menos lo suficiente para que yo adivinara el resto. He estado en todos los sitios donde ha estado usted. No debería haberlo hecho. A1 principio pensé que le haría un favor a la duquesa, porque a ella le gusta que los hombres jóvenes le hagan favores. Usted ya ha descubierto eso. Creí que yo sería su héroe, pero me equivocaba. Me di cuenta justo a tiempo.
Casi era demasiado tarde. Quizás era demasiado tarde. – Suspiró y Edward se sorprendió al percibir una sombra de inquietud, un delator estremecimiento en su voz. El Artista estaba intentando no llorar-.
Tardé tanto tiempo en hacerlo… Utilicé pautas climatológicas de la edad de hielo como modelo. La era Wisconsin.
Respiró hondo y se controló.
–Por cierto -dijo-, creo que es usted el único que ha llegado a descubrirlo jamás. Tiene que ser muy, muy malo con MOMO para haber encontrado mi Huevo de Pascua.
–Muchísimas gracias.
El Artista empezó a describir los extremos a los que había llegado para modelar con precisión los efectos del filtro solar alienígena sobre la biosfera de la Tierra. Tenía sentido – Edward se acordó de lo que
había dicho Zeph acerca del trabajo que hacía el Artista durante el día, algo relacionado con el Servicio Meteorológico Nacional-, pero sólo lo escuchaba a medias.
Algo más revoloteaba en su mente, y se inclinó sobre el monitor del Artista para volver a mirarlo. La recreación del apartamento de los Went era asombrosamente detallada. Edward utilizó el teclado para guiarse a sí mismo pasillo abajo, abrió la puertecita, subió por la escalera de caracol -lo que requirió un complicado trabajo con el ratón-y entró en la biblioteca de los Went. Estaba allí, igual que en la vida real, pero vacía, despojada de todo: no había cajas, mesa, lámpara o cortinas. Sólo el suelo, el techo y las paredes desnudas, todo ello meticulosamente dibujado. El único mobiliario era las estanterías, que también se hallaban vacías. Una abeja virtual zumbaba y se estrellaba contra la ventana virtual. ¿Por qué una abeja?
–Pero no lo entiendo -se interrumpió-. ¿Por qué no le dijo a la duquesa que lo había encontrado?
–Lo siento, Edward. – El Artista meneó su redonda cabecita-. Eso tampoco puedo contárselo.
Era tan inútil como discutir con un buzón de voz recalcitrante. Sin embargo, algo había empezado a cobrar forma en la mente de Edward, algo que antes se hallaba roto en mil pedazos y que ahora volvía a unirse. ¿No era eso lo que había dicho el Artista acerca del correo electrónico la primera vez que se encontraron? Trocitos dispersos de información, recogidos y reunidos hasta formar un mensaje para ser leído. El caos deviene en orden. O lo que decía la duquesa en aquella ridícula carta suya: era como un libro que ha sido desencuadernado, cuyas páginas han quedado esparcidas y luego son reclamadas de nuevo y convertidas en un todo.
Edward volvió a pensar en Margaret y en su historia acerca de sir Urre. ¿No tenía éste una abeja en su escudo de armas…?
Edward cogió el disco con su juego grabado en él y se volvió hacia el Artista, quien súbitamente había decidido interponerse entre su persona y la puerta. Ahora era Edward el que se disponía a marcharse y el Artista quien quería retenerlo allí, como un anfitrión que de pronto recuerda sus maneras y se dispone a compensar el tiempo perdido. –
¿Sabe por qué este juego se llama MOMO? – preguntó, recuperando su
voz tranquila y suave, tal como era cuando Edward entró allí. Estaban cara a cara. No había forma de que el Artista pudiera detenerlo físicamente; Edward le sacaba al menos treinta centímetros, quizá más-. Hay un lugar al que puede ir donde verá la palabra «MOMO»
escrita en una pared al estilo grafitti. Nadie sabe quién la puso allí o por qué. Pero ¿sabe usted quién era Momo? Era un dios griego: un titán, uno de los dioses que gobernaban el mundo antes de que Zeus y sus hijos se hicieran con el poder. Su madre era Nyx, que significa noche, y su padre era Erebo. Erebo era la personificación de la oscuridad del Hades. »Momo fue el único de los dioses griegos que se atrevió a criticar el universo creado.
Incluso llegó a sugerir unas cuantas mejoras. Pensaba que los toros deberían tener cuernos en los hombros en vez de en la cabeza, para que así pudieran ver mejor lo que estaban atacando.
Le dijo a Afrodita, la diosa de la belleza, que sus sandalias crujían.
Dijo que los humanos deberían haber sido hechos con puertas en los pechos, para que así pudieras abrirlos y ver qué era lo que sentían realmente. »Al final los otros dioses terminaron tan hartos de oír quejarse a Momo que se reunieron y lo echaron del Olimpo. No sé qué le sucedió después de ese momento, pero creo que hay una lección en algún lugar de esto, Edward. Quizá sea la de que el mundo es un lugar imperfecto, pero si pasas todo tu tiempo buscando algo mejor, sólo conseguirás terminar en un sitio todavía peor. »Siento lo del códice, Edward. Pero realmente no puedo decirle dónde está. Ya le he contado demasiado.
–Pero ¿por qué no? – insistió Edward, que no quería revelar más de lo estrictamente necesario. En su mente ya había salido por la puerta.
Sabía dónde estaba el códice.
–Porque sé que se lo dirá a la duquesa. – El rostro infantil del Artista se puso muy serio, su voz se volvió apremiante-. No puedo permitir que haga eso. Su sustituto, Nicholas, está en lo cierto, aunque por las razones equivocadas. La duquesa está mucho mejor sin el códice. Si lo encontrara, intentaría utilizarlo contra el duque, y éste nunca lo consentirá. Cualquier cosa que ella pudiera llegar a hacerle no es nada comparada con lo que él le haría a ella. Podría hacerle daño, Edward.
–Eso es ridículo -dijo Edward secamente, sintiéndose como la única voz de la razón que quedaba en el mundo. Tenía que salir de allí antes de que le estallara la cabeza. Cogió el disco y se lo metió en el bolsillo de la camisa. Apenas escuchaba al Artista-. No tiene ningún sentido. ¿Qué podría hacerle? El duque es un inválido. Está enfermo. Y en cualquier caso, se encuentra en una clínica de Londres. La duquesa está en Weymarshe. Mientras ella esté allí, el duque no puede hacerle nada.
Se volvió y avanzó resueltamente hacia la puerta, hacia el Artista, abriéndose paso a través de los objetos esparcidos sobre la alfombra.
–Gracias por su ayuda -dijo, sin pretender parecer desagradecido mientras trataba de pasar junto al Artista-. Me refiero al juego.
–Se equivoca -repuso el Artista, y se apartó de mala gana-.
Despierte, Edward. Trabajar para los Went me enseñó algo. Yo he pasado por todo esto antes que usted.
Encontré el libro y lo dejé ir, y eso es lo que debería hacer usted.
Olvídese de la duquesa.
Esto no es un juego, Edward, es la vida real. Regrese al trabajo.
Edward no miró atrás. No necesitaba recibir un sermón sobre la vida real de alguien que parecía un hobbit. Bajó con paso rápido y decidido el primer tramo de escalones, después dejó de fingir y se lanzó como una exhalación escalera abajo, saltando los escalones de tres en tres y derrapando en los rellanos mientras se agarraba a la barandilla para no perder pie. El Artista se puso a dar voces por el pozo de la escalera mientras lo veía partir. – ¡Yo también la amaba, Edward! –
gritó. La voz del hombrecillo retumbó y creó ecos sobre los escalones de mármol-. ¡El trabajo es la maldición que Dios hizo caer sobre nosotros!
¡Acuérdese de eso, Edward! ¡Nunca intente escapar de él!
Un instante después Edward estaba en la acera y echaba a correr.
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