El Códice secreto
Capítulo 1
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Al día siguiente de regresar, Edward contrajo un resfriado de verano.
Quizás había sido el aire helado de la biblioteca, el polvo, el estrés o la falta de sueño, o todos ellos combinados, pero cuando despertó a la mañana siguiente todo lo que lo rodeaba parecía distinto. Edward sabía que su apartamento estaba lleno de sol y calor, pero era incapaz de sentirlos. El tiempo parecía más lento. La gravedad era más débil.
Sentía la cabeza como si la tuviera llena de un líquido espeso, pesado y viscoso.
Pasó dos días tendido en el sofá con la cabeza apoyada en los cojines y las piernas colgando por encima de uno de los brazos, la camisa azul de la oficina desabrochada y el pelo sin lavar. Llevaba los pantalones de un pijama de franela y bebía cartones de zumo de naranja a pequeños sorbos, pues le costaba respirar por la nariz. Comía una vez al día.
Dejaba el televisor encendido todo el tiempo, viendo programas que nunca había visto antes y que ni siquiera sospechaba que existieran. Un programa estaba dedicado exclusivamente a horrendos accidentes deportivos registrados en cinta de vídeo. Cada episodio seguía la misma fórmula: una ocasión festiva, mucho sol, gradas repletas, «afectuosos»
miembros de la familia presentes. A menudo el fatídico incidente tenía lugar en el fondo de la imagen. Un cámara aficionado, sin enterarse de nada durante los primeros segundos, enfocaba a los seres queridos que parloteaban alegremente en primer plano mientras detrás de ellos un coche derramaba inesperadamente combustible, ardiendo por encima de sí mismo; o una lancha motora de carreras de doble casco emprendía un grácil vuelo y flotaba hacia una playa atestada de gente que tomaba el sol; o un Cessna de propiedad privada se bamboleaba en el aire, sobrecargado de felices cazadores dirigiéndose a un fin de semana libre de preocupaciones en una parte del estado que nunca llegarían a disfrutar.
Después de dos o tres días de martirio, Edward perdió toda sensación de conexión con su antigua vida laboral que todavía pudiera quedarle. Debería haber estado sumido en el pánico.
Casi había llegado el momento de partir hacia Inglaterra; un vistazo a su carta de oferta, desenterrada de su maletín, confirmó que debía estar allí al día siguiente. Con una mendacidad casual impropia de él, Edward telefoneó a Esslin Hart en Londres y les proporcionó un exagerado relato de su enfermedad. Después no pudo recordar exactamente qué había dicho, pero ellos convinieron en que su voz sonaba terrible y le dijeron que aplazara su llegada por otras dos semanas, hasta los inicios de septiembre.
Una cosa extraña: telefoneaba a Margaret y dejaba mensajes, pero ella nunca cogía el teléfono y nunca devolvía las llamadas. Edward no lo entendía. El hecho de que estuviese ignorándolo dolía; o al menos, habría dolido si él realmente hubiera sido capaz de sentir algo, pero lo cierto es que casi nada lograba atravesar la cálida y enfermiza manta de sopor que se había apoderado de su cerebro. Edward tampoco se sentía físicamente capaz de pensar en el códice. Se olvidó del pasado y del futuro. Sólo existía el miserable presente falto de significado. Y
cuando incluso eso era demasiado, jugaba a MOMO.
En el juego el tiempo operaba en caída libre. El sol corría por el cielo, cada vez más y más deprisa, hasta que se emborronaba en una sola banda reluciente, una franja que ardía en lo alto. Día y noche, nubes y cielo, sol y luna se fusionaban en una luminiscencia uniforme de un gris azulado.
Para que luego hablaran de perder el tiempo. Edward había subido a lo alto de un rascacielos, desde donde vio transcurrir los siglos como si fueran minutos. Edades enteras surgieron y se disiparon, los milenios llegaron y se fueron, las civilizaciones crecieron y se extinguieron. La ciudad se convirtió en una jungla llena de gingkos gigantescos entre los que enormes aves del paraíso surcaban el cielo, arrastrando largos plumajes. Entonces los árboles se marchitaron y cayeron, y Nueva York se convirtió en un oasis dentro de un vasto desierto.
Imponentes dunas de arena amarilla pasaban a la deriva como grandes olas, una tras otra, montañas de polvo empujadas por el viento y llevadas tierra adentro por encima del horizonte.
Finalmente, cuando parecía que la edad del desierto no fuera a terminar nunca, el mar subió y lo cubrió todo, hasta que Edward pudo inclinarse desde su posición en lo alto del tejado y mojar sus dedos en el agua salada.
De pronto se vio acompañado por un desconocido, cuya presencia nunca llegaba a ser explicada satisfactoriamente por la narración, que hizo avanzar la historia con tonos corteses y sorprendentemente cultivados.
«En realidad es bastante sencillo -dijo el hombre-.
Unos alienígenas están planeando invadir la Tierra, pero primero necesitan hacerla habitable. Vienen de un planeta frío, y la Tierra es calentada por la lava fundida en su núcleo.
Cuando ese núcleo se enfríe y se endurezca, dentro de millones de años a partir de ahora, la Tierra estará lo bastante fría para que ellos puedan colonizarla. Así que los alienígenas han empezado a acelerar el paso del tiempo, hasta que la Tierra se enfríe lo suficiente para resultar cómoda. Si tienen suerte, para aquel entonces la humanidad también habrá muerto.»
«Vale, de acuerdo -tecleó Edward-. ¿Y entonces cómo los detenemos?» No estaba interesado en los detalles. Se había hartado de ser un observador pasivo. Se moría por una buena pelea. Pero el hombre, ya fuera por estoicismo o a causa de algún hueco en su programación, no le respondía.
Decenas de miles de años se sucedieron rápidamente. Con las masas terrestres cubiertas por los océanos, la humanidad desarrolló una sociedad que vivía completa mente suspendida dentro de enormes dirigibles fabricados con pieles de ballena cosidas e hinchadas con aire caliente. Edward dejó su atalaya y se unió a una banda de bucaneros aéreos, y juntos recorrieron la corriente de los vientos, a muchos kilómetros por encima de los relucientes mares, para hacer presa en las naves más pequeñas. Para alimentarse, dragaban los océanos con enormes redes y capturaban aves marinas de las inacabables bandadas que oscurecían los cielos. Pilotaban planeadores de construcción propia hechos con bambú cosechado en los picos del Himalaya, las únicas montañas cuyas puntas seguían asomando por encima del agua.
Pasado un tiempo, Edward se olvidó por completo de la invasión alienígena. Después de todo, dentro del flujo acelerado del tiempo, a él le quedaban millones de años por recorrer antes de que los alienígenas empezaran a ser una amenaza. Podía seguir así prácticamente para siempre: viviendo de su ingenio, bronceado por el sol y con el cuchillo sujeto entre los dientes, sin preocuparse por nada.
Una mañana, Edward despertó sintiéndose mejor. Tenía la nariz despejada. Su cabeza había vuelto al tamaño normal. El telón amarillento de la fiebre había subido.
De hecho, se sentía fabuloso, aunque un poco aturdido. Su ímpetu había regresado, y con intereses. ¡Había desperdiciado tanto tiempo!
La noche anterior había llovido torrencialmente, y el cielo todavía estaba nublado. El aire olía a humedad y el día presentaba un aspecto recién lavado, como si hubiera sido vigorosamente frotado con un cepillo de púas de acero. Edward se duchó, se vistió e hizo diez flexiones.
Cogió el teléfono y marcó el número de Margaret. No hubo respuesta, como de costumbre.
Ningún problema. Una rápida búsqueda en la red le proporcionó la dirección de Margaret en Brooklyn.
Mientras salía por la puerta con paso rápido y decidido, Edward se sintió, por ninguna razón en particular y a pesar de lo ocurrido, relajado y feliz, de vuelta a la vida. Purgado. Era la primera vez que salía de su apartamento en una semana, y estaba exultante de energía.
Armado con un fajo de letra impresa (el New York Times, el Journal, el Financial Times) para que lo devolvieran rápidamente al mundo en general, bajó trotando los escalones que llevaban al tren número 6. Una hora después resurgió, parpadeando, en Brooklyn.
Zeph exageraba cuando dijo que Edward nunca había estado en Brooklyn, pero no mucho. Aparte de un par de noches de estancia más o menos intelectual en Williamsburg, y un desvío accidental en el sentido equivocado Brooklyn-Queens Expressway abajo, Edward casi nunca había cruzado el East River. Miró alrededor para ver cómo un siniestro paisaje urbano de edificios de piedra marrón y casas bajas se alejaba de él en todas direcciones, siguiendo ángulos extrañamente deformados, y deseó haber pensado en traer un mapa. Estaba claro que
se hallaba en territorio extranjero, terra incognita, completamente fuera de la simple parrilla cartesiana de Manhattan. Las calles tenían más hojas, con algún gingko u otras resistentes plantas urbanas cada veinte metros, y estaban más sucias.
Cuando al fin encontró el edificio de Margaret, tuvo otro problema: ella no estaba allí.
Edward llamó al timbre durante cinco minutos sin obtener ninguna respuesta. Era media tarde.
Las madres que iban por la calle y las personas mayores sentadas en los portales lo observaban con recelo, y luego desviaban la mirada cuando él se la devolvía. Cuando alzó la vista hacia la que suponía era la ventana de Margaret, Edward sintió que la ira infectaba su soleado estado de ánimo posterior a la recuperación. ¿Cómo se atrevía a desaparecer en ese momento? ¿Acaso iba a cortar toda relación con él como si tal cosa? ¿Estaba Margaret en la ciudad? ¿Había perdido todo interés en el códice? ¿O había dejado atrás a Edward para partir por su cuenta, quizá siguiendo alguna pista más prometedora?
Al` final pasó una nota por debajo de la puerta de Margaret y volvió a subir al tren. En algún lugar del Soho se dio cuenta de que estaba muerto de hambre -no había hecho una auténtica comida desde hacía días-, así que se bajó y tomó un copioso almuerzo de última hora de la tarde en el mostrador de una casa de comidas japonesa barata en Chinatown. Vio cómo un hombre bajo y rollizo, con la cabeza afeitada y brazos de estrangulador, freía empanadillas en una sartén del tamaño de una tapa de alcantarilla. Pensó en Zeph y Caroline, cuyas llamadas había estado ignorando del mismo modo en que Margaret ignoraba las suyas. Llamó a Margaret por su móvil, pero ella no respondió. «Que se vaya al infierno», pensó. Lo estaba pasando como en los viejos tiempos sin ella. Llamó a Zeph y Caroline, pero tampoco respondieron, aunque no le importó. Edward no tenía ganas de hablar. Hablar sólo llevaría a explicaciones y discusiones, sensatas evaluaciones, para finalmente decantarse por alguna opción. No, decididamente no estaba de humor.
Había empezado a oscurecer, así que cogió el metro hasta Union Square y vio una absurda película de acción sobre asesinos de la CIA.
Después se quedó para ver otra película sobre apuestos surfistas adolescentes, y cuando salió ya casi era medianoche. En el camino de
vuelta al metro se detuvo en un bar apenas más ancho que la puerta de entrada a su edificio, con un dragón de papel maché de aspecto barato suspendido del techo, y pidió gimlets de vodka (la bebida favorita del asesino de la CIA de la película número uno) hasta que estuvo borracho.
Entonces ya era muy tarde y de algún modo logró teletransportarse al andén del metro. Un equipo de hombres y mujeres con chaquetas fluorescentes regaba el andén con mangueras, el aire olía confortablemente a agua jabonosa caliente. Una joven ciega desgranaba La chica de Ipanema en un dulcémele repujado. Una paloma gris pasó flotando en un desesperado revolotear entre los pilares, un alma perdida atrapada en el mundo subterráneo.
«Mañana Margaret llamará -pensó Edward-. Mañana volveré a encarrilar mi vida.»
Mientras miraba vagamente las luces que brillaban a lo lejos dentro del túnel del metro, sintió como si estuviera contemplando el interior enjoyado y secreto de la Tierra.
Pero Margaret no llamó y Edward no volvió a encarrilar su vida.
En lugar de eso se gastó cinco mil dólares en un portátil muy caro, una diminuta obra maestra tecnológica: negro, de aspecto malévolo, ultraligero, y tan delgado que parecía casi oculto. Al tocarlo sentías como si hubiera sido construido con la quitina de algún monstruoso escarabajo negro tropical. También compró un estuche de alta tecnología para el portátil, hecho de una tela sintética negra rellena de gel, y empezó a llevarlo consigo a todas partes. Su función, tal como la veía él, era maximizar el uso eficiente de su crecientemente abundante tiempo libre. Cada vez que le daba el impulso en un café, en el metro, sentado en un banco de parque-, Edward lo abría, lo inicializaba y jugaba a MOMO.
No obstante, en un momento dado, Edward se quedó atascado. Los tiempos habían cambiado desde sus días como bucanero de alto vuelos en la corriente de los vientos. El enfriamiento del planeta continuaba, y con él había llegado todavía otra edad más, una edad de hielo.
Asimismo, un fenómeno secundario estaba acelerando el proceso. En el cielo, al lado del sol, flotaba un círculo fantasmal. Era casi transparente y sólo resultaba visible a lo largo de su perímetro, que destacaba por
una ligera pero clara distorsión en el aire. Mientras Edward miraba, el perímetro del disco tocó el borde del sol y empezó a pasar por encima de él. El disco lo eclipsaba lentamente, cubriendo el sol como una lente de contacto encima de un ojo. La porción de sol que cubría era más blanca y pálida, más fría, menos dolorosa de mirar.
El hombre cortés volvió a aparecer.
«Son los alienígenas -explicó como si tal cosa-. Van a cubrir el sol con una lente especial.
Para acelerar el enfriamiento», añadió servicialmente.
A partir de entonces la luz del sol cambió, se volvió más fría y gris.
Las nubes llegaron rápidamente, bajas y blancas, y la temperatura descendió. Una nieve que parecía polvo empezó a caer del cielo. Ahora los humanos encontraban una precaria existencia entre las frías ruinas de Nueva York, que había sobrevivido inopinadamente intacto durante los milenios que la ciudad pasó bajo la arena y el agua. La civilización había caído estrepitosamente, y no iba a levantarse.
El papel de Edward en el juego había pasado a ser no tanto el de un líder militar cuanto el de un alcalde o un jefe tribal. Los humanos que habitaban el Nueva York del futuro no estaban demasiado ansiosos por resistir una invasión alienígena. Lo que los preocupaba era el subsistir dentro del día a día. Vivían debajo del suelo en las estaciones del metro, donde hacía más calor y estaban más a salvo de los depredadores.
El trabajo de Edward consistía en gestionar los recursos: encontrar comida, recoger madera para el fuego, hacer herramientas, recuperar suministros de los edificios de oficinas.
Microgestionaba, disgregando las hojas de existencias y las tablas actuariales. Era casi como su antiguo trabajo. Mientras jugaba, Edward tarareaba obsesivamente el tema de un viejo especial navideño de dibujos animados:
Los amigos me llaman señor Nieve.
Todo aquello que toco se vuelve nieve en mis manos. ¡Soy demasiado, hermanos!
Pasaba toda la noche levantado jugando a MOMO y finalmente se obligaba a dejarlo a las ocho de la mañana, a plena luz del día, con la hora punta matinal en pleno apogeo debajo de su ventana. Si hubiera podido facturar todas las horas que dedicaba a jugar a MOMO, pensó,
ahora sería diez veces millonario. Cuando cerraba los ojos por la noche, seguía viendo el juego, y cuando al fin se quedaba dormido, soñaba con él.
La vida en el juego imitaba la desolada monotonía de su existencia real. Los lobos habían regresado de dondequiera que hubiesen estado viviendo durante tiempos más felices, y ahora recorrían las calles en busca de los viejos y los débiles, lenguas rosadas colgando de grises hocicos. Témpanos tan altos como rascacielos se apretujaban en el puerto de Nueva York. En Central Park el suelo era duro como el hierro y estaba surcado por una nieve tan tenue como el polvo. El único color era el vestigio de azul que asomaba allí donde la nieve había formado pequeños montículos, que el viento moldeaba dándoles la forma de olas. Edward sabía dónde estaba ahora, lo sabía con una extraña certeza propia del delirio. Estaba en Cimeria.
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