El Códice secreto
Volumen Ii
De las OBRAS del Autor Conteniendo:
VIAJES POR VARIAS NACIONES
REMOTAS DEL MUNDO,
por Lemuel Gulliver, primero Cirujano y luego Capitán de varios Navíos.
Algunas de las eses parecían efes, otras letras habían sido impresas alargándolas y adornándolas de forma barroca, como signos integrales.
Distinguió la fecha que había debajo, MDCCXXXV, e intentó descifrarla mentalmente, pero pronto se dio por vencido. La ciudad era Dublín. En la página opuesta había un retrato grabado del autor. El papel estaba maculado igual que si fuera un huevo, y una tenue mancha marrón se había extendido como una nube por encima del tercio inferior de la página del título.
Dejó el libro a un lado, manteniéndolo encima del papel de envolver para que no se llenara de polvo, y abrió el otro paquete. Éste resultó ser el Volumen I. Edward pasó las primeras páginas, ojeando distraídamente algunos pasajes. En una ocasión le habían asignado aquel libro cuando estaba en la universidad, pero nunca llegó a leerlo.
¿No habían hecho una película de dibujos animados sobre él? Ambos libros parecían hallarse en un estado casi prístino, aunque las páginas se habían vuelto frágiles y los bordes estaban un poco aplastados.
Volvió a la caja y vio que los libros de la capa superior eran los más pequeños, comprobando que había volúmenes más grandes debajo.
Miró su reloj: ya eran las cuatro y media. Bueno, al menos debería conseguir que pareciese como si hubiera hecho algo antes de marcharse. Empezó a llevar a la mesa el resto de los paquetes más pequeños y les fue quitando el envoltorio. Puso al descubierto novelas en tres tomos, pesados diccionarios, vastos atlas, libros de texto del siglo XIX sobre los que habían garrapateado escolares ya crecidos y muertos hacía mucho tiempo, opúsculos religiosos a punto de deshacerse, un juego en miniatura de las tragedias de Shakespeare, de siete centímetros de altura y equipado con un cristal de aumento.
Los apiló cuidadosamente a lo largo de la mesa de trabajo. Algunos libros eran sólidos y firmes, otros se le deshacían en las manos. Un par
de los más antiguos tenían tiras de cuero de un palmo de longitud y hebillas colgando de ellos. En un momento dado Edward se olvidó de lo que estaba haciendo y perdió veinte minutos hojeando una antigua edición encuadernada en cuero marrón de la Anatomía de Gray, con numerosas ilustraciones muy detalladas e inquietantes de cadáveres creativamente viviseccionados.
Al cabo de un rato, hizo un alto para tomarse un respiro. A aquellas alturas el suelo alrededor de él ya se hallaba cubierto por un agitado océano de papel de envolver. La sala seguía iluminada por la cálida luz de la lámpara de pie, acompañada por los tenues rayos de sol que entraban a través de las gruesas cortinas.
Edward volvió a mirar su reloj. Casi eran las seis. Había perdido la noción del tiempo.
Tenía las manos llenas del polvo rojo y marrón procedente de las cubiertas de cuero. Trató de limpiarse y se puso la chaqueta. Ya le enviaría la factura de la limpieza en seco a Laura Crowlyk. Antes de salir, volvió a acercarse a la caja. Unos cuantos de los volúmenes más grandes y pesados se habían quedado en el fondo, ocultos entre la paja como huesos de dinosaurio sumergidos en la tierra. Edward se inclinó para coger uno de ellos. Era mucho más pesado de lo que había esperado, y tuvo que apoyar el estómago en el borde de la caja y utilizar ambas manos para sacarlo. Hizo sitio en la mesa y lo puso encima con un golpe sordo. Una fina nube de polvo se alzó de debajo de él. Tras desenvolverlo, en vez de un libro encontró una caja de madera muy bien acabada con un sencillo cierre metálico en un borde. Lo abrió y la cubierta giró sobre unas pequeñas bisagras metálicas finamente trabajadas.
Dentro había un grueso tablero negro de unos treinta centímetros de ancho por sesenta de largo, recubierto de un cuero que el paso del tiempo había vuelto negro. Su superficie se hallaba cubierta por una amalgama de sellos, salientes y afiligranadas protuberancias metálicas, y la presión había estampado complejas ilustraciones en el rugoso cuero: ornamentos y motivos abstractos, paneles con figuras humanas de pie en distintas posiciones. En el centro vio un árbol de extrañas proporciones, enorme y de tronco achaparrado, con un despliegue de diminutas ramas en lo alto. Edward tocó la antigua superficie con la
punta de los dedos. Había una profunda cicatriz en el cuero, la madera se había astillado debajo de él y luego había vuelto a ser alisada. Algo lo había golpeado con mucha fuerza hacía mucho tiempo. En algunos puntos la ornamentación era tan abundante y oscura que resultaba imposible seguir el motivo. Parecía más una puerta que la cubierta de un libro.
Sintió que ejercía sobre él un extraño poder que lo dejó inmóvil, como si el libro estuviera cargado de electricidad. Edward permaneció sin moverse durante un minuto en el silencio, las manos apoyadas en la cubierta trabajada mientras percibía las muescas con la punta de los dedos como un ciego que estuviera leyendo Braille. No había ninguna indicación sobre su contenido. ¿Sobre qué podía tratar un libro como aquél? Edward probó a abrirlo, pero el libro se le resistió y al reseguir los cantos con los dedos descubrió un cerrojo, atornillado a las cubiertas de madera, que lo mantenía cerrado. El metal estaba toscamente trabajado, y el tiempo lo había oxidado hasta convertirlo en una única y sólida masa. Edward se preguntó cuánto tiempo tendría.
Hizo otro cauteloso intento de abrirlo, pero el cerrojo se negó a moverse y él no quería forzarlo.
Parpadeó. El hechizo se disipó tan súbitamente como había tomado posesión de él. ¿Por qué demonios no se había largado aún de allí? Así pues, cerró la caja, apagó la luz y se encaminó hacia la puerta. En contraste con el frío de la biblioteca, la barandilla metálica de la escalera en espiral estaba caliente debajo de su mano mientras bajaba los peldaños tanteando en la oscuridad. De vuelta al pasillo, la luz del día pareció ofensivamente brillante.
No obstante, se sentía extrañamente purgado por su industriosa tarde. No había merecido la pena, desde luego, pero podría haber sido mucho peor. El asunto habría podido estallarle en la cara. Avanzó por el pasillo hacia la escalera. Miró dentro de la habitación donde había hablado con Laura Crowlyk, pero ahora estaba vacía. La ventana que había abierto poco antes volvía a estar cerrada. Los rayos de sol entraban en un ángulo más estrecho, y con un tinte entre dorado y anaranjado. Edward percibió que alguien preparaba la cena en algún sitio. ¿Viviría Laura Crowlyk allí?
La mujer de la limpieza con la que se había encontrado estaba sentada en el borde de una silla en el vestíbulo de la entrada leyendo Allure. Levantó la vista cuando apareció Edward y se apresuró a salir por otra puerta. Edward abrió las puertas de cristal junto al ascensor y pulsó el botón de llamada. Se ajustó la corbata en el viejo espejo velado.
– ¿Se va?
Edward se volvió, sonriendo. Había abrigado la esperanza de que podría salir de allí sin llegar a tropezarse con Laura Crowlyk.
–Lo siento, no he podido dar con usted. Perdí la noción del tiempo.
Ella asintió gravemente mientras alzaba la mirada hacia él. –
¿Cuándo volverá? ¿Por qué molestarse en responder? Que Dan se encargara de presentar las disculpas. La cagada había sido suya.
–No estoy seguro. Consultaré mi agenda y la telefonearé por la mañana.
–Perfecto. Llámenos mañana. – Miró detrás de ella a alguien que estaba en la otra habitación, y podría haber intercambiado un par de palabras susurradas con quien quiera que fuese-. Espere un momento.
Le daré una llave del apartamento.
Volvió a alejarse durante otro minuto. El ascensor llegó. Edward contempló impacientemente cómo las puertas se abrían con un ruidoso traqueteo y volvían a cerrarse. No quería la llave, lo único que quería era largarse de allí. Laura regresó, avanzó hacia él a través de la enorme alfombra oriental y le dio una llave tipo tubo hecha de un metal oscuro. Bueno, por el momento tendría que aceptarla.
–Es la del ascensor -le dijo Laura-. Hay un orificio especial para ella. El portero le dejará entrar desde la calle.
–Gracias.
El ascensor emitió un tañido ahogado y volvió a abrirse. Edward entró en él y puso la mano encima del borde recubierto de goma para impedir que se cerrara.
–Bueno, mañana la telefonearé -aseguró-. Hablaremos acerca de lo que tengo que hacer.
«Quizá debería cortar por lo sano -pensó-. Darlo por liquidado de una vez. Venga, hazlo ya.» Ella lo miró sin inmutarse, como si pudiera percibir la indecisión de Edward pero conociera el desenlace por anticipado.
–Entonces hasta mañana.
La puerta empujó impacientemente el hombro de Edward y luego se cerró.
Veinticinco minutos después Edward volvía a estar en territorio familiar, sentado en un maltrecho sillón en el apartamento de su amigo Zeph. Su mano sostenía una sudorosa botella de cerveza McSorley. La habitación desprendía un agradable olor a viejo. Estaba oscura, en parte porque las luces se hallaban apagadas, pero sobre todo porque las ventanas estaban cubiertas por grandes hojas de papel en colores primarios tipo jardín de infancia. La única luz provenía de una pantalla de ordenador.
Zeph estaba sentado junto a él jugando a un juego de ordenador.
Edward lo conocía desde la universidad, cuando se les había asignado la misma habitación duran te el primer curso. Sorprendentemente, después de aquello habían seguido siendo amigos. Zeph siempre estaba demasiado en la onda para los fanáticos del ordenador con los que compartía la mayoría de sus clases, a diferencia de Edward con respecto a los preprofesionales adinerados con los que pasaba la mayor parte de su tiempo, y aquella sensación compartida por ambos de no llegar a encajar del todo se había convertido por sí sola en un vínculo entre ellos. Zeph se ajustaba a la idea infantil de un ogro: algo más de metro noventa de estatura, con el cuerpo enorme y delicadamente rollizo de un hombre de constitución voluminosa que nunca hacía ejercicio.
Tenía una gran nariz de patata y los no muy conseguidos rizos de rastafari propios de un aficionado blanco.
–Así que hoy he ido a ver a los Went -dijo Edward, rompiendo un largo y confortable silencio. – ¿Los quién? – La voz grave de Zeph sonó como un disco puesto a bajas revoluciones.
–Los Went. Esos clientes ingleses de los que te hablé. Resulta que lo único que querían era que alguien les organizara su biblioteca. – ¿Su biblioteca? ¿Qué diablos les dijiste? – ¿Qué podía decirles? Estoy organizando su biblioteca. – ¿Lo estás haciendo?
–Bueno, di un primer paso. Es una biblioteca bastante grande,
¿sabes?
Profundas arrugas horizontales cruzaron la enorme frente de Zeph mientras intentaba realizar una maniobra especialmente complicada en el juego al que estaba jugando.
–Edward -le dijo parsimoniosamente-, acabas de recibir el nombramiento más prestigioso de tu aburrida pero indudablemente lucrativa carrera. Eres el chico de oro. Dentro de dos semanas dejarás el país. ¿Por qué ibas a querer pasar tus últimos días en la ciudad más grande del mundo limpiando el ático de uno de esos personajes que interpreta Jeremy Irons?
–No lo sé. – Edward meneó la cabeza-. Supongo que he metido la pata. Mañana me quitaré el muerto de encima. Llamaré a la oficina y le arrancaré la cabeza a alguien. Pero es raro, porque en cuanto llegué a esa vieja biblioteca y vi todos esos libros metidos en cajas, en aquella enorme habitación antigua… No sé. No puedo explicarlo. – Edward bebió un sorbo de cerveza. Realmente no podía explicarlo-. Sólo fue una visita de cortesía. Tienes razón, debería estar de vacaciones.
–Por ejemplo en Venecia. Eso sí que es descansar del trabajo.
–Mañana lo anularé todo. Es sólo que ando un poco escaso de sueño. Pasé un par de noches seguidas trabajando antes de celebrar una de esas grandes reuniones de planificación, y todavía no he conseguido recuperarme del todo. – Bostezó-. Fue muy extraño, porque por una vez casi me resultó agradable hacer algo que no me obligara a pensar. Sin que hubiera nadie mirándome. Se limitaron a dejarme solo allí arriba. Son una especie de aristócratas; él es un duque o un barón o algo por el estilo. – Se recostó en el asiento y suspiró-. Además, me conviene estar cerca de ingleses. Necesito aprender a tratar con ellos. –
¿Qué hay que aprender? – Zeph bebió un trago de una lata de Pepsi Diet-. Dientes horribles, acentos sexy. Zeph llevaba pantalones de chándal y una camiseta con las palabras GOGO PARA PRESIDENTE
impresas en ella. Mientras hablaban seguía jugando, sus enormes manos manipulando con sorprendente delicadeza el teclado sin cable.
El ordenador estaba sobre una larga mesa sostenida por dos frágiles caballetes de Ikea, en el centro de una habitación muy reducida. Las paredes estaban empapeladas con pósters del diagrama Mandelbrot reproducido en colores psicodélicos, y gruesos textos de matemáticas con el lomo partido se amontonaban en precarias pilas por los rincones.
– ¿Y esto qué es, de todos modos? – dijo Edward, señalando la pantalla.
Trataba de no alentar las tendencias a obsesionarse por la informática de Zeph, pero de vez en cuando fingía tomarse un interés-. Parece un juego infantil. – ¿Has tenido alguna vez un Atari 2600? – Supongo.
Tuve un Atari. No sé qué número era.
–Probablemente fuese un Atari 2600. Esto es un viejo juego para Atari 2600 llamado Aventura. Tú eres el cuadradito que hay aquí. –
Zeph pulsó las teclas y un pequeño cuadrado amarillo se movió en un círculo por la pantalla-. Has emprendido la búsqueda del Santo Grial.
Necesitas conseguir la llave para abrir el castillo. Entonces encuentras más llaves, con las cuales abres más castillos, hasta que encuentras el Grial. Luego llevas el Grial de regreso al castillo amarillo y ganas. Por el camino te tropiezas con dragones que intentan comerte, como el que me está persiguiendo en este instante. – Una criatura que parecía un pato verde iba dando saltos detrás del cuadrado-. También hay un imán, un gran puente púrpura y un murciélago que coge cosas y luego se va volando con ellas… Ah, y está la espada. Muy útil para matar dragones.
El cuadrado cogió la espada, que en realidad no era más que una flecha amarilla, y la blandió a través del dragón. El animal murió, acompañado por un lastimero fundido descendente.
–Llave, castillo, espada, dragón. Los bloques de construcción básicos de un diminuto universo autocontenido. Muy simple. Nada es ambiguo. Cada historia termina de una de estas dos maneras: muerte o victoria.
Ahora el cuadrado tenía el Grial, un palpitante recipiente cinco veces más grande que él.
Edward contempló lánguidamente el cuadrado mientras éste llevaba el Grial de regreso al castillo amarillo y la pantalla se iluminaba emitiendo destellos y extraños efectos de sonido burbujeantes. – ¿Así que eso es la victoria? – preguntó Edward.
–Cuán dulce es. Y ése sólo era el nivel uno. – ¿Cuántos niveles hay?
–Tres. Pero lo realmente bueno que tiene es que éste es el código original de Atari.
Alguien se tomó la molestia de escribir un programa emulador que hace que mi ordenador personal de cinco mil dólares piense que es una
consola Atari de veinte dólares del año 1982.
Después aspiraron el código de un viejo cartucho de Aventura, lo colgaron en Internet, yo me lo bajé y colorín colorado este cuento se ha acabado.
–Ah -dijo Edward, bebiendo un sorbo de cerveza. Estaba fría y era satisfactoriamente amarga-. ¿Y eso es legal?
–Es una especie de zona gris. ¿Quieres llevártelo para jugar un poco con él?
–La verdad es que no.
Zeph levantó su corpachón de la silla de escritorio y volvió a tomar asiento en un sillón destartalado que Edward reconoció de sus días universitarios. – ¿Y quién va a hacer tu trabajo aquí cuando te hayas trasladado a la delegación de Londres?
–Es un intercambio. Hay un tipo inglés que vendrá aquí. Un tal Nicholas… o algo así. – ¿Nickleby? – Zeph bebió otro trago de su lata-.
¿Sabes qué es ese tipo en realidad? Pues es tu aparición viva. Se trata de un mito céltico. Una aparición viva es un doble, una criatura que ha nacido en el mismo instante que tú y tiene exactamente el mismo aspecto. Ay de ti si alguna vez llegas a encontrarte con tu aparición viva. – Chasqueó los dedos-. Eso es todo. Fin de la partida.
–Lo mismo digo. – Edward se levantó-. Voy al cuarto de baño.
Zeph y Caroline vivían en un largo, tortuoso y polvoriento apartamento del West Village que habían comprado al contado con un montón de opciones para el mercado bursátil procedentes de una empresa punto com, para la que Caroline había dejado de trabajar justo en el momento propicio. Prácticamente cada pared se hallaba recubierta de estanterías, incluidas las de la cocina y el cuarto de baño, y en ellas estaba la colección de juguetitos de plástico de Zeph y Caroline: rompecabezas chinos, LEGOS, figuras de acción, premios de la Comida Feliz, cubos de Rubik, esferas y dodecaedros. Edward nunca había entendido qué veían en ellos. Zeph aseguraba que contribuían a mejorar su capacidad de visualización espacial, aunque conociendo la tesis de licenciatura sobre topología de Zeph, Edward pensaba que su capacidad de visualización espacial quizá ya estuviera mórbidamente sobredesarrollada.
Al volver, Edward se sorprendió al encontrar a un hombrecito de pie en el pasillo delante del estudio de Zeph, enfrascado en el estudio de su colección. Edward nunca lo había visto antes.
–Eh -dijo Edward.
–Hola -lo saludó el hombre con voz serena. Tenía la cabeza perfectamente redonda, y sus lacios cabellos oscuros eran tan finos como los de un niño.
Edward le tendió la mano.
–Soy Edward.
El hombrecito volvió a dejar en la estantería la pirámide de plástico rosa con la que había estado jugando. Edward retiró tardíamente la mano. – ¿Es usted amigo de Zeph? – aventuró.
–No.
El hombre-niño, realmente diminuto, apenas un metro cincuenta de altura, alzó la mirada hacia él sin parpadear.
–Así que…
–Yo solía trabajar con Caroline. Como operador de sistemas.
–Ah, ¿sí? ¿Igual que en una oficina? – Exactamente. – Sonrió como si se sintiera deleitado por el éxito de Edward-. Exactamente. Mantenía en funcionamiento el servidor del correo electrónico y la red local. Muy interesante.
–Sin duda.
–Sí, lo era. – Parecía carecer por completo de algún sentido de la ironía-. Considere el ejemplo de los paquetes de datos. En el mismo instante en que clicas ENVIAR sobre un correo electrónico, tu mensaje se divide en un centenar de fragmentos separados a los que llamamos
«paquetes». Es como enviar una carta rasgando una hoja de papel en mil trocitos y tirándolos por la ventana. Los paquetes de datos siguen sus distintos caminos por Internet, moviéndose independientemente y paseándose de servidor en servidor, pero todos llegan al mismo destino al mismo tiempo, donde vuelven a reunirse espontáneamente en un mensaje coherente: tu correo electrónico. El caos se convierte en orden.
Lo que ha sido dispersado es reordenado. »También aprendes mucho acerca de la naturaleza humana. Es asombroso lo que algunas personas llegarán a dejar en sus discos duros, completamente sin cifrar.
El hombrecito alzó la mirada hacia Edward y arqueó elocuentemente las cejas. Edward consideró la posibilidad de que pudiera estar tirándole los tejos. De pronto se sintió dominado por un ardiente deseo de volver a estar en el estudio de Zeph con su cerveza.
–Discúlpeme un momento -dijo.
Pasó con mucho cuidado junto al hombrecito, evitando todo contacto físico igual que hubiese hecho con un perro de dudosa procedencia, y volvió a entrar en el estudio de Zeph.
Cerró la puerta y se quedó de pie con la espalda apoyada en ella. –
¿Ya sabéis que hay un gnomo en vuestro pasillo? Caroline estaba allí, sentada en las rodillas de Zeph. Era una muchacha de cara redonda enmarcada por una corona de cabello rizado y tono castaño tirando a miel. Sus pequeños ojos permanecían entornados tras los cristales redondos de sus gafas con montura de acero.
–Veo que has conocido a nuestro amigo el Artista -dijo. Su voz era el opuesto de la de Zeph: suave como un murmullo, parecía más propia de una flor de la pradera.
–Un día la siguió a casa -añadió Zeph-. Ahora aparece de vez en cuando y se queda un rato rondando por aquí. Es bastante inofensivo.
La mirada de Edward fue de uno al otro. – ¿Dejáis que se pasee por vuestra casa como si tal cosa? – Oh, tarde o temprano terminará largándose -explicó Caroline-. Al principio me puso bastante nerviosa, pero pronto comprendí que no tienes que prestarle ninguna atención.
Padece un leve autismo, algo llamado síndrome de Asperger. Sabe arreglárselas bastante bien por sí solo. El síndrome no interfiere en su inteligencia, probablemente es más listo que nosotros tres juntos, pero significa que tiene problemas a la hora de tratar con las personas. Y
llega a obsesionarse con ciertas cosas, como los ordenadores. De hecho, va bien tenerlo cerca. Es un programador increíble. Trabaja por cuenta propia.
–A veces pasa al lenguaje máquina sin darse cuenta mientras está hablando -añadió Zeph-. Sólo unos y ceros. – Se estremeció, abrazándose sus enormes hombros-. Te pone los pelos de punta. – ¿Y
por eso sólo tiene un nombre? Caroline lo miró con ceño.
–No seas malo, Edward. El Artista lo hace lo mejor que puede.
Zephram, ¿Edward va a venir con nosotros esta noche?
–No se lo he preguntado. ¿Quieres venir a una fiesta, Edward?
–No lo sé. Todo eso de archivar me ha dejado un poco cansado.
Zeph cogió un trozo de cristal volcánico que sujetaba un fajo de papeles y recuperó de entre ellos un pequeño sobre de color crema. –
¿Te acuerdas de un tipo que había en la universidad llamado Joe Fabrikant? – preguntó. – ¿Fabrikant? – Edward frunció el entrecejo-.
Creo que sí. Rubio, el típico preescolar.
–Estamos haciendo unos cuantos ajustes secundarios para su intranet. – Caroline se acomodó encima del regazo de Zeph-. Cosas relacionadas con la base de datos. Él siempre está soñando despierto.
–Gana toneladas de dinero -dijo Zeph-. El gran triunfador de nuestra clase.
–Es una de esas personas genéticamente perfectas. Parece un gigantesco dios noruego.
Zeph le pasó el sobre a Caroline, que se inclinó hacia delante y se lo entregó a Edward.
Dentro sólo había una tarjeta con una invitación a una fiesta.
–Estoy seguro de que Fabrikant no tiene idea de quién soy -dijo Edward.
–Pues de hecho nos pidió que te preguntáramos si querías venir. –
¿De veras? – Era sorprendente. Zeph se encogió de hombros.
–Saliste en la conversación. Supongo que ha oído hablar de tu traslado a Londres. Eso se la puso dura. Te recuerda de la universidad.
Caroline cogió el teclado e inició otra partida de Aventura.
–Anda, ven -insistió Zeph-. La bebida es gratis. Podrás ir tras las personas influyentes y las personas que carecen de influencia irán tras de ti. Te encantará.
Edward no respondió. Su amigo tenía razón, y en cualquier otra noche durante los últimos cuatro años él no habría dudado en aceptar.
¿Por qué no aquella noche? Edward pensó en las personas que estarían allí; conocidos lejanos como Fabrikant, gente con la que nunca había llegado a encontrarse pero a la que conocía hasta las últimas líneas de sus almas xerocopiadas, grapadas y compulsadas.
Hacía calor. Se quitó la chaqueta y la dejó cuidadosamente doblada encima del brazo de su asiento. Bebió otro sorbo de cerveza. En la pantalla, el cuadrado amarillo de Caroline dejó atrás la entrada a un
pasillo que se hallaba bloqueado por una línea negra. – ¿Puedes pasar por ahí?
–Nanay. Eso es un campo de fuerza. Verboten. Caroline estaba en el patio del castillo negro, delante del rastrillo. Tres dragones-pato, rojo, amarillo, y verde, la perseguían haciéndola correr en un gran círculo.
Caroline se burlaba de ellos y siempre se mantenía fuera de su alcance, pero al cabo de un rato cometió un error de cálculo y quedó atrapada entre los dientes del dragón rojo. El cuadrado se detuvo, vibró de pánico por un instante y luego el cuadrado bajó por la garganta del dragón para ir a parar al interior de su estómago.
–Mala suerte, vieja amiga -dijo Zeph. Contemplaron la pantalla sumidos en un fúnebre silencio. Absurdamente, debido a un error de programación, los otros dragones no parecían haber advertido que el cuadrado estaba muerto y seguían describiendo círculos y mordiéndolo dentro del estómago del dragón rojo. El murciélago negro apareció en la pantalla desde la esquina superior izquierda. En otro lugar del apartamento se oía música, parecía Smoke Gets in Your Eyes.
–Maldición -dijo Zeph-. El Artista le ha echado mano a nuestra colección de CD.
–Aguanta -dijo Caroline-. Espera un segundo, esto ocurre de vez en cuando.
El murciélago voló en diagonal, aparentemente sin verse obstaculizado por los muros.
Efectuó varias pasadas preliminares a través de la pantalla, desplazándose en ángulo a través de ella, luego cambió de curso deliberadamente y sin reducir la velocidad cogió al dragón rojo y se alejó volando con él. El cuadrado fue con él, todavía dentro del estómago del dragón, y la cámara modificó el encuadre para seguirlos.
El murciélago los llevó implacablemente a través de laberintos, castillos, salones y cámaras secretas. Era como ser un fantasma embarcado en una enloquecida gira destinada a encantar el mayor número de casas posible, un vertiginoso recorrido de los rincones ocultos del universo.
De pronto Edward se dio cuenta de que estaba exhausto. Zeph y Caroline, por mucho que los quisiera, eran unos fanáticos de la informática y aquello estaba empezando a resultar excesivo. De todos
modos, debería pasar por la oficina y aclarar aquel asunto con los Went antes de que su jefe diera por terminada la jornada laboral. Consultó su reloj.
–Debería marcharme -dijo.
–Te acompañaré hasta la puerta. – Zeph se incorporó, empujando violentamente el sillón contra la pared. Edward lo siguió al pasillo y luego entraron en la pequeña y oscura sala de estar. El aire se hallaba impregnado de alguna especia desconocida que recordaba a la comida india, probablemente procedente del restaurante que había al otro lado de la calle. El escritorio de Caroline estaba allí, con sus libros y expedientes esparcidos alrededor de él.
–Espera. – Zeph se detuvo-. Sólo será un momento.
Volvió al pasillo y regresó con un pequeño sobre cuadrado de papel manila, cerrado con un cordelito rojo.
–Para ti.
Edward deshizo con mucho cuidado el nudo del cordel. Abrió la solapa del sobre y depositó el contenido en su mano. Era un CD.
–Siento no tener un estuche -dijo Zeph.
Edward observó la superficie del disco y vio fugazmente su rostro reflejado en ella, glorificado como el de un santo medieval, con un realce hecho de luces prismáticas. Le dio la vuelta. El CD estaba completamente en blanco. – ¿Qué es?
–Algo para mantenerte ocupado -dijo Zeph-. Lo grabé yo mismo. –
¿Es música? – Es un juego. – ¿Un juego de ordenador? – inquirió Edward, sintiendo que se le caía el alma a los pies-. ¿Quieres decir como el Tetris o algo así?
Zeph asintió.
–En realidad fue el Artista el que hizo que me enganchara a él. Es asombroso.
Edward se esforzó por fingir entusiasmo. – ¿Cómo se llama?
–No tiene nombre. Algunas personas lo llaman MOMO, no sé por qué. Es lo que se conoce como un proyecto de origen abierto. Eso quiere decir que se trata de una colaboración entre montones de personas distintas llevada a cabo en Internet. Pruébalo, es una gran escapatoria. Realmente adictivo.
–Estupendo. Muchísimas gracias. – Edward volvió a meter el disco en el sobre, sosteniéndolo con el pulgar y el índice como si fuera un insecto muerto, y anudó delicadamente el cordel. Sin percatarse de su consternación, Zeph le tendió la mano y Edward se la estrechó.
–En cualquier caso, mis congratulaciones. Feliz ascenso. Te telefonearé luego para lo de esa fiesta. Diviértete un poco para variar. –
Zeph descorrió el pestillo-. Tampoco sería el fin del mundo.
En la calle empezaba a anochecer. El apartamento de Zeph y Caroline estaba en el West Village, cerca de Washington Square Park.
Edward fue a pie hasta la Sexta Avenida y torció a la derecha, dirigiéndose hacia la zona alta. Se sentía cansado y extrañamente pasivo. ¿Iba a ir a la oficina? No, decidió que no iba a hacerlo. Estaba demasiado -cansado. En lugar de eso telefonearía mañana por la mañana.
El sol se estaba poniendo, pero el calor de la tarde persistía.
Edward respiró hondo. El aire estaba cargado de un olor extraño pero no del todo desagradable, un aroma exclusivamente neoyorquino compuesto del humo de los vendedores callejeros de las aceras, las emanaciones del metro, el vapor procedente de un millón de tazas de café, los delicados aromas de miles de cócteles de quince dólares. Un equipo de rodaje había empezado a instalarse sobre la concurrida acera, extendiendo gruesos cables eléctricos dentro y fuera de remolques blancos sin identificaciones y redistribuyendo a los transeúntes en la calle. Tres mesas para jugar a las cartas permanecían desocupadas a un lado cargadas con ensaladas de pasta, sándwiches vegetales y latas de refrescos dietéticos, todo ello momificado en plástico transparente. Los técnicos habían cubierto el pavimento con una pegajosa capa blanca parecida a la espuma de afeitar para que simulara la nieve de una escena invernal. Teniendo en cuenta el calor reinante, la situación le pareció tan surrealista que Edward experimentó una sensación de desconexión, como si nada de lo que estaba viendo guardase ninguna relación con él.
Paró un taxi en la calle Catorce. El conductor no respondió cuando Edward le dio su destino -el nombre que había en su licencia sonaba a chino-, pero pareció entender. El móvil de Edward sonó: otra vez Andre. Lo dejó sonar. El tapizado negro del taxi había sido remendado
tantas veces que parecía más precinto de embalar que vinilo, pero era suave y mullido, y el asiento estaba marcadamente inclinado hacia atrás. Edward tuvo que reprimir el impulso de cerrar los ojos y echar una cabezada. Contempló apáticamente por la ventanilla cómo las elegantes fachadas de Chelsea se convertían en los relucientes acantilados de metal y cristal del centro de la ciudad, para luego adoptar el suave tono verdoso de Central Park, sus abultados promontorios creados artificialmente y sus puentes de estilo victoriano, con su complejo enladrillado empapado en orina que ya empezaba a desmoronarse.
Tal vez fuese la cerveza que había bebido en casa de Zeph, pero realmente se sentía exhausto, con el cuerpo al límite de sus fuerzas.
Edward había estado trabajando demasiado duro durante aquellos últimos meses. Engullía el trabajo sin parar, revolcándose en él y atracándose de él, setenta, ochenta horas a la semana. Cuanto más trabajaba, más trabajo quedaba por hacer, y siempre encontraba un poco más de apetito, un poco más de espacio dentro de su estómago donde meterlo. Lo único finito era el tiempo, lo cual siempre podía solucionarse durmiendo menos. Cada noche al poner su radio despertador Edward calculaba hasta qué punto podría aguantar, como un buceador que traza el plan de inmersión para un peligroso descenso nocturno, equilibrando las presiones mientras estima su aguante y raciona sus preciosas reservas.
Imágenes de los últimos seis meses se agolparon en su mente, como si los campos de fuerza que las mantenían a raya se hubieran desvanecido o hubiesen cedido súbita mente. El crepúsculo permanente del centro; el no exento de atractivo rostro de su ayudante, ya sentada a su escritorio cuando él llegaba allí por la mañana; el cómodo sillón de cuero de su despacho; el acusador ojo rojo de su correo de voz, fulminándolo con la mirada como el ojo malévolo de HAL; los firmes apretones de manos con abogados; su móvil sonando en todas partes: mientras se afeitaba, en una película, dentro de un cubículo en los servicios del aeropuerto de La Guardia.
Últimamente el icono parpadeante del correo electrónico en la esquina superior derecha de su portátil había empezado a aparecer en la visión de Edward incluso cuando estaba lejos de su escritorio,
haciendo que levantara la cabeza con una brusca sacudida ante la nada, como si estuviera fuera de sus cabales. Tres o cuatro veces al mes había pasado una noche en vela, haciendo flexiones en el suelo enmoquetado para mantenerse despierto hasta las seis, pequeños músculos estremeciéndose en su pecho a causa de la cafeína, la mandíbula apretada como las fauces de un robot de hierro. Edward tomaba un taxi para ir a casa en el sombrío silencio de primera hora del amanecer, sintiéndose como si le hubieran aporreado la cabeza.
Llegaba a casa y se duchaba, diciéndose que se sentía bien, perfectamente bien, listo para seguir adelante, y se ponía una camisa limpia. Mientras se ajustaba el nudo de la corbata en la cocina, apoyándose en su todavía flamante horno (no había encendido el gas ni una sola vez), podía ver el coche de la empresa con el motor en punto muerto junto al bordillo, el tubo de escape exhalando nubecillas de vapor que se elevaban en el aire de las primeras horas de la mañana, mientras esperaba llevarlo de regreso a la oficina para una reunión a las siete y media…
Edward despertó de golpe cuando el taxista chino se detuvo delante de su edificio. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para sacar la cartera del bolsillo delantero de sus pantalones.
Estaba tan cansado que pensó que se dormiría en cualquier momento, allí mismo, en mitad de la acera. Pasó un minuto entero tratando de abrir la puerta principal con la llave del despacho antes de encontrar su llave del edificio. Iba a perder el conocimiento.
Finalmente logró entrar, subió por la escalera y echó los pestillos detrás de él en el interior del apartamento. Ni siquiera llegó al dormitorio, porque se limitó a tenderse boca abajo en el sofá.
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