El Códice secreto
Desmond Went
Y luego un título:
13° DUQUE DE BOWMRY
CASTILLO DE WEYMARSHE
Después de la última E venía una larga serie de florituras, curvas, giros y rosetas carentes de significado, que se prolongaban hasta el final de la página.
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–Bowmry -dijo Edward. Su voz sonó diminuta en la vasta sala desierta-. ¿Dónde demonios está Bowmry? Volvió a dejar la libreta de anillas sobre la mesa y abrió la cremallera del estuche que contenía el portátil. Naturalmente, tenían que haber sido ellos los de la calle, pensó. El señor y la señora Went, presumiblemente el duque y la duquesa. Edward debería haberlo sabido. Supuso que en aquel momento debían de estar volviendo a su casa, dondequiera que estuviera. Qué pareja tan rara. Elevando la pantalla con una mano, tanteó delicadamente con la otra en busca del interruptor de encendido en la parte posterior. El ordenador campanilleó suavemente en el silencio. Mientras cobraba vida con una serie de zumbidos y chasquidos, Edward abrió el cajón y sacó el destornillador.
Era un destornillador pesado, dotado de un grueso mango de plástico transparente con centellas flotando dentro de él. Edward se despojó de la chaqueta encogiéndose de hombros y la colgó en el respaldo de la silla. Luego fue hacia la pila de cajas más próxima. Su móvil sonó, volviendo misteriosamente a la vida. Era uno de sus lugartenientes menores del despacho, un analista de primer año.
Edward escuchó durante un par de minutos antes de interrumpirlo.
–No vayas tan deprisa. Aflójate el nudo de la corbata. Muy bien.
¿Estás sentado? ¿Te has aflojado el nudo de la corbata?
Se agachó para examinar las cajas. Estaban hechas con planchas de madera de pino que todavía olían como árboles de Navidad. Las etiquetas de embarque originales seguían pegadas a ellas, dirigidas a alguien llamado Cruttenden y estampadas con sellos gubernamentales de aspecto heráldico procedentes de ambos lados del Atlántico. Unas
cuantas gotas de límpida savia amarilla habían rezumado de la madera y se habían endurecido en su sitio. Dentro de unos cuantos miles de años serían ámbar.
–Invierte el dinero en bonos de una aseguradora francesa. Sí, ya sé que en Francia hay una sequía. No, las compañías de seguros no se exponen a nada. Las compañías de seguros francesas no cubren la sequía. No la cubren. Los granjeros franceses tienen su propio fondo federal. Completamente separado.
El primer tornillo se resistió cuando las ranuras metálicas se hundieron en la blanda madera, pero no tardó en quedar fuera.
Edward lo puso cuidadosamente encima de la mesa, con la punta hacia arriba. El tornillo siguiente fue más fácil, y Edward avanzó metódicamente por el canto superior de la caja, el móvil sujeto bajo la oreja, hasta que hubo diez o doce tornillos alineados sobre la mesa.
Pequeñas hebras de paja seca habían empezado a asomar de debajo de la tapa, así como el borde de un periódico amarillento y hecho un ovillo que había sido utilizado como relleno.
Edward se sentía un tanto contrariado consigo mismo por haberse inclinado tan servilmente ante Laura Crowlyk.
Se lo hizo pagar a su ayudante, cuyo nombre era Andre.
–No estoy interesado en los problemas de Farsheed, Andre. Los problemas de Farsheed ocurren en algún sitio que queda muy por debajo de mí. ¿Entiendes? Si Farsheed tiene problemas, no me hables acerca de ellos, resuélvelos. Entonces él ya no tendrá ningún problema, y tú y yo tampoco, y el mundo será un lugar maravilloso con montones de arcos iris, flores y pájaros que cantan.
Se dijo que era una buena forma de terminar. Edward colgó y apagó el móvil.
Para cuando consiguió sacar el último tornillo, le dolía la muñeca.
Dejó el destornillador a un lado. Las bisagras de la caja chirriaron mientras la abría. Edward bajó la mirada hacia la penumbra. Dentro de la caja había varios paquetes oscuros, firmemente acomodados en una mezcla de paja y periódico y envueltos en papel marrón. Todos eran de distintas formas y tamaños. No pudo evitar sentir un hormigueo de excitación en la palma de las manos. Se sentía como un
contrabandista que ha tenido éxito en su misión y desenvuelve triunfalmente su alijo en la seguridad de su escondite.
Se inclinó sobre la caja y extrajo uno de los paquetes al azar. Era pesado, aproximadamente del tamaño y el peso de un listín telefónico, el papel que lo envolvía había sido sellado y doblado con extrema precisión, como una caja de bombones caros. No había ninguna clase de marca. Edward lo puso sobre la mesa y sacó sus llaves; una de ellas tenía un afilado juego de dientes, y la utilizó para cortar la cinta adhesiva a lo largo de los bordes. Abrir paquetes era algo que había echado de menos desde que adquirió su primer ayudante en el trabajo.
Fajos de hojas de periódico asomaron del envoltorio mientras rasgaba el papel. Edward desplegó una de ellas. Resultó pertenecer a un diario de Londres: IGLESIA HISTÓRICA DESTRUIDA. Dentro había otros dos paquetes, uno encima del otro, cada uno individualmente envuelto en un grueso papel de color verde.
Necesitó un minuto para desenvolver el primero, había otra capa de papel debajo, pero cuando hubo terminado un pequeño volumen encuadernado en cuero rojo apareció ante él en medio de una enorme flor de papel de envolver.
Lo cogió, sosteniéndolo con involuntaria ternura. La cubierta estaba en blanco, con sólo una tenue sombra de hilo dorado alrededor de los bordes. La palabra Viajes es taba impresa en letras doradas encima del lomo. El libro dejó escapar un leve hálito de humedad en la fría atmósfera de la sala.
Edward lo puso encima del periódico y lo abrió por la página del título:
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