El Códice secreto
Capítulo 3
Mientras crecía en Maine, Edward no había albergado deseo alguno de convertirse en asesor de inversiones o, en realidad, de ser cualquier otra cosa. Él no era uno de aquellos niños que habían puesto sus miras en alcanzar una meta determinada: ser médico, bombero, o astronauta especializado en las misiones de detección a larga distancia.
Cuando pensaba en su infancia, cosa que ocurría raramente, la imagen que le venía a la mente era la de la nieve cubriendo la barandilla de un porche a última hora de la tarde, amontonándose más allá contra el poste de la esquina, y él preguntándose si al día siguiente suspenderían las clases en la escuela.
Su familia vivía en una vieja casa victoriana pintada de blanco con una rala extensión de césped enfrente y un neumático para columpiarse detrás. Sus padres eran ex hippies, comuneros que habían resultado carecer de estómago para la vida en la granja, y cuando volvieron al redil se encontraron establecidos en la estrecha franja suburbana que circundaba la vieja ciudad de ladrillo de Bangor y la separaba de la fría vastedad de pinares que había más allá.
Bangor era una capital maderera del siglo XIX que había pasado por una mala época.
Hacía falta un montón de nieve para que se suspendieran las clases, pero afortunadamente en Bangor caía mucha nieve. Si empezaba a nevar antes de que él se fuera a la cama (cuanto más tarde empezara a nevar, mayores eran las probabilidades), Edward se quedaba despierto escuchando el silencio envuelto por la nieve y luego, en cuanto sus padres se quedaban dormidos, apuntaba el haz de una linterna hacia la ventana para ver brillar cada copo de nieve antes de desvanecerse en el anonimato colectivo encima del césped. Observaba febrilmente la oscuridad e intentaba evaluar la frecuencia y calidad de los copos, teniendo en cuenta temperatura y duración, humedad y velocidad del viento, mientras rezaba inarticuladas pero fervientes plegarias dirigidas al superintendente escolar. Lo habitual era que se viese despertado por el sonido de la máquina quitanieves mientras se abría camino por la fuerza calle abajo, seguida unos minutos después por el
rugido del camión que se disponía a enterrar las esperanzas de Edward bajo una mezcla de tierra y sal.
Tras crecer en aquel paisaje blanco y negro, con un manto de nieve cubriendo el suelo desde octubre hasta mayo, tenía cierto sentido que Edward estuviera dotado para el ajedrez.
En una ocasión, mientras su madre conducía las cinco horas que los separaba de Boston para llevarlos a ver a unos parientes, el padre de Edward le dio una condescendiente lección de diez minutos sobre un minitablero magnético de ajedrez, haciéndolo pasar de un lado a otro entre los asientos delantero y trasero. Edward ahogó el rey con su padre en el primer intento, lo venció en el segundo y nunca volvió a perder. Tenía siete años. Durante los cinco años siguientes pasó cada fin de semana -1a totalidad del sábado y la mayor parte del domingo- en un club de ajedrez en Camden, antaño una mansión suntuosa y ahora medio abandonada, que olía a papel de pared desportillado y húmedo y viejos tapizados de pelo de caballo. Estaba poblado casi exclusivamente por niños irritantemente precoces como Edward y viejos melancólicos, incluidos dos emigrantes rusos llenos de nostalgia que mascullaban Bozhe moi! y Chyort vozmi! a través de sus abundantes barbas, mientras Edward capturaba grácilmente sus caballos y se hacía con sus torres.
Cuando tenía doce años, un profesor de Bowdoin le daba clases de ajedrez diarias después de la escuela, y Edward viajaba a Boston y a Nueva York, y en una ocasión incluso a Londres, para los torneos de ajedrez. Tenía un número en la clasificación nacional y una estantería llena de trofeos de ajedrez en su dormitorio. La mera visión de Edward
-ya alto, pálido como un alfil blanco, con una postura rígidamente envarada ante el tablero-, llenaba de temor los diminutos corazones de sus adversarios de menor edad.
A los trece años todo había terminado. Su don se evaporó como el rocío en el duro amanecer de la pubertad, de manera indolora y casi de la noche a la mañana, y aunque después recordaba con claridad lo que significaba vagabundear por los relucientes corredores de la mente, las puertas a aquel edificio secreto habían quedado firmemente cerradas, la llave de plata perdida, el sendero cubierto de maleza, para nunca más volver a ser encontrados. Su posición en la clasificación cayó en
picado, sus partidas se convirtieron en una llorosa serie de abandonos después de las primeras jugadas. A veces sorprendía a sus padres mirándolo como si se preguntaran qué había sido de aquel brillante sustituto que las hadas les dejaron en lugar de su hijo.
Pero a pesar de las lágrimas y las miradas perplejas de sus padres, en lo más profundo de su ser Edward no se sentía devastado por la pérdida de su don. Éste se había ido tan misteriosamente como llegó.
Lo echaba de menos, pero nunca había parecido enteramente suyo, siempre lo había sentido como su huésped, un custodio temporal, nada más. No estaba amargado. Sólo deseaba que a su don le fuera lo mejor posible dondequiera que lo hubiesen llevado sus alas invisibles.
No obstante, había momentos en que volvía los ojos con nostalgia hacia sus años como niño prodigio. En los años que siguieron a esa época Edward se encontró una y otra vez tratando de recuperar la sensación de maestría carente de esfuerzo y tranquila serenidad que había conocido en el tablero de ajedrez, la sensación de ser alguien especial destinado a cosas mejores. La buscó en su trabajo escolar, en los deportes, en el sexo, en los libros e incluso, mucho tiempo después, en su trabajo en Esslin Hart.
Nunca la encontró.
Cuando despertó, seguía tendido en el sofá. Fuera estaba oscuro. Se incorporó y se quitó la corbata, que estaba llena de arrugas tras quedar atrapada debajo de él.
Un tenue resplandor rosáceo procedente de las luces de la calle iluminaba las dos ventanas delanteras. Su apartamento era largo y estrecho, la forma del magro edificio de apartamentos del Upper East Side cuyo último piso ocupaba. Todo él era una gran habitación: en la parte delantera se hallaba la sala de estar, que daba paso al estudio, que a su vez precedía a una estrechísima cocina, más allá de la cual había un dormitorio pobremente iluminado y un cuarto de baño desproporcionadamente suntuoso. Edward habría podido permitirse algo mucho mejor, pero nunca había dispuesto del tiempo necesario para buscarlo, ¿y qué sentido habría tenido hacerlo? Él casi nunca estaba allí. El aire acondicionado se había averiado el verano pasado y Edward ni siquiera se había molestado en hacer que lo repararan.
Su radio despertador marcaba las 21.04 en trémulos números rojos.
Edward se levantó y fue hacia su escritorio en la oscuridad, abriéndose la camisa blanca con una mano. Era demasiado temprano para meterse en la cama, pero tampoco estaba seguro de que realmente quisiera estar despierto. Bostezando, recogió su chaqueta de allí donde la había dejado caer en el suelo y sintió la rígida forma del sobre de papel manila en el bolsillo interior: el regalo de Zeph. Lo sacó y lo miró.
Zeph había escrito encima del sobre, en letra mayúscula:
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