El Códice secreto
Capítulo 2
2
Dos horas después, Edward estaba sentado en un Chili del aeropuerto JFK luciendo su traje más caro -un Hugo Boss negro de cuatro botones- y sus mejores zapatos de cuero negro, con una impecable corbata de seda rosa enrollada en el bolsillo. Llevaba consigo dos bolsas: el estuche de su ordenador portátil, dentro del que también había conseguido meter el cepillo de dientes y una muda extra de calcetines y ropa interior, y la bolsa de lona que contenía el códice.
Puso las dos bolsas a buen recaudo debajo de la mesa, sujetándolas entre las rodillas, y pidió una enorme jarra de cerveza clara mexicana con una rodaja de lima flotando en ella. Le parecía que antes de marcharse debía tomar algo quintaesencialmente americano.
Observó con disimulo su reflejo en un anuncio de cervezas espejado. El dolor de dejar atrás a Margaret aún lo acompañaba, pero empezaba a palidecer ante la excitación de lo que se avecinaba. Todo comenzaba a encajar. De hecho, el último mes parecía una larga ordalía salida de un sueño que por fin llegaba a su terminación, y sentía que debía dar gracias a Dios por ello.
Incluso los cuatro años que había pasado trabajando en Esslin Hart parecían irreales, como una condena de cárcel cumplida por un crimen que nunca había cometido. Mejor olvidarlo.
Aquel tiempo había pasado. Edward miraba hacia delante, listo para volver a empezar. Sin embargo, estaba tan cansado. Se sentía como un astronauta que espera en la torre de lanzamiento donde su cohete suda nitrógeno líquido sobre la pista, mientras aguarda el momento de impulsarlo hacia arriba y llevarlo al próximo mundo.
Una voz anunció su vuelo por la megafonía. Una auxiliar de vuelo que le esperaba al otro lado del control de seguridad lo acompañó en privado hasta su asiento, permitiéndole dejar atrás como todo un señor a la larga cola de pasajeros que avanzaban lenta y obedientemente hacia el avión por el corredor extensible. Un bonito detalle. Una vez que estuvo a bordo, Edward no quería guardar el códice dentro de un
compartimiento superior (en un mundo ideal, pensó, lo habría tenido esposado a la muñeca, estilo agente secreto), pero estaba decidido a que su portátil siguiera con él, así que se vio obligado a consignar el estuche con el códice a la rejilla para los equipajes. Una boquilla situada encima de su cabeza lo bombardeaba con aire seco y helado. El asiento contiguo al suyo se hallaba vacío, presumiblemente la duquesa también lo había adquirido para garantizar su comodidad durante el viaje.
Pensó en llamar por el móvil a Esslin Hart para decirles que ya iba de camino, pero en ese instante apareció el anuncio de desconectar todos los aparatos electrónicos, y lo guardó. El día se había oscurecido y un par de gotas dejaron finos restos de agua a lo largo del grueso plástico de la ventanilla. A través de ella Edward vio al personal de tierra yendo de un lado a otro en sus vehículos de extrañas formas para el transporte del equipaje, como carritos de golf alienígenas.
Cuando despegaron, la aceleración apretó suavemente a Edward contra el asiento. Los efectos de su larga noche por fin empezaban a hacerse notar. Cerró los ojos. Parecían estar subiendo, elevándose cada vez más en dirección a la nada, y Edward sintió como si en cualquier momento fuera a desvanecerse, a dejar de existir en un instante de arrobamiento, correr las cortinas, encender las luces de la casa. La historia había terminado. No era perfecta, pero en realidad, las cosas nunca lo eran, excepto quizás en los libros. Cuando se alzaron por encima de las nubes, Edward ya se había quedado dormido.
Volvió a despertar hacia la mitad de la película que se proyectaba durante el vuelo. La vio lánguidamente, sin molestarse siquiera en ponerse los auriculares gratuitos. Era una película de artes marciales de gran presupuesto, bastante fácil de seguir incluso sin el diálogo. El joven héroe era adiestrado por un antiguo maestro de lucha que le prescribía una serie de tortuosos ejercicios. Tocaba la flauta mientras se mantenía en equilibrio sobre la punta de una espada.
Hacía añicos un rubí gigante, rompiéndolo con la frente a cámara lenta. Hacía saltar a patadas frutas tropicales de las cabezas de los sirvientes del maestro sin llegar a rozar sus ridículos cortes de pelo con forma de cuenco.
Llegó la hora de que el discípulo compitiese en un gran torneo. No sólo fracasó miserablemente, sino que fue humillado por el pupilo
estrella del archirival del antiguo maestro de lucha, una sombría figura poseedora de siniestros mostachos. El anciano maestro sacudió melancólicamente la cabeza. Todo aquel tiempo y aquel adiestramiento, desperdiciados. Pero justo cuando toda esperanza parecía estar perdida, cuando la hermosa hija del maestro se esforzaba por contener las lágrimas, el discípulo reaparecía. El propósito de su adiestramiento le había quedado claro. Sus habilidades dormidas se manifestaban a sí mismas. Subía de nuevo al ring. Victoria en el gran torneo. Derrota del estudiante del archirival. Alegría con la hermosa hija. Sonrisa sagaz del maestro. La película terminó.
El interior del avión estaba oscuro. Las persianas de las ventanillas se hallaban bajadas, iluminadas en rojo con el crepúsculo del vuelo a gran altitud, y todas las luces de lectura estaban apagadas excepto por una luz solitaria, muy lejos hacia la proa del avión. El aire seco y estéril era frío, y cada pasajero o pasajera se arrebujaba bajo su manta individual de lana gris.
El arco de su trayectoria iba aproximándose al Círculo Ártico en los monitores, y el sonido de los motores se había convertido en un sordo rugido soporífero y regular. Las azafatas permanecían silenciosamente agrupadas en los extremos de los pasillos, donde se libraban de los zapatos para masajear los elegantes arcos de sus pies a través de las medias.
Pero Edward no tenía sueño, casi sentía cómo sus ritmos circadianos empezaban a desviarse del curso habitual, y sacó su ordenador de debajo del asiento que tenía delante y lo inicializó. Metió el disco que, con la presencia de mente del adicto, había recordado traer consigo en el bolsillo de la solapa. La fría luz gris de la pantalla de cristal líquido se derramó sobre él en la oscuridad como un baño de leche. MOMO estaba esperándolo; como siempre, justo allí donde lo había dejado el Artista. Ahora que disponía de los medios, el conocimiento y el tiempo libre necesarios para finalizar el juego, Edward decidió intentarlo.
Para su sorpresa, descubrió que recordaba con absoluta claridad todo lo que le había dicho el Artista acerca de cómo ganar en el juego: cómo reactivar el metro, dónde encontrar los diamantes, cómo llegar al aeropuerto, cómo volar hasta Florida, cómo poner en órbita un cohete.
Todavía disponía de cuatro horas antes de llegar a Londres y, tras librarse del Huevo de Pascua del Artista, todo era ridículamente fácil.
Edward sintió como si un tremendo peso hubiera sido levantado de sus hombros. Ganó cada combate, encontró cada pista, esquivó cada trampa prácticamente sin intentarlo siquiera.
Y así, casi sin darse cuenta, se halló en el espacio exterior. La canica recubierta de ondulaciones azules y verdes que era la Tierra giraba bajo sus pies. Los misiles volaron, los lásers destellaron. Edward había reunido un magnífico ejército de guerreros e ingenieros sometidos a su voluntad: utilizando un campo magnético superpotente cazaron a lazo un asteroide -convenientemente rico en metales ferrosos- que pasaba por allí, lo sacaron de su trayectoria y lo lanzaron contra el centro de la lente puesta en órbita que los alienígenas habían utilizado para privar a la Tierra de la luz solar. Fue como el hacerse añicos del rosetón de una catedral: una celosía de finas grietas se desplegó a partir del centro (una joya con un defecto cegadoramente intenso, o un gran ojo con capilares de oro fundido inyectado en sangre) y luego estalló en mil pedazos, dejando pasar la deslumbrante pureza del resplandor solar.
Satisfacción. Se había terminado. La Tierra estaba helada y muerta, pero al menos los alienígenas se habían ido, y el sol no tardaría en regresar. La vida volvería a emerger. Suponía.
En cualquier caso, él ya había hecho su parte, había ganado el juego. Edward bostezó y se desperezó.
Sólo que el juego no había terminado. Todavía seguía su curso.
Edward frunció el entrecejo. Lógicamente, al menos según la lógica de Zeph, todavía debía de quedar algo de lo que ocuparse. Pero ¿qué?
Estudió la situación. Eran las horas nocturnas, la noche antes del primer nuevo amanecer del antiguo sol sin filtrar. Contempló cómo la pequeña figura que le representaba luchaba por seguir adelante en la pantalla, incansable como siempre, haciendo crujir robóticamente la fina capa de nieve en polvo que cubría el suelo. Guió a la figura curso arriba del río helado que discurría hacia el norte después de salir de la ciudad, caminando durante kilómetros a través del hielo mientras dejaba tras de sí una línea de pisadas en miniatura.
Requirió mucho tiempo. Edward perdió toda noción de los minutos y las horas en la monotonía del paisaje bañado por la luna, elevación
tras elevación, como olas o dunas de arena, interrumpidas únicamente por el ocasional grupo de siemprevivas o una granja derrumbada medio cubierta por un manto de nieve como un durmiente de sueño inquieto. El problema quizá fuese el tiempo. Edward había destruido la lente gigante que flotaba en el cielo y puesto en desbandada a los alienígenas invasores, pero éstos también habían acelerado el tiempo.
Él no había reparado en eso, ¿verdad? Y pensándolo bien, aunque consiguiera detener el tiempo, ¿no era cierto que el daño ya estaba hecho? Edward intentó pensar por un minuto como un fanático de la ciencia ficción. La Tierra estaba fría y muerta. Nada iba a cambiar eso.
Quizá ya era demasiado tarde después de todo. Un vago temor se agitó dentro de él. ¿Había ganado el juego, o lo había perdido?
Dobló la última curva en el valle del río. Ya casi había llegado. Las ruinas del viejo puente habían desaparecido hacía mucho tiempo, pero Edward reconoció la forma del risco: allí había empezado el juego. La cima todavía se hallaba cubierta de hierba que había logrado sobrevivir de alguna manera al frío (ásperos manojos verdes de gruesas hojas, rígidos por la escarcha.
Realmente era como Cimeria). Edward se preguntó si el Artista habría incluido en alguna parte un modelo de la Capilla de la Rosa para que él lo encontrara. Vio cómo un amanecer rosado teñía el campo helado con un delicado tono de rosa grisáceo. Mientras iba a través de él, los cristales de escarcha empezaron a derretirse y se convirtieron en gotas de rocío. Cuando se agachó para examinar una, vio en cada gotita reluciente (ya hacía mucho que había dejado de preguntarse cómo era posible semejante grado de detalle) el reflejo del mundo entero alrededor de ella, y en cada una de las otras gotitas aparecía el reflejo de ese reflejo, y así sucesivamente hasta el infinito.
El viejo buzón seguía allí, todavía vacío. Los abedules y álamos temblones de delgados troncos entre los que había andado al inicio del juego estaban casi doblados bajo el peso del hielo y la nieve, formando una columnata arqueada y techada por gruesas ramas inclinadas hacia el suelo. Junto a ellos había un árbol muy grande y viejo, ahora caído de lado, extendido junto al pozo que habían abierto sus horribles raíces cuando el peso del tronco las arrancó de la tierra. Edward se repantigó
un poco más en el reconfortante abrazo de su asiento de clase ejecutiva y cerró los ojos.
Pero el juego seguía. Fue adentrándose en el bosque, derramando sobre él el peso de ramas enteras cargadas de nieve. ¿No era allí por donde había entrado?, se preguntó. Quizá pudiese salir del mismo modo. Él había puesto patas arriba aquel mundo, y ahora sólo intentaba escabullirse sigilosamente por la puerta de atrás y volver a probar suerte en uno nuevo. Mejor suerte la próxima vez. Pero no, sólo había árboles y más árboles. Edward se llevó las manos a las caderas y alzó la mirada hacia la vacía cúpula gris del cielo. Bueno, aquello era un acertijo, pero estaba harto de resolver los problemas de otras personas, saltar a través de sus aros, fisgar en el interior de sus secretos. También se había hartado de sus propios secretos. Hizo una profunda inspiración: buen aire frío, seco y tonificante.
Con el amanecer llegó la nieve. Caían ligeros copos secos y no esas bolas espesas que nunca se adhieren a nada, que se derriten y se convierten en agua sucia antes de tener ocasión de acumularse. Aquélla era una nevada como es debido, y no mostraba señales de que fuese a parar. Edward se apoyó en la familiar barandilla blanca del porche, quitó la delgada capa de nieve que ya se había acumulado allí y contempló el río helado. Todo era tan agradablemente familiar… ¿Y
por qué no?
Él creció allí. A1 parecer el tiempo había llegado tan lejos que se había curvado sobre sí mismo, ya que ahora Edward volvía a estar en Maine, y su padre estaba vivo, y sus progenitores seguían juntos.
«Bueno, tal vez he ganado el juego -reflexionó, su yo del sueño formulando confusos pensamientos oníricos-, y ésta es mi recompensa.»
Sólo necesitaba una cosa más antes de ser completamente feliz, y ya venía de camino. Edward contempló caer la nieve y escuchó el silencio especial que traía consigo. Casi estaba seguro. Sería imposible que mañana hubiera escuela.
Sonó un timbre: Edward abrió los ojos. El signo de ABRÓCHENSE
LOS CINTURONES estaba encendido. El avión iniciaba su descenso hacia Heathrow.
Algo maravilloso estaba sucediendo en su interior. Respiró hondo para tratar de calmarse, pero no podía dejar de sonreír. No podía
evitarlo. No podía recordar la última vez en que realmente había ardido en deseos de que algo ocurriera. Deseó poder detener el tiempo, prolongar para siempre aquel suave descenso que le elevaba el estómago para así saborear mejor la anticipación. Se levantó y bajó del compartimiento superior la bolsa que contenía el códice. La sostuvo en su regazo, sintiendo su tranquilizadora solidez. El avión sobrevolaba los suburbios de Londres. La ventanilla de Edward se llenó de tejados grises dormidos y luces blancas que desfilaban rápidamente.
Cinco minutos después estaban en tierra. El avión rodó hacia la puerta y se formó una fila de pasajeros dispuestos a desembarcar.
Edward se echó las bolsas al hombro y se unió a ellos. El mero hecho de ponerse de pie era un alivio. Las rodillas le dolían deliciosamente.
Según la hora de Nueva York, sólo eran las nueve de la noche, pero en Londres eran las dos de la madrugada. En el área de espera todo parecía sutilmente distinto y europeo. Los teléfonos públicos eran amarillos y azules, y a lo largo de las paredes había complicadas máquinas de alta tecnología expendedoras de cigarrillos: La cafetería contaba con un bar entero de bebidas alcohólicas detrás de ella.
Abundaban las barbas, y todo el mundo parecía tener un móvil y unas gafas de sol.
Edward no tenía ninguna prisa. Permaneció de pie junto a la puerta y esperó mientras la multitud salía del avión alrededor de él. Corno todos los aeropuertos, Heathrow era rico en flechas y letreros, rutas ramificadas y senderos que se bifurcaban por los que sus anónimos compañeros de viaje iban repartiéndose diligentemente. Pasaban junto a Edward como si fuera uno de ellos, y no alguien con una misión arriesgada y altamente secreta que llevar a cabo.
Estaba listo para unirse a los demás, dejarse arrastrar y ser clasificado junto al gentío, pero esperó durante un minuto más. No tenía prisa. Vio noticias silenciosas en un televisor suspendido del techo.
Una figura entre la multitud atrajo su mirada al fondo de la sala.
Una mujer joven, alta y esbelta como un sauce, atravesaba resueltamente el suelo del área de espera, luchando con una pesada bolsa de viaje. Su nariz era larga y curvada, y sus lisos cabellos de color castaño oscuro oscilaban a la altura de su barbilla mientras caminaba.
No advirtió expresión alguna en su rostro, pero la comisura de sus
labios inclinada de manera natural hacia abajo le confería una apariencia melancólica:
Edward la vio cruzar la moqueta para reunirse con un hombre que la esperaba al fondo de la sala. Edward ya lo había visto antes. Alto y apuesto, era un hombre mayor con una rígida cresta de pelo blanco.
Estaba muy delgado, casi macilento, como si se hubiera recuperado recientemente de una grave enfermedad, pero se mantenía tan erguido como un poste. Cuando Margaret llegó hasta él, el hombre cogió su bolsa de viaje y se la echó al hombro con un solo gesto lleno de energía.
Sus rosadas mejillas relucían con tosca salud. Oyó algo parecido a un campanilleo, y una voz rápida como una ametralladora habló fríamente por la megafonía. Tras un breve intercambio de palabras, Margaret y el duque de Bowmry abandonaron juntos la estancia por la salida de ADUANAS.
Edward los vio marchar desde donde estaba. Era extraño, pero no podía moverse. Era como si una toxina incolora e insípida hubiera entrado en su cuerpo, el aguijonazo silencioso de una medusa invisible, y lo hubiera dejado completamente paralizado. Se quedó allí, observándolos desde la distancia. Todavía no podía asimilarlo. Sólo eran colores y formas, nada que su mente pudiera traducir en algo que tuviera sentido.
Un instante después ya habían desaparecido en dirección a las aduanas. La parálisis de Edward se desvaneció para ser reemplazada por el miedo, miedo a lo que él sabía que ya estaba sucediendo o ya había sucedido. Sólo entonces su cuerpo reaccionó. Mientras caminaba, una parte de su cerebro mantuvo un tono neutral acerca de lo que estaba pasando. Edward quería que su mente hiciese frente a aquel nuevo misterio, que se debatiera con él hasta darle la forma de algo soportable, pero aquélla se negó a luchar, tratando desesperadamente de escapar del ring. Todo cuanto lo rodeaba era nítido y claro, como un mosaico de cristales rotos. No había tiempo. Realmente debería decir algo. Necesitaba inspiración, un golpe maestro que invirtiera la situación, que hiciese que ésta nunca hubiera ocurrido, explicándola y neutralizándola para devolver el sentido. Margaret debió de pensar que él tomaría un vuelo posterior, se dijo. Sin duda no habría querido que la viese así. Edward se sentía como una cámara con el obturador
bloqueado en la posición de apertura: no podía cerrarse, no podía dar media vuelta, no podía dejar de percibirlo todo.
Durante un largo instante pensó que los había perdido entre la multitud, pero entonces volvió a verlos en la cola delante del control de pasaportes. Edward trató de atraer la mirada de Margaret, pero el ángulo era malo y ella llevaba gafas de sol, cosa que nunca le había visto hacer antes. Le quedaban fatal, pues parecía una ciega. Margaret le dijo algo al duque, éste rebuscó solícitamente en los bolsillos y le tendió un pañuelo limpio. Edward apenas podía mirarla: Margaret era un punto solar incandescente de dolor. Ella no lo entendía. Debía advertirla. – ¡Margaret! – exclamó-. ¡Margaret!
Diez mil personas se volvieron al unísono. Margaret también miró hacia allí y se apresuró a desviar la vista. Un agente uniformado se acercó al duque, hablaron y él y Margaret abandonaron la cola.
Desaparecieron por una entrada separada, saltándose por completo a la multitud. Edward los vio partir, una mano alzada como un hombre paralizado en el acto de llamar a un taxi. Se produjo una súbita conmoción en una de las ventanillas de la aduana cuando un niño (no, un hombre insólitamente menudo) trató de abrirse paso a través de la cola y fue enérgicamente retenido por dos aduaneros uniformados que no tuvieron ningún problema para reducirlo. Lo escoltaron fuera de allí.
De pronto las bolsas de Edward parecieron volverse muy pesadas.
Encontró un banco y se sentó. Seguía necesitando alguna acción urgente, una aportación propia. Una alarma interior sonaba de manera cada vez más insistente con cada segundo que pasaba, pero Edward no sabía qué hacer o cómo desconectarla. Le parecía increíble que el tiempo siguiera hacia delante, que aquel nuevo curso de los acontecimientos no hubiera causado una súbita detención, con un estridente rechinar y un olor a aislamientos que se quemaban. Su cerebro catalogó mecánicamente detalles carentes de significado en el pasillo monótono del aeropuerto: anuncios para Lucky Strike y Campari, pautas de puntitos brillantes en el suelo de linóleo. Le picaba la nariz. Fuera, unos operarios trabajaban con un motor de avión bajo el resplandor de un foco en la pista. Edward dirigió la mirada hacia allí
hasta que le dolieron los ojos, creando deliberadamente imágenes residuales en su retina. Parecían bolas de fuego azul.
Una algarabía sin sentido que había estado sonando como ruido de fondo se definió gradualmente en el sonido de la voz de un hombre que hablaba por el sistema de megafonía.
Edward se obligó a escuchar.
La voz estaba diciendo su nombre.
Asombrosamente, los toscos mecanismos de la vida real seguían funcionando con un máximo de eficiencia, girando y cortando, clasificando y procesando. Una serie de flechas pintadas, corteses funcionarios de aduanas y colas gratificantemente rápidas hicieron pasar a Edward a través de las aduanas y lo sacaron al área de recepción. Un chófer provisto del habitual letrero escrito con no muy buena letra estaba allí para recibirlo en la recogida de equipajes. Era su viejo amigo de la barbilla débil, vestido con una elegante chaqueta de cuero encima de un ridículo e inapropiado suéter de cadeneta con cuello de tortuga. Otro hombre, un airoso sirviente que se parecía increíblemente a Clark Gable, cogió las bolsas de Edward. No le hablaron ni tampoco lo hicieron entre ellos, se limitaron a conducirlo hasta un garaje subterráneo lleno de mareantes vapores de gasolina.
Una limusina azul esperaba allí, una felina Daimler-Benz al acecho sobre sus patas hechas de relucientes radios trenzados. Edward fue decorosamente acomodado en el asiento trasero, mientras ellos se sentaban juntos delante. El coche se puso en marcha con un delicado ronquido.
Lo llevaron hacia el norte fuera de la ciudad, atravesando suburbios con nombres un tanto familiares, como Windsor, Watford, Hempstead, Luton. Edward sentía como si llevara días sentado, y empezaba a dolerle el trasero. Hizo cuanto pudo para mantener la mente concienzudamente en blanco. En aquel momento no había ningún posible curso de pensamiento que él estuviera ni remotamente interesado en explorar. Se preguntó qué mentira le habría contado el duque a Margaret acerca de lo que haría con el códice, cómo quería preservarlo, permitir que Margaret escribiera acerca de él, tratarlo como el tesoro nacional que era. ¿Cómo podía ser tan brillante e
ingenua al mismo tiempo? Por supuesto, el duque destruiría el códice en cuanto pudiera, tal como le había dicho a Fabrikant que haría.
Rodaron durante horas. Las estrellas eran asombrosamente brillantes tan lejos de la ciudad, pero Edward no se molestó en admirarlas. No salió del coche cuando se detuvieron a fumar un cigarrillo o a echar gasolina, o diésel, o lo que quiera que fuese. No percibió el celestial olor a cuero y tabaco aromático en el asiento trasero. En lugar de eso se limitó a mirar fijamente el respaldo del asiento delantero, o cerró los ojos y trató de dormitar. Su preciso traje negro se había arrugado y llevaba la camisa medio desabrochada y con el cuello abierto, por lo que parecía un invitado desaliñado que volvía a casa después de una larga y desastrosa fiesta.
Por mucho que intentó evitarlo, sus pensamientos se adelantaron hacia su inminente llegada a Weymarshe y las inevitables dificultades prácticas. ¿Le permitiría entrar allí la duquesa sin el libro? Trató de imaginárselo. La duquesa alzaría la mirada desde donde estaba lánguidamente sentada en un sofá Sun King, la expresión de disgusto reflejada en el rostro cuando el mayordomo anunciara su nombre.
¿Cómo se atrevía a mostrar su cara en Weymarshe? O quizá no sería tan terrible, pensó, mientras el Daimler-Benz lo acercaba cada vez más a su destino. Él estaba en el equipo perdedor, pero la duquesa también.
Ella todavía tenía su dinero, lo cual era importante, ¿verdad? Y se hallaba en posesión nominal de Weymarshe, mientras que el duque seguía en Londres. Era un revés, pero no un desastre, no algo que rompiera el trato. Había llegado el momento de que la duquesa reagrupara sus fuerzas, reconsiderara sus opciones, y él podía ayudarla. La duquesa necesitaba un oído lleno de simpatía y un nuevo par de ojos, ahora más que nunca. Edward se obligó a respirar hondo, y una parte de la opresión en su pecho se disipó. Quizá todo iría bien.
Volvió a escenificar mentalmente la escena de su llegada, pero esta vez la duquesa respondía ella misma a la llamada a la puerta (los sirvientes ya se habían ido a la cama) con un vestido de noche y un cóctel en cada mano, la luz arrancándole destellos. El códice sólo había sido una fantasía pasajera, confesaba, un capricho aristocrático, eso era todo, nada más. Se horrorizaba ante la preocupación de Edward.
«Ni se le ocurra pensar en ello.» La duquesa le quitaría toda
importancia al asunto con su risa musical y un beso juguetón en la mejilla.
«Nunca vuelva a hablar de ello. Beba. Salud.»Una ambulancia pasó aullando en dirección contraria con el deprimente efecto doppler de su desafinada sirena europea. El sonido hizo que Edward se sintiera muy incómodo. De pronto pareció como si el coche fuese a paso de tortuga, como si retrocedieran en vez de avanzar, o rodaran sobre una cinta sin fin que los hacía pasar ante un escenario giratorio de colinas de cartón, casas de contrachapado y los mismos setos repetidos una y otra vez.
Después de una eternidad, el coche finalmente redujo la velocidad y se detuvo delante de una verja. La gravilla blanca crujió bajo los neumáticos. Era el momento antes del amanecer, y el cielo brillaba con un resplandor azul. Un espasmo de duda y autoconservación hizo presa en Edward. ¿En qué se estaba metiendo? Todavía no podía enfrentarse con la duquesa. No estaba preparado. Antes de que cruzaran la verja, Edward abrió la portezuela del coche y salió de él.
Necesitó dar un par de pasos tambaleantes para recobrar el dominio de sus pies. El aire era inesperadamente frío y cortante, y la sacudida lo despabiló un poco. Era el primer aire fresco que respiraba desde que había subido al avión en Nueva York hacía doce horas, y el solo hecho de inhalarlo hizo que se sintiera más calmado. La reluciente limusina se detuvo inmediatamente junto a él.
Edward se irguió y miró alrededor casi con serenidad tratando de orientarse. La propiedad se hallaba rodeada por un alto seto, tan tupido que parecía capaz de hacer retroceder a un blindado alemán, con el remate de un almenaje de ladrillo visible justo por encima de las hojas. ¿Qué estaba haciendo él allí? ¿Debería pedir socorro?
¿Limitarse a echar a andar? Un intercambio de susurros tuvo lugar en el asiento delantero del Daimler-Benz. El chófer bajó hasta la mitad el cristal de su ventanilla. – ¿He de esperar, señor? – inquirió educadamente.
El otro hombre -Clark Gable- bajó por el lado del pasajero, su chaqueta todavía insultantemente impecable y libre de arrugas después del largo trayecto. Miró con una expresión de leve preocupación a Edward por encima del reluciente techo del coche. – ¿Quiere que lo
llevemos hasta la entrada principal de la casa, señor? – preguntó-. Hay bastante distancia. Yendo a pie, por lo menos tardará una hora.
Edward volvió a mirar alrededor. En eso el hombre tenía razón. La casa más próxima debía de estar quince kilómetros atrás. Bueno, tarde o temprano tendría que descubrir cómo terminaba todo aquello. «¿Qué es lo peor que podría ocurrir? No respondas a eso.» Volvió a subir al coche y cerró la portezuela.
El sirviente no había exagerado. Tardaron al menos media hora en llegar a la casa en coche, un tiempo que habría sido mucho mayor yendo a pie, a pesar de que el chófer atacó el tortuoso camino como si fuera una autopista alemana. Ya casi eran las cinco de la madrugada.
El sol estaba a punto de salir y Edward distinguió entre la penumbra a lo largo del trayecto cuadros artísticamente envejecidos: un huerto que luchaba por sobrevivir, un campo lleno de bien dispuestos almiares de heno, un jardín obra de Edward Gorey lleno de topiarios amorfos y pésimamente cuidados. Permanecía muy recto en el asiento, los hombros firmemente erguidos.
Lo último que quería era que lo sorprendieran contemplando el escenario con la boca abierta.
Pasara lo que pasara, iba a salvar de aquello una parte de su dignidad.
En un momento dado el coche se detuvo con un frenazo tan brusco que Edward casi se golpeó la frente con el asiento que había ante él. Un ciervo estaba inmóvil en el centro del camino, como si hubiera estado esperándolos. Las luces largas del coche iluminaron su orgulloso pecho cubierto de pelaje blanco. El ciervo era enorme, y Edward lo encontró extrañamente inquietante. Se dijo que debía de provenir del famoso parque de ciervos de los Went, aunque hubiese podido salir directamente de las páginas del Viaje. El chófer tocó el claxon, pero el animal se tomó su tiempo, sin sentirse nada intimidado por su adversario mecánico. Inclinó la cabeza hacia un lado, como si estuviera recibiendo transmisiones invisibles en sus oscuras astas, y luego la volvió nuevamente para mirarlos. Sus ojos parecieron buscar a Edward con un mensaje de desprecio señorial.
Un instante después volvían a estar en marcha, y el camino se dividió y pasó a ser un ancho sendero circular de gravilla blanca,
abrazado por un par de columnatas abiertas a cada lado. En el centro del círculo se alzaba una modesta fuente, ninfas y sátiros que representaban alguna ilegible alegoría mitológica y un dios de las aguas, alto e impertinentemente masculino, que presidía los procedimientos con expresión adusta. Al frente de todo ello se alzaba la casa.
Esta vez Edward esperó a que el vehículo se detuviera por completo antes de bajar. Dejó que el sirviente le abriera la portezuela.
Después de todo aquello, pensó, Weymarshe no se parecía en nada a la instantánea mental con las puntas dobladas por el uso que tenía de ella. Estaba un poco decepcionado: la casa era un imponente leviatán gris, más descomunal que grandiosa, toda ella mole y carente de ningún donaire. Edward tuvo una borrosa impresión de muchas columnas, muchas ventanas, urnas, ornamentos -en algún momento de su historia la casa había adquirido una fachada neoclásica- y una espaciosa escalinata de piedra debajo de un par de puertas dobles.
Parecía más una biblioteca universitaria que una mansión. Edward casi había esperado que no encajara con algo en MOMO, pero al verla, comprendió que el Artista nunca había llegado tan lejos, pues nunca había tenido ocasión de ver Weymarshe. Edward se hallaba en un territorio nuevo.
Una puerta se abrió. Edward pensó que la duquesa aparecería por las enormes puertas centrales (él lo habría escenificado de esa manera), pero en cambio salió por una puerta más pequeña que había a un lado; Edward supuso que debía de existir algún término arquitectónico para ésta. La duquesa le estaba esperando o quizá se había levantado temprano. Estaba magnífica, destacando contra la cálida luz que salía del interior de la casa. Edward la había imaginado con un vestido de noche, algo regio y de amplio vuelo, pero en lugar de eso llevaba una indumentaria decididamente práctica: larga falda oscura, guantes y chaqueta delgada contra el frío. Sus pendientes eran muy discretos.
De hecho, pensó él, iba vestida para viajar, Edward.
–Se detuvo y esbozó una extraña y fría sonrisa, apenas curvando la comisura de los labios-. Bueno, bueno. Eres la última persona que esperaba ver por aquí.
Edward pensó que bromeaba, enseguida comprendió que sólo decía la verdad. Realmente estaba sorprendida de verlo. Subió los escalones hacia ella. La duquesa parecía más pequeña de lo que él recordaba, los hombros más estrechos, aunque el escalón sobre el que se había detenido lo compensaba. También era mayor, pensó nada galantemente, pero aun así no menos hermosa. – ¿Laura no se lo ha contado? – empezó-. Me dio el billete que usted había enviado. Mi vuelo llegó hace unas horas. Vinimos directamente hacia aquí. – ¡Oh, Laura! – Agitó la mano con un gesto despectivo que borró del universo la idea de Laura-. Ya me he enterado de lo que ocurrió en el aeropuerto. No creía que fueras a venir después de ese fiasco, lo digo en serio. Mala estrategia, malas tácticas. ¡Mal gusto!
La duquesa dio un paso adelante, pero tropezó con el primer escalón y puso una mano enguantada en la pechera de la camisa de Edward para no perder el equilibrio. Él olió su aliento, y comprendió en un frío destello de revelación que estaba completamente borracha.
–Bueno -dijo con forzada jovialidad-, ahora que estoy aquí, quizá podría enseñarme el lugar.
Le ofreció el brazo. El aire frío trataba de robarle la voz. No conseguía recuperar el aliento.
–No creo que vayamos a tener tiempo para eso. ¿Dennis? – Al parecer, se refería al chófer sin barbilla, porque éste se volvió-. ¿Está todo listo?
–Todo listo y en orden, excelencia. – Llegó la réplica. La duquesa por fin aceptó el brazo que le ofrecía Edward, pero su atención estaba puesta en otro lugar. Dirigió la mirada hacia donde los sirvientes estaban atareados con su abundante equipaje de cuero verde, que esperaba a lo largo del primer escalón en la luminosa claridad anterior al alba. Un pájaro trinó.
Weymarshe había sido construida sobre una pequeña elevación natural que le proporcionaba a Edward una magnífica vista de los terrenos. Él y la duquesa los contemplaron juntos, de pie, como si a los ojos del mundo fueran el señor de la mansión y su dama. El cielo se había teñido intensamente de azul, un azul que Edward jamás recordaba haber visto, y la hierba y la fuente de mármol parecían bañados en tinta índigo.
–Lo cierto, Edward, es que estaba a punto de marcharme -dijo la duquesa-. Como soléis decir vosotros los encantadores norteamericanos, tendré que dejar que te las arregles por tu cuenta.
Para esa única frase, «tendré que dejar que te las arregles por tu cuenta», aventuró un acento tejano. – ¿Adónde va?
–Me marcho de aquí, Edward. – La duquesa miró a los chóferes que esperaban-. Muy lejos. A decir verdad, ya va siendo hora de que me tome unas vacaciones. Dios, necesito pasar algún tiempo fuera de aquí.
Volvió a contemplar Weymarshe y una mueca de disgusto apareció en su rostro. – ¿De verdad se va? – inquirió Edward. Trató de obligarla a que lo mirase a los ojos-. Pero ¿qué hay del códice? ¿Qué vamos a hacer acerca del duque?
Ella pareció reparar en su presencia por primera vez. Sus ojos lo enfocaron y se inclinó hacia él. Le tocó el brazo con mano temblorosa, pero su voz era tan firme como siempre.
–Hemos perdido, Edward -susurró, su aliento humeante y apestando a ginebra-. Se acabó. ¿Es que no lo ves? No hay nada peor que un perdedor que se niega a admitirlo. – Volvió a erguirse-. Supongo que no es el estilo americano, pero allí de donde yo vengo sabemos cómo salir de escena decentemente.
La duquesa arqueó las cejas. – ¿Qué te pasa? – preguntó-. Quieres venir también, ¿verdad?
Edward negó con la cabeza.
–Me parece que ya he tenido bastante tiempo libre por el momento.
La duquesa volvió a inclinarse, evidentemente con la intención de darle un beso en la mejilla, pero él la detuvo con el antebrazo. No habría nada de eso. Siempre aprendía muy despacio, pero si no había obtenido ninguna lección de todo aquello, por lo menos sí que había aprendido eso.
–Es mejor así -dijo la duquesa mientras se erguía-. Allá adonde vamos supongo que de todas formas no te dejarían entrar.
Se volvió sin más y bajó casi saltando el resto del tramo de escalones hacia la limusina que esperaba. El chófer le abrió la puerta. La duquesa se detuvo en el umbral y -¿lo imaginó Edward?– puso la mano por un instante en la mejilla mal afeitada del chófer antes de entrar y sumergirse en la oscuridad interior que la engulló.
Edward vio partir el coche. Dio unos pasos hacia un lado para ver más allá de la fuente en mitad del camino y siguió con la mirada las luces traseras mientras se alejaban a lo largo del sendero por el que acababa de llegar él, dos pálidos surcos con una cresta verde entre ellos, exquisitamente cuidada y tan recta como una regla. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y acarició su corbata de seda para las ocasiones especiales: Deseó haberse acordado de ponérsela antes de ver a la duquesa, pero ya era demasiado tarde. La duquesa estaba huyendo, y Edward se preguntó si alguna vez llegaría a ser capaz de dejar de correr. Lo dudaba, pero lo cierto era que probablemente nunca lo sabría. El final de aquella partida se jugaría sin él.
Se sentó en los fríos peldaños de piedra. Todavía tenía la bolsa con el estuche para el códice dentro de ella, y se la puso encima de las rodillas. ¿Estaba realmente vacía? Diminutos grillos cantaban ensordecedoramente entre la hierba. ¿Había encontrado Margaret esa copia de Lydgate que andaba buscando? Quizás el premio de consolación de Edward consistiría en eso.
Abrió el cierre y volvió a enfrentarse con la rugosa cubierta negra.
El hueco interior no se hallaba vacío. Estaba lleno de papel, pero no era el códice o ningún libro. Estaba lleno de fajos de billetes de cien dólares cada uno. Edward hizo correr uno con el pulgar y calculó como el experto que era que había cien billetes en cada fajo, cincuenta fajos en total. Quinientos mil dólares, unos cuantos centenares más o menos.
Debía de ser el precio de Margaret. Bueno, ella siempre había sido una buena negociadora y, conociéndola, la cantidad completa tenía que estar allí. Margaret había dicho que no era una cuestión de dinero, y él supuso que estaba diciendo la verdad. Pensó en hacer algún gesto simbólico con el dinero, como romper los billetes en mil pedazos, esparcirlos por encima del césped como hojas caídas de un árbol o quizá quemarlos en los escalones de Weymarshe, pero en lugar de eso volvió a ponerlos a buen recaudo dentro de la caja y la guardó. De pronto sintió que un nuevo estado de ánimo pragmático empezaba a adueñarse de él.
Alzó la mirada hacia las copas de los árboles y el cielo que se arqueaba sobre él. Sintió como si despertara de un sueño.
El aire olía a otoño, el cielo había adoptado un rosado tono grisáceo como el del interior de una concha. Cruzó los brazos encima del pecho.
Hacía frío, pero pronto haría más calor a medida que el sol subiera por el cielo. Sorprendido, advirtió que el entumecimiento que sentía casi le resultaba agradable. Miró por encima del hombro: detrás de él unas manos invisibles habían cerrado la puerta por la que había salido la duquesa, y la fachada de piedra de Weymarshe se hallaba tan muerta y sombría como una cabeza de la isla de Pascua. El vacío que había en la mente de Edward era como el de las guardas finales de un libro muy largo. Se preguntó distraídamente si volvería a ocurrirle algo interesante alguna vez. Todavía había algunas estrellas visibles, y Edward sentía las frías constelaciones del invierno al acecho detrás del horizonte, listas para alzarse allí donde no podían ser vistas. Era gracioso pensar que aún lo esperaban en la oficina al día siguiente por la mañana, temprano, antes de que abrieran los mercados financieros.
Se subió las solapas de la chaqueta, pero el frío aire otoñal se abrió paso a través de la delgada tela. Pensar que probablemente él estaría allí todavía era más gracioso.
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26/10/2008
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- 1
- DESMOND WENT
- VOLUMEN II
- 3
- PARA EDWARD, QUE TIENE TIEMPO DE SOBRA.
- * VARÓN* MUJER
- 4
- 5
- GERVASE DE LANGFORD?
- 6
- 7
- 8
- 2
- 9
- VECES Y HAS MATADO CERO ENEMIGOS.
- HAS MUERTO ONCE VECES Y HAS MATADO CERO ENEMIGOS.
- 1
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- DTUOJMASIRDBAMDLOIUODHENIEAGOE
- 2
- 2
Terminaste El Códice secreto
Lev Grossman
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