El Códice secreto
Capítulo 2
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Mientras volvía en el taxi, Edward todavía dejó otro quijotesco mensaje más en el contestador de Margaret, tratando de infundirle un sentido de lo urgente de la situación.
Llevaba dos semanas sin poner los pies en el edificio de los Went y en la entrada había un portero nuevo, aunque parecía llevar el mismo traje raído que había vestido el antiguo portero.
Edward se preguntó qué habría sido de él. El nuevo portero era un hombre corpulento, de rostro rosado y pelo blanco que empezaba a ralear propios de un contable. A diferencia de su predecesor, cuando detuvo a Edward en la entrada habló un inglés excelente. Para sorpresa de Edward, su nombre todavía figuraba en la lista de los Went. Y aún más sorprendentemente, vio que el nombre de Margaret también figuraba en ella. La duquesa debía de haber conseguido hacer que se la añadiera.
Entró torpemente en el vestíbulo sombrío y allí estaba ella. Era como si la visión de su nombre en la maltrecha tablilla con sujetapapeles del portero le hubiera hecho cobrar existencia. Margaret estaba esperándolo en el vestíbulo, sentada en un sillón de cuero marrón lleno de grietas, tranquila e imperturbable corno una ninfa de piedra.
Se levantó en cuanto lo vio, su gran bolso de cuero colgando encima de su cadera.
Edward medio esperaba que todavía mostrara señales del desastre en el Chenoweth -ojeras pronunciadas a causa de las noches sin dormir, pelo por lavar, una sombra de su antiguo yo-, pero estaba exactamente igual que cuando la vio por primera vez: discreta, informalmente vestida con una falda y un cardigan, con sus oscuros cabellos severamente cortados a la altura de la barbilla. Tenía la misma expresión resignada e indiferente en su pálido rostro ovalado, la misma postura de espalda perfectamente erguida.
De inmediato la envolvió en un abrazo de oso que ella ni invitó ni evitó y que le oprimió los brazos contra los costados. Edward se aferró a ella, los ojos firmemente cerrados para contener las lágrimas. No dijo nada y se limitó a abrazarla, sin importarle si la emoción que sentía era correspondida o no. Su fe en algo, no sabía qué, había estado a punto de desmoronarse, y la inesperada presencia de Margaret la había restaurado instantáneamente dejándola intacta, como si nunca hubiera flaqueado. Edward tuvo la impresión de haber estado vagando entre una neblina sin ella, sin ninguna expectativa de ser rescatado, y ahora Margaret había surgido de la nada para ponerlo a salvo.
–Te he echado de menos -dijo finalmente, y la soltó-. Te he echado de menos. ¿Dónde has estado?
–Estuve fuera. – Margaret bajó la mirada-. Lo siento. No quería verte.
–Creía que me habías abandonado.
Edward había olvidado lo bonita que podía llegar a parecer, con su cara larga y seria y la extravagante curva de su nariz. ¿Cómo podía no haber visto eso?
Se encaminaron a los ascensores y subieron juntos. El suave tañido metálico de los pisos que iban pasando era ensordecedor en el silencio.
Dentro, el apartamento se hallaba desierto, y no hicieran ningún intento de ocultar su presencia. Estaba claro que los Went ya se habían ido, y Edward pensó que debían de haberlo puesto a la venta. La gran alfombra oriental había sido enrollada y se hallaba en un rincón; una ligera doblez en el centro hizo que se inclinara cortésmente hacia ellos mientras pasaban por su lado. Una fina calima de polvo de yeso flotaba en la luz de última hora de la tarde que se filtraba a través de las ventanas, producto de la conmoción causada por los hombres de las mudanzas. De camino a la escalera de caracol, pasaron por delante del despacho de Laura Crowlyk. Estaba vacío excepto por un par de cajas de plástico amarillo con descripciones de su contenido garabateadas con Magic Marker negro a los lados. Una sensación de cambios drásticos e inminentes permeaba la atmósfera.
–Espero que no se llevaran los libros -dijo Edward. La ausencia de alfombras o cortinas había alterado sutilmente la acústica, haciendo
que sonara como si estuviera dirigiéndose a una sala de conciertos vacía.
Pero los libros seguían allí. Cuando Edward abrió la pesada puerta de metal al final de la escalera de caracol tirando de ella, la biblioteca los estaba esperando, al parecer sin haber sufrido cambio alguno desde la última vez que ellos estuvieron allí. Gruesas cortinas seguían cubriendo los ventanales. – ¿Has vuelto a venir aquí? – preguntó Edward-. Desde que regresamos del Anexo, quiero decir. – A pesar de sus esfuerzos, sintió que se sonrojaba en la oscuridad. Empezó a buscar a tientas la lámpara de pie, los brazos extendidos delante de él igual que un sonámbulo.
–Una vez -dijo Margaret. Señaló la vieja maleta que había contenido los libros que liberaron del Chenoweth. Estaba vacía, había vuelto a ponerlos en las estanterías. – ¿Sabes cuántas veces te llamé? –
De pronto la ira que Edward había estado alimentando en su interior regresó de golpe. Le lanzó una mirada feroz-. ¿Por qué no me respondiste?
Ella meneó la cabeza.
–Lo siento, Edward, yo sólo… Lo siento. Pensé que todo había terminado. Pensé que el códice había desaparecido y lo único que quería era… pasar a otra cosa. Quería olvidarme de ello.
Apretó los labios.
–Me fui a casa durante un tiempo.
–Bueno. – No iba a decir que la perdonaba, pero…-. Me alegro de que estés de vuelta.
Una hora antes Edward ardía en deseos de contarle todo lo que acababa de descubrir, pero ahora que ella estaba allí apenas era capaz de hablar. Al final fue Margaret la que habló primero.
–He estado leyendo a Richard de Bury -dijo sosegadamente-. Quizá nunca has oído hablar de él. Fue obispo de Durham en el siglo XIV y uno de los consejeros de Eduardo III.
También fue el primer gran coleccionista de libros que hubo en Inglaterra. Era implacable a la hora de hacerlo, no le importaba arruinar a una familia noble sólo por su biblioteca, y después de morir dejó varias listas de libros que había tenido intención de adquirir. Uno de ellos suena como si pudiera haber sido nuestro códice. Un viaje a
una tierra lejana, un volumen, ningún autor, de la biblioteca de Bowmry. Pero sus papeles no revelan si consiguió llegar a adquirirlo o no. »También hay algo en los papeles de un tal John Leland, custodio de la biblioteca del rey bajo Enrique VIII.
Se le encomendó la labor de crear un registro de los artefactos históricos de Inglaterra, libros incluidos, pero enloqueció antes de que pudiera llegar a completarlo. Sus papeles están en…
–Margaret, espera. – Le puso una mano en el brazo para que fuera más despacio-. Hay algo muy importante que tengo que contarte.
Edward respiró hondo y se lanzó. Empezó por contarle su desayuno con Fabrikant. Se encontró escogiendo y seleccionando la verdad con mucho cuidado, porque no quería contarle más de lo que ella necesitaba saber. Explicó la teoría de la duquesa acerca del esteganograma, tal como la había descrito el representante del duque, pero eludió la cuestión de lo que podía significar y por qué lo quería la duquesa.
Cuando terminó, Margaret miraba el techo mientras sus labios se movían en silencio.
–Un esteganograma -susurró casi para sí misma-. Un esteganograma. Qué idea tan ridícula. – Pensaba en voz alta-. La Esteganografía de Tritemio fue posterior a Gervase, muy posterior.
Aunque La nulidad de la magia de Bacon fue cien años anterior; Roger Bacon, no Francis. Y la sección en código del Equatoria de los planetis de Chaucer habría sido casi contemporánea. Si realmente fue Chaucer quien la escribió.
Se sentó a la mesa de trabajo.
–La verdad es que no creo que sea absolutamente imposible -dijo por fin, meneando la cabeza-. Técnicamente hablando. Pero es muy, muy improbable. No, es ridículo. ¡Es descabellado! ¿Y qué dice? ¿Y
por qué lo quiere la duquesa? ¿Por qué nos dijeron que dejáramos de buscarlo?
Edward suspiró.
–No lo sé.
–Si fuese real, ¿qué crees que haría la duquesa con él?
–No lo sé -volvió a decir Edward, con una punzada de culpabilidad.
Era un mal mentiroso, pero ella ni siquiera parecía sentir tanta
curiosidad. Margaret bajó la mirada hacia el reloj que llevaba en la muñeca y empezó a juguetear con él.
–Bueno, no importa, ¿verdad? – dijo amargamente. Se sentó en la vieja silla de oficina y cruzó las piernas-. Seguimos sin estar más cerca de lo que estábamos.
–Te equivocas. Ahora sí estamos más cerca. – Se quedó callado durante un segundo, vendiendo la frase-. Margaret, creo que sé dónde está el códice.
Ella dio un respingo, como si Edward acabara de arrojarle el contenido de una copa a la cara. – ¿Lo has encontrado? ¿Dónde está? –
Se agarró al borde de la silla y se inclinó hacia delante.
–No he sido yo -dijo él, hablando rápidamente-. Alguien más lo encontró, o asegura que lo hizo. Alguien que no lo quería. No me contó dónde estaba, pero me dio una pista. Si estoy en lo cierto, el códice se encuentra en esta sala.
Margaret miró nerviosamente alrededor como si el libro pudiera estar al acecho en un rincón oscuro, dispuesto a abalanzarse sobre ella.
–De acuerdo -dijo, tratando de calmarse-. Cuéntame tu teoría.
Edward estaba disfrutando de su gran momento. Echó a andar por la biblioteca y sus pisadas resonaron en el gran espacio vacío.
–En una ocasión me dijiste que algo de lo que sabemos acerca de Gervase proviene de documentos que fueron reutilizados en las encuadernaciones de otros libros.
Libros que a su vez fueron desencuadernados para recuperar los papeles originales.
–Sí -dijo ella lentamente-, es cierto. Aunque esos casos son relativamente raros.
–Bueno, ¿y si al códice le ocurrió lo mismo? ¿Qué pasa si alguien lo utilizó para hacer la encuadernación de otro libro? – ¿Por qué alguien iba a querer hacer eso? – preguntó Margaret con aire despectivo, una profesional que reprende a un aficionado por sus torpes meteduras de pata-. El procedimiento del que me hablas se utilizaba para el papel que ya no servía de nada. El códice habría estado escrito en pergamino.
Hay una gran diferencia. Esencialmente el pergamino es cuero muy fino: era caro, y poseía unas propiedades físicas muy distintas de las del…
–Pero escucha -la interrumpió Edward-. Tú sólo escucha. ¿Y si lo hicieron como una manera de ocultar el códice?
Ella dedicó un instante a pensar en aquella posibilidad.
–Bueno -dijo con voz serena-, eso implicaría un cierto daño para las páginas originales.
La pasta causa decoloración, y sin duda sería necesario practicar algún orificio. ¿Y por qué alguien iba a molestarse en hacerlo?
–Olvídate de eso por un momento. Limitémonos a suponer que lo hicieron.
Margaret se levantó y también echó a andar de un lado a otro.
–En un libro hay demasiado pergamino para que pueda ser ocultado incluso en una encuadernación muy gruesa. Como mucho podrías llegar a meter ocho o diez páginas. – Cierto. Ya pensé en eso.
Así que rompes el códice, repartes las páginas en varios grupos y las dispersas, esparciéndolas a través de una serie de volúmenes.
–De acuerdo. – Cruzó sus largos y esbeltos brazos-. Muy bien.
Supongamos que ese procedimiento fue llevado a cabo con el códice.
Ahora estamos buscando cualquier número de libros en vez de sólo uno. Estamos peor que cuándo empezamos.
–Exactamente. – Edward se dirigió hacia la vieja maleta-.
Margaret, ¿y si hubieras estado en lo cierto desde el primer momento?
¿Y si, después de todo, el códice estaba en la duodécima caja?
Dejó que su voz se perdiera en el silencio, cargado de elocuencia.
Edward advirtió que sus palabras empezaban a ser comprendidas.
Margaret fue a una de las estanterías y alzó su pálida mano para tocar la hilera de lomos gastados y polvorientos, tan delicadamente como si acariciase las escamas curtidas por la intemperie de un dragón dormido. Se inclinó para examinar más de cerca las etiquetas grises que ya se habían vuelto amarillas. Una pegatina rosada adherida al estante exhaló su último suspiro y cayó al suelo en un grácil aleteo.
Margaret no le prestó ninguna atención.
–Maldita sea -dijo con voz queda y sin vehemencia-. Esos números de referencia… Sabía que eran extraños. Lo sabía. – Los estudió a la tenue luz-. Es tan obvio -susurró-. Pusieron el códice dentro de los libros de la duodécima caja y la donaron al Chenoweth, conscientes de que allí quedaría perdida. Esos números y letras no son números de
referencia, sino que cumplen la función de firmas. ¡Y esas palabras tienen que ser contraseñas! – Alzó la mirada hacia Edward-.
Si el libro realmente está aquí dentro, ésos son los cotejos, en el mismo lomo. ¡No son números de referencia, sino las instrucciones para recomponer el códice!
Los ojos de ambos se encontraron. Edward sintió que se le ponía la carne de gallina en los brazos. De repente el pensamiento había pasado a hacerse realidad, surgiendo una tercera y sobrenatural presencia en la sala con ellos: el códice estaba allí, el fantasma de un libro, destripado y dispersado pero esperando ser devuelto a la vida.
Armándose de valor, Margaret sacó un enorme tomo del estante correspondiente a Urre -un volumen que había quedado abandonado allí debido a la diáspora de alguna enciclopedia olvidada- y lo llevó a la mesa de trabajo. Lo puso encima con un golpe sordo.
–Muy bien -dijo. Lo abrió y empezó a estudiar el interior de la cubierta. Pasó los dedos por los bordes, percibiendo su textura y grosor-. Estas tapas son cartón, no madera. Si las páginas del códice están aquí, entonces forman parte de la cubierta, debajo del cuero.
Sacó del bolso un cortaplumas de hoja de acero y, con un solo gesto muy seguro, practicó un largo corte recto a lo largo del reborde de la última guarda interior. Dejó el cortaplumas e introdujo la punta de los dedos. Apoyando el antebrazo en el libro para que no se moviera, sacudió enérgicamente con la otra mano la raja que había hecho. Un fino polvo seco salió de ella.
Margaret alzó la herida hacia la lámpara y miró dentro de ella. Al cabo de un momento, alzó la mirada hacia Edward y dijo:
–Vamos a necesitar un poco de dinero en efectivo.
Tardaron media hora en bajar todos los libros a la acera y meterlos dentro de un taxi. Al final tuvieron que registrar el apartamento de los Went en busca de viejas bolsas de la compra donde esconderlos. Sin duda no eran los primeros que transportaban las posesiones de los Went, porque el portero no vio nada sospechoso en lo que estaban haciendo. Incluso les llamó un taxi.
Margaret no quería arriesgarse a poner los libros dentro del maletero, por si las herramientas para cambiar las ruedas los estropeaban o había alguna mancha de aceite, así que tuvieron que
amontonarlos en el asiento trasero y luego embutirse dentro del taxi.
Los muelles reblandecidos de la vieja tapicería chasquearon y se hundieron bajo su peso. Margaret se apretó contra una de las portezuelas traseras, mientras que Edward tuvo que sentarse en el asiento delantero al lado del conductor, aplastado bajo una pila de libros que llegaba hasta el techo de vinilo.
Fueron por Lexington Avenue hasta adentrarse en el Bowery, y luego a través de Canal Street hasta el puente de Manhattan. Cada minúscula irregularidad en la calzada se transmitía hacia arriba con la precisión de un sismómetro a través de la suspensión sobrecargada del coche e iba directamente al trasero de Edward, pero a él le daba igual.
Durante semanas el códice había sido un objeto abstracto, místico y vaporoso; ahora Edward cerró los ojos, sintió el sólido peso tranquilizador de los libros en su regazo y se imaginó al taxi recorriendo el puente en un largo y dramático plano tomado desde un helicóptero, con el punto de vista que subía y se alejaba, el final de la película, luego empezaba a sonar el tema principal, los créditos desfilando por la pantalla. «Ya está -pensó-. Por fin se ha terminado.»
Weymarshe estaba al doblar la esquina. Como si le hubieran dado la entrada, el taxista empezó al son de la melodía que sonaba en la radio, muy alto y sin sentirse nada cohibido, en un acento de la Costa Este: Another Day de Wings se convirtió sin ninguna transición primero en Band on the Run y luego en She Blinded Me With Science, de Thomas Dolby, con el taxista haciendo la parte de los teclados para que no faltara de nada. Mientras cruzaban el puente, la rejilla metálica incrustada en el asfalto gimoteaba musicalmente debajo de los neumáticos.
Todo el centro de Brooklyn parecía hallarse en obras. El tráfico avanzaba a paso de tortuga por una tortuosa ciénaga de barreras, pozos de grava y caballetes con luces anaranjadas intercambiando parpadeos encima de ellos. El tráfico se detuvo por completo durante cinco minutos mientras Edward, paralizado bajo el peso de los libros, se vio obligado a contemplar por la ventanilla un restaurante llamado
¡Para el Buen Bistec! Ya había oscurecido cuando el vehículo se detuvo ante el edificio de cuatro pisos donde vivía Margaret, en una estrecha calle de casas marrones idénticas. Ella descargó el asiento trasero
mientras él pagaba al taxista. Luego empezaron a subir los libros por las escaleras, caminando rápidamente con las piernas dobladas y las pilas vacilantes sujetas debajo de sus barbillas.
En una ocasión Edward había visto el edificio de Margaret desde fuera, pero nunca había estado dentro y lo había imaginado perezosamente como una especie de cubil para estudiosos, un claustro de una sola habitación recubierto por paneles de madera oscura, con una mesa de lectura tapizada de fieltro verde. En lugar de eso, Margaret lo hizo subir tres tramos de escalones (dos cochecitos de niño plegados como un par de arañas gigantes en proceso de apareamiento convertían el tenebroso hueco de la escalera en un lugar encantado) y lo llevó al interior de un estudio oscuro, sin decorar y caótico, en el cuarto piso de lo que antaño debía de haber sido una acogedora residencia burguesa antes de ser dividida en apartamentos individuales de alquiler. Las paredes eran blancas y los techos muy bajos. Todo parecía más pequeño de lo normal: la nevera era la mitad de grande que un modelo convencional, y el sofá cama no era mucho más grande que la litera de un niño. Estanterías improvisadas, edificios inestables hechos con tablas de pino y bloques de ceniza prensada llegaban hasta el techo.
El único mueble de tamaño normal que había en el apartamento era un colosal escritorio de madera colocado junto a las ventanas. Debía de pesar media tonelada, y parecía salido del despacho del presidente de un banco del Medio Oeste. Margaret barrió de él los papeles arrojándolos sobre la cama y empezó a hurgar dentro de un armario en busca de suministros, que dispuso a toda prisa en una ordenada línea a lo largo de la superficie del escritorio: rollos de cinta adhesiva blanca, grandes pinzas de metal reluciente, pinceles de pelo suave, agujas de hacer punto, un bote lleno de pasta, espátulas surtidas, trozos de papel de aspecto exótico, láminas de plástico transparente rígido y un delgado estuchito negro, que se abrió para revelar un reluciente escalpelo quirúrgico acomodado en un nido de terciopelo.
Edward estaba listo para empezar con el desvelamiento, la excavación o la recomposición, cualquiera que fuese el término apropiado para el proyecto que se disponían a iniciar, pero Margaret lo envió al colmado más cercano en busca de Coca-Cola light y Q-tips.
Edward obedeció sin protestar, pero mientras caminaba por los sucios
pasillos que olían a orina, repletos de pañuelos de papel sin marca, galletas caducadas y latas de anónimas raíces caribeñas, se preguntó si debería tratar de contactar con la duquesa y contarle lo que estaba sucediendo. Al volver, se detuvo en un teléfono público y probó suerte con el número del apartamento de los Went. Nadie respondió, lo cual tenía sentido, dado que él acababa de estar allí y el apartamento se hallaba vacío. Sintiéndose un poco idiota, dejó un adusto mensaje para Laura diciéndole que lo llamara a su móvil y colgó.
Cuando regresó, Margaret estaba inclinada sobre el primero de los libros, una hermosa edición de los Idilios del rey de Tennyson con ilustraciones de Gustave Doré, que yacía como un paciente quirúrgico en el círculo de luz de una lámpara halógena. No le mostró compasión alguna. Con unos cuantos cortes, separó el lomo y la cubierta del bloque de páginas que contenían.
–Estoy violando la primera ley de la preservación -murmuró. –
¿Que es?
–Nunca sometas un libro a ninguna operación que no puedas invertir.
Dejó a un lado con sumo cuidado las hojas liberadas y se concentró en las cubiertas.
–Nunca se lo contaré a nadie -dijo Edward.
Guardó las latas de Coca-Cola dentro de la nevera en miniatura de Margaret que, por lo demás, sólo contenía una caja de levadura en polvo y un recipiente Tupperware lleno de lo que parecía queso fresco.
Cuando hubo terminado, se sentó con mucho cuidado en la cama, que estaba pulcramente hecha y cubierta con una colcha, quizá cosida a mano, bastante gastada y llena de bultos.
–En algún momento de la Edad Media la gente decidió que seguir haciendo las cubiertas de los libros a partir de la madera resultaba demasiado caro -explicó Margaret-, así que empezaron a usar el cartón, que por aquel entonces consistía en hojas de papel pegadas con cola y recubiertas de cuero. También empezaron a sustituir el pergamino por el papel para las páginas. El papel no se deforma como lo hace el pergamino, así que ya no necesitaban esas pesadas cubiertas de madera para mantener planas las páginas.
Cortó las cubiertas y apartó el lomo separado del cuerpo del libro, tomando nota primero de lo que había escrito en él. Edward torció el gesto, pero Margaret mostraba la típica insensibilidad del estudioso acerca del bienestar físico de los libros: ella ya había visto suficientes bibliocidios para que nada pudiera escandalizarla.
–Es asombroso, cuando piensas en ello -continuó-. No podía haberles importado menos qué papel usaban. No estaban interesados en preservar la historia. Simplemente cortaban cualquier libro que nadie estuviera leyendo en aquel momento. A veces utilizaban obras de literatura que tenían cientos de años, libros que nosotros habríamos protegido debajo de un cristal en un museo incluso entonces, así que ya no hablemos de ahora. Eran tan raros…
Frunció el entrecejo y meneó la cabeza, como si se tomara personalmente la incomprensible conducta de épocas anteriores.
–Olvidamos que no todas las épocas estaban tan obsesionadas con la identidad del propietario como lo está la nuestra. En tiempos de Gervase un autor sólo se interesaba por la verdad: era su mayordomo, su conservador temporal, no su propietario. Ellos no tenían ninguna concepción del plagio. Si un hombre copiaba algo que había escrito otra persona, eso no era un crimen, sino un servicio a la humanidad. Y
consideraba sus propios escritos del mismo modo.
Mientras él estaba fuera, Margaret había preparado una solución de disolventes dentro de un recipiente para mezclar de acero inoxidable. Trabajando deprisa y con cuidado, utilizó una esponja para esparcir el líquido transparente alrededor de los bordes de las cubiertas de cartón, ahora reducidas a dos paneles vacíos, y después les aplicó una gruesa capa de pasta blanca, que dejó secar durante un minuto.
Cuando el cartón estuvo bien saturado, Margaret raspó la pasta y se dispuso a separar los bordes de la guarda del cartón con el estrecho filo de una espátula de cocina. Progresó lentamente a lo largo de los cuatro lados. Después levantó la guarda y se apresuró a secar las partes humedecidas con los trozos de papel.
Cuando apartó el papel que había estado utilizando como secante, Edward y Margaret se encontraron contemplando la primera página del códice.
Edward llevaba tanto tiempo buscándolo que había dejado de pensar en él como un objeto físico, algo que podía ser visto y tocado, manipulado y leído. Cuando pensaba en él, lo imaginaba como algo salido de un episodio de Scooby-Doo, un volumen místico que flotaba en el aire sin que nada lo sostuviera, iluminado desde dentro por un fantasmagórico resplandor verde y con unos coros celestiales cantándole serenatas, mientras sus páginas se volvían por sí solas como bajo una mano invisible. Pero allí estaba: puesto ante él encima del escritorio de Margaret, tan sucio y desmadejado como un bebé recién nacido que estuviera pidiendo disculpas por su pésimo aspecto.
No había esperado que fuera tan hermoso.
La página no era especialmente grande, no mucho mayor que el folio estándar de una hoja de papel blanco para xerocopias, pero sí infinitamente más fragante: un delicado aroma, entre húmedo y mohoso; se alzó de ella cuando Margaret la puso al descubierto. Ella ya le había advertido de que podía estar dañada, y lo estaba, con la franja de un centímetro y medio de anchura que corría a lo largo de tres de sus bordes manchada de un intenso marrón quemado, pero el resto de la página era de un liso color crema levemente moteado. El Tennyson había sido un libro grande, por lo que quienquiera que hubiese escondido la página allí no había tenido que doblarla para que cupiera.
La página contenía dos densas columnas de texto manuscrito, perfectamente centradas tanto vertical como lateralmente y con los finales de las líneas tan bien igualados como si hubieran sido justificadas en un procesador de textos. Estaban rodeadas por espaciosos márgenes y escritas en una tinta que antaño podía haber sido negra, pero que se había vuelto de un intenso color caoba.
Esparcidas al azar por la página, una letra aquí y un sigilo allá habían sido realzados en rojo oscuro o liso oro metálico.
La escritura era una densa masa que recordaba más bien a un seto de enredados espinos negros o a las volutas en el hierro forjado de una escalera contra incendios. Era casi completamente ilegible; sólo cuando Edward fijaba la vista en una única palabra, un par de los puntiagudos garabatos se definían lentamente en letras reconocibles. ¿Qué significaba? Edward contempló el texto y éste rieló, augurando una promesa de sentido pero sin divulgar nada. Era como los problemas de
ajedrez que él había resuelto con tan ridícula facilidad cuando tenía siete años, y que ahora contemplaba en el periódico con una impotente incomprensión. Por alguna razón, Edward quería saber tan desesperadamente lo que decía que le ardieron los ojos, pero el texto se le resistía; era como la escarcha del significado, condensada y recogida sobre el papel en aquella negra tracería, con su oscuridad brillante casi cegadora.
Hacia la mitad de la columna de la izquierda, el escribiente había convertido una gran Y en un cuadro en miniatura: un campesino jorobado y de aspecto miserable acarreaba una rama de árbol seca encima del hombro a través de un paisaje nevado, doblado bajo su carga, como si el peso de lo que ésta significaba fuese demasiado deplorable para soportarlo.
–Tiene un aspecto muy auténtico -dijo Margaret clínicamente.
Edward volvió bruscamente a la realidad. Se preguntó cuánto tiempo llevaba de pie allí mirando el texto. Margaret manipulaba la página como si tal cosa, pero a él le pareció ver temblar sus dedos.
–Un papel pergamino de una finura excepcional -dijo ella-.
Necesitaríamos un microscopio para estar seguros, pero parece piel de ternero no nacido. – ¿Ternero no nacido…?
–Papel de pergamino hecho a partir de la piel de una vaca embarazada. Era muy apreciado y salía muy caro. Trabajando con gran esmero, empapando y secando, tensando y tirando, Margaret soltó y retiró una segunda página de la misma encuadernación, y luego una tercera. Si sentía algo de la poderosa expectación que experimentaba Edward, su metódica falta de prisa no la traicionaba. A las nueve Margaret había terminado con el Tennyson: el volumen había arrojado un total de seis hojas de papel de pergamino, un poco arrugadas y llenas de manchas pero intactas. Pusieron las páginas a secar encima de la cama, previamente cubierta con papel de cocina. En un par de sitios, la tinta se había abierto paso a través de la página; la tinta hecha con hierro y hiel podía ser altamente corrosiva cuando se la mezclaba imperfectamente, explicó Margaret. Mientras ella las extendía, Edward vio que en realidad las páginas eran hojas de tamaño doble, cada una de ellas doblada por la mitad y cubierta de escritura por ambos lados,
haciendo un total de cuatro páginas, con orificios subiendo por el centro allí donde habían estado cosidas a la encuadernación.
Cuatro latas de Coca-Cola light yacían en el suelo alrededor del asiento de Margaret.
Puesto que no había ningún sitio donde sentarse, Edward se sentó en el suelo de linóleo agrietado de la cocina, apoyando la espalda contra la nevera que zumbaba suavemente y los pies en la pared de enfrente.
Se dedicó a observar a Margaret. Incapaz de marcharse o ayudar de alguna manera, Edward era una presencia inútil. El apartamento de Margaret proporcionaba pocas distracciones. La única ventana de buen tamaño encima de la cama daba a la parte posterior de una casa de comidas, donde mozos mexicanos vaciaban perolas llenas de agua sucia y escuchaban música de mariachis. Los hombros y los brazos de Margaret trabajaban mientras cortaba, desprendía y secaba las valiosas páginas. Se había recogido el pelo hacia atrás en una corta coleta sujeta por una banda de goma color rosa, de la cual habían escapado unos cuantos mechones que flotaban en el aire.
–Voy a buscar algo de cena -dijo Edward al cabo de un rato.
–En la esquina con Vanderbilt hay un chino, el jardín de Wah.
Edward se levantó del suelo. – ¿Qué quieres?
–El número 19, pollo con salsa de ajo. Y empanadillas al vapor. Y
quizá podrías traer un poco más de Coca-Cola light.
A medianoche Edward se dio cuenta de que se había quedado dormido en el suelo, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta.
La comida china había desaparecido, los recipientes de cartón blanco vacíos se hallaban dispuestos en un ordenado montón sobre la encimera de la cocina. En el escritorio de Margaret había un vaso alto lleno de un líquido nebuloso y un vago color a lima.
Margaret seguía trabajando con el mismo nivel de energía y concentración que cuando había empezado hacía seis horas. Ahora la pila de libros intactos a su izquierda se había reducido, al contrario que el montón de libros destripados y desmantelados a su derecha.
Edward la observó trabajar, tan abstraída que no era consciente de su presencia, y se preguntó cuántas noches habría consumido Margaret de aquella manera, una tras otra, hasta que ya no quedaba nada más que el amanecer, con nadie allí para cuidar de ella del modo en que lo
estaba haciendo él en aquel momento. Se veía empujada hacia delante por la fuerza de su voluntad, propulsada por algún motor interior cuyos mecanismos Edward sólo podía tratar de adivinar. Se le ocurrió pensar que para Margaret aquella labor masoquista, sostenida y obsesiva era lo que pasaba por felicidad. Él estaba buscando una manera de escapar del trabajo, pero el trabajo era todo cuanto ella tenía. Se preguntó si también era todo lo que quería.
Se levantó, puso las manos en las caderas y arqueó su rígida espalda.
–Estás despierto -dijo Margaret sin levantar la vista.
–Ni siquiera sabía que me había quedado dormido -dijo él estúpidamente, y se aclaró la garganta-. ¿Qué bebes?
–Es un Tom Collins. Sin el vodka. Me gusta la mezcla -añadió ella, un poco avergonzada.
Edward utilizó el cuarto de baño (uno de los largos cabellos oscuros de Margaret estaba pegado a la pared del plato de ducha hecho en plástico moldeado), recogió los restos de la cena y luego fue a la cama para examinar las páginas.
–Bueno -dijo, sintiéndose un poco mareado-, aquí está.
Había veinte o treinta páginas, en distintos estados de conservación y deterioro. Algunas, como la primera que había visto, se hallaban en un estado casi prístino; otras habían sido dobladas dos o incluso tres veces para que cupieran dentro de libros más pequeños, sufriendo los efectos de la humedad y la acidez, de tal forma que su color iba desde un crema de aspecto muy nuevo hasta un oscuro marrón quemado.
Unas pocas estaban tan salpicadas de oscuras manchas de moho en proceso de expansión que parecían mapas de la superficie lunar.
Las mejores partes, las únicas que significaban algo para Edward, eran las iluminaciones: una H transformada en un castillo, o una F en un árbol de robusto tronco que apenas se elevaba del suelo. Los animales parecían tener más personalidad que las personas: nerviosos perros parecidos a lebreles; afables ovejas; caballos serios y de pío aspecto. En una página una salamandra bermeja que sonreía sinuosamente acechaba a lo largo del extremo inferior del texto. Los pigmentos eran tan frescos y vívidos que parecían húmedos; en algunos
lugares los colores habían sido extendidos en capas tan gruesas que la página se había deformado y quedado rígida debajo de ellos.
Por fin Margaret terminó apiadándose de él y se levantó para mirar también las páginas.
–Hay algo extraño en estas imágenes -dijo-. Pero no consigo llegar a ver qué es. Por la manera de manejar la pluma, parece como si el escribiente y el iluminador hubieran sido la misma persona, cosa nada habitual pero que desde luego no carece de precedentes. La calidad es alta. ¿Ves ese cielo de un azul tan brillante? El color fue obtenido triturando lapislázuli importado de Afganistán. Ese pigmento era tan caro como el oro. – ¿Puedes leer la escritura?
–Por supuesto.
Edward se sentó con mucho cuidado en el borde de la cama. – ¿Qué pone? – preguntó nerviosamente-. ¿Es el mismo texto que el Viaje?
–Creo que sí. Al menos algunas partes coinciden. Apenas he tenido tiempo de mirarlo. – ¿Qué quieres decir con eso de algunas partes?
Ella frunció el entrecejo y la comisura de sus labios se torció hacia abajo.
–Es demasiado pronto para decirlo esta noche. – Agitó la mano con la que sostenía el escalpelo de acero-. He estado leyendo algunos fragmentos mientras trabajaba. Hay cosas aquí que no reconozco; cosas que no están en el texto moderno. En esta versión hay mucho más acerca del hijo del señor del castillo al que se dio muerte mientras perseguía al caballero ciervo.
El texto llena páginas enteras sobre lo poderoso que habría podido ser ese héroe. Pasajes sentimentales. »Y aquí, en este pasaje. – Señaló una de las páginas-. Durante sus viajes, el señor del castillo se encuentra con una mujer que le da una semilla. Él cree que la mujer es una virgen sagrada, pero cuando planta la semilla brota un árbol gigante en cuyas ramas viven demonios.
–Pero ¿qué hay de ese mensaje secreto? ¿El esteganograma, o lo que quiera que sea?
Ella negó con la cabeza.
–Ni siquiera sabría dónde empezar a buscarlo, Edward. Incluso si es real. Si está aquí, podría estar en cualquier sitio; escondido en un
dibujo, o escrito en tinta invisible, o tramado en diminutos alfilerazos, o en cualquiera de un gran número de códigos alfabéticos medievales.
Cada palabra podría representar una letra o cada letra podría representar una palabra, con el número de letras en cada una de ellas pudiendo representar una letra a su vez. Los autores de los códigos medievales eran gente llena de recursos. Y Gervase pasó algún tiempo en Venecia.
Los venecianos eran los maestros de la criptografía en el mundo medieval.
Edward se inclinó sobre la página en la que había la F y la estudió atentamente. Como máximo lograba distinguir dos palabras cada vez:
"entonces… jardín… brotó del.."
Margaret le observó contemplarlo con los ojos entornados.
–Es hermoso, ¿verdad? Esa caligrafía nunca estuvo destinada a los profanos. Fue concebida para que se la escribiera lo más deprisa posible y ocupara el menor espacio, para así ahorrar tiempo y papel.
Algunas palabras están abreviadas, otras han sido fusionadas entre sí.
La técnica es conocida como littera textura, «palabras entretejidas».
Es preciosa, pero se necesita mucha práctica antes de poder descifrarla.
Y mira aquí.
Cogió una página, sosteniéndola con mucho cuidado sobre sus palmas planas, como una sacerdotisa que estuviera haciendo una ofrenda. La alzó ante la lámpara del escritorio para que la luz mostrara la textura del pergamino al brillar a través de ella.
–Fíjate bien -dijo-. Esto es algo que no esperaba. Todavía no puedo leerlo, no sin una luz ultravioleta.
Edward miró. Detrás de las letras oscuras, corriendo en perpendicular a ellas para descender verticalmente hacia abajo, había franjas de un marrón muy tenue, tan débil que casi se habían confundido con el marrón pálido del pergamino alrededor de ellas.
Cuando Edward miró con más atención, vio que las franjas estaban compuestas de letras, bandas de escritura fantasmal que flotaba tras la precisa caligrafía negra de Gervase.
–Y esto es todavía más curioso -dijo Margaret secamente-. Este papel ha sido reutilizado.
Había algo más escrito aquí, un texto anterior que fue raspado para hacerle sitio al Viaje.
Nuestro códice es un palimpsesto.
A pesar de todos sus esfuerzos, la excitación inicial de Edward fue cediendo gradualmente ante el agotamiento conforme transcurría la noche. Mientras Margaret seguía adelante en una orgía de trabajo, él volvió a sentarse apoyado contra la pared. Cerró los ojos, sus zapatos salieron de los pies. De algún modo se encontró en la cama, hecho un ovillo para mantenerse alejado de las preciosas páginas, el brazo extendido sobre los ojos para ocultar la luz. La música de mariachis alcanzó el clímax y cesó por el resto de la noche. Edward contempló el feo techo rebajado con tablas de aglomerado del apartamento de Margaret. Nunca se había sentido tan cansado. La almohada sobre la que reposaba su cabeza olía maravillosamente, como el pelo de Margaret. Cerró los ojos y sintió que la habitación giraba lentamente alrededor, como si estuviera borracho.
Imaginó las páginas del códice flotando por todas partes en torno a él, como fláccidas hojas marrones sobre la superficie cristalina de un estanque en el que Edward flotaba boca arriba como un muerto, o una piscina de patio trasero que iba llenándose de restos en aquellas primeras semanas de septiembre. En el Maine de su infancia aquéllas eran unas semanas terribles, cuando el clima le recordaba que el verano era una anomalía temporal, algo a lo cual no había que habituarse, y que Bangor, si bien superficialmente parecía civilizado, compartía su gélida latitud con lejanías tan septentrionales como Ottawa y Halifax. Más tarde tendría vagos e infundados recuerdos de Margaret no leyendo, sino hablándole (¿soltándole una disertación?,
¿suplicándole?), mientras sacudía la cabeza con desaprobación, incredulidad o quizá decepción.
Pero nunca podría recordar de qué estaba hablando, o ni siquiera si aquello había sido real o sólo un sueño.
Despertó para encontrarla recogiendo el resto de las páginas de la cama alrededor de él y apilándolas sobre su escritorio. Edward se deslizó entre las sábanas sin abrir los ojos, como un bebé. Poco después oyó apagarse la luz y notó que Margaret se acostaba junto a él.
En la oscuridad, en su estrecha cama de matrimonio, era como si Margaret fuese una mujer distinta: cálida, suave, próxima y dispuesta a tocar, a la vez reconfortante y necesitada de que se la correspondiera, nada que ver con la hosca y difícil Margaret diurna a la que él estaba acostumbrado. Sus largas piernas se hallaban desnudas y tenían un poco de pelo. Se volvió de lado, apartándose de él, y Edward se pegó a ella y sintió la cálida forma de su cuello.
Margaret todavía llevaba las bragas y una camiseta, pero la desnudez de sus piernas hacía que se sintiera su calor. Sus fríos pies descalzos se mezclaron con los calcetines calientes de Edward. Entonces se volvió hacia él y Edward la ayudó a quitarse la camiseta por encima de la cabeza. De pronto el mundo se encogió hasta quedar convertido en la diminuta isla tropical de cama que compartían, llevándolos hacia el centro de un oscuro mar que se mecía suavemente.
Margaret lo estaba sacudiendo. Edward miró la radio despertador.
Eran las cuatro de la madrugada.
–Dios mío -dijo. Se volvió y puso una almohada encima de su cabeza-. ¿Todavía no duermes?
–Edward -dijo ella. Había una insólita nota de urgencia en su voz-.
Edward, tienes que despertar. Necesito que mires algo.
Edward abrió los ojos. Había entrado en calor, estaba cansado y se encontraba a gusto en la cama, pero la novedad de que Margaret solicitara su consejo poseía cierto atractivo. Se incorporó. El resplandor de la lámpara de escritorio le hacía daño en los ojos. Aun así, pensó que Margaret parecía asustada.
Margaret tenía una lupa en la mano, lo que le recordó a la duquesa cuando la había comparado con Nancy Drew, y sobre el escritorio había un montón de páginas del códice. Se había puesta una sudadera gris sin ninguna afiliación particular y llevaba unas gafas rectangulares a la última moda, que Edward nunca le había visto antes. Durante el día debía de llevar lentes de contacto, pensó. Olía deliciosamente a pasta dentífrica mentolada.
–Edward -dijo ella melodramáticamente, mirándolo a los ojos-. Lo he encontrado. – ¿Qué has encontrado?
–Lo he encontrado. He encontrado el esteganograma, el mensaje oculto. La duquesa tenía razón: es real.
Edward sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Los últimos vestigios del aturdimiento del sueño se desvanecieron. – ¿Qué? ¿Se puede saber de qué estás hablando? – le dijo-. No puede ser real.
–Ya sé que no puede ser real. Pero lo es.
Edward la miró fijamente. Quería compartir su entusiasmo, pero sólo sintió frío. Entonces comprendió que en realidad él no quería que el mensaje fuera real. Su victoria ya era completa.
Tenían el códice. No quería todo lo demás: el mensaje secreto, la intriga, las alarmas y las digresiones y revelaciones. – ¿Qué dice?
–Espera. Prefiero enseñártelo.
Cogió la primera página del montón que había encima del escritorio. Edward se acercó, se detuvo detrás de ella y dejó que sus manos reposaran sobre los hombros de Margaret.
–Recordarás -dijo ella- que había algo en esas iniciales historiadas, las letras grandes iluminadas, que me tenía preocupada. – Su voz encontró lentamente el camino de regreso a su sereno tono de conferenciante-. Si las miras, verás que no hay nada demasiado inusitado en su colocación, o su ejecución. Está la O, por ejemplo, que forma un marco alrededor de una madre y su hijo.
–De acuerdo.
–No es la imagen la que no tiene sentido, sino el contexto. Lo habitual es que el tema de una inicial historiada provenga del que aparece en el texto que la rodea, pero aquí no encuentro ninguna conexión. El pasaje no tiene nada que ver con una madre y su hijo, habla del héroe cruzando el océano en una embarcación.
–Cierto. De acuerdo, quizá se trate de una conexión metafórica -
sugirió él sin pararse a reflexionar-. Océano como madre o algo por el estilo. – Se hizo sombra en los ojos que empezaban a acostumbrarse a la luz.
Ella frunció el entrecejo.
–No lo creo. Sería anacrónico, porque… -¡Perfecto, perfecto! Date prisa, que me estás poniendo muy nervioso. Limítate a contarme lo que significa.
–En sí mismo no significa nada. Pero comprobé las otras ilustraciones, y ocurre lo mismo en cada una de ellas. Ninguna ilustración guarda relación real con el texto que la rodea. »Después de
mirarlas durante un buen rato, decidí hacer una lista de todas las letras que el escribiente había optado por ilustrar. Pensaba en la Hypnerotamachia Poliphili, en la que el autor escribió una carta de amor utilizando las primeras letras de cada capítulo. Era monje, y nadie se dio cuenta de ello hasta después de que hubo muerto. Pero eso no es lo que ocurrió aquí. El códice tiene treinta iniciales historiadas, pero no deletrean ningún texto. Mira, las he escrito por orden.
Margaret le enseñó una página de su cuaderno con las letras copiadas en orden:
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