El Códice secreto

Lev Grossman · Capítulo 29 de 30

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El Códice secreto

Capítulo 2

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–Edward. ¿Qué está pasando?

Edward ni siquiera se incorporó en la cama. Se limitó a volverse para coger el teléfono y acercárselo a la oreja. Había regresado a su apartamento. Margaret lo había echado al amanecer, según lo prometido, y después de buscar un taxi durante lo que parecieron horas por las largas aceras desiertas, llenas de basura y con todo cerrado de Flatbush Avenue, finalmente se dio por vencido y cogió el metro. Llevaba media hora durmiendo, treinta deliciosos minutos de inconsciencia salpicada de nubes y teñida por los colores del arco iris, cuando sonó el teléfono. – ¿Edward? – repitió la duquesa, más impaciente que antes-. ¿Estás ahí?

–Estoy aquí.

–Suenas raro. ¿Ocurre algo?

Edward meditó en ello durante unos momentos antes de responder, sopesando por igual ambos lados de la pregunta y tomando en consideración la complejidad y el alcance de las circunstancias.

–Estoy perfectamente -dijo.

–Dejaste un mensaje en el contestador. – La duquesa presentaba 1u modalidad imperiosa, su voz dura y apremiante, acero lustrado-. ¿Qué está pasando? ¿Tienes otra pista?

Él seguía hallándose en la desventaja de una persona dormida que habla con otra despierta, pero se aclaró la garganta y consiguió decir:

–Blanche, lo- tengo. Tenemos el códice. Anoche lo encontramos. –

¡Oh, gracias a Dios! – murmuró ella.

La duquesa dejó el teléfono y Edward oyó el golpe sordo del auricular al chocar contra algo. Luego percibió un teatral suspiro de alivio, seguido de una risa histérica que sonó aterradoramente próxima a un sollozo. Se sentó en la cama. Le pareció oír respirar pesadamente a la duquesa. Ésta tardó medio minuto en volver a coger el teléfono. –

¡Gracias a Dios, creía que nunca lo encontraríamos! – dijo con tono alegre, como si no hubiera ocurrido nada, como si él acabara de

comunicarle que había encontrado su lente de contacto perdida-. No es que yo haya sido de mucha ayuda, ¿verdad? ¿Dónde estás?

–Estoy en mi apartamento. – Volvió a tenderse en la cama-. Usted me ha telefoneado aquí.

–Tienes razón. Dios mío, estoy perdiendo los pedales. ¿Tu chica está ahí? – ¿Que si está aquí quién? – ¿Que si está aquí quién? – Ella lo imitó y volvió a reír, esta vez no tan agradablemente como antes-. Me refiero a Margaret. ¿Está ahí contigo?

–Ella no es… -Suspiró. En fin, lo que fuese-. No. Estoy solo. – ¿Qué vas a hacer ahora?

–No lo sé. – La respuesta le salió con un tono más quejumbroso de lo que pretendía, pero era cierto. Habían ocurrido tantas cosas que ni siquiera había terminado de pensar en ellas-.

Dígamelo usted. ¿Debería ir a Inglaterra?

Tras un instante de silencio, ella respondió:

–Sí. ¿Por qué no?

–Pero eso no es lo que usted quería, ¿verdad?

Edward hacía conjeturas, dando palos de ciego en la oscuridad.

–Claro que sí dijo ella con tono conciliador-. ¿Cuándo puedes estar aquí?

–Tengo hecha una reserva en un vuelo para dentro de un par de días: E H paga el viaje. Espere un momento y miraré las horas de vuelo. – ¿Un par de días? Lo necesito mucho antes.

–Bueno, supongo que podría tratar de encontrar un vuelo que salga antes.

–No te preocupes -dijo ella bruscamente-. Yo me ocuparé de ello.

El tono pícaro de la muchacha había vuelto a esfumarse para dar paso a una gélida y firme voz de mando, la voz de alguien acostumbrado a utilizar el dinero para comprimir el tiempo y la distancia según sus propias especificaciones. Edward imaginó a la duquesa haciendo desfilar legiones enteras de doncellas a golpe de órdenes con esa voz.

–Quédate donde estás hasta que tengas noticias mías, y no hables con nadie. ¿Cómo suena eso? ¿Eres capaz de hacerlo?

Colgó sin esperar una respuesta.

–Corto y cierro -le dijo Edward al teléfono muerto. Desconectó el timbre y volvió a quedarse dormido.

Alguien llamaba con los nudillos a la puerta de su apartamento. –

¡De acuerdo, de acuerdo! – vociferó Edward sin abrir los ojos. Se quedó tendido en la cama durante unos cuantos segundos más, saboreando airadamente los últimos momentos del sueño. Luego se levantó.

Fue al cuarto de baño, se echó agua en la cara y se envolvió en un esponjoso albornoz blanco. Sentía los ojos como si los tuviera llenos de masilla reseca. Cinco mensajes en el contestador. Por unos segundos, ni siquiera se acordó de lo que había sucedido la noche anterior, y luego todo volvió a su memoria en un súbito torrente. No había tiempo para pensar en ello. Echó un vistazo por la mirilla.

La persona que había en la puerta era Laura Crowlyk. Su rostro largo y pecoso, completamente despierto, estaba enrojecido por la excitación. Edward abrió la puerta. – ¡Edward! – exclamó ella. Alzó los brazos para ponerle las manos en los hombros y lo besó larga y ruidosamente en la boca-. ¡Lo has encontrado!

Edward dio un paso atrás, sintiéndose bastante aturdido, y Laura Crowlyk pasó rápidamente junto a él y entró en el apartamento.

–La duquesa me ha telefoneado. – Hizo una pausa y volvió a abrazarlo, como si por fin estuvieran celebrando una reunión largamente esperada-. ¡Sabía que eras tú! – dijo en su hombro-.

Siempre supe que eras tú. – ¿Lo sabía?

–Sólo puedo quedarme un minuto. – Lo empujó apartándolo de ella-. Tenemos muchas cosas que hacer. Laura estaba completamente transformada. Su aire altivo había desaparecido, dando paso a un demencial buen humor. Sus serias facciones no eran apropiadas para un estado de alegría tan extrema. Dejó caer su bolso Coach de cuero sobre la mesa de la cocina de Edward.

–Voy a vestirme -dijo él.

Cogió algo de ropa limpia y se batió en retirada al interior del cuarto de baño, sosteniendo las prendas con gesto protector ante él.

Cuando volvió a salir, vestía una camiseta y unos tejanos, sintiéndose marginalmente más humano. Laura ya había puesto el café al fuego.

Edward se apoyó en el canto de la encimera. Se sentía un poco mareado por la falta de sueño.

–Bueno, ¿y qué puedo hacer por usted?

Ella sacó del bolso un sobre de color crema y se lo tendió.

–Billete de avión -dijo sin más.

Edward abrió el sobre. Era un vuelo de ida para Londres, clase ejecutiva. Al parecer, efectivamente la duquesa se había ocupado de todo. – ¡Dios mío, este vuelo sale dentro de cinco horas!

–Fue el primero en el que pude conseguirte un asiento.

–Mire, no tiene por qué hacer esto -le explicó Edward pacientemente-. La empresa ya paga mis gastos de desplazamiento a Londres. Tengo un vuelo que sale el martes.

–El asunto no puede esperar hasta el martes -repuso ella secamente-. No puede esperar ni un solo minuto más. Ahora todo está empezando, Edward. Si no puedes ir, enviaremos a alguna otra persona.

–No, iré -dijo Edward, molesto.

–Bien. Una limusina te recogerá aquí al mediodía para llevarte al aeropuerto. Tendremos un coche esperando en Heathrow.

Le entregó un segundo sobre, éste considerablemente más grueso.

–Mil dólares y mil libras -explicó-. Para cualquier gasto que tengas.

Edward no lo abrió. No necesitaba hacerlo. No era idiota, sabía que estaría todo allí. Bajó la mirada hacia los sobres, el dinero en una mano, el billete en la otra, y después miró el rostro sonrojado y expectante de Laura. Un gas rarificado e intoxicante había empezado a llenar sus pulmones y corría por su sangre: felicidad. Por fin estaba sucediendo. Edward estaba pasando a través de la puerta para trasladarse hacia el mundo de ella, el mundo de la duquesa. Puso bien los sobres con el gesto rápido y decidido de un profesional de los negocios y los dejó a un lado antes de que pudiera hacer alguna estupidez, como sostenerlos ante la luz o husmearlos para percibir su aroma de dinero recién impreso.

Se sentó a la mesa de la cocina y asió con ambas manos el objeto más familiar que tenía a su alcance, su tazón recuerdo de Enron lleno de café caliente, como si fuese el único punto de apoyo sólido en un universo que, por lo demás, había empezado a escorarse rápidamente.

Las últimas veinticuatro horas habían sido tan frenéticas y semejantes a un sueño que apenas las había percibido, como una andanada de correo electrónico todavía por leer, pero ahora todas hacían impacto a la vez. El dinero no importaba, por supuesto. Sin duda era mucho más de lo que requerían las circunstancias pero infinitamente menos que un recorte de uña para los Went. Era más bien lo que representaba, la facilidad con la cual era dispensado y su evocación de las sumas inimaginables que se alzaban tras él. Edward volvió con el pensamiento a la primera y única vez que había visto a la duquesa en carne y hueso.

Los rizos oscuros bajo el ala de su sombrero, su pálido rostro vuelto hacia arriba, aquella boca de grandes labios que te partía el corazón.

La duquesa lo estaba esperando. Y no sólo eso, sino que estaba impaciente por verlo llegar.

Bajó la mirada hacia el café y sintió que se le aceleraba el pulso. Las cosas habían empezado a moverse demasiado deprisa, con sus contornos volviéndose borrosos a medida que se alejaban de él. Edward sabía que debía dar un paso de gigante hacia atrás para ver la situación en perspectiva. Necesitaba ir allí disponiendo de un plan. Se reuniría formalmente con la duquesa en Weymarshe. Le presentaría el códice;

¿o debería dejarlo en Londres dentro de una caja de seguridad, para acudir allí con las manos vacías? ¿Cuál de las dos era la posición más fuerte? Tendrían que discutir los plazos, la remuneración, un puesto para él en la organización de la duquesa. Edward necesitaría ver ciertos papeles. Querría hablar con un abogado.

Y después de aquello, si todo iba bien, el regreso a Londres para presentar su dimisión en E H. Y luego… ¿qué? Edward torció el gesto.

Había demasiadas variables y muy pocas constantes. Todo aquello le venía demasiado grande. Nick tenía razón: la duquesa no había hecho ninguna promesa, o al menos ninguna que no pudiera romper. «Tus instintos son capaces de hacerlo mejor», se dijo. En el pasado ya había hecho frente a un montón de gastos y problemas, adquiriendo unos instintos de primera clase que lo preparaban para la batalla, y que ahora le advertían que se cubriera las espaldas. Incluso Margaret lo tenía claro: «Nunca hagas nada que no puedas invertir.»

Y sin embargo… Algo seguía tirando de él hacia delante, algo que no podía llegar a nombrar o describir, una motivación procedente de

las lejanías del espacio profundo, más allá de la familiar constelación de deseos: hambre, lujuria, codicia, ambición. Aquello le estaba diciendo que tirase su carrera al cubo de la basura, y él lo estaba haciendo. Seguía adelante con ello. Si se echaba atrás ahora, Edward nunca se perdonaría a sí mismo. Se imaginó solo en un dormitorio en Weymarshe, bebiendo lentamente un café a primera hora de la mañana, en el silencio del campo. Fríos suelos de piedra. Una gran cama blanca como una tumba de mármol, magníficas sábanas elegantemente revueltas, luz blanca que entraba a raudales a través de grandes ventanales, verdes senderos que se perdían de vista en el ondular de la lejanía.

Surgirían problemas, estaba seguro. No eran alucinaciones. Pero serían problemas nuevos, problemas mejores que los que tenía ahora.

Se frotó la barbilla. Necesitaba afeitarse. Y sus cosas… Nunca terminaría de hacer el equipaje. Consternado, su mirada vagó por su caótico apartamento. Había cajas a medio llenar por todas partes, pilas de libros y CD esparcidos por el suelo. Una mesita de centro lisiada, con dos patas en su sitio y otras dos desaparecidas, seguía allí donde la habían dejado abandonada él y Zeph.

–Nunca estaré listo para mediodía -dijo. – ¡No hay por qué preocuparse! – aseguró Laura, inocente como Mary-Poppins. Le cubrió las manos con las suyas-. Enviaremos tus cosas allí después de que te hayas ido. O puedes quedarte en el castillo, ¿por qué no? ¿Tienes un pasaporte?

Edward asintió en silencio. Sentía cómo la máquina del dinero de la duquesa descendía sobre él y lo envolvía en sus alas protectoras para ponerlo a salvo. El había pasado toda su carrera jugando con obscenas sumas de dinero que contaba, manipulaba y vertía de una cuenta a otra, para luego volver a dejarlas tan pulcramente colocadas en su sitio, como si fuese un ayuda de cámara, y entregárselas a su legítimo dueño.

Así era cómo debían de sentirse esas cosas.

–Bueno -dijo ella-, creo que ahora ya lo tienes todo resuelto.

Se levantó para marcharse. Edward hizo lo propio y respiró hondo.

Se sentía como si estuviese borracho.

–Señora Crowlyk…

–Por el amor de Dios, llámame Laura. – Sonrió furiosamente mientras se echaba el bolso al hombro-. Ahora formas parte de la familia.

–Laura -dijo él, todo lo seriamente que pudo en su estado de confusión-, ¿qué va a ocurrir ahora exactamente? Una vez que la duquesa tenga el códice, ya sabe. ¿Qué va a hacer con él?

Ella se quedó inmóvil y lo miró fijamente.

–La verdad es que no creo que eso sea asunto tuyo -repuso cordialmente-. O mío, pensándolo bien. Hemos hecho nuestro trabajo.

Hemos hecho lo que teníamos que hacer. Ahora le toca actuar a la duquesa.

–Pero ¿por qué? ¿Qué va a ocurrirle al duque?

–Sólo lo que él mismo se ha buscado. Sólo lo que se merece. Él haría lo mismo si pudiera, y cosas todavía peores.

–Así que… ¿todo está bien? – dijo él desvalidamente. – ¡Por supuesto que sí! – Ella le tocó el brazo y en su rostro apareció una expresión de preocupación maternal-. ¡Por supuesto que sí! Con tal que tú tengas el códice. Lo tienes, ¿verdad?

Edward asintió débilmente mientras su mente volvía a funcionar a toda velocidad.

La acompañó hasta la puerta, pero Laura se detuvo en el umbral y se volvió hacia él. El escote del vestido dejaba al descubierto la punta de sus clavículas, con una mancha de rubor que tenía la forma de Australia tiñendo la piel por encima de ellas. Por un instante pareció mucho mayor, casi demacrada. Dio un paso hacia él, los ojos brillándole con una misteriosa expectación, y de pronto Edward pensó que iba a volver a besarlo. – ¿Puedo verlo? – preguntó.

Edward parpadeó. – ¿Ver qué?

–El códice, mi tonto muchacho. ¿Puedo verlo?

–No está aquí. – ¿No está aquí? – Un destello de duda apareció en sus ojos llenos de dicha-. Bueno, ¿dónde está?

–Lo tiene Margaret. Está en su apartamento. – ¿Margaret…?

–Margaret Napier. La mujer de la Universidad de Columbia.

La cabeza de Laura se alzó bruscamente. Parecía como si quisiera escupirle a la cara.

–Maldito imbécil de mierda. ¿Cuándo puedes recuperarlo?

–En el momento en que tenga necesidad de él -respondió Edward.

–Bien. – El rostro de Laura se torció en una mueca casi aterradora.

Literalmente temblaba de disgusto-. ¡Pues ve allí y cógelo!

Trató de dar un portazo al salir, pero Edward sujetó la puerta antes de que ésta se cerrara.

–Laura -dijo-, el códice está en Brooklyn al otro lado del puente. No pasa nada. Todavía tenemos tiempo de sobra.

Ella apretó los labios y no dijo nada. Después abrió su bolso de cuero y hurgó furiosamente en su interior durante unos segundos.

Edward esperó. ¿Qué demonios estaba buscando? ¿Una pistola? ¿Un estuche de maquillaje? ¿Un guante, con el cual abofetearle la cara?

Laura terminó sacando un paquetito cuadrado envuelto en papel de seda de color rosa.

–Toma -dijo con voz gélida mientras se lo entregaba-. La duquesa me pidió que te diera esto.

Él abrió el paquete sin moverse de la entrada. Dentro había un pendiente con la forma de un diminuto y exquisito reloj de arena hecho de plata. Edward lo hizo girar entre sus dedos, tiernamente, y luego volvió a alzar la mirada en el preciso instante en que Laura le cerraba la puerta en la cara.

Edward tomó una larga ducha tibia. Sentía el cuerpo embotado y dolorido después de aquella noche en la que básicamente no había dormido. El edificio en el que vivía estaba equipado con un potente sistema de cañerías anterior a la guerra, por lo que su ducha era capaz de dispensar torrentes de agua caliente a una presión satisfactoriamente alta durante períodos indefinidos de tiempo.

Edward dejó que el agua cayera sobre su cara, lisa como el cristal, aplanándole el pelo para luego derramarse por sus mejillas mientras le cerraba suavemente los párpados. Se sentía como uno de esos intrépidos exploradores que, acorralados por pigmeos caníbales, descubren un escondite secreto detrás de una cascada.

Parpadeó. Había estado soñando despierto. Era hora de volver a ponerse en marcha. Sólo disponía de cinco horas para coger el avión, ahora ya ni siquiera eso. Cerró el agua, se secó a toda prisa y se vistió.

Antes de marcharse les envió un correo electrónico a Zeph y Caroline para informarlos de lo que estaba pasando.

Ya eran más de las diez cuando salió a la acera con la cabeza todavía embotada. Era una mañana de sábado, y la calle estaba vacía.

Una hoja muy gruesa, todavía verde, cayó del despejado cielo azul sobre el pavimento. Edward se sentía como si estuviera andando por la Luna. Un reluciente sedán negro se hallaba aparcado junto a la acera.

Una de las portezuelas traseras se abrió cuando Edward pasó junto a él.

–Edward, espera -dijo una voz.

Al volverse, Edward descubrió la figura delgaducha de Nick Harris, que venía trotando hacia él. Nick llevaba un arrugado traje gris cuyo aspecto parecía indicar que había dormido con él puesto, y no particularmente bien. Tenía el pelo más largo de lo que recordaba. Con sus gafas oscuras parecía un vampiro rubio.

Pero estaba sonriendo. Edward se limitó a devolverle la sonrisa. A aquellas alturas ya había superado los límites de la sorpresa, aceptando el hecho de que el mundo había decidido lanzarle personas al azar. –

¿Qué?

–Necesito hablar contigo.

Edward no quería detenerse y Nick no estaba dispuesto a dejarlo marchar, así que echaron a caminar juntos por la acera. Nick llevaba un pequeño móvil negro en la mano. Dijo algo por él y se lo guardó en la chaqueta. – ¿Me estabas esperando?

–Sí. ¿Tienes el libro? – ¿Has llegado al extremo de montar guardia delante de mi apartamento?

Nick se quitó las gafas. Tenía los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.

–Sí. ¿Te has dado cuenta de que aparcar por aquí es una auténtica pesadilla?

–No tengo coche. – ¿Tienes el libro? – ¿Así que ahora afirmas que existe?

Hubo una incómoda pausa. El sol matinal era dolorosamente intenso, y Edward se hizo visera en los ojos con la mano libre. Se preguntó si aquello realmente se le daba tan bien como creía.

–Para nosotros esto no es ningún juego, Edward.

–Sobre todo cuando estás perdiendo, ¿verdad? – Esperó para ver si aquella réplica surtía algún efecto-. Pero en respuesta a tu pregunta te

diré que no, no tengo el códice.

Edward reparó en que el gran sedán negro había empezado a seguirlos a lo largo de la manzana.

–Pero sabes dónde está -insistió Nick-. Puedes hacerte con él.

–Así es.

–Bueno, tenemos que librarnos del libro. Quemarlo, si podemos.

–No arderá.

Nick lo miró parpadeando. Se apartó los mechones de pelo que le caían sobre la cara. – ¿Qué quieres decir?

–El códice está escrito sobre pergamino, no sobre papel. No es inflamable. Oye, tengo un poco de prisa… El móvil reapareció en la mano de Nick.

–Tengo a su excelencia al teléfono -dijo-. El duque tiene una oferta de dinero en efectivo para ti. Creo que la encontrarás sorprendentemente generosa. Queremos arreglar esto de una manera amistosa.

Se rascó la nuca con tan poco disimulo como si estuviera solo.

Edward había visto por última vez a Nick hacía tan solo unos días, pero al parecer el tiempo transcurrido desde entonces había sido bastante difícil para él. No se había afeitado, y su famoso reloj de bolsillo no aparecía por ninguna parte. Edward no sintió pena por él. Suspiró y cerró los ojos. Lo único que quería era que aquella escena concluyera rápidamente, ya que había dejado de ser interesante. ¿Por qué no lo dejaban en paz de una vez? Él había encontrado el códice. Era real. Lo que Margaret había sacado a la luz con su anillo decodificador secreto, lo que fuese que había dentro del códice, ahora era suyo. Trató de encontrar las palabras apropiadas. «¿Cómo puedo decirlo? El juego ha terminado. He ganado.»

–Dámelo. Dame el teléfono.

Edward se detuvo y alargó la mano. Nick le dio el móvil. Edward cortó la conexión, cerró el móvil y se lo devolvió.

–Lo siento -dijo-. No tenemos nada de que hablar.

Nick no parecía sorprendido. Miró a Edward con la endurecida jovialidad de alguien acostumbrado al rechazo. Se rascó el hombro y añadió:

–Pues yo creo que sí. ¿Te has preguntado alguna vez cómo llegaste a conseguir ese empleo tan apetecible en Londres, Edward? El duque lo arregló todo para ti. Podría volver a arreglarlo con la misma facilidad.

–No te creo -replicó Edward, sonriendo.

No le creía. Tenía que ser un farol. En cualquier caso, estaba razonablemente seguro de que lo era. En aquel momento no se sentía muy vinculado al trabajo, pero todavía estaba orgulloso de haberlo obtenido, y no consentiría que lo obligaran a renunciar a él. De todos modos, no tuvo tiempo de pensar en ello con frialdad, porque, mientras Nick le soltaba aquella bomba, Edward oyó la sucesión de sonidos propios de un coche al detenerse: el chasquido del freno de mano, la puerta al abrirse, el tintineo metálico de las llaves todavía puestas en el contacto… Luego del sedán salió un hombre no muy alto con bigote y aspecto de turco: el ex portero de los Went.

Se dijo que quizás el acto de rascarse había sido una señal acordada de antemano. El portero pasó ágilmente entre dos coches aparcados y se reunió con Nick en la acera.

–Necesitamos tu ayuda en este asunto, Ed -dijo Nick, adoptando las maneras de abuelo cariñoso de un entrenador de fútbol-. Podrías ahorrarte algunos problemas realmente serios.

Edward esperó, pero ninguno dijo nada más. Mientras miraba a los dos hombres, Edward tuvo la inquietante sospecha, casi increíble a la vista de las circunstancias, de que estaba siendo amenazado físicamente. – ¿Hacia dónde ibas? – continuó Nick como si tal cosa-.

¿Por qué no te llevamos? Podemos hablar en el coche.

No quería precipitarse, pero Edward evaluó sus opciones en un intento de sintonizar con el espíritu de las cosas. Qué demonios, ninguno de los dos era tan alto como él, y el aspecto del portero turco sugería que sus mejores días como tipo duro habían quedado muy atrás.

Probablemente podría salir de allí con sólo unos empujones. Pero el rostro de Nicholas se había enrojecido y, mientras lo observaba, Edward vio cómo adoptaba una postura de profesional subido al cuadrilátero, sugiriendo alguna clase de adiestramiento al viejo estilo en las artes marciales inglesas. Por si fuera poco, Edward se sentía exhausto, y no se había visto metido en una pelea desde el instituto.

Dio un paso atrás. Nick y el portero se desplegaron a ambos lados para cortarle las rutas de huida. La mente de Edward volvió a sus días como intrépido pirata del aire en MOMO. ¿Qué haría su ego virtual si estuviese allí? Además, estaba harto de huir.

Y de pronto los dos hombres desviaron la mirada para dirigirla hacia algo situado por encima del hombro de Edward. – ¡Un buen día que tengáis todos, mozos! – tronó una voz vibrante en un patético intento de imitar la manera de hablar de los irlandeses. La voz calló y luego volvió a intentarlo, con idéntico resultado que la primera vez-.

Esperad. Ya veréis cómo ahora sí que me sale bien. ¡Así tengáis…!

Esperad. ¡Buen día a todos!

Edward se arriesgó a echar un rápido vistazo hacia atrás.

A pesar de su corpulencia, nunca se le había pasado por la cabeza que la apariencia de Zeph pudiera tener nada de amenazadora. Ahora se vio obligado a recordar el efecto que la considerable mole de su cuerpo tenía sobre quienes no lo conocían. Cierto, Zeph llevaba sandalias Teva y una camiseta negra con las palabras CODIFICO

ERGO EXISTO en grandes mayúsculas amarillas, inclinadas en perspectiva para que se parecieran al prólogo de La guerra de las galaxias. Aun así, medía más de metro noventa de estatura, rozaba los ciento cuarenta kilos de peso y lucía una barba de aspecto extremadamente aterrador. Visto desde donde estaba Edward, incluso parecía ocultar parcialmente el sol.

Edward se volvió para encararse con sus adversarios. La situación de tablas había terminado. Se aclaró la garganta.

–Usted nunca me ha gustado -le dijo al portero de los Went-, y tampoco tengo demasiado buen concepto de su jefe. ¿Por qué usted y el James Bond rubio no vuelven a subir a su carruaje y regresan con el duque, y así podrán tomar té con pastas juntos?

Con la tensión del momento, fue todo lo que se le ocurrió.

A aquella hora en un fin de semana el trayecto hasta Brooklyn no requirió mucho tiempo, incluso deteniéndose para dejar a Zeph en su apartamento del centro. Media hora más tarde, Edward ya estaba de pie en la acera de cemento llena de grietas enfrente del edificio de Margaret. Un gato de color jengibre lo miró, agitando sus largos bigotes blancos desde detrás del macetero de una ventana. Al lado de la

columna de timbres, Edward encontró el nombre «Napier» escrito en una tira de papel con la pulcra caligrafía de Margaret. Una gota de lluvia había caído sobre la tira y luego se había secado, convirtiendo la tinta negra en una delicada flor pintada con acuarela azul.

Edward pulsó el botón. El eco distante de un timbrazo llegó hasta él desde las profundidades dé la casa.

Un intervalo de silencio siguió al sonido. La conmoción y la fatiga hacían que la mente de Edward divagara sin rumbo fijo, y por un largo y aterrador segundo pensó que Margaret podía haberse ido, que había cogido el códice y dejado la ciudad. ¿Adónde iría? ¿De regreso con su madre? Pero después Margaret apareció. Evidentemente el timbre de apertura no funcionaba, porque había bajado a la calle para abrir la puerta. Tenía el rostro hinchado por el sueño, su delgado cuerpo oculto bajo una holgada camiseta y unos pantalones de chándal grises. No pareció particularmente sorprendida de verlo. Edward la siguió por la escalera.

El apartamento de Margaret, tan desordenado la noche anterior, ahora estaba limpio y ordenado. La comida china había sido recogida, los platos estaban puestos en el escurreplatos y sus ropas habían desaparecido. Los restos de los libros destripados yacían dispuestos en dos pulcras pilas en el suelo, una de cubiertas y lomos de cuero y otra de páginas descartadas: Sólo la cama seguía por hacer.

–Siento haberte despertado -se excusó Edward.

Ella rechazó su disculpa con un ademán. – ¿Has dormido lo suficiente?

–Sí -dijo ella-. Hay mucho que hacer. – ¿Qué hay de tus amigos?

–No vinieron. Les dije que no lo hicieran.

No dio ninguna otra explicación. Tenía la voz un poco tomada, y se sirvió un vaso de agua en la cocina. Las cañerías resonaron ruidosamente.

–Hay algo de lo que tengo que hablar contigo -dijo él-. Necesito llevarme el códice.

La expresión de ella no cambió. Edward siguió hablando.

–Hace cosa de una hora Laura Crowlyk, la ayudante de la duquesa, me despertó. Vino a mi apartamento y me entregó un billete de avión

para Londres. Dijo que trajera el códice conmigo. Se supone que tengo que dárselo a la duquesa.

Margaret asintió. Su rostro no mostraba expresión o reacción algunas. – ¿Cuándo sale tu vuelo?

–Esta tarde. Margaret, por mucho que lo hayamos encontrado, el códice no es nuestro.

Sigue siendo propiedad de los Went.

–Ya lo sé -replicó ella secamente, pero sin demasiada convicción.

Se volvió hacia el escritorio en el que había estado trabajando.

Encima de él había un paquete envuelto en una bolsa de lona de Target, y Margaret lo desenvolvió. Era el estuche que Edward había encontrado durante su primer día en la biblioteca de los Went. Estaba hecho de una madera de textura muy fina, sin trabajar pero pulida hasta hacerla relucir con un delicado brillo amarillento, provista de delicadas bisagras metálicas en un lado y un solo cierre hábilmente labrado en el otro.

–Lo traje con nosotros ayer cuando cogimos el resto de los libros -

susurró Margaret-.

Cuando nos íbamos del apartamento de los Went. El estuche es moderno, naturalmente, pero aun así es muy bonito, y casi sin duda esa encuadernación es original. Encaja perfectamente.

Piel de cabra, creo, sobre tablas de roble. Así que, después de todo; no era Lydgate.

Abrió la caja para revelar las cubiertas del libro hueco, depositado en el interior de terciopelo.

–Debería haberlo adivinado la primera vez. Esto ha sido el códice durante todo el tiempo.

Menos su contenido, por supuesto. Pero supongo que, técnicamente hablando, en realidad es la encuadernación la que hace que un códice sea un códice.

Edward asintió y tocó la oscura superficie de cuero de la cubierta, con sus densos ornamentos, los iconos indescifrables y las imágenes, desgastadas y alisadas por el uso y el paso del tiempo. Se acordó de lo fascinado que se había sentido por ellas la primera vez que las vio en la biblioteca de los Went. Ahora quería preguntarle a Margaret qué eran,

quién las había hecho y cómo, y qué significaban, pero ya era demasiado tarde para eso. Se le había acabado el tiempo.

Volvió a cerrar el estuche y echó el cierre. Los ojos de Margaret siguieron sus manos, como si abrigara la esperanza de una última mirada o una conmutación de la condena en el último momento.

Edward se sintió peor de lo que había esperado. Exhaló un hondo suspiro.

–Nunca podré agradecerte bastante todo lo que has hecho -dijo, y las palabras sonaron a falso en cuanto las pronunció-. Ya sabes que la duquesa te pagará por todo el trabajo que has hecho. Tú limítate a enviarle una factura, toma lo que hubiéramos acordado y multiplícalo por diez. Ahora a ella no le importará. Lo más probable es que ni siquiera se dé cuenta. Y bien sabe Dios que te lo has ganado.

Estaban cara a cara, Margaret asiendo el vaso de agua con ambas manos, sus oscuros cabellos aplastados y sin lavar pero aun así hermosos. Había tantas cosas que él no podía contarle por mucho que lo deseara… -¿Qué crees que hará la duquesa con el códice? – preguntó ella.

–No lo sé. Probablemente hará que lo evalúen. Quizá decida donarlo a un museo. Tal vez se lo quedará para su colección personal.

Realmente no lo sé.

Con cada fluida mentira Edward sentía como si estuviera perdiendo a Margaret, como si sus palabras hicieran que el tiempo retrocediera para borrar todo aquello por lo que habían pasado juntos y volver a dejarlos como dos desconocidos, tal como habían sido aquel primer día en la biblioteca. Pero no podía decirle la verdad. El secreto era de la duquesa, no suyo, y de todos modos Margaret estaría mejor no sabiéndolo.

–No quiero dinero, Edward. – Era incapaz de mirarlo a los ojos. Él se preguntó si había preparado aquel discurso-. Sólo quiero pasar más tiempo con el códice.

Ya sé que el descubrimiento no fue mío… Interrumpió a Edward con un gesto antes de que hablara-. No, al final fuiste tú el que lo encontró. Eso ya lo sé. Pero puedo leer el códice, Edward. Puedo hablar por él, por Gervase. Nadie más podría hacer eso tan bien como yo.

–Lo sé, Margaret. Haré todo lo que pueda por ti, créeme.

–Entonces llévame contigo.

En el instante en que el corazón de Edward se rompía, salió de su boca un torrente de palabras que no reconocía y sobre las que no tenía ningún control. «Consultoría», «competencias básicas», «relación con el cliente» y «mantener la posesión del proceso». Era como si un robot se hubiera puesto a hablar. El, o ello, hablaba cada vez más deprisa en un intento de adelantarse a sus propios sentimientos, su vergüenza o su duda, que se alzaban sobre él como una ola a punto de desplomarse encima de un surfista.

–Mira -dijo, tratando desesperadamente de concluir aquel horrible discurso-, creo que voy a alojarme en Weymarshe. Te llamaré cuando llegue allí y entonces hablaremos de las condiciones. ¿De acuerdo?

Ella esbozó una débil sonrisa forzada.

–Ya hablaremos de ello cuando llegues allí -dijo.

–Te llamaré.

Edward metió el estuche en la bolsa de lona y se la echó al hombro.

Casi era hora de marcharse. – ¿Has tenido tiempo de leer algo más del libro?

–Algo. – Ella asintió, aparentemente tan aliviada como él al hablar de otra cosa que no fuese el futuro de ambos-. Algunas de las páginas necesitan un trabajo de restauración antes de ser completamente legibles. – ¿Descubriste cómo termina? – preguntó él-. Dejamos a nuestro héroe en pleno centro de un erial helado, ¿no? Era algo así,

¿verdad? No me tengas en suspenso. – Todo lo que decía y pensaba lo llenaba de repugnancia. Ella apretó los labios.

–Es interesante. He estado, sacando a la luz algunos de los textos subyacentes anteriores, previos a éste. El palimpsesto, ya sabes. Parece como si Gervase hubiera barajado varios finales distintos. En uno de ellos el protagonista adopta las costumbres indígenas y se casa con una cimeria. En uno llega a ser un hombre muy santo y los convierte a todos al cristianismo. En otro creo que sugiere que Cimeria realmente siempre había sido Inglaterra, sólo que se encontraba tan devastada por la plaga y el invierno que resultaba irreconocible. – ¿Como en El planeta de los simios? – ¿Verdad que sí? Pero Gervase raspó todas esas versiones. En el texto final una mañana el héroe despierta y se da cuenta de que es Domingo de Pascua. Lleva mucho tiempo sin ir a misa

y necesita confesarse. No sabe si los cimerios son cristianos, pero pregunta y ellos acceden a llevarlo hasta una iglesia. Lo llevan a una capilla milagrosa, diciéndole que el rezar allí es su única posibilidad de regresar a casa sano y salvo. La capilla está misteriosamente construida en su totalidad con vidrieras de colores, sin una sola piedra. No sé si has estado alguna vez en París, pero supongo que se parece un poco a la Sainte-Chapelle. Los ventanales muestran historias tomadas del mito clásico: Orfeo y Eurídice, Pigmalión, la caída de Troya, etcétera. En cierto modo, la estructura es como un códice. Gervase señala la similitud: «Y era como un libro en sí misma, un volumen por muros limitado, con hojas de cristal.» »Deduce que es la Capilla de la Rosa.

Ésa es la Iglesia mística que el caballero ciervo describió al principio de la historia, lo que ha sido el objeto de su búsqueda durante todo el tiempo. Por fin la ha encontrado, mucho después de que hubiera dejado de buscarla. La búsqueda finalmente ha terminado. »Dentro hace calor, lo cual tiene cierto sentido literal: supongo que un edificio de cristal como ése funcionaría algo así como un invernadero. Por primera vez en meses, el señor del castillo se siente a salvo y dejó de tener frío. Mientras reza, va desprendiéndose de todas las cosas que había estado buscando. De pronto ya no echa de menos a su esposa, o su hogar en Inglaterra. Todo lo que hay sobre la faz de la Tierra deja de importarle. Se desprende de todo aquello que había sido importante para él. Quizás es una epifanía espiritual, una liberación de sus vínculos terrestres y materiales, o quizá sólo sea que se encuentra agotado. En una mezcla de fe y desilusión, éxtasis y decepción, se quita la armadura, se tumba en el suelo y se queda dormido frente al altar.

Mientras duerme, su alma abandona el cuerpo y es aceptada en el cielo.

Edward cambió el peso del cuerpo de un pie al otro. Había algo satisfactorio en el final, pero también triste. – ¿Y eso es todo? ¿Nunca llega a casa?

Ella meneó lentamente la cabeza.

–No.

Edward sintió como si debiera tener algo inteligente que decir acerca de ello, pero se le había quedado la mente en blanco. – ¿Qué crees que significa?

Margaret se encogió de hombros.

–Sé lo que opinarán mis colegas -dijo cautelosamente-. A un nivel dialéctico, la Capilla de la Rosa es el reverso de la página negra en el segundo fragmento: luz allí donde la página negra es oscura, amparo allí donde el desfiladero sin salida es destructor, legible allí donde la oscuridad no puede ser leída…

–De acuerdo, ya lo he captado. Pero ¿qué opinas tú?

Ella se volvió hacia el escritorio, quitó discretamente un poco de polvo que se había acumulado en el libro y lo recogió en la palma de la mano.

–Es extraño. Casi parece más existencialista que cristiano. No lo sé.

Me gusta.

–Bueno -dijo él, súbitamente incómodo-, pero ¿no crees que al final el señor del castillo debería haber llegado a casa?

Margaret le miró fijamente. – ¿Eso crees? ¿Crees que debería llegar a casa? – Le arrojó el puñado de polvo. Edward retrocedió-. ¡Mira alrededor! ¿Acaso el mundo es así? Todos obtienen lo que quieren, todo sale a las mil maravillas, todos terminan llegando a casa. ¿Es eso lo que esperas?

–Bueno, no -respondió Edward, entre dolido y perplejo, mientras se quitaba el polvo-.

Quiero decir que… no lo sé. – ¿No lo sabes? ¡Bueno, ya lo averiguarás! – replicó ella amargamente-. ¿O por qué no se lo preguntas a la duquesa? Tal vez ella pueda decírtelo.

La ira de Margaret casi supuso un alivio. Edward quería que ella estuviese furiosa, tanto como él lo estaba consigo mismo.

–De acuerdo -dijo-. De acuerdo. Lo siento, Margaret, pero no tengo elección. Tú ya lo sabes. Haré todo lo que pueda por ti.

Ella asintió. Se sacudió el polvo de las manos encima del cubo de la basura.

–Lo sé -dijo-. Eso ya lo sé.

Una profunda calma descendió sobre la habitación. El constante ruido de fondo del estrépito callejero, siempre audible en el apartamento de Margaret, cesó misteriosamente por un instante, dejándolos solos en un conspicuo silencio. Edward se ajustó la bolsa encima del hombro.

–Debería irme -dijo-. Mi vuelo sale dentro de un par de horas.

–De acuerdo.

–No tardaremos en volver a hablar. Te llamaré en cuanto llegue allí.

–De acuerdo.

Margaret dio un torpe paso adelante y lo besó con inesperada ternura. Él la mantuvo abrazada durante un momento, luego se volvió y abrió la puerta. No había nada más que decir.

De todos modos, Margaret sabía que él no tenía la culpa. En realidad, no había ninguna razón por la que sentirse culpable.

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