El Códice secreto
Capítulo 1
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Al día siguiente Edward y Margaret salieron de la ciudad.
Avanzaron por West Side Highway hasta que ésta se convirtió en la carretera 9A hacia el norte, saliendo de Manhattan a lo largo del río Hudson. Cuanto más hacia el norte iban, más fluido se volvía el tráfico, y no tardaron en dejar atrás las monumentales fachadas de los edificios de apartamentos de Riverside Drive primero y la Tumba de Grant después, con salidas con forma de trébol que llevaban al este hasta el interior de Harlem y hacia el norte para entrar en el Bronx. Un pequeño y perfecto remolcador rojo se mecía sobre las aguas debajo del puente George Washington, exactamente igual que un juguete para la bañera.
Viajaban en un vehículo de alquiler -un Ford Contour verde, barato, llamativo y no mucho más que un estéreo sobre ruedas-, pero a Edward le encantaba conducir y no tenía ocasión de hacerlo muy a menudo. Bajó el cristal de la ventanilla y cambió de carril, luchando con los otros conductores para hacerse con una buena posición. No pensaba en nada. Salir de la ciudad era un alivio. El desayuno con Fabrikant había servido para recordarle todas las responsabilidades que estaba descuidando, por no mencionar una advertencia de dificultades futuras todavía por llegar. Pero ahora casi había conseguido olvidarse otra vez de ellas, o al menos se hallaban confinadas en una zona de su cerebro sometida a una cuidadosa cuarentena, gracias a la cual sus pensamientos no acudían sin una estricta supervisión.
Hacía un perfecto y brillante día de verano. El aire era caliente y seco, la carretera subía y bajaba incesantemente por el lado más escarpado del valle del Hudson. Edward condujo por ella como si fuera un circuito de carreras, pero a Margaret no pareció importarle.
Tomaron una vieja carretera recubierta de macadán que atravesaba Van Cortlandt Park, tres carriles que el paso de los años había vuelto relucientes y un poco resbaladizos. Los rayos del sol matinal
atravesaban el aire lleno de polvo de polen y bañaban las hojas de gigantescos árboles prehistóricos que se inclinaban sobre la carretera desde la ladera de la colina, donde prosperaban gracias al monóxido de carbono liberado por los millones de humanos que respiraban cerca de allí.
Margaret miraba por la ventanilla con ojos inexpresivos, absorta en sus propios pensamientos. Después de aquel día en el apartamento de los Went, ahora ya no había tanta hostilidad entre ellos. Existía un vínculo de amistosa resignación; nada compartido y ningún intercambio, sólo la tácita aceptación temporal de su extraña pareja convertida en sociedad.
Margaret llevaba una falda azul y verde y medias azules. No parecía fácil que pudiera meter sus largas piernas debajo del salpicadero de una manera que le permitiese estar cómoda. – ¿Quién le pondría por nombre a un pueblo Fresh Kills? «Muertes frescas», menudo horror-comentó Edward sin ninguna razón en particular mientras dejaban atrás una señal en la carretera.
–Arroyos frescos. En holandés kill significa «arroyo». – ¿Y por qué han puesto este sitio tan arriba del estado en Old Forge? Me refiero al Anexo.
–No lo sé. – ¿Vas mucho por allí?
Ella negó con la cabeza.
–El Anexo no tiene gran cosa de interés. No hay fondos medievales significativos.
Básicamente sólo es un depósito para los papeles Hazlitt, de los cuales hay varios cientos de metros, y para el material sobrante. Subí allí en un par de ocasiones cuando trabajaba en la biblioteca principal, por asuntos relacionados con el trabajo.
Volvió a mirar por la ventanilla. Edward esperaba que se quedara callada, pero no lo hizo.
–Hay algo que quería contarte -dijo ella-. He estado haciendo unas cuantas averiguaciones sobre las marcas de prensa en la biblioteca Duke. – ¿Marcas de prensa?
–Números de referencia. La mayoría de las bibliotecas privadas no utilizan un sistema de clasificación estándar como el Dewey decimal, sino que cuentan con sus propios sistemas de archivo. Cada prensa, o
contenedor, de libro tiene asignado un nombre o un número, o una letra, un emperador romano, una parte del cuerpo o lo que más te apetezca. Pueden ser francamente peculiares. ¿Has leído El nombre de la rosa?
–Vi la película. Sean Connery, Christian Slater.
Margaret se abstuvo de hacer ningún comentario.
–En el sistema de los Went cada prensa de libro recibe el nombre de un caballero arturiano: Lanzarote, Galahad, Gawain, Bors, etcétera.
He conseguido determinar dónde solía estar prácticamente todo en un principio. Pero hay algunos huecos interesantes.
Le pasó un trozo de papel. Edward bajó la mirada, vio un diagrama temiblemente complicado hecho con lápices de colores y devolvió el papel.
–Aceptaré tu palabra al respecto.
–Es un mapa aproximado de la disposición original de la biblioteca.
Los libros que faltan están marcados en rojo. La mayor parte de un contenedor entero ha desaparecido, así como unos cuantos volúmenes dispersos aquí y allá. Si no hay más remedio, podemos descubrir más cosas acerca de esos dos huecos mirando los libros que hay a cada lado de ellos: probablemente dejaron señales de sus cubiertas. También he estado releyendo el texto del Viaje. Los fragmentos del siglo XVIII.
Edward mantuvo la mirada fija en la carretera.
–Muy bien.
–Hay algo que… -Sus titubeos dieron paso a un instante de intensa lucha interior, que Margaret perdió de manera callada pero decisiva-.
Verás, hay cierta cantidad de evidencias, tanto lingüísticas como históricas, que podrían sugerir, si las interpretáramos de esa manera, la posible existencia de un texto más antiguo precursor de la versión del Viaje editada por Forsyth.
Tras aquel corto discurso se mantuvo decorosamente erguida en el asiento, como una monja que se hubiera visto obligada a referirse, por muy eufemísticamente que fuese, a algo obsceno. Su mirada se perdió en un punto situado enfrente de ella. Edward reconoció aquel gesto como una señal de que Margaret se disponía a disertar, y así fue.
–Desde un punto de vista lingüístico, el texto tiene todo el aspecto de ser un fraude. ¿Por qué? Pues porque no está escrito en el inglés
medieval de Chaucer o del Poeta de la Perla. En el siglo XIV el idioma inglés variaba mucho de un lugar a otro, pero el Viaje no suena a ninguna de las clases de inglés medieval con las que me he encontrado hasta ahora. Suena más bien como un escritorzuelo del siglo XVIII a medio educar que estuviera llevando a cabo su mejor imitación de cómo cree que debería sonar el inglés del siglo XIV. »Pero eso no significa necesariamente que el editor, Forsyth, no estuviera trabajando a partir de un auténtico texto del siglo XIV. Incluso si disponía de uno, no lo habría seguido muy de cerca. Lo más probable es que lo hubiera traducido al inglés moderno, bastante mal, por cierto, y luego hubiese añadido los toques arcaicos que creía necesarios para hacerlo sonar
«auténticamente» medieval, volviéndolo así más auténtico para sus propósitos que el verdadero texto en inglés medieval. Como una novelización de una película basada en una novela.
–Así que estás insinuando que no hay forma de saberlo.
–No estoy diciendo nada de eso.
Extendió el brazo hacia el asiento trasero, rebuscó dentro de su bolso de cuero y sacó un grueso volumen con una sencilla encuadernación de biblioteca: verde pino con un número de referencia blanco estampado en el lomo. Sus cantos estaban erizados de papelitos adhesivos amarillos.
–Escucha. – Abrió el libro y le partió el lomo implacablemente-.
Aunque el inglés medieval del Viaje es malo, no es todo lo malo que debería ser. Hay ecos de algo auténtico en la métrica.
En el inglés medieval generalmente pronuncias las es mudas, y un montón de las líneas de este texto suenan bastante mejor con las es mudas pronunciadas. Podría no ser más que un bonito toque arcaico, excepto por el hecho de que en 1708, cuando se publicó el Viaje, nadie sabía cómo pronunciar correctamente el inglés medieval. Ellos simplemente pensaban que Chaucer escribía poesía no métrica y no sabía deletrear muy bien.
–Vale. Me gusta. Me has convencido.
–Hay más. – Se apartó un mechón de la cara y siguió pasando las páginas del libro-.
Tomemos esta frase: «el rey Príamo hijo de Troya». Lo que quiere decir el narrador es «el hijo del rey Príamo de Troya», pero en vez de
poner eso dice: «el rey Príamo hijo de Troya». ¿Ves la diferencia? La gramática es puro inglés medieval: el verdadero sujeto de la frase pasa a ocupar un lugar intermedio. Sólo un erudito habría sabido eso, y Forsyth, por muchas otras cosas que pueda haber sido, no era ningún erudito. No podía conseguir que le quedara bien. Simplemente no podía.
Edward sonrió.
–Ahora estás apoyando mi postura.
–Lo sé. – Cruzó los brazos exasperadamente y se repantigó en el asiento, apoyando una rodilla en la guantera y mirándola. – ¿Y si estamos en lo cierto? ¿Por qué no escribes algo acerca de ello? ¿Quizás un artículo? ¿No es lo que hacéis vosotros?
Por fin Margaret se echó a reír.
–Ja. Las carcajadas serían tan ruidosas que me vería obligada a abandonar la profesión.
–Bueno, esta noche lo aclararemos todo, si el libro está allí.
Ella asintió.
–Si está allí. Se internaron en una estrecha carretera de dos carriles que seguía aproximadamente el curso del Hudson hacia el norte para adentrarse en los parajes de Washington Irving: pueblos infestados de pinos con nombres como Tarrytown y Sleepy Hollow, acurrucados sobre las escarpadas laderas del valle del Hudson. Barrios de suntuosas casas coloniales se alternaban con diminutas casas prefabricadas en feos colores pastel, provistas de miradores en el jardín y Camaros envueltos en lonas azules aparcados en el césped.
Edward se aclaró la garganta.
–Dijiste que faltaba uno de los estantes -sugirió-. En la biblioteca.
Margaret no respondió de inmediato. Tras un acceso efímero de locuacidad, había vuelto a caer en su melancólico silencio habitual.
Manoseó con indiferencia el cordón de perlas cultivadas que llevaba alrededor del cuello, su única joya.
–Sir Urre -dijo al cabo de un momento-. Así habían etiquetado el estante. El que falta. – ¿Urre? ¿Qué clase de nombre es ése?
–Húngaro. Era un caballero muy menor. Que yo sepa, ni siquiera llegó a formar parte de la Mesa Redonda, lo cual hace un poco extraña su inclusión en el esquema de catalogación.
–Yo ni siquiera sabía que los húngaros pudieran ser caballeros -
admitió Edward-. Si no era un caballero de la Mesa Redonda, ¿quién era? ¿Una especie de profesional independiente? ¿Un jugador de segunda categoría?
–Malory escribió sobre él. Sir Thomas Malory era un hombre muy extraño, un caballero que escribió la mayor parte de su obra en la prisión, adonde fue a parar por saquear, violar y entregarse al pillaje, pero también fue uno de los mayores estilistas naturales de la prosa que hayan vivido jamás. Fue Malory quien unió las tramas de las distintas leyendas francesas del Grial en una sola obra maestra inglesa, la Morte d'Arthur. »En tanto que caballero, sir Urre sólo tuvo un momento de gloria, y ni siquiera ése fue muy glorioso. Fue maldecido: recibió varias heridas en un duelo y la maldición, tal como fue administrada por la madre de su oponente, declaraba que las heridas no sanarían hasta que hubieran sido tocadas por el mejor caballero del mundo. – ¿Y ése era…?
–Bueno, ésa es la pregunta, ¿no? Sir Urre fue a visitar la corte de Arturo. Se celebró una justa para descubrir quién podía curarlo. En teoría todo se hacía en beneficio de sir Urre, pero naturalmente los caballeros lo vieron sólo como una manera de determinar quién era el mejor caballero del mundo. En fin, el caso es que lo llevaron hasta allí dentro de una especie de pabellón portátil con abejas en las cortinas (ése era su escudo de armas, una abeja dorada), para que todos los caballeros pudieran tener su ocasión de intentar curarlo. Todo el mundo esperaba que ganara sir Lanzarote, porque era el héroe local, pero sólo éste sabía que no podía ganar, ya que era un pecador: se había acostado con una mujer llamada Elaine, y ahora lo estaba haciendo con Ginebra, la esposa de Arturo, y encima probablemente se enorgullecía de eso. »Así que todos los caballeros hicieron cola para intentarlo. Todos fracasaron, hasta que le tocó el turno a Lanzarote. Él sabía que también fracasaría y que su pecaminosidad quedaría revelada, pero no tenía elección. Tenía que intentarlo de todas formas.
Empezaba a hacer calor dentro del coche. Edward subió los cristales de las ventanillas y tanteó el salpicadero en busca del aire acondicionado. Margaret extendió la mano y lo puso en marcha por él.
–Y ahora viene lo bueno -añadió después-. Cuando sir Lanzarote puso sus manos sobre sir Urre, las heridas curaron. Dios había perdonado a Lanzarote y le permitió obrar su milagro.
Nadie más se sorprendió, pero naturalmente Lanzarote sabía lo que había ocurrido, sabía que Dios lo había perdonado cuando habría podido humillarlo. Nunca podría ser el mejor caballero del mundo, pero Dios le había permitido fingir, sólo por un minuto, que lo era.
Aquello fue demasiado para él, y se echó a llorar. «Y así sir Lanzarote lloró -dice Malory-, como si hubiera sido un niño al cual se hubiera pegado.»
Edward torció el volante para rodear una rama que había en la carretera.
–En todo caso, sir Urre salió bastante beneficiado -dijo-. ¿Qué crees que significa el hecho de que pusieran su nombre al estante? – ¿Quién sabe? – Margaret esbozó una tensa y enigmática sonrisa-. Hace una buena historia. No todo significa algo, ¿sabes?
Una vez dicho eso cerró los ojos, relajó sus delgados hombros y se quedó rápida y eficientemente dormida. Había pasado mucho tiempo desde que Edward se aventuraba a salir de la ciudad -meses, semanas, ni siquiera recordaba la última vez-, y el olor a verdor fermentado de la hierba y los campos, el heno y la savia era como un baño caliente. Le lloraban los ojos y disfrutó de un satisfactorio estornudo. Todo parecía más vívido visto a la luz natural del sol, sin que estuviera obstruido por los rascacielos y los tendidos de electricidad: más claro, más delicado, con texturas excitantes y mejor filmadas. Las estribaciones rocosas del otro lado del Hudson brillaban en la lejanía con un intenso tono rojizo lleno de arrugas. El cielo estaba despejado, salvo por una voluta decorativa. Dejaron atrás graneros para guardar el trigo, iglesias rurales, colmados, un almacén medio en ruinas con una explanada delantera de suelo arenoso llena de viejas rejas de arado oxidadas, abandonadas por sus máquinas quitanieves.
Edward miró a Margaret. Su pálido perfil dormido destacaba contra el verde del paisaje: la larga curva de la nariz, su boca de comisuras inclinadas hacia abajo, el ele gante cuello, pálido con un diminuto lunar marrón. Llevaba su habitual uniforme de camiseta y
cardigan, incluso en el calor del verano. Una tierna sensación protectora se adueñó de Edward. Cuidaría de ella mientras dormía.
Al cabo de un rato salió de la carretera 87 para entrar en la 116 y atravesó el río por un puente de hierro que se arqueaba sobre el agua azul. Frenó delante de un semáforo. Margaret advirtió que se habían detenido y abrió los ojos. Se subió las gafas hasta la frente y se cubrió la cara con las manos.
–Lo siento -dijo a través de los dedos-. Debo de haberme quedado dormida.
–Eso es bueno -dijo Edward-. Te hará falta para esta noche.
–Sí.
Cuando volvieron a ponerse en marcha Margaret buscó dentro del bolso y sacó otro libro.
Empezó a pasar las páginas a un ritmo trepidante.
–Entonces, ¿realmente crees que podría estar allí? – inquirió Edward, interpretando al hermano menor que se niega a estar callado-.
¿Cuáles dirías que son las probabilidades? – ¿Quién sabe? – Margaret pasó otra página con irritación-. No tardaremos en averiguarlo.
–Bueno, sí. Pero… -¿De verdad quieres saberlo? No, no creo que esté allí. Y te diré por qué. – Cerró el libro y puso el dedo entre las páginas. Parecía necesitar sacarse algo de.dentro-. Porque es demasiado moderno. En la Edad Media la gente no utilizaba los libros para las mismas cosas que los utilizamos nosotros. Ahora leemos libros en busca de diversión, para escapar del mundo que nos rodea, pero entonces los libros eran una cosa muy seria. En tiempos de Gervase la literatura era para el culto y la instrucción, para la mejora moral. Los libros eran recipientes de la Verdad. Un libro como el Viaje, un relato ficticio escrito para ser leído a solas en tu habitación, por puro placer, habría sido considerado inmoral y peligroso, si no positivamente satánico. »En Francia estaban muy ocupados formulando una siniestra invención llamada el romance. Puro escapismo: caballeros con armadura, búsquedas, aventuras, todo el repertorio.
Esa clase de cosas estaban muy bien para los franceses, pero todavía no habían prendido en Inglaterra. Para los ingleses, la idea de la ficción, de utilizar un libro como vía de escape a otro mundo, era nueva, descabellada e ilícita, incluso narcótica. Puedes verlo en
Chaucer. Hay una escena de El libro de la duquesa en la que el narrador está leyendo en la cama una historia acerca de una reina cuyo esposo muere. La historia lo atrapa hasta tal punto que confunde lo real y lo que está en la página:
Que realmente yo, que hice este libro. Sentía al leer acerca de su tristeza tamaña piedad y congoja que, a fe mía, pasé muy afligido el día entero después de haber así pensado en su pena. »La ficción era el último grito, salvaje, nueva y peligrosa, y los límites entre lo que era inventado y lo que era real se mezclaban y se confundían los unos con los otros. Eduardo III tenía una auténtica Mesa Redonda en su castillo, para ser como el rey Arturo. Mortimer, el padrastro de Eduardo III, le decía a la gente que él descendía del rey Arturo. Y por Dios que si alguna vez ha habido un tiempo para escapar de la realidad, fue el siglo XIV en Inglaterra.
Guerra, plaga bubónica, ántrax, hambruna, lluvia incesante, disturbios civiles: probablemente fue el peor tiempo y el peor lugar para estar vivo que ha habido en los últimos dos mil años. Un poco de escapismo habría sido perfectamente comprensible. Pero yo conozco a Gervase. No era la clase de persona que se compromete con un libro como éste.
Ya casi eran las tres. Edward había salido de la carretera para meterse por un camino secundario flanqueado de pinos, ocasionalmente una gasolinera o el puesto de una granja donde ofrecían mazorcas de trigo del verano metidas en cajas de cartón. Con Margaret dando instrucciones, siguieron el tortuoso camino hacia el centro de Old Forge. Este resultó ser una doble hilera de tiendas de antigüedades y restaurantes, algunos pintorescos y otros meramente pueblerinos, con un solo semáforo hacia la mitad del camino y un cine donde se proyectaba el gran éxito de taquilla de hacía dos meses, con el título ligeramente mal escrito en la marquesina.
Un motel terminó apareciendo más adelante a la derecha, un edificio de un solo piso con una hilera de matorrales a lo largo de la fachada creciendo dentro de una pequeña zanja de madera. Se llamaba el Albergue del Pino Blanco. Edward hizo girar el volante y entró en un aparcamiento recientemente asfaltado. El suyo era el único coche que
había en él. Cuando apagó el motor, se produjo un extraño silencio.
Llevaron el equipaje a la recepción y se inscribieron.
De regreso al aparcamiento, eran las tres de la tarde y el sol todavía estaba alto en el cielo. Resultaba extraño ver a Margaret de pie en el asfalto caliente, bañada por el sol y sosteniendo su bolsa para los libros.
Parecía hallarse muy lejos de su elemento nativo, callados montones de libros y aire refrigerado. Allí, el aire estaba lleno de sustancias biológicas, polen, insectos y motas peludas, y Margaret estornudó pintorescamente. Miró alrededor con los ojos entornados bajo la pálida luz, como una niña pequeña que acaba de despertar de una siesta. – ¿Y
ahora qué? – dijo Edward.
Ella lo miró de arriba abajo con expresión crítica. – ¿No tienes nada que llevar? ¿Una bolsa, o un cuaderno?
–No. ¿Por qué debería tenerlo?
–Eso añadiría un poco de verosimilitud. Se supone que eres un estudioso de visita.
Margaret le dio un lápiz y un cuaderno de espiral que sacó de la bolsa y luego echaron a andar cautelosamente. Fragmentos de cristal relucían en la gravilla. De pronto, un enorme tractor que tiraba de un remolque lleno de troncos casi los mató al pasar rugiendo junto a ellos.
El tractor hizo sonar ensordecedoramente la bocina y les lanzó a la cara cintas de fino polvo de la carretera. Un contracarril de metal discurría a lo largo del otro lado del camino, y el sol relucía con destellos cegadores en el acero sin pintar. Margaret caminaba a pasitos cortos con sus zapatos de cuero fino. Edward se disponía a preguntarle si estaba segura de que realmente sabía adónde iban cuando dejaron atrás una colosal mata de ambrosía y lo vio por sí mismo.
No se había dado cuenta de lo cerca que estaban del río Hudson.
Fue lo primero que vio, una gran extensión plana como un lago que centelleaba en el valle muy por debajo de ellos. Se habían detenido al final de un largo sendero de grava que discurría entre dos hileras paralelas de árboles, formando una curva. Más allá de ellos, Edward divisó un recinto enorme y pulcras praderas de césped, puntuadas con esculturas modernas colocadas sobre soportes de hierro y mármol pulimentado, que parecían gigantescos signos de puntuación alienígenas. Alzándose entre ellos y la lejanía, había un edificio de
granito rosa, oblongo y modernista, de dos pisos con grandes ventanales ahumados. Edward podría haberlo tomado por una empresa de software o una clínica de rehabilitación con precios muy altos.
–Es eso de ahí -dijo Margaret.
Echó a andar por el sendero y sus pies produjeron suaves crujidos en el silencio.
–Maldición -musitó Edward, apresurándose a reunirse con ella-.
Hay un montón de dinero en este sitio.
Ella asintió.
–Sí, el Chenoweth es muy rico. – ¿Lo bastante rico como para construir una sala anexa para la colección Went?
–Lo bastante rico. Demasiado rácano.
Caminaban uno junto al otro. El creador del paisaje había dejado en su sitio varios grupos de pinos y alerces de aspecto natural. Un pájaro cantó un solo de tres dulces notas y luego lo repitió. – ¿Estás segura de que esto va a funcionar? – preguntó Edward.
–Por supuesto. Aquí la seguridad es prácticamente inexistente.
–Pero ¿estás segura de que…?
–Me conocen. Me dejarán entrar en la bóveda sin hacer ninguna clase de preguntas. Hay una puerta lateral. Reúnete conmigo allí dentro de veinte minutos antes de que cierren y te dejaré entrar. Si te preguntan qué andas buscando, diles que estás interesado en Longfellow. Te enseñarán unas cuantas cartas. ¿Has leído «La canción de Hiawatha»?
–No. – ¿ Las uvas de la ira?
–En el instituto.
–Bueno, pues entonces di Steinbeck. Los conservadores te adorarán.
Aquí tienen los diarios de Steinbeck. Son muy caros, y nadie los pide nunca.
Había una vista panorámica del valle, con el río al fondo, debajo de ellos. Edward se volvió para mirar corriente abajo, donde un puente sostenido por dos torres de piedra cruzaba el río entre las dos escarpadas orillas, perfilado contra la brillante agua plateada. Coches diminutos pasaban rápidamente por él a intervalos irregulares. Una helada sacudida de reconocimiento le recorrió el cuerpo. De pronto
supo dónde se encontraba, pero era un sitio en el que no podía estar, pues no era real. Se quedó inmóvil.
–Dios mío -dijo casi para sí mismo-. Dios mío. Esto sale en el juego.
Margaret miró suspicazmente por encima del hombro.
–Tú sigue andando.
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