El Códice secreto

Lev Grossman · Capítulo 24 de 30

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El Códice secreto

Capítulo 1

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El teléfono de Edward sonaba y le dejaban mensajes, pero nunca de Margaret.

El la llamaba bastante a menudo ahora que ya no tenía sentido, pero no se le ocurría ninguna otra cosa que hacer. Los números de teléfono de Margaret (Edward había conseguido sacarle un número del trabajo a una tartamudeante secretaria en Columbia) se habían convertido en su única conexión con algo que importase. De hecho, volvía a sentir la atracción del códice, más que nunca, y necesitaba encontrarlo. También echaba de menos a Margaret. ¿Se sentiría desconcertada por lo que había ocurrido en la biblioteca? ¿Furiosa?

¿Avergonzada?

A aquellas alturas ya no le importaba, sólo quería una respuesta.

Estaba sentado en el sofá jugando distraídamente con las cuerdas de una guitarra que nunca había aprendido a tocar cuando el teléfono volvió a sonar. Su contestador respondió a la llamada.

No era Margaret. La voz era clara, sensualmente dulce y carente de edad, ni joven ni vieja.

Edward despertó de golpe, cada nervio de su cuerpo temblando de inmediato. La voz pertenecía, inconfundiblemente, a la duquesa de Bowmry. Parecía el primer sonido real que oía desde hacía semanas.

La duquesa estaba disgustada, como si realmente no entendiera que el contestador no era un ser humano. Edward respondió a la llamada.

–Edward -dijo ella, acalorada-. ¿Está ahí?

–Sí. – Sólo llevaba calzoncillos, y miró alrededor en busca de unos pantalones que ponerse. No le parecía bien hablar con ella mientras miraba sus pálidas piernas erizadas de pelos-. Oh, excelencia -añadió.

–No tiene que llamarme así, ¿sabe? Peter insiste en ello, pero yo nunca me he acostumbrado. Mientras crecía sólo era una baronesa.

Edward se recostó en el sofá, todavía en ropa interior. ¿Entonces…

baronesa Blanche?

–Me llamaban lady Blanche.

Edward esperó alguna pista acerca de lo que quería, pero no llegó nada. – ¿Así que es usted baronesa de… algún sitio en particular? – se aventuró a decir-. ¿O sólo es una baronesa? Quiero decir, no es que usted vaya a poder ser nunca sólo una baronesa…

–De Feldingswether -aclaró ella-. Es un lugar horrible. Nunca lo visito. Allí hacen raquetas de tenis, y todo el pueblo huele a barniz. –

¿Y cómo funcionó eso cuando se casó? Es decir, si no le molesta que se lo pregunte. ¿Tuvo que renunciar a ser la baronesa de…? – ¿De Feldingswether? En absoluto. – Rió-. Una pegona puede ostentar más de un título, gracias a Dios, así que soy baronesa de Feldingswether por derecho propio y duquesa de Bowmry por cortesía.

–Así pues, ¿su esposo es el barón de Feldingswether por cortesía? –

preguntó Edward, siguiendo desenfrenadamente la lógica hasta su amargo final. No parecía ser capaz de callarse. – ¡Claro que no! –

respondió ella con voz triunfal-. Los hombres no asumen los títulos de sus esposas del modo en que lo hacen las mujeres. Ésa es la razón por la que si te casas con un rey eres una reina, pero el esposo de la reina de Inglaterra se ve menospreciado con algún ridículo titulito como

«príncipe consorte». En cualquier caso, es muy complicado.

–Entonces, ¿cómo debería llamarla?

–Llámeme Blanche -dijo al fin-. Es como me llaman mis amigos.

Edward así lo hizo. Para su sorpresa, él y la duquesa mantuvieron una larga, bastante agradable y completamente ordinaria conversación. Edward apenas podía creer que aquello estuviera sucediendo. La duquesa podría haber sido una simpática tía mayor: afable, voluble, ligeramente dada al flirteo, una conversadora de primera clase, sin duda el producto de siglos de crianza y décadas de adiestramiento. Cierto, había una cualidad un tanto demencial en su discurso, pero eso al menos tenía la ventaja de compensar cualquier torpeza por parte de él. La duquesa estaba obviamente decidida a hechizarlo, e incluso si el gesto se percibía como un poco forzado, Edward no se hallaba en situación de presentar ninguna clase de resistencia. Antes de que se diera cuenta, ya estaba hablando de su trabajo, de sus vacaciones y planes de futuro, en la medida en que existían, y ella tenía el don de hacer que todo pareciese improbablemente fascinante. Era un alivio hablar con alguien que, a

diferencia de Margaret, por ejemplo, lograba que él sintiera que se le prestaba atención para variar. ¿Qué importaba que ella fuese una enigmática plutócrata extranjera?

La duquesa condujo la conversación al inminente traslado a Londres de Edward, las peculiaridades de viajar en avión, los distintos barrios en los que podía considerar vivir, las relativas ventajas y desventajas de la vida en el campo comparada con la vida en la ciudad.

Contó una larga y cómica historia sobre la renovación de un antiguo guardarropa en Weymarshe. De fondo, Edward oía los gemidos de un perro minúsculo dando saltos para atraer la atención.

Inevitablemente terminaron abordando el tema del códice. Edward le contó la historia de su viaje con Margaret al Anexo del Chenoweth y la decepción que se llevaron allí, obviando la parte de su encuentro con el chófer del duque. Ella suspiró.

–A veces me pregunto si es real. – La duquesa parecía cansada-. El Viaje, quiero decir. En un tiempo lo fue, estoy segura de ello, pero ¿cree usted que esa pobre cosa realmente ha sobrevivido a todo este tiempo?

Los libros pueden morir de tantas maneras… En ese aspecto son como las personas. Aunque también me recuerdan a los moluscos: duros por fuera, pero con esas delicadas entrañas articuladas… -Volvió a suspirar-. Esto va de mal en peor, Edward.

Se nos acaba el tiempo.

–No sé qué decirle. – Edward percibió la preocupación en la voz de la mujer, e imaginó su pálida frente frunciéndose-. La verdad es que ya casi hemos agotado todas nuestras pistas. – ¿Qué hay de Margaret?

Parece muy lista.

–Lo es, pero ella… No sé dónde está. Llevo días sin saber nada de ella. – ¿Cómo es? – Un atisbo de algo (¿podían ser celos?) se infiltró en su voz-. ¿Podemos confiar en ella? Me encanta la idea de que haya alguien así, porque suena como un cruce entre Stephen Hawking y Nancy Drew.

–Es una persona difícil de entender. – Edward se sentía culpable por hablar de Margaret a sus espaldas, pero… ¿acaso le debía algo a ella?-. Es muy seria. Muy decidida. Un poco rara.

Pero ha leído prácticamente todo lo que cualquier persona ha escrito jamás acerca de cualquier cosa.

–Suena intimidante.

–Lo es. Si quiere que le diga la verdad, me hace sentir como un perfecto idiota. Pero la culpa no es suya. Ella no puede evitar que yo sea un ignorante.

–No sea bobo. Usted no es nada ignorante.

–Bueno -concluyó él-, quizá la conocerá algún día.

–Espero que sí -dijo la duquesa con indiferencia-. ¿Va a acompañarle cuando venga a Inglaterra?

–No lo sé. Bueno… no lo creo. – La idea nunca se le había pasado por la cabeza-. Margaret tiene su propio trabajo que hacer aquí. Yo nunca podría apartarla de eso.

–Pero si pudiera lo haría, ¿verdad? – ¿Llevármela conmigo? –

Titubeó-. Lo dudo. Me refiero a que no querría dar por sentado…

–Se interrumpió, súbitamente acalorado. La duquesa rió. – ¡Le estoy tomando el pelo, Edward! – exclamó-. ¡Es usted demasiado serio!

Apuesto a que ya lo sabe, ¿verdad? Es demasiado, demasiado serio.

–Si usted lo dice -musitó él, apenado. Sintió que necesitaba reconducir la conversación, recuperar la iniciativa-. Blanche, ¿por qué su esposo no quiere que yo busque el códice?

Se produjo una larga pausa. – ¿Él ha dicho eso? – Sonaba indiferente; quizá le tocara el turno al perrito de disfrutar de su atención.

Edward se dio cuenta de que había roto una regla no escrita, que la comunicación temporal establecida entre ellos era frágil y podía desaparecer en un instante-. Bueno, estoy segura de que no quería decir nada especial con ello. Así que ha hablado usted con él, ¿no? – ¡No, por supuesto que no! Llegó a través de Laura. Pero ¿por qué no quiere usted que él sepa que lo estoy buscando?

–Mire, aprecio su preocupación, Edmund…

–Edward. Me alegro, porque…

–Y si en cualquier momento usted siente que preferiría no estar involucrado en este proyecto, es libre de marcharse, con tal de que acceda a guardar en secreto la sustancia de nuestros tratos. – Habló con un tono cálido, intenso e impertinentemente generoso, un tono de advertencia, y Edward advirtió que en el fondo pretendía herirlo. De pronto la tía simpática había desaparecido-. Pero mientras esté

trabajando para mí, lo hará de acuerdo con mis términos. Ahora mismo tengo un montón de hierros más en el fuego, Edward. Dispongo de recursos que van más allá de cuanto usted pueda saber. Sepa que no es el único que está buscando el códice. Usted es una parte muy pequeña de esto.

Edward vaciló. Se preguntó si era cierto que la duquesa tenía a otras personas trabajando para ella. Sospechaba que no era más que un farol, pero eso no venía al caso. La duquesa lo estaba poniendo a prueba, determinando con precisión hasta qué punto estaba dispuesto a aguantar sus chorradas y cuán poca información necesitaba para seguir adelante antes de que se echara atrás. Y para su gran consternación, Edward cayó en la cuenta de que no había llegado a su límite.

En cuanto se hubo disculpado, la duquesa volvió a adoptar sus maneras joviales y exentas de afectación, y Edward notó cómo empezaba a conducir la conversación hacia un final elegante. Siguieron hablando durante otros cinco o diez minutos. La duquesa volvió a mostrar su afición al flirteo. Edward tenía que telefonearla cuando llegara a Londres. Tenían que verse.

Sería maravilloso. Tenía unas cuantas ideas acerca de dónde buscar el códice; le enviaría una carta. El casi se sintió avergonzado por la facilidad con que sucumbía a sus ardides, entregándose a la deliciosa ilusión de que podían confiar el uno en el otro. Se encontró admitiendo que se suponía que ya debía estar en Londres, que de hecho su trabajo ya tenía que haber empezado, y ella rió como si aquél fuese el chiste más hilarante que hubiera oído jamás.

–Estaba equivocada acerca de usted -dijo cuando recuperó la compostura-. Quizá no es demasiado serio después de todo.

–Tal vez no soy lo bastante serio -contraatacó Edward.

–Bueno, no lo sé -dijo la duquesa-, pero no puede ser ambas cosas.

Creo que yo debería tratar de decidirme por una de las dos, como una cuestión de principio lógico.

Edward notó que estaba a punto de colgar, pero él no podía permitirlo, todavía no. No antes de que le diera algo más.

–Blanche -dijo con un tono muy serio-, hay algo que necesito saber.

¿Por qué me pidió que los ayudara a encontrar el códice? ¿Por qué yo

y no otra persona?

Edward esperaba que ella volviera a enojarse con él, pero la duquesa se limitó a sonreír y de pronto sospechó que se estaba acercando peligrosamente a algo que no quería saber.

–Porque sé que puedo confiar en usted, Edward -contestó, su voz grave y excitante por la línea telefónica.

–Pero ¿por qué? ¿Debido a ese acuerdo que hice para ustedes en Esslin Hart? ¿El de los futuros de la plata? ¿Y la compañía de seguros?

– Se estaba agarrando a lo primero que le venía a la cabeza.

–No, Edward. Fue… -Titubeó-. Bueno, al principio ésa fue la razón.

Peter lo quería a usted. Pero cuando lo vi ese día, supe que podía ayudarme. Lo vi en su cara. Simplemente supe que podía confiar en usted.

Edward guardó silencio. ¿Eso era todo? ¿Se estaba burlando de él?

¿Estaba tratando de seducirlo? ¿Estaba loca? ¿Por qué clase de imbécil lo tomaba? Había sido una pregunta seria, y Edward deseó profundamente que ella hubiera tenido una respuesta mejor que darle.

Su respuesta hizo que le entraran ganas de colgar. ¿Realmente se hallaba tan sola, tan impotente, que no tenía a nadie más a quien recurrir aparte de él? ¿Un joven inversor al que apenas conocía? Tenía que haber perdido todos los contactos con el mundo exterior fuera de Weymarshe, pensó. La duquesa hacía frente con coraje a la adversidad, pero debía de hallarse completamente aislada. No había nadie más para ayudarla.

Sentado en el sofá, la mirada perdida en el techo de su apartamento, Edward sintió una punzada de miedo.

Cualquiera que fuese el hechizo bajo el que había estado Edward, el sonido de la voz de la duquesa lo había roto, y el tiempo empezó a moverse nuevamente hacia delante. De pronto la partida volvía a seguir su curso. Unos segundos después de que hubieran colgado y antes de que Edward hubiera tenido ocasión de dejar el teléfono, éste sonó en su mano. Era Fabrikant.

Quería que volvieran a verse, otro desayuno en el Cuatro Estaciones. Edward trató de contemporizar -podían al menos tomar una cerveza después del trabajo, por el amor de Dios, algo a una hora razonable-, pero Fabrikant alegó una agenda muy apretada, así que

Edward dio su brazo a torcer. Después de todo, su último encuentro había sido informativo. Fabrikant quizá tenía unas cuantas migajas más que arrojar en el camino de Edward. Acordaron verse a la mañana del día siguiente, un jueves. Edward colgó y respiró hondo.

Contempló el teléfono con recelo, pero no volvió a sonar.

Al día siguiente Edward despertó temprano. Tardó más de lo esperado en acabar con la incipiente barba que vio reflejada en el espejo, y todavía más en apartarse de su sesión de primera hora de la mañana con MOMO (eh, su tribu lo necesitaba; tenía bocas a las que alimentar). Llegó al Cuatro Estaciones con diez minutos de retraso. El encargado lo miró con ojos gélidos, como si pudiera ver a través de él y percibir que realmente ya no pertenecía a aquel sitio. En vez de acompañarlo a una mesa, llevó a Edward hasta una puerta tapizada de cuero al fondo del comedor y luego entraron en una sala privada.

Fabrikant estaba esperando allí, pero no se hallaba solo. A su lado había una mujer que lucía un vestido gris de Armani, de cabellos oscuros y ceñuda, y un hombre que tendría aproximadamente la edad de Edward y que llevaba un arrugado traje deportivo de sarga, con largos y fláccidos mechones rubios cayéndole sobre la frente. Los tres alzaron la mirada cuando él entró, y Edward tuvo la certeza de que antes de que se abriera la puerta se había producido un incómodo silencio. Había una jarra de zumo de naranja y una bandeja de pasteles sobre la mesa, intactas.

Fabrikant lo saludó con un gesto de la cabeza. Edward se sorprendió al ver que parecía sentirse incómodo. Creía que no había nada capaz de atravesar el luminoso sentido de la perfección personal de Fabrikant, pero al parecer no era así.

–Edward -lo saludó el hombre de la chaqueta de sarga, sonriendo afectuosamente y deslizando una tarjeta de negocios sobre la mesa.

Tenía un estudiado y refinado acento inglés, casi como una parodia del graduado de Oxbridge que siempre sabe estar en su sitio-. Nick Harris.

Estoy aquí para representar los intereses del duque de Bowmry.

Edward se sentó a la mesa, dejando la tarjeta donde estaba. Así que el duque había decidido intervenir directamente. Bueno, ya iba siendo hora; casi le sorprendía que no lo hubiera hecho antes. Edward miró a

Fabrikant, que se limitó a devolverle la mirada con ojos inexpresivos.

No encontraría ayuda allí.

Edward se aclaró la garganta.

–Bien -dijo-. Trabaja para el duque.

–Hemos trabajado juntos en el pasado. Me pidió que me entrevistara con usted en su nombre.

Nick metió la mano en un bolsillo de su chaqueta, sacó un reloj dorado suspendido de una leontina, lo consultó y volvió a guardarlo. El gesto era tan ridículamente afectado que Edward pensó que podía ser una broma, pero nadie rió. Un camarero llegó y puso en silencio los cubiertos para el nuevo comensal. – ¿Está usted en su oficina de Nueva York?

–Por así decirlo. – Nick sonrió, afable pero serio, un padre preocupado-. Edward, no quiero andarme con rodeos. Tenemos razones para creer que está usted en con tacto con la esposa del duque.

– Levantó una mano como para interrumpirlo, a pesar de que Edward no había dicho nada-. Le ruego que no confirme o niegue tal punto. Eso sólo complicaría todavía más las cosas para usted desde un punto de vista legal…

–Por supuesto que estoy en contacto con la esposa del duque -

admitió Edward-. Ayer mismo me telefoneó. ¿Cómo puede ser eso una cuestión legal?

–Oh, no lo es, créame. Por el momento. Aunque debería saber que si ese contacto continúa, estamos preparados para obtener una orden de alejamiento en ambos países.

–No pretendemos asustarlo, Edward -intervino suavemente la mujer por primera vez. Era norteamericana-. Sólo se trata de mostrarle que el duque se toma muy en serio todo lo referente a preservar la seguridad de su esposa.

Edward suspiró. Así que iban a mostrarse condescendientes con él.

Perfecto, había olvidado lo mucho que odiaba a la gente de negocios.

Sus reflejos para la lucha empresarial, que habían permanecido dormidos durante las últimas tres semanas, empezaron a despertar súbitamente.

–Muy bien. Usted está sugiriendo que yo represento alguna clase de amenaza para la duquesa. Hablemos de eso.

–No una amenaza en el sentido al que se refiere usted -matizó Nick, impertérrito-. Sin embargo, aunque quizá no lo sepa, usted sí es una amenaza.

Nick y la mujer intercambiaron miradas. Ambos resultaban tan obvios y estaban tan mal equipados para la negociación violenta que Edward no se sintió especial mente nervioso. Aquello incluso podía ser divertido. Lanzó una mirada elocuente a Fabrikant, que a su vez miró a Nick y sacudió nerviosamente la cabeza. Por su parte, Nick frunció el entrecejo e hizo un puente con los dedos sobre el mantel, como un presentador de noticiario que se prepara para introducir una conmovedora historia de interés humano.

–Creo que todos estamos al corriente de la supuesta existencia de un libro escrito por un tal Gervase de Langford. Ninguno de nosotros sabe cuál es su ubicación exacta, o si de verdad existe o no. Por supuesto, dando por sentado que usted tampoco lo sabe. – Miró significativamente a Edward.

–Claro. Desde luego. – Edward no pudo evitar admirar la perfección con la que los rubios cabellos de Nick caían sobre su frente.

–El duque le ha pedido que deje de buscarlo. Dudamos de que usted haya dejado de hacerlo. ¿Y por qué debería dejar de buscarlo? Quizá siente una sensación de lealtad hacia la duquesa. Está de su lado y quiere hacer realidad sus deseos. Quizá simpatiza con ella por razones personales. Ciertamente usted no tiene ninguna razón en particular para sentir lealtad alguna hacia el duque. Todo esto es perfectamente comprensible. Pero creo que si le cuento un poco más acerca de lo que ha estado ocurriendo en Weymarshe entonces sus sentimientos podrían cambiar.

–Soy todo oídos -dijo Edward amablemente. Se recostó en el asiento y cruzó los brazos.

No podía negar que Nick había despertado un poco su curiosidad, y quería que siguiera hablando. Fabrikant desmenuzó en silencio un bollo danés encima de su plato. – ¿La duquesa le ha contado por qué está buscando el Viaje? ¿No? Verá, lo está buscando porque cree que es un esteganograma. – Nick pronunció aquella palabra nada familiar con un tono bastante seco-. No espero que usted sepa lo que significa eso, así que se lo explicaré.

«Esteganograma» es un término técnico procedente del campo del criptoanálisis. Hace referencia a un mensaje que ha sido cifrado de tal modo que oculta o camufla la presencia del mensaje cifrado propiamente dicho. En otras palabras, usted no sólo no puede leer el mensaje que contiene un esteganograma, sino que no puede saber que el mensaje se encuentra allí. Está entretejido en la misma textura del medio sobre el cual está inscrito, de modo que sea indistinguible de ese medio.

–Como ese caricaturista -sugirió Edward-. El que ponía NINA en todos sus dibujos.

–Exactamente. En el caso del códice, el mensaje codificado podría estar incorporado al texto del libro, a las ilustraciones, a las filigranas, a la encuadernación, a la elección de los materiales o a la receta de los ingredientes utilizados para hacer la tinta con la que fue escrito.

No tenemos manera alguna de saberlo. Sólo una persona que supiera exactamente cuándo y dónde fue cifrado el mensaje sería capaz de encontrarlo, e incluso entonces quizá no podrían llegar a descifrar su contenido. – ¿Y qué dice ese mensaje? – preguntó Edward.

–No hay ningún mensaje -dijo Nick, poniéndose muy serio-. No hay ningún mensaje, y no hay, con toda probabilidad, ningún códice.

Gervase de Langford, sirviente de un nada distinguido noble campesino del siglo XIV, no compuso una fantástica obra de literatura conteniendo un mensaje cifrado que ha estado perdido para la historia desde entonces. La duquesa ha urdido una fantasía, una fantasía basada en muy pocas evidencias y en algunas emociones muy intensas, y en la cual, lamento decir, lo ha involucrado a usted. Debo informarle, Edward, y esto es confidencial, que la duquesa no está completamente cuerda. Lo digo con la debida compasión, pero la duquesa es inestable y ha llegado a sentirse emocionalmente unida a la idea del códice de una manera que no tiene nada de sana. Y aunque usted quizás actúa con la mejor de las intenciones, no le está haciendo ningún favor al alentarla en este asunto.

El rostro de Edward se mantuvo inexpresivo. Se preguntó si debería limitarse a levantarse y salir de allí, pero algo lo detuvo. Aquello no podía ser cierto: era demasiado raro, demasiado retorcido, como algo salido de una novela de espionaje. La navaja de Occam simplemente no

lo permitiría. Cierto, había algo un poco extraño en la duquesa -la intensidad un tanto enloquecida en su manera de hablar, la forma en que sus estados de ánimo cambiaban rápidamente de un momento a otro-, pero Edward no podía creer que realmente estuviera loca.

El códice era real. Edward casi podía sentirlo, como una brújula que percibe el norte magnético desde medio mundo de distancia. El códice estaba ahí fuera. Tenía que hablar con Margaret.

Ella sabría lo que había que creer.

La verdadera pregunta era por qué aquel ridículo petimetre estaba sentado frente a él en el Cuatro Estaciones, parloteando acerca de esteganogramas. Intentaba desacreditar a la duquesa a los ojos de Edward, pero ¿por qué? Toda la situación se descontrolaba, volviéndose demasiado compleja para que pudiera ser analizada sobre la marcha. Edward se esforzó por controlarse.

–Volvamos atrás -dijo-. ¿Por qué la duquesa quiere el códice? ¿Qué cree que hay en ese mensaje secreto?

–Los detalles específicos no importan -repuso la mujer-.

Limitémonos a decir que es algo que podría hacerle mucho, mucho daño al duque. – ¿Como qué?

Se miraron fijamente.

–No es la clase de cosa que uno discute durante una conversación educada.

–Oh, por el amor de Dios -intervino Fabrikant con disgusto, rompiendo su silencio-.

Suéltelo de una vez.

–Recordará que no le he pedido que contribuya a esta reunión -dijo Nick.

–No trabajo para usted -replicó Fabrikant sin perder la calma.

–Digamos que es algo que sería muy embarazoso para todas las personas involucradas continuó la mujer-. Algo que podría ser muy dañino para la fortuna de un gran hombre, un hombre que merece ser mejor tratado. Afectaría la reputación de un prominente par inglés.

–No lo capto -dijo Edward-. Si tan terrible es, ¿por qué iba a querer encontrarlo ella? – ¡Porque ella lo odia! – exclamó Fabrikant. Se echó a reír, y Nick lo fulminó con la mirada . ¿No lo capta? ¡El duque es un gilipollas y ella no lo soporta! – Se levantó bruscamente-. Me disculpo

por esto, Edward, de veras. He sido manipulado. La participación del duque en mi empresa les proporciona ciertos medios de ejercer presión sobre mí. Me dijeron que lo organizara todo, y lo hice, pero no estoy.

–Ya basta -lo interrumpió Nick.

–Ella va a arruinarlo, Edward. Si encuentra el códice. El duque perderá todo lo que tiene… -¡Ya basta! – La tez pálida de Nick enrojeció-. Ha terminado, Fabrikant. Está acabado. ¿Lo entiende?

Estamos fuera. No más.

Fabrikant los miró a los dos y asintió ligeramente, con un movimiento apenas perceptible.

Muy despacio, con incongruente delicadeza, volvió a doblar su servilleta blanca encima del mantel. Edward pensó que se lo veía un poco pálido. Se movía con la precaria dignidad de un hombre en una película del oeste al que le han disparado en la barriga pero se niega a dar a sus enemigos la satisfacción de verlo caer. Edward lo vio partir sin poder hacer nada. Cuando Fabrikant salió de la sala, trató de dar un portazo tras él, pero la puerta forrada de cuero había sido cuidadosamente concebida para que no hiciese ningún ruido cuando se cerrara.

Nick volvió a abotonarse la chaqueta y se sentó. La mujer actuó como si no hubiera ocurrido nada, y Edward hizo lo mismo. Sin Fabrikant presente, de pronto la escena parecía mucho menos graciosa.

Edward quería terminar de una vez.

–Así que el códice es… ¿qué? ¿Una especie de bomba para los periódicos sensacionalistas, que espera el momento de hacer explosión?

–El códice es una fantasía absurda -dijo Nick pacientemente, como si le estuviera hablando a un niño-. Una fantasía concebida por una mujer realmente magnífica que por desgracia ya no es ella misma.

¿Cómo puedo dejárselo más claro? Créame, el duque sólo piensa en los intereses de la duquesa. Lo único que le pedimos es que deje de comunicarse inmediatamente con ella. ¿Ve, ahora, lo importante que es eso?

Edward vaciló. ¿Debería limitarse a seguirles el juego? – ¿No ve lo que esto le está haciendo a ella? – inquirió despectivamente la acompañante de Nick. Sus elegantes cejas formaron una V acusadora

llena de enfado-. Todo lo que usted dice sirve de alimento a sus delirios.

Con eso sólo consigue empeorar las cosas.

Edward asintió vagamente, pero apenas escuchaba.

Su mente se hallaba en otro lugar. ¿Qué iban a hacer, pincharle el teléfono? ¿Por qué no se limitaban a dejarlo en paz? La verdad era que empezaba a tener serios problemas para conectar con nada de todo aquello; la escena tenía un aire tremendamente escenificado, y a cada minuto que pasaba se parecía más a una novela barata de misterio.

Bueno, si él era el detective privado, iba a hacer falta algo más que sir Ricitos de Oro allí presente para apartarlo del caso.

–De acuerdo -dijo finalmente. Suspiró-. Lo que sea. Prometo que no me pondré en contacto con ella. ¿Por qué no? Después de todo, él nunca había telefoneado a la duquesa. Era ella quien llamaba. Además, Edward no habría sabido cómo contactar con ella de todos modos:

–De acuerdo; entonces -dijo Nick. La mujer se levantó.

–De acuerdo.

Ella le tendió la mano en un torpe gesto conciliatorio. Edward se la estrechó. El orden estaba restaurado. Contra todo pronóstico, la reunión parecía haber terminado por fin. – ¿Y en qué parte de la ciudad tiene sus oficinas el duque? – preguntó con naturalidad a Nick.

–No sabría decírselo -respondió Nick. La mujer, cuyo nombre Edward no había llegado a saber, se ocupó de la cuenta-. Nunca he estado allí. Soy una especie de asesor para él. Tenemos un acuerdo flexible y paso la mayor parte de mi tiempo en E H.

–En… -Tenía que haberlo oído mal-. Quiere decir en Esslin Hart.

–Eso es -dijo Nick, su voz sonando como la de un corresponsal extranjero para la NBC que Informara en directo desde Uagadugu-.

¿Qué, no se lo han dicho? – Le sonrió-. Yo solía estar en la oficina de Londres. Soy el hombre que han enviado aquí para ocupar su sitio.

Aquella noche, de nuevo en su apartamento, como de costumbre, Edward estaba mirando la pantalla del ordenador. Pero esta vez Zeph lo acompañaba. Zeph estaba sentado en la silla de oficina de Edward; y éste miraba por encima de su hombro.

–Esto es increíble, colega -dijo Zeph.

–Lo sé.

–No, quiero decir que es jodidamente increíble. – Su rostro era una máscara de conmocionada indignación-. ¡De veras! ¡Es que no puedo creerlo!

–No sé cómo explicarlo. – ¡Yo tampoco!

Zeph manipuló fríamente los controles y desplazó el punto de vista hacia atrás y hacia delante. Incluso Edward, a la búsqueda de algo que lo distrajera de la tormenta de complicaciones que había caído sobre él aquella tarde, estaba harto de mirarlo. Tenía decisiones que tomar, decisiones difíciles, y pronto, pero en lugar de eso contemplaba el monitor. Lo que veía, cuando conseguía obligarse a mirar, era lo mismo que no había parado de ver fútilmente durante la última semana: el campamento destrozado de la tribu a la que se suponía debía estar liderando. La nieve se filtraba hacia abajo desde el nivel de la calle a través de las rejas de las alcantarillas, fundiéndose sobre el andén de cemento en el que sus congéneres humanos permanecían sentados desconsoladamente mientras esperaban las órdenes de Edward. Una hoguera humeante hecha con traviesas del metro ardía tétricamente encima de las vías. Era un pequeño mundo plano metido dentro de una caja, un lamentable simulacro pixelado de las tres dimensiones. –

¿Cómo has podido permitir que llegara a ocurrir esto? – le reprochó Zeph. Se estaba dejando crecer la barba, escasa y rizada, confiriéndole un aspecto de ogro aún más acusado-.

Es el espectáculo de incompetencia más patético que he presenciado jamás dentro del contexto de un juego de ordenador. Y puedes creerme cuando te digo que he visto unos cuantos.

Deberías estar avergonzado de ti mismo.

–Me avergüenzo de mí mismo. – ¡Ni siquiera deberías estar aquí! –

continuó Zeph. Se golpeó los enormes muslos con ambas manos-.

¡Desde que te di esta copia, he ganado tres veces! Una en cada nivel de dificultad de MOMO. Deja que te explique una cosa: a estas alturas deberías tener bases en la Luna. Deberías estar explotando las riquezas mineras de los cometas y haciendo el amor con chavalas alienígenas. –

Estaba tan afectado que balbuceaba-. ¡Deberías tener un sistema de defensa planetario estacionado en satélites! ¡Deberías haber pasado a la ofensiva! Y en vez de eso, esto es como El clan del oso cavernario. –

Sacudió la cabeza apenadamente-. Se terminó.

Esto se ha acabado, joder.

–Bien. Quiero que termine.

Zeph tenía razón. No había estado prestando atención. Había cometido errores, había pasado por alto sus claves, y ahora era demasiado tarde para arreglarlo. Nunca prestaba suficiente atención cuando importaba. Pero ¿qué claves estaba pasando por alto ahora?

–Ha sido así desde el principio. – Edward sabía que sonaba petulante, pero ya no le importaba-. ¡Yo no tenía ningún arma, o no tenía las apropiadas, o con quién utilizarlas! Y cuando por fin llegaba allí, era demasiado tarde, todo el mundo se había ido y los alienígenas estaban haciendo saltar alguna otra cosa, o interfiriendo con el tiempo o sabe Dios qué. Ahora incluso los otros humanos me están dando de palos. – Se mesó el pelo-. Y también está toda esa cosa con el Sol.

El horror agrandó los ojos de Zeph. – ¿Has permitido que trastearan con el Sol?

–Míralo tú mismo.

Edward se inclinó sobre el teclado y guió a su personaje escaleras arriba hasta salir.

Dirigió su mirada hacia arriba: el Sol, debilitado detrás de la lente alienígena, derramaba sus rayos vacíos exentos de calor. Mientras lo miraban, una banda de humanos ferales de otra tribu pasó por allí y mató al personaje de Edward. Este cayó de espaldas sobre la nieve, sangrando pero con la mirada todavía alzada hacia el cielo.

–Joder -dijo Zeph-. Nunca había visto eso antes. – ¿Por qué otra razón crees que hace tanto frío?

Zeph se impulsó hacia atrás, se levantó y fue hacia las ventanas con una expresión de enorme solemnidad en el rostro, las manos entrelazadas detrás de la espalda como un médico de urgencias que hiciera frente al mayor reto de su carrera como emisor de diagnósticos.

Anochecía, y el apartamento estaba oscuro. – ¿Cómo llegaste hasta aquí? – preguntó al cabo de un rato-. Cuéntamelo desde el principio.

Edward describió las escenas de apertura del juego. Zeph lo escuchó atentamente y alzó una mano para interrumpirlo. – ¿Así que no llegaste a hacerte con la carta que había dentro del buzón? ¿No salvaste el puente?

–No, no salvé el maldito puente. ¿Cómo hubiera podido hacerlo?

–Se suponía que estabas debajo del puente, matando al maldito experto en municiones. – ¿Qué experto en municiones? ¿De qué estás hablando? ¿Cómo podría haber matado yo a un experto en municiones?

–Con la pistola -dijo Zeph. Meneó la cabeza-. Se suponía que todo debía encajar, igual que un mecanismo de relojería. Pero olvídalo.

Olvídalo, ni siquiera puedo explicarlo. La has cagado desde el principio. Nunca tuviste una sola posibilidad.

Ambos guardaron silencio durante un rato. Edward tenía un par de ventiladores estratégicamente colocados en funcionamiento, pero incluso de noche el calor era opresivo. El aire del verano olía a cerrado y a humedad, como si ya hubiera sido respirado a su vez por otros ocho millones de habitantes de Manhattan. Edward fue a la cocina y volvió con una botella de whisky escocés y dos vasos grandes con hielo.

Zeph aceptó uno de los vasos.

–No te sientas demasiado mal -dijo mientras agitaba el hielo filosóficamente. Se dejó caer en un sillón-. Es como aquella vez que yo estaba a punto de conquistar el Japón medieval. Pero entonces aquel daimyo construyó un puente de tierra a través de… De hecho, es más fácil si te lo dibujo…

–Zeph -dijo Edward, manteniendo firme la voz con gran esfuerzo-, intenta centrarte un poco. Me da igual el Japón medieval. Tú limítate a decirme cómo ganar en MOMO.

–No sé si puedes. De hecho, así a bote pronto, yo diría que estabas completa y permanentemente jodido, de no ser por una cosa: el juego ya debería haber terminado. Hace mucho tiempo. Simplemente debería haberse detenido.

Zeph se frotó pensativamente la barbilla peluda.

–De acuerdo -dijo Edward hoscamente-. ¿Y qué? – ¿Es que no lo ves? Alguien se tomó la molestia de crear todo este complejo escenario a través del que estás jugando. ¿Por qué? Normalmente a estas alturas, cuando ya no hay ninguna esperanza, habrías llegado al punto en el que tu personaje cae muerto y una voz salmodia: «¡Mortal, has fracasado!», o algo por el estilo. En lugar de eso alguien creó deliberadamente todas las cosas que estás viendo; todos esos elaborados

mapas, texturas, fondos y efectos de sonido. Todo ese guión fue escrito por adelantado. ¿Por qué, cuando es todo tan inútil?

–No lo sé. A menos que en realidad todavía haya una manera de ganar a partir de aquí.

–Exacto. – Zeph apuró su escocés, se levantó y le palmeó el hombro a Edward-. Exacto.

No se ha acabado, amigo mío. No por un buen trecho, como dirían tus socios ingleses. Aquí hay una historia y se ha tramado un argumento, lo que significa que tiene que haber alguna manera de terminarla. Pero necesitas ayuda, ayuda que yo no puedo darte. Hay alguien al que tienes que ver. – ¿Quién?

–No puedes llamarlo. El no tiene teléfono. Su apartamento sólo dispone de líneas de datos.

–Le mandaré un correo electrónico.

–No lo aceptará. Tu criptografía no es lo bastante buena. Tendrás que ir a verlo en persona.

–No sé si es buena idea. Por lo que dices, no parece un tipo muy sociable.

Zeph se encogió de hombros.

–La elección es tuya. Pero él es tu única oportunidad. No se me ocurre nadie que sepa más que él acerca de MOMO. Forma parte del colectivo que gestiona su código base en la red.

Modera el grupo de noticias de MOMO. Y por lo que yo sé, puede que incluso haya escrito la mayor parte de los gráficos. ¿Tienes un bolígrafo?

Edward le dio uno. Zeph miró alrededor en busca de un trozo de papel, después se sacó del bolsillo trasero del pantalón una novela barata de ciencia-ficción y arrancó una de las guardas finales. Escribió con grandes letras mayúsculas una dirección en el Lower East Side, junto con un nombre: ALBERTO HIDALGO.

Luego hizo una pausa, el bolígrafo suspendido fatídicamente sobre la página, como si estuviera contemplando una revisión adicional de último momento.

–De hecho, creo que ya lo has conocido.

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