El Códice secreto

Lev Grossman · Capítulo 11 de 30

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El Códice secreto

Capítulo 7

Edward se secó el sudor de la frente con la muñeca. Dentro del local hacía calor, aunque Margaret no parecía sentirlo. Se la veía muy fresca y tranquila. Siguió hablando con su voz de conferenciante profesional.

–Ni palabras ni imágenes, sólo una página de negrura. Es un recurso nada habitual, muy literario, incluso innovador; se ha escrito a menudo acerca de él. Sterne probablemente tomó prestada la idea para las páginas jaspeadas en Tristram Shandy, aunque yo no creo que nadie haya demostrado de manera concluyente que Sterne leyó el Viaje.

Nadie sabe lo que significa, si es que significa algo, y no hay muchas pistas. Ahí es donde termina el primer fragmento. »El segundo fragmento es muy corto. Empieza con el señor del castillo volviendo a su casa. No sabemos qué le ocurrió en la página negra, o qué ocurrió después, sólo que ha transcurrido un tiempo. Sus compañeros se han ido, presumiblemente han muerto, y su búsqueda de la Capilla de la Rosa parece haber fracasado. En cuanto al Santo Grial, el señor del castillo se ha olvidado por completo de él. Es un cascarón de su antiguo yo, un esqueleto que va por ahí haciendo ruido dentro de su armadura.

Además, su castillo ha sido arrasado hasta los cimientos en su ausencia. Cuando él se marchó, aparentemente uno de sus enemigos vio una oportunidad y puso sitio al castillo. Sólo queda un campo lleno de escombros, tierra calcinada y piedras caídas. Su esposa y su hijo están muertos. El invasor se disponía a ultrajar a la esposa del señor del castillo cuando un ángel apareció y la mató. – ¿Qué? – Edward casi se atragantó con el vino-. ¿Por qué?

–Para evitarle tener que caer en el pecado.

Edward tragó saliva.

–Eso es una insensatez. ¿Qué hay de matar a los invasores? Eso habría ayudado un poquito más.

–El Dios medieval es misterioso.

Edward resopló.

–Una forma muy delicada de expresarlo. ¿Qué ocurre a continuación?

–El señor del castillo se prepara para dar inicio a una extravagante exhibición de dolor, pero se nos ahorran los detalles, porque el fragmento termina ahí. »La tercera parte retoma el tema del juicio divino. Es el más académico y teórico de los cinco fragmentos, y también el más largo, más que los otros cuatro juntos. En ciertos aspectos es similar al Paradiso de Dante, no siendo tanto una narración cuanto un intento de perfilar las líneas generales de la Weltanschauung del autor. El fragmento empieza con el señor del castillo errando por los campos, penitente y sin hogar. Se cree maldecido por Dios. Ha estado viviendo a la intemperie, durmiendo al raso y nadando en ríos de frías aguas. De todas las personas posibles se ve acompañado en sus vagabundeos nada menos que por el caballero ciervo, quien todavía cojea a causa de la herida que le infligió el señor del castillo. Esta vez los dos se llevan tan bien que parecen viejos amigos. Son como dos viejos soldados que sirvieron en ejércitos enfrentados durante la misma guerra. Ahora que la guerra ha terminado, son los únicos que se comprenden mutuamente. »Se retiran juntos a la choza de un ermitaño en lo alto de una montaña, donde hacen que el diálogo siga discurriendo de un modo casi socrático. Hay una larga digresión sobre cómo deben ser interpretados los sueños, en su mayor parte tomada textualmente del Comentario sobre el sueño de Escipión de Macropio: en realidad los escritores medievales no tenían ninguna clase de escrúpulos en lo que concierne al plagio. Mientras hablan, el caballero ciervo cambia de forma a voluntad, pasando de caballero ciervo a ciervo caballero y de vuelta al principio, según el humor de que esté en cada momento. Cubren un gran número de temas: cosmología, teología, hermenéutica y en particular escatología, la discusión teórica que se ocupa del fin del mundo. Si, el mundo fuera a terminar, ¿cómo sabríamos que ha terminado? ¿Es posible que el mundo ya haya terminado y estemos viviendo las consecuencias de su fin? ¿Es esto el infierno? ¿O peor aún, es esto el cielo? Aquí la autoridad es el caballero ciervo, siendo algo así como una entidad mística, pero el señor del castillo también tiene algunas ocasiones de lucirse. En un momento dado observa, amargamente pero con un guiño al lector muy propio del siglo XVIII, que si él fuera un personaje en un romance no querría saber cómo terminaba su historia, porque ningún final, ni siquiera la

recompensa definitiva del cielo, podría compensarle la pérdida de su esposa y su hijo.

Edward empezaba a disfrutar viéndola hablar. Todo era muy distinto a lo que estaba acostumbrado: aquella mujer invertía todo su tiempo sólo en leer y en pensar acerca de lo que leía. En cierto modo, parecía una forma ridícula de malgastar el tiempo, pero quizás era mucho más importante que lo que hacía él durante todo el día. O solía hacer.

–El cuarto fragmento es el más problemático, y aquél acerca del que más se ha escrito, aunque no creo que los comentarios hayan hecho gran cosa para aclararlo. El tono es distinto al del resto del Viaje. Se parece más a un sueño, una alucinación o uno de los grotescos del Bosco.

Incluso se diría que no es obra de la misma persona: sus repeticiones y su violencia parecen reflejar la mente de un niño o un adulto patológico. Si fue un adulto quien escribió eso, creo que él o ella se encontraba muy cerca de la enfermedad mental. »El señor del castillo reanuda su vida aventurera, aunque ya no con ninguna búsqueda o empresa en mente. Ahora sólo está perdido… -Margaret se interrumpió, como si no supiera continuar de forma coherente. Suspiró y apartó de un soplido el flequillo, un gesto de muchacha que no resultaba nada característico en ella-. El texto se vuelve muy repetitivo, de manera casi obsesiva: el señor del castillo mata a un monstruo tras otro, gigantes, demonios, dragones, así sucesivamente una y otra vez.

En ocasiones parece matar dos o tres veces al mismo monstruo.

El tiempo se mueve en círculos, doblándose o triplicándose sobre sí mismo. En algunas partes el verso degenera hasta convertirse en un catálogo de a quién o qué ha combatido o dado muerte o salvado el señor del castillo, simples listas, despojadas de cualquier narración o significado. En un momento dado se nos dice que ha vuelto a casarse y ha reconstruido su castillo, engendrando a un nuevo hijo. Envejece y está satisfecho, y la narración se ramifica y sigue las aventuras de su hijo, quien parte en su propia búsqueda. Pero éste crece gradualmente para convertirse en su padre, quien se encuentra con el caballero ciervo y vuelve a perseguirlo por todas partes, y pronto el relato se inicia de nuevo. El tiempo es circular.

Excepto que esta vez el señor del castillo triunfa en su empresa: completa la búsqueda, encuentra la Capilla de la Rosa y es aceptado inmediatamente en el cielo. »Pero la cosa dura poco. El señor del castillo es expulsado del cielo basándose en algún tecnicismo teológico que no tiene ninguna lógica, al menos hasta donde yo he podido ver. De regreso a la tierra se convierte en un hombre amargado, y se venga persiguiendo al caballero ciervo, matándolo y comiéndose su carne. –

Edward torció el gesto-. A partir de este punto el mismo texto parece enloquecer. Las personas mueren y vuelven a la vida sin ninguna lógica o razón aparentes. El señor del castillo comete suicidio, destripándose con una misericordia (un tipo de daga de hoja muy delgada), sólo para ser violentamente resucitado por un ángel despectivo y sarcástico. El caballero ciervo también reaparece, esta vez enfadado porque se le ha hecho desaparecer dándole muerte antes, y advierte al señor del castillo de que la vida sólo es un sueño, que el cielo es la única realidad verdadera y que no debería tomárselo todo tan en serio. Enormes huestes se reúnen y luchan entre sí sin ninguna razón, siendo todo ello descrito con minucioso detalle. El narrador es como un niño pequeño que tuviera un arcón lleno de soldados con los que jugar, poniéndolos en fila y derribándolos una y otra vez. Se ofrecen ecos de un paisaje devastado por la guerra y la plaga. »Finalmente el relato vuelve a describir un círculo, el tiempo se curva sobre sí mismo y regresamos a la fatídica cacería en pos del caballero ciervo, exactamente como antes.

De hecho, pasajes enteros del primer fragmento reaparecen palabra por palabra, y el poema se convierte en un pastiche de sí mismo. Al igual que antes, el caballero ciervo es atrapado en el desfiladero sin salida y huye corriendo en un estado de pánico. El señor del castillo parece ser consciente de que todo esto ya ha sucedido, pero se encuentra desvalido, impotente para cambiar su curso.

Y al igual que antes, los caballeros entran en el desfiladero. Pero una vez más, nunca vemos qué hay dentro, porque ahí es donde termina el fragmento.

–Maldición -dijo Edward-. Otra vez frustrados. – Miró su reloj.

Faltaban unos minutos para las seis. Se le ocurrió pensar que si aquello duraba mucho más, Margaret podría cobrarle por otra hora de trabajo-. Adelante con el fragmento cinco.

Imperturbable como siempre, Margaret continuó.

–Empieza con el señor del castillo a la deriva en el océano dentro de un bote. No tiene remos, vela o timón. Confía en Dios para que lo lleve a la orilla sano y salvo. Ha transcurrido algún tiempo. Está muy hacia el norte, y hay icebergs por todas partes en torno a él. Exóticas ballenas árticas salen a la superficie y se sumergen alrededor de él, belugas, cabezas de arco y narvales. Coleridge tomó prestadas unas cuantas líneas de este pasaje para La balada del viejo marinero: «Y a través de la ventisca los nevados riscos/derramaban un lúgubre resplandor:/no divisamos hombre ni bestia alguna. /El hielo reinaba por doquier.»

»Los autores medievales suelen insertar historias de obras clásicas en las suyas, y aquí el narrador aprovecha la oportunidad para recoger un par de episodios de la Odisea, concretamente, el de las sirenas y el de los comedores de lotos. La verdad es que no sabría decir por qué lo hace. También incluye la historia de Paolo y Francesca, acerca de una mujer y su cuñado que se convierten en amantes mientras están leyendo un libro juntos. El esposo de la mujer entra y los mata a ambos. El cuento fue bastante popular, tanto Dante como Boccaccio tienen sus propias versiones de él, pero la versión de Gervase está extrañamente bastardeada: él le otorga un final feliz, en el que los amantes literarios escapan juntos y a partir de entonces viven felices.

»Finalmente el señor del castillo llega a la costa de un país desolado.

Desde la playa sólo puede ver una duna tras otra, puntuadas por retazos de nieve. La arena es del color del hierro,

"sin pueblo, o casa, o árbol alguno o arbusto, o hierba, o campo arado ninguno". Gervase dedica un párrafo entero a describir la curiosa cualidad de la luz: hay algo acerca de ella que inquieta al señor del castillo, porque es pálida y tenue y un poco ultraterrena. Por fin llega a un lugar habitado, cuyas gentes se presentan a sí mismas como los cimerios del título del libro. El señor del castillo al fin ha llegado.

»En Cimeria, le dicen, siempre es crepúsculo: ni de día ni de noche. Es un país frío, duro y despoblado. El señor del castillo vaga por allí, y lo vemos a través de sus ojos. Los habitantes subsisten a base de cosechas de raíces y rebaños de ovejas de un hirsuto pelaje. El terreno está atravesado por arroyos de aguas gélidas, y el señor del castillo se tropieza con el cuerpo helado de una mujer en una acequia. Atraviesa

las ruinas de una población, chozas derrumbadas y muros de piedra que han sido derribados y dispersados. Pasa por un campo donde los surcos están llenos de nieve, y compara la alternancia de tierra negra y nieve blanca con las líneas de escritura en una página. »Y ahí termina el último fragmento. Es un pasaje muy desolado. A1 igual que los otros, está impregnado por una sensación de melancolía y anhelo, pero sin ningún tema obvio. No hay duda de que algunas partes de él son alusiones al Inferno de Dante. Lo que, dicho sea de paso, es otra razón para pensar que no pudo haber sido escrito por Gervase de Langford, porque que yo sepa el único hombre en Inglaterra que había leído a Dante en aquel momento era Chaucer.

Margaret miró dentro de su vaso medio vacío. Edward jugueteó con lo que quedaba del pastel. Un enorme camión pasó ruidosamente por la estrecha calle, resollando entre un resoplido de frenos mientras ocultaba temporalmente el sol. – ¿Qué cree que significa todo eso? –

inquirió Edward. – ¿Qué significa? No lo sé. Leído como el producto de una mente medieval, el Viaje probablemente sería una alegoría religiosa. El progreso del alma desde el pecado hacia la gracia.

Podría haber tenido alusiones políticas: usurpación, la difícil situación del trabajador agrícola…

Y la psique de Gervase tuvo que quedar profundamente afectada por el espectáculo de la Muerte. Puede que viviera bajo una insoportable carga de culpabilidad y vergüenza por haber sobrevivido cuando tantos otros murieron, así como con el miedo de que la plaga volviera para reclamarlo. – ¿Qué hay de los cimerios? ¿Quiénes eran?

–Nadie especial. Tienen una base real, suponiendo que eso importe.

Eran una tribu nómada que invadió Asia Menor en algún momento alrededor del año 1200 a.C. – ¿Así que existieron realmente?

–Por supuesto que existieron. – Margaret sonrió levemente-. La moderna Crimea deriva su nombre de Cimeria. Pero la realidad histórica no es ni con mucho tan interesante como la literaria. En la tradición clásica se pensaba que los cimerios eran una tribu legendaria que vivía en una tierra donde siempre reinaba el crepúsculo. Ovidio los menciona en las Metamorfosis, y Ulises visita la tierra de los cimerios en la Odisea. En la mitología del mito clásico el mundo se hallaba circundado por un río llamado Océano. Los cimerios vivían en el lado

más alejado de Océano, y más allá de Cimeria sólo estaba el Hades.

Plinio pensaba que Cimeria estaba en Italia, donde supuestamente había una entrada al mundo subterráneo, pero quienquiera que escribió el Viaje parece estar combinando o fusionando Cimeria con Ultima Thule, la tierra legendaria situada más hacia el norte que había en el mundo.

En la puerta se inició una discusión entre el maître y un hombre que quería entrar en el local con su perro. Margaret miraba fijamente a Edward. El se preguntó si simplemente estaba esperando a que le dijera que podía marcharse.

–Así que si yo estuviera buscando este libro, y suponiendo sólo por el bien de la discusión que existe, ¿qué aspecto cree que tendría?

–Bueno, en cuanto al formato -dijo ella, formando un puente con los dedos-, sería un códice. Probablemente estaría escrito sobre pergamino y no sobre papel. Las cubiertas serían de madera recubierta de cuero.

Se trataría de un manuscrito, la imprenta todavía iba a tardar cien años en ser inventada, y estaría escrito en letra gótica. Muy difícil de leer para quienes no sean expertos en el tema. A1 margen de eso, podría tener prácticamente cualquier aspecto. Por aquel entonces hacer un libro era como hacer una película hoy en día: requería un montón de tiempo, un montón de dinero y un montón de personas con muchas habilidades distintas. Había que comprar el pergamino y las plumas y la tinta. Había que hacer que el texto fuera escrito por un escribiente, después era ilustrado por un ilustrador, luego era encuadernado por un encuadernador, y así sucesivamente.

Un camarero pasó junto a ellos y puso discretamente la cuenta sobre la mesa entre los dos. – ¿Podría Gervase haber hecho todo eso?

¿Podría habérselo permitido?

Ella meneó la cabeza y dijo:

–Es posible. Un hombre joven de una familia de la clase media alta, que servía a una casa noble… Sí, es posible. Pero en cuanto al texto propiamente dicho… Lo siento, no sé cómo puedo llegar a convencerlo, y es obvio que usted no está interesado en que se lo convenza, pero simplemente no es el producto de una mente medieval.

Edward apretó los labios y asintió. Margaret Napier era sincera, creía en lo que decía, y probablemente estuviese en lo cierto. No tenía

ninguna razón para engañar lo; como mucho, quizá tuviera un interés financiero en impulsarlo a seguir adelante, en prolongar aquellas sesiones. Edward estaba decepcionado. En algún momento, inconscientemente o sin saber por qué, había empezado a desear que el libro fuese real. Sacó su cartera. – ¿Y qué cree que les sucedió a esos caballeros? Me refiero al final de la primera parte, en el desfiladero sin salida.

–Se ha vertido mucha tinta sobre esa página negra, dicho sea sin intención de hacer ningún juego de palabras. – Margaret hizo girar los posos de café. No intentó evitar que Edward pagara-. Hay al menos un libro entero acerca de ello, Oscuridad visible de Capshaw. Los freudianos opinan que es un útero, o un ano, o una tumba, o las tres cosas a la vez. Los marxistas hablan de la aparición del capitalismo en Inglaterra y la conversión de la novela en una mercancía más. Es especialmente popular entre los deconstruccionistas. Lo he visto llamar un error del impresor, un mapa de África y una protesta contra el Acta del Sello de 1727. – ¿Y usted qué cree que es?

–No tengo ninguna opinión al respecto. – La habitual ausencia de emociones de Margaret regresó de inmediato-. No es mi campo.

–De acuerdo. Muy bien. – Aquella mujer estaba empezando a cansarlo. Edward necesitaba ir a algún sitio y pensar. O mejor aún, ir a algún sitio y no pensar. En la mesa contigua una pareja joven con aspecto de dedicarse a la abogacía había empezado a discutir en tensos susurros-. ¿Por qué no lo dejamos por ahora? ¿Vuelve a Brooklyn? –

Ella negó con la cabeza-.

Bien, vaya donde vaya, coja un taxi y guárdese el recibo. La próxima vez me gustaría que viniera a ver la colección, suponiendo que los Went se muestren conformes. ¿Qué le parecería eso?

–Perfecto -dijo ella, sin exhibir reluctancia ni entusiasmo. Se levantó y Edward la siguió hasta la puerta y a la acera. Faltaba poco para que fueran las seis y media, pero era una larga tarde de verano y fuera seguía habiendo luz de día. – ¿Puedo…? – ¿Debería? Edward gesticuló vagamente señalando hacia el East Side al mismo tiempo que buscaba un taxi con la mirada.

–Voy hacia arriba -dijo ella-. A Columbia.

Se volvió hacia la boca del metro, el bolso rebotando sobre su cadera. Edward la llamó.

–Una cosa más. Antes dijo que ese libro sería un códice. ¿Eso qué significa?

–Un códice… -Se interrumpió y se volvió hacia él. Parecía un poco disgustada por tener que definir un concepto tan básico-. Un códice no es más que… un códice. Por oposición a un pergamino, una tableta de cera o una roca con palabras esculpidas en ella. Un códice es un conjunto de páginas escritas, dobladas y atadas a un lomo colocado entre dos cubiertas. Es lo que alguien como usted llamaría un libro.

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