El Códice secreto

Lev Grossman · Capítulo 9 de 30

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El Códice secreto

Gervase de Langford?

Se lo pasó a la desconocida.

Esta vez ella lo miró durante un poco más de tiempo. Luego titubeó y asintió de mala gana.

Edward escribió: NECESITO HACERLE UNA PREGUNTA.

La mujer suspiró y apretó los labios, como si aceptara el hecho de que verse interrumpida continuamente en su silenciosa labor fuera su inevitable destino en la vida, aunque no estuviera dispuesta a mostrarse condescendiente al respecto. Se levantaron juntos y fueron hacia la puerta. Edward vio que era bastante alta, tanto como él. El movimiento en sí mismo fue impresionante, como el de una gran garza en peligro que desplegara grácilmente sus alas para emprender el vuelo. Edward le abrió la puerta y ella pasó por delante de él. La mujer de los gruesos carrillos lo estaba mirando y frunció el entrecejo. Edward le hizo una mueca.

Quería sentarse con ella a una de las mesas de conferencias que había en el vestíbulo, pero la mujer se limitó a permanecer de pie junto a la puerta.

–Es gracioso -dijo Edward, sonriendo como si realmente lo fuera-.

Yo también he venido aquí para consultar el Gervase de Langford.

Esperaba que ella le devolviera la pelota que acababa de lanzarle, pero la mujer se limitó a guardar silencio, escuchando.

–Verá, me estaba preguntando cuándo cree que habrá terminado con él.

Ella llevaba un pequeño reloj de plata, pero no lo miró.

–Seguiré trabajando durante el resto del día.

Había algo raro en su voz, extrañamente átona e inexpresiva. No contenía ninguna disculpa o invitación a negociar. Edward se rascó la nuca. Estaba aventurándose en un territorio con el que no se hallaba familiarizado en lo tocante al protocolo. – ¿Y si sólo le echo un vistazo?

La expresión de ella se mantuvo inalterable. – ¿Cuánto tiempo necesita?

–Quince minutos. – ¿Transcribirá, localizará algo o hará dibujos? –

No, no lo creo. Sólo necesito… Sólo he de comprobar unas cuantas cosas.

Ella lo miró impasiblemente. Su larga nariz tenía la curva aristocrática de una pista para el salto de esquí. – ¿Puede hacerlo ahora mismo?

Edward asintió.

Ella se hizo a un lado, dejando libre la entrada como si hubiera estado considerando la posibilidad de retarlo a un duelo.

–Dispone de quince minutos. Venga a buscarme cuando haya terminado.

Mientras ocupaba la silla de la mujer, Edward vio que ésta había dejado algunas de sus cosas allí, las herramientas del oficio, esparcidas sobre la mesa en un semicírculo alrededor del libro. Había un punto de libro de terciopelo rojo; una pequeña lupa de aspecto tan delicado y serio que parecía equipo de espionaje ruso desmilitarizado; tres lápices del número cuatro, alineados y afilados hasta proporcionarles temibles puntitas. La mujer se había llevado consigo el cuaderno de notas, pero había dejado allí su bolso. Estaba abierto, y su identificación estudiantil de la Universidad de Columbia quedaba a la vista. Su nombre, debajo de su foto con los labios apretados y sin sonreír, era Margaret Napier.

El tiempo pasaba. Edward contempló el volumen con lo que esperaba fuese el ojo de un profesional. La sensación de antiguo autodominio inanimado que irradiaba lo desconcertó.

Volvió a preguntarse qué estaba haciendo él allí. El libro era grande y grueso, sus páginas moteadas tenían un tacto extrañamente aterciopelado distinto al del papel corriente. La cubierta estaba hecha de un material gris muy pálido, que Edward no logró identificar inmediatamente, y tenía lo que parecía un cierre de metal prehistórico sujeto a ella. Tres delicadas rosetas rosadas eran visibles a lo largo de los bordes de las páginas reunidas. El libro era tan manifiestamente antiguo que Edward temió fuera a convertirse en polvo en cuanto volviera la primera página. Cuando lo hizo, no encontró ninguna página con el título, sólo mero texto.

Tomó unas cuantas notas. La escritura era densa y negra, casi totalmente ilegible.

Edward pensaba que se suponía que los libros medievales contenían imágenes, pero aquél apenas tenía ornamentos, sólo unas cuantas volutas diseminadas entre las columnas de texto.

Deletreó un par de palabras, lo suficiente para ver que el libro estaba escrito en latín. Pasar las páginas de un libro que no era capaz de leer sólo podría mantenerlo entretenido durante un rato, pero se dijo que debía agotar la totalidad de los quince minutos para fastidiar a Margaret Napier.

Sin embargo, incluso eso le pareció aburrido poco después. Edward encontró a Margaret Napier sentada a una mesa circular en el vestíbulo, con un cajón entero del catálogo de tarjetas frente a ella.

Había quitado osadamente la varilla de metal que pasaba por el centro del cajón y sacado unas cuantas tarjetas de catálogo. Las estaba clasificando en pilas sobre la mesa delante de ella, como si se hallara absorta en algún complejo juego de cartas privado, y de vez en cuando hacía una anotación. – ¿Quién está ganando? – preguntó él alegremente. – ¿Ganando? – Margaret Napier alzó los ojos y lo miró sin comprender. Bueno, de todos modos ella no se merecía ninguna conversación ingeniosa. – ¿Realmente le está permitido hacer eso? Ella siguió clasificando las tarjetas.

–Yo solía trabajar aquí -dijo-. De todos modos, el catálogo en papel ya casi es una redundancia. La mayor parte de su contenido se encuentra duplicado en formato electrónico. – ¿Le importa si le hago unas cuantas preguntas? – dijo Edward, sentándose enfrente de ella-.

Acerca de Gervase de Langford, quiero decir. – ¿Por qué?

–Bueno, estoy haciendo unas investigaciones y… -¿Es usted estudiante?

–Trabajo para una colección privada.

Ella sacó otra tarjeta del cajón y la puso encima de la mesa con un golpe seco. Edward decidió seguir adelante.

–Verá, he estado buscando un libro que fue escrito por Gervase de Langford. Y como parte de la investigación, me he familiarizado con las características físicas de su obra.

–Trabaja para una colección privada -repitió ella-. ¿Está interesado en adquirir una de sus obras?

–De hecho, creo que quizá ya tengamos una.

Ella levantó la vista de su trabajo. Touché. Pareció advertir la presencia de él por primera vez.

–Está diciendo que sus jefes pueden hallarse en posesión de un nuevo ejemplar de la obra de Gervase de Langford. – Dejó el lápiz encima de la mesa, todavía escéptica pero ahora decididamente interesada-. ¿De qué se trata? ¿Otro Chronicum?

–No -respondió Edward-. Es un… creo que una especie de libro de viajes. Algo acerca de la tierra de los cimerios.

De inmediato supo que había cometido un error. La expresión de ella volvió a alejarse, de manera visible, barajando de nuevo las tarjetas. Edward esperó, escuchando el siseo de su lápiz mientras arañaba el papel en el silencio de la biblioteca, pero ella no dijo nada más. – ¿Sabe de qué libro estoy hablando? – insinuó él.

–El libro del que está hablando no existe.

Parecía casi enfadada.

–Mis jefes opinan lo contrario.

–Entonces están lamentablemente mal informados.

–Bueno, sentirán mucho saberlo.

–Estoy segura de ello.

–Pero ¿sabe usted de qué le estoy hablando? – insistió él tercamente-. ¿Un viaje a la…?

–Un viaje al país de los cimerios. – Pronunció las palabras fluidamente y con naturalidad, pero con un extraño acento cantarín.

Puso los énfasis de distinta forma a lo que él habría esperado, pronunciando la palabra «cimerios» como si se escribiera con k-. Es un fraude sobradamente conocido.

Edward parpadeó.

–Siento tener que decir esto -añadió-, pero no sé de qué me está hablando.

–Usted no es medievalista, ¿verdad?

Lo dijo sin ningún desprecio. Edward tuvo la impresión de que simplemente deseaba alcanzar un entendimiento más claro de la situación con la que estaba tratando.

–No -dijo Edward-, no lo soy, soy… -¿Qué era exactamente?-. Soy un profano en la materia.

–Entonces permita que le aclare una cosa… en los términos que emplean los profanos en la materia. – Asumió un tono profesional que Edward reconoció como perteneciente a una sala de juntas. Era el

sonido de un oponente implacable dispuesto a asestar un golpe de gracia-. A mediados del siglo XVIII un hombre llamado Edward Forsyth tenía una imprenta de tercera categoría en un callejón de uno de los barrios pobres de Londres. Forsyth imprimió un librito que contenía lo que él aseguraba eran fragmentos de un libro de profecías escrito por un monje medieval llamado Gervase. El libro se titulaba Un viaje al país de los cimerios. Interrúmpame si voy demasiado deprisa para usted.

La gentileza personificada, Edward hizo un gesto de asentimiento con la cabeza para que continuara.

–Los fragmentos contenían un viaje alegórico sensacional y ocasionalmente salaz que culminaba en una visión mística del fin del mundo. Forsyth, un ex convicto que empleaba a escritorzuelos de tres al cuarto, los presentó como una profecía del Apocalipsis, acompañados por ilustraciones adecuadamente sensacionales. El resultado fue la maravilla de un día. El Viaje tuvo un gran éxito de ventas, y Forsyth se convirtió en un hombre rico. »Desde ese momento bibliófilos aficionados y estudiantes aquejados de exceso de celo han hecho progresar sus carreras especulando con que realmente existía ese libro místico, con el mismo título, y que el supuesto monje Gervase es la misma persona que Gervase de Langford, un auténtico estudioso menor de principios del siglo XIV. No obstante, al margen de esos vuelos fantasiosos, los académicos serios coinciden en que Un viaje al país de los cimerios es una invención.

Esta vez, sí que miró su diminuto reloj de plata.

–Y ahora me excusará, pero mi tiempo aquí es muy limitado.

Recogió las tarjetas de encima de la mesa, devolviéndolas hábilmente a su orden original, y empezó a reinsertarlas dentro del catálogo.

–Gracias por su ayuda -le dijo Edward. «Maldita zorra.»

–No hay de qué.

Edward se mordió el labio mientras ella se levantaba y llevaba el pesado cajón de vuelta al catálogo. La vio alzarlo hasta el sitio que le correspondía, y vio lo delgados que eran sus brazos y sus hombros. La puerta que daba a la sala de lectura se cerró tras ella, y de pronto Edward se dio cuenta de que se había quedado helado. El sol distante y

desprovisto de calor de las claraboyas hizo que sintiera todavía más frío. Fue a por sus cosas. Se sentía oscuramente decepcionado. Había algo incitante en aquel pequeño proyecto, aquella búsqueda en miniatura.

En realidad, él no confiaba en que llegara a ninguna parte, pero tampoco pensaba que se convertiría en algo absurdo tan deprisa como lo había hecho. Ahora la sala de lectura estaba casi vacía y sólo quedaban en ella Margaret Napier y el hombre de pelo blanco y aspecto distinguido, que seguía pasando lentamente las páginas de la misma maltrecha publicación pulp. Edward recogió sus papeles e igualó los cantos, no porque hubiese nada útil en ellos, a menos que uno contara como tales sus obras maestras geométricas. Margaret no le prestó la menor atención. Edward se marchó y subió por la escalera hasta el oscuro rellano. Cuando abrió la puerta de cristal que daba a la calle, tuvo la impresión de haber pasado días en el subsuelo. De hecho, casi se sorprendió al ver que sólo era media tarde.

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