El Códice secreto
Capítulo 8
Dos días después, Edward se citó con Margaret en la acera de enfrente del edificio de los Went. El día era caluroso y húmedo. Estaba nublado. El trueno flotaba en el aire. El mango de un paraguas sobresalía del bolso de cuero de Margaret, aunque todavía no había llovido.
Llevaba el pelo pulcramente recogido hacia atrás con un broche.
Pálida y delgada, Edward pensó que hubiese podido seguir la moda gótica sin problemas, pero no se había molestado en hacerlo. Entraron en el edificio pasando junto al portero, que esta vez lo reconoció y asintió con la cabeza para indicarles que podían pasar. – ¡Vienen y van!
– dijo, sonriendo bajo su frondoso bigote.
Mientras subían en el ascensor, Edward se aclaró la garganta. _ -
Quizá debería haberles advertido de que iba a venir usted hoy -dijo-, pero no se preocupe. Sólo sea agradable con Laura. La conocerá: es la Chica Viernes de los Went.
–Gracias -dijo Margaret secamente-. No estaba preocupada.
Las puertas se abrieron sobre un apartamento silencioso y vacío. No vieron a nadie mientras iban por los pasillos hacia la escalera de caracol que llevaba al piso de arriba. La luz que entraba por las ventanas era apagada y gris, como la de la luna.
Hasta entonces no se había fijado realmente en la escalera de caracol, pero Edward advirtió que era una verdadera maravilla: quizás acompañado de Margaret estaba viéndola a través de los ojos observadores de ella. Era una auténtica muestra del momento de esplendor del viejo art nouveau neoyorquino, hierro macizo, forjado todo él en una sola pieza y goteando ornamentos serpentinos al estilo Aubrey Beardsley. Debía de pesar al menos una tonelada.
Margaret lo siguió por la escalera sin hacer ninguna pregunta y esperó en la oscuridad mientras él abría la puerta con su llave y luego tanteaba alrededor, buscando la solitaria lámpara de pie.
Era casi como llevar a casa a una novia para que conociera a los padres, algo que Edward había hecho lo más raramente posible cuando estaba en la universidad. Se sintió aliviado al ver que había dejado los
libros en un estado razonablemente ordenado antes de salir. Llenaban la larga mesa de madera en apretadas hileras de altas pilas multicolores, como un modelo de ciudad hecho de rascacielos en miniatura. Mientras abría el ordenador y lo conectaba, Margaret cogió el primer libro de la primera pila más próxima. Era un volumen de tapas duras color verde musgo que parecía bastante moderno. Lo inspeccionó manteniéndolo cerrado, dándole la vuelta con manos expertas entre sus pálidos y delgados dedos, y luego dejó que el libro cayera suavemente abierto sobre su palma y estudió unas cuantas páginas. Inclinó la cabeza y olisqueó delicadamente el pliegue central con su larga y elegante nariz.
–Ha sido lavado -dijo, torciendo el gesto-. Lo han frotado con detergente. Una repugnante práctica francesa, echa a perder el papel.
Debería ser ilegal.
Examinó los lomos de cada pila por orden, minuciosamente y sin apresurarse. Parecía haber olvidado que Edward estaba en la habitación. Se detuvo cuando llegó al estuche de madera que contenía el libro antiguo que él había desenvuelto durante su primer día allí.
Estaba en el fondo de una alta pila de libros pero, antes de que Edward pudiera ofrecerse a ayudarla, ella los sacó de la caja y los puso en el suelo con un solo movimiento nacido de la práctica. Los libros dejaron un rastro de manchas de polvo sobre la pechera de su vestido, pero ella no pareció inmutarse. Abrió el estuche y miró dentro de él. –
¿Qué sabe acerca de éste? – preguntó, después de una larga pausa.
–Nada. – Edward se aclaró la garganta-. No consigo dar con la manera de abrirlo. – ¿Qué dice el catálogo?
–No hay ningún catálogo. Verá, he estado trabajando en ello, pero ése todavía no lo he hecho.
Ella lo miró. Estaba muy oscuro, ninguna luz entraba por las ventanas cubiertas, por lo que sólo había la lámpara y el brillo fantasmal del monitor. – ¿Qué quiere decir? ¿Este libro no se halla descrito? – Que yo sepa no. – ¿Todos estos libros…? – Paseó la mirada por el resto de los libros que había sobre la mesa-. ¿No han sido catalogados?
–Nadie más sabe acerca de ellos, si se refiere a eso. – Edward tecleó imperturbablemente en el ordenador, abriendo el fichero que había
creado-. He estado trabajando en ello. De hecho, para eso se me contrató. – ¿Qué criterios de catalogación está siguiendo? ¿Las normas internacionales? ¿El sistema de la Biblioteca del Congreso?
Él meneó la cabeza.
–Yo no entiendo de esas cosas.
Margaret bajó la mirada hacia el libro que había dentro del estuche y tocó su cubierta con las manos. Exhaló un hondo suspiro.
–Esta situación es muy poco habitual -dijo finalmente.
–Eso no es todo -añadió Edward-. Mire aquí. Margaret se acercó hacia donde señalaba y miró dentro de una caja abierta, que se hallaba casi vacía excepto por unos cuantos paquetes pesados de gran tamaño en el fondo. Se le escapó un jadeo extraño y un tanto nervioso, pero recuperó la compostura casi de inmediato y fingió toser.
Se volvió hacia Edward.
–Es muy improbable que una colección tan antigua y de este tamaño pueda haber permanecido completamente descatalogada-dijo suavemente-. Tiene que haber registros de ella en algún sitio.
–Puede que esté en lo cierto. Pero entonces, ¿por qué iban a contratarme los Went?
–No lo sé. Pero tiene que haber documentos. Un manifiesto de embarque, recibos de ventas, documentos referentes al seguro, exenciones fiscales. Objetos como éstos no se deslizan a través de la historia intocados, invisibles, sin ninguna huella. Dejan tras de sí pisadas, rastros. ¿Cuánto tiempo han estado aquí estos libros?
–Toda la colección vino de Inglaterra a bordo de un barco, justo antes de la Segunda Guerra Mundial.
Relató lo que le había contado Laura Crowlyk acerca de la historia de la colección durante su primer día. Mientras Edward hablaba, ella volvió a la mesa y abrió los cajones. – ¿Qué está buscando? – preguntó Edward.
–Deberíamos abrir esas otras cajas antes de seguir adelante. –
Cruzó los brazos-. Puede que en alguna de ellas haya documentación.
–De acuerdo. – Edward no había pensado en eso.
Recuperó el destornillador de donde lo había dejado y se lo entregó.
El equilibrio de poder dentro de la habitación había cambiado, y no a favor de Edward.
–Quite el polvo de esas estanterías -ordenó ella-. Vamos a necesitar un montón de espacio.
Edward volvió al piso de arriba llevando consigo un cubo de aluminio lleno de agua caliente, una botella de líquido limpiador, dos rollos de papel higiénico y un paquete por abrir de esponjas que la mujer de la limpieza le había dado cuando lo encontró hurgando debajo de una pileta en un cuarto de baño que no se utilizaba.
Margaret ya había abierto la caja siguiente y estaba sacando los libros de ella. Edward dejó el cubo en el suelo con un ruido metálico v Margaret dio un respingo.
Trabajaron en silencio en la penumbra de la biblioteca. Edward, oía el crujido de viejos tornillos abandonando la blanda madera y el seco tintineo cuando ella los dejaba caer despreocupadamente al suelo, su respiración ligeramente agitada por el esfuerzo físico. A1 principio trató de mantener una conversación, pero al cabo de un rato decidió que ella quizá se sintiera más a gusto si no hablaban. Empapó una esponja en agua jabonosa y la puso encima de la primera estantería. La capa de grueso polvo se desprendió con una sola pasada. Era interesante, en cierto modo. Edward pasaba la mayor parte de sus días en lugares que otras personas limpiaban, personas que se llevaban la basura, pasaban el aspirador sobre las moquetas y frotaban subrepticiamente las tazas de los lavabos mientras él estaba en otro sitio, o mientras desviaba la mirada y hablaba más alto en el teléfono.
Pensó en las mujeres de la limpieza que hacían la ronda de su oficina cada noche después de la jornada laboral a altas horas de la madrugada, parloteando en español, portugués o ucraniano mientras empujaban sus carritos de plástico gris ante ellas. Las únicas palabras del idioma de Edward que parecían conocer eran «disculpe» y «lo siento». Se preguntó si todas tendrían doctorados en microbiología en sus países natales, e iban a casa para escribir brillantes romans fleuves en sus distintas lenguas nativas.
Cuando hubo terminado con una hilera de estanterías, el agua en el cubo se había vuelto de un sólido color gris. Edward secó la madera con el papel higiénico. Al volverse vio que Margaret seguía trabajando en las cajas, haciendo girar diestramente el destornillador con sus delgados y fuertes dedos. – ¿Ha encontrado algo? – le preguntó él. Ella
meneó la cabeza sin volverse. – ¿Quién era Cruttenden? – dijo después.
– ¿Quién?
–Cruttenden. – Había empezado a sudar a pesar del frío que hacía en la sala, y se detuvo para secarse la frente con el antebrazo-. El nombre que hay en las etiquetas de embarque de todas esas cajas.
–No tengo ni idea. El, ella o ello probablemente fue el predecesor de Crowlyk.
Posiblemente ya hace varias Crowlyk de eso. – ¿Crowlyk…?
–Laura. La que me contrató, la secretaria. Quizá debería saber que los Went no suelen aparecer mucho por aquí. Son algo así como una presencia ausente. Supongo que pasan la mayor parte de su tiempo refugiados dentro de su propiedad en Bowmry. Laura es la que realmente dirige la función. – ¿En Bowmry? – Ella lo miró con curiosidad.
–Bowmry. Son de allí. Los Went son aristócratas o miembros de la realeza o algo por el estilo. El duque y la duquesa de Bowmry.
–Ah -dijo ella, como si le hubiera proporcionado una pista involuntariamente. – ¿Qué?
–Gervase de Langford estaba al servicio del duque de Bowmry.
–Creía que había dicho que trabajaba para un conde.
–Era la misma persona. En el sistema inglés, una persona puede tener más de un título de par del reino. A finales de su carrera el conde de Langford fue nombrado primer duque de Bowmry por Eduardo III.
Eduardo estaba loco por los ducados, tal vez porque los inventó él mismo.
–Entonces, ¿eso significa que los Went podrían no estar del todo desencaminados?
–No. Pero me da una idea de por qué creen que podrían tener un Gervase.
Volvió a sacar libros de la caja que había ante ella y a apilarlos en el suelo.
–Quizá podría llevar esos libros de la mesa a las estanterías que ha limpiado.
–Recibido alto y claro.
Cuando Edward terminó, los libros ocupaban tres estanterías y media en la pared, un horizonte desigual de intensos marrones, verdes,
azules y ocres, reseguido aquí y allá por trazos de oro y plata como ventanas iluminadas. Margaret había dejado de trabajar en las cajas y estaba desenvolviendo un paquete en el espacio que Edward había despejado sobre la mesa. El libro era diminuto, apenas más grande que una baraja de naipes, con lisas cubiertas marrones agrietadas que parecían haber sido esmaltadas y luego tostadas en un horno. Edward la vio ponerlo con sumo cuidado encima de la mesa como un gorrión herido.
–Hay una manera correcta de catalogar un libro -dijo ella-. Ya puestos, bien podría conocerla, si es que va a encargarse de hacerlo. –
Sacó del bolso un lápiz y un cuaderno-. Una descripción bibliográfica formal consta de cuatro partes. Encabezamiento y página del título; encuadernación; colación y colofón; y los contenidos del libro. Así que empezando por el encabezamiento…
Mientras hablaba, escribía fluidamente en su cuaderno. Edward miró por encima de su hombro y vio que Margaret tenía la caligrafía pulcra y estilizada de un arquitecto:
Johnson, Samuel, Un viaje a las Islas Occidentales de Escocia. 1775.
–Ahora la página del título [dentro de rectas dobles] UN I VIAJE I A LAS I ISLAS OCCIDENTALES 1 DE I ESCOCIA. I [lema del editor] I LONDRES: I Impreso para W. STRAHAN T. CADELL en el Strand. MDCCLXXV.
–Ahora la encuadernación.
Oveja sobre tableros jaspeados, deformado, guardas marrones.
–Este cuero suave es piel de oveja, un material muy barato -añadió-.
¿Ve cómo tiende a agrietarse en las junturas?
Siguió explorando el libro con los dedos, midiéndolo, fijándose en los aspectos técnicos de los formatos y los pliegues, las signaturas y la foliación y la paginación. Mientras trabajaba, fue tomando nota mediante una fórmula de aspecto arcano consistente en letras mayúsculas, corchetes, índices sobrescritos y caracteres griegos:
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