El Códice secreto

Lev Grossman · Capítulo 20 de 30

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El Códice secreto

Capítulo 1

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–Cuéntame una cosa, Edward -pidió Joseph Fabrikant, repantigándose en el asiento-. ¿Cuánto sabes tú acerca de los Went?

Las sillas del Cuatro Estaciones estaban tapizadas en piel de corzo, y eran tan extravagantemente cómodas que costaba permanecer erguido en ellas.

–Probablemente no tanto como debería. – Edward se apretó los dientes con los nudillos y reprimió un bostezo. Eran las ocho y media de la mañana del día siguiente, sin duda muy temprano en su nuevo horario de sueño. Pinchó con un tenedor su tortilla de tomate y albahaca y la contempló apáticamente con los ojos entornados. Joseph Fabrikant, harto de perseguir a Edward a través de la intermediación de Zeph, finalmente lo había emboscado telefoneándolo a casa e insistiendo en que desayunara con él. Ahora estaba sentado al otro lado de la mesa enfrente de Edward, su rostro asimétrico apenas recordado a través de las aulas, el sendero de un campus cubierto de nieve, una fiesta de la cerveza en un dormitorio estudiantil, yéndose con la chica más guapa de todas. Fabrikant había sido un participante natural y asiduo de aquel ambiente, de la misma manera en que Edward nunca había parecido encajar del todo. El sol matinal entraba a raudales por las ventanas y caía sobre Fabrikant en ángulos favorecedores, un demonio rubio alto, apuesto y afable que había triunfado. – ¿Por qué?

¿Cuánto sabes tú acerca de los Went?

–Tanto como he sido capaz de averiguar -respondió Fabrikant-.

Que es condenadamente poco.

El restaurante estaba medio lleno, mayormente con hombres de negocios y viudas del Upper East Side en parejas y tríos. En el aire flotaba el murmullo de las conversaciones y el tintineo de la pesada cubertería de plata ahogado por una cara ingeniería acústica. Edward y Fabrikant ya habían agotado sus reservas de cotilleos universitarios.

Sólo les quedaba hablar de negocios.

–He aquí lo que sé -dijo Edward-. Los Went son ricos, tienen un montón de libros antiguos y no salen mucho de casa.

Fabrikant no rió, aparentemente confuso. Sus pobladas cejas se curvaron en un gesto de concentración, tensando al mismo tiempo los músculos de la mandíbula. Edward se preguntó si tendría el más mínimo sentido del humor.

Edward había pedido con la tortilla un cóctel mimosa, consciente de que se trataba de una bebida salvajemente inapropiada para lo que en principio debía de ser un desayuno que giraría en torno al poder. Pero últimamente no se había sentido muy dotado de poder. El motivo por el que Fabrikant le había pedido que fuera allí estaba muy claro: ambos eran miembros recientes del circuito de las jóvenes superestrellas financieras de Nueva York, con una leve pero definida conexión personal entre ellos. El siguiente paso era una cuestión de ritual: un intercambio beneficioso de información confidencial entre dos rivales que se respetaban mutuamente, nada demasiado ilegal, sólo parte del negocio, una de las tradiciones santificadas por el paso del tiempo de la fraternidad fiscal. En la actualidad la información fluía como el agua, y a veces incluso los mejores fontaneros terminaban con las manos mojadas.

Sin embargo, la información era un privilegio del que Edward andaba bastante escaso últimamente en lo que concernía tanto al mercado -que Dios lo ayudara si Fabrikant sacaba a relucir los niveles de los intereses en Londres, porque hacía una semana que Edward no los había revisado- como a cualquiera que fuese la nebulosa esfera que habitaban el duque y la duquesa. Y si lo que decía Zeph era cierto, si Fabrikant realmente estaba intentando conseguir que el duque invirtiera en su empresa, entonces Fabrikant estaba actuando en ambos mundos.

Eso no hacía sino añadir otra capa de complejidad a las ya existentes, y lo cierto es que Edward tenía problemas para mantenerlas a todas en su sitio. Por si fuera poco, había descuidado su cultivada esfera de influencia, y regresar al mundo donde vivía Fabrikant, el mundo del trabajo, suponía un gran esfuerzo. Era un mundo, recordaba vagamente Edward, que solía ser el suyo.

La copa de champán que contenía su mimosa se alzaba en un haz de luz solar, el líquido amarillo reluciendo hipnóticamente.

–Tú limítate a contarme lo que sabes y yo te contaré lo que sé -dijo Fabrikant, como si le estuviera hablando a un niño-. ¿Qué tal te suena eso?

–Mira, aquí vas a sacar el extremo más corto del palo. No sé nada que tú no sepas.

–Peter me contó algo acerca del trabajo que has estado haciendo para él. Háblame de eso. – ¿Peter? ¿Te refieres al duque de Bowmry?

–Sí. ¿Por qué, cómo lo llamas tú?

–De ninguna manera. Nunca he llegado a encontrarme con él.

–Ya lo harás. – Fabrikant empezó a demoler metódicamente un imponente edificio hecho con tostadas-. En cuanto empiece a llamarte, no podrás librarte de él. – ¿Te llama a altas horas de la noche?

–No creo que duerma nunca. Espera a que empiece a enviarte mensajes.

Edward bebió un cauteloso sorbo de su copa. – ¿Y en qué clase de negocio estás metido con los Went exactamente? – preguntó, soslayando el tema-. ¿No somos competidores?

–En absoluto. InTech ocupa un pequeño nicho propio.

Estrictamente cuestiones de tecnología. Nos encargamos de hacerles de niñera dentro de sus fortalezas de alto nivel científico: un poco de biotecnología, un poco de Internet. Nada de 1o que debas preocuparte.

–Bien.

–Hasta donde sé, nosotros sólo tratamos con una minúscula fracción de las inversiones de los Went. No creo que ni siquiera tus colegas en E H sepan todo lo que tienen los Went.

Edward había olvidado lo insulsamente apuesto que era Fabrikant.

Tenía un aspecto heroico, casi caballeresco, con sus hoyuelos simétricos y su barbilla profunda mente hendida.

Llevaba un traje hecho de una fina lana de un oscuro tono verde grisáceo que absorbía luz de la sala. – ¿Y cómo es él? – preguntó Edward-. El duque, quiero decir. – ¿El duque? Es un gilipollas. –

Masticó con aire meditabundo-. No me malinterpretes, es todo lo que debería ser: cortés, generoso, profesional, lo que quieras; pero… -

Pareció buscar alguna palabra que quedaba fuera de su vocabulario de

ejecutivo-. Es un cabrón. ¿Sabes qué dicen acerca de él en Londres?

Que los perros le tienen miedo.

–Uh.

–Bueno, si había algo que pescar, Edward no era de los que se negaran a ensuciarse las manos-. ¿Qué hay de su familia? ¿Tienen hijos?

–Sólo tuvieron un hijo. ¿Has oído hablar de eso? Horrible. –

Fabrikant se estremeció y dio otro mordisco-. Nunca he llegado a conocer a la esposa.

Comieron en silencio durante un rato. Uno de los tenedores de Edward cayó de la mesa y un camarero acudió de inmediato para llevárselo casi antes de que aterrizara en la moqueta.

–Se suponía que iba a hacerlo en una ocasión -añadió Fabrikant por fin, y miró a Edward con sus extrañamente pálidos ojos azules-.

Conocer a la duquesa, quiero decir. Cuando empezamos a hacer negocios juntos, el duque me pidió que fuera a su residencia en el campo.

Me llevó hasta Londres en avión, pero no pasé de ahí. Surgió algo…

Creo que él volvió a enfermar. El hotel tiene una sala de videoconferencias, uno de esos sitios donde te sientas en un extremo de la mitad de una mesa y ves al otro tipo en una pantalla, sentado a otra mitad de una mesa en algún otro sitio. El duque tenía uno de esos equipos instalado en su casa. – ¿En Weymarshe?

Fabrikant se encogió de hombros.

–Los Went tienen un montón de casas. Fue bastante extraño.

Estamos cenando y el duque tiene un Constable colgado detrás de él y yo tengo Perros jugando al póquer.

Él toma escocés de cien dólares y yo estoy bebiendo el tinto de la casa. El está comiendo…

En fin, supongo que captas la idea. En un momento dado me olvidé y le pedí que me pasara la sal.

Fabrikant eructó como si tal cosa.

–Apuesto a que no lo estará pasando muy bien -sugirió Edward-.

Me refiero a lo de su salud.

Fabrikant asintió.

–Está en Londres. En una clínica de Harley Street, un nuevo tratamiento. – La expresión extrañamente cándida de Fabrikant se volvió seria, como la de un niño preocupado-. Ahora cuéntame qué está sucediendo en ese apartamento.

Edward logró controlarse antes de llegar a decir «¿Qué apartamento?». Fabrikant iba claramente varios pasos por delante de donde debía haber estado, y no permitiría que Edward abandonara la mesa del desayuno sin lograr alguna clase de intercambio. Edward no tenía idea de lo que debía decirle o no, de lo cerca que estaba él del duque o de si eso importaba. Iba escogiendo las reglas a medida que avanzaba. Lo único que tenía claro era que iba a mantener fuera de aquello a la duquesa. En algún momento del trayecto Edward había desarrollado una intensa sensación dé lealtad hacia ella. Torció el gesto.

En el fondo él era igual que Laura Crowlyk.

Explicó a Fabrikant todo lo inocentemente que pudo aquello que éste quizá ya sabía:

Laura le había pedido que investigara, y luego el duque había ordenado que abandonara el proyecto, por lo que él se había olvidado del asunto de inmediato. No añadió nada más. No dijo nada acerca de Margaret, de la llamada telefónica de la duquesa o de que había vuelto a estar en el apartamento desde entonces.

Fabrikant lo observó con escepticismo. – ¿Así que has dejado de buscar ese…? – ¿Qué? – ¿Ese libro?

Edward meneó la cabeza lentamente y con mucha seriedad.

Fabrikant trató de sostenerle la mirada mientras observaba su rostro inexpresivo. El momento pasó. Fabrikant asintió con aire pensativo, aún vacilante.

–Tal vez sea mejor así -dijo parsimoniosamente. Y ahí estaba, pensó Edward. Fabrikant no había ido al Cuatro Estaciones guiado por el interés propio. Se encontraba allí en nombre del duque. Así pues, estaba siendo sometido a un reconocimiento nada sutil sobre el terreno, para asegurar que la prohibición del duque era respetada.

–A veces habla de eso, ¿sabes? – añadió Fabrikant. – ¿Quién, el duque?

–Hace unas semanas estuvo aquí. Vino a la oficina, conoció al personal y obsequió a todo el mundo con una cena en Lespinasse y un

camión entero de encanto británico. Todos esos «no sabe usted» y «mi querido muchacho» sin los que parece incapaz de terminar una frase.

Ya sabes cómo es él… -Hizo una mala imitación del acento de clase alta del duque-. O supongo que no lo sabes. En fin, el caso es que todos tragamos por un tubo. Luego subí a su apartamento solo con él, bebimos coñac en copas gigantes y fumamos puros mientras el duque acribillaba a órdenes a los sirvientes. Yo le seguía la corriente.

Estábamos intentando organizar un negocio juntos. Habló mucho acerca de sus antepasados, porque todo ese rollo de la genealogía lo vuelve loco. Y el caso es que te mencionó. No sé cómo, pero saliste en la conversación. En ese momento pareció tener sentido. El duque me dijo que lo de contratarte había sido idea de su esposa, que eras uno de sus proyectos mascota.

–No te sigo.

–Me contó que eras el último capricho de la duquesa. Una de sus

«fases». Dijo que si alguna vez llegabas a encontrar ese libro, él lo rompería en mil pedazos delante de ella.

Un miedo gélido y terrible a no sabía exactamente qué cristalizó en el cerebro de Edward.

Rió con toda la indiferencia de que fue capaz, pero la risa sonó un poco histérica.

–Eso es ridículo. Ni siquiera he llegado a conocer a la duquesa, sólo a su ayudante.

Crowlyk.

No era exactamente cierto, pero bien podría haberlo sido. A1 menos era plausible.

Fabrikant asintió con simpatía.

–Si quieres que te diga la verdad, sentí ver cómo se ponía en ridículo de aquella manera.

La mayor parte del tiempo el duque es un jugador clásico, uno de los mejores que he visto jamás. De hecho, podrías aprender mucho de él -añadió cándidamente. Edward torció el gesto para sus adentros-. No sé adónde pretendía llegar realmente, pero fuera lo que fuera lo que andaba buscando, la representación no estuvo a la altura de lo que es habitual en él. Eso me hace pensar que hay algo más aquí. Algo aparte del dinero. – ¿Aparte del dinero? ¿Como qué?

Fabrikant se encogió de hombros.

–No se lo pregunté. Quizás estaba borracho, aturdido por la medicación o algo así. En todo caso, no fue una de aquellas conversaciones que quieres prolongar innecesariamente. Ya sabes a qué me refiero.

Fabrikant estaba hablando bastante, mucho más de lo que realmente cabía esperar. ¿Por qué? Era evidente que se mantenía leal al duque. Después de todo, tenía una empresa de la que cuidar. Pero allí estaba ocurriendo algo más: Fabrikant parecía sentirse realmente confuso acerca de los propósitos del duque y muy preocupado acerca de cuál podía ser el papel de Edward en ello. El duque era su cliente, pero Fabrikant todavía era capaz de pensar por sí mismo. Quizás él y Edward podían ayudarse mutuamente sin comprometer de forma aparatosa sus repectivas lealtades. Fabrikant sin duda sabía más acerca de lo que había estado haciendo Edward de lo que evidenciaba, pero menos acerca de las actividades del duque, lo cual le incomodaba.

¿Quizá le estaba proponiendo una oferta, una tregua provisional y no hablada? ¿Una alianza entre peones?

–En ese momento yo sólo guardaba un vago recuerdo de ti, pero el duque dedujo de algún modo que habíamos ido juntos a la universidad y supuso que éramos grandes amigos. El caso es que me contó que Blanche te había contratado para que encontraras ese libro. Me dijo que te invitara a esa fiesta que iba a dar. Insistió en que me asegurara de que asistirías. Alguien iba a encontrarse contigo allí. Pero tú no apareciste.

–Sí. Lo siento. No se me avisó con el tiempo suficiente.

Fabrikant apartó el plato y se inclinó hacia delante. Luego susurró:

–El duque es un tipo muy extraño, Edward. Si pudiera, yo lo dejaría como cliente, pero es demasiado rico y necesitamos el dinero. –

Una nube de preocupación cruzó su rostro lleno de frescor-. Estoy intentando hacer despegar InTech. No hay videocámaras por ninguna parte.

Estamos hablando de que dentro de dos meses no podré pagar las nóminas. Pero tú… no lo entiendo. ¿Qué sentido puede haber en eso?

Tú no lo necesitas. Ya lo tienes todo resuelto. Eres el chico de oro. Y te estás dejando involucrar en algo que podría joder tu carrera de una

forma muy seria. Simplemente no tiene sentido. Edward evitó la cuestión. – ¿Cuál es el gran trato? – Trató de soltar una risita-. No es más que un montón de libros, ¿verdad?

–Que es exactamente a donde yo quería llegar -dijo Fabrikant-.

Piensa en ello. ¿Cuánto vale un libro para ti? ¿Por qué no te largas ahora?

–Ya estoy fuera. ¿Qué más quiere el duque de mí? – preguntó con cierto enojo-. ¿Hasta qué punto quiere que me aleje del asunto?

–Más. Mucho más. Oye, limítate a pensar en ello. Eso es todo lo que te estoy pidiendo.

Edward guardó silencio, tocándose la barbilla y haciendo un desafío del no pensar en ello.

Aquel tema se estaba convirtiendo en algo increíblemente resistente a cualquier clase de pensamiento serio, racional y analítico. Incluso tenía la impresión de que en realidad Fabrikant no estaba tan preocupado acerca de él. Era más la mera idea de que alguien no actuara guiado por su propio interés profesional lo que le resultaba ofensivo, una blasfemia contra su credo personal de la codicia.

Calculando el momento a la perfección, un camarero que pasaba por allí se detuvo el tiempo suficiente para llevarse los platos de ambos.

Cuando llegó la cuenta, asombrosamente cuantiosa, discutieron quién pagaría y, para su propia sorpresa, Edward ganó. Se quedó con el recibo, diciéndose que más tarde encontraría alguna forma de incluirlo en los gastos. El y Fabrikant salieron del restaurante juntos.

La multitud del desayuno de poder empezaba a disiparse. Los oficinistas y la gente que iba de compras pasaban rápidamente Junto a ellos, la cabeza baja, cargados con maletines y bolsas de Barneys, Bloomingdale's y Crate Barrel. El comercio corriente de las personas corrientes. Edward se planteó la posibilidad de volver a meterse en la cama en cuanto llegara a casa. Él y Fabrikant se observaron mutuamente con los ojos entornados bajo el intenso sol, que arrancaba destellos a las manijas de los coches estacionados y los implementos de acero inoxidable exhibidos en los escaparates de Restoration Hardware y Williams-Sonoma. – ¿Así que realmente no sabes de qué va todo esto?

– le preguntó Fabrikant-. ¿No sabes por qué el duque está tan obsesionado con ese libro o con lo que quiera que sea?

Edward se encogió de hombros.

–Probablemente vale un montón de dinero. – ¿Lo vale? – ¿No lo vale?

–Para que a ellos les importe tanto tendría que valer una suma enorme-dijo Fabrikant.

–Seis cifras. Tal vez más.

Fabrikant resopló despectivamente.

–Me sorprendes -dijo. La expresión de preocupación volvió a su rostro, y esta vez Edward se preguntó si sentiría compasión por él-.

Realmente esto es todo lo que sabes, ¿verdad? Creía que eras un profesional en esta clase de cosas, pero sólo eres un aficionado. Eres peor que yo.

Meneó la cabeza con aire apenado. No había pretendido insultarlo, y Edward descubrió que no se sentía particularmente agraviado.

–Oye, intenta cuidar un poco mejor de ti mismo -añadió Fabrikant-.

Y hagas lo que hagas, mantente alejado de la duquesa.

–Creía que habías dicho que nunca te has encontrado con ella.

–No lo he hecho. Y no quiero llegar a hacerlo jamás. ¿Sabes que la duquesa tiene una reputación? – ¿Qué clase de reputación?

–Se come vivos a los tipos como nosotros. – Fabrikant le guiñó el ojo elocuentemente-.

Para desayunar.

Dio media vuelta y se alejó, cuadrando sus anchos hombros y metiendo las manos en los bolsillos, por lo que su aspecto resultó más deslumbrante que nunca, suponiendo que tal cosa fuera posible.

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