El Códice secreto

Lev Grossman · Capítulo 19 de 30

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El Códice secreto

Capítulo 1

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–Originalmente había doce cajas de libros -dijo Margaret, más tarde aquella misma noche.

Estaba sentada en el espacioso alféizar del despacho de Laura Crowlyk, con cajas de cartón llenas de papeles a ambos lados y en el suelo alrededor de sus pies cubiertos por los calcetines. Cada pocos minutos se olvidaba de dónde estaba y se inclinaba hacia atrás para apoyarse en las tablillas de las persianas venecianas, que producían un horrible crujido al entrechocar, y se apresuraba a erguirse de nuevo. Se estaba haciendo muy tarde, más de la una de la madrugada. Lo que había empezado como un examen improvisado y más o menos rutinario de lo que había a la vista en el despacho de Laura Crowlyk, mientras iban de camino a los ascensores, se había convertido en una agotadora, exhaustiva y profundamente desatinada categorización de cada pedazo de papel que contenía.

–Once. Las conté. – Tras pasar dos horas sentado encima de la moqueta con las piernas cruzadas, a Edward le ardía el trasero y sentía la espalda como un trozo de cable al rojo vivo curvado con forma de S.

–Según esta factura de «embarcamiento» había doce cajas, no once.

Está firmada por Cruttenden. – ¿Has encontrado la factura de embarque?

Margaret continuó estudiando el documento en silencio, así que Edward se levantó del suelo y acudió junto a ella. El papel, que lucía un elaborado emblema baronial incrustado de hipogrifos, llevaba como encabezamiento LA GRAN COMPAÑÍA INTERNACIONAL DE

TRANSPORTE MARÍTIMO TRANSATLÁNTICO MACMILLAN y

describía doce cajas de tamaños y pesos similares, el contenido de las cuales venía relacionado simplemente como ARTÍCULOS SECOS.

Estaba fechada el 7 de agosto de 1939. Las cajas habían sido transportadas a bordo de un barco llamado Muir.

–Supongo que sí -dijo Edward al cabo de un momento-. ¿Y qué clase de palabra es «embarcamiento» en todo caso? ¿Por qué no

«embarque»?

–Es un término que se empleaba en la Edad Media. Un arcaísmo.

La habitación se hallaba iluminada únicamente por la lámpara del escritorio de Laura, ya que a Edward le preocupaba que alguien viera una luz desde el exterior. El aire acondicionado estaba apagado, y hacía calor y el aire estaba muy cargado. Edward se secó la frente con el brazo. Los cabellos de Margaret estaban empezando a rebelarse.

–De acuerdo, así que nos falta una caja. – Suspiró mientras volvía a sentarse en el suelo-. ¿Alguna idea de lo que le ocurrió?

–No. ¿Puedes preguntárselo a ella? – ¿A quién?

–A Laura -dijo Margaret-. La mujer en cuyo despacho estamos haciendo de ladrones en estos momentos. Edward meneó la cabeza.

–No. No podemos permitir que ella sepa que todavía estamos interesados en la colección.

Y desde luego tampoco hemos visto la factura de embarque.

Aunque… -Se mordió el labio. Se suponía que era un secreto, pero luego lo confesó-. La noche pasada la duquesa me telefoneó.

Me pregunto si ella lo sabe. – ¿La duquesa de Bowmry te telefoneó?

–Sí. – Edward hizo todo lo posible por dar a entender que conversaba con Blanche, y posiblemente con otros miembros de la nobleza inglesa, de manera regular. – ¿Y? – ¿Y qué? – ¿Puede ayudarnos?

–No lo sé -dijo él, sonrojándose sin que se le ocurriera ninguna razón para ello-. No se trató de esa clase de conversación. Hay mucho que todavía no sé acerca de ella.

Quizá Margaret sintiera curiosidad por aquella conversación con la duquesa, pero no lo demostró.

El despacho de Laura Crowlyk había estado desordenado antes, pero ahora era una catástrofe secretarial a gran escala. Cada superficie disponible se hallaba cubierta por montones de papeles metidos en todas las clases de receptáculo imaginables: carpetas de papel manila, libretas de anillas, bolsas de cartón, álbumes descoloridos por el paso del tiempo, cajas de zapatos, sombrereras, bandejas de madera, portapliegos de cuero atados con cintas de terciopelo. La mayoría de los papeles guardaban relación con el apartamento: impuestos, el seguro, presupuestos y facturas por mantenimiento y reparaciones. Edward

examinó la bandeja de entradas de Laura. Su contenido no tenía el menor interés: una prolongada correspondencia con unas aerolíneas sobre algún equipaje de color verde que se había perdido.

El aire estaba saturado del polvo que habían removido, y Edward tuvo que hacer un alto durante un par de minutos para sufrir un ataque de estornudos en el pasillo. Cuando volvió a entrar en el despacho, se frotó los ojos irritados con la palma de las manos y bostezó. – ¿Qué es mejor, un conde o un earl? – ¿Qué?

–Condes o earls. ¿Cuáles son mejores?

–Ninguno. Un earl es como los ingleses llaman a un conde, y un conde es el equivalente continental de un earl. El orden de la nobleza inglesa es: barón, vizconde, earl, marqués, duque, rey.

Edward se desperezó.

–Me voy. Tengo que dormir.

–Muy bien. – Margaret volvió a su lectura. – ¿Vas a quedarte aquí?

–Durante un rato.

–Vale.

Edward se quedó en la entrada. Apenas podía mantener abiertos los ojos, pero se sentía culpable por dejar allí a Margaret. Aparte de eso, tampoco confiaba lo suficiente en ella como para dejarla sola dentro del apartamento de los Went.

–Llevas más de dieciocho horas seguidas aquí. ¿No tienes ninguna clase que dar o algo así?

–No en verano. – Se irguió y se desperezó también, sus estrechos omóplatos tensándose a través del suéter, y Edward bajó involuntariamente la mirada hacia su pequeño busto. Sin enterarse de ello, Margaret volvió su largo cuello primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha para desentumecer los músculos-. Este año tengo una beca para trabajar en in¡ tesis.

De todos modos este otoño no daré clases. – ¿Y cómo te va? – ¿Mi tesis?

Volvió a inclinarse sobre su trabajo.

–Dentro de los círculos académicos se considera que preguntar eso es de mala educación.

–De acuerdo. – Edward se apoyó en el quicio de la puerta y cruzó los brazos, tratando de adoptar una postura llena de airosa seguridad-.

¿Cómo llegaste aquí? Es decir, ¿qué hizo que decidieras convertirte en una académica?

Ella suspiró, pero no hizo la más mínima pausa en el ritmo de su búsqueda y clasificación. Aparentemente Margaret Napier era capaz de mantener un mínimo de habilidades sociales mientras el resto de su cerebro continuaba con la tarea del momento.

–Estudié en casa. Mi padre trabajaba en el Registro de Marcas y Patentes. Mi madre invirtió la mayor parte de su tiempo en mi educación. Ambos eran cristianos y devotos, y yo soy hija única, así que mientras crecía pasé la mayor parte de mi tiempo leyendo. Mi padre murió cuando yo tenía catorce años y mi madre cada vez se sentía más preocupada por mi… mi desarrollo moral. Empecé a asistir a clases en un colegio local. No parece gran cosa, pero supongo que fue mi manera de rebelarme. El programa de asignaturas era bastante rudimentario, y pasados un par de años un profesor de literatura inglesa que daba clases allí sugirió que me trasladase a la Universidad de Pensilvania.

Cuando terminé allí, vine a Columbia como estudiante graduada.

Edward se imaginó a la madre de Margaret: una versión de su hija con las facciones ásperas y los cabellos canosos, la pálida mano aferrando un crucifijo de metal.

En lugar de marcharse, Edward volvió a sentarse en el borde del escritorio. Examinó sin demasiado entusiasmo el contenido de un grueso sobre de papel manila etiquetado como CORRESPONDENCIA.

Dentro había una mezcolanza de distintas cartas, sobadas copias en papel carbón de triviales comunicaciones de negocios y notas de agradecimiento, Edward las contempló con irritación. De pronto parecían inútiles, primitivas; toscos grabados en tinta hechos sobre pulpa de madera prensada. Lo que él quería era un teclado celestial, con el cual pudiera introducir una pregunta y buscar a través de los papeles, del mismo modo en que podías examinar un disco duro. Mejor aún, pensó, debería poder ir a la ventana, abrir las persianas, teclear ENCUENTRA LIBRO SECRETO y examinar la ciudad entera. Eso era lo que necesitaba. La realidad parecía claramente obsoleta comparada con la alternativa digital.

No obstante, algo que había leído en una de las cartas seguía presente en su mente.

Edward volvió a cogerla y la releyó.

–Mira esto -dijo.

–Qué. – Margaret no levantó la vista del documento que estaba examinando.

–Es una carta del duque, el antiguo duque. Tiene que ser el padre del actual. Va dirigida al Chenoweth.

–Déjamela ver.

Henry La Farge me ha informado de que las instalaciones para la exhibición de los materiales que fueron donados a la biblioteca en la primavera de 1941 no han sido construidas y que tampoco, según tengo en tendido, se han hecho preparativos para dar inicio a la construcción de dichas instalaciones. Aunque comprendo que una institución como el Chenoweth dispone de fondos limitados, ustedes me comprenderán si expreso cierta preocupación ante su falta de progresos hasta la fecha.

Les ruego que respondan lo más pronto posible con una descripción completa de sus preparativos para la construcción de dichas instalaciones y un programa de fechas preliminar para la construcción de las mismas.

Estaba fechada en 1953 y firmada por el duque de Bowmry.

–No es ningún Gervase de Langford -dijo Edward.

–Ni siquiera es un Lydgate. – Margaret dejó la carta encima del escritorio-. Bien, supongo que ya lo tenemos. Supongamos también que los Went enviaron esa duodécima caja como una donación al Chenoweth.

–Supongámoslo. – Edward se dirigió hacia una incómoda silla de madera que había en un rincón de la habitación y se sentó en ella. De pronto empezó a comprender las implicaciones de la carta, y sintió cómo las energías que le quedaban abandonaban bruscamente su cuerpo.

Reprimiendo un bostezo, se inclinó hacia atrás y apoyó la espalda en el borde de la silla-. De acuerdo. Así que el viejo duque donó la duodécima caja al Chenoweth.

Margaret lo miró.

–De acuerdo.

–Bueno, eso lo aclara todo, ¿verdad? Es otra pista falsa. – Edward se mesó sus cortos cabellos-. Si el códice estaba allí, entonces ellos lo

tendrían y sería famoso, todo el mundo sabría acerca de él. O al menos tú sabrías acerca de él. Y eso sería todo. Sin embargo, tú no tienes noticias y no está aquí. Así pues, fin de la historia. ¿Correcto?

Margaret no respondió y se limitó a asentir pensativamente. Los cláxones de los coches, muy por debajo de ellos, se hacían oír a varias manzanas de allí suavizados por la distancia, de tal modo que casi sonaban musicales. Hacía calor en la habitación, y Edward tenía hambre. No había comido desde el mediodía.

–Es posible -convino Margaret con una expresión pensativa-. Pero en el Chenoweth no hay ninguna sala Went. – ¿Cómo dices?

–Digo que en el Chenoweth no hay ninguna sala Went. La carta del duque da a entender que cuando hicieron la donación, los Went estipularon que habría que construir una instalación especial para alojarla. A menos que yo esté confundida, eso no ha sucedido. – ¿Y..

qué? – inquirió Edward con nerviosismo-. ¿Qué estoy pasando por alto?

Margaret negó con la cabeza.

–No entiendes cómo funcionan las bibliotecas. La gente dona continuamente vastas cantidades de libros y documentos al Chenoweth, en ocasiones el contenido de propiedades enteras, la mayoría de las cuales son de un valor cuestionable o no valen absolutamente nada.

Se levantó y empezó a devolver el despacho a una apariencia de su estado anterior.

–Evaluar y procesar donaciones es una labor extremadamente complicada. Si un libro es valioso y está libre de trabas legales, podría ir directamente a las estanterías, pero lo más habitual es que se tarden meses o incluso años, y siempre hay un fondo pendiente acumulado.

En un caso como el de la donación de los Went, donde los materiales vienen cargados con unas condiciones financieras secundarias, puede tardarse décadas. De hecho, el Chenoweth cuenta con todos los incentivos del mundo para no catalogarlos, así que en lugar de eso los entierra dentro de una bóveda en algún lugar y espera a que se produzca una especie de cambio en la situación. Un fallecimiento, una nueva generación de herederos que podrían mejorar las condiciones del legado, u olvidarse de ellas. Cualquier cosa. Las bibliotecas viven mucho tiempo y, en el caso de los libros, el tiempo sólo los vuelve más

valiosos. – ¿Así que tú crees que la duodécima caja todavía podría estar enterrada en esa acumulación de fondos pendientes? ¿Después de cincuenta años?

–La administración actual probablemente ni siquiera sepa que se encuentra allí. De hecho, quizá se ha asegurado de que lo olvidaba.

Margaret era una auténtica maga con el papel. Mientras hablaba, apilaba montones de carpetas polvorientas, realfabetizaba expedientes y los metía en el corral como a las ovejas perdidas, como una jugadora profesional barajando y dando cartas.

–No tienes idea de cómo son las bóvedas del Chenoweth -agregó-.

Hay baúles, maletas, bolsas y cajas de cartón repletas de cartas de amor, garabatos y mensajes telefónicos escritos en bolsas de la compra, todo lo cual puede estar o no más o menos involucrado en disputas legales pendientes de resolución, sin que nada de todo ese material haya llegado a ser inventariado formalmente. Y los libros son la menor parte. Las paredes están llenas hasta el techo de pinturas, pieles de tejón, viejas armas de fuego y mechones de pelo que nadie sabe cómo hay que cuidar apropiadamente. Una vez un colega mío encontró en un rincón de la bóveda un viejo sillón medio roto y se lo llevó a su apartamento. El sillón pasó seis meses arrinconado en su sala antes de que él reparase en que había una cartela en la parte posterior: era el sillón en el que escribía Robert Louis Stevenson. Hace un par de años alguien encontró las cenizas de Dante en una biblioteca de Florencia.

Habían pasado setenta años encima de uno de los estantes superiores de un cuarto trastero.

–Estupendo. – Edward se levantó-. Magnífico. Bueno, ¿qué hacemos? ¿Podemos entrar de alguna manera en el Chenoweth y buscarlo?

Margaret no respondió. Hasta aquel momento, Edward no se había dado cuenta de lo cansada que estaba ella realmente.

Margaret puso las manos en el respaldo de una silla y se apoyó en ella, inclinando la cabeza. Cerró los ojos y sus oscuros cabellos le cubrieron la cara.

–Muy bien -dijo con voz queda, echándose el pelo hacia atrás-. Si se encuentra allí, tal vez estará en las instalaciones del Anexo, en Old

Forge. Es donde almacenan el exceso de fondos. – La silla crujió bajo su peso-. Iré allí y encontraré una manera de entrar en la bóveda.

–Bien. ¿Cómo?

–No lo sé.

–Puedo ayudarte -se apresuró a decir Edward. No quería obligarla a hacerlo todo ella sola y necesitaba seguir involucrado en el asunto, permanecer cerca de Margaret, mantener las cosas bajo control, o al menos dentro del radio de su supervisión general, y temía que ella des cubriera lo poco que lo necesitaba-. Dispongo del tiempo suficiente. Sé que tú tienes otros trabajos que hacer. Tu tesis, o lo que quiera que… -

¡Oh, a quién le importa mi tesis! – exclamó Margaret bruscamente. –

¿A ti no te importa?

No replicó, limitándose a encogerse de hombros y dirigir la mirada hacia la ventana cerrada. – ¿Y de qué va? – insistió él.

–No lo entenderías.

–Ponme a prueba.

Ella suspiró. En realidad a Edward no le importaba, pero Margaret parecía estar furiosa por algo y él quería saber de qué se trataba.

–De acuerdo. Mi tesis… -Se aclaró la garganta, una colegiala sarcástica que se dispone a leer el informe que ha redactado acerca de un libro-. Bueno, se titula Un estudioso y un caballero: Gervase de Langford y la problemática de la historia medieval y la historiografía seculares, y explora el papel que interpretó Gervase en el revivir del escolasticismo en la Inglaterra de finales del siglo XIV, un movimiento que ayuda a marcar la transición desde el final de la Edad Media a los inicios del Renacimiento. En muchos aspectos, Gervase es una figura anómala, un seglar que se dedicó a la investigación histórica en un tiempo durante el que…

Para alivio de Edward, no fue más allá.

–Lo sé. Es aburrido. – Edward se sorprendió al ver que Margaret parecía apenada, incluso llena de amargura-. Hasta mis colegas se sienten aburridos por ella, y créeme, su tolerancia a las monografías soporíferas ganaría medallas en cualquier campeonato mundial.

Quinientas páginas de sólida competencia académica. – ¿Realmente escribiste quinientas páginas? – Edward estaba impresionado. Él nunca

había escrito nada más largo que un trabajo de veinte páginas en la universidad.

Ella asintió y se remetió el pelo detrás de las orejas, un hábito que afloraba cuando se ponía nerviosa por algo.

–Eso fue hace dieciocho meses. Desde entonces no he escrito nada.

Estoy bloqueada. – Se secó una lágrima con un gesto lleno de irritación, como si hubiera una mosca zumbando delante de su cara-. Nunca pensé que llegaría a estarlo. Nunca he tenido problemas para escribir. Nunca.

Edward sintió una inesperada oleada de simpatía hacia ella.

–Estoy seguro de que ya se te ocurrirá algo. Ella meneó la cabeza impacientemente.

–No soy yo. Es él. Es Gervase. Nunca he tenido problemas para escribir -repitió-. Hay algo que no está bien. Falta algo. Lo miro y todo tiene sentido, pero no di ce nada. ¡Falta algo, algo que se me escapa acerca de Gervase, estoy segura de ello! – Sin darse cuenta, sus pálidas manos se apretaron en puños-. Y la culpa no es mía. Hay algo que él se niega a decirme. Ni una sola cosa de lo que dice o hace desafía a la explicación, pero nunca termina de encajar del todo.

Pero ¿qué estoy pasando por alto? – Era una pregunta retórica.

Margaret había pasado a hablarle a una audiencia invisible formada por sus iguales, o posiblemente le hablaba al mismo Gervase-. Está allí, en algún lugar entre las palabras, en el espacio entre las letras. ¿Por qué murió tan joven? ¿Por qué se quedó en Bowmry y nunca fue a la corte? ¿Por qué dejó Londres en primer lugar? ¿Por qué, si lo escribió él, hay tanta ira y tanto dolor en el Viaje?

–Tal vez sólo era una persona corriente. – Edward sabía que debía haberse mostrado amable, que debería haberla consolado, pero por alguna razón, que realmente ignoraba, lo que hizo fue provocarla y darle puntapiés mientras ella estaba caída en el suelo. No pudo contenerse-.

Quizá no era un genio. La mayoría de las personas no lo son. No tuvo suerte. No fue importante, tú misma lo has dicho. Ni siquiera fue feliz.

Ella lo miró, los ojos enrojecidos alrededor de los bordes y la boca inclinada hacia abajo con aire solemne.

–Ya sé lo que dije.

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