El Códice secreto
Capítulo 1
1
Al día siguiente la tarde ya estaba llegando a su fin cuando volvió a sonar el teléfono.
Sentado a su escritorio donde miraba el sitio del Financial Times en la red sin llegar a leerlo, Edward dejó que el contestador se encargara de responder a la llamada.
–Edward, soy Margaret. Coge el teléfono, por favor. No susurraba, pero había una callada urgencia en su voz. Edward se sentó en el brazo del sofá y cogió el teléfono.
–Margaret -dijo fríamente-. ¿Cómo estás?
–Me parece que he encontrado algo -dijo ella.
–Qué emocionante para ti.
–Pero necesito tu ayuda.
–La necesitas.
Edward se levantó y fue a la ventana. Todavía estaba resentido con Margaret por la manera tan efectiva en que lo había manipulado con lo de la llave de los Went, a pesar de que una parte de él le estaba agradecida por ello. Edward decidió que mostraría su resentimiento reprimiendo por completo cualquier muestra de excitación que pudiera sentir ante el sonido de la voz de Margaret. En lo más profundo de su mente también sabía que a cada minuto que pasara al teléfono con ella estaba renunciando a un grado más de convicción que pudiera serle de utilidad en el futuro, si su pequeño ardid jamás llegaba a ser descubierto.
Se había nublado, un respiro momentáneo en la ola de calor, y fuera el pavimento se hallaba oscurecido por húmedas manchas grises como vastos continentes inexplorados. El tiempo se correspondía con el estado de ánimo de Edward. Desde la llamada de la duquesa la noche anterior se sentía lavado, renovado. – ¿Dónde estás? – preguntó. –
¿Dónde crees que estoy? Estoy en el apartamento de los Went. –
Margaret consiguió transmitir un gélido desprecio sin alterar en lo más mínimo el tono de voz-. ¿Puedes venir?
Necesito algunas cosas.
–Lo siento, no creo que eso sea muy buena idea en estos momentos.
Se produjo un largo silencio. Edward estaba disfrutando con aquella inversión en la dinámica del poder, por muy temporal que ésta pudiera ser. Vio pasar a una anciana montada en una vieja bicicleta que llevaba un impermeable amarillo. – ¿Por qué no puedes conseguirlas tú misma?
–Porque no creo que deba abandonar el apartamento en este momento -respondió ella-.
Esta mañana he tenido algunos problemas para que el portero me dejara pasar. Me vi obligada a prevaricar. – ¿Qué necesitas? – ¿Tienes una pluma? Necesito un pincel de cerdas suaves, unos cuantos palillos de madera, un poco de aceite mineral (Swan es el mejor), una lata de aire comprimido, si puedes encontrar una, y un martillo para clavar tachuelas. Ah, y una linterna. – ¿Eso es todo?
–Sí. – Si Margaret fue consciente del sarcasmo de él, no lo demostró-. ¿Sabes qué es un martillo para clavar tachuelas?
–Sé lo que es un martillo para clavar tachuelas.
Guardaron silencio durante unos cuantos segundos. Un perro ladró en la calle. El día había quedado suspendido en el aire, enormes pesos equilibrados a cada lado, como un camión cisterna cuya cabina asomara por el borde de un precipicio en unos dibujos animados mientras esperaba a que un ruiseñor se posara en el parachoques.
Edward suspiró.
–No tengo llave -dijo al cabo-. Tendrás que quedar conmigo abajo.
–Estaré en el vestíbulo exactamente dentro de una hora.
Margaret le hizo sincronizar sus relojes.
Cuando pasó junto al portero, esta vez Edward estaba convencido de que sería detenido, pero se limitó a seguir andando y trató de parecer muy seguro de sí mismo y no sucedió nada.
El hombre de la librea raída no llegó a levantar los ojos del periódico en árabe, que leía con la ayuda de una lupa. Ya habían dado las seis de la tarde. Edward llevaba consigo una abultada bolsa llena de compras.
Un par de lámparas de mesa se hallaban encendidas en el vestíbulo.
Nunca lo había visto con las luces encendidas, y le sorprendió
comprobar que era realmente austero: una mesa de mármol agrietado y una alfombra oriental reducida por el uso a un entramado de tosca tela de saco. Una tenue sombra de humo de puro rancio flotaba en el aire, dejada allí para siempre por los puros que habían sido fumados en la década de los cincuenta. Margaret, alta y delgada, estaba de pie junto a los ascensores. Su rostro era pétreo.
Cuando vio a Edward, pulsó el botón del ascensor sin decir palabra.
Esperaron en silencio hasta que éste llegó.
–No estaba segura de que fueses a venir -dijo ella solemnemente, después de que las puertas se hubieran cerrado. Luego se obligó a añadir-: Gracias.
–Ojalá no lo hubiera hecho. – Edward escuchó el ruido de la maquinaria mientras subían . ¿Estás segura de que esto no es peligroso?
Margaret asintió.
–No hay nadie. La mujer de la limpieza se fue a las tres.
Permanecieron inmóviles uno al lado del otro, mirando fijamente hacia delante como dos ejecutivos anónimos de camino a la misma reunión. Sus hombros se encontraron al salir, y Edward se apartó y le indicó con exagerada galantería que pasara primero. Ella fingió no darse cuenta. Las luces del apartamento estaban apagadas.
Edward pisó cautelosamente la mullida alfombra oriental y se detuvo. De pronto, sin ninguna advertencia previa, le falló el valor. Se sentía como un hombre cuyo pie descansara, suave pero muy definidamente, encima de una mina terrestre por estallar. Aquél no era un buen sitio en el que estar.
Margaret no miró y se limitó a seguir adelante. Edward vio alejarse su espalda pasillo abajo en dirección a la escalera, el sonido de sus pasos desvaneciéndose. De pronto se encontró corriendo patéticamente tras ella, un cachorro que sólo piensa en no quedarse solo.
–Hay algo que tengo que enseñarte -dijo ella cuando Edward la alcanzó-. Algo que encontré cuando empecé a vaciar esas cajas. –
¿Cuánto llevas aquí?
–Desde esta mañana. – ¿Has estado aquí todo el día?
–Vine a las seis, antes de que se levantaran.
Se detuvieron delante de la pequeña puerta que llevaba a la escalera de caracol. Luego Edward la siguió escalones arriba. Margaret pasaba la mano familiarmente por la barandilla, como si ya hubiera subido y bajado un millar de veces por aquella escalera.
–Estuvieron aquí antes -dijo. Puso las manos en el picaporte, tensó los músculos y echó el peso de su cuerpo hacia atrás. La gruesa puerta se abrió con un ruidoso crujido-. En el apartamento. O alguien estuvo.
Oí hablar a gente. Había un hombre que hablaba con acento inglés.
Pero nadie subió aquí arriba. – ¿De veras? ¿Los oíste planear un asesinato? Cruzar el umbral para entrar en el aire frío de la biblioteca era como meterse en un estanque de aguas deliciosamente frescas. De pronto el sarcasmo de Edward pareció excesivo y se desvaneció en el silencio. Margaret se quitó los zapatos, un calzado sensatamente cómodo, y los dejó a un lado. Llevaba calcetines negros.
Edward vio fugazmente su pálido talón, allí donde uno de ellos se había desgastado con el uso.
–No quiero que alguien nos oiga andar por aquí -explicó ella.
Había estado trabajando. Ahora las estanterías se hallaban llenas, y había colocado papel de envolver a lo largo de una pared. Estaba cubierto por pilas de libros. Había abierto todas las cajas de madera y en los bordes de las estanterías destacaban numerosas pegatinas en un código de colores. Encima de la mesa estaban el portátil, el cuaderno de Margaret, tres latas de Coca-Cola light y una bolsa estrujada y medio vacía de galletas tostadas, sin sal.
–Bueno -dijo Edward-. Has estado ocupada. Espero que no vayas a presentarme una factura por esto.
–Llevo aproximadamente dos tercios de la colección, y le he echado un vistazo al resto de ella. Los he dispuesto según el período y el país, y luego alfabéticamente. Tomo mis notas a mano, pero también he introducido un catálogo básico en el ordenador.
Edward se acercó a la mesa en la que estaba el portátil. Una ventana del programa de catalogación de los Went se hallaba abierta.
Edward realizó una rápida búsqueda de «Gervase» en la base de datos, pero no apareció nada. No iba a ser tan fácil.
–Bien -dijo lacónicamente-. ¿Qué querías enseñarme?
–Cuando llegué aquí esta mañana quería al menos desenvolver y abrir todos los libros y efectuar una somera inspección.
–Así que lo hiciste.
–Sí, lo hice. Mira éste, es un ejemplar particularmente magnífico. –
Cogió un librito encuadernado en un cuero muy trabajado. La cubierta se hallaba estampada con cientos de diminutas volutas, florituras y señales que se repetían una y otra vez, dispuestas en cuadrados y rectángulos-. Italo-griego. Después de que Constantinopla cayera en el siglo XV algunos encuadernadores griegos se establecieron en Italia.
Crearon su propia estética decorativa altamente característica. Mira, el texto está en inglés.
Abrió el libro. La escritura era una compleja mezcla de ángulos puntiagudos y complicadas florituras. Edward no pudo leerla. – ¿Qué es?
–Es un manual de pesca del siglo XV. El tratado del pescar con caña. – ¿Esto es lo que querías que viera? – Edward volvió nerviosamente la mirada hacia la puerta.
–No -repuso ella, haciéndolo a un lado-. Es esto.
Señaló una página en blanco arrancada de su cuaderno y puesta sobre el tablero de la mesa. Encima de la página había una colección de diminutos trozos de papel, cuatro o cinco de ellos apenas más que copos. En algunos había fragmentos de escritura, astillas procedentes de letras negras hechas añicos.
Edward los contempló entornando los ojos. – ¿Qué es esto?
–Papel -dijo ella, impasible-. Encontré estos restos en el fondo de una de las cajas después de que hubiera sacado los libros. Si sostienes algunos de ellos delante de la luz, verás fragmentos de una filigrana.
Hizo una pausa, sin duda esperando que él lo comprobara con sus propios ojos, pero Edward no se molestó en hacerlo. – ¿Y qué?
–La reconocí. Es una marca conocida, una cabeza de jabalí y una flor. Puedes buscarla en el Dictionnaire historique des marques du papier y averiguar cuándo y dónde se hizo el papel.
En este caso la respuesta es Basel, alrededor de 1450. La textura también es característica.
Aquí puedes ver las líneas de disposición -señaló un largo fragmento con el dedo-, y aquí las líneas de cadena, un poco más
separadas. Bastante tosco, no es el papel de un aristócrata, pero reconocí el texto a partir de los fragmentos: es Lyf de Nuestra Señora, de Lydgate, finales del siglo XV. Más bien terrible, como un Jerry Falwell medieval, pero muy raro. En el mundo quedan unas cinco copias de él.
–Vaya -dijo él, impresionado a su pesar-. Ahora son seis.
–Posiblemente. Pero el libro en sí no está aquí.
Margaret dio la vuelta al grueso volumen antiguo que Edward había mirado en su primer día allí, el libro cerrado que tenía su propio estuche. Puso su pálida mano encima de la rugosa cubierta oscura.
–Éste es el único libro que no he podido llegar a examinar.
Basándome en la evidencia externa, encaja con el texto y el período, aunque la encuadernación es un poco elaborada para lo habitual en Lydgate.
Edward se sentó en el borde de la mesa, que crujió ruidosamente bajo su peso.
–Estupendo. Así que he aquí a Lydgate. ¿Dónde está Gervase?
Margaret frunció levemente el entrecejo y ladeó la cabeza en una pantomima de incomprensión.
–Gervase -repitió él-. Ya sabes, el Viaje al no sé dónde de no sé quién.
–Edward -dijo Margaret imperturbablemente-, ya no trabajo para ti. Ese acuerdo ha terminado. Así que haz el favor de escucharme: no hay ningún Viaje, y cuanto antes lo aceptes y dejes de buscarlo, mejor será.
Sus ojos se encontraron con los de él. Edward le sostuvo la mirada el tiempo suficiente para abrigar la esperanza de que ella pensara que había asimilado lo que acababa de decirle.
–Entonces, ¿qué estoy haciendo aquí?
–Estás aquí porque Lyf de Nuestra Señora de Lydgate es un libro raro de inmenso valor, y si realmente se trata de ese libro, necesito tu ayuda para poder abrirlo. ¿Has traído las cosas que te pedí?
Edward cogió la bolsa y la puso encima de la mesa.
–No pude encontrar una linterna. – De hecho, tenía una en su apartamento, pero la había dejado allí por pura tozudez. Margaret sacó los objetos y los alineó a lo largo del borde de la mesa como un
cirujano que se prepara para operar. – ¿Qué fuiste a comprar a Henri Bendel? – inquirió con el tono de alguien que quiere entablar conversación. Era el nombre que había en la bolsa. Edward se sorprendió, pues era el primer intento de Margaret de hablar sobre un tema cualquiera.
–Regalos de Navidad. Fue hace mucho tiempo.
Un vívido recuerdo de su primer invierno en Nueva York cobró forma en su mente: la Quinta Avenida a mediados de diciembre con una lluvia gélida, él abriéndose paso a través de la multitud de compradores en la acera mojada, un gentío lo bastante numeroso y malhumorado como para tomar un castillo por asalto. Edward estaba buscando un regalo navideño para su madre, y después de tres horas en uno de los primeros tres o cuatro barrios comerciales del mundo, todavía no había encontrado nada que no fuese demasiado barato o demasiado caro o demasiado romántico para ser apropiado. Los pies lo estaban matando y su abrigo de lana no era impermeable y olía como una oveja mojada. Por si fuera poco, Edward era dolorosamente consciente de que no disponía de una novia para que lo aconsejara acerca de aquel tipo de cosas. Sumido en un estado de desesperado agotamiento, terminó haciéndose con un cardigan de cachemira color camello procedente de Henri Bendel, que había llevado a casa dentro de aquella misma bolsa. A su madre le encantó.
Edward había traído una vieja camisa de franela para que Margaret la utilizara como un paño suave. Ella la alisó con las mangas extendidas hacia los lados y colocó el viejo libro encima, como si se dispusiera a cambiar los pañales a un bebé. A petición suya, Edward acercó un poco más la lámpara de pie. Margaret se inclinó y examinó el nudo de metal oxidado que había sido el cierre. – ¿Por qué no limitarse a abrirlo cortándolo? – preguntó Edward desde una distancia prudencial-. ¿Por qué no lo sierras a través de la madera?
–Un método demasiado invasivo. Será el último recurso. – Se puso a trabajar hurgando en el cierre con dos palillos, uno en cada mano, deteniéndose de vez en cuando para quitar las partículas de óxido acumuladas soplándolas con el aire comprimido-. Ya ha sufrido bastantes daños. Esas tiras de papel son una mala señal. – ¿Cuánto tiempo crees que ha estado cerrado? Margaret se encogió de hombros.
–Bajo las condiciones apropiadas, esta clase de óxido puede formarse relativamente deprisa. ¿Sabemos cuándo fueron guardados los libros en las cajas?
–No exactamente -respondió Edward-. Espera… Sí lo sabemos.
Algunos de los libros están envueltos en periódicos. Mira las fechas de los periódicos y… -Se tocó el lado de la nariz con la punta del índice.
–Muy astuto. ¿Te importaría hacer eso, por favor? Todas las fechas eran de finales de 1938 y principios de 1939. Margaret dejó los palillos y empezó a frotar delicadamente el cierre con el cepillo de dientes.
Edward la observó trabajar durante otro minuto, Margaret había humedecido el cepillo de dientes con aceite mineral, y luego decidió dar una vuelta por la biblioteca. A1 primer paso se dio cuenta de que no se había quitado los zapatos tal como había hecho ella, así que puso una rodilla en el suelo y desató los cordones de sus Oxford de cuero negro.
Los puso al lado de los zapatos de Margaret. El gesto pareció incongruentemente íntimo.
–Tengo un amigo que es paleoclimatólogo -dijo al azar, sin dirigirse a nadie en particular . Estudia la historia del clima. Va por ahí buscando antiguas muestras de aire para comprobar los niveles de oxígeno y dióxido de carbono que hay en ellos. – Se cruzó de brazos para sentir un poco más de calor en aquella atmósfera tan fría-.
Encontró un poco de aire del año 300 a. C.
Estaba atrapado dentro de un botón de arcilla hueco.
Edward era muy consciente de que estaba solo en una habitación a oscuras con Margaret, ambos en calcetines, ambos implicados en aquella actividad furtiva y clandestina. Empezaba a apreciar los nada convencionales encantos de Margaret, en particular su nariz distinguida y las largas y esbeltas piernas que tanto se cuidaba de no exhibir, como un secreto par de alas que tuviera que mantener oculto a toda costa. Mientras iba por la sala, fue cogiendo un libro aquí y allá de lo alto de las precarias pilas que había a lo largo de la pared. Miró las páginas de los títulos antes de devolverlos a su sitio con mucho cuidado: una gruesa novela de ciencia ficción en cirílico, impresa sobre el sombrío papel gris soviético; un volumen de la autobiografía de Ben Franklin encuadernado en tela roja («Siempre he hallado placer en obtener cualquier pequeña anécdota de mis antepasados…»). Cuando
llegó a la ventana, apartó la cortina con un dedo y contempló la ciudad crepuscular con sus luces que empezaban a encenderse, amarillo, blanco y rosa, y los mil colores distintos de otras tantas cortinas descorridas.
Cuando volvió a la mesa, Margaret había dejado de trabajar.
Examinó una vez más desde varios ángulos el cerrojo oxidado, sosteniendo el pequeño martillo para clavar tachuelas en su mano derecha. Entonces dobló tiernamente encima del cerrojo una manga de la vieja camisa de franela de Edward, la sujetó con la mano que tenía libre y golpeó una vez, con firmeza. Edward no advirtió ningún cambio, pero cuando Margaret bajó el martillo y apartó la manga, el cierre se abrió sin dificultad.
Ambos estaban equivocados: no era Lydgate ni Gervase. No era un libro. La cubierta se abrió para revelar el cadáver o quizá la tumba de un libro. Estaba hueco: las páginas habían sido cortadas o cuidadosamente arrancadas en el centro, dejando sólo un par de centímetros de márgenes negros en los lados y un vacío en el centro del libro. Éste había sido desencuadernado y no quedaba nada de él, la cáscara hueca.
Cuando Edward se inclinó sobre él, vio que los márgenes no estaban totalmente en blanco. Quedaban vestigios de tinta, motas y puntitos solitarios de color: el negro del texto, pero también ricos rojos pompeyanos, verdes llenos de frescor, intensos azules celeste y unas cuantas y hermosas salpicaduras de oro.
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