El Códice secreto
Capítulo 4
Al día siguiente Edward despertó tarde. Le dolía la cabeza. Lo último que recordaba era haber vagado por el paisaje verde en el juego, a través de colinas, praderas y bosquecillos, manipulando los controles mientras iba en busca de pistas. En algún momento se había terminado el vino y había empezado a servirse sorbos de una botella de grappa -Zeph y Caroline se la habían traído de una conferencia en Florencia el año pasado-, basándose en el principio de que seguir fiel a los líquidos extraídos de la uva minimizaría su resaca. Ahora estaba reconsiderando aquel principio a la luz de la nueva evidencia. ¿Cuándo se había ido finalmente a la cama? Dios, no era mejor que Stewart y su maldita GameBoy. El ambiente en el apartamento se había vuelto asfixiante. Todas las ventanas estaban cerradas y el sol entraba a raudales. Edward notó la humedad del sudor en la espalda cuando bajó las piernas al suelo. Se levantó tambaleándose de la cama, abrió todas las ventanas que pudo encontrar y volvió tambaleándose a la cama: Miró el reloj, eran las dos de la tarde. Sacudió la cabeza. El estrés y la falta de sueño finalmente habían podido con él. Apoyó la cabeza en las manos. Estaba bastante seguro de que era viernes. Lo normal era que a esas alturas él ya llevase horas trabajando. De pie en la cocina, se sirvió un vaso de agua y lo vació en una larga e ininterrumpida serie de tragos. En la encimera había una enorme manzana. Edward cogió un cuchillo de acero para trinchar la carne y cortó un pedazo. Se lo comió directamente de la hoja. Su fría firmeza hizo que le dolieran los dientes.
Había un mensaje en el contestador. Sin duda lo habían dejado la noche anterior después de que él se hubiera ido a la cama.
«-Edward. Soy Zeph. – Intenso ruido de fondo-. Aquí todos están hablando por sus móviles, así que Caroline y yo, hemos pensado que también deberíamos llamar a alguien. – Caroline dijo algo en medio del bullicio-. No estoy gritando. Así es como yo hablo. Oye, ésta es mi voz normal.
–Zeph estaba borracho-. Todos estamos muy cabreados contigo -
continuó-. Fabrikant está cabreado porque tú no estás aquí y nosotros estamos cabreados porque tú no estás aquí, y eso equivale
prácticamente a todo el mundo… Bueno, hay unas cuantas personas más, probablemente ellas también están cabreadas contigo, pero no puedo asegurarlo. La verdad es que no me apetece preguntárselo.
Ahora deberíamos largarnos. Estoy harto de hablar solo. Oh, el Artista está aquí. ¿Verdad que es demasiado? Se pasea por ahí asustando a la gente. ¡Uau, esa tía sí que tiene pinta de zorra! – añadió Zeph. »-Fíjate en esos tacones -dijo Caroline en un segundo plano-. ¿Por qué no se limita a llevar zancos?
«-Voy a…»
La llamada se cortó en aquel punto.
Edward se dirigió al cuarto de baño para echarse un poco de agua fría en la cara. Habían transcurrido un par de días desde que se afeitó.
«Estás perdiendo los pedales -pensó-.
Desperdiciaste la noche anterior y ya has desperdiciado la mitad del día de hoy. Contrólate un poco, gilipollas.» Mientras se miraba en el espejo, pensó que debería telefonear a la oficina y aclarar aquel lío con la biblioteca de los Went. No, ya era demasiado tarde para eso. Debía ir allí. Seguro que ya estaban esperando que apareciese. Edward se imaginó el oscuro y fresco silencio de la biblioteca de los Went.
Una nueva capa de sudor había empezado a perlar su frente.
Decidió tomar una ducha.
Luego se vistió y metió un cuaderno de notas y un suéter viejo en su bolsa de cuero. No iba a pasar el día entero deambulando por el apartamento. Al menos los Went tenían aire acondicionado. De camino hacia la puerta se detuvo delante del ordenador. La pantalla del monitor tenía un aspecto enfermizo y polvoriento bajo la luz directa del sol. Seguía encendida, con el salvapantallas dibujando obsesivamente una y otra vez cordilleras montañosas que luego volvía a borrar de inmediato. Ni siquiera se había molestado en salir del juego. Lo había dejado conectado durante toda la noche mientras dormía.
Edward pulsó la barra espaciadora y la pantalla se vació. Todavía estaba vivo. Frunció el entrecejo. Lo lógico habría sido pensar que a esas alturas ya habría llegado algún invasor del espacio o lo que fuese y lo habría matado. Quizás eso ya había sucedido, quizá le habían dado muerte un millar de veces desde la noche anterior y luego había sido
devuelto a la vida otras tantas. ¿Acaso importaba? ¿Cómo iba a saberlo él?
A pesar de que en el exterior era primera hora de la tarde, según un diminuto reloj digital situado en la parte inferior de la pantalla, en el juego eran las siete de la tarde. Una delgada y reluciente banda de crepúsculo que empezaba a desvanecerse se extendía a través de los árboles por la mitad del horizonte, rojo, oro y verde. Edward se acercó al borde del risco. El contraste de la claridad solar en las agitadas aguas del río estaba reproducido con exquisito detalle, venas de fuego que ondulaban y se estremecían. Edward se quedó de pie durante un rato, limitándose a mirar.
Algo había cambiado respecto a la noche anterior. La carta en el buzón de correos había desaparecido, al igual que la pistola. Edward se acordó de aquella canción de los Beatles que hablaba de hojas agitándose dentro de un buzón de correos. Y de hecho, ahora había hojas en el suelo; la escena se había alterado sutilmente, volviéndose más otoñal. El reloj de arena que había visto antes seguía allí, pero yacía roto en el suelo y la pálida arena que había contenido se hallaba esparcida sobre la hierba, que parecía menos brillante y mostraba algunas calvas. El tiempo había transcurrido en la escena. Edward miró nerviosamente alrededor.
Río abajo, el puente había quedado reducido a un montón de ruinas. Toda la luz de la estructura había desaparecido, y una de las dos torres de piedra que la sustentaban se había esfumado por completo. La otra estaba medio en ruinas. Edward corrió río arriba a lo largo del risco para obtener una vista mejor. Descubrió que en el juego se movía rápida y ágilmente, desplazándose sobre el terreno más deprisa de lo que él o ninguna otra persona podría llegar a correr en la vida real. Parecía como si el puente hubiera envejecido, erosionándose y debilitándose poco a poco hasta que finalmente se había desplomado bajo el mero peso del tiempo. ¿Cómo podía haber transcurrido tanto tiempo? Una larga y cremosa faja de espuma fluía corriente abajo desde la base de la torre superviviente. Cuando estuvo más cerca, Edward oyó el suave murmullo del agua. Parte de un león de piedra tallada seguía al acecho junto a la base de la torre. ¿Cómo había envejecido tanto el puente en una sola noche? ¿Y qué se suponía que
tenía que hacer él? ¿Repararlo? ¿Cuál era el objetivo del juego?
Edward se deslizó por una empinada ladera y alcanzó el final del camino, acercándose todo lo que se atrevió al lugar donde el maltrecho borde del sendero se precipitaba hacia abajo. La corriente se acumulaba contra la base de la torre. No había otro sonido que el fluir del agua y un bucle con el canto de los grillos grabado en él. Una pequeña embarcación de vela como las que aparecían en los dibujos animados ascendía poco a poco río arriba, absurdamente en paz, mientras dejaba tras de sí una estela blanca sobre el agua azul oscuro.
El límpido sonido de una campana llegaba desde ella.
Edward pulsó la tecla Esc para ver si el juego le permitía salir, pero no ocurrió nada.
Probó Ctrl Q, luego Alt F4 y finalmente Ctrl-Alt-Borrar. Nada, aunque se le permitió guardar una copia del juego en su fase actual.
–Joder -dijo en voz alta.
Quizá volver a matarse ayudaría. Se acercó al borde del camino, un sendero de gravilla blanca con una cresta de hierba verde que corría a lo largo del centro. El hecho de suicidarse, aunque sólo fuera en un juego, le parecía un poco raro, pero, tras un instante de vacilación, retrocedió para cobrar impulso y corrió por encima del borde. Esta vez no tropezó, sólo cayó: un momento de inmovilidad en el que flotó apaciblemente en el aire fue seguido por un rápido descenso hacia las aguas oscuras.
En vez de hundirse volvió a subir a la superficie. Su punto de vista osciló arriba y abajo, y la corriente empezó a llevárselo. No se estaba hundiendo. Trató de sumergirse, pero no se le ocurría cómo. Flotaba como un corcho.
–Muere -masculló entre dientes-. Muere, pequeño cabrón.
Al cabo de un rato se hartó de tratar de ahogarse. Estaba anocheciendo en aquel lugar irreal. Edward nadó hasta la base de la torre y se encaramó a ella. Muy lejos de allí, casi indistinguible desde la orilla, vio alejarse la embarcación en la distancia. Había algo escrito en la popa, ahora ilegible, aunque Edward pensó que podía ser la palabra
«MOMO».
Un camión de la basura obstruía el paso por la estrecha calle de los Went, por lo que el taxista dejó a Edward en la esquina del
apartamento. Una mujer de expresión hosca vendía los números atrasados de Penthouse y Oui, descoloridos por el sol y deteriorados por el agua, que tenía esparcidos sobre una mesa para jugar a las cartas. El calor era brutal, la ciudad parecía un horno de cemento. El sol se reflejaba con destellos cegadores en las ventanas de los apartamentos y los espejos laterales de los coches; incluso la acera brillaba más de lo normal.
Edward pasó junto al portero sin mirarlo siquiera. – ¡Adelante! –
anunció fríamente el portero mientras Edward pasaba junto a él.
Después del resplandor del exterior, Edward quedó prácticamente cegado en la penumbra del vestíbulo y tropezó con una mesita de centro, golpeándose la pierna. El aire olía a cuero.
Edward fue hacia los ascensores, moviéndose con cuidado entre la oscuridad, y sacó del bolsillo la llave de tubo que le había dado Laura.
La llave entró sin ninguna dificultad en un orificio circular junto al botón del piso decimoséptimo. Las puertas se cerraron con un ruidoso deslizarse.
Edward esperaba que no habría nadie en casa, que podría escabullirse al piso de arriba sin tener que hablar con nadie. Le dolía la pierna. Un anciano jasid subió en la novena planta, apestando a sudor bajo su chaqueta negra, y se bajó en la décima. A medida que se aproximaba a su destino, Edward tuvo la extraña premonición de que las puertas se abrirían sobre la nada, o quizás ante una pared desnuda, o un acantilado, pero cuando llegó allí sólo había la antesala recubierta de espejo, exactamente como antes, con la mujer de la limpieza pasando vigorosamente el aspirador por la alfombra oriental en la habitación contigua.
No vio a Laura por ninguna parte. Edward cruzó la habitación y avanzó por el elegante pasillo blanco con sus fantasmagóricos cuadros ausentes, hasta que encontró el armario con la escalera en espiral. El sonido del aspirador fue perdiéndose detrás de él. Sus zapatos resonaban sobre los escalones de metal. Esta vez la puerta que había al final de la escalera se abrió sin ninguna dificultad, y Edward la cerró firmemente tras él. Entrar en la biblioteca fue como meterse en un cine una tarde de verano; el mismo oscuro frescor, la misma atmósfera de callada anticipación. Respiró hondo, igual que la primera vez. El aire
estaba frío y olía a moho, pero lo sintió como una toalla mojada sobre su dolorida frente.
Dadas las circunstancias, la perspectiva de una larga tarde de trabajo, tranquila y relativamente libre de esfuerzo mental, parecía increíblemente agradable. Cruzó la larga sala en dirección a la mesa, caminando despacio mientras disfrutaba del silencio y la soledad. Todo estaba exactamente tal como lo había dejado. El gran volumen encuadernado en cuero del día anterior seguía abierto encima de la mesa, oscuro y solemne como una lápida. Edward conectó el ordenador y se dirigió hacia la caja abierta mientras aquél se inicializaba. Las gruesas cortinas estaban separadas por apenas una rendija, a través de la cual penetraba una solitaria línea de luz que se extendía a lo largo del suelo de madera.
Sacó de la caja unos cuantos libros y los llevó a la mesa. Abrió el primero de los paquetes, un delgado volumen encuadernado en cuero gris verdoso con ribete dorado. Un viaje sentimental a través de Francia e Italia, por Laurence Sterne. El cuero estaba tan blando y se desmenuzaba con tanta facilidad que le tiznó los dedos. El libro era diminuto y delicado, apenas de un centenar de páginas. Edward lo abrió sólo hasta el frontispicio. Había sido impreso en 1791.
Desenvolvió el resto de los libros, tirando el papel al suelo a medida que lo hacía: La queja; o pensamientos nocturnos y la fuerza de la religión; una narración del desenterramiento de un mamut congelado escrita en la época victoriana, llena de soberbias ilustraciones y encuadernada junto con un tratado contemporáneo sobre los meteoritos; Le sofa, una novela prerrevolucionaria francesa con cubiertas de papel rosa, resultó ser un relato pornográfico -con un fuerte trasfondo revolucionario- de la vida sexual de la aristocracia francesa, escrito desde el punto de vista de un mueble consciente; un fajo inidentificable de viejos papeles atados con una cinta negra: opúsculos religiosos americanos de la primera época; una edición, llena de manchas y de aspecto barato, de Manzanas a un penique cada una de Joyce.
Edward abrió la libreta de anillas que contenía las instrucciones y las siguió lo mejor que pudo. Contaba las páginas extra sin numerar al principio y al final de cada volumen. Medía cada libro en centímetros.
Evaluaba con la punta de los dedos el estado de los bordes y chasqueaba la lengua ante los lomos arrugados o que se habían partido.
Contaba imágenes e ilustraciones y buscaba cualquier ornamento en un gran libro que listaba los más populares, junto con los nombres y las fechas de los impresores que los inventaron. Copiaba cualquier marca o inscripción: la guarda al final del Sterne estaba cubierta de aritmética, escrita con la tinta de una pluma que se había vuelto de color sepia con el paso de los años. Pasó un buen rato descifrando una firma en Manzanas a un penique cada una. El libro resultó haber pertenecido a Anita Loos.
Para cada libro tecleaba una entrada en el ordenador, ya que el programa de catalogación disponía de un campo independiente para cada segmento de información. Nadie subió del apartamento para molestarlo. Dentro de la biblioteca hacía frío, pero el suéter viejo que había traído consigo lo mantenía caliente y evitaba que el polvo le manchara la ropa. El dolor de cabeza se desvaneció gradualmente conforme trabajaba. El tráfico que circulaba por Madison quedaba tan lejos que apenas parecía un murmullo, puntuado por el ocasional bocinazo musical.
Edward volvió a la caja a por otra pila de libros: un tratado legal inglés en tres volúmenes; una guía de viajes por la Toscana de los años veinte llena de descoloridas flores silvestres italianas, que sobresalían de las páginas como en un aleteo de mariposas; una edición francesa de Turgeniev tan consumida por el paso del tiempo que se le partió en las manos; un registro de la sociedad londinense del año 1863. En cierto modo aquello era estúpido. Edward estaba tratando aquellos libros como si fueran reliquias sagradas. Seguramente jamás llegaría a leerlos. Pero había algo magnético en ellos, algo que exigía respeto incluso en los más ridículos, como aquel tratado victoriano donde se aseguraba que el rayo era causado por las abejas.
Aquellos libros eran información, datos, pero no bajo la forma con la que estaba acostumbrado a tratar Edward. Eran fragmentos de memoria, no digital, eléctrica o estampada a partir del silicio, sino obtenida mediante un laborioso trabajo artesanal a partir de la pulpa de madera y la tinta, el cuero y el pegamento. A alguien le habían importado lo suficiente como para escribir aquellas cosas, posiblemente
incluso leerlas, al menos para mantenerlas a salvo durante ciento cincuenta años, a veces más, cuando hubieran podido desvanecerse al contacto de una chispa. ¿Eso les daba valor por sí mismas? No obstante, lo cierto es que la mayoría de aquellos libros habrían dejado tieso de aburrimiento a Edward en cuanto los hubiese abierto, lo cual era imposible. Tal vez eso le resultaba tan atractivo: la visión de tantos libros que nunca había tenido que leer, tanto trabajo que nunca había tenido que hacer. ¿Cuándo fue la última vez que había terminado un libro? Un libro de verdad, no sólo de detectives.
Un fuerte olor húmedo y acre se elevaba en suaves vaharadas de cada volumen abierto. El catálogo en el ordenador se alargaba, entrada por entrada, y Edward perdió la noción del tiempo. La mayoría de los libros provenían de Inglaterra, pero había un buen número procedentes de América y del Continente, y unos cuantos de todavía más lejos. Algunos de los ejemplares alemanes estaban impresos en una negra caligrafía gótica tan delgada como patas de araña, que tardaba el doble de tiempo en descifrar; en cuanto a los libros en cirílico o árabe, se limitaba a dejarlos a un lado como causas perdidas. Una tarjeta impresa cayó de un libro de poesía bengalí. Edward la recuperó del suelo. Rezaba así: «Con los cumplidos del autor», encima de una firma florida e ilegible.
Cuando el haz de luz procedente de la ventana llegó al escritorio, Edward consultó su reloj y vio que casi eran las seis. Se levantó y se estiró, la columna vertebral chasqueando deliciosamente. La larga mesa se hallaba cubierta en sus dos terceras partes con ordenadas pilas de viejos libros, y el suelo estaba lleno de enormes rollos de papel de envolver. Se sintió gloriosamente virtuoso, como un monje medieval que hubiera terminado su penitencia diaria y pudiera retirarse a la abadía para disfrutar de una cerveza y un poco de queso artesanal.
Seguía teniendo presente el libro mencionado por Laura, escrito por alguien de algún lugar desconocido. Edward lo había anotado: Gervase de Langford. Sólo para ganarse unos cuantos puntos extra llevó a cabo una búsqueda de las entradas que ya había creado, pero el libro no figuraba allí. Dirigió la mirada hacia las formas oscuras de las otras cajas que esperaban ser abiertas y se preguntó si conseguiría llegar tan lejos antes de que se marchara a Inglaterra.
En las estanterías de la pared había algunos libros de referencia, y decidió echarles un vistazo. Iban desde opúsculos xerocopiados hasta libros de bolsillo baratos, pesados tomos y enormes catálogos formados por diez y veinte libros, con cada volumen tan grueso que la encuadernación se había deformado bajo su propio peso. Era material altamente técnico:
Repertorium Bibliographicum, Gesamtkatalog der Wiegendrucke, Incunables en bibliotecas americanas, Catálogo de títulos cortos del siglo XVIII, Encuadernaciones inglesas de la Restauración. Bueno, nunca le había tenido miedo a un poco de investigación. Bajó de la estantería un libro muy voluminoso con el aspecto de ser toda una autoridad sobre la materia titulado Catálogo de libros ingleses antes de 1501.
Resultó no ser más que una colección de catálogos de tarjetas de distintas bibliotecas, todas ellas concienzudamente fotografiadas en blanco y negro y dispuestas en orden alfabético, hilera sobre hilera, página tras página de papel de seda, decenas de miles de ellas. Edward despejó un espacio sobre la mesa debajo de la lámpara y lo abrió.
Necesitó un minuto para encontrarlo, pero allí estaba, justo entre Gervase de Canterbury (m. 1205) y Gervase de Tilbury (c. 1160-c.
1211): Gervase de Langford (c. 1338-c. 1374). Había tres tarjetas a su nombre, dos de ellas para distintas versiones de lo que parecía el mismo libro, Chronicum Anglicanum (Londres, 1363 y 1366). La tercera se llamaba Les contes merveilleux (Londres, 1359).
En la parte inferior de cada una de las tarjetas había una retahíla de abreviaturas de dos y tres letras, indicando las bibliotecas que disponían de ejemplares de los libros. La clave para las abreviaturas estaba en un largo apéndice al final del volumen. Tras pasar varias páginas hacia delante y hacia atrás, descubrió que el Chronicum Anglicanum estaba en bibliotecas de Nueva York, Tejas e Inglaterra. El ejemplar de Nueva York se hallaba en un lugar llamado Depósito Chenoweth para Manuscritos y Libros Raros. Edward anotó el nombre, apagó el ordenador y recogió sus cosas. Mirando alrededor para asegurarse de que todo parecía ordenado, apagó la lámpara del escritorio y se encaminó hacia la escalera.
Abajo, la luz de las primeras horas del anochecer inundaba el pasillo, tiñendo de un suave rosa caramelo las desnudas paredes blancas. Todas las ventanas habían sido abiertas, y una brisa delicada y refrescante recorría las habitaciones vacías. Antes había querido evitar a la gente, pero ahora, tras una larga tarde de trabajo silencioso, se sentía de un humor gregario.
Casi abrigaba la esperanza de tropezarse con Laura Crowlyk.
Volvió a preguntarse si ella vivía allí, si comía y dormía allí durante la noche. Mientras iba hacia el ascensor miró por el hueco de una puerta entreabierta y descubrió un pequeño despacho atestado. Las paredes, el suelo, la parte superior de los archivadores e incluso el alféizar de la ventana estaban llenos de carpetas de papel manila, fajos de hojas, libretas negras de tres anillas y ficheros de fuelle a punto de reventar cerrados con cordeles anudados, como si algún gigantesco pájaro amante del papel estuviera preparando su nido. Resultaba raro ver un despacho sin ningún ordenador en él.
Edward titubeó un instante y luego entró en el despacho, diciéndose que no había momento mejor que el presente. Descolgó el auricular y llamó a información para que le dieran el número del Depósito Chenoweth para Manuscritos y Libros Raros. ¿Estaría abierto todavía?
El hombre que respondió a su llamada lo pasó sin ninguna clase de ceremonias a otro departamento donde lo pusieron en espera. Mientras aguardaba, examinó los papeles esparcidos encima del escritorio: impresos de seguros, cartas, una especie de enredo legal acerca de contratistas que pulían los suelos. Había copias en papel carbón rosado de facturas por algún trabajo en ordenador, extendidas a nombre de Alberto Hidalgo.
Una mujer se puso al teléfono.
–Privilegios.
Edward explicó que andaba buscando a Gervase de Langford. –
¿Libro o manuscrito? – preguntó ella secamente.
–Libro. – ¿Qué otra cosa podía ser? – ¿Está usted afiliado a alguna institución?
–A la Colección Went -improvisó.
Hubo un intercambio ahogado de palabras con alguien más presente en la habitación y luego la mujer volvió a ponerse al teléfono: -
¿Es usted miembro de la familia Went? – preguntó.
–Soy un empleado suyo.
Algo en la periferia de su campo visual atrajo la atención de Edward: Laura Crowlyk lo miraba, inmóvil en la entrada. Edward dio un respingo, sintiéndose culpable. Terminó de aclarar la gestión con la biblioteca.
–Necesitará inscribirse cuando llegue -le advirtió la mujer-, así que traiga una foto de carnet y algo que demuestre dónde vive.
–Entendido.
Colgó. Hubo un momento de silencio mientras Laura Crowlyk lo miraba de arriba abajo reparando en su holgado y sucio suéter y su rostro sin afeitar. Edward tuvo la impresión de que había cometido un error. – ¿Ha terminado? – preguntó ella.
–Quería telefonearlos antes de que cerraran. Lo siento. No pude dar con usted -dijo, y cayó en la cuenta de que ya había utilizado aquella excusa en una ocasión anteriormente.
–No he estado escondiéndome. – Laura entró en la habitación y empezó a vaciar significativamente el escritorio. Edward cogió su bolsa de viaje para marcharse.
–No olvide anotar sus gastos en el Chenoweth-dijo ella-. Le cobrarán una cuota cuando se inscriba. Es bastante cara. Y si planea tomar notas, llévese papel y lápiz. No puede entrar bolígrafos o plumas en la sala de lectura. – ¿Ha estado usted allí?
–Oh, sí, en un par de ocasiones. Pero dudo que tengan algo allí que pueda interesarle." -He decidido investigar un poco acerca de Gervase de Langford.
Aquello la hizo sonreír, mostrando sus prominentes dientes blancos.
–Ah.
–Por cierto -dijo Edward-, todavía no he encontrado nada sobre él ahí arriba.
–Estoy segura de que ya aparecerá. – ¿Qué más puede decirme acerca de él? No estoy seguro de saber realmente qué ando buscando.
Ella se encogió de hombros.
–Creo que lo reconocerá en cuanto lo vea.
–Eso espero.
Edward tuvo la certeza de que ella estaba esperando a que se marchara. En consecuencia, trató de alargar perversamente la conversación todo el tiempo posible.
–Puede que esté subestimando mi ignorancia.
–Sí, bueno, no sé por qué ella no pidió a alguien más cualificado para que se encargara de esto -dijo Laura, irritada-. Yo misma, por ejemplo. Pero la duquesa es así. – ¿La duquesa?
–Sí, la duquesa.
Laura Crowlyk suspiró, se ajustó el pelo distraídamente y se inclinó para abrir un cajón del escritorio que estaba lleno de archivos. ¿Había la más leve sombra de whisky en su aliento?
–De acuerdo. Si lo que busca son pistas, mire esto. – Sacó del cajón una carta escrita a máquina y copió algo de ella en un papel adhesivo-.
He aquí el título. Éste es el nombre del libro que están buscando.
La letra de Laura Crowlyk era pulcra y refinada, sin duda el producto de algún internado inconcebiblemente elitista. En el papel rezaba: Un viaje al país de los cimerios.
Edward asintió sabiamente mientras lo leía, como si las palabras significaran algo para él. – ¿Le importa que le pregunte por qué lo estamos buscando?
Ella lo miró con sus ojos de color pizarra inquietantemente inexpresivos.
–Porque la duquesa así lo pidió.
El sol de un naranja fundido casi había descendido por completo sobre New Jersey. De pronto Edward fue muy consciente de que estaban solos en un apartamento vacío.
–Este proyecto es idea suya -continuó ella-. Se lo digo por si aún no lo ha deducido.
Ustedes también son idea suya, me refiero a la gente de Esslin Hart.
No sé lo que hicieron con sus finanzas (no me lo cuente, gracias, no estoy interesada), pero al parecer le causaron una gran impresión, usted en particular. A veces me pregunto si todos somos idea suya, de alguna complicada forma metafísica. De alguna manera el mundo de la duquesa parece más sustancial que el nuestro. O al menos más interesante. »En cuanto al libro, supongo que sería valioso, aunque
hasta qué punto es algo que se me escapa. Aparte de eso, no sabría decirle por qué lo estamos buscando, sólo que ella se mostró extremadamente insistente en que lo hiciéramos. Es un poco inusitado.
No suelo tener ningún contacto directo con ella. Éste es un puesto avanzado considerablemente remoto de su imperio: la Embajada Americana, lo llamamos.
Su ironía contenía una sombra de amargura. Edward se preguntó si se sentía un poco sola.
–Usted ya está al corriente acerca de la duquesa, ¿verdad? –
inquirió ella.
–Bueno -dijo Edward, con calculada vaguedad-, sí y no.
–Bien, pues si va a trabajar para ella, entonces más vale que aprenda. – De pronto, al hablar de los Went, parecía menos severa, adoptando un aire casi universitario-. Blanche y yo fuimos juntas a la escuela. A ambas nos pusieron un curso por delante de lo que nos correspondía. A veces pienso que en su caso fue un error. Era brillante, ciertamente, pero pasó por una época bastante difícil. Su familia es muy antigua. Aquí nadie los conoce, pero en Inglaterra todo el mundo quería llegar hasta ella. Eso tuvo… un impacto sobre Blanche. Se volvió muy tímida y desconfiada con algunas personas, y quizá demasiado confiada con otras. – Miró a Edward-. Es un lugar común, pero realmente ha llevado una vida muy protegida. »En cuanto a Peter, sólo me he encontrado con él unas cuantas veces, en la boda y también luego. Ahora apenas se relacionan con nadie. Viven en una propiedad en el norte de Inglaterra, y casi nunca salen de ella. Es enorme.
Compraron los terrenos circundantes en un radio de varios kilómetros a la redonda, aunque la mayor parte sigue siendo bosque. Parque para ciervos.
Sin duda ahora le hablaría de la antigua maldición familiar que seguía pesando sobre ellos cada vez que salía luna llena. Edward reprimió una sonrisa. Todo sonaba tan irreal como la torpe exposición en una película de terror barata. Edward se acordó de un tipo al que había conocido en la universidad que se suponía era un aristócrata. Era sueco y muy alto, y la gente aseguraba que era un barón. Compartieron una clase de historia china, pero el barón no dijo una sola palabra en todo el semestre. Pasaba su tiempo en el sótano del dormitorio
estudiantil jugando a la máquina del millón y añorando, suponía Edward, sus lejanos fiordos. – ¿Así que ha conocido usted al duque? –
la animó a seguir.
–Por supuesto que lo he conocido -dijo ella-. Ambos son muy buenas personas. Sí, son muy buena gente. Tengo entendido que últimamente él no se encuentra demasiado bien, pasa la mayor parte del tiempo en la cama. Es duro para Blanche. Ella es bastante más joven que él, ¿sabe?
–Oh -dijo Edward-. ¿Lo es?
–Sí, lo es -respondió, y volvió a encerrarse en sí misma. Cogió el papel, cerró el cajón del escritorio y se levantó-. Pero borre de su mente cualquier clase de ideas. Nunca llegará a conocerla.
Edward parpadeó.
–Puedo asegurarle -dijo con franqueza- que mi cerebro se halla completamente desprovisto de ideas.
–Bien -dijo ella sin dejar de remover los papeles-. Yo también seré sincera. No me gusta esta ciudad, no me gusta este país dejado de la mano de Dios y no me gusta usted. Pero si tiene éxito, si encuentra el Gervase, la duquesa podría considerar apropiado llevarme de vuelta a Inglaterra, y no hay nada en esta vida que me haría más feliz. En cuanto a esta empresa, le ayudaré de cualquier manera que pueda. Más allá de eso, me lavo las manos en cuanto a usted. ¿Ha quedado claro?
Alzó la mirada hacia Edward, un poco sonrojada. El meditó un buen número de respuestas bruscas y sarcásticas antes de contestar.
–Sí -dijo-. Ha quedado claro. Gracias por su sinceridad.
Sólo unos minutos más tarde, mientras bajaba en el ascensor, Edward cayó en la cuenta de que en algún momento de la tarde había decidido que nadie más que él iba a organizar la biblioteca de los Went.
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