El Códice secreto
Capítulo 2
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A
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[B-C
4
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D-G
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2 4 H-M
8
3 I
Trabajaba con total concentración y una intensidad casi mecánica, describiendo en voz alta sus acciones con los tonos de un forense que lleva a cabo una autopsia. Edward no tardó en perder el hilo de lo que le decía, aunque fingió escuchar de todas formas. Se hallaba tan absorta en lo que estaba haciendo que parecía haber olvidado que se suponía que se lo estaba explicando, como si ni siquiera recordara que él se encontraba allí. Cuando se concentraba, su rostro era menos severo; la expresión se volvía extrañamente serena, relajada, casi feliz.
Cuando hubo terminado, arrancó del cuaderno las páginas completadas y las metió dentro del librito marrón. Luego lo dejó a un lado y empezó a desenvolver el siguiente. Había sido transportado dentro de una caja de cartón repleta de periódicos viejos hechos tiras.
Cuando apareció, descubrieron que era marrón oscuro, casi negro, con la forma de un ladrillo hecho de cenizas, corto y estrecho pero de unos veinticinco centímetros de grosor. El lomo se había desgastado hasta quedar reducido a unas cuantas hebras, y tiras de cuero se extendían a través de las páginas reunidas en apretados fajos.
Margaret lo trató con una delicadeza especial. Levantó cuidadosamente la cubierta superior, sosteniéndola con ambas manos.
De alguna manera la impresión del interior parecía distinta, elegante e inclinada, recordando más un texto escrito a mano que letras impresas.
–Es un incunable -murmuró, extasiada.
–Edward, ¿puedo hablar con usted un momento?
El momento quedó helado y se hizo añicos. La voz venía de detrás de ellos, y Edward se volvió con expresión culpable. Laura Crowlyk estaba observándolos desde el descansillo al final de la escalera. Las entradas sorpresa parecían ser una de sus especialidades. – ¡Laura! –
exclamó Edward jovialmente, para ocultar su disgusto-. Laura, me gustaría que conociese a Margaret Napier. Es una medievalista de Columbia. Me está ayudando con la catalogación.
La mirada de Laura se posó en Margaret.
–Hola.
–Hola.
Laura contempló a Margaret con expresión gélida, evaluándola como una combatiente potencial. Margaret apenas levantó la vista del libro que había encima de la mesa. Se produjo un incómodo silencio.
–Reúnase conmigo en mi despacho, Edward, por favor. Dentro de cinco minutos.
Se volvió y descendió por la escalera sin esperar una respuesta. Sus pisadas tenuemente metálicas se desvanecieron en la distancia. –
¿Debería irme? – preguntó Margaret, en cuanto Laura se hubo marchado.
–No, quédese aquí. Siga haciendo… lo que fuese que estaba haciendo. ¿Qué ha dicho que era ese libro?
–Un incunable -repitió ella, poniendo el énfasis en la segunda sílaba-. Un libro que fue hecho durante los primeros cincuenta años de existencia de la imprenta. De 1454 a 1501. – ¿Qué libro es?
–Historia Florentina. Poggio Bracciolini. – ¿Y quién era Bracciolini?
–Un erudito del Renacimiento. Trabajó sobre Quintiliano.
Su interés en mantenerlo al corriente estaba flaqueando. Edward observó por encima de su hombro mientras ella separaba delicadamente las páginas. Margaret no llevaba ningún perfume, pero su pelo tenía un olor que no era desagradable, delicadamente dulce pero con una sombra de amargor.
–Debería bajar -dijo Edward-. Enseguida vuelvo.
Mientras bajaba por la espiral de metal hacia la luminosidad del apartamento principal, Edward se sintió como un niño que ha sido convocado al despacho del director de la escuela. Se recordó que para empezar él les estaba haciendo un favor. La puerta de Laura se hallaba abierta, y ella estaba sentada a su escritorio examinando un fajo de papeles con una pluma en la mano, los cabellos castaños recogidos en un moño detrás de la nuca. Edward tuvo la impresión de que se había esforzado en adoptar la mayor severidad posible. Las persianas estaban medio bajadas contra el día gris, y Laura había encendido una lámpara de escritorio.
Esperó unos segundos antes de reconocer la presencia de Edward.
Se había puesto unas gafas sin montura, pero volvió a quitárselas.
–Tendré que pedirle que deje de trabajar ahí arriba -dijo.
Su voz era tan seca como de costumbre. Edward miró por la ventana el tejado marrón de un edificio al otro lado de la calle. La decepción fue como una puñalada en el pecho. Estaba sorprendido, pero aún más sorprendente era lo mucho que le dolía la noticia. Algo que había estado esperando que llegara a ocurrir, sin saberlo siquiera, le había sido abruptamente arrancado.
–Laura, si esto tiene que ver con…
–No debería haberla traído aquí, claro está -dijo ella, con los labios apretados-. Pero no, no tiene nada que ver con eso. Espero que no será demasiada molestia para usted.
–En absoluto -repuso él con orgullo.
Ella volvió a bajar la mirada hacia sus papeles. A Edward no se le ocurrió nada que decir, pero no quería dejar las cosas así. Sólo le restaba aceptar aquella noticia con deportividad, pero por alguna razón había olvidado cómo hacerlo. «Esto es un golpe de suerte -se dijo-. Te has quitado el muerto de encima.»
–Redactaré un informe -dijo finalmente-. Sobre el trabajo que he hecho hasta ahora, quiero decir. A menos que usted prefiera que…
–Eso no será necesario. – Descartó la idea con un gesto de la mano.
–Oiga, le pido disculpas por haber traído aquí a Margaret, pero tiene que entender que ella es un recurso inapreciable para este proyecto. – Puso la punta de los dedos en el borde del escritorio para fingir un gesto de seguridad en sí mismo-. Ya sé que antes debería
habérselo consultado para que me autorizase, pero realmente creo que debería reconsiderarlo.
–No es eso. Ya le he dicho que ahora no importa. El hecho es que ayer recibí una llamada del duque.
–El duque.
–Sí. Me ordenó que cancelara inmediatamente el trabajo en la biblioteca.
–Oh -dijo Edward, comprendiendo que se había equivocado-.
Bueno, supongo que con eso está todo dicho. Pero no lo entiendo. ¿Por qué parar ahora? Estaba empezando a hacer auténticos progresos.
–No lo sé. – Empezó a cambiar rápidamente montones de papeles de una bandeja a otra-.
Sencillamente no lo sé. – Edward vio que en realidad no estaba enfada da por lo de Margaret, sino porque Gervase habría podido ser su billete de regreso al hogar, y ahora se le estaba escurriendo entre los dedos-. No me corresponde cuestionar las decisiones del duque. Quizá va a volver a llevar los libros a Inglaterra antes de lo previsto. Quizás ha decidido que no merecen que nos tomemos todas estas molestias después de todo. ¿Quién sabe? Quizá se limitará a vender la colección y hará que Sotheby's se encargue de hacernos el catálogo.
Edward asintió lentamente. – ¿Cómo va su salud? – preguntó con miserable cortesía-. Me refiero al duque. Antes usted mencionó que no se encontraba demasiado bien.
Ella hizo coma si no hubiera oído la pregunta.
–Es extraño, ¿verdad? – agregó-. Telefoneó anoche, y en Weymarshe tenían que ser las tres de la madrugada. Verá, lo normal es que él nunca hable conmigo directamente.
Técnicamente yo sólo trabajo para la duquesa. – ¿Es allí donde viven? ¿En Weymarshe?
Ella le lanzó una extraña mirada.
–La mayor parte del tiempo. Weymarshe es el nombre de su propiedad en Inglaterra. – ¿Es un castillo? – Quizá responder a preguntas acerca de los Went la haría sentirse mejor.
–Supongo que podría llamarlo así. – Volvió a sus papeles-.
Weymarshe ha sido reconstruido y se le han añadido anexos tantas veces que realmente no sé cómo lo describiría usted. Es un auténtico
batiburrillo. La mayor parte de él fue reconstruido a finales del siglo XVII, después de la revolución, pero algunas partes de la estructura son muy antiguas. Dicen que incluso fue edificado sobre unas viejas fortificaciones. Los académicos siempre quieren hacer excavaciones en él, pero los Went no se lo permiten.
Alzó la mirada hacia Edward con aire pensativo.
–Oiga, cuando vino usted aquí por primera vez, pensé que quizá pretendía hacer carrera a costa de la familia. Las compensaciones son bastante grandes. Y no me refiero sólo al aspecto financiero, naturalmente.
Edward parpadeó. – ¿Pensó que buscaba conseguir un empleo con los Went? ¿Una posición permanente?
No sabía si sonreír o sentirse insultado. Laura se limitó a encogerse de hombros.
–La duquesa ya ha llegado a esa clase de arreglos antes con otras personas jóvenes.
Particularmente con hombres. – ¿Y eso qué haría de mí? ¿Me convertiría en un sirviente?
–Bueno, llámelo como quiera. – Edward consideró, demasiado tarde, la posibilidad de que pudiera haberla insultado-. De haber jugado bien sus cartas, quizá nunca más tendría que haber trabajado.
A los Went les gusta rodearse de gente interesante, para que los aconsejen si surge algo. No todo el mundo vale para eso, quiero decir que no se trata de una carrera en el sentido habitual de la palabra, pero algunas personas lo consideran muy sugestivo.
Especialmente los americanos, según he descubierto.
–Estoy seguro de que es así.
Edward lo dejó correr. Ofenderla mientras se disponía a salir por la puerta no hubiese tenido ningún sentido. Dirigió la mirada hacia el escritorio de Laura. Había la foto de una mujer en un sencillo marco negro; drásticamente acortada, desde el ángulo oblicuo en que la veía Edward, pero innegablemente la duquesa. Reconoció su ondulante cabellera oscura, la boca grande y sensual. En la fotografía incluso llevaba el mismo sombrero de color crema que él le había visto cuando se encontró con la duquesa en la calle. Había algo maternal en ella, pero también algo innegablemente sexy. La duquesa era como la mejor
amiga de tu madre, aquella sobre la que fantaseabas en la secundaria antes de descubrir algo más acerca de esas cosas.
–Pero supongo que ahora todo eso ha quedado anulado -añadió Laura-. Mire, no sé qué decirle. Cuando hicimos los arreglos iniciales, el asunto parecía de lo más urgente, pero ahora…
Bueno, todo ha cambiado. Espero que no se sienta demasiado decepcionado.
–No, no. Por supuesto que no. – Su voz le sonó distante incluso a él.
Se volvió dispuesto a marcharse-. ¿Se pondrá en contacto conmigo si hay algún cambio?
Ella esbozó una leve sonrisa de simpatía.
–Sí, naturalmente.
–Iré a recoger mis cosas arriba.
Volvió a subir por la escalera a la biblioteca, donde Margaret seguía escribiendo diligentemente en su cuaderno. El incunable estaba abierto en el círculo de claridad procedente de la única lámpara, y cuando Margaret se inclinó sobre él, la luz brilló a través del telón de sus oscuros cabellos.
Edward se aclaró la garganta.
–Deberíamos marcharnos -dijo.
Margaret terminó la frase que había estado escribiendo, le puso el punto y luego levantó la vista. – ¿Por qué?
–Cambio de planes. Hemos quedado fuera del caso. – ¿El caso?
–La biblioteca. Van a poner fin al proyecto. – No consiguió mantener completamente alejada de su voz la frustración que sentía-.
Lo siento, no tenía idea de que esto iba a pasar. Al parecer la orden llegó desde arriba. Todo ha sido extremadamente repentino. Incluso Laura parecía sorprendida.
A Edward aquella situación le resultaba un poco embarazosa, pero Margaret no dio señales de que la afectara. Se limitó a asentir, cerró el libro y dejó caer su cuaderno dentro del bolso. Luego se levantó y se alisó la falda. Edward apagó la lámpara y bajaron cautelosamente por la escalera entre la oscuridad. Edward miró alrededor casi con nostalgia. Era la última vez que vería el interior del apartamento de los Went, y le sorprendió lo muy unido que había llegado a sentirse a él.
–He de ir a dejar la llave -dijo-. Luego podremos marcharnos.
–Espere.
En la oscuridad del pasillo, Margaret le puso la mano en el brazo.
Fue un gesto extraño, desmañado y sincero al mismo tiempo. Edward dudaba que hubiera llegado a tocarlo físicamente antes. A1 principio pensó que estaba intentando animarlo.
–No les dé la llave -dijo. Margaret rebuscó dentro del bolso y sacó de él un gran aro para las llaves. Luchó con él hasta que consiguió sacar una llave de tubo hecha de un metal gris. Era indistinguible de la llave de los Went-. Deles ésta en vez de la suya. – ¿Qué? – Edward bajó la voz hasta un susurro enronquecido-. ¿Se puede saber de qué está hablando?
–Necesito tener acceso a esta colección. – ¿Qué? ¿Por qué?
–Necesito volver a entrar aquí. Para examinar esos libros.
Edward la miró sin decir nada. Ella parecía no darse cuenta de que lo que estaba diciendo no tenía ningún sentido.
–Margaret -empezó, procurando adoptar un tono paciente y razonable-, estas personas son mis clientes. He escapado por los pelos de verme metido en un buen lío sólo por haberla traído aquí. Sea lo que sea, y no quiero saber qué es, si alguien llegara a descubrirlo…
–No lo harán.
Aún no se había sacudido la pechera del vestido, y había un tiznón de polvo de cuero rojo en su pómulo, como una pintura de guerra.
–Margaret…
–Mire -explicó ella, como si estuviera hablándole a un niño-. La llave es exactamente igual. Esta es del candado de una bicicleta; esta otra, la de los Went. Si se dan cuenta, limítese a decir que fue un error.
Confundió una llave con la otra.
Él la miró en silencio mientras se frotaba el mentón.
Advirtiendo que había llegado su momento, ella le quitó de la mano la auténtica llave y la metió en su bolso. Luego, tomando la otra mano de Edward entre las suyas, apretó la llave de la bicicleta contra su palma y cerró sus dedos entumecidos sobre ella.
–Ya está. – Lo soltó-. ¿De acuerdo?
–Esto es de locos. – Edward sacudió la cabeza. Sentía como si en el interior de ésta hubiera un enjambre de abejas volando en círculos carentes de significado, perdidas y desorientadas, sin reina-. ¿Cree que
va a irrumpir en su apartamento cada vez que le entren ganas de examinar un libro?
–Si es necesario. Si no podemos llegar a ningún otro acuerdo. –
¿Qué otro acuerdo? ¿De qué me está hablando? Santo Dios, de todos modos probablemente volverán a llevar los libros a Inglaterra. Por eso nos echan de aquí.
–Quizá no lo harán.
–Eso no viene al caso. – Miró nerviosamente por encima del hombro de ella en busca de señales de Laura. ¿Durante cuánto tiempo iba a seguir aquello?-. Oiga, no podemos hacer esto dijo con un furioso susurro-. No tiene sentido, y es una idiotez. – ¿Qué va a hacer?
¿Decirles que tengo su llave y que no se la devolveré?
Se quedaron inmóviles mirándose mutuamente. – Edward -añadió ella con tono muy serio , ya va siendo hora de que le quede claro de una vez qué es lo que realmente importa aquí.
Estamos hablando de unas personas que heredaron su dinero. Esta colección sólo representa una minúscula fracción del total de su riqueza, y por lo que nosotros sabemos puede que estén preparándose para liquidarla con muy poca o ninguna consideración hacia su valor intelectual y cultural. ¿Sabe usted qué les ocurre a libros como éstos una vez que son vendidos? – En los últimos treinta segundos sus ojos habían adquirido una intensidad incandescente-Son desencuadernados.
Los tratantes los desmantelan, los cortan y los venden página por página porque de esa manera valen más dinero. ¿Lo entiende?
Desaparecerán para siempre. Estarán muertos. Nunca volverán a ser recompuestos.
–Lo entiendo -siseó él-. También entiendo que mi carrera no puede terminar por culpa de un estúpido sentimentalismo de culebrón barato.
Y no quiero que esto suene desalmado por mi parte, pero no veo qué hay ahí arriba de tanta importancia como para que yo deba arriesgar mi futuro por ello. Y no entiendo por qué se está poniendo usted tan nerviosa por un montón de… -¡El porqué no importa! – replicó Margaret vehementemente mientras su rostro enrojecía.
Si antes sus ojos habían ardido, ahora eran puro fuego. Dio un paso adelante hacia el ascensor.
Edward se dispuso a cortarle el paso y ella lo agarró por la muñeca, apretándosela con toda la fuerza de que era capaz y mirándolo a los ojos-. Usted no entiende nada -susurró, articulando cada palabra con voz cortante y escupiendo las consonantes-. ¡Es usted un idiota y un ignorante que sólo piensa en el dinero! No le importan nada los libros, no le importa nada la historia, y tampoco le importa nada de lo que es importante. Así que si no va a ayudar, entonces apártese de mi camino.
Extendió el brazo hacia un lado como un signo de admiración.
Respirando hondo, se apartó un mechón de pelo de los ojos.
–Y no me estoy poniendo nerviosa.
Se miraron fijamente. Era una situación de tablas.
Edward debería haber estado furioso, pero en cambio tuvo que reprimir una risita histérica. No sabía si abofetearla, besarla o echarse a reír. Era una locura, pero había algo magnífico en Margaret Napier, en sus discursos y su fanatismo académico. Edward sabía que aquello estaba mal, que debería tomarse las cosas más en serio, pero también fue consciente de la tentación que sentía, y para empeorarlo aún más se trataba de la tentación más diabólica de todas: la de no hacer nada, quedarse sentado y dejar que las cosas ocurrieran y llegaran a descontrolarse por completo. ¿Qué sucedería si dejaba que ella se quedara con la llave? Quizá los Went todavía no habían terminado con él después de todo. Una sensación de mareo se apoderó de él, como un súbito vértigo, como si fuera un personaje en un videojuego y alguien estuviera jugando con él en algún otro lugar.
Alguien puso en marcha un aspirador en algún lugar pasillo abajo.
– ¿Qué va a hacer con su bicicleta? – inquirió Edward. – ¿Cómo dice?
–Su bicicleta. Sin la llave. ¿Cómo va a abrir el candado de su bicicleta?
–Oh. – Se ruborizó-. Tengo una llave de repuesto.
–Yo no sé nada de esto. ¿Lo ha entendido? – Edward alzó las manos con las palmas hacia fuera-. No sé absolutamente nada. Si no me queda otro remedio, diré que usted me dejó fuera de combate con una presión vulcaniana sobre los nervios y se llevó la llave mediante la fuerza.
Ella lo miró con ojos inexpresivos. La súbita intensidad había desaparecido, volvía a ser simplemente Margaret.
–Ya sé que cree que está siendo muy lista -añadió él-. Pero no es así.
Esto es una gran, gran estupidez.
–De acuerdo -dijo ella secamente, con su voz monocorde de antes-.
De acuerdo. – Mientras pasaba junto a él para luego alejarse por el pasillo le dio una palmadita en el hombro, como dejándose llevar por un impulso surgido en el último momento-. Siento haber dicho eso.
Usted no es ningún idiota.
«Ahí es donde te equivocas», pensó Edward.
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