El Códice secreto
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–Estuve dándole vueltas, jugando con ellas y probando distintas combinaciones. No sé por qué lo hice. Tardé mucho tiempo, pero al final terminé obteniendo esto.
Pasó unas cuantas páginas más, todas ellas densamente cubiertas de letras, garabatos y borrones. Al final de la última página, subrayada dos veces, había esta frase:
GUARDE DIOS DE TODO MAL A MI
BUEN HIJO
Edward miró la página, luego a Margaret y después nuevamente la página. Se relajó. Un cálido charco de alivio llenó su pecho.
–Margaret -dijo dulcemente-, no lo entiendes. Esto podría ser una mera casualidad.
Recolocando esas letras podrías obtener cualquiera sabe cuántas series de palabras. Es como una mancha de Rorschach: no prueba nada. Y aunque lo hiciese, ¿qué probaría?
–Ya pensé en eso -admitió ella-. Pero hay algo más, algo que necesito mostrarte. Intenté encontrar una manera de poner a prueba la teoría, así que volví a las ilustraciones. Reordené las páginas del códice de tal modo que las letras iluminadas fueran deletreando las palabras que se me habían ocurrido. Quiero que mires lo que descubrí.
Se levantó e indicó a Edward que debería sentarse en su sitio. El obedeció de mala gana y ella le puso delante un rimero de páginas que, dado su estado, más bien era un confuso montón. Edward empezó a leerlas por orden, pasando por alto todo lo que no fueran las letras iluminadas.
Su resistencia se desmoronó. Vio lo que veía Margaret, y comprobó que era real.
Dispuestas en su nuevo orden, las imágenes formaban una narrativa coherente y reconocible, una historia. La primera ilustración mostraba a un hombre joven con el pelo ondulado muy corto y una orla de barba rojiza, do pie y solo dentro del arco de una gigantesca G roja.
Tenía los sencillos ojos de dibujo animado propios de las caras en las pinturas medievales, sencillos pero expresivos: parecía un poco temeroso, como si ya tuviera una idea bastante clara de lo que le
reservaba el destino y no le hiciera ninguna gracia. Vestía humildemente, sostenía un cálamo en una mano y un pequeño cuchillo en la otra. En una mesa junto a él había un libro abierto.
Sus páginas estaban en blanco.
–G por «Gervase» -susurró Margaret.
Él la hizo callar.
–Ya lo capto.
La segunda letra, una U, hacía entrar en escena a una pareja noble.
Estaban dispuestos como figuras en un camafeo. La mujer era hermosa, esbelta y con una barbilla favorecedoramente poco marcada; el hombre, muy erguido, de oscuro cabello ensortijado y nariz larga y afilada. Llevaba un jubón azul marino y un extraño sombrero de ala flexible. Observaba con dignidad a Edward desde la página.
A lo largo de las páginas siguientes los mismos tres personajes se repetían una y otra vez, solos y en grupos, posando en una variedad de escenarios. A veces había un castillo en miniatura detrás de ellos, elevándose hasta la altura de la cintura como una caseta de perro e irremediablemente falto de perspectiva; en una ocasión el noble estaba solo, cazando, rodeado por un círculo de lebreles. El joven se unía a la pareja, aparentemente para desempeñar las funciones de un sirviente de alto rango. Se lo mostraba trabajando en labores de escribiente, tratando con mercaderes y contando sacos de monedas. A veces escribía con su pluma en el libro, y a veces la noble leía del libro. El efecto total era como el de un montaje hecho con fotogramas tornados de una película. El tiempo pasaba.
El sol salía y se ponía. Las estaciones cambiaban. Pasadas unas cuantas imágenes el esposo de los cabellos ensortijados aparecía cada vez con menor frecuencia.
Edward sabía qué era lo que estaba viendo. Aquello era un Huevo de Pascua, igual que el del Artista, pero oculto dentro del códice para que él lo encontrara. Le recordó algo que había escrito la duquesa en aquella extraña carta: ¿no había dicho algo acerca de clasificar correctamente las páginas, de reordenarlas? ¿Cuánto había sabido ella? Al menos, pensó Edward, esto demostraba que no estaba loca.
Hacia la mitad de la historia había dos pinturas especialmente realistas y detalladas colocadas dentro de las vocales en la palabra «TODO». En
la primera el joven sirviente y la hermosa noble eran mostrados solos y juntos. La mano de ella reposaba con gesto protector sobre el pecho de él. En la segunda la dama estaba dando de mamar a un niño, su mano sosteniendo igual que una Virgen una pulcra teta hemisférica.
Como si la cuestión necesitara más aclaraciones, el niño tenía el pelo ondulado y rojizo.
Edward examinó rápidamente el resto del códice. Las páginas restantes recapitulaban una secuencia de imágenes similar, pero en orden inverso: el joven aparecía cada vez con menos frecuencia y, cuando lo hacía, estaba solo, escribiendo. La película se proyectaba a sí misma hacia atrás. La duquesa era representada más a menudo con su esposo, o leyendo a solas. La penúltima imagen mostraba a la noble pareja junta, con el niño que crecía entre ellos. La última inicial, una suntuosa O dorada, mostraba al joven nuevamente solo, cálamo en mano. Sus ojos eran los mismos de antes: velados por los párpados, llenos de infelicidad, penetrantes. El cielo se había oscurecido detrás de él hasta adquirir una negrura entintada de azul en la que relucía un hormigueo de brillantes estrellas blancas. Ahora el libro abierto a su lado encima de la mesa se hallaba lleno de escritura.
Edward contempló la última imagen durante un minuto. Los ojos vacíos de Gervase de Langford lo miraron a su vez, y sus miradas se encontraron a través de los siglos. Edward se cruzó de brazos y le devolvió la mirada a la página. «¿Y bien? – pensó-. ¿Qué esperas que haga yo al respecto?»
O tal vez Gervase no le estaba preguntando algo, sino que intentaba decirle algo. Quizá trataba de prevenirlo. A pesar de lo tardío de la hora, Edward hizo un esfuerzo para concentrarse. Después de todo, aquél era el gran secreto que Margaret y él habían rescatado del interior de tantos otros secretos a su vez depositados dentro de secretos: de un juego dentro de un juego, luego de un libro dentro de un libro, luego de otro libro escondido dentro de ése.
Gervase había intentado huir de su propio mundo con la duquesa, y al final había terminado haciendo precisamente eso. Y no había más que ver lo que obtuvo de ello. Ahora los ojos parecían meramente vacíos, pero allí había oscuridad y la más negra miseria. Edward la reconoció. La miseria seguía siendo miseria, y seiscientos años de
historia no habían hecho nada para mejorarla. Cuanto más miraba, más lo asustaba la negrura que había en los ojos de Gervase, como la oscuridad de aquel desfiladero sin salida en el Viaje en el que se habían internado los caballeros, para nunca volver. El dolor estaba allí, pensó Edward. Y la muerte. Se removió incómodamente en la dura silla de Margaret. Gervase sabía acerca de la escapatoria, sabía cómo vivir una vida de fantasía, y lo único que había sacado de ello fue pérdida, dolor y una muerte a una edad temprana. Se había apartado del recto camino, cayendo sobre las rocas afiladas y hambrientas que esperaban abajo. Allí también había peligro para él, para Edward, y estaba próximo, muy próximo…
Edward cerró los ojos que le ardían y sacudió la cabeza.
«Olvídalos», pensó. Establecer conexiones allí donde no había ninguna carecía de sentido. Como diría Margaret, no todo significaba algo.
Apartó las páginas y se echó hacia atrás.
Margaret estaba acostada de lado en la cama, los ojos cerrados.
Edward pensó que se había quedado dormida, pero de alguna forma ella advirtió que él había terminado y levantó la cabeza. – ¿Lo has visto? – preguntó.
–Sí.
–Pero ¿lo has visto realmente? – Se incorporó en la cama-. ¿Has visto lo que significa?
Dios mío. Gervase de Langford engendró al hijo del duque de Bowmry y lo dejó allí para que fuese criado como hijo del duque. Debió de estar enamorado de ella después de todo.
–Puedo verlo.
–Pero es tan perfecto. Tiene tanto sentido. – Sus manos eran dos pálidos puños sobre sus rodillas desnudas y sus ojos ardían con un celo erudito-. ¡Hay tanto anhelo en el Viaje, tal sensación de pérdida! ¿Por qué? ¡Porque fue escrito por un hombre que había perdido a su hijo y a su amante, pero que seguía viéndolos cada día sin poder llegar a tocarlos! La vida de Gervase fue un páramo emocional. De ahí salió el códice. Quizás era para su hijo, porque Gervase debía de pensar que él lo encontraría algún día.
–Claro. – Edward se frotó los ojos irritados. Miró por la ventana, pero fuera todavía estaba oscuro. Parecía como si durante las últimas
doce horas hubiera transcurrido una semana entera.
–Esto podría ser la clave. ¿No lo ves? ¡La pieza del rompecabezas que faltaba! No me extraña que la reputación de Gervase quedara completamente arruinada en Londres, porque sin duda debieron de hablar de ello por toda la ciudad. Dios mío, esto lo cambia todo. En vez de escribir fábulas piadosas, comunicados de prensa en verso para sus patronos o poesía amorosa, estaba escribiendo este… este soberbio romance escapista y ateo acerca de caballeros y monstruos. ¡No me extraña que se viera postergado! Gervase era el primer hombre educado en Inglaterra que descubría la lectura por placer. La duquesa también tenía que saberlo. – Edward advertía cómo los engranajes de la mente de Margaret se ponían en marcha y empezaban a dar vueltas, ganando velocidad, acumulando inercia de giro mental-. Quizá fue así como él la conquistó. Igual que les ocurrió a Paolo y Francesca, ¿te acuerdas? La pareja que fue seducida por un libro.
–Eso es dar un salto muy grande partiendo de unas cuantas ilustraciones, ¿no te parece? – objetó Edward. Debería estar lleno de alborozo, pero en lugar de eso sentía la mente confusa e irritable. De pronto deseó perversamente bajarle los humos a Margaret y abrir agujeros en su teoría.
–Quizá. – Margaret se dejó caer sobre la cama y alzó la mirada hacia el vacío blanco del techo-. Sin embargo, es cierto, sé que lo es. Es demasiado perfecto. ¿Qué crees que hará la duquesa con ello?
–No lo sé -mintió él-. No estoy seguro.
Por supuesto que sabía lo que haría ella con el códice. Pasaría a convertirse en un arma, o un rehén, en su pequeña guerra privada con el duque. Si la duquesa había dado a luz al hijo de Gervase, entonces el precioso linaje del duque se veía comprometido, manchado por la bastardía y la infidelidad, y ella disponía de los medios para probarlo.
Sólo Dios sabía si Margaret llegaría a tener alguna vez su oportunidad con el códice: Edward se sentó al escritorio y apoyó la barbilla en las manos entrelazadas. Tenía decisiones que tomar, pero carecía de la voluntad necesaria para hacerlo. Contempló aturdido las viejas hojas.
Podía sentir a Margaret reescribiendo su tesis mentalmente. Tal vez deseaba que él se marchara para poder trabajar sin perder un instante.
–Es un descubrimiento asombroso -dijo, siguiéndole la corriente-. Si es cierto. No cabe duda de que te hará famosa.
Ella asintió, pero Edward se dio cuenta de que no lo estaba escuchando. Fuera, una sirena lejana gimió en la noche. Alguien o algo hizo saltar la tapa de un cubo de basura y la mandó rodando calle abajo por un período de tiempo asombrosamente largo, girando y girando, hasta que terminó por detenerse con un gran estruendo de címbalos. Ya eran más de las cinco, y el sol no tardaría en salir. Una devastadora oleada de fatiga se elevó y cayó sobre Edward, obliterando cualquier otro pensamiento. Se levantó, apagó la luz y volvió a desplomarse sobre la cama.
Margaret le daba la espalda. Su coleta le rozaba delicadamente la cara, y Edward le soltó la banda de goma que la mantenía unida y la lanzó hacia la oscuridad.
–No puedes quedarte aquí -susurró ella al cabo de un rato. – ¿Por qué no?
El seguía acariciándole el pelo.
–Mañana va a venir gente. – ¿Qué clase de gente?
–Sólo gente. Visitantes.
Ella cambió de postura debajo de la sábana, poniéndose más cómoda.
–No importa -dijo Edward-. Yo le caigo bien a la gente. Soy una persona a la que le gusta relacionarse con la gente.
Hubo una larga pausa. Edward casi se había quedado dormido.
–Sólo un par de horas -susurró-. Luego me iré. Prometo que me iré.
Ella no respondió, pero Edward la oyó poner el despertador que tenía junto a la cama.
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