El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 9 de 29

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El espíritu de Praga

Esperanza

 

Hace años me sentí cautivado por la novela de Vercors Les animaux dénaturés, en la que el autor intentaba determinar la cualidad que distinguía al hombre de los animales. La cualidad que destacó fue la capacidad de crear rituales, de hacer amuletos: la capacidad de una criatura viva de creer en una fuerza a la que poder recurrir en caso de temer por su propio destino.

Pero ¿de qué serviría tener fe en algo superior a sí mismo si el hombre no albergara la esperanza de que esta fuerza superior también lo tomara en cuenta? «Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad —⁠como dijo el apóstol Pablo⁠—, pero la más excelente de ellas es la caridad».

Evidentemente, la caridad o el amor, la fe y la libertad han sido negados a menudo, y la gente ha conseguido reconciliarse con ello, pero siempre que al hombre le ha parecido que se le negaba la esperanza, se ha agarrado a ella con su último aliento.

Incluso un hombre condenado que se dirige a su ejecución probablemente lleve consigo un indicio de esperanza de un indulto de última hora o de un milagro. Esto es precisamente lo que le da fuerzas para dirigirse hacia la horca.

La esperanza siempre está relacionada con el futuro. Es la capacidad de una persona de imaginarse en una situación diferente de aquella en la que se encuentra. ¿Qué puede ser, pues, más humano que la esperanza?

La muerte también está relacionada con el futuro. ¿Y qué puede ser más antitético de la esperanza que la muerte? Bajo esta luz, la esperanza puede verse como un vano intento del hombre de evitar una conciencia del fin, como la temporalidad resistiendo a la intemporalidad, como un intento desesperado de ahogar el silencio del universo.

Porque la muerte parece ser el único absoluto en la vida humana, toda esperanza es relativa, una ilusión que ayuda al hombre a dirigirse a la horca.

Si se mira de manera absoluta, la verdadera esperanza solo puede ser ofrecida al hombre por alguien capaz de conferir esperanza a esta necesidad final, por alguien capaz de guiar al hombre a través del valle de la sombra de la muerte.

Por lo que yo sé, el Dios cristiano —o, más exactamente, el apóstol que he mencionado y que hablaba en Su nombre⁠— es el único que lo ha hecho. Nadie podrá juzgar jamás con certidumbre si la esperanza que ofrecía estaba basada en el error o en la inspiración, pero no puede haber duda de que era la única esperanza real que podía recibir el hombre.

Desde que se abrió al hombre el camino a la esperanza eterna, todo aquel que pretende erradicar a Dios ha sentido la obligación de ofrecer al pueblo un sustituto, pero como esta esperanza solo con gran dificultad puede relacionarse con el alma del hombre, suele estar relacionada con cosas del mundo de su alrededor.

La esperanza del mundo se convierte en la esperanza del hombre; una esperanza que era interna se convierte en externa. El hombre construye el mundo y, en el caos resultante, la voz de su espíritu, que gime de agonía, queda ahogada.

Todas las esperanzas que se relacionan con el mundo externo, con el mundo de las cosas, llevan consigo la desesperanza de su propia falsedad. En el momento que el hombre llega a comprenderlas, se aleja de ellas, pero como la vida sin esperanza parece apenas soportable, busca una nueva esperanza.

Como queda claro a simple vista, vivimos en un mundo que no solo está inundado de máquinas y de productos derivados de ellas, sino también de falsas esperanzas. Y estas esperanzas crean el círculo que acerca al hombre a su desesperanza mortal.

Cuanto más apasionadamente nos aferremos a ellas, más nos pareceremos a los hombres condenados que esperan un milagro mientras avanzan hacia su destrucción.

Diciembre de 1982.