El espíritu de Praga
El Espíritu de Praga
Durante los dos últimos años he viajado mucho. He visitado muchas ciudades y he visto un buen número de catedrales, museos, galerías, jardines y palacios, que me han dejado una extraña mezcla de impresiones y una sensación de incertidumbre acerca del lugar en el que vi cada cosa. Esta incertidumbre no es resultado de mi mala memoria; lo es de que apenas tuve tiempo de entablar relación con estas ciudades. Una ciudad es como una persona: si no establecemos una relación genuina con ella, sigue siendo un nombre, una forma externa que pronto se desvanece en nuestra memoria. Para crear esta relación, es necesario observar la ciudad y entender su personalidad peculiar, su «yo», su identidad, las circunstancias de su vida y su evolución en el espacio y en el tiempo.
Se han escrito muchos estudios y ensayos sobre el espíritu de Praga. Han salido libros con títulos como Praga mágica, o Praga, la ciudad mística. Lo interesante es que estos libros fueron escritos por extranjeros. El mejor libro que he leído sobre Praga y el que contiene sobre ella una información más certera fue escrito por un italiano, A. M. Ripellino; hay otros libros escritos por alemanes o judíos de Praga que, en su mayoría, tuvieron que emigrar de Checoslovaquia para escapar de los nazis. Por lo visto, sus retratos de Praga han dominado la imaginación de muchos visitantes a mi ciudad natal. Es el retrato de una ciudad misteriosa y emocionante que ha inspirado la creatividad de la gente con su ambiente, con la mezcla notable y estimulante de tres culturas que vivieron una al lado de la otra durante décadas, e incluso durante siglos: la cultura checa, la alemana y la judía. «Ich bin hinternational», bromeaba Johannes Urzidil, escritor de habla alemana nacido en Praga. Para él, el ambiente de esta ciudad tenía una belleza de cuento de hadas precisamente porque allí se podía vivir «más allá de la nacionalidad», porque los conflictos nacionales se anularon uno a otro y dieron luz a una especie de mundo material, indefinible, misterioso, un espacio que no podría considerarse ni checo, ni alemán, ni judío, ni siquiera austríaco. Urzidil, como muchos de sus contemporáneos, trazó una imagen de Praga con las calles llenas de ciudadanos paseando, pero también describió una Praga de pintorescos callejones vacíos, clubes nocturnos, escenarios al aire libre, teatros y cabaret, tiendas diminutas, pequeños bares y, por encima de todo, cervecerías y tabernas, sociedades estudiantiles, salones literarios y, evidentemente, burdeles y coloridos bajos fondos metropolitanos. Desde luego, este retrato partía de la experiencia de su generación, pero también se basaba en el número notable de grandes espíritus que vivían en la ciudad a finales del siglo XIX. Tenemos, para empezar, a los compositores Dvorak y Smetana, los escritores Hasek, Kafka, Rilke, Werfel, Urzidil y Brod, y el político Masaryk. Los teatros checos y alemanes fueron animados por una generación de grandes actores y cantantes; Albert Einstein impartió clases en la universidad alemana; y la checa Universidad Charles, después de un largo período de aridez, pudo enorgullecerse de contar con muchos académicos de reputación mundial en su especialidad. Es evidente que una tal aglomeración de brillantes espíritus creativos no puede explicarse por circunstancias externas, porque estas circunstancias solo contribuyen a crear un lugar que permite que la brillantez se exprese. Sin embargo, en sus años de agonía, el Imperio austríaco proporcionó espacio suficiente para la creación libre, y este espíritu, como si se anticipara a la catástrofe inminente, impregnó la vida de la ciudad.
No obstante, desde mi punto de vista, no es la libertad lo que influyó más en la forma y el espíritu de Praga, sino la falta de libertad, la vida de servidumbre, el gran número de derrotas ignominiosas y las crueles ocupaciones militares. La Praga de finales de siglo ya no existe y los que podrían haber recordado aquel período ya no viven. Judíos asesinados, alemanes desterrados, muchas personalidades expulsadas y esparcidas por el mundo, las pequeñas tiendas y cafés cerrados: este fue el legado que Praga ofreció al fin de siècle.
Desde luego, el espíritu que se impuso a finales de siglo y a principios del XX ya no existe en parte alguna del mundo; solo que, en otras partes, la transición fue menos brusca y menos obvia. Pero ¿qué tipo de espíritu prevalece en la ciudad actual?
Praga fue elegida capital por la dinastía de los Premyslidas. El territorio que gobernaba no era muy extenso, pero su posición geográfica en el centro de Europa la destinó a ser un lugar en el que chocarían muchos intereses extranjeros. Poco después del principio de la historia registrada, se unieron otros pueblos a los checos: primero los judíos y, en el siglo XIII, los alemanes. Todos vivían bajo un soberano común en una tierra para la que la lengua alemana tenía una palabra especial que no existía en checo: «Böhmen». A diferencia de las interpretaciones posteriores, influidas por los nacionalismos de los siglos XIX y XX, las fuentes originales nos dicen que, en general, los checos y los colonos alemanes se llevaban bien, tanto en las regiones fronterizas como en la capital. La vida de los judíos era más precaria y los alborotadores que de vez en cuando desahogaban su ira contra ellos hablaban a veces checo y a veces alemán. Por lo demás, todos los que vivían en esta tierra sufrían igual en tiempos de plagas y de guerra.
Apenas hubo una guerra en Europa que no afectase al Estado checo. Praga se vio sitiada y ocupada con frecuencia, pero a pesar de eso, o quizás por eso, la ciudad prefería negociar e incluso capitular antes que luchar. Esta política (a menudo criticada) le ha permitido sobrevivir, aunque no sin pérdidas.
En 1620, cuando la aristocracia checa dilapidó su independencia en una revuelta infructuosa contra la dinastía Habsburgo, el país perdió incluso la limitada libertad de la que había gozado hasta entonces. Praga fue saqueada no solo por las fuerzas de ocupación sino también por aquellos que la gobernaban. Apenas quedó nada de las magníficas colecciones de arte reunidas en tiempos de Rodolfo II, que a principios del siglo XVII se encontraban entre las más valiosas y extensas del mundo. Tras la muerte de Rodolfo, los cuadros se trasladaron a Viena y, poco después, los suecos (una de las muchas naciones que han conquistado Praga) se llevaron una buena muestra como botín. Lo que quedó se lo fueron llevando gradualmente a Viena los siguientes soberanos Habsburgo.
Sin embargo, el daño material fue solo parte de la desgracia que cayó sobre la ciudad. El clero protestante se exilió y la mayor parte de la nobleza también se marchó del país. El gobierno, la educación e incluso la custodia del espíritu del pueblo pasó a manos extranjeras. Praga, en otros tiempos sede de reyes y centro de erudición humanística, se convirtió en un lugar de vacaciones para la corte de Viena. La primera ciudad europea que ofreció resistencia a la Iglesia católica fue convertida al catolicismo con la máxima rapidez, por la fuerza si era necesario.
Uno de los calificativos más frecuentes de Praga es la expresión «la ciudad de las cien agujas». Poca gente es consciente de que muchos de sus campanarios y catedrales barrocas fueron construidos en este período de conversión al catolicismo, una época que para muchos está asociada a la violencia, el exilio forzado, la pérdida de la patria o, al menos, la pérdida de la religión autóctona.
Al mismo tiempo, sin embargo, no puede decirse que la ciudad solo sufriera perjuicios. Llegaron nuevos predicadores de la fe y construyeron nuevas iglesias, nuevos soberanos encargaron la construcción de nuevos palacios, y todo eso permitió que los burgueses y el pueblo llano de Praga se ganaran la vida. Fue durante este período cuando se diseñaron los palacios y jardines que construyeron los mejores arquitectos del barroco europeo.
Y, sin embargo, algo se había roto. La derrota afectó en cierto modo al espíritu de la ciudad de manera permanente, porque, excepto durante varios períodos cortos, esta derrota, la pérdida de libertad y el sometimiento a gobernadores extranjeros, nunca se reparó. En cambio, llegaron en rápida sucesión nuevas derrotas y nuevas pérdidas. A pesar de todo, parte del misterio de esta ciudad es que fue capaz de extraer algo positivo incluso de un destino tan poco propicio.
Una de las características más asombrosas de Praga es la ausencia de ostentación. Franz Kafka (como otros muchos intelectuales) solía quejarse de que en Praga todo era pequeño y atiborrado. Casi seguro que se refería a las circunstancias de la vida, pero este juicio también es aplicable a la propia ciudad, a sus dimensiones físicas. Praga es una de las pocas ciudades grandes en la que no puede encontrarse un solo edificio alto o un arco triunfal en el centro y en la que incluso muchos palacios, aunque magníficos por dentro, tienen una fachada sencilla y discreta, casi como los barracones militares, como si quisieran parecer más pequeños de lo que son. Al final del siglo XIX, el pueblo de Praga construyó una especie de copia de la Torre Eiffel, pero reducida a una quinta parte de sus dimensiones originales. En el período entre las dos guerras mundiales, se construyeron decenas de escuelas, gimnasios y hospitales, pero no se alzaron parlamentos grandiosos como los de Londres, Budapest o Viena. En 1955, los comunistas erigieron un monumento gigantesco al dictador soviético Josef Stalin; siete años después, ellos mismos lo destruyeron.
Lo que a principios del siglo XX pudo considerarse mezquindad o provincialismo, hoy lo vemos como una dimensión humana milagrosamente preservada.
Un sentido de proporción impregnaba también la vida del pueblo. Los checos no son amantes de la ostentación, no les gustan los grandes anuncios como el de Barnum & Bailey, los fuegos artificiales, los deslumbrantes bailes de sociedad, los casinos o los majestuosos desfiles militares. Tienden más bien a los mercados, los festivales estacionales y las danzas sencillas. La celebración más espectacular solía ser la de los concursos de gimnasia de Sokol, celebrados en el que en la época era el mayor estadio de deportes del mundo (fue construido en los alrededores de la ciudad para que su grandeza no molestara). Tales acontecimientos reunían a decenas de miles de gimnastas que ejecutaban ejercicios sincronizados ante un público de doscientas mil almas. Pero incluso los acontecimientos de este tipo eran una expresión de moderación y de entusiasmo disciplinado más que un anhelo de asombrar al mundo.
Una historia que se despliega pacíficamente parece transcurrir fuera de la conciencia del pueblo, mientras que una historia llena de revueltas y reveses, de ocupaciones, liberaciones, traiciones y nuevas ocupaciones, se impone en la vida de la gente como una carga, como un recordatorio constante de las incertidumbres de la vida. Praga no tiene muchos monumentos públicos o placas conmemorativas, pero sí tiene muchos edificios en los que se encarceló, torturó o ejecutó a gente inocente, normalmente a la mejor gente del país. Parte de la discreción de Praga consiste en que no exhibe estas heridas, como si deseara olvidarlas lo antes posible. Esta es la razón por la que los praguenses siempre están destruyendo monumentos a personajes que simbolizan el pasado reciente (monumentos a los emperadores y al primer, el segundo y ahora incluso el cuarto presidente, monumentos elevados para honrar a los conquistadores). Las calles también cambian de nombre constantemente. Algunas han sufrido cinco cambios de nombre solo en este siglo. Los extranjeros pueden recorrer las calles sin tener conciencia de todo eso; el visitante que conoce una zona quizás pueda confundirse y pensar que se ha perdido. Los nuevos nombres en los rótulos de las calles son testimonio de un intento de purgar la ciudad de algo que no puede ser purgado: su propio pasado, su propia historia, una historia que parece una carga demasiado pesada para ser soportada.
Para que una persona soporte la carga de su propio destino, y una nación la de su propia historia, se necesita paciencia y perseverancia. Una ciudad también ha de tener estas cualidades. En checo, como en muchas otras lenguas, la palabra que significa paciencia (trpélivost) tiene la misma raíz que el verbo padecer (trpét). Esta ciudad, que aparentemente se ahorró los estragos de la guerra, ha tenido que padecer un sufrimiento mayor que muchas ciudades afectadas directamente por la acción bélica. A diferencia de los extranjeros, cuyo viaje solo suele llevarlos a lugares accesibles a los turistas, yo he podido entrar en viejos edificios y algunos palacios antiguos y ver cómo los bárbaros cuidadores nombrados por sí mismos han dejado que los techos se hundieran o han levantado nuevas paredes a través de magníficos salones y los han transformado en cantinas u oficinas de empresas. He visto jardines en terrazas que se encontraban entre los mejores del mundo invadidos por la humedad; parterres de flores abandonados, iglesias convertidas primero en almacenes y finalmente en espacios que no sirven siquiera para guardar nada. Si Praga sigue en pie, y no ha perdido todavía su encanto o su belleza, es porque sus piedras, como su gente, han expresado su paciente perseverancia.
A menudo me he preguntado qué lugar de Praga podría considerarse su centro simbólico. ¿El castillo? ¿La plaza de la Ciudad Vieja? ¿La plaza Wenceslao? El castillo, aunque es la imagen más común en las postales y la que más dibujan los artistas, simboliza para mí algo diferente. La plaza Wenceslao, que hasta el siglo XIX era una plaza de mercado, carece de una relación histórica íntima con el destino de la ciudad. ¿Y la plaza de la Ciudad Vieja? Sin duda encarna la esencia de la historia checa. Durante casi cuatro siglos ha estado marcada por la ignominiosa ejecución pública en 1621 de veintisiete nobles, burgueses y guías espirituales checos. Se ha convertido en un símbolo de humillación, de duplicidad humana y de la veleidosa adaptabilidad del pueblo de Praga. Una y otra vez se han hecho celebraciones en este lugar para honrar a los gobernantes del momento, tanto si eran queridos como si (más habitualmente) no lo eran, y se ha encontrado a gente suficiente para ir a rendir homenaje, ya sea por interés o guiada por el temor.
Para mí, el centro material y espiritual de la ciudad es un puente de piedra de setecientos años que une el oeste de la ciudad con el este. El puente de Carlos es un emblema de la situación de la ciudad en Europa, las dos mitades del cual se vienen buscando una a otra al menos desde que se pusieron las bases del puente. El Este y el Oeste. Dos ramas de la misma cultura que, sin embargo, representan dos tradiciones distintas, tribus diferentes de los pueblos de Europa.
También representa la peculiar invulnerabilidad de esta ciudad, su capacidad de recuperarse de los desastres. Durante siglos, ha soportado las crecidas del río que regularmente inundan Praga. Solo una vez resultó afectado, hace dos siglos, cuando dos de sus arcos se hundieron y se llevaron consigo a los pasajeros hacia las aguas revueltas. Pero el puente fue reparado rápidamente y los ciudadanos de Praga de hoy en día ya no saben nada de un acontecimiento que los cronistas de la época consideraron una de las peores catástrofes que jamás ha afligido a la ciudad.
La lengua que se habla en Praga también es poco ostentosa. Está cuajada de jerga y, a diferencia del ruso, por ejemplo, no da excesivo valor a las grandes emociones. Un escritor checo actual vacilaría a la hora de escribir que su ciudad es mágica o mística; incluso dudaría al pensarlo.
En su obra de teatro Audiencia, Václav Havel intentó dar un nombre a la situación de un escritor prohibido que tiene que trabajar en una cervecería utilizando el refrán: «Son las paradojas, ¿eh?». La palabra paradoja también es aplicable al espíritu de esta ciudad. Praga está llena de paradojas. Está repleta de iglesias, pero solo puede encontrarse un reducido número de cristianos practicantes; está orgullosa de tener una de las universidades más antiguas de Europa central y una población alfabetizada hace siglos, pero en pocos lugares del mundo es tan poco apreciado el conocimiento.
Otra paradoja es la estructura que domina la ciudad: el castillo de Praga. Es una de las mayores fortalezas de Europa central (su plano de planta se trazó antes de la época de las solemnes derrotas), un gran castillo que experimentó su última gran reconstrucción en una época en que el soberano apenas vivía en él. Ahora es la sede presidencial. Su destino es un reflejo del de la ciudad a la que gobernaban. De los nueve presidentes anteriores, cuatro estuvieron más de tres años en la cárcel; el quinto estuvo en la cárcel un tiempo más corto; otro (quizás mejor olvidarlo, ya que la mayor parte de su presidencia coincidió con el período de ocupación nazi) murió en la cárcel; y los tres restantes escaparon de la cárcel o la ejecución solo porque huyeron del país. ¡Qué relación tan extraña y paradójica entre las cárceles y el castillo real!
Quizás solo en una ciudad tan llena de paradojas podían haber nacido en el lapso de unas pocas semanas dos escritores tan diferentes y tan brillantes. Uno era un judío que escribía en alemán, vegetariano, abstemio y ascético ensimismado, un hombre tan obsesionado con el conocimiento de su propia responsabilidad, de su misión como escritor y sus defectos, que no se atrevió a publicar en vida la mayoría de sus obras. El otro era un borracho, anarquista, un bon vivant, un extrovertido que ridiculizaba su profesión y sus responsabilidades, que escribía en los bares y vendía su obra allí mismo a cambio de unas cervezas. Franz Kafka y Jaroslav Hasek, autor de El buen soldado Svejk, vivieron su breve vida (ambos murieron prematuramente en el plazo de un año) separados solo por unas cuantas calles. Ambos se inspiraron en el mismo período para crear obras de genio, pero estas parecen pertenecer a siglos y continentes distintos. Desde entonces, el pueblo de Praga ha utilizado la palabra Kafkárna para describir las absurdidades de la vida, y ha puesto a su propia capacidad de restar importancia a estas absurdidades, de enfrentarse a la violencia con humor y una resistencia profundamente pasiva, el nombre de Svejkovina.
La Praga de otros tiempos ha desaparecido. Nadie puede hacer que los asesinados vuelvan a la vida, y probablemente la mayoría de los que fueron expulsados nunca volverán a la ciudad. Sin embargo, Praga ha sobrevivido y, finalmente, ha vuelto a gozar de libertad. Su espíritu también sigue intacto. Así se puso de manifiesto durante la revolución que abrió el camino a la libertad en 1989. Las revoluciones suelen estar marcadas por eslóganes altisonantes y banderas: corre la sangre o, al menos, se rompen cristales y vuelan piedras. La revolución de noviembre, que se ganó el calificativo de revolución «de terciopelo», difirió de las demás revoluciones no solo por la paz y tranquilidad en que transcurrió sino también por el arma principal utilizada en la lucha. Era ridículo. Casi todos los espacios disponibles en Praga —las paredes de los edificios, las estaciones de metro, las ventanas de autobuses y tranvías, los aparadores, las farolas, incluso las estatuas y monumentos— quedaron cubiertos, en pocos días, de un número increíble de rótulos y carteles. Aunque los eslóganes tenían un solo objetivo —echar al dictador— su tono era suave, irónico. Los ciudadanos de Praga no dieron el golpe de gracia a sus despreciados gobernantes con una espada, sino con un chiste. Sin embargo, en el núcleo de este estilo de lucha original y poco emotiva se hallaba encerrada una pasión clamorosa. Es la paradoja más reciente y quizás la más notable hasta el día de hoy en la vida de esta extraordinaria ciudad.