El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 6 de 29

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El espíritu de Praga

La Pobreza de la Lengua

 

Un domingo, en el autobús, un hombre de mediana edad contaba detrás de mí una historia absurda en voz alta. Era una de esas historias que nos cuesta seguir, si nos la cuentan directamente y, aunque no prestaba atención a la sustancia del relato, sentí dentro de mí una inesperada náusea de disgusto. No es que me repeliera lo que decía, sino la manera de decirlo, su entonación, su pronunciación.

La lengua checa está en declive. Está empeorando en todos sus aspectos. El vocabulario se ha empobrecido y, a excepción de unas cuantas metáforas marchitas que hace tiempo que todo el mundo ha dejado de percibir como tales, ha perdido intensidad. El checo hablado cada vez se parece más a la lengua degenerada de los periodistas, porque se reduce a expresiones y frases prefabricadas.

La gente escupe las palabras —estas frases horribles y petrificadas⁠— cada vez más rápido y con menos cuidado, porque subconscientemente (y con razón) siente que la persona con la que habla lo entenderá de todos modos y que no importa demasiado, porque lo que dice es como no decir nada.

Sin duda, podríamos encontrar muchas causas para el declive de la lengua hablada, todas ellas achacables a la evolución de la civilización. La organización cada vez más compleja de la sociedad y la estructura de nuestro conocimiento exigen que las tareas se mecanicen y se automaticen cada vez más. Un número creciente de personas, en su trabajo, entra en contacto con un fragmento disminuido de realidad; a medida que su mundo se encoge, también se encoge su lenguaje. A medida que se burocratiza nuestra vida, se burocratiza nuestra lengua. Además, estamos rodeados de un rugido ensordecedor de medios de comunicación despersonalizados en los que predomina el discurso empobrecido y lleno de tópicos. ¿Puede la lengua que utilizamos en las relaciones cotidianas quedar al margen de tal empobrecimiento?

Por importantes que sean estas razones para el declive de la lengua, parecen desdeñables al lado de otro fenómeno que es más característico de este tiempo y este lugar: vivimos y nos movemos en un medio desprovisto de cultura. No me refiero a que las bibliotecas se hayan entregado exclusivamente a la literatura basura, que se hayan prohibido las revistas, que los historiadores se dediquen a un trabajo manual, que a los artistas nacionales no se les permita publicar o mostrar su obra, que los filósofos no tengan trabajo, mientras que los que odian a las musas están empleados de directores artísticos de teatros y editoriales. Pienso en la cultura en el sentido más amplio del término, la cultura como compendio de tradiciones, derechos humanos y libertades, la cultura que engloba la política y abarca asimismo el derecho de los individuos a vivir en una intimidad sin micrófonos ocultos, a tener opiniones propias, a defenderse si son atacados. Me refiero a la cultura entendida como el hábito del espíritu comunitario, el derecho a respetar a nuestros mayores, a nuestros sabios, y a confiar en ellos, el derecho a enterrar a nuestros muertos con ceremonia, el derecho a que no se profanen las tumbas o los monumentos de nuestros ancestros. Pienso en el tipo de cultura que inspira una conciencia de la mutabilidad y el misterio del mundo, que fomenta el hábito de hacer preguntas y explicar las respuestas.

Aquí está el origen común de la cultura y de la lengua, el origen de la humanización del mundo. El hombre formula preguntas. Pregunta a los dioses, pregunta a los que le gobiernan, pregunta a sus compañeros y se pregunta a sí mismo. Y espera respuestas. Puede preguntar, por ejemplo: este instrumento de piedra, ¿podría matar a un lobo?

En la larga historia de las interrogaciones, el hombre se ha acostumbrado a varias respuestas. Incluso puede considerar valiosa una respuesta como esta: tu instrumento matará a un lobo si, hace cinco años, durante el equinoccio de otoño, hiciste una reverencia al sol poniente. Pero ¿y si la respuesta intenta convencerlo de que su instrumento no está hecho de piedra, que ni siquiera es un instrumento? ¿Y si lo apedrearan porque adoró el sol poniente y no el naciente?

La gente no renunciará a hacer preguntas si recibe respuestas incompletas o erróneas, pero dejará de hacerlas si las respuestas que recibe están fuera del orden de las preguntas formuladas, si estas respuestas son engañosas, confusas, desorientadoras y sin sentido, o incluso amenazadoras. Sin embargo, la persona que deja de hacer preguntas deja de pensar, porque pensar es, al fin y al cabo, formularse preguntas y responderlas. Y una persona que deja de pensar deja de hablar. Solo emite sonidos.

En cualquier sitio donde la cultura no haya muerto quedan amplias zonas de contacto. La gente se pregunta si Dios, la libertad o el orden legal existen. Examina sus propias acciones y las acciones de sus gobiernos. Estas preguntas a menudo causan división, pero, al mismo tiempo, unen a la gente en una gran sociedad humana que todavía necesita la lengua como medio para mantenerse en contacto, para persistir. Cuando la cultura es silenciada, la sociedad humana perece y la lengua muere. En todo caso, este es el mensaje de nuestra propia historia, tan rica en períodos de cultura suprimida, y en una época en que la sociedad nacional y sus lenguas se encuentran en peligro de muerte.

Escrito para el samizdat Festschrift, recopilado con motivo del

sexagésimo aniversario de Bohumil Hrabal, 1974.