El espíritu de Praga
La Traición de los Intelectuales
Da que pensar el hecho de que los dos imperios europeos que en gran medida determinaron los demenciales acontecimientos del siglo XX fuesen dirigidos por sendos individuos semianalfabetos, dos claros fracasados: Hitler y Stalin. El primero no estudió más allá de la escuela secundaria y el segundo ni siquiera la finalizó, sino que se fugó de un seminario religioso antes de concluir cualquier formación. Ambos tuvieron serias dificultades para presentarse como intelectuales: al fin y al cabo, vivieron en el siglo de la ciencia. El modo en que leían era el de las personas abrumadas por los conocimientos acumulado por la humanidad, que no son capaces de ver el bosque a causa de los árboles. A decir verdad, Hitler era bastante buen dibujante, de ahí que se considerase a sí mismo un experto en arte. Además, era un brillante orador, capaz de cautivar multitudes. Stalin era un burócrata que no destacaba en otra cosa que no fuese el arte de la intriga, la villanía y la crueldad sin límites. Examinando en retrospectiva lo que predicaban estos dos maniacos asesinos, uno se queda atónito ante el vacío y la ignorancia de sus afirmaciones. No obstante, los dos fueron precedidos por personas de gran erudición, o bien sucedió que personas de gran erudición pronto aparecieron a su lado y dieron forma a las delirantes visiones que más adelante pondrían en práctica.
Todos los artífices de la utopía moderna comunista fueron eruditos: Marx, Engels y Lenin. Paradójicamente, Lenin, que abolió a conciencia toda ley y la sustituyó por la justicia revolucionaria (su denominación personal para el terror revolucionario), y que a menudo ordenó que todo enemigo real o potencial fuese fusilado o ahorcado, era un abogado de extensos conocimientos.
Josef Goebbels obtuvo un doctorado en literatura y filosofía y fue él quien diseminó los alaridos de Adolf Hitler como una plaga intelectual entre la población alemana. Otro intelectual (al menos en cuanto al nivel educativo alcanzado) fue el número dos del Reich alemán, Heinrich Himmler: él también trató de justificar los propósitos asesinos de las SS con teorías místicas sobre el especial, único e histórico cometido de la raza elegida. Es un hecho que Albert Speer fue un diestro arquitecto, y al diseñar edificios siguiendo las visiones megalómanas de Hitler no hizo otra cosa que mostrar desdén por su propia educación. Hans Frank era un licenciado en derecho que —por lo menos en un principio— intentó garantizar que el régimen respetase ciertas normas legales básicas, tales como la presunción de inocencia o el derecho del acusado a una defensa independiente. Al final, sin embargo, lo que se implementó bajo su supervisión fue todo lo contrario al derecho y, en calidad de gobernante absoluto de la Polonia ocupada, fue responsable directo de innumerables actuaciones ilegales, incluyendo pillajes y asesinatos.
Uno de los creadores de los juicios políticos o politizados al estilo soviético, en los cuales gente inocente era condenada en base a confesiones forzadas e invectivas en lugar de pruebas (por ejemplo «carroña repugnante», «una pestilente pila de residuos humanos», etcétera) fue el sabio abogado prerrevolucionario Andrey Vyshinsky, y su sucesor en Checoslovaquia —Josef Urválek— estaba tan bien preparado como él.
Pocas personas hicieron tanto daño a la educación checa como el ministro de Educación tras la segunda guerra mundial, Zdenék Nejedly, un profesor universitario y ferviente comunista cuyos programas dominicales de radio ensalzaban las glorias del régimen soviético, así como a Josef Stalin («el más elegido de los elegidos»), contaminando las mentes de sus oyentes. Lo que ocurría era que había demasiada gente con formación intelectual dispuesta a traicionar todo aquello a lo que su cultura y sus profesiones los ligaban en nombre de una noción fanática que iba en contra de todo lo que la humanidad había conseguido hasta entonces.
En 1934, poco después del ascenso al poder de los nazis en Alemania, Karel Capek publicó un magnífico artículo sobre el papel de los intelectuales en la tragedia política que entonces se estaba desarrollando:
Un país entero —un imperio entero— ha jurado lealtad espiritual a la creencia en lo animal, la raza y demás disparates; un país entero —¿se lo pueden creer?—, incluyendo a profesores universitarios, sacerdotes, hombres de letras, doctores y abogados… Sencilla y llanamente, lo que ha sucedido es un formidable acto de traición por parte de los intelectuales, el cual ofrece una imagen terrible de lo que la intelectualidad es capaz de hacer. Se podrían aducir más ejemplos, y no solo de ese país.
(En cuanto a esto último, no había lugar a dudas: desde hacía ya años la traición era práctica común en la Unión Soviética y había traspasado con éxito las fronteras de aquel imperio comunista). Capek continuaba así:
Allí donde la violencia es ejercida contra la humanidad civilizada nos encontramos con intelectuales que están ampliamente implicados en ello, e incluso hacen ostentación de argumentos ideológicos para justificarla. Ya no se trata de una crisis o de una enfermedad de la clase intelectual, sino de su tácita y general complicidad con el caos moral y político de la Europa actual […]. Ningún valor civilizado puede ser obsoleto hasta que se abandona […]. Lo diré de esta manera: cuando la cultura se desmorona no es el ser humano «medio» —el hombre sencillo, honrado; el granjero, obrero o artesano— el que entra en juego, con su sentido común y su código moral, sino que, en su lugar, es algo mucho más bajo, un elemento primitivo y violento que se hace sentir y empieza a causar estragos en el mundo civilizado […]. Cuando se produce la abolición de la jerarquía del espíritu lo que se está fraguando es el camino para el regreso de la barbarie. La decadencia de la clase intelectual es el camino hacia la barbarización de todo […]. Por «cultura» aquí no se entiende como actividad creativa, sino como aprendizaje, propiedad espiritual y nivel intelectual. En mi opinión, toda nuestra educación probablemente tenga el siguiente objetivo: llegar a saber al menos algo sobre las experiencias, el conocimiento y los valores que la humanidad ya ha creado, y nunca más volver a perderlos o caer por debajo de ellos.
Medio siglo después, tras la experiencia de la desintegración del comunismo, el politólogo francés Alain Besançon escribió, atónito:
En realidad, no se corresponde con la naturaleza de la inteligencia humana el hecho de que ambos sistemas demenciales (el nazismo y el comunismo) se puedan presentar como producto de la misma. No hay manera viable de explicar cómo es que tantas mentes, y a menudo algunas de gran valor —profesores, científicos, pensadores de extraordinario talento—, pueden haber sufrido una parálisis y una desviación del sentido común semejantes.
No obstante sucedió, y los estudiosos llevan décadas reflexionando sobre el fracaso en masa de la clase intelectual, e intentan, una y otra vez, explicarlo.
Hasta ahora solo he mencionado a aquellos intelectuales que ayudaron a crear o mantener los regímenes totalitarios. Es significativo el hecho de que, salvo contadas excepciones, no fuesen personas de talento espiritual alguno ni pensadores destacados en ningún ámbito. Esto, obviamente, es válido en el caso de los nazis que he mencionado. Goebbels no fue más que un hábil demagogo, en el fondo —como se desprende de sus diarios— de una inseguridad extrema en sí mismo: durante años estuvo desolado por su suerte, que parecía ofrecerle tan pocas esperanzas que llegó a considerar la idea del suicidio. Igual de inseguro era Himmler, cuyos años jóvenes habían estado privados de éxito; su falta de confianza en sí mismo o, más exactamente, su vacío interior, dio lugar a un fanatismo fantasioso, y cada vez que se aventuraba en asuntos espirituales, solo era capaz de defender prejuicios anticuados y oscurantistas provenientes de una mitología germánica distorsionada de una manera romántica. Ambos eran partidarios de un rabioso e irracional antisemitismo que ninguna persona con un mínimo de cerebro podría de veras abrazar.
Entre los intelectuales comunistas también hubo una gran escasez de mentes brillantes. Aunque se han escrito innumerables elogios a las enseñanzas de Vladimir Ilich Lenin, hoy en día no es probable que alguien busque inspiración en las incursiones que este emprendió en la filosofía o en las ciencias sociales, las cuales —si somos objetivos— no llegaron a ser más que polémicas maliciosas, interpretaciones simplistas y, sobre todo, errores y mentiras proclamadas categóricamente como verdades científicas. Yo no soy economista, con lo cual no pretenderé juzgar la importancia de El capital de Marx, pero en aquellas ocasiones en las que su autor se aventuró en el ámbito de las ciencias sociales o en alguna actividad política (y eso fue lo que le valió su posterior reputación) fue un utópico que albergaba una visión milenarista del papel redentor del proletariado y de una sociedad comunista del bien y el bienestar que sería establecida por la clase obrera. Los intentos llevados a cabo por sus seguidores para implementar esa utopía costarían millones de vidas.
Ese no fue el caso de aquellos intelectuales que no colaboraron de forma directa en el ejercicio del poder totalitario, sino que o bien expresaron activamente su apoyo a él o bien lo toleraron sin ninguna objeción: fueron millones.
Al principio, los comunistas encontraron muchos entusiastas que se pusieron de su parte, incluso entre mentes privilegiadas (aunque, en realidad, fue más en el extranjero que en la propia Unión Soviética). Los artistas estaban embelesados con aquella visión utópica, con los nobles fines y con la hábil demagogia empleada por los mandatarios de la dictadura comunista para defender cuanto sucedía dentro de su imperio, desde el terror, el hambre y los asesinatos hasta la persecución y el encarcelamiento de inocentes, así como la admiración por los logros de los artistas de vanguardia, a los que todavía se les siguió permitiendo trabajar durante el período inicial del gobierno bolchevique. Algunos de estos últimos, como Pasternak, Mayakovsky, Ajmátova y Bábel incluso llegaron a recibir reconocimiento en los años posrevolucionarios y estaban dispuestos a defender públicamente la visión comunista de una sociedad feliz, como si esta ya se hubiese establecido o estuviese haciéndose realidad. Algunas de las mentes mejor consideradas e influyentes de aquellos días que habían condenado el bolchevismo, inmediatamente después de la revolución encontrarían algo positivo en la Rusia soviética. H. G. Wells visitó Rusia en 1920 y se quedó perplejo ante lo que presenció; sin embargo, escribió unas cuantas frases alabando a Lenin. No obstante, el libro acerca de su viaje concluye con la afirmación de que solo los bolcheviques eran capaces de impedir el desmoronamiento de Rusia, como si de repente se hubiese olvidado de no que eran otros sino los bolcheviques los que habían conducido a Rusia al borde del desmoronamiento:
Ahora no hay alternativa posible a este gobierno. Por supuesto, existe un gran número de adversarios —aventureros y semejantes— que están dispuestos, con la ayuda de Europa, a intentar derrocar el gobierno bolchevique, pero no hay indicios de un objetivo común ni de una unidad moral capaz de reemplazarlo. Además, ahora no hay tiempo para otra revolución en Rusia. Un año más de guerra civil y será inevitable que Rusia se hunda sin remedio y quede fuera de la civilización. Por lo tanto, tenemos que hacer lo que se pueda con el gobierno bolchevique, nos guste o no. Al gobierno bolchevique le falta experiencia, es incapaz e incompetente hasta el extremo, ha tenido fases de violencia y crueldad, pero en conjunto es honrado. Asimismo en sus filas cuenta con individuos de auténtica imaginación creativa y de poder que, si se les brinda la oportunidad, si sus manos se fortalecen, pueden lograr magníficas reconstrucciones.
Como es propio de un autor de utopías, Wells concluye con una visión: «Si el gobierno bolchevique recibe un apoyo generoso, podrá conseguir establecer en Rusia un nuevo orden social de tipo civilizado, con el cual podrá convivir el resto del mundo». (El gobierno bolchevique continuó en su camino hacia el establecimiento de un orden de tipo incivilizado y el resto del mundo convivió con él como si nada). Lenin leyó la obra de Wells y a causa de la conclusión de este, y no por otro motivo, ordenó su inmediata publicación en Rusia.
Bertrand Russell, quien visitó Rusia más o menos en la misma época que Wells, escribió con mayor escepticismo:
Alguien que, como yo, crea que el libre intelecto es el principal motor del progreso humano, no puede hacer otra cosa que estar completamente en contra del bolchevismo, de igual manera que en contra de la Iglesia de Roma. Las esperanzas que inspiran al comunismo, en general, son tan dignas de admiración como las inculcadas por el sermón de la montaña… [!!!].
La primera guerra mundial hizo flaquear la confianza en los sistemas políticos vigentes por aquel entonces, y tal vez esa convulsión pueda explicar el hecho de que incluso gente culta albergase ciertas esperanzas en el resultado de aquel inmenso experimento social que —como ellos creían— Rusia estaba intentando poner en práctica. En mi propio país, en los años posteriores a la guerra, hubo mucha gente que depositó grandes expectativas en el comunismo ruso (de todos modos, los políticos e intelectuales checos, a excepción de individuos como Havlícek o Masaryk, desde antiguo confiaban en Rusia). Sin embargo, a medida que continuaba propagándose el terror en Rusia y los detalles sobre el mismo salían a la luz —en particular cuando los juicios con fines propagandísticos más sonados estaban teniendo lugar en dicho país—, la mayoría de partidarios entre los artistas e intelectuales se desmarcaron de los postulados oficiales. Algunos de ellos protestaron contra los juicios, mientras que otros prefirieron relegarse a un segundo plano y no criticaban de forma explícita el terror soviético porque la Alemania de Hitler representaba una creciente amenaza para Checoslovaquia.
En la escena cultural checa fue sobre todo S. K. Neumann quien ostentó el papel de fiel y militante comunista (tras la segunda guerra mundial su extensa —aunque hoy en día olvidada— obra, así como sus opiniones, se convirtieron en modelo del progresismo, en cuyo nombre la cultura democrática checa sería aniquilada). No lo he descrito como intelectual porque fue uno de aquellos individuos semiformados (ni siquiera contaba con un título de la escuela secundaria) que los comunistas elegían como portavoz, haciéndolos pasar por distinguidos intelectuales. Era periodista, un astuto agitador y editor, así como un poeta de renombre que en el transcurso de unos pocos años fue abandonando, uno tras otro, a los decadentes, los civiles, los anarquistas, los expresionistas y los vitalistas, para acabar siendo un beligerante protagonista del realismo social. Armado de la «visión científica del mundo» (al igual que todos los demás pseudointelectuales comunistas) escribió una Historia de la Revolución francesa en tres volúmenes. Publicó asimismo (tomando como referencia el Anti-Dükring de Engels) un panfleto titulado Anti-Gide en el cual, a pesar de no haber visitado nunca la Unión Soviética, recusaba todo lo que André Gide había visto y escrito sobre este país. Además, defendió los juicios criminales de Moscú con un lenguaje asombrosamente frenético para un poeta:
Este individualista mimado, que se cree que es alguien porque la clase parásita lo apoya para que les haga su sucio trabajo ideológico, siempre derramará lágrimas por los traidores del pueblo fusilados, sobre todo cuando de algún modo pertenecen a la clase alta… No hay nada que irrite tanto a un idealista burgués como el establecimiento de una democracia popular: como cualquier caballero en apuros, se deshace de toda delicadeza, mostrando los dientes y con la boca espumeante […]. Porque una democracia popular significa el fin de los parásitos y de su progenie […]. La Unión Soviética se está construyendo porque se ha librado de la clase parásita. En el resto del mundo lo que hay no es más que una dura escuela unificada en contra de los parásitos, con sus propias condiciones subjetivas. Y la gente es más o menos rica en recursos. Y después están los tramadores y los corruptos. En algunos lugares se libran de ellos haciéndolos miembros del gobierno: en la Unión Soviética son fusilados. La dictadura del proletariado vive y florece, edificando la más grande y pura democracia [!!!] del mundo.
Este panfleto, escrito en 1937, debería de haber servido de advertencia sobre lo que le ocurriría a la cultura, la justicia y la democracia checas si gente como Neumann subía al poder en el país. Sin embargo, tras la guerra la situación había cambiado por completo. Había más intelectuales cautivados por la idea comunista y, si bien había sido la guerra la que había decidido que toda una parte de Europa provisionalmente formaría parte del bloque comunista, esa gente traicionó su vocación y ayudó a engañar a sus conciudadanos (aunque solo fuese provisionalmente).
Después de que los comunistas se hicieron con el poder todo cambió. A la vez que la democracia, la educación fue suprimida. Muchos intelectuales fueron encarcelados, al tiempo que muchos otros consiguieron huir del país; miles de ellos fueron degradados a las «plantas de producción» como obreros manuales. Gran cantidad de ellos no tardó en resignarse a la situación y aceptaron la doctrina comunista, bien por ingenuidad, bien por temor a lo que pudiese ocurrir con sus carreras o con su libertad. Dado que los líderes comunistas (del mismo modo que los nazis) querían que sus ideas fuesen expresadas por intelectuales o artistas de prestigio, los que así lo hiciesen serían aceptados y se les concederían cargos oficiales, títulos o medallas. El fracaso moral era recompensado y aquellos que abandonasen su independencia de espíritu tendrían esperanzas de unirse a la élite del régimen. Una vez tomada esa decisión, esos intelectuales a menudo se retractaban de sus opiniones anteriores e incluso llegaban al extremo de renegar de sus propias obras: a continuación escribían vergonzosos y despreciables panfletos siguiendo las órdenes de los semiformados oficiales de las secretarías del Partido o, cuando menos, firmaban peticiones contra los imperialistas o contra gente inocente que había sido condenada o era objetivo de otras persecuciones, aunque estas incluyesen a personas que hasta entonces habían sido colegas o amigos suyos.
No cabe duda, resistir las presiones de un régimen totalitario requiere una fuerza moral considerable. Así, aunque el fracaso moral de muchos intelectuales no puede ser justificado, sí puede ser, por lo menos, comprendido. Lo más difícil de comprender son las posiciones adoptadas por intelectuales en países libres y democráticos.
En su libro Hitler y el poder de la estética, Frederic Potts se limitó a mencionar, sin hacer comentario alguno, la vergonzosa concesión de sir Thomas Beecham al racismo galopante en 1936 cuando este complació a Hitler retirando la Sinfonía Escocesa de Mendelsohn del programa de un concierto que la Orquesta Filarmónica de Londres dio en Berlín y al cual el Führer asistió.
En su biografía de Stalin, el historiador ruso Radzinsky hace alusión a cómo, cuando los partidarios de Trotsky estaban siendo arrestados de manera masiva en la Unión Soviética, la esposa de Trotsky hizo un llamamiento de ayuda a los intelectuales de todo el mundo (entre ellos a Romain Rolland y Bernard Shaw). El único que respondió fue Theodor Dreiser, y lo hizo diciendo que, si bien había reflexionado mucho sobre todas las cuestiones relativas a Trotsky y simpatizaba profundamente con sus seguidores, él (Dreiser) se encontraba ante un dilema: fuese cual fuese la forma de la dictadura en Rusia en aquel momento, la victoria de Rusia era lo más importante de todo.
Hubo muchos intelectuales que apoyaron el régimen de Stalin cuando este atravesaba sus momentos más crueles, y acostumbraban a justificar con una explicación racional su debilidad ante el despiadado régimen totalitario. Pablo Neruda buscaba algo que hiciese de contrapeso a la perniciosa influencia de las políticas norteamericanas en Latinoamérica. Uno de los más apasionados apologistas de la Unión Soviética, Hewlett Johnson, el Deán Rojo de Canterbury, opinaba que el régimen soviético era más humano que el capitalismo. En su trilogía sobre la Unión Soviética solo refería aquello que convenía a la propaganda y hacía generosas alabanzas de la sanidad gratuita soviética, así como de la educación y el sistema fiscal. Argumentaba sus elogios basándose en el apoyo que el régimen recibía en las elecciones. En vista de la alta participación (99,7 % en las elecciones del 10 de mayo de 1945) y del hecho de que el 99,18 % de los votantes hubiesen votado por los candidatos elegidos, según él tenía que haber una «realidad viva» detrás de las elecciones en un país donde había sufragio igualitario, voto secreto (¡!) y elecciones directas. Es difícil discernir si este destacado religioso, procedente de un país con una larga tradición democrática, creía de veras en esas afirmaciones. De todas formas, Lenin solía describir a los intelectuales de su clase como «idiotas útiles»; los idiotas útiles eran entonces usados y explotados, efusivamente citados como autoridades y colmados de adulaciones y condecoraciones (a Johnson, por ejemplo, se le concedió el Premio Internacional de la Paz Stalin).
Lo cierto, por supuesto, es que los políticos soviéticos continuaron hábilmente en la tradición rusa de mostrar con orgullo su país a aquellos dispuestos a visitarlo. Tras la segunda guerra mundial, también utilizaron astutamente los temores que muchos intelectuales tenían con respecto a las armas nucleares y, si bien ellos mismos estaban volcados de manera febril en la fabricación de armas (estas, en cambio, se concebían «para la defensa del campo de la paz»), desarrollaron una campaña política de gran alcance contra la proliferación de armas de destrucción masiva, granjeándose el apoyo de destacados científicos y ganadores del premio Nobel, tales como Frédéric Joliot-Curie y Linus Pauling.
A veces, el comportamiento de los intelectuales en los países democráticos llegaba a ofrecer imágenes absurdas. En el Libro negro del comunismo los autores citaban un recuerdo de Claude Roy acerca de un juego en el que él había tomado parte con otros intelectuales comunistas. Consistía en una distracción basada en las prácticas políticas en la cual Roy había tenido que desempeñar el papel del acusado, mientras que otro escritor comunista, Vailland, representaba el papel del fiscal general. En el juicio, Roy era acusado de docenas de delitos políticos tales como sabotaje a la lucha ideológica o alta traición filosófica. Tal y como requería un juicio semejante, el acusado era condenado a muerte, momento en el cual las espectadoras femeninas presentes perdían el control. «Nuestra locura fue el resultado de la locura de la historia. Tuvo ese efecto sobre nosotros y nosotros lo aceptamos como una locura aplicable a escala general», concluía Roy. Por desgracia, en los países libres esos intelectuales solo podrían permitirse travesuras satíricas. Un poco más al este, se estaban llevando a cabo juicios en los cuales se condenaba a muerte a personas y se realizaban ejecuciones de verdad; todo aquello era observado en silencio por los mismos intelectuales que se lo achacaban todo a la locura de la historia. Y solamente unas décadas después, justo tras la publicación del Libro negro, el editor del periódico comunista francés L’Humanité declaraba en televisión que ni siquiera ochenta y cinco millones de muertos mancharán una visión comunista del mundo. «Después de Auschwitz —afirmó— sería imposible seguir siendo nazi, pero después de los campos soviéticos uno puede seguir siendo comunista».
Desde luego que es posible seguir siendo comunista, aun ante las fosas comunes de los asesinados (al fin y al cabo, eran enemigos de aquella sociedad mejor y más humana); es posible seguir siéndolo incluso al pie de la horca (tanto en calidad de prisionero condenado, verdugo o como espectador), pero no es posible seguir siendo un intelectual o un individuo con cultura.
La traición de la clase intelectual es el camino hacia la barbarización de todo.
Terminaste El espíritu de Praga
Ivan Klíma
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