El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 19 de 29

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El espíritu de Praga

Setenta y cuatro años de vida en común

A ojos del mundo existía la idea de Checoslovaquia como un país homogéneo y en esencia próspero, en particular comparado con la mayoría de los Estados limítrofes. No obstante, esta visión externa no tenía en cuenta todas las tensiones internas, los altibajos y las dificultades de la vida en común.

En realidad, en los setenta y cuatro años de existencia de Checoslovaquia encontramos muy pocos períodos que podamos designar como tranquilos o siquiera felices. Ya en los albores de la república, una crisis política y económica afectó en particular a Eslovaquia (gran parte de Eslovaquia estuvo ocupada durante un tiempo por el Ejército Rojo húngaro). Tras un breve período de prosperidad, toda la república se vio golpeada por la dura crisis de los años treinta (con un mayor impacto, una vez más, sobre Eslovaquia y Rutenia). Durante los veinte años de existencia de Checoslovaquia como Estado independiente, los problemas étnicos fueron en aumento, por una parte entre checos, eslovacos y las numerosas minorías del país (sobre todo la alemana y la húngara) y, por otra, entre los propios checos y eslovacos. Estos problemas tenían causas muy concretas: los checos, gracias a su posición geográfica y a su historia, habían entrado en el Estado común en condiciones considerablemente más favorables: los checos tenían la supremacía no solo en el ámbito económico, sino también en el cultural. Los eslovacos no podían jactarse de poseer personalidades de relevancia mundial; los checos en cambio, tenían a su Jan Hus y a su Komensky (este último, al igual que más tarde Masaryk, nació cerca de la actual frontera eslovaca), así como a Dvoíák, Smetana, Janácek, Hasek o Capek, con los cuales ingresaron en la historia cultural de la humanidad. Muchos checos, de manera inconsciente, consideraban a los eslovacos inferiores en el plano cultural. El conocimiento recíproco de las culturas checa y eslovaca era incomparable: la ignorancia de la cultura eslovaca por parte de los checos llegaba a ser humillante para los intelectuales eslovacos, mientras que se consideraba esencial que un eslovaco de cultura tuviese un buen conocimiento del checo. Los checos, conscientes de su preponderancia en casi todos los ámbitos significativos de la vida y como sociedad más desarrollada culturalmente, a menudo hacían gala de su superioridad (lo cual con frecuencia también se manifestaba de forma involuntaria en su lenguaje, al sustituir la palabra checoslovaco por checo). Así, mientras que los checos consideraban la república como suya, para muchos eslovacos su pertenencia a esta era cuestionable, por lo menos desde el punto de vista emocional. Además, lo que a los eslovacos en un principio les había parecido una ayuda amistosa pronto se transformó, según muchos, en una especie de tutela no demasiado agradable, una competencia desleal para la emergente nueva intelectualidad eslovaca, la burocracia o la clase empresarial. Justo después de aquella euforia inicial que celebraba la libertad conquistada, en Eslovaquia aparecieron los primeros indicios de tendencias nacionalistas y separatistas, que fueron en aumento año tras año.