El espíritu de Praga
Un poco de historia
Checoslovaquia nació en 1918 y no solo como entidad política, sino también como una palabra que antes de 1918 nadie conocía ni intuía. En el pasado, checos y eslovacos habían estado unidos principalmente por la proximidad de sus lenguas (hasta épocas recientes, en el territorio poblado por eslavos existían muchos dialectos vivos que constituían un continuum lingüístico de transición entre las diferentes lenguas: hacia el este, el checo se iba transformando gradualmente en el eslovaco, el eslovaco en el ruteno, el ruteno en el ucraniano, etcétera. Las diferencias entre las hablas de la Moravia oriental y la Eslovaquia occidental eran menos significativas que las existentes entre el eslovaco del oeste y el este de Eslovaquia.
No obstante, a lo largo de los siglos, los contactos entre checos y eslovacos fueron más bien infrecuentes, la historia de cada uno de ellos discurrió de manera diferente. Por su parte el reino checo desempeñó un papel importante en la historia de Centroeuropa entre los siglos XIII y XVII como Estado independiente; en cambio, no se puede decir lo mismo del pueblo de la Alta Hungría que vivía bajo el dominio de Pest. Por aquel entonces, ni siquiera estaban definidas las fronteras de una eventual Eslovaquia. Las relaciones entre Praga y Pest oscilaron a lo largo de la historia, pero en general nunca fueron muy intensas. Tanto en la mentalidad como en la historia vivida por ambas entidades eslavas era muy poco lo que podía unirlas. De hecho, ese acercamiento no se produce hasta el siglo pasado, durante el período del renacimiento nacional, cuando los «agentes del despertar nacional» eslovacos, que intentaban resistirse a las duras políticas de magiarización, empezaron a recabar apoyo entre los checos, el pueblo más próximo a ellos y con el que compartían tanto lengua como destino (los checos por aquel entonces ya habían cosechado varias victorias en su resistencia contra las políticas germanizadoras). Fue en aquella época cuando se fraguó la imagen de los checos como el hermano mayor eslavo, provisto de más experiencia, en el cual los eslovacos buscaban consejo, apoyo y protección. Sin embargo, el ideal y el objetivo de aquella lucha no era, ni mucho menos, un Estado común, sino una mayor autonomía cultural y lingüística en el marco del Imperio austrohúngaro de entonces.
El nacimiento de la República La idea de un Estado común formado por checos y eslovacos prácticamente no existía en el seno de estos dos pueblos ni siquiera cuando la primera guerra mundial se acercaba a su momento álgido. Esta noción surgió en los últimos dos años de la guerra, sobre todo en el exilio, en Estados Unidos, donde se fraguaba una idea más bien ilusoria pero pragmática de un único pueblo checoslovaco. Al fin de la guerra, estas ideas fueron secundadas por las potencias vencedoras, deseosas de debilitar al máximo a la derrotada Austria-Hungría. Por ese mismo motivo, a la recién creada República checoslovaca se le añadió, además de las regiones húngaras adyacentes al margen norte de los ríos Danubio e Ipel, la región de Rutenia, situada en el extremo oriental de Eslovaquia. Tanto lingüística como culturalmente, esta región estaba a años luz de Praga y su atraso económico era tal que incluso estaba rezagada con respecto a Eslovaquia —si bien a nivel industrial esta última estaba totalmente subdesarrollada—. La fusión de estos tres elementos en un único Estado acarreó muchos problemas, precisamente por el hecho de que se estaban uniendo elementos con culturas y niveles de desarrollo económico tan dispares. Mientras que las tierras checas heredaron del Imperio de los Habsburgo la mayor parte de una industria productiva y moderna, Eslovaquia entraba en la nueva república como un país agrario atrasado sin ningún tipo de clase intelectual propia. Paradójicamente, los primeros profesores de eslovaco en las escuelas eslovacas provenían de tierras checas, del mismo modo que la mayoría de médicos, especialistas y funcionarios de la administración estatal.
Sin embargo, en el momento de su nacimiento, la república fue celebrada con exageradas esperanzas. En los actos públicos la gente lloraba de alegría, cantaba canciones patrióticas, arrancaba los símbolos del régimen anterior y estaba exultante de júbilo. Checos y eslovacos rebosaban de sentimientos de fraternidad; parecía que el nuevo Estado independiente haría posible a sus ciudadanos una existencia diferente, así como un desarrollo intelectual y espiritual y, sobre todo, prometía tomar entre sus manos el destino del pueblo (se hablaba de un único pueblo). Las apariencias sugerían, además, que el nuevo Estado había surgido en condiciones sumamente favorables: la gran potencia al oeste, Alemania, había perdido la guerra y la antigua monarquía no solo estaba muerta, sino que además había sido descuartizada. La gran potencia al este, Rusia, estaba inmersa en el caos revolucionario y la nueva república gozaba del favor de las potencias vencedoras.
Algunos de los sueños de aquellos que celebraron el nacimiento de la nueva república se vieron cumplidos: el país se desarrollaba en el plano cultural y había creado un sistema democrático que funcionaba relativamente bien, inspirado sobre todo en la democracia francesa. Sin embargo, pronto quedó claro que, en muchos aspectos, la idea de que la república hubiese nacido en circunstancias óptimas carecía de fundamento. Ambas potencias vecinas, Alemania y Rusia, se recuperaron de sus heridas con inesperada rapidez y comenzaron a entrometerse peligrosamente en los asuntos internos del joven país. Esta intromisión se vio facilitada por la complejidad de la situación en temas de política social y étnica, en los cuales la nueva república no era capaz de resolver las crecientes tensiones de manera satisfactoria.