El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 7 de 29

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El espíritu de Praga

El Fin de la Civilización

 

Cuando era pequeño, recuerdo haber leído en revistas que, dentro de dos siglos, todo el carbón que tenemos en la Tierra habrá ardido, o que dentro de ciento cincuenta años habremos agotado el último depósito de plata, o que las reservas de crudo difícilmente nos durarán hasta el final del siglo que viene. Me parecía extraño que estos detalles no asustaran ni preocuparan a nadie. Todo el mundo seguía tirando paletadas de carbón a sus hornos y conducía toneladas de acero, quemando galones de petróleo, solamente para llevar sus pocos kilogramos de un sitio a otro.

Ahora, por fin, los ordenadores han fijado la fecha. Todo este despilfarro llegará a su fin aproximadamente en el plazo de sesenta años. Nos quedaremos sin comida ni materias primas (primero zinc, hojalata, cobre, mercurio y plata, después el resto). Y, para no alimentar falsas esperanzas en algún descubrimiento maravilloso que pueda rescatarnos de la miseria venidera, se nos recuerda que el agua y el aire estarán contaminados sin remedio.

Sin embargo, aún se pueden encontrar optimistas moderados. No creen lo que predicen los ordenadores y afirman que la catástrofe se producirá no de aquí a sesenta años, sino dentro de noventa, o incluso de ciento cinco. Después están los optimistas extremos y, evidentemente, los marxistas. Estos declaran que no ocurrirá jamás algo así. Los optimistas extremos afirman que el mundo siempre ha conseguido resolver sus problemas, y los marxistas se limitan a sonreír, porque, debajo de tanto grito sobre la limitación de nuestros recursos naturales, detectan la mano astuta de los ideólogos burgueses que trata de distraer la atención de los trabajadores de la intensificación de la lucha de clases. Quedan tan solo los soñadores, que sugieren que el pueblo debería dejar de reproducirse sin cesar y buscar una mayor productividad, que debería abandonar los objetivos (claramente erróneos) y los valores actuales de la civilización industrial y buscar nuevas maneras de vivir en armonía con la naturaleza.

A estas alturas, desde luego, nos reímos de todo eso. La gente ha aceptado la idea de su propia muerte individual (o más bien busca maneras de acelerarla), así que ¿por qué debería perturbar su paz mental la muerte de la civilización?

Así, el fin se irá acercando, primero de una manera aparentemente inevitable, después sin remedio. Aumentarán los soñadores y profetas. En algunos países, donde es natural y permisible que la gente se asocie, se formarán clubes de personas que decidirán ir al trabajo andando o cultivar verduras en lugar de rosas en sus jardines. Una vez al año, voluntarios valientes cortarán las carreteras con su propio cuerpo para impedir que los automóviles, al menos durante veinticuatro horas, esparzan los gases de su tubo de escape. En otros países, donde la asociación es igual de natural pero está prohibida, habrá apagones obligatorios en todo el Estado una vez por semana y concursos nacionales para recoger ramas muertas para leña.

A continuación aparecerán los primeros síntomas perturbadores. En países donde los parlamentos pueden influir en el curso de la sociedad, los soñadores forzarán prohibiciones e impondrán impuestos en los productos derivados del petróleo, la hojalata y el cobre, mientras en países donde todavía ocupan el poder los reyes o las juntas militares, estos impondrán castigos a los individuos irresponsables que traigan más de tres hijos al mundo. Y, para economizar, obligarán a ver la televisión en comunidad.

Mientras tanto, los científicos intensificarán la búsqueda de nuevas fuentes de materia prima y de energía. Dominarán la fusión termonuclear y desarrollarán cientos de nuevas sustancias artificiales. Pero será demasiado tarde. Los nuevos inventos maravillosos se quedarán en el cajón, porque cada vez se echará más en falta un componente esencial. O porque llevar un invento a buen término amenazaría la existencia de otros inventos más esenciales. El espíritu humano languidecerá y se cerrará en sí mismo, o se pondrá a soñar. Nuestra civilización empezará a parecerse al cuerpo de un moribundo: tal vez sea posible trasplantarle un corazón o un hígado o ponerle sangre nueva en las venas, pero nadie podrá devolverlo a la vida real.

Un día la vida del viejo realizará su destino. Primero morirán las ciudades. El generador eléctrico en la planta industrial se detendrá, y costará demasiado volver a ponerlo en marcha. Las fuentes de agua se romperán y los técnicos no irán a repararlas. En las calles reinará la confusión y, al llegar la noche, se impondrá la oscuridad y el terror. A la mañana siguiente, las tiendas en las que todavía haya productos en venta (entre ellos, objetos inútiles como bombillas, refrigeradores o fundas de volantes) estarán desprovistas de personal; los dependientes se habrán quedado en casa. Algunos estarán tan asombrados que se quedarán en sus casas inhabitables esperando la muerte. Otros saldrán a la calle para robar; otros intentarán huir. Pero ¿adónde van a ir? ¿Y cómo podrán sobrevivir? ¿O de qué servirá el conocimiento y la habilidad de un conductor de metro? ¿O de un programador informático, un policía de tráfico, un físico nuclear o un mecánico de coches?

Ahora la gente tiene una relación de vida y muerte con nuestra civilización y, si esta muere, debe morir con ella. Morirán a miles y millones, quizás en hambrunas o epidemias que ya no puedan ser conquistadas, quizás en una guerra desesperada e imposible de ganar que lo destruirá todo.

Pero, aunque consigan evitar la guerra, morirán igual. Morirán de desesperación, porque han perdido la capacidad de ganarse el pan de cada día o porque habrán destruido la naturaleza que los sostenía desde tiempos inmemoriales. Regiones enteras del mundo quedarán despobladas y los sitios que recientemente habían irradiado luz apestarán.

Y, sin embargo, como en todo desastre, la vida humana persistirá. Al final, la catástrofe solo afectará a una civilización. Lo que habrá sufrido una implosión serán los valores de una sola cultura. Al fin y al cabo, otras culturas han conseguido sobrevivir sin sucumbir completamente a nuestra civilización-máquina. Sobrevivirán con un trauma mínimo. Y, con ellas, persistirán muchos de sus descubrimientos de épocas anteriores: la invención de la rueda, el arte de la meditación, la escritura y, por tanto, la conciencia de la historia. La necesidad enseñará a la gente a hacer un uso racional y económico de lo que quede de la civilización irracional y despilfarradora.

Sin embargo, los continentes volverán a distanciarse. Un barco de vela empleará muchas semanas en cruzar el océano y un vehículo tirado por caballos tardará muchos días en cruzar una extensión de tierra.

Pasarán años, siglos, milenios. Los aeropuertos y carreteras serán ocupados por maleza o se cubrirán de arena. Los postes que sostenían redes eléctricas, ahora inútiles, serán derribados por el viento, y los brotes y las ramas de los abedules se introducirán por las ventanas de los rascacielos todavía en pie. El aire y el agua se irán limpiando gradualmente. ¿Y la vida de la gente?

Tal vez se vuelva más pacífica. La humanidad volverá del mundo de dimensiones planetarias al espacio y el tiempo humanos. La gente gozará del silencio y escuchará el trino de los pájaros. Sin duda, su vida será más difícil y más precaria. El insensato sueño de los utópicos que creían que el hombre podía llegar a ser feliz liberándose de la necesidad de trabajar quedará olvidado, como también los refrigeradores, acondicionadores de aire, aviones, reactores nucleares, prensas de impresión, pulmones artificiales, lavadoras automáticas, aparatos de televisión, cohetes y mecanismos de escucha. Ese siglo insensato en el que el hombre, en un esfuerzo sin sentido, se elevó tanto que consiguió escapar del planeta, se fundirá paulatinamente con las leyendas y fábulas de tiempos anteriores. Un día, los futuros académicos o curas declararán que fue un espejismo, una ficción ideada por poetas antiguos o una de las muchas ilusiones compartidas por grandes cantidades de personas. Quizá se producirán debates escolares sobre el tema, pero no afectarán a la mayoría de la gente porque no afectarán a su vida, su potencial, sus objetivos o su felicidad.

¿Y qué pasará con su felicidad? No veo razón alguna para que sean menos felices que nosotros, los que hemos vivido en este siglo singular e insensato.

21 de abril de 1975.