El espíritu de Praga
Chequia en la Nueva Europa
No me gustan los juicios generalizantes sobre los pueblos, cualesquiera que sean estos. He conocido a muchos ingleses bulliciosos y a rusos que no eran
melancólicos. Los checos no son un pueblo de Svejks[6], y si bien las estadísticas los sitúan a la cabeza del consumo de cerveza a nivel mundial, la mayoría de los más cercanos a mí no son muy amigos de la cerveza.
Lo que seguramente sí ha influido en el carácter de mis compatriotas es la historia del país, en cierto modo loca (muchos emplearían aquí la palabra trágica, pero no me gustan las grandes palabras). Mi madre y mi padre todavía nacieron y pasaron su infancia como ciudadanos de Austria-Hungría. Mi padre había estudiado en la escuela húngara, en la alemana y en la checa, con lo cual hablaba estas lenguas a la perfección. Después —aquí me incluyo—, vivimos la primera república democrática de Masaryk y más tarde la república estrangulada por el Pacto de Múnich, en la cual la democracia ya agonizaba. Sobrevivimos, como si de un milagro se tratase, al protectorado administrado por los nazis. Tras la guerra, durante casi tres años, hubo en el país un régimen más o menos democrático (este toleró la expulsión de la población alemana, llevada a cabo de un modo absolutamente antidemocrático) y, en el año 1948, tuvo lugar el golpe de Estado comunista. El régimen comunista duró cuarenta y un años, pero este también pasó por diferentes etapas. Tras cinco despiadados años de terror estalinista, en los años sesenta el régimen fue más moderado, etapa que culminaría en el año 1968 con la Primavera de Praga. Lo que entonces intentamos hacer fue reinstaurar las libertades civiles fundamentales y, dado que en parte lo logramos, las tropas del Pacto de Varsovia invadieron el país e implantaron un gobierno neoestalinista obtuso, desmoralizante y sin escrúpulos.
Mi madre llegó a vivir la caída del régimen comunista en noviembre de 1989. Estarán ustedes de acuerdo en que son tantos cambios en la vida de una persona que a uno ya no lo puede sorprender prácticamente nada. Mi madre, cuando le ponía las noticias de la televisión, a sus ochenta y cinco años me solía decir: «Apágala, que eso ya lo he visto».
Se suele afirmar que los checos, a diferencia de sus vecinos, son un pueblo poco belicoso. Es verdad que consiguieron evitar guerras destructivas con habilidad y que se sometieron, sin disparar una sola bala, tanto a la ocupación alemana como, treinta años después, a la soviética. Sin embargo, también es cierto que su situación geográfica tampoco les facilitó demasiado la defensa. Recuerdo cómo, en julio de 1968, cuando ya era evidente que la cúpula soviética no estaba dispuesta a contemplar impasiva las reformas democráticas, escribí un artículo en el cual proponía que el gobierno declarase que en caso de una intervención militar nos defenderíamos. Entonces me invitaron a la oficina del Comité Central del Partido Comunista, donde en aquellos momentos ya estaban reunidos los reformistas. Me dijeron que habían leído el borrador de mi artículo. Acto seguido, sacaron un gran mapa de la república y me pusieron delante de él. A excepción de un trocito de la frontera al oeste y al sur, por todas partes vecinos «socialistas». «¿Qué, acaso podríamos defendernos siquiera un solo día?», me preguntaron. Por desgracia, tenían toda la razón. Y aquello de que alguien acudiese en nuestra ayuda no me lo creía ni yo.
De todos modos, los checos han combatido en todas las guerras de la era moderna. En la segunda guerra mundial, decenas de miles murieron en las unidades checoslovacas en la Unión Soviética o en el frente occidental.
Los abruptos cambios que se produjeron tuvieron sus consecuencias (la primera vez quienes fueron perseguidos fueron los judíos, los intelectuales y los demócratas; la segunda, la burguesía, los intelectuales y los demócratas; y la tercera fueron los comunistas reformistas, los intelectuales y los demócratas). Aquellos a los que les esperaba la persecución huían del país en oleadas de cientos de miles, es decir, se trataba a grandes rasgos de la élite de la sociedad. Otra consecuencia más fue la creciente adaptabilidad de gran parte de la sociedad, así como por supuesto la aparición de una clase no demasiado numerosa, la de aquellos que ni se fueron ni quisieron adaptarse. Durante la guerra existió una resistencia antinazi, que como es de esperar fue reprimida de manera sangrienta. Durante los cuarenta años de régimen comunista se fueron formando paulatinamente grupos de personas que optaron por un tipo de resistencia no violenta. El más relevante fue el movimiento Carta 77, integrado por escritores como Václav Havel, Pavel Kohout, Ludvík Vaculík o Jiirí Grusa.
Por mi experiencia propia, doy fe de que aquellos que se esforzaron en oponer resistencia a la ideología comunista y al régimen totalitario —así como en defender los derechos civiles fundamentales— gozaron de las simpatías de mucha gente (huelga decir que estos mismos simpatizantes acudían a las elecciones manipuladas, colgaban banderas soviéticas y en general se comportaban tal y como se lo exigía el régimen). En noviembre de 1989, en cambio, fueron los primeros en salir a las calles y derrocar el régimen totalitario (sin derramar una gota de sangre, siguiendo la tradición checa) y darle una entusiasta bienvenida al regreso a la democracia. En general, el nuevo régimen, liderado por Václav Havel, no defraudó las expectativas de la gente. Reinstauró todas las libertades democráticas fundamentales, pero hay que reconocer que este hecho provocó en mucha gente un sentimiento de embriaguez y despertó unas expectativas que alcanzaban lo irrealizable.
Transformar un régimen comunista en uno democrático, al igual que pasar de una economía estatal planificada a una de libre mercado, era una tarea más complicada de lo que pensaban los que salieron a las calles y de lo que podían imaginar los que entonces los arengaban. El primer gran problema era el hecho de que en el país vivían más de un millón de miembros del Partido Comunista (después de la invasión soviética de 1968, en el partido ya solo quedaban oportunistas, colaboradores y fanáticos). Por otro lado, en algunas profesiones como la justicia, el ejército, la policía o el personal docente de las universidades el porcentaje de comunistas se acercaba al cien por cien. Los nuevos políticos demócratas proclamaron, como principio de su política: «¡No somos como ellos!», y se esforzaron en que no se desatasen actos de venganza. Los representantes del régimen anterior podrían ser juzgados únicamente en caso que hubiesen infringido las leyes que estaban en vigor durante el régimen totalitario. Si bien es verdad que se aprobó una ley según la cual los confidentes de la policía política secreta y los miembros de las milicias populares —los elementos armados y más fanáticos del Partido Comunista— no podían ocupar algunos cargos importantes de la administración pública, esta prohibición no se extendía ni a los antiguos agentes de la policía secreta ni a los miembros del partido. Fue más bien todo lo contrario: muchos comunistas se apresuraron a deshacerse de sus carnets del partido y se adscribieron a los partidos de reciente creación de corte ciudadano y demócrata, en los cuales no tardaron en hacer carrera (el actual presidente del grupo parlamentario del mayor partido de derechas es precisamente uno de esos «tránsfugas»).
Otro problema más era la desigual distribución de la industria — y por lo tanto también del nivel de vida— en Checoslovaquia. Esta desigualdad adquirió el carácter de un conflicto intranacional —entre checos y eslovacos—, pues tradicionalmente Eslovaquia era la parte más atrasada. Los checos argüían que contribuían sin cesar al desarrollo de la parte eslovaca de la república, mientras que los eslovacos creían que eran explotados y descuidados. Como es sabido, este problema no fue resuelto hasta 1993, con la (pacífica) división de Checoslovaquia en dos Estados.
La tarea más complicada, si cabe, era la de pasar los bienes nacionalizados a manos privadas. De hecho, en el país no existía capital legal alguno ni podían desarrollarse auténticos gerentes, economistas o empresarios con experiencia, con lo cual llegamos al último gran problema: tras cuarenta años de régimen totalitario, el país estaba devastado no solo en un plano material, sino también moral y espiritual, en especial los últimos años, cuando el régimen comunista se fue descomponiendo a gran velocidad y entre la gente empezaron a proliferar todas las formas posibles de corrupción: del pequeño robo al grande, del pequeño soborno a la corrupción a gran escala, a la vez que se producía un considerable alejamiento del gobierno y de todas las instancias de poder con respecto a los ciudadanos.
La gente, el margen de lo sólido que fuese su apoyo al cambio político, siguió llevando por dentro todos esos hábitos y vicios. Sin duda alguna, en el futuro se escribirán extensos estudios sobre la transición de una economía de propiedad estatal a una de mercado. Cada país optó por un método diferente y soy de la opinión de que ni siquiera hoy se puede afirmar con seguridad cuál fue el mejor. El parlamento checoslovaco decidió que, en caso de que viviese el propietario original o sus herederos, se les devolverían los bienes expoliados tras el golpe de Estado comunista. Después siguió la privatización, que se llevó a cabo en dos oleadas sucesivas. Primero fueron las pequeñas empresas, talleres, comercios y restaurantes, que se vendieron a particulares. Quien decidía sobre estas ventas era un puñado de personas, con lo cual lógicamente se puede intuir que tales transacciones fueron acompañadas de un grado considerable de corrupción. En la segunda oleada, se privatizaron las grandes empresas por medio del método por cupones (los ciudadanos podían comprar un talonario de cupones por tan solo mil coronas, lo cual correspondía a una determinada cantidad de acciones). Algunas de las mayores empresas fueron vendidas a consorcios extranjeros (así, por ejemplo, la empresa automovilística Skoda fue adquirida por la alemana Volkswagen). Una de las consecuencias del método por cupones fue la fragmentación de algunas empresas de vital importancia, así como la aparición de fondos que les compraban los talonarios de cupones a los ciudadanos, que con frecuencia no sirvieron para otra cosa que para enriquecer de manera desigual a sus fundadores. Sin embargo —y con gran dolor para algunos—, rápidamente se constituyó un mercado libre y poco a poco comenzaron a aparecer nuevos empresarios y pequeños industriales, a la vez que al país llegaban cadenas comerciales y célebres firmas con todo tipo de bienes de consumo. En poco tiempo —sobre todo en el centro de las ciudades importantes—, estas grandes empresas desplazaron a los comerciantes checos, demasiado débiles y sin experiencia, eliminando a su vez cualquier tipo de personalidad o tradición en el área comercial.
Huelga decir que la ciudad que más cambió fue Praga. La ciudad se despojó rápidamente del gris comunista, pero no logró recuperar el mítico aire «mágico» de la ciudad de Rodolfo II, ni el ambiente de la ciudad de Franz Kafka (si bien, por fin, le dedicaron una estatua). Tampoco volvió a ser la ciudad de los cabaret, de las calles por donde paseaban los checos, alemanes y judíos de Praga, ni de los pequeños cafés en los que se reunían artistas e intelectuales. Del espíritu de la vieja Praga no se conservó casi nada, se vio reemplazado por decenas de tiendas de souvenirs el centro de la ciudad fue ocupado por casas de juego, bares, restaurantes caros con nombres exóticos, bancos (que tienen nombres checos pero cuyos verdaderos dueños son bancos extranjeros) y cadenas comerciales como Gigasport, Estée Lauder, Kenvelo, Marks & Spencer, Salamandr, Julius Meinl, Sash, Cottonfield, Jannis, etcétera. En caso de que un paracaidista desinformado saltase en la calle Pííkopy de Praga, probablemente no estaría muy seguro de en qué país ha ido a parar.
Para mí, desde luego, las transformaciones más interesantes —y también las más esenciales— fueron las que se produjeron en el ámbito espiritual e intelectual de la sociedad.
Quien no haya vivido durante años bajo la sofocante campana de un régimen totalitario difícilmente se podrá imaginar su ambiente espiritual e intelectual, tanto en lo positivo como en lo negativo: la omnipresente censura era abrumadora, así como los medios de comunicación —grises, aburridos y mentirosos—, el incesante empeño en inculcar una doctrina única marxista-leninista a todo el mundo —sobre todo a la gente joven— y la absoluta imposibilidad de manifestar en público cualquier opinión que no contase con la aprobación oficial. Sin embargo, fue esta situación anormal la que condujo a muchas personas reflexivas a interesarse por la cultura reprimida: libros prohibidos, tanto de autores checos como extranjeros, empezaron a copiarse y difundirse cada vez más entre los lectores (aún a día de hoy cuento entre mis amigos a antiguos lectores que por aquel entonces me buscaban, para así poder tomar prestada literatura copiada de esta manera). Los cantantes jóvenes que estaban prohibidos organizaban sus conciertos en casas particulares y después las grabaciones de sus canciones se distribuían de forma ilegal. Bajo la superficie de lo que parecía (en palabras de Louis Aragón) la Biafra del espíritu existía un interés asombrosamente grande por una cultura libre y de calidad.
La revolución de noviembre supuso una transformación radical de esta situación: se suprimió la censura y la libertad de expresión empezó a respetarse sin excepciones (recientemente un editor publicó noventa mil ejemplares de la obra de Hitler Mi lucha y, cuando se presentó la denuncia por difundir odio racial, muchos partidarios de la libertad de expresión salieron en su defensa). Surgieron tres mil (¡!) editoriales (número desorbitado para un país de diez millones de habitantes), muchas de las cuales fueron fundadas por entusiastas que durante el régimen totalitario soñaban con poder publicar un día a Beckett, Heidegger o Václav Havel.
Así, el día que vio la luz el primer libro de Václav Havel, la cola de ávidos lectores se extendía varios cientos de metros. La mayoría de libros de autores checos prohibidos hasta entonces alcanzaban tiradas de cientos de miles de ejemplares. Los teatros, aunque representasen obras modernas poco fáciles de entender, agotaban sus entradas. No obstante, esta situación de interés por la cultura —que llegaba a ser anormal— duró muy poco tiempo. La censura comunista, de hecho, no solo prohibía aquella cultura ideológicamente incómoda al régimen, sino también la cultura de consumo, los best sellers de quiosco y, por supuesto, la pornografía. Editores y teatros, así como televisiones comerciales, pronto comprobaron que una sociedad libre está mucho más deseosa de diversión que de cultura de calidad, de manera que en poco tiempo comenzaron a desaparecer algunas revistas culturales (en su lugar aparecían decenas de revistas del corazón con fotografías a todo color), cerraban buenas editoriales y los escenarios de teatro sustituían a autores modernos y clásicos por musicales y amenas comedias de salón. La televisión privada de más audiencia en la actualidad es capaz de emitir hasta siete telenovelas sudamericanas al día. Un tanto marcado por un jugador de hockey en la liga canadiense goza de una mayor atención mediática que un concierto de la orquesta checa en Japón o que un libro publicado en el extranjero por un autor checo. Las noticias, como en el resto del mundo, se reducen a un repaso de catástrofes, crímenes, acciones policiales, escándalos y nimiedades. El reciente aumento del impuesto para los pañales recibió una atención mayor por parte de los medios que la tasa de desempleo del once por ciento.
Como ya he mencionado antes, las grandes y devastadoras guerras no se cebaron con nuestro país. A consecuencia de ello, en pocos países de Europa se han conservado tantos monumentos históricos, castillos, iglesias o construcciones góticas y barrocas. Por desgracia, lo que no destruyeron las guerras lo destruyó la administración comunista. Muchos edificios históricos fueron transformados en almacenes o en instalaciones militares; en su lucha contra los «residuos religiosos» el régimen anterior dejó que se deteriorasen no solo cientos de pequeñas iglesias rurales, sino también una construcción tan singular como es por ejemplo la catedral gótica de Santa Bárbara de Kutná Hora. Si bien en la actualidad el Estado proporciona la mayoría de medios materiales destinados a la cultura, estos no son suficientes, en particular para el mantenimiento y la reparación de los monumentos. Por otra parte, la suma total que el Estado checo destina al apoyo de la cultura apenas llega a la mitad de lo que dedica la mayoría de los países europeos.
La cultura checa, por supuesto, sobrevive: ahí están la magnífica Orquesta Filarmónica Checa, el Teatro Nacional y la Opera Estatal, que reciben un considerable apoyo del Estado. Asimismo, se celebran decenas de exposiciones y se publican —aunque sea con modestas tiradas— la mayoría de títulos interesantes de la literatura mundial y de la checa. No obstante, el interés por la propia cultura y la de otros pueblos más bien decae. Restringiéndonos a nuestros vecinos más próximos, con los cuales nos une una tradición cultural en esencia común, vemos que nombres como Handke, Bachmann, Aichinger o Innenhofer son prácticamente desconocidos, y me temo que lo mismo sucederá con Altenberg, Musil o Zweig. La vida de Jesucristo, de Gerhard Haderer, se dio a conocer sobre todo a causa de la escandalosa querella que un parlamentario del Partido Cristiano Popular interpuso al editor checo de ese libro. Sin embargo, quien sin duda alguna se hizo más famoso como mayor representante de la cultura austríaca fue el perro comisario Rex, que compite en la pequeña pantalla con éxito y fiereza con los protagonistas de Beverly Hills o Stefanie.
No me estoy quejando. ¡Todo lo contrario! La República checa ha empezado a acercarse cada vez más a lo que es un país normal, más o menos desarrollado, dentro de un mundo globalizado, tanto en lo positivo como en lo negativo. Estoy convencido de que acabará entrando en la Unión Europea y de que se parecerá tanto al resto de los países que será uno más de ellos.