El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 14 de 29

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El espíritu de Praga

Los Poderosos y los Impotentes

 

Cuando era pequeño, experimenté un estado de la sociedad en que algunos —⁠los impotentes⁠— estaban a merced de otros, los poderosos. Todo el mundo aceptaba que había algunos que podían ser privados de todo tipo de derechos: el derecho a moverse libremente, a la vida, incluso a un funeral digno. En nuestra parte del planeta, todo el mundo ha tenido alguna experiencia personal del estado de la justicia social, o más bien de la injusticia. Así como la generación de nuestros padres sentía fascinación por los problemas sociales, mi generación la sentía por el problema de la justicia o, más exactamente, por el de la suspensión criminal de la justicia por parte de los que están en el poder. La depresión de principios de los años treinta mostró a nuestros optimistas padres la indefensión de los individuos que se enfrentan a la pobreza, el paro y el hambre. Las leyes de Núremberg, los juicios de Moscú, Auschwitz y Vorkuta hicieron que nuestra generación abriera los ojos ante la tiranía criminal y asesina del Estado totalitario. La fe infundada en el desarrollo económico ilimitado de la generación anterior se vio decepcionada, como la creencia inocente de mi generación en la posibilidad de reorganizar la sociedad conforme a principios utópicos. A cada generación le gusta pensar que su experiencia es única y que sus logros y catástrofes son memorables y sin precedentes, y eso le impide valorar las dimensiones reales y la significación de lo que ha conseguido y de lo que ha perdido. Ninguno de los crímenes modernos contra la humanidad —⁠los juicios con intenciones de amedrentar, los veredictos amañados que condenan a muerte a personas inocentes, el trabajo esclavo, las ejecuciones masivas, la matanza de naciones enteras⁠— es un invento de este siglo. Podemos encontrarlos también en cualquier época histórica que examinemos. Los tribunales que juzgaron a Sócrates, Jan Hus, Jerónimo de Praga, Giordano Bruno, Camille Desmoulins, Maria Antonieta o Dreyfus, así como los miles de tribunales que acosaban a los herejes, disidentes u otros «traidores» y reformistas, no tenían el deseo de encontrar la verdad. No hacían esfuerzo alguno por entender, ya no digamos por juzgar, las circunstancias reales de las acusaciones. Solo intentaban apoyar y servir a la estructura de poder existente y castigar a cualquier persona a la que esta decidía enjuiciar. Castigaban a esta persona con crueldad, como una advertencia, para infundir terror en todo aquel que se atreviera a tener sus propios pensamientos no regulados. Conocían sus veredictos antes de saber cuál era la esencia de la disputa (una disputa que no podían admitir y menos aún tratar), antes de ver los documentos o la cara de los acusados.

No hace falta que me entretenga en la cuestión del trabajo esclavo. Al fin y al cabo, hasta hace dos siglos (para los rusos y los negros en el hemisferio occidental, hasta el siglo pasado) la esclavitud era conocida para la mayor parte de la población del mundo.

¿Y el asesinato de grupos enteros de personas o incluso naciones? La historia proporciona bastantes ejemplos de genocidios. La Biblia está llena de historias sobre matanzas de poblaciones enteras de reinos y principados, incluidas las mujeres, los niños e incluso los animales domésticos. Miles de ciudadanos inocentes fueron ejecutados durante la gran Revolución francesa. Tribus enteras de nativos americanos fueron eliminadas en el siglo XIX, en un país gobernado según una de las constituciones más liberales y democráticas de su tiempo.

No deberíamos olvidar jamás que la historia de la tribu humana es cruel. Y deberíamos reconocer que lo que llamamos cultura, civilización, humanismo o legalidad no es más que una piel fina que cubre apenas una esencia sangrienta. Sería inocente creer que las fuerzas que han determinado el comportamiento humano durante siglos han sido domesticadas porque, al menos en parte, hayamos determinado lo que son y les hayamos puesto nombre. Y, sin embargo, varias generaciones recientes han vuelto a sucumbir a la ilusión de que la humanidad entraba en una nueva época: una época de riqueza material e intelectual, un período en que los ideales que se han declarado (y traicionado) durante décadas, si no siglos —⁠ideales como el amor, la fraternidad, la igualdad ante la ley y los derechos cívicos básicos⁠—, por fin han salido a la luz y no queda nadie que se atreva a traicionarlos abiertamente.

Durante toda la historia se ha producido una lucha entre los poderosos y los impotentes, entre los fuertes y los débiles. Los poderosos son los faraones de Egipto; los impotentes son las pequeñas tribus de Israel. Los poderosos son los romanos; los impotentes son los bravos pero aislados cartagineses. Los poderosos son los señores feudales; los impotentes son los siervos, numerosos pero mal organizados. La Iglesia católica era poderosa; los buscadores de la verdad esparcidos que predicaban en vano el poder de la Palabra contra la espada eran impotentes. El Concilio de Constanza era poderoso; Jan Hus era impotente. Los colonos americanos eran poderosos y los indios, que luchaban con arcos, flechas, unas cuantas armas pasadas de moda y la desesperada determinación contra los cañones y un ejército organizado, eran impotentes. La Gestapo era poderosa, y los judíos y los ciudadanos de los países dominados eran impotentes. Todos los Estados modernos son poderosos, especialmente un Estado totalitario que no solo posee todas las armas (de un poder verdaderamente terrorífico), sino también los medios de control económico e intelectual; el ciudadano, que tiene un solo voto y un derecho meramente teórico de expresar una opinión sobre cómo debe dirigirse el Estado, es impotente.

La fuerza de los poderosos [3] nunca (o casi nunca) deriva de una autoridad superior, de valores espirituales o del hecho de que monopolicen la verdad o la sabiduría, aunque es posible que ellos pretendan que es así. Deriva solo de un predominio de la fuerza. Esta fuerza se basa generalmente en el número de almas dominadas, en el poder de las armas y en la capacidad de organizarse.

Es verdad que a veces el triunfo de los poderosos ha anunciado su derrota, del mismo modo que la derrota o la muerte de los impotentes ha anunciado el triunfo de su partido, su posición o su fe. El Imperio romano desapareció, los herederos de los cristianos sobrevivieron y conservaron algo, al menos, de la fe de sus antepasados mártires. Jan Hus podría llegar a ser canonizado. Hubo momentos en la historia en que la antigua nobleza feudal temblaba de miedo ante sus siervos, igual que los primeros capitalistas temían a sus trabajadores.

Sin embargo, aunque sus agradecidos descendientes erigieran monumentos de oro a su memoria, aunque los declararan dioses, santos o héroes nacionales póstumos, no podría cambiarse el hecho de que estas personas fueron asesinadas, que sus vidas únicas e irreemplazables fueron malogradas e interrumpidas casi siempre en la flor de la juventud: Sócrates, Cristo, Jan Hus, Giordano Bruno, Camille Desmoulins, Isaak Bábel, Osip Mandelstam, Boris Pilynak, el padre Kolbe, Josef Capek, Vladislav Vancura, Karel, Polácek. Y con ellos fueron eliminados otros miles, a menudo los espíritus más decentes, honestos y auténticos de su tiempo. Murieron en las cruces de los ocupantes, en las llamas de la Inquisición, bajo la guillotina de la primera revolución, ante los pelotones de fusilamiento de la segunda revolución (la contrarrevolución) o en los campos de la décima revolución. Desde el punto de vista del poder, toda esa gente era impotente. Su reino no era del mundo de este poder. En él primaban otros valores y otras relaciones, y nosotros solo podemos preguntarnos qué habría sido del mundo, y de todos nosotros, si no hubieran sido silenciados prematuramente.

En la mayoría de los códigos legales, las leyes hacen una distinción entre asesinato y homicidio. En el segundo caso, un hombre puede matar a otro en defensa propia o por error, ab irato o cuando sufre una perturbación súbita de su equilibrio mental. Incluso después de cometer un acto tan terrible, puede volver a comportarse humanamente. Un asesino, en cambio, mata con deliberación, por odio, fanatismo o avaricia. Mata para conseguir un objetivo premeditado. Un asesino ha abandonado deliberadamente la actitud humana y su regreso al camino que ha abandonado intencionadamente puede serle extremadamente difícil.

Encontramos la misma distinción, o una similar, en las acciones más crueles cometidas por los poderosos contra los impotentes. Las naciones más fuertes empujan a las más débiles, humillándolas, esclavizándolas y matándolas al mismo tiempo. Divisiones organizadas de romanos, tribus agresivas de alemanes y bandas salvajes de avaros recorrieron Europa. Luchaban por el territorio, los rebaños, los cultivos, el oro y los prisioneros. Se dedicaban al saqueo y al pillaje, a veces matando a todo ser vivo que encontraban y a veces dejando vivos a los derrotados o esclavizándolos. Esparcían el terror ante ellos y lo dejaban atrás a su paso. Sin embargo, hay una diferencia entre sus acciones y las acciones de una Inquisición que selecciona a sus víctimas conforme a un plan preciso y las atormenta, partiéndoles el cuerpo en el potro de tortura a fin de romperles la conciencia y el espíritu, y que asesina a sangre fría a quienes se resisten. Hay una diferencia entre los actos sangrientos de los colonos norteamericanos que, en su camino hacia el oeste, luchaban constantemente contra tribus nativas mal armadas y esencialmente indefensas, y el comportamiento de la maquinaria política nazi que, de un modo planeado y a sangre fría, asesinó a varios millones de judíos europeos.

Uno puede objetar con razón: ¿qué le importa a la víctima que su muerte se deba a un asesinato o que simplemente la hayan matado? Ciertamente, la diferencia es importante solo para los que sobreviven, y es importante para su regreso a la humanidad. Un poder que decide deliberadamente, para su propio provecho, cometer un asesinato sigue siendo un poder criminal aunque posteriormente altere su moral, intente olvidar su pasado o lo rechace. Un poder criminal era, es y seguirá siendo un peligro para la humanidad.

El temor ha sido siempre uno de los aliados más fieles del poder. ¿Quién puede imaginar el terror de los ciudadanos dentro de una ciudad sitiada, el terror de las mujeres cuando el enemigo escala los muros? El temor yacía en miles de lechos en el instante en que los inquisidores llegaban a las ciudades medievales. ¿Y la ansiedad de las familias judías el día en que entraron en vigor las monstruosas leyes raciales? ¿Y el terror de los negros cuando ardían los fuegos del Ku Klux Klan? ¿Y el temor falto de aliento que se imponía al alba con el registro silencioso de asesinos contratados y sádicos ejecutores del poder arbitrario y totalitario: en la Italia fascista, en la Alemania nazi, en la España de Franco, en la Unión Soviética de Stalin, en el protectorado de Bohemia y de Moravia, en Paraguay, en Argentina, Uganda, Chile, Irán, China, Yemen, Etiopía, Indonesia, Perú, Cuba, Afganistán y Camboya? ¿Cuántos países hay en los que sus habitantes no hayan conocido el sabor amargo de las albas mortales, donde nunca hayan tenido que esperar, aguantándose la respiración, mientras los fanáticos mensajeros de la muerte bailaban bajo sus ventanas?

El atacante siempre sabía que el terror precedía a su llegada. También sabía que el miedo de verdad quebranta la virilidad, crea pánico y paraliza la oposición. Por eso lo usaba. Tendía emboscadas repentinas, se ponía máscaras aterradoras, gritaba, chillaba, blandía antorchas, profería amenazas, aporreaba tambores, hacía sonar tapas de ollas, disponía a los soldados en formaciones para que aparentaran un mayor número, se ponía calaveras en el gorro y sirenas bajo las alas de su avión. No hay poder en la Tierra que no haya confiado en alguna forma de terror. El hombre no solo vivía con el miedo a los invasores que llegarían furiosos de la distancia, sino que vivía temiendo a los dioses o a Dios y a sus representantes en la Tierra. Vivía con temor de la autoridad de los oficiales y de los administradores de sus amos, con temor de perder su casa o la comida que necesitaba para seguir vivo o para conservar su tierra o su trabajo.

Todos los esfuerzos por liberar al hombre han sido en realidad esfuerzos por liberarlo del miedo, para crear condiciones en que no sintiera la dependencia como una amenaza. Cuanto más asesino y más totalitario es el poder, más priva al hombre de libertad y engendra temor.

Si el poder llega a ser tan absoluto que puede cometer cualquier acto arbitrario, acusar falsamente a cualquiera, arrestarlo, juzgarlo y sentenciarlo por crímenes imaginarios, confiscarle la propiedad, el trabajo, la libertad y, por encima de todo, deshonrarlo públicamente con insultos, entonces el temor también puede ser tan absoluto que hace innecesarias todas estas cosas para mantenerlo. Las autoridades solo necesitan demostrar que están dispuestas a comportarse arbitrariamente y que son capaces de hacerlo de vez en cuando. Vivimos en un mundo en el que los poderosos gobiernan con unos medios ajenos a todo lo que la humanidad ha conocido jamás. Pueden controlar y exterminar a individuos y a pueblos enteros. Mientras esos medios existan, nuestro mundo seguirá siendo un mundo de temor.

El temor que duerme en la cama de los impotentes da un fuerte impulso a sus sueños y sus acciones. La persona impotente que anhela escapar de su ansiedad normalmente solo ve dos posibilidades: huir más allá del alcance de los poderes hostiles, o volverse ella misma poderosa. El temor engendra sueños de poder.

Al fin y al cabo, no hay nada impersonal en el poder. Reside en la gente, en su comportamiento y en su posición social. Un emperador, un rey, un secretario o un primer ministro pertenecen todos a la raza humana, por mucho que intenten convencernos de su origen divino o, al menos, de que gozan de la protección especial de la providencia. Sin embargo, un día son arrastrados a enfrentarse al ejecutor, que les corta la cabeza; o, si ya están muertos, son arrastrados desde la tumba como prueba de su esencia humana, mundana. Todo lo esencialmente humano es alcanzable; uno solo tiene que encontrar la manera de atraer al poder, de hacerlo bajar del cielo, de robarlo a los que lo tienen en aquel momento. Al impotente, la visión de alcanzar el poder le promete la liberación de los grilletes del temor; también le promete libertad y bienes terrenales.

Ya hemos dicho que el poder depende de la fuerza, y la fuerza depende de los números, la organización y las armas eficaces. De este modo, los cristianos impotentes que eran echados a los leones, torturados y asesinados, que hablaban del reino que no era de este mundo en el que dominaba otro orden de valores no reconocidos en este, crecieron en número y organización hasta que un día controlaron no solo los monasterios y los curas, sino también los castillos y las tropas de cruzados armados, y en su corazón nació el símbolo de poder más fanático: el tribunal dé la Santa Inquisición.

Así, también, el proletariado indefenso, ante cuya suerte cruel los hombres ilustrados del siglo XIX se frotaban las manos, se organizó cada vez con más eficacia hasta que un día, al menos en una parte del mundo, su partido derrotó al gobierno del rey, le cortó la cabeza y tomó el poder para crear, o al menos declarar, una vida sin pobreza ni ansiedad. Sin embargo, en el plazo de pocos años, primero sus enemigos, después algunos miembros de su partido y finalmente sus líderes temblarían de terror en la madrugada y cientos de miles de inocentes serían ejecutados o morirían en los gélidos páramos de los campos de prisioneros esparcidos por todo el país.

Aquellos entre los impotentes que sueñan con salvar al mundo mediante su propio gobierno y liberarlo (al mundo y a sí mismos) del temor, se engañan. La humanidad no puede ser redimida mediante el poder detentado por los antiguos impotentes porque, el día en que se vuelvan poderosos, perderán su inocencia. En cuanto empiecen a temer la pérdida de su poder todavía no consolidado, sus sueños y planes todavía no realizados, se mancharán las manos de sangre y sembrarán el terror a su alrededor, y también se llevarán la cosecha. No pueden escapar del temor. Vivirán con el miedo a la venganza, a ser devueltos al lugar de donde vinieron, y estarán horrorizados de sus propios actos. El poder combinado con el miedo produce enajenación. El poder de los que antes eran impotentes a menudo es más salvaje que el poder ejercido por aquellos a los que echaron, porque aunque los que lo detentan puedan tener el control del gobierno, siguen todavía dominados por el temor.

En algún momento hacia mitad del siglo XX, la gente que vivía en la región euroamericana del mundo volvió a abrazar la absurda ilusión de que (esta vez de veras) entraban en la tierra prometida. Esta ilusión se basaba en la suposición errónea de que, esencialmente, habían conseguido resolver los problemas sociales más básicos: cómo garantizar al pueblo una vida decente y ofrecerle la posibilidad de realizar sus sueños mundanos sin demasiado esfuerzo y de gozar de los dones de la vida: comer, beber, viajar y llevar una vida plena. En realidad, no consiguieron nada de todo eso: un par de generaciones de un pequeño porcentaje de la humanidad logró un estilo de vida extravagante, pero a costa de la devastación inimaginable de todo el planeta y la malversación de la energía acumulada durante millones de años. Es difícil que lleguemos a imaginar el precio que hemos pagado por esta ilusión. No pienso solo en los crímenes ecológicos, cuyas consecuencias tendrán que sufrir todavía los nietos de nuestros nietos (si sobreviven), sino en algo mucho peor.

En sus esfuerzos por organizar al mayor número posible de fuerzas para «vencer a la naturaleza», para «suprimir a sus enemigos», para promover «un mayor crecimiento» o «defender las ganancias ya conseguidas», la sociedad moderna ha generado unas estructuras administrativas, militares y políticas inmensas. El objetivo era que sirvieran a la sociedad, a sus ciudadanos y a cada individuo, que debía ser reconocido como la fuente de un poder que simplemente les había sido delegado a ellos. Sin duda, al principio lo reconocían, pero entonces estas estructuras empezaron a comportarse como toda persona a quien se delega poder: empezaron a usurparlo para sí mismas, en detrimento de aquellos de quienes en origen derivaba. Ciertamente, hay sociedades en las que estas estructuras están sometidas a algún tipo de control, pero en la mayoría de los países no es así. Ya no son gobernadas, sino que gobiernan. A diferencia de los anteriores usurpadores de poder, estas estructuras de poder no tienen rostro ni identidad. Son invulnerables a los golpes y a las palabras. Su poder es quizás menos ostentoso, menos abiertamente declarado, pero es omnipresente y no cesa de crecer. Los que lo representan aparecen en público o se quedan en segundo plano, pero lo importante es que pueden ser sustituidos o destituidos en cualquier momento: los generales que dirigen una división del ejército, los presidentes de corporaciones multinacionales, los secretarios generales de partido autoproclamados o los jefes de la policía secreta.

Si los observamos cuando nos saludan desde la pantalla del televisor, podemos sospechar que, comparado con el que detentan ellos, el poder de los faraones y emperadores divinos no era más que un juego trivial. Sin embargo, nos convencemos a nosotros mismos de que es así como debe ser, que ellos encarnan la dirección que estamos tomando; defienden nuestros intereses, sirven a nuestras necesidades, salvaguardan nuestra seguridad, nuestro progreso, nuestra riqueza, o cualquier etiqueta vistosa y mendaz que demos a nuestra propia ridiculez. Lo que no atinamos a ver es que ya no actúan en nuestro nombre. No podemos librarnos de ellos. No reconocen ni una deidad por encima de ellos ni el pueblo por debajo. Solo se reconocen a sí mismos, su aparato, sus organizaciones y sus propias leyes, su destructiva proliferación. Controlan una tecnología que puede transformar la faz de la Tierra, que les proporciona los medios para gobernarla y las armas para destruirla.

Mientras observamos cómo las dos primeras posibilidades se vuelven realidad y acumulan fuerzas para la tercera, seguimos creyendo que esto último no lo harán porque actuarían contra ellos mismos.

Pero toda estructura de poder que se escapa al control, toda autoridad asesina decidida a abandonar su humanidad para seguir creciendo, floreciendo e hinchándose en un anhelo vano de una medida absoluta y una licencia absoluta, de una perfección divina, juega con el suicidio.

Los emperadores romanos, Napoleón, Hitler y Stalin se comportaron como suicidas desde el punto de vista del mantenimiento del poder. Si los que continúan su obra no son limitados por un brazo humano o por la mano del destino, difícilmente puede esperarse que se limiten ellos mismos. Pero ¿qué podemos hacer nosotros, que somos mucho más impotentes, para limitar a los que se han puesto más allá de nuestro alcance, más allá del alcance de nuestras palabras, nuestras súplicas y amenazas? Nosotros que no gobernamos nada más que nuestras vidas, o tal vez —⁠pues incluso tienen nuestras vidas en sus manos⁠— apenas nuestros espíritus.

El poder es perverso y deriva de la perversidad. Se construye sobre su base y de ella deriva la fuerza. La perversidad va acompañada del temor. Los que han renunciado a su alma solo tienen un cuerpo, y es el cuerpo lo que los tiene aterrorizados. Tienen miedo de perder las comodidades que todavía quedan: la paz y la tranquilidad, las cosas materiales, los objetos de lujo. Los que no han renunciado a su espíritu pueden vencer el temor porque saben que, al final, el temor surge de dentro y no de fuera. La persona que ha dejado que la ansiedad por el mundo externo sustituya a su espíritu nunca puede librarse de su temor. Aquel que ha defendido su espíritu, su integridad interior, y está dispuesto a dejarlo todo, a arriesgar su libertad de movimiento y, en la necesidad extrema, incluso la vida, no puede ser derrotado por el temor y, por tanto, está fuera del alcance del poder. Se vuelve libre, se vuelve aliado del poder, no como competidor en la lucha por el control del país, la gente y las cosas, sino como recordatorio viviente de la mendacidad y la fugacidad que defiende y representa todo poder.

Es evidente que los que representan al poder perverso no pueden entender los motivos de la gente que, inexplicablemente, parece que ha roto filas. Parten de la base de que estos últimos tienen los mismos objetivos que ellos, explican sus acciones como motivadas por el consejo de un demonio invisible, un anticristo que les susurra al oído, hambriento de poder. Pero hay algo que entienden enseguida: esos rebeldes aislados perturban el consentimiento de los aterrorizados. En consecuencia, el poderoso intentará conseguir que los rebeldes vuelvan al redil: al vacío donde reina el temor.

Cuando Hus se presentó ante el Concilio de Constanza, no intentaron convencerlo ni debatir con él: solo le pidieron una y otra vez que se retractara. Le hicieron una oferta final cuando ya estaba atado a la estaca. ¿Es posible que ellos, que se negaban a discutir el asunto y a oír prueba alguna de verdad, le hicieran este ofrecimiento con el deseo de salvar la vida de un teólogo poco conocido? En absoluto; solo sabían que un Hus que abandonara su verdad y se rindiera al miedo, un Hus que volviera humillado a su reino de poder, dejaría de representar una amenaza para ellos. Un Hus que no lo hiciera, tanto si estaba vivo como si lo quemaban, seguiría siendo un reto a su mundo, a su gobierno asesino. Eso es lo que ocurrió, y sigue ocurriendo hasta el día de hoy.

Una persona que, por necesidad íntima, se enfrenta con coherencia a los poderosos, arriesgándolo todo, tiene una única pequeña esperanza: que con sus acciones recordará a las autoridades de dónde procede su poder, cuáles son sus orígenes y cuál su responsabilidad, y quizás consiga que sean un poco más humanas. Sin embargo, para los que están en el poder, y para los que se han rendido a él, este objetivo parece pura locura.

Las esperanzas de los impotentes están ocultas en el comportamiento de aquellos locos.

Enero de 1980.