El espíritu de Praga
¡Peligro! ¡No Toquen los Cables!
No hace mucho me invitaron a un encuentro con otro escritor suizo. Nunca antes lo había visto y, cuando lo vi de lejos, me quedé de piedra: ahí estaba un antiguo amigo mío que había muerto unos cinco años antes. Tardé varios segundos en darme cuenta de lo disparatada que era mi primera impresión: los muertos no salen de sus tumbas, no podía ser otra cosa que un parecido increíble.
A medida que van pasando los años, ocurre cada vez con más frecuencia que uno ve un rostro que conocía de la juventud y tarda unos segundos en darse cuenta de que esa cara, igual que la de uno, no puede haberse quedado igual a como era de joven, puede llegar a ser irreconocible, y entonces se reduce a un mero parecido.
Nuestras vidas, en comparación con la «vida» de nuestro planeta, con la vida en general, son muy cortas. En una de mis novelas, escribí que todo el tiempo que vivimos equivale a un solo parpadeo del ojo de Dios. Por fortuna, no somos capaces de concebir completamente la dimensión del tiempo que existe y que determina los fenómenos del universo. Nosotros mismos nos movemos en la dimensión del tiempo humano. Los arquitectos suelen quedarse fascinados al recuperar en sus excavaciones una vasija de varios miles de años de antigüedad o incluso un hueso de varias decenas de miles de años. Sin embargo, dado que pensamos desde la dimensión del tiempo humano, podemos hablar de una vida vivida con éxito o de una vida fracasada, realizada con plenitud o no. Ovidio puede creer en la inmortalidad de su obra: «lamque opus exegi, quod nec lovisira nec ignis nec poterit ferrum edax abolere vetustas». [Y ya una obra he concluido que mi Júpiter la
ira de los fuegos, ni pudiera el hierro ni devoradora abolir la vejez[7]].
Si no pensásemos desde la dimensión del tiempo humano, todos nuestros esfuerzos perderían sentido, acabaría perdiendo sentido incluso la propia vida humana que, al igual que la humanidad entera, para su existencia no tiene fijado más que un insignificante período temporal.
Menciono esta paradoja porque, ya que voy a hacer una reflexión sobre mi vida, sus recovecos y hasta qué punto se ha realizado o no, lo hago siendo consciente de que todo tiene validez solo desde la dimensión del tiempo humano. No harán falta miles de millones de años, más bien bastará con cien años para que todo se desvanezca lentamente de nuestros destinos, a la sombra de más y más nuevos destinos que del mismo modo se desvanecerán. Así es la ley del universo, donde nada es eterno, donde tal vez ni siquiera lo sea la propia eternidad.
Ya que he empezado a hablar del tiempo y de la eternidad, he de aclarar que a lo largo de las más de siete décadas de mi vida he sobrevivido a dos imperios que reivindicaban una duración que iba en contra de todo pensamiento racional. El milenario imperio de Hitler duró poco más de doce años. Y cuando, después de la guerra, mi país entró en la órbita del imperio de Stalin, uno de los lemas que leía en todas las manifestaciones, que estaba colgado en las pancartas rojas encima de las entradas de colegios, organismos públicos y fábricas, rezaba: «Tiempos eternos con la Unión Soviética». Los tiempos eternos duraron cuarenta y un años.
Hitler, Lenin y Stalin han sido para mí figuras cruciales que durante un breve lapso de la historia incidieron prácticamente en la vida de todos mis contemporáneos. Aún hoy tengo en casa decenas de libros que tratan sobre sus vidas y su nefasta obra. Durante muchos años pensé en escribir un ensayo en el que quería reflexionar sobre cómo fue posible que dos fanáticos medio formados, dos asesinos despiadados, no solo gobernasen potentes imperios, sino que se granjeasen la admiración, el apoyo y una ilimitada lealtad por parte de millones de personas, entre ellas incluso muchos intelectuales. Todavía podría escribir ese libro, pero me di cuenta de que aquellos que me parecían figuras cruciales a la gente joven de hoy en día ya no les dicen casi nada, y, en cambio, el nombre del caballo que acaba de ganar una célebre carrera de obstáculos les resulta más conocido. La historia avanza hacia delante no como un caballo asustado (este en mi infancia todavía pervivía como metáfora de correr rápido), sino como un cohete que alcanza la tercera velocidad cósmica. En términos generales, todo aquello que no atañe de manera directa al día de hoy cae de inmediato en el olvido. Solo así pudo suceder que los ingleses —en una de esas muchas estúpidas competiciones de hoy en día—, cuando eligieron a su ciudadano más relevante, situaron a lady Diana muy por delante de Tenysson, Daniel Defoe o Thomas More; los alemanes, por su parte, en un tercer lugar equivalente, situaron a Karl Marx.
En mis libros, a menudo volvía a cuestiones básicas de nuestra existencia: ¿qué papel desempeña la fe en la vida? ¿Tienen nuestras acciones algún sentido superior? ¿Qué entendemos por alma humana? (Recuerdo que mi traductor al inglés se sorprendía de que en mi novela Amor y basura una y otra vez volviese al concepto de «alma». Según él, esa palabra no les gusta demasiado a los ingleses). En mi novela La máxima intimidad, elegí como protagonista a un pastor evangélico que pierde la fe. Paradójicamente, mientras que él la va perdiendo ayuda a la protagonista a encontrarla. En cuanto a mí mismo, creo que soy un racionalista que da prioridad a las deducciones científicas antes que a la fe, pero que al mismo tiempo sabe que toda conclusión, toda generalización pueden estar fundamentadas en un error.
Hoy en día, una persona que piense de manera racional difícilmente se sentirá inclinada hacia los cultos tradicionales. La idea de un Creador omnipotente, de un espíritu que se halla al comienzo del universo y que al mismo tiempo sigue nuestras acciones, a duras penas se puede conciliar con la idea de miles de millones de galaxias, de trillones de esferas incandescentes que rotan en espacios situados a miles de millones de años luz de distancia.
La existencia de la vida misma, las prodigiosas transformaciones que hacen que una oruga se transforme en una mariposa, o un huevo en un pájaro y por último en una criatura humana que piensa, les da nombres a las cosas y busca relaciones entre ellas, incluso ahondando en las profundidades del universo y el tiempo, de hecho parece confirmar cierta genial intención creativa llevada a cabo con una precisión de una lógica increíble. Siempre habrá personas que busquen esta genial fuerza sobrehumana en la forma en la que la representan los mitos ancestrales, tal y como está por ejemplo magistralmente representado el acto creador divino en la concepción judía, que en seis días creó todo lo vivo y lo inerte. Durante este proceso, el Creador fue inimaginable, indesignable, incomprensible, eterno; sin embargo, se le apareció a Moisés en un arbusto en llamas para darle las Tablas de la Ley con las principales reglas morales.
Hay quien cree que si desaparece la figura del Dador de las Tablas de la Ley también desaparecerán esas tablas y con ellas toda moral, pero esa conclusión es exagerada. Los diez mandamientos u otros, cualesquiera que sean, de hecho, únicamente resumen la amplia experiencia de la humanidad y la constatación de que sin códigos morales —así como legales— la sociedad no podría existir. Todas las sociedades modernas que han negado tales códigos, como hicieron por ejemplo el nazismo o el comunismo, no sobrevivieron más de unas cuantas décadas.
No obstante, se plantea otra cuestión: si ponemos en duda la idea de un creador, ¿entonces quién es autor de ese proyecto de vida tan lógico?
Sé de la existencia de una magnitud dotada de los mismos atributos —inimaginable, incomprensible, eterna—: el tiempo. Nosotros, que difícilmente podemos concebir un espacio temporal de seis mil años (es decir, del momento en el que aparecieron los primeros documentos escritos), es verdad que podemos admitir que algo (como nuestra Tierra) tenga una vida de cuatro mil millones de años, pero no seremos capaces de imaginarnos ese espacio temporal. Para nosotros, millones de años son una eternidad y qué decir de miles de millones, tanto si miramos para atrás como para el futuro. Aunque puedo imaginarme que en este eterno fluir, poco a poco, se fue creando la vida y perecieron todos aquellos que no se supieron adaptar hasta que al final, tras un sinfín de errores y de caminos sin salida que duraron millones de años, apareció el ser humano.
Al mismo tiempo, sé que no hay motivo alguno para estar convencido de que el homo sapiens sea la criatura más perfecta, el fruto culminante, el sentido último de la evolución del universo. Tal vez por la razón que he esgrimido en la introducción misma: la duración de la vida de este es menor que el parpadeo de un ojo de Dios o —en caso de que la imagen del ojo de Dios parezca poco clara—, la duración no ya de una vida individual, sino de toda la especie humana, no es más que una insignificante fracción del transcurrir del tiempo del Universo.
Pero volvamos al tiempo humano. Mi vida ha sido rica en vivencias intensas. Mi infancia se vio marcada por la segunda guerra mundial. Conforme a las Leyes de Núremberg, mi familia fue clasificada como judía, de modo que pasé por diferentes grados de humillación y persecución en los cuales —como es sabido— se perdieron vidas. Pasé tres años y medio en el campo de concentración de Terezín. No era un campo de exterminio, pasamos hambre, aunque no como para morir. Vivíamos hacinados en habitaciones en grupos de diez, pero por lo menos teníamos espacio para dormir. No obstante, la muerte se convirtió en algo cotidiano en mi vida. La impotencia frente al destino, encarnado en unos cuantos matones uniformados, fue la experiencia vital básica de mi infancia. El hecho de que la gente cercana a mí fuese desapareciendo y que yo ya no volviese a verla nunca más o, mejor dicho, el hecho de que no hubiese esperanza de poder volver a verlos nunca más, tenía necesariamente que influirle a uno para el resto de su vida. Sin embargo, sobreviví. En cierta ocasión escribí que, cuando salí del campo de concentración, sentía algo así como la obligación de hablar por los chicos de mi edad que habían sido asesinados. Sin embargo, al volver a aquellos primeros años de la posguerra me da la impresión de que esa afirmación es demasiado ampulosa. Era más bien que tenía la sensación de que yo, hasta poco antes excluido de la sociedad y condenado a muerte, de repente había adquirido el derecho a vivir y a hablar. Me parecía que mis vivencias me otorgaban cierto derecho a la exclusividad y, por lo tanto, el derecho de hablarles a otros o incluso de aconsejarles sobre cómo debían de vivir de forma correcta. Fue una vanidad bastante deplorable.
Evidentemente, mi pensamiento estaba saturado por las recientes vivencias dramáticas (por aquel entonces se publicaban cientos de artículos, memorias y libros sobre los campos de concentración y yo los leía con voracidad para poder comparar). Mi primer artículo lo escribí a los catorce años; en realidad, trataba sobre cómo había pasado cuatro Navidades en el campo de concentración. Instaba a los lectores a que no olvidasen nada de lo sucedido, a que no les perdonasen nada a los culpables. Sin embargo, después no volví a mis experiencias de la guerra durante años, al revés, intenté poner una cortina opaca ante los recuerdos del pasado (que eran demasiado perniciosos) y concentrarme en el presente o incluso en el futuro. Por un breve espacio de tiempo adopté la imagen de aquella sociedad ideal tal y como la esbozaba la propaganda comunista, la cual desde el año 1948 hacía esfuerzos sobrehumanos por dominar el pensamiento, sobre todo el de los jóvenes.
Muchos de mis coetáneos, que por aquel entonces comenzaban a escribir, al igual que yo, sucumbieron ante esa propaganda, publicaron artículos activistas o incluso versos de los que más tarde a menudo se avergonzaban. Yo no escribí nada por el estilo, si bien compartía las ilusiones de un futuro sin clases y de una sociedad sin conflictos. No obstante, me acabaron repugnando todos aquellos discursos afectados, aquel lenguaje recargado de los medios de comunicación, los llamamientos a ensalzar a Stalin y a los demás líderes comunistas —hoy en día ya olvidados—, así como los (hasta el día de hoy populares) improperios lanzados a los norteamericanos. También me ayudó la literatura, los tres años en la universidad, que en aquella época más bien era una caricatura de un centro de enseñanza superior, y preparaba mi tesis de licenciatura sobre Karel Capek, uno de los pensadores y creadores democráticos checos más relevantes del período de entreguerras. Yo quería, al igual que él, escribir acerca de la gente que me rodeaba, acerca de sus problemas que, a pesar de todo el optimismo propagandístico, eran a menudo muy graves. Para mi sorpresa, comprobé que no era posible, que cada palabra destinada a ser impresa era vigilada por el encargado de la sección, el redactor jefe, el censor y, en última instancia, alguien del Departamento de Ideología del Partido Comunista.
La experiencia del régimen comunista ha marcado una gran parte de mi vida. Relativamente pronto, a mediados de los años cincuenta, empecé a comprender que el sistema de entonces no era otra cosa que una forma más de dictadura, que no se diferenciaba demasiado de la que había instaurado el nazismo. Del edificio en el que vivía desaparecía gente que era enviada a los campos de trabajo, a mi padre lo encerraron a principios de 1953 y lo acusaron de disparatados delitos políticos y fiscales.
Es verdad que los comunistas ostentaban una ideología algo distinta de la de los nazis, a menudo se dice que más humanista (esta opinión la suelen defender personas que entraron en contacto con ella únicamente en su forma teórica), pero en la práctica también se apoyaba en la violencia brutal, queriendo asimismo exterminar (y así lo hizo) a grupos enteros de la población, degradando al ciudadano a una mera pieza impotente integrante del Estado totalitario. Además, era igual de hostil a cualquier declaración libre y, obviamente, a todo arte que no estuviese a su servicio.
Durante un tiempo, todavía creí que sería posible cambiar la práctica totalitaria y conservar ciertas conquistas sociales que el régimen, como a mí me parecía, ofrecía. Junto a aquellos que sucumbieron a la misma ilusión participé en la iniciativa que desembocaría en ese intento de reformas que, en su conjunto, se denominó Primavera de Praga. La intervención de las tropas soviéticas puso un rápido final a todo. Poco después de aquello conseguí viajar legalmente a Estados Unidos con toda mi familia, donde durante medio año di clases en la Universidad de Ann Arbor. Aunque todos me advertían de las posibles consecuencias de regresar a mi país, que se encontraba ocupado, rechacé un puesto de profesor que me ofrecieron y regresé. Tenía la sensación de que para un escritor la emigración representaba otro tipo de peligro. Es cierto que vive en una sociedad libre, pero está alejado del entorno en el que se crio, así como de las personas que entiende. Y cuando digo esto no me refiero tan solo a la lengua, sino a todo aquello que forma el carácter humano: sus relaciones, la tradición, la historia, aquello que —con bastante inexactitud— se acostumbra denominar «carácter nacional». A una persona le pueden quitar muchas cosas: su trabajo, la libertad de movimiento y de expresión… pero ¿acaso también tiene que renunciar voluntariamente a su patria? Estoy convencido de que sobre todo un escritor, siempre y cuando su vida no esté de forma clara en juego, no debe eludir las dificultades que la vida le puede presentar a él y a su país natal.
Y las dificultades, de hecho, llegaron: nada más regresar, a mi esposa y a mí nos confiscaron los pasaportes y a ambos, como a la mayoría de los escritores y periodistas checos, nos prohibieron publicar. Con todo, podía considerarme afortunado de no haber acabado en prisión por segunda vez en mi vida (no me enteré de que tenían preparado un proceso contra mí y mi esposa hasta que cayó el régimen comunista, aunque se contentaron con limitarse a interrogatorios, registrar nuestra casa y hacernos continuamente la vida imposible a toda la familia).
Al igual que todos mis colegas, no pude desempeñar ningún trabajo cualificado. De todos modos, al mirar atrás pienso que mi concepción del escritor como alguien que no debe esquivar las pruebas de la vida era la correcta. Tuve veinte largos años para darme cuenta de que la violencia y la falta de libertad, por un lado, deforman a la gente y la destruye, mientras que, por otro, a otro grupo bastante numeroso de personas las llevan a reflexionar sobre los valores de la vida, el precio de la libertad, la importancia de la cultura, de la tradición y de la propia visión del mundo, y que además se rigen por todo ello. Constaté que en la sociedad existen dos tipos de élites: por un lado, unas oficiales, que gozan del favor de los organismos públicos, los medios de comunicación y la opinión pública manipulada y, por otro lado, otras reales, que reconocen los valores que pueden ofrecer algún sentido a las vidas de la gente. Esta realidad, que en un sistema totalitario se manifiesta con particular claridad, sin duda pervive —aunque en cierto modo de manera más oculta— en nuestra sociedad libre. Basta con echar un vistazo a las revistas o ver la televisión para presenciar el desfile de falsas élites (hoy en día son denominadas «celebridades»), constituidas por exitosos deportistas, cantantes de música ligera, mediocres políticos, modelos, presentadores, actores y actrices protagonistas de interminables series televisivas, baterías, guitarristas, reinas de la belleza y, por supuesto, aquellos que poseen sus propios castillos de la vida moderna y aviones de reacción para uso personal. Ya he expresado mi opinión acerca del hecho de que una sociedad que rechaza los principios básicos de la moral se desmorona o se extingue, y lo mismo ocurre con una sociedad que sustituye las verdaderas élites por «celebridades».
Pero ahora vuelvo a esa sociedad que vivía sin libertad. En mi caso, es mérito del régimen que yo haya vivido algo que un escritor en una sociedad más libre como es la actual raramente llega a conocer: el interés de la gente por la palabra escrita y por el pensamiento no manipulado, un interés que no necesita ser suscitado por la publicidad mediática, por el éxito oficial, la valoración o el entusiasmo de la crítica. He experimentado la satisfacción de que libros que se difundían solo por medio de copias o en ediciones publicadas en el extranjero (que eran confiscadas en caso de registros domiciliarios) les dijesen algo a la gente, que los lectores los buscaran afanosamente y estuviesen agradecidos. ¿Qué más puede desear un escritor en la vida? ¿Qué más puede alcanzar?
Añadiré otra conclusión de mi experiencia, si cabe más general. La gente —salvo algunas excepciones— por naturaleza tiende hacia una vida tranquila, intenta evitar las dificultades, las pruebas y las experiencias dolorosas y al hacerlo no se da cuenta de que al mismo tiempo el resultado es cerrarse el camino a intensas vivencias positivas. No hay redención sin sufrimiento. Quien no ha pasado por el dolor tampoco sentirá el alivio de la ausencia de este. Quien no ha sentido sed nunca valorará del todo la dulzura del agua común de un manantial.
Siempre me he propuesto que cuando me hiciese viejo no caería en ese habitual síntoma de la vejez que es suspirar sentimentalmente por los valores de la propia juventud, así como no ver alrededor de uno otra cosa que degradación, la falta de gusto de una moda chiflada, el deterioro de la moral y una juventud proclive a delinquir.
Juego con ventaja, pues no tengo nada por lo que suspirar sentimentalmente. Frente a la época de mi juventud la vida actual está llena de libertad y parece rebosar de posibilidades nunca vistas.
Sin embargo, tampoco quiero renegar del todo, de la época de mi infancia. Cuando era pequeño solían frecuentar la taberna de la casa de al lado carreteros con coches de caballos; recuerdo que a finales del invierno traían y almacenaban en el sótano grandes bloques de hielo que habían cortado previamente del río helado. En Praga no había un solo rascacielos, delante de las casas no aparcaban coches y las calles por aquel entonces todavía eran calles; en una de las avenidas principales del barrio incluso solíamos jugar al fútbol. No teníamos teléfono, en el colegio los tinteros estaban ensamblados dentro de los pupitres y nosotros cambiábamos cuidadosamente las plumillas de nuestros portaplumas. Al anochecer, la gente, hasta en los edificios de varias viviendas, sacaba las sillas a la calle y se contaba las más variopintas anécdotas e historias de la vida. Sus ideas y sus sentimientos todavía no habían sido contaminados por las series de televisión. La vida tenía un cierto sosiego y hasta entonces, sobre todo en el campo, se conservaba un ritmo adquirido a lo largo de los siglos.
Pero durante las últimas décadas todo ha cambiado drásticamente. El ser humano ha aprendido a destruir la materia y a obtener una cantidad increíble de energía que ha puesto a su servicio; con ayuda de los ordenadores ha sido capaz de multiplicar la capacidad de su memoria, así como su rendimiento, y ha logrado ir más allá del espacio de la Tierra. Ha creado los medios de comunicación modernos. El desarrollo de los medios de comunicación ha acortado las distancias entre los pueblos y los continentes. Nos permite ver una tormenta tropical, el deshielo de los glaciares polares o un tsunami que arrastra gente y casas en la costa de Tailandia. También nos permite seguir día a día cómo se va muriendo una mujer a la que, tras quince años inconsciente, le han desconectado las máquinas que la mantenían viva. Es a la vez grandioso y espantoso. Multitudes, millones de personas lloraron la muerte en un accidente automovilístico de la bella lady Diana, mientras que apenas un par de personas se conmueven si muere en un accidente semejante una chica que vive en su misma calle. Historias personales que le llegaban a uno cuando era joven se ven ahora sepultadas bajo la marea de historias mediáticas. Uno sabe, o puede llegar a saber, casi todo lo trágico que tiene lugar en el mundo, pero a menudo no siente ante ello nada o casi nada. La historia mediática ya no es una historia real, es un mero símbolo que reemplaza una muerte, una catástrofe, un delito, un premio de la lotería o un amor en un mundo que ya hace tiempo que ha superado los límites de la familia, la comunidad, el pueblo o el Estado, y se ha convertido en un mundo global con más de seis mil millones de habitantes. Y mil millones, como ya he dicho, en realidad van más allá de nuestra imaginación.
La mejor manera de la que se podría caracterizar al siglo XX y explicar tanto lo peor como lo mejor que ha sucedido a lo largo de él es la profundidad y la velocidad del cambio: el carácter precipitado y revolucionario del desarrollo técnico, de los cambios en el estilo de vida y de los cambios de valores, así como de las pretensiones de todos aquellos que se identifican con nuestra siempre apresurada civilización. En la parte del mundo en la que vivo, el ciudadano común, en comparación con el pasado (por lo menos en cuanto a su consumo y su libertad), se ha convertido en un señor; sin embargo, esto no cambia en nada que al mismo tiempo se haya convertido en una insignificante partícula dentro de ese gigantesco engranaje de la civilización. Esta ambigüedad es profundamente preocupante y puede conducir a inesperadas y hondas conmociones sociales.
Se cree que Arquímedes dijo: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». Estamos intentando mover el mundo, pero todavía no hemos encontrado el punto de apoyo. Nuestra civilización se precipita cada vez más rápido hacia un objetivo que no es capaz de definir. ¿Más bienestar? ¿Más mercancías? ¿Más libertad? ¿Más conocimiento? ¿Más justicia? ¿Más posibilidades? ¿La inmortalidad? ¿O justamente lo contrario: más pobres en extensas áreas de nuestra Tierra, una mayor dependencia de circunstancias en las que el individuo ya no puede influir, más desechos, más efecto invernadero, el espantoso gas producido por leyes que vamos descubriendo y que nos hacen más pequeños, hasta llegar a la futilidad, el hecho de saber que cualquier forma de inmortalidad es inalcanzable?
De momento nos hacemos ilusiones, creyendo que tenemos bajo nuestro control a esta civilización que se precipita, pero es posible o incluso probable que se esté acercando el momento en el que dejaremos de tenerla bajo control.
Lo más peligroso de este salvaje ritmo es que solo afecta a parte de nuestro planeta, a parte de sus habitantes. Los economistas utilizan la metáfora de unas tijeras que se están abriendo. Una imagen mejor serían dos continentes en movimiento.
¿Qué aspecto tiene el continente en el que vivimos nosotros, los que nos identificamos con los valores de la civilización euroamericana? Ya hace tiempo que su personificación, su símbolo, no son de ninguna manera las iglesias, sino las ciudades gigantescas, los coches, los centros comerciales. Los habitantes de este continente se sepultan bajo las montañas de lo servible y lo inservible, dejando tras ellos montañas de desperdicios cada vez más altas, tanto en el ámbito material como en el espiritual e intelectual.
Hace más o menos veinticinco años intenté caracterizar este autodestructivo modo de vida en mi novela Amor y basura:
El Apocalipsis puede presentar apariencias distintas. A primera vista, la menos dramática será aquella en la que el hombre perezca bajo una avalancha de cosas inútiles, de palabras despojadas de significado, de actividad excesiva […]. Los barrenderos barren con sus chalecos de color naranja, barren en silencio y sin interés, y sus hermanos, los basureros, se llevan lo barrido y desechado, tiran las cosas inútiles formando montañas que fermentan, apestan y se descomponen, que se hinchan hasta llegar al cielo, que se infiltran en su entorno, en las moradas del hombre, como un tumor cancerígeno, de manera que apenas somos capaces de distinguir las cosas de nuestra vida de las cosas de nuestra muerte. De toda la basura que nos arrolla y nos amenaza con la inhalación de su putrefacción, la más peligrosa son los montones de pensamientos caducos […]. Las almas con las que se tropiezan se marchitan y, al poco tiempo, dejan de ser vistas con vida. Pero incluso aquellos que no tienen alma no desaparecen de la faz de la Tierra. En masa se arrastran por el mundo e inconscientemente ansían modificarlo a su imagen y semejanza. Llenan calles, plazas, estadios y grandes almacenes. Cuando prorrumpen en gritos de júbilo por el gol de la victoria, por una canción de éxito o por una revolución, parece que su voz va a seguir sonando para siempre, y sin
embargo no la sucede sino un silencio mortal de vacío y olvido[8].
La gente en este continente cree que es libre y no se da cuenta de que está manipulada de manera cada vez más sibilina por las grandes multinacionales y los gigantes mediáticos, que manejan su pensamiento según análisis del comportamiento humano perfectamente elaborados.
Y después está el otro continente, donde en las calles duerme la gente que no tiene otro hogar, que no tienen nada que perder aparte de sus vidas —que nadie les quiere quitar—, nada aparte de una miseria sin límites. Lo que más llena sus vidas es una pregunta: cómo llegar vivo al día siguiente. Me quedó grabado un banal episodio acaecido en un suburbio de la capital mexicana. Una niña de unos cuatro años, descalza y harapienta, vino corriendo hacia mí y me ofreció una flor sola, que casi seguro habría arrancado en un parque o por un agujero en la valla del jardín de una mansión. El éxito de la venta de aquella flor medio mustia obviamente ofrecía una respuesta a su única pregunta.
Estos continentes se mueven cada vez más rápido. Pueden alejarse el uno del otro, pero también colisionar entre sí. Los habitantes de ambos continentes se sienten mutuamente amenazados: unos por la miseria de los otros, los otros por la inmoralidad o incluso el depravado derroche de los unos. Tengo la sensación de que más bien lo que se está acercando es la colisión. El posterior tsunami nos puede barrer a todos sin hacer ninguna diferencia.
En un momento dado, esta civilización edificada sobre una técnica cada vez más compleja comenzará a desmoronarse. ¿Y cómo reaccionará la gente a este peligro? Hasta ahora nada ha justificado (y de momento sigue así) una respuesta optimista. La gente se ha reconciliado con su muerte individual, ¿por qué habría de intranquilizarlos la muerte de la civilización?
La existencia de una criatura racional que ha sido capaz de inventar la poesía y el motor a propulsión, y que también intenta comprender la composición de la materia y el curso del universo, parece ser un milagro absoluto incluso desde una perspectiva de dimensiones cósmicas. Al mismo tiempo, es desconcertante lo poco inteligente que puede llegar a ser la manera de comportarse de tantos seres humanos con su entorno: cómo a veces, en lugar de obedecer a la voz de la razón, el ser humano sucumbe ante el apremio de sus instintos, y cómo ese fanatismo —del que solo es capaz precisamente el ser humano— llega a destruir lo que tardó miles de años en formarse. No solo me estoy refiriendo a algunos monumentos materiales (esos los destruyeron al unísono los conquistadores coloniales, los comunistas, los nazis y los fundamentalistas islámicos), ni a la naturaleza cultivada, sino también a los valores fundamentales que la gente se fue formando paulatinamente, incluyendo el valor más elevado, que es el respeto a la vida en general. Muy a menudo parece como si la gente no estuviese interesada en asumir que, a pesar de todos los admirables resultados de su actividad, esta permanece, como todo lo vivo, ligada a este planeta (al margen de toda mi admiración por la genialidad humana, la idea de colonizar el universo que nos rodea no pasa de ser pura fantasía). La gente no acaba de ver que si quiere seguir viviendo al menos mil años (insisto en la imposibilidad de imaginar miles de millones de años enteros) como especie que se autodenomina sabia, tiene que cambiar de forma sustancial su comportamiento, limitar sus pretensiones, establecer un sistema de valores que no ponga en primer lugar el bienestar material, el éxito y la riqueza, sino el respeto a la vida, la mesura y la humildad, un sistema de valores que no solo piense en el presente, sino también en el futuro del género humano. Si la humanidad no lo consigue acabará sucumbiendo a la ruina de su existencia, una existencia que no conduce a ninguna parte.
Desde la infancia me han fascinado los carteles —en el fondo filosóficos— de los postes de alta tensión: «¡Peligro! ¡No toquen los cables, ni siquiera los que han caído al suelo!».
Necesitaríamos, por lo menos, un poste visible desde todas partes con un cartel que rezase: «¡Peligro! ¡No muevan el mundo si no conocen el punto de apoyo!».
Escrito para Nexus, Holanda, 2005