El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 16 de 29

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El espíritu de Praga

Comienzo y Fin del Autoritarismo

 

Mientras tenían lugar los revolucionarios acontecimientos que en noviembre del año pasado condujeron a la renovación del sistema democrático en Checoslovaquia, me di cuenta de la semejanza, que rozaba lo increíble, que estos guardaban con el golpe de Estado que en 1948 llevó a la instauración de un régimen totalitario comunista. En ninguno de los dos casos se produjeron enfrentamientos sangrientos, el destino del país se decidió en las plazas de la capital; en los mismos lugares en los que las manifestaciones multitudinarias exigían en 1948 acabar con la democracia, cuarenta años más tarde se exigía acabar con el totalitarismo. En ambos casos, uno de los hechos clave del cambio de sistema fue la actuación de los trabajadores de los medios de comunicación. En 1948, después de que ocho cajistas se negasen a imprimir la prensa democrática, los comunistas ocuparon la radio (por aquel entonces todavía no existía la televisión), convirtiéndose así en los únicos capaces de influir en la opinión pública en momentos decisivos. En 1989, el punto de inflexión de los acontecimientos se produjo cuando los trabajadores de la televisión anunciaron que dejarían de emitir si no se les permitía que informasen de manera veraz a la sociedad sobre el transcurso de los acontecimientos. Incluso los cajistas del diario comunista amenazaron con declararse en huelga si no podían escribir la verdad sobre lo que estaba sucediendo. En ambos casos, los gobiernos en cuestión se derrumbaron —⁠en el sentido más literal de la palabra⁠— en unos pocos días. Esta comparación pone de manifiesto un hecho importante: los regímenes totalitarios han perdido todo su atractivo para los ciudadanos; estos los desechan con igual o incluso mayor entusiasmo que con el que, en su momento, los instauraron. El fin de los regímenes totalitarios de izquierdas y de derechas que hemos presenciado, sobre todo en las últimas décadas, nos pueden conducir a la errónea y optimista conclusión de que el totalitarismo es algo ajeno a la propia esencia del comportamiento y el pensamiento humanos, así como que los regímenes totalitarios surgieron únicamente por un descuido de la historia. En realidad, mucha gente de manera inconsciente ansia el orden y un gobierno de mano dura; desean ante todo que la opinión, postura o tendencia que ellos adoptaron también sea adoptada por los demás. Recuerdo el entusiasmo con el cual hace cuarenta años se instauró un sistema totalitario en mi país y también las fervorosas ovaciones que acompañaron a la ascensión de Hitler al poder. La primera mitad de nuestro siglo demuestra que los sistemas totalitarios atrajeron a capas enteras de la sociedad, a naciones enteras. Conseguían su popularidad no solo por medio de la combinación de visiones utópicas y promesas demagógicas, sino también porque satisfacían las ideas que el ciudadano medio tenía sobre el orden y la organización justa de la sociedad. A personas atrapadas en una vida cotidiana y gris les ofrecían un gran ideal, así como la figura de un líder carismático que los aliviaría de la carga de tener que tomar decisiones, de las responsabilidades y los riesgos, y que además los conduciría a un objetivo que daría sentido a sus vidas. En un primer momento, muchos aspectos de un sistema totalitario resultan deslumbrantes: su resolución, la claridad de su programa y la eficiencia con la cual resuelve problemas que la democracia —⁠ya por su propia naturaleza⁠— no está en condiciones de resolver. Así, el sistema totalitario prohíbe aquello que desagrada al ciudadano medio y ordena aquello que le resulta formidable. El régimen reparte lo que confiscó o robó durante su emergencia, atemoriza, encierra o mata a aquellos que se muestran en desacuerdo con él, y de ese modo crea una apariencia de unidad, la cual en los primeros momentos llega a tener un efecto casi mágico. Este efecto mágico se ve afianzado a través de magníficas y fastuosas celebraciones, manifestaciones y desfiles. En sus inicios, el régimen totalitario parece fuerte precisamente por el apoyo de las masas del que goza y por la cohesión que muestra hacia el exterior.

¿Qué ha ocurrido entonces durante la vida de una o dos generaciones para que ese régimen se desplomase? ¿Qué ha hecho que los hijos y nietos de quienes abandonaron con tanta pompa y entusiasmo la antigua democracia ahora ansíen volver a ella?

Un régimen totalitario debe esforzarse sin descanso en mantener la unidad, al fin y al cabo en ella radica su propia esencia; tanto en el plano ideológico como en el social esta unidad está simbolizada por el líder: el fundador, el descubridor, el unificador. Este encarna no solo el ideal totalitario, sino también el movimiento que impuso el ideal y el que le dio vida. En la primera fase, gracias a la personalidad del líder y de su séquito (de hecho, son estos quienes fueron capaces de cautivar a los ciudadanos y —⁠con seguridad y gran determinación⁠— llevan a cabo su idea de orden social), el sistema totalitario se presenta como un sistema dinámico, como un sistema revolucionario que cambia el orden imperante, las leyes, las costumbres y las tradiciones. Sin embargo, el propio principio del totalitarismo presupone que todos se someterán, que todos se unirán en nombre del pensamiento, del líder, del centro de poder. Por tanto, todo sistema totalitario tiene como objetivo, por un lado, la liquidación de la personalidad (a excepción de la del líder, esté esta encarnada en un único ser humano o en un grupo) y, por otro, el ensalzamiento de la impersonalidad, de gente que, por muy aplicada, entregada y exhaustiva que sea, reprimirán conscientemente dentro de ellos todo germen de individualidad y cualquier género de iniciativa. Lo que en un principio se presentó como un sistema dinámico se hace pesado y pierde movilidad. Un sistema totalitario eleva a una persona o un grupo a expensas de todos los demás, de modo que esta orientación ineludiblemente acaba en discrepancia no solo con las necesidades de muchos individuos, sino también con las necesidades de toda la comunidad. En la sociedad moderna en particular, ni siquiera el individuo más genial ni el centro de poder mejor organizado puede garantizar que no surjan y se acumulen problemas irresolubles. Tras el aparente apogeo inicial, toda sociedad totalitaria entra en un período de crisis que afecta a casi todos los ámbitos de la vida. Donde primero se refleja es en el plano intelectual; el poder totalitario no admite opiniones que difieran y por lo tanto tampoco da cabida a la discusión, ni tan solo a una conversación con sentido, con lo cual en el fondo termina imposibilitando la actividad intelectual. Todo individuo, independientemente de su carácter, tiene que adaptarse al modelo oficialmente adoptado, el desarrollo de la personalidad se ve frenado y el espacio en el que se mueve el espíritu humano se estrecha cada vez más. Aumenta el número de los que se oponen a esta situación, protestan, exigen cambios. El sistema totalitario solo conoce una respuesta: contra el que está descontento aplica la fuerza. Por eso los estados totalitarios no pueden subsistir sin policía política, tribunales subyugados, sentencias ilegales, campos de concentración, numerosas prisiones en las que la persona se transforma en un esclavo ni ejecuciones que a menudo con torpeza disfrazan de asesinatos. Si bien en un principio tales acciones pueden horrorizar a muchos, al final se convencen de la eficiencia de los métodos empleados. De hecho, cuando se encuentra en su momento de esplendor, el sistema totalitario destaca por la cantidad de sumisos sirvientes complacientes con todo que parecen proliferar en toda la sociedad. No obstante, difieren de los entusiastas partidarios iniciales en cuanto a la razón por la cual sirven al régimen: esa razón ya no es el entusiasmo, sino el miedo. Sin embargo, una persona cuyas acciones están motivadas por un miedo continuo transforma su aspecto humano, pierde las cualidades sobre las que creció toda nuestra cultura. Pierde la creatividad, pierde la perspectiva, su comportamiento se puede comparar al del habitante de una ciudad que lleva mucho tiempo sitiada. Su única ansia es poder sobrevivir de algún modo. En el momento en el que esa cantidad de ciudadanos en apariencia leales al régimen, de sirvientes obedientes pero sin creatividad alguna, alcanzan su cénit, cuando los resultados de las elecciones muestran un noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento a favor del régimen, paradójicamente empieza el ocaso del mismo. Su inmovilidad hace que la crisis se extienda del ámbito intelectual y espiritual a todos los demás ámbitos de la vida, afectando a la economía, las relaciones humanas, la moralidad y, al final, incluso a la contaminación del agua y el aire, que no son responsabilidad de nadie. El poder totalitario en general niega obstinadamente la crisis, aunque al mismo tiempo, igual que hace con todo, se aprovecha de ella para su propio beneficio. Y entonces comienza a transformar en privilegios todo aquello que, hasta poco tiempo antes, era una incuestionable necesidad humana, pero que gracias al totalitarismo se ha convertido en una exquisitez: acaba siendo un privilegio el derecho a la vivienda, así como el derecho a comida no contaminada, a la asistencia sanitaria, a la información no censurada, a viajar, a la educación, a los medicamentos, al calor, a las frutas del sur y, al final, incluso a la vida misma. Dado que el régimen totalitario transforma todo en un privilegio y que todo lo que se construye o se crea, aun a pesar de la actividad de este, lo presenta como mérito propio, elimina en la gente la conciencia social, trata de convertirles en simples instrumentos para conseguir sus propios fines. En función de lo profunda que sea la crisis y de lo avanzada que esté la degeneración de la sociedad, así de amplia será la capa de aquellos que gocen de los privilegios. Los privilegiados entonces son situados fuera de toda crítica y por encima de la ley, pueden hacer lo que los demás no pueden, incluso cometer crímenes, siempre y cuando esos crímenes no causen demasiado revuelo. La casta de los privilegiados rápidamente se desmoraliza y se transforma en una capa de sirvientes corruptos, arrogantes e incompetentes. Sin embargo, puesto que el régimen les otorga el poder y les encomienda la mayoría de las funciones y cargos de importancia, son ellos y no otros los que más contribuyen a que la crisis social se agudice todavía más y a que el régimen totalitario ponga de manifiesto su incapacidad de una forma cada vez más patente.

A esta capa de privilegiados la caracteriza en general el ya no ser capaz de encontrar entre sus filas ninguna personalidad destacada, y mucho menos carismática. En caso de que el régimen totalitario sobreviva a la muerte del líder o de la generación de líderes originales, el gobierno pasa a manos de una serie de entidades impersonales que sin demora conducen a la sociedad a una profunda decadencia. Prácticamente en todos los países de Europa Central y del Este hemos sido testigos del mismo fenómeno. Países como Checoslovaquia, Bulgaria o la RDA —⁠y de la Unión Soviética de Brezhnev ya ni hablar⁠— fueron gobernados por líderes tan mediocres que no solo fueron incapaces de hacer algo para salvar el sistema al que se lo debían todo, sino que ni tan siquiera fueron capaces de dirigirse a las sociedades que gobernaban. Cuando en enero de 1989 se produjeron en Checoslovaquia repetidas manifestaciones protagonizadas por jóvenes, el partido en el poder no tenía entre sus filas a una sola persona que fuese capaz de hablarles a los manifestantes, hablarle a un pueblo que estaba descontento, y por lo tanto de responder a la sociedad con otros medios que no fuese la brutalidad de la fuerza. El sistema totalitario llega al poder prometiendo que mejorará la organización de la sociedad y, por supuesto, también el nivel de vida de la mayoría de los ciudadanos, y en el momento en el que pierde el poder lo hace destruyendo la organización de la sociedad: al hacerlo empeora el nivel de vida de la mayoría de los ciudadanos. El fin de los regímenes totalitarios —⁠tanto sean de derechas como de izquierdas⁠— se produce de diferentes maneras, en algunas ocasiones con derramamientos de sangre, en otras sorprendentemente rápido y sin derramamiento de sangre alguno. A veces son derrocados por levantamientos populares y otras son el resultado de los esfuerzos reformistas de un grupo constituido en el seno del sistema totalitario en un panorama en el que ya es evidente que este ha agotado todas las posibilidades de mantener el funcionamiento más elemental de la sociedad con los medios empleados hasta entonces. La experiencia de nuestro siglo nos permite afirmar que no existe sistema totalitario alguno que demuestre la posibilidad de subsistir y que, en comparación con las sociedades democráticas, no cause a sus ciudadanos una gran cantidad de sufrimiento físico y psíquico. Los sistemas totalitarios, al haber hecho posible gobiernos ilimitados e inamovibles por parte de individuos a menudo trastornados moral o psíquicamente, amenazaron no solo a aquellos que gobernaron, sino a toda la humanidad. Por otro lado, no deberíamos olvidarnos de que, hasta un pasado reciente, los sistemas totalitarios han representado para amplios sectores de la sociedad una opción plena de sentido y que, además, cuando las lúgubres experiencias de hoy hayan sido medio olvidadas, estas, adoptando una forma con ligeras alteraciones, pueden volver a ofrecerle a la gente una opción peligrosamente atractiva.