El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 20 de 29

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El espíritu de Praga

¿Y el futuro?

Tras veinte años de existencia, la primera etapa de la historia de Checoslovaquia tuvo un trágico final: la proclamación de un Estado independiente eslovaco (si bien con el territorio mermado en favor de Hungría) bajo la tutela de Hitler, acto que los checos —⁠con razón⁠— percibieron como una traicionera puñalada por la espalda en los momentos más difíciles. Por otra parte, el resto de la república fue ocupado por las tropas alemanas. Acabada la guerra, se reinstauró la independencia de la república, pero las relaciones entre checos y eslovacos no acabaron de resolverse del todo, como tampoco podrían hacerlo en los cuarenta años siguientes, pues tres años después la república se convirtió en un mero vasallo de la Unión Soviética. Tras el breve período liberal de la Primavera de Praga, cuyo único logro incuestionable fue la proclamación de la Federación Checoslovaca (llevada a cabo, por supuesto, bajo la dominación soviética), siguieron veinte años de ocupación soviética. La Unión Soviética entonces utilizó con deliberación las fracciones eslovacas del partido comunista para reprimir a los insurgentes checos. Fueron precisamente esas fracciones eslovacas —⁠guiadas por Gustáv Husák y Vasil Bilak⁠— las que al mismo tiempo garantizaron el traslado de recursos materiales de tierras checas a Eslovaquia, proporcionándole a esta una relativa prosperidad.

Así pues, se puede decir que la convivencia entre checos y eslovacos — ⁠en parte también debido a circunstancias internas⁠— dio pocos momentos felices.

¿Y el futuro?

A pesar de todo lo negativo que se ha dicho, la división de Checoslovaquia tiene en sí misma poco de racional. Durante los setenta años de vida en común se logró superar muchas de las diferencias iniciales, y las nuevas condiciones democráticas —⁠por primera vez en la historia moderna⁠— ofrecían a los eslovacos una autonomía real en el seno de la confederación. Además, también parece ir en contra de toda lógica que quien se haya empeñado en conseguir la separación sea precisamente el más débil de los dos socios —⁠Eslovaquia⁠—, que con su situación geográfica se arriesga a que el resto de Europa la incluya sin demora más bien en los Balcanes que en Centroeuropa. Basta con que reflexione un poco sobre sus posibilidades reales en el futuro para que empiece a temer por la seguridad de sus fronteras; además, en estos momentos registra una tasa de desempleo tres veces mayor a la de las tierras checas. Sin embargo, el nacionalismo en pocas ocasiones es racional, a menudo ve el deseo como realidad y exagera tanto las propias posibilidades como el efecto negativo del presunto rival y malhechor. En estos momentos está claro que la separación ya es irreversible, lo cual seguramente también se debe al hecho de que, mientras que en las tierras checas las elecciones las ganaron las fuerzas democráticas y de derechas, en Eslovaquia ganó una coalición de nacionalistas y separatistas de orientación izquierdista. El comportamiento de estos tras las elecciones infunde en los demócratas eslovacos funestas ideas sobre el futuro de la democracia y de las reformas económicas en una Eslovaquia independiente.

Así pues, son diferentes los motivos por los cuales la parte checa y la eslovaca están interesadas en una rápida separación (la parte checa teme por el destino de sus reformas económicas, que podrían verse frustradas por las tendencias socializantes de la parte eslovaca, al tiempo que los separatistas eslovacos se apresuran a materializar su visión de una Eslovaquia independiente, en un momento en el que una ola de nacionalismos sigue sacudiendo esta facción de Europa). Aun así, ambas partes, aunque tienen que superar continuamente una desconfianza mutua y rebatir reproches a menudo infundados, siguen intentando una separación civilizada y propia de un país con cultura. Un análisis racional de la situación sugiere que cualquier exceso de tipo yugoslavo significaría el fin de los sueños de regresar a Europa. Aunque he dicho que en estas situaciones no se acostumbra a escuchar de buen grado los consejos de la razón, otro factor que habla a favor de una separación pacífica es el hecho de que checos y eslovacos nunca se han enfrentado entre sí y que —⁠esto es válido sobre todo en el caso de los checos⁠— resolver problemas recurriendo a las armas no forma parte de las costumbres locales.

Escrito para Svenska Dagbladet, octubre de 1992.