El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 22 de 29

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El espíritu de Praga

Sobre la Literatura de la Fe Secular

 

Desde que tomó conciencia de su propio ser, el hombre ha tenido conocimiento de la muerte. El hombre llega y se va, mientras que el mundo, la vida y el tiempo permanecen. En la historia de la cultura, podemos observar cómo la gente ha aceptado la inevitable paradoja de la vida y la cuestión —⁠dada la paradoja⁠— del significado de la vida humana.

Por mucho que las culturas oriental y occidental difieran en sus ideas de Dios y en la significación que conceden a las acciones humanas, tenemos la sensación de que al principio debieron de formularse una pregunta similar: ¿cómo podemos emplear mejor el tiempo que se nos ha asignado? ¿Cómo podemos aceptar nuestra propia mortalidad? ¿Cómo podemos trascenderla? Cara a cara con la naturaleza, donde constantemente todo nace y todo muere, el hombre anhela encontrar algo duradero, algo que desafíe la extinción, algo o alguien con quien poder relacionarse, en quien poder encontrar la seguridad de algún tipo de permanencia.

Cuanto más separado estaba el hombre de la naturaleza y más empezó a diferir de otras criaturas mortales, más conciencia tomó de que aquel que está por encima del mundo de los vivos le había concedido una gracia especial. El hombre fue elegido, creado a Su imagen. Sin embargo, ¿cómo puede ser que alguien que ha mostrado al hombre tanta benevolencia al mismo tiempo lo haya repudiado tanto como para haberlo hecho igual que otras criaturas y no haberle concedido más que una pequeña isla en el mar del tiempo? El hombre intuía que al menos un pequeño reflejo de la grandeza e inmortalidad divinas había arraigado en él. Intuía que tenía un alma y que esta alma no sucumbía a la muerte junto con el cuerpo. Era inmortal o, al menos, intentaba alcanzar las alturas en las que volvería a reunirse con Dios, de quien había emanado.

Pero esta esperanza tampoco era del todo satisfactoria y, finalmente, aceptó la noticia más reconfortante de todas: que el Hijo de Dios había conquistado la muerte mediante Su sacrificio en la cruz. Hoy en día los cristianos todavía rezan el credo: creo en la resurrección de la carne. Aunque los discípulos de Jesús no hubieran prometido más que esto, todavía encontrarían masas de partidarios, gente dispuesta a vivir y morir por el nuevo credo.

Sin embargo, a pesar del consuelo que proporcionaba el evangelio del triunfo de la vida sobre la muerte, seguía existiendo la deprimente separación del mundo de los muertos y de los vivos, del Cielo y la Tierra, del pueblo y Dios. No recibimos palabra alguna del otro lado. La razón se interroga sobre la lógica de esta separación y empieza a dudar, pero produce una respuesta: ¡si no deseas morir, cree! La fe te salvará. Solo mediante la fe puede liberarse el hombre del reino de la no existencia.

El hombre se distingue de otros seres vivos por la conciencia de sí mismo, por la razón, por su capacidad de hacer preguntas y de establecer relaciones entre las cosas, las causas, las leyes de la naturaleza. En materia de fe, sin embargo, entra en un reino en el que debe recordarse a sí mismo que no hay que hacer preguntas, solo creer, por miedo a morir. Cuanto más nos revela la razón los misterios del mundo material, más se profundiza y fortalece el realismo de la razón y la fe.

No me siento competente para hablar de la esencia del debate que la razón y la fe han mantenido desde tiempos inmemoriales, pero creo que puedo decir con seguridad que, en los dos últimos siglos, ha aumentado la cantidad de personas que encuentran inaceptables ciertos aspectos del dogma de la Iglesia. Los que fueron educados en un ambiente de racionalismo —⁠los niños de la era técnica o atómica⁠— tienden a rechazar el viejo credo sobre la resurrección de la carne al final del tiempo. Incluso los que ansían creer no consiguen hacerlo con la misma intensidad que sus antepasados; en lugar de una fe reconfortante, experimentan el temor de la nada. Hace un siglo y medio, el poeta Karen Hynek Macha expresó con brillantez las emociones de alguien que se enfrenta a un universo sin Dios:

Una estrella se sumergía desde lo alto del cielo, una estrella muerta, una luz azul oscuro. Cae en un reino sin fin, cae eternamente en la existencia eterna. Resuena su llanto desde la tumba, un aullido terrible, un gemido temible. «¿Cuándo llegará el fin de mi existencia?». Nunca, en ningún lugar, no hay objetivo.

Pero ¿puede el hombre vivir con el miedo a la nada? Al fin y al cabo, tiene que encontrar algún sentido a sus acciones, un propósito para su vida, aunque se niegue a buscarlo donde sus antepasados lo encontraron durante siglos. Ahora el tiempo favorece a los profetas de las nuevas religiones. Las multitudes los escuchan y los siguen. Persiste el ansia de creer en el significado y la salvación; solo cambia la dirección y el objeto del culto. La fe desciende del Cielo a la Tierra, de la vida después de la muerte a la vida en este mundo, donde el hombre (no Dios) es adorado. Cada vez más, solo es adorado el hombre como símbolo, encarnado en la figura del gran líder.

También el escritor, en los tiempos modernos, a menudo está poco dispuesto a aceptar una fe que procuró la salvación a sus predecesores. Sin embargo, aunque puede repetir siempre que quiera: «Exegi monumentum aere perennius». [He erigido un monumento más duradero que el bronce], no puede obviar la paradoja básica de su propia existencia y no existencia. ¿Y qué esperanza puede ofrecer a la gente?

Al mismo tiempo, muchos escritores se sienten profetas de nuestros días. Ansían tener el sentido de urgencia y de drama del profeta, e intentan, como hacían los profetas, advertir y apuntar hacia el camino más alto. Pero aquel que envió a los profetas en primer lugar ha desaparecido.

El siglo XIX desencadenó una poderosa oleada de literatura profética. Escritores como Dickens, Zola y Hugo veían el mundo de una manera similar. La sociedad humana es injusta, el mundo es en general un lugar sombrío y los autores están más interesados en las zonas donde se representan dramas sociales —⁠o, más exactamente, tragedias⁠— en los que domina o bien la pobreza o bien el sufrimiento producido por la desigualdad social o el poder cínico y corrupto del dinero. Esta ira profética sobre la miseria de los asuntos humanos tiene defensores literarios aún hoy en día, pero siempre se ha echado algo de menos: una roca desde la que el profeta pudiera hablar. Porque ¿en nombre de quién predicaba, en realidad? ¿Y qué predicaba? ¿Qué ofrecía? Sabía que la pobreza era terrible, y afirmaba que la riqueza maleaba a la gente, pero la vida de una persona que no reconoce un poder superior solo puede oscilar entre las dos alternativas.

El público —una palabra adecuada para describirlo, creo⁠— a quien se dirigen estos profetas seculares estaba preparado para oír un mensaje liberador. ¿Podían ignorarlo totalmente? Todo estaba maduro para la aceptación de cualquier doctrina que ofreciese la salvación. Había empezado la era de las grandes ideologías.

Todas las ideologías que tuvieron una influencia tan fatal en los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX nacieron en pleno siglo XIX. Fue solo la necesidad general, el hambre creciente de una doctrina redentora, lo que les dio un aire de universalidad e hizo que parecieran más importantes incluso que las vidas humanas. La que tuvo una mayor repercusión en el destino de la humanidad fue la teoría del socialismo científico de Marx, un orden social justo que la clase trabajadora crearía después de una revolución victoriosa.

En la nueva sociedad posrevolucionaria, el hombre ya no explotaría al hombre. La tecnología, que serviría al bienestar humano, eliminaría la necesidad del trabajo pesado. La riqueza de la sociedad se distribuiría según el mérito y los rendimientos de capital desaparecerían junto con la pobreza de los trabajadores. Poco a poco, a medida que aumentara la riqueza social, todo el mundo sería recompensado según sus necesidades. En última instancia, el Estado, el dinero y la propiedad privada desaparecerían; la alienación del hombre de su trabajo y de sí mismo dejaría de existir. El Paraíso descendería a la Tierra.

Por fin, todos los que anhelaban ser profetas tenían una palabra que les serviría, como a sus predecesores, para hechizar a las masas: ¡socialismo!

Los autores que aceptaron la nueva doctrina llevaron nuevos temas y escenarios a la literatura, y un personaje no tradicional: una figura segura de sí misma y decidida, con antecedentes (normalmente de clase trabajadora) humildes. (El prototipo de esta literatura se encuentra en la obra de Maxim Gorky, sobre todo en su libro La madre). Los escritores socialistas también señalaban las crueles condiciones en las que vivía un gran número de personas y, en su nombre, profetizaban la destrucción del orden social existente y el advenimiento de un orden nuevo más humano. Porque —⁠¡por fin!⁠— el escritor socialista poseía, o creía poseer, un material a partir del cual podría crear su reino del paraíso, su propio mito de la salvación.

El nuevo mito, extrañamente, conservaba muchos aspectos de la vieja religión. Contaba con un pueblo elegido y una tierra prometida, y con líderes para llevarlo hasta allí. Incluso tenía sus propias deidades menores, sus becerros de oro, sus herejes, que tenían que ser denunciados y destruidos. Sin embargo, como este mito era mundano, como esta literatura, en palabras de Albert Camus, sustituía «objetivos idealistas por objetivos reales y buscaba el sentido de la vida humana en la realización de estos objetivos», contenía un peligro dentro de sí mismo: la fe que requería era incluso más susceptible de abuso que la fe que intentaba suplantar.

El sitio en el que en realidad vivía el hombre siempre se mantuvo alejado del reino del ideal, tanto si este se llamaba Paraíso como reino del Cielo. Este alejamiento, sin embargo, no subvertía el mundo real, el mundo en el que vivía el hombre. En cambio, la visión socialista presuponía que el mundo ideal sería creado en realidad en esta tierra. Se alzaría sobre las ruinas de la vieja sociedad. A diferencia de las sociedades anteriores, que habían evolucionado espontáneamente, esta nueva sociedad sería el resultado de la planificación de los «arquitectos» socialistas, pero en el corazón de la visión revolucionaria de la sociedad ideal yacía oculta la idea de la disyunción, la negación o al menos el desprestigio de los valores, instituciones y experiencias que la humanidad ha dedicado siglos a desarrollar.

También se restableció la vieja idea de un pueblo elegido en la ilusión populista del hombre sencillo que lleva la verdad consigo y es fuente de sabiduría y de moralidad incorrupta, y se transformó en el mito de la misión histórica de la clase trabajadora.

En literatura, toda abstracción de este tipo —⁠una abstracción en la que la verdad y el bien se conocen por adelantado y las cualidades morales del hombre derivan de sus orígenes, ya sea la raza, la nación o la clase⁠— es mortal de necesidad. El futuro próximo nos mostraría la repercusión que tendría en la vida.

Finalmente —con la ayuda de una guerra mundial absurda ⁠— la revolución del proletariado alcanzó la victoria en una sexta parte de la superficie de la Tierra. Nació el primer Estado socialista y se materializó la visión de un número incontable de profetas socialistas.

Así, la antigua pareja de la razón y la fe volvió a estar con nosotros, aunque difería de las formas esenciales de la pareja tradicional. El nuevo objeto de adoración era un resultado de la misma razón que rechazaba la fe, es decir, la fe en alguien que se encuentra por encima del mundo. La razón adoraba su propia creación, su obra más racional, y la ofrecía a la gente como una nueva fuente de esperanza. Desapareció la distancia entre finitud y eternidad, entre lo humano y lo divino, entre el no-ser eterno y la inmortalidad, entre el cuerpo y el alma. La esperanza perdió su dimensión metafísica. Quedó la esperanza en un mundo mejor organizado, pero ¿pueden realmente estar mejor organizados los asuntos humanos cuando desaparece la dimensión metafísica?

Desde el momento en que la palabra se hizo carne, la fe socialista y la literatura socialista adoptaron una nueva dimensión. De pronto, los sueños y las visiones de los profetas y su público empezaron a hacerse realidad, y podían medirse los resultados.

Con la distancia de muchos años, gran parte de lo que aportó o perpetró la revolución se nos aparece de manera diferente que a los contemporáneos. Es indiscutible que cada revolución procura a sus partidarios una satisfacción embriagadora, el sentimiento de que no son juguetes de la historia sino sus creadores, e incluso artífices de su mejora, en nombre de ideales grandes y puros que prometen sacar a la humanidad de la miseria. Los sentimientos de los líderes revolucionarios pueden compararse con los de los apóstoles de la salvación. Dicho con palabras de Malraux: «En la vida de los revolucionarios, la revolución representa el mismo papel que tuvo en otros tiempos la vida eterna. Procura la salvación a los que la hacen».

Se ofrece al escritor, además, la esperanza de que el revolucionario socialista eliminará todas las leyes y convenciones de la sociedad prerrevolucionaria que lo atan, y la esperanza de entrar en un imperio de libertad ilimitada. También cree que la sociedad le prestará más atención porque, según la teoría, la revolución proporcionará oportunidades sin precedentes a la cultura y, por tanto, a la literatura. Dejará de ser un asunto de interés marginal, solo para unos cuantos, para pertenecer a todo el pueblo, para ser necesaria para todo el pueblo. En el socialismo, al fin y al cabo, según la delirante visión de Trotsky: «El hombre medio puede convertirse en un Aristóteles, un Goethe, un Marx».

¿Es extraño que muchos escritores creyeran que el destino los había hecho partícipes de los acontecimientos más revolucionarios de la historia moderna? Este sentimiento se reflejaba en las primeras obras de la literatura socialista, y sería injusto restarles importancia. Mayakovsky, Bábel, John Reed o Mijaíl Sholokhov, autor de El Don apacible, sin duda produjeron testimonios de sus propios sentimientos y de los que hicieron la revolución.

Pero llegó el momento en que los individuos que dirigían la revolución y alimentaban a las multitudes con promesas tuvieron que rendir cuentas de su actividad y, cuando lo hicieron, descubrieron que tenían poco que mostrar. Solo podían animar al pueblo a ser paciente, a mantener la fe con firmeza… y excomulgar a quienes se negaban a someterse.

A pesar de todo, las tentaciones de la Gran Esperanza Salvadora siguieron existiendo. La revolución, al fin y al cabo, intentaba satisfacer su fe sitiada. Unas ideas tan magníficas requerían más tiempo. La mayoría de los escritores que encontraban en la revolución socialista la expresión de sus ideales, sus esperanzas y las de todo el pueblo, no abandonaron las filas de los profetas fieles. Entre ellos, encontramos a artistas reconocidos como Barbusse, Brecht, Rolland, Laxness o Nexo. No veían nada… pero creían. Y no querían que otros lo vieran por su cuenta, solo querían que todo el mundo compartiera su fe. En la tierra donde mañana significa ayer fue el título que puso un autor checo a una antología de informes halagadores sobre la Unión Soviética. El profeta fiel suelta con gran entusiasmo eslóganes sobre la nueva justicia, habla con éxtasis de las nuevas fábricas de tractores, de las relaciones de camaradería. Se encuentra en una tierra donde los sueños se están transformando en realidades, pero de los cientos de miles de personas inocentes que fueron enviadas a los campos de concentración de Siberia, no sabe nada. El autor ruso Maxim Gorky llegó incluso más lejos. Los oficiales le invitaron a inspeccionar un campo de concentración en las islas Solovetsky. Él aceptó, y escribió un esbozo entusiasta de su visita. A sus ojos, el campo de concentración se convierte en una institución reeducativa en la que se emplean «métodos de trabajo educativos en condiciones de la mayor libertad». No tiene parecido alguno con una cárcel. Es un lugar en el que el pueblo se educa a sí mismo y aprende a vivir de manera civilizada, representa obras de teatro, cría martas cibelinas, zorros, vacas y cerdos. «Por primera vez, vi establos de caballos y vacas en un estado tal de limpieza que el fuerte hedor que suele emanar de esos lugares era inexistente». Por otro lado, descubre con pesar que hay presos políticos entre los internos, «contrarrevolucionarios del tipo emocional, monárquicos, aquellos que antes de la revolución se llamaban los Cientos Negros. Son exponentes del terrorismo, espías económicos y todas las malas hierbas que la justa mano de la historia ha arrancado del campo».

También le conmovió la belleza del lugar. «El lirismo rudo de estas islas, sin provocar una simpatía estéril por sus habitantes, despierta un anhelo casi tortuoso de trabajar con más rapidez y más fervientemente para la creación de una nueva realidad…». Porque la nueva realidad, como sabe todo profeta fiel a su fe, ya no necesitará cárceles, ni siquiera esos maravillosos campos libres de reeducación. «En la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se reconoce que el crimen es un producto de la sociedad de clases, que el crimen es una enfermedad social que se encona en el suelo podrido de la propiedad privada y que será eliminado si eliminamos las condiciones que crearon la enfermedad en un principio: las bases económicas antiguas y podridas de la sociedad de clases…».

Según contó más tarde Alexander Solzhenitsyn, un preso de catorce años le contó a Gorky, durante su visita, los horrores de la vida en el campo. «Gorky salió de los barracones y se echó a llorar. […] En cuanto el vapor hubo zarpado, mataron al chico de un tiro». Si realmente tuvo lugar este encuentro, el profeta guardó silencio. Después de todo, no podía estropear su profético retrato del paraíso, pero su comportamiento se convirtió en el modelo de cómo había que escribir sobre la realidad socialista. Demostró cómo tenía que mirar el escritor socialista la vida que se le muestra, o más exactamente, que tenía que mirar exclusivamente la vida que se le mostraba, y verla solo de la manera en que se le mostraba.

Debemos perfeccionar la descripción de la literatura socialista de Camus: la literatura socialista busca el sentido de la vida en cómo el hombre satisface los objetivos de la fuerza política dominante en el país de la revolución y en cómo su actividad y sus actitudes ayudan a esta autoridad a reforzar su poder.

No fueron solo escritores de la tierra de la revolución los que contribuyeron a ello: también participaron en esta actividad propagandística los escritores del extranjero. Se pedía al escritor que aceptara que el objetivo de la autoridad existente en la tierra de la revolución era construir lo más rápidamente posible primero una sociedad socialista y después una comunista, que avanzaría hacia la realización de todas sus ideas originales. Es decir, al final, todo el mundo alcanzaría la libertad y el bienestar material. Pero —⁠seguía esta argumentación⁠— esta autoridad había encontrado una resistencia feroz tanto internacionalmente como en sus propios reaccionarios nacionales y, por tanto, tenía que tomar medidas extraordinarias. No obstante, estas medidas no eran típicas del socialismo y, por tanto, no había que prestarles atención. Nos veíamos obligados a adoptarlas por circunstancias externas y desaparecerían cuando dichas circunstancias dejaran de existir. Al contrario, era aconsejable apelar al poder creativo del pueblo, a su entusiasmo, a su éxito en la construcción del socialismo. Cuanto más se somete el pueblo al yugo de la violencia, más se espera que lo celebren los profetas.

Los principales héroes de nuestra literatura son los que construyen una nueva vida, los trabajadores, los campesinos colectivos, hombres y mujeres, miembros del partido, expertos económicos, ingenieros, miembros del Komsomol, los Jóvenes Pioneros. Nuestra literatura vibra de entusiasmo y heroísmo. […] Es esencialmente optimista, porque es literatura de la clase que está en alza: el proletariado, la clase progresiva y pionera. […] La literatura soviética ha de ser capaz de presentar a nuestros héroes y mirar hacia nuestro mañana. Eso no será una utopía, porque nuestro futuro se ha dispuesto de manera planeada, mediante el trabajo político correcto.

Con estas palabras se dirigió A. A. Zhdanov al primer Congreso de Escritores de la Unión en 1934. Y, en la misma conferencia, Gorky formuló una ley incontrovertible:

La literatura genuina, la verdad genuina, ha de encontrarse en los héroes del pueblo, en esos héroes ancianos y eternos de la clase trabajadora como Prometeo, Svayatagor, Ivanushka, Petrushka y, finalmente, Lenin.

Este desafío se lanzó en una época en que los ojos de los profetas, en lugar de mirar a través de las puertas del paraíso, solían mirar a través de las puertas de la cárcel, donde era difícil que no oyeran los gritos de los inocentes. Porque así es como era: los presos desesperados y torturados confesaban crímenes increíbles, la hambruna asolaba el territorio considerado hasta poco antes el granero de Europa, personas —⁠conocidos y desconocidos, creyentes y no creyentes, revolucionarios y sus oponentes⁠— que desaparecían de su casa y podían no aparecer nunca más. Había montones de cadáveres; se publicaban libros sobre ello en el extranjero; había bastantes testigos dispuestos a testificar. Sin embargo, los que hasta hacía poco habían sentido aversión por todo acto fuera de la ley, que pedían ayuda en nombre de los que sufrían, de pronto desconocían por entero todo eso.

Naturalmente, cuando el conflicto entre el ideal y la realidad aumenta, aparecen herejes y críticos capaces de atraer a muchos seguidores. La fe debe ser defendida con constancia y rudeza contra ellos, como corresponde a la única verdad de base científica sobre la sociedad.

En 1936, tras volver de la tierra de la revolución, uno de los profetas más nuevos, André Gide, publicó un libro de reportaje titulado Retour de l’URSS, en el que admitía decepciones y dudas. El libro ofendió a los verdaderos creyentes. En Checoslovaquia, también, S. K. Neumann, un poeta no del todo insignificante, escribió un libro en respuesta llamado Anti-Gide, en el que acumulaba insultos e improperios contra el escritor francés. Con este libro creó un catecismo que resumía el dogma de la fe socialista. Es interesante comparar la confesión de fe de Neumann con las visiones utópicas anteriores. El inmenso abismo se hace evidente en el lenguaje que utiliza: el pathos es sustituido por el paroxismo, las visiones del futuro dejan paso a las mentiras sobre el presente y las airadas diatribas, contra oponentes y reincidentes, contra cristianos, demócratas, trotskistas, revisionistas, intelectuales, miembros de la intelligentsia, la pequeña burguesía, liberales, individualistas, surrealistas, decadentes y sanguijuelas, ahogan todo el resto del mensaje positivo. Queda una esperanza inamovible: «La Unión Soviética es la única seguridad en el mundo de hoy».

La revolución atrajo a grandes espíritus para su causa con la promesa de la liberación del hombre. Ahora, de pronto, el supuesto defensor de su legado declara una idea de libertad socialista que tiene más en común con las órdenes vigentes en un barracón militar o en una cárcel que con las visiones recientes.

El socialismo no puede permitir que nadie diga todo lo que se le ocurre. No puede permitir que cualquiera cree un partido y una organización alrededor de cualquier cosa. El socialismo es un plan y un orden que debe ser observado por todo el mundo. El socialismo no es libre competencia […], no puede apoyar el individualismo en la producción ni ninguno de los elementos de la superestructura. El socialismo reconoce solo la personalidad que entiende el significado y la necesidad de que todo el mundo se adhiera al plan, y que se adhiera a él realmente. El socialismo rechaza los actos individualistas y arbitrarios; necesita individuos disciplinados e individualidades disciplinadas. El socialismo no es libertad burguesa, el socialismo no es liberalismo, el socialismo es disciplina.

El autor de estas líneas había empezado su carrera como poeta decadente y anarquista y fue el primero en publicar, en su propia revista, en checo, al todavía desconocido Franz Kafka. Sin embargo, incluso con mayor determinación y pasión, en aquel momento maldecía a los intelectuales decadentes y defendía el derecho del poder socialista a tratar sin piedad a la «intelligentsia» que las mismas autoridades o sus fieles profetas señalan como enemiga del pueblo. «¿Quién no se siente libre en la Unión Soviética?», pregunta. Y aunque no ha pasado ni un minuto allí, contesta como si viviera en el país:

Las ruinas lamentables de sanguijuelas, esponjas y parásitos. ¡Que el diablo se los lleve! Ahora tenemos pruebas de que las cosas funcionan mil veces mejor sin ellos. Teóricos quisquillosos, románticos revolucionarios, aquellos que, en su vanidad y odio, son incapaces de reconocer los logros. ¡Que el diablo se los lleve! Poetas y artistas decadentes. ¡Que el diablo se los lleve! […] Diez «intelectuales» de esos no valen la vida de un solo trabajador honrado, que podría morir por sus actos de sabotaje…

¿Puede haber una prueba más clara de las profundidades a las que eran llevados los profetas por la ceguera de su fe secular? ¿De cómo la literatura, que aún aspiraba a servir los intereses más nobles del hombre, la justicia y un mejor orden social, puede transformarse en la defensa de la esclavitud y el asesinato planificado?

Los profetas siempre han tendido a tomar partido en las disputas. Los que se veían como mensajeros del mundo divino podían comparar sus visiones, su sentido de Dios y Su voluntad con las de otros. Los profetas de la fe secular se enfrentaban con la realidad de unas experiencias totalmente mundanas. Cuanto más se alejaban estas experiencias de las nociones ideales y las promesas recientes, más tenían que enmascararlas, disimularlas y embellecerlas. En un principio habían presentado la vida apasionadamente, aunque con cierta ceguera, como una lucha hacia la esperanza, sin pensar en si estaba lejos o era ilusoria; ahora describían las ilusiones y después las presentaban como una vida llena de esperanza.

Con esta aproximación a su obra y a su misión, el arte necesariamente llega a un punto muerto. El artista se convierte en un mero ejecutivo, un popularizador de directrices y resoluciones. Es inapropiado que cuestione la esencia o la corrección de estas resoluciones. Las obras de la verdadera fe fueron escritas sobre esta base antes incluso de la segunda guerra mundial. Ya no estaban inspiradas por la visión original, sino simplemente por una versión utilitaria, dogmática y con vistas al poder. Una imagen en un cartel tiene poco que ver con la vida a la que se refiere o con el estilo artístico empleado, pues ha sido encargada por las autoridades del momento. Este cartel difícilmente dirá nada a nadie, y desde luego no inspirará ni convencerá a nadie.

Incluso en los países donde el poder político ordena, o al menos alienta, esta obra doctrinaria, estas creaciones van desapareciendo gradualmente. Los artistas empiezan exigiendo su derecho básico a escribir sobre la vida tal como la ven, a crear en armonía con su pensamiento y sentimiento propios, aunque eso signifique ser perseguidos, prohibidos o encarcelados. Es en esos países donde más nos costaría encontrar algunos profetas verdaderos de la fe secular. Los viejos profetas han muerto y no han dejado herederos.

La literatura socialista, como la expresión más típica de literatura inspirada por la doctrina (primero insuflando sentido a la vida, pero pronto interponiéndose entre el creador y la vida), pertenece, así, al pasado. Sin embargo, como toda tendencia intelectual (o pseudointelectual), ha dejado atrás rastros de sí misma (o al menos espacios vacíos) en la manera general de pensar.

La repetición constante de la afirmación de que la historia avanza hacia un objetivo secular específico (un orden social superior, mayor abundancia, una mejor organización de los asuntos humanos), y que por tanto la gente tiene el derecho o incluso el deber de utilizar todos los medios posibles para alcanzar este objetivo, ha dejado su señal en la mentalidad general. Hasta el día de hoy, existe la convicción vaga, pero prácticamente inamovible en la mentalidad popular, de que la historia realmente avanza hacia un objetivo secular superior. Es posible que se haya definido mal, que se haya realizado de manera impropia y se le haya puesto un nombre incorrecto, pero sigue ahí. No reconocerlo, no trabajar en pos de ello, es negar el progreso (que, después de todo, existe; ¿no lo demuestra el rápido desarrollo de la ciencia y la tecnología?). Mientras se mantenga esta convicción, se corre el peligro de que surja una nueva visión utópica, una nueva ideología, llena de promesas hueras de llevar a la humanidad hacia el nuevo objetivo, sea cual sea el coste.

Muchos de esos dogmas, predicciones, leyes y profecías del socialismo no sobrevivieron al encuentro con la realidad. Pero el «lenguaje» que dio forma a la fe y entró en la conciencia general a través de las obras de estos profetas demostró tener mucha mayor inmunidad. Este «lenguaje que no solo está muerto sino que es el lenguaje de la propia muerte» (Jiri Grusa) creó por encima de todo un vocabulario especial de palabras tabú o conjunciones mágicas cuyo único propósito era corregir o simplificar la realidad de manera que pudiera ser interpretada con el espíritu de la fe secular.

Pensemos en los cambios que se han producido, solo en el siglo XX, en la comprensión generalizada de conceptos como «individualismo» o «colectivismo». Pensemos en el estigma que acompaña la simple idea de «burgués» «pequeñoburgués», «conservador» o «derechista», o qué aura de santidad ha rodeado a ideas como «progreso», «la izquierda», «el pueblo». (¿Quién se atrevería a oponerse a los intereses del pueblo, o al menos a decir en voz alta simplemente que la mayoría de los grandes crímenes de nuestra época fueron cometidos en nombre de este concepto tan vago?). ¿Y qué ocurre con la palabra revolucionario o incluso la de revolución? Nadezhda Mandelstam recuerda su efecto mágico:

El papel decisivo para conquistar a la intelligentsia no lo desempeñó el terror ni el soborno (¡y Dios sabe que hubo mucho de ambos!) sino la propia palabra «revolución», que nadie quería rechazar. Naciones enteras han sucumbido a esta palabra. Era tan poderosa que uno se pregunta para qué necesitaban nuestros gobernantes las cárceles y las ejecuciones.

Las palabras sustituyeron a las pruebas. A menudo las palabras eran suficientes para presentar como un hecho establecido lo que era solo el deseo o la opinión de los profetas. El filósofo checo Belohradsky lo ha calificado de «lenguaje de la experiencia interrumpida»; señala que cualquiera que intentara someter el lenguaje al control empírico era acusado de subjetivismo o de otros vicios («reaccionarios», naturalmente). Sin embargo, para que la lengua recuperara su significado, las palabras tendrían que ser desencantadas, desposeídas de su servidumbre a la fe secular y a sus ídolos, purgadas del lastre emocional que supera su significado real en la mente de aquellos que las utilizan y las oyen.

La historia de la literatura socialista y el destino de sus escritores parece a menudo, a cualquiera que piense en ello, una historia trágica. Muchos de los autores escribieron lo que escribieron y creyeron lo que creyeron porque anhelaban una sociedad mejor, más justa. Su fe los cegó, y eso tuvo consecuencias trágicas para su obra, para las ideas que intentaban defender y a menudo para ellos mismos. Cuando advirtieron el error de su actitud, algunos intentaron aceptarlo en sus obras; otros pusieron fin prematuramente a su vida.

A pesar de todo, como a un escritor le pedimos sinceridad y autenticidad, consideraremos lo que les pasó un fracaso moral, no una tragedia. Su destino sugiere que la fe secular despoja a un escritor de sus cualidades características y, a la larga, de su personalidad. Lo ciega y lo distancia de la realidad. Los profetas seculares no se dieron cuenta de que Dios no puede ser reemplazado por ningún ídolo profano, de la misma manera que el sistema social mejor organizado del mundo no puede comprar la inmortalidad. Por muy bien intencionadas que sean, sus visiones tienen que haberse hundido en un vacío, arrastrando consigo a sus creadores. Desde las profundidades de este vacío ya no eran capaces de percibir los verdaderos contornos del mundo y los acontecimientos que en él se producían; ya no eran capaces de llegar a la gente a la que en un principio querían dirigirse.

El escritor que acepta una visión ajena del mundo (sobre todo si está asociado con el poder), que permite que le sustraigan la lengua, niega la condición previa de toda creación: la autenticidad que solo él, en su conciencia, puede garantizar. También pone en duda el requisito básico de la creación, que, al fin y al cabo, yace en el intento del escritor de enriquecer la suma total de la conciencia y el conocimiento humanos, de la experiencia humana, añadiendo a ella su propia búsqueda y sus descubrimientos. Es difícil imaginar una idea tan magnífica que pueda excusar esta traición, la mayor que puede cometer un escritor, contra sí mismo, contra su obra y contra su público.

Escrito para la conferencia organizada por la Wheatland Foundation,

Lisboa, mayo de 1988.