El espíritu de Praga
Literatura y Memoria
A menudo me han preguntado qué estoy escribiendo, pero nunca nadie me ha preguntado por qué escribo. Tampoco me han preguntado sobre lo más fundamental de todo: qué significa para mí la literatura y qué significa para mí este término. Es posible que la gente no se atreva a preguntarme las razones por las que escribo: a lo mejor creen que pueden incomodarme. Seguramente se abstienen de hacer la segunda pregunta, sobre literatura, porque la consideran inútil.
En realidad, la respuesta no es evidente en absoluto.
En otros tiempos, todo lo escrito se consideraba literatura. Livio y Tácito, como Cicerón y Virgilio, eran simples creadores literarios. Llamamos a la Biblia el «Libro de los Libros», y en ella encontramos leyendas míticas junto con prescripciones rituales, crónicas históricas, colecciones de proverbios, códices de leyes y poesía amorosa. Muchas obras antiguas y medievales sobre temas como el derecho, la medicina, la geografía o las matemáticas fueron escritas en verso. En ellas, la fantasía a menudo tiene un peso mayor que los hechos y hoy en día las leemos más como literatura que por sus méritos científicos. Solo recientemente hemos empezado a pensar en la escritura técnica y especializada como algo separado de la literatura. ¿Y cómo vamos a clasificar la avalancha de basura que cae sobre los lectores día tras día? ¿Dónde está la frontera exacta entre lo que es literatura y lo que no lo es? Desde luego, hay muchas líneas de demarcación y definiciones. La mayoría trata de las cualidades formales y estéticas de las obras. El intento de definir formalmente la literatura alcanzó un punto culminante en las teorías y definiciones estructuralistas, que tal vez fueran capaces de distinguir las obras científicas de las obras de arte, pero perdieron de vista el contenido y, con él, una serie de cualidades esenciales que a menudo separan el arte genuino del simple entretenimiento. Además, los estructuralistas tienen poco interés en el efecto de la obra en la sociedad. No planteo esta cuestión para llamar la atención sobre un problema teórico, sino porque, como escritor, me gustaría definir con la máxima precisión posible el tema y el significado de la actividad a la que me dedico.
Hace doscientos años, el fundador de la filosofía clásica alemana, Immanuel Kant, formuló una pregunta similar en su Crítica del juicio. Intentaba distinguir entre ciencia y arte (el arte es creación en una condición de libertad) y después entre arte y artesanía (que, en una brillante distinción, definió como arte funcional). Kant, evidentemente, era consciente de la necesidad de las cualidades estéticas de una obra, así como de su contenido, que debe ser un tema de contemplación, pero lo que vale la pena señalar es que presta mucha atención al papel del creador o, en su terminología, al genio, sin el cual no puede llegar a existir una verdadera obra de arte. No deseo analizar la definición de Kant del fenómeno del creador o su actividad, sino su descubrimiento esencial de que es imposible llegar a una comprensión precisa de la naturaleza de una obra artística (y por tanto literaria) sin tener en cuenta las cualidades de su creador, su pensamiento y su motivación.
Esto me devuelve a la pregunta que he planteado al principio: ¿por qué escribo? Es algo que rara vez se pregunta a los escritores y, sin embargo, la respuesta que puede dársele nos dice muchas cosas. Aquí tenemos, por ejemplo, lo que dice el escritor griego Nikos Kazantzakis sobre lo que le motiva:
Hay en nosotros tinieblas, etapas múltiples, gritos roncos, bestias velludas, hambrientas. ¿Quiere esto decir que nada muere? ¿Que nada puede morir en este mundo? Mientras vivamos, todas las noches anteriores al hombre, transcurridas bajo las lunas anteriores al hombre, los hombres, la sed de todos, las penas anteriores a los siglos continuarán viviendo, teniendo hambre y sed, torturándose con nosotros. El terror me invade cuando oigo mugir en mis entrañas la carga terrible que llevo en mí. Entonces, ¿jamás estaré a salvo? […] Yo soy su último vástago, no les queda otra esperanza, otro refugio sino yo; todo lo que les queda de ansias de venganza, de alegría o de sufrimiento, solo lo tomarán a través de mí. Un ejército de monstruos velludos y de hombres que sufren será precipitado conmigo a la tumba.
Y esta apasionada confesión termina con una formulación igualmente apasionada de la misión del escritor:
[…] conocía mi rostro verdadero y mi único deber: trabajar este rostro con toda la paciencia, el amor y la habilidad posibles. ¿Qué quiere decir «trabajarlo»? Transformarlo en fuego y, si me queda tiempo antes de que la muerte llegue, hacer de ese fuego una luz para que Ella no pueda llevarse otra cosa de mí. Porque esta ha sido mi ambición más grande: no dejar nada de mí
que pueda llevarse la Muerte — [2] solamente algunos huesos.
Cuando leí por primera vez este pasaje, me asombró el parecido de la respuesta de Kazantzakis con mi propia respuesta a las preguntas de por qué escribo y qué espero de mi escritura. Recuerdo cómo me sentía los últimos días de la guerra: había pasado la mayor parte de ella en un campo de concentración; había sobrevivido mientras a mi alrededor casi todo el mundo —tanto mis contemporáneos como las personas de las generaciones de mis padres y mis abuelos— había desaparecido. En aquel momento me sentía abrumado por un sentimiento parecido al de haber recibido el encargo de una tarea o una misión: convertirme en su voz, su grito de protesta contra una muerte que había borrado sus vidas del mundo. Probablemente fue este sentimiento el que me llevó a escribir, aunque desde luego no pretendo quitar importancia al entusiasmo que me infundía el acto mismo de escribir, de crear historias y de buscar la mejor manera de transmitir a otros lo que deseaba decir.
Me embargó en otros momentos, de varias maneras, el sentimiento de que, si quería, podía convertirme en la voz de otros. En períodos de falta de libertad, cuando nos bombardeaban con mentiras, cuando parecía que todo lo real, todo lo que aspiraba a algo superior al hombre, no existía en realidad y estaba condenado a la nada y al olvido… en momentos así, uno escribía para superar la confusión, escribía para desafiar a la muerte, que adoptaba tantas formas diferentes, cada una de las cuales siempre hacía que la realidad, el destino humano, el sufrimiento, el desafío y la fidelidad desaparecieran bajo su mano. De una u otra forma, este sentimiento era compartido por la mayoría de los escritores que trabajaban, o simplemente vivían, durante un tiempo en condiciones de falta de libertad. Escribíamos para preservar la memoria de una realidad que parecía hundirse irrevocablemente en un olvido impuesto y obligado. Por citar de El libro de la risa y el olvido, de Milán Kundera: «Se destruye a las naciones robándoles primero su memoria. Se destruyen sus libros, sus conocimientos, su historia. Y después alguien escribe libros diferentes, les da un tipo de conocimiento diferente e inventa una historia diferente». En el mismo libro, Kundera acuñó una frase que me inspiró: llamó al presidente que encarnaba el sistema comunista «el Presidente del Olvido». Una nación dirigida por el Presidente del Olvido se encamina hacia la muerte. Lo que es aplicable a las naciones también lo es a los individuos, a cada uno de nosotros. Si perdemos la memoria, nos perdemos a nosotros mismos. El olvido es uno de los síntomas de la muerte. Sin memoria, dejamos de ser humanos.
La lucha por trascender nuestra propia muerte es intrínsecamente humana. El sentimiento de que la muerte no debería ser el final de todo es uno de los sentimientos existenciales básicos. Resistiéndonos a la muerte, nos resistimos al olvido. Una forma que puede adoptar esta resistencia —para volver a la apasionada confesión de Kazantzakis— es el acto de creación. Consciente o inconscientemente, esta convicción tiene que estar presente en la mente del creador: porque creo, me resisto a la muerte. Exegi monumentum aere perennius [He erigido un monumento más duradero que el bronce]. Por eso no podemos eludir la cuestión de por qué escribimos, por qué creamos, si tenemos en cuenta el sentido, el valor y la autenticidad de la creación.
Después del fin de la guerra, no pensé que por el hecho de haber sobrevivido mi obligación fuera escribir obras realistas sobre la guerra y los campos, y en realidad escribí muy poco sobre todo ello. La memoria no se expresa solo a través de la grabación consciente de una experiencia determinada; es más bien una responsabilidad que surge de la conciencia de continuidad con todo lo que ocurrió antes, con todos los que estuvieron antes, es decir, una responsabilidad ante lo que no debe ser olvidado si queremos evitar caer en el vacío. La sensación de aceleración que experimenta nuestra civilización, la profusión de información que nos rodea con su zumbido acarrean el peligro de que terminemos en ese vacío, que nos soltemos de nuestras raíces y caigamos en la intemporalidad, en la nada. El mismo peligro amenaza a la literatura y a todo el arte. En cierto momento de la historia moderna, muchos creían que la memoria y la tradición eran simplemente una carga que había que quitarse de encima. Las catástrofes sociales que abrumaron a la humanidad en el siglo XX contaron con la ayuda de un arte que veneraba la originalidad, el cambio, la irresponsabilidad, la vanguardia, que ridiculizaba todas las tradiciones anteriores y miraba con desdeño al consumidor, al público de la galería y el teatro, que sentía un placer superior en sacudir al lector que en responder a las preguntas que lo atormentaban. No importa que los regímenes totalitarios que nacieron en aquel tiempo rechazaran la literatura de vanguardia por degenerada; lo esencial era que adoptaron la actitud desdeñosa de la vanguardia para con la tradición y los valores tradicionales, para con la memoria genuina de la humanidad, y después intentaron imponer a la literatura una memoria falsificada y valores falsos.
Cada pocos segundos sale a la luz del día un nuevo libro. La mayoría de ellos serán solo una parte del zumbido que nos hace duros de oído. Incluso el libro se está convirtiendo en instrumento del olvido. Una verdadera obra literaria nace como el grito de protesta de su creador contra el olvido que lo acecha, a él, a sus predecesores y a sus contemporáneos, a su época y a la lengua que habla. Una obra literaria es algo que desafía a la muerte.
Discurso pronunciado en una conferencia en Lahtí, Finlandia, 1990.