El espíritu de Praga

Ivan Klíma · Capítulo 26 de 29

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El espíritu de Praga

Un Paseo por la Praga Mediática

 

Tras varios días sin parar de llover —que pasé leyendo periódicos y revistas y viendo la televisión⁠—, me armé de valor: después de comprobar en repetidas ocasiones que las posibilidades de divertirse por la mañana son bastantes menos numerosas que las del resto del día, por la tarde me dirigí al centro de

la [9] ciudad, para deleitarme con el panorama de Hradcany.

Sorprendentemente, Hradcany estaba en su sitio: no lo habían robado ni tampoco lo habían volado por los aires, pero me hacía gracia la idea de que uno de cada diez coches que pasaban a mi lado fuese robado y me angustiaba pensar en que muchos de los que se desplazaban acomodados en sus coches acabarían en un accidente múltiple o incluso, en caso de que fuesen empresarios, en el fondo de algún embalse o río.

En esta época del año uno solía deleitarse mirando las chicas guapas que la primavera arrojaba a las calles. Pero ¿cómo me iba a deleitar si, después de calcularlo, me di cuenta de que una de cada cinco sería una de las treinta mil prostitutas que hay en Praga?

Evidentemente, al centro no me llevé la cartera; aun así no dejaba de acongojarme el temor a que me asaltasen y robasen. Por un momento, estuve casi seguro de poder distinguir a los miembros de una banda de carteristas agolpándose. Y, por un instante, me tranquilizó ver a un par de policías patrullando, aunque de inmediato me di cuenta de la horrible realidad: aquellos policías seguro que se dejaban sobornar, con lo cual no les pediría ayuda. Desde un puesto de venta ambulante llegaba el olor de salchichas fritas, pero sabía que comerlas sería lo mismo que suicidarse, ya que lo más probable era que estuviesen hechas con carne de cerdos locos, importados, además, de contrabando.

En Mustek se dirigió a mí un extranjero de tez oscura en una lengua que, por desgracia, no entendí; sin embargo, me quedó claro que era uno de los numerosos camellos que se dedican a ofrecer por allí cocaína o heroína.

Aquello ya era demasiado para mí. Me entraron ganas de volver lo más rápido posible a la seguridad del hogar (aunque sé que aquello de un hogar seguro no es más que una ilusión), pero después de las experiencias anteriores no me atreví a arriesgarme a hacer el viaje en tranvía, donde me podrían atacar unos skinheads o unos anarquistas. ¿Y subir a un taxi, donde primero me atracaría y después me pegaría un tiro el propio taxista?

Después de caminar dos horas abrí las puertas de mi casa (sorprendentemente no había sido forzada) y, cansado, me dejé caer en el sillón. Llegué justo a tiempo para ver las noticias de la televisión.