El espíritu de Praga
Sobre una Infancia Algo Atípica
La apariencia del hambre, así como la de las masacres, forma parte de las vivencias básicas del ser humano desde los inicios de la historia. La historia recoge innumerables casos de ciudades masacradas, tribus enteras; o niños, mujeres y a menudo hasta animales domésticos incluidos. De ahí que lo que sucedió en la segunda guerra mundial, durante mi infancia, no haya sido nada nuevo ni revolucionario, de no ser por la envergadura y el método que acompañaron los acontecimientos. Lo que, en cambio, sí es sorprendente es que todo eso ocurriese en una época en la que daba la sensación de que la delicada vaina de cultura, que a lo largo de los siglos había llegado a envolver las formas de moral más agrestes, parecía que ya no podía reventar, es decir, que no se podía llegar a una explosión tal de crueldad y de desenfrenada masacre. Sin embargo, todo esto ha sido constatado y descrito en muchas ocasiones. El destino ha querido que yo pueda contribuir con un fragmento de mi propia experiencia, pues soy uno de los pocos, quizá de las escasas decenas de aquellos que en su infancia no solo vivieron, sino que también sobrevivieron, lo que más tarde se dio en llamar Holocausto. No recuerdo las vivencias de aquella época a menudo, no obstante prefiero hacerme la siguiente pregunta: ¿cómo han influido las experiencias de mi niñez en el resto de mi vida?
Indago en mi memoria e intento llegar al período anterior a aquella experiencia crucial, es decir, antes de que comenzase la guerra: ¿cómo era yo? Creo que de mi madre heredé la timidez y la tendencia a la soledad. Vivíamos en un chalet colindante a la carretera que iba de Praga hacia el norte. Debajo de nuestra casa se extendía la parte más industrial de la ciudad; mi padre trabajaba como ingeniero en una de las fábricas que había por allí, pero la casa en la que vivíamos estaba casi aislada, un poco más abajo había otra y algo más arriba una taberna. Esta última, la verdad, estaba muy bien situada, sobre todo para aquellos que no querían entrar sedientos en la ciudad, donde sabían que los precios eran más altos que los nuestros, los «del campo». Por entonces yo no tenía hermanos, mi hermano no nació hasta que cumplí los siete años. En nuestra casa vivía otra niña de más o menos mi edad y en la casa de los vecinos vivía un chaval algo mayor que yo. No me hice amigo de ninguno de los dos y, aunque en el parque jugaba con otros niños, en aquella época no tenía ningún amigo, la mayor parte del tiempo lo pasaba solo con mis juguetes. A diferencia de hoy en día, los niños no estaban colmados de juguetes, de modo que todavía recuerdo la mayoría de mis juguetes. Aunque me acuerdo de un juego de construcción —al cual mi padre, como técnico que era, daba prioridad sobre todos los demás juguetes—, el que más hondamente me ha quedado grabado en la memoria era un gran telón hecho con una sábana vieja en la que mi madre había dibujado los tres cerditos de Disney (espero que al hacerlo no violase los derechos de ningún autor). Detrás de aquel telón ella y yo preparábamos juntos obras de teatro con unos cuantos animales de peluche que actuaban para un hipotético público que rara vez acudía. Desde entonces, el teatro de marionetas ha sido mi pasión, y antes de hacerme adulto construí varios, uno de ellos incluso en Terezín.
Al igual que muchos otros niños, me daba miedo a quedarme a solas en la oscuridad: cuando había de irme a dormir solía pedirles a mis padres que dejasen entornada la puerta que daba al pasillo, donde la luz estaba encendida. En las contadas ocasiones en que mis padres decidían salir de noche, montaba unos números tremendos, aunque en realidad no me quedaba solo en casa, ya que por aquel entonces vivía con nosotros una sirvienta.
La primera vez que mi madre me llevó al colegio (faltaban dos semanas para que cumpliese los seis años) fue una de las experiencias más horribles de mi vida. El primer día permitieron a los padres que se quedasen junto a la puerta, y yo me pasé la hora entera vigilando a mi madre para que no se fuese y me dejase a merced de aquella multitud de niños extraños y de aquella mujer totalmente desconocida que sin cesar me ordenaba que le prestase atención. Como la mayoría de los niños, detestaba ir al colegio (en este sentido la guerra hizo realidad el sueño de todo niño: no tener que asistir a clase). Aun así, era buen estudiante, tranquilo y deseaba que me elogiase la maestra o, más tarde, en segundo curso, el director. Sin embargo, no formaba parte de los «pelotilleros», no era un acusica ni tampoco participaba en exceso en clase; era demasiado tímido. Cuando tenía siete años nos cambiamos de casa: apenas me había acostumbrado a mis compañeros de clase y ya tenía que enfrentarme a otros nuevos. No obstante, las leyes nazis ya no me permitieron asistir al cuarto curso.
No sé si será por el hecho de que no tuviese ningún amigo o más bien porque lo que pasó después supuso una ruptura radical en mi vida, pero, en cualquier caso, de aquella época no me ha quedado una sola cara ni el nombre de ninguno de mis compañeros de colegio.
Debería contar algo de mi madre y mi padre; ambos procedían de familias judías, aunque en el caso de los antepasados de mi madre estos habían abrazado voluntariamente la fe judía. En el siglo XVII, momento en que se produjo en Bohemia la violenta catolización del país, tan solo estaban permitidas dos religiones: la judía y la católica romana. Muchas congregaciones de protestantes aconsejaban a sus miembros que eligiesen el judaísmo frente al enemigo, el catolicismo; lo más probable es que tomasen esa decisión convencidos —erróneamente— de que aquella situación solo sería provisional y que bajo el manto del judaísmo podrían conservar su fe original. Sin embargo, aquella situación provisional duraría un siglo y medio y los antiguos protestantes se hicieron judíos. Recuerdo que mi abuelo, a pesar de considerarse marxista y librepensador, los viernes por la noche rezaba en una lengua de la que yo no entendía ni una sola palabra. Si bien mis abuelos eran librepensadores, mis padres no se limitaron a rechazar la religión, sino que renegaron incluso de su identidad judía. Mi padre creía que la técnica no tenía límites y que, por lo tanto, el mundo entero era su casa; mi madre se veía a sí misma como una checa orgullosa de sus antepasados vinculados a la Hermandad Evangélica Checa (incluso me bautizaron y justo después de la guerra participé activamente en el movimiento evangélico juvenil). Menciono todo esto porque hasta el comienzo de la guerra no conocía la palabra judío, ni siquiera como insulto, de la misma manera que no estaba familiarizado con las fiestas religiosas judías, pues mi vida no estaba constituida de otros rituales que no fuesen los de la vida de los demás niños.
A los siete años a uno no le suele interesar la política, aunque bien es cierto que, de aquella época, recuerdo que en las conversaciones en casa aparecía el nombre de Hitler y yo sentía que tras aquel nombre se escondía una especie de monstruo; hasta recuerdo que mi padre solía escuchar sus discursos por radio (mis padres dominaban el alemán, al contrario que yo), e incluso a mí, que no entendía ni una palabra, aquellos bramidos me sonaban como algo espantoso. Más tarde me enteré de que por algún motivo que no alcanzaba a entender nos trasladaríamos a vivir a Inglaterra, donde mi padre ya tenía asegurado un empleo. Aquel traslado me daba algo de miedo, pero al mismo tiempo me hacía ilusión lo de realizar un viaje tan largo; además, me regalaron mi primer manual de inglés ilustrado (todavía recuerdo muchas de aquellas ilustraciones) y mi madre empezó a estudiar inglés conmigo. Mi padre quería que su madre también viniese con nosotros, pero su visado no acababa de llegar: quien llegó entonces fue Hitler. Poco después, por primera vez en mi vida, se cerraron las fronteras, igual que la puerta de una jaula, o más bien como una trampa sin escapatoria posible.
No obstante, yo todavía sabía poco de aquella jaula. El verano de 1939 nos mudamos por última vez dentro de Praga. Como el edificio al que nos íbamos a mudar aún estaba en obras, Tereza, una tía de mi padre, se ofreció a acogernos en su casa. Tía Teréz, como la llamábamos en la intimidad, era la única persona rica de mi entorno, incluso se puede decir que era muy rica, y poseía una de las mansiones más bellas de Praga (tras la revolución de 1948 se la confiscaron los comunistas; primero vivió allí el primer ministro, más tarde el propio presidente de la república). La casa tenía un espléndido jardín que después se elevaba en terrazas por la ladera de Troja. En aquella mansión también vivía la familia de la hija de mi tía, de modo que acabé conociendo a dos primas lejanas mías. La más pequeña, Kitty, era de mi edad, y ella fue mi primera amistad de la infancia. Puede parecer paradójico pero, aunque en el país ya gobernaba la Gestapo y casi cada semana salían nuevos reglamentos antijudíos, nosotros los niños no teníamos la menor idea de lo que estaba sucediendo, éramos felices pasando horas y horas en la glorieta del jardín, jugábamos horas enteras a las cartas o al mahjong, recogiendo fruta o persiguiéndonos por el jardín. Ni se me pasaba por la cabeza que estuviera pasando mis últimas vacaciones en muchos años, así como tampoco se le ocurría pensar a mi compañera de juegos que tres años más tarde entraría en una cámara de gas donde, al igual que a todos los demás, la acabarían asesinando a sangre fría.
Mis padres fueron capaces de seguir ocultándome durante un par de meses más lo que en realidad estaba sucediendo, aunque más bien se lo ocultaban a ellos mismos o, mejor dicho, eran incapaces de imaginarse lo que pasaría poco después.
Una prohibición seguía a la otra. No podía salir de la ciudad, ir al colegio, al teatro, al cine ni al parque. Tampoco podía subir en el primer vagón del tranvía.
Por aquella época llegó a los cines la película de Disney Blancanieves y los siete enanitos. La tentación era demasiado fuerte como para resistirse, así que me atreví a ir al cine y pasé toda la película aterrorizado por el temor a ser descubierto y castigado de alguna manera despiadada. ¿De qué manera? Todavía no lo sabía, mi experiencia aún no incluía la cárcel y mi imaginación no daba para tanto. Sin embargo, mi miedo era tanto mayor por el hecho de encontrarme frente a lo desconocido.
En el edificio al que nos trasladamos en aquella época vivían tres familias judías. A día de hoy me sigo acordando de los nombres y apellidos de los niños de mi edad. Lucka, que vivía en la planta baja, era un poco mayor que yo, y Tomík, que vivía dos pisos más arriba, tenía más o menos un año menos que yo. Nos hicimos amigos y jugábamos juntos. Por aquel entonces, la periferia de Praga todavía conservaba algo de las costumbres de una pequeña ciudad o de un pueblo. En las noches de verano la gente del edificio sacaba las sillas fuera, se instalaba en la acera y charlaba. Aunque se nos excluía de cualquier clase de diversión, de esta aún no nos habían privado: nos quedábamos sentados o de pie cerca de aquellos de cuyo círculo poco después nos veríamos expulsados, pero que no tenían nada en contra de nuestra presencia; tal vez algunos de ellos sentían compasión por nosotros, no obstante, se esforzaban en que no se notase. Más adelante, un día de septiembre de 1941, Lucka vino corriendo y, entre lágrimas, me dijo que se iban en un convoy a Polonia. ¿Qué era aquello del convoy? ¿Y dónde estaba Polonia?
Lucka lloraba y se despedía de todos, uno de los inquilinos hasta la abrazó. Al día siguiente vi a su familia entera cargando con sus maletas por nuestra calle. Ya nadie volvió a verlos con vida. Poco después Tomík acabaría en una cámara de gas.
La guerra estalló cuando faltaban dos semanas para que yo cumpliese ocho años. Pronto comprendí que el resultado de aquella guerra era algo que atañía directamente a mi vida e incluso a mi supervivencia. En los momentos que sonaban las sirenas de alarma de los ataques aéreos me quedaba sentado en el sótano y oía una explosión tras otra. No sabía qué significaban aquellos estruendos, deseaba que lo que estaba cayendo fuesen bombas inglesas, pero al mismo tiempo tenía miedo de que me alcanzasen a mí, y entonces esperaba que no fuesen bombas. Empecé a interesarme por la política, así como por la situación de la guerra, de una manera desmedida para mi edad. En la pared de mi habitación tenía colgado un enorme mapa de Europa y de la costa del norte de África. Tenía prohibido clavar en el mapa banderitas o alfileres, no obstante, todos los días seguía el avance de los frentes, que en aquellos momentos no vaticinaba nada bueno. Evidentemente, en mi memoria se grabaron de por vida decenas de nombres de lugares, tales como Trondheim o Dunkerque, Creta, Tobruk, Bengasi, El Alamein, Oryol, Rostov o Vorónezh. Muchos años después de la guerra, me di a coleccionar mapas antiguos; creo que mi subconsciente me impulsaba a volver a buscar todos aquellos lugares en los que se habían librado batallas, ya fuera en Grecia, Francia, Ucrania o el desierto libio.
No podía ir al colegio, y poco a poco la mayoría de los niños que no eran judíos se apartaron de mí. La bella Marcela, que vivía en el edificio de al lado y cuyo padre se había declarado alemán (llevaba en la solapa una repugnante y llamativa cruz gamada), comenzó a gritarme: «¡Judío!». No estaba completamente seguro de qué quería decir aquello, pero sentía vergüenza. Cuando salió el decreto que me obligaba a llevar en el pecho una estrella de seis puntas con la palabra «jude», todavía sentí más vergüenza y entonces opté por no salir de casa. ¿Qué haría días enteros en casa? Leer. De todos los libros que tenía, el que más me fascinó fue una versión en prosa de dos poemas épicos de Homero. Los leía una y otra vez, y había llegado a memorizar páginas enteras. Solo años después me percaté de algo interesante. A pesar del parcial posicionamiento del narrador a favor de los griegos, en aquella guerra tan lejana en el tiempo yo me puse apasionadamente del lado de los troyanos: admiraba a Héctor y amaba a Paris por haber vengado su muerte y por haber matado a aquel predecesor de los invulnerables e invencibles teutones. Quien vivía en un estado de sitio era yo, de ahí que brindase mi apoyo a quien también estuviese sitiado.
A finales de noviembre de 1941, llamaron a mi padre para deportarlo. Sin embargo, no fue a Polonia, sino que iba a participar en la habilitación de un nuevo campo en la ciudad fortificada de Terezín. Unos cuantos días después —era el 9 de diciembre de 1941—, justo media hora antes del mediodía (recuerdo que mi madre estaba preparando la comida), recibimos la notificación de la deportación de mi madre y de la mía. De mi hermano, que tenía tres años, se habían olvidado. A diferencia del resto de los afectados, que contaban con tres días para disponer la partida, a nosotros solo nos dieron dos horas para que empaquetásemos nuestras cosas.
Mi madre lloraba, en un ataque de desesperación y de terror: ¿qué sería de mi hermano pequeño si nos íbamos? Mientras gritaba que se mataría y que no iría a ningún sitio, intenté reunir mis cosas y, con ayuda de unos vecinos, las metí en unas maletas. Entre las cosas imprescindibles también había tres libros: aparte de la versión de la épica de Homero, ahí estaban Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens, y Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne, que se convirtieron en mi alimento espiritual durante los siguientes tres años y medio.
De ese modo, aquella tarde me convertí en un verdadero prisionero. También perdí mi nombre y pasé a ser un simple número que, obviamente, he recordado hasta el día de hoy: L 54.
Para la mayoría de la gente el encarcelamiento (y ya ni hablar del asesinato) de niños es uno de los actos más bajos y execrables. Es cierto, así es, pero este hecho no dice demasiado sobre los sentimientos de un niño en una situación así. Mirando hacia atrás y analizando mis experiencias, yo diría que mi sufrimiento fue menor que el de los adultos. Un niño no solo tiene mayor capacidad de adaptación que un adulto —y sobre todo que un anciano—, sino que además carece (hasta cierto punto) de la capacidad de ver las cosas con perspectiva, de la capacidad de comprender todas las condiciones oprimentes y circunstancias de la situación en la que se encuentra. Un niño percibe un espacio físico de manera diferente a un adulto: lo que a un adulto le puede parecer una prisión insoportablemente claustrofóbica un niño puede percibirlo como un universo enorme. Al fin y al cabo, los niños tienen la capacidad (y las mujeres la tienen en una medida mucho mayor que los hombres), por lo menos en ocasiones, de anteponer lo insustancial a lo sustancial, es decir, de disfrutar de cosas pequeñas o por lo menos de entregarse a ellas, incluso cuando la muerte es una amenaza real.
Recuerdo la alegría que sentí cuando, después de muchos meses sin poder hacerlo, volví a ir sentado en un tren, viendo cómo el paisaje pasaba libre a mi lado. Me hacía ilusión el cambio; intuía que iba a ser a peor, pero no pensaba en ello. Estaba contento porque en el último momento también nos trajeron a mi hermano pequeño, y por lo tanto no habíamos tenido que separarnos.
Nos alojaron en dormitorios de cuarteles: donde por norma dormían diez o veinte soldados tenían que dormir unas treinta y cinco mujeres. En aquella habitación no había ni un solo mueble, los colchones que habíamos llevado con nosotros se ponían directamente en el suelo. Como no había suficiente espacio había que colocarlos a lo largo, dos por persona, y las maletas hacían las veces de mesas. Las mujeres, que a menudo provenían de familias bien situadas y por tanto estaban acostumbradas a las comodidades (seguro que nunca habían dormido en el suelo), estaban desoladas por las nuevas circunstancias. Puedo imaginarme lo mucho que tuvieron que sufrir, pues temían por sus hijos, estaban destrozadas por el insomnio, las enfermedades, la incomodidad y —probablemente— más que nada por el miedo al futuro. Al principio, a mí nada de aquello me molestaba, al revés, tenía la sensación de estar viviendo algo nuevo y lleno de aventuras. Mi estado de ánimo era hasta tal punto diferente de su desolación que incluso me ayudó a superar mi habitual timidez y a ganar seguridad en mí mismo. Ayudaba a las mujeres a llevar su equipaje y a trasladarse de un lugar a otro, me sentía fuerte e incluso capaz de ofrecerles consuelo. Me hacían caso, algunas de ellas hasta me elogiaban y, por muy extraño que pueda sonar, con aquella sensación de importancia recién adquirida, en aquel entorno tan inusual, me sentía casi feliz.
Por lo demás, la mayoría de las mujeres se adaptó a una velocidad inverosímil a aquellas deprimentes condiciones de vida. Recuerdo que por las habitaciones a menudo se oían cantos e incluso risas, pero sobre todo contaban un montón de historias que me encantaba escuchar.
Exactamente un mes después de nuestra llegada salió el primer convoy. Nadie sabía adónde iba; sin embargo, una vez tras otra se había confirmado que cada paso hacia lo desconocido era un paso hacia algo peor. Las mujeres volvían a hacer sus maletas, lloraban y abrazaban a aquellas que, de momento, se quedaban. Entre ellas también estaba yo.
Se han dicho tantas cosas sobre la vida de los prisioneros en los campos de concentración de Alemania y de la antigua Unión Soviética que no haría otra cosa que repetir lo que alguien ya ha dicho antes que yo. Durante tres años y medio no vi ni una pieza de fruta, no comí un solo huevo, un gramo de mantequilla (por aquel entonces nadie sospechaba las ventajas de un consumo tan limitado de colesterol) y ya ni hablar de chocolate u otras golosinas, entre las que también figuraban por ejemplo el arroz, un bollo o un trozo de zanahoria; de todas formas, no recuerdo que la falta de comida fuese lo que más me angustiase u ocupase mis pensamientos. Aun así, la comida desempeñaba un importante papel en la vida de los internos y, más allá de donde yo podía alcanzar a ver, seguro que se trapicheaba y pagaban sobornos de todas las maneras posibles para conseguirla.
Mi primer amor también estuvo relacionado con la comida. El relato que escribí al respecto en la colección Mis primeros amores en el fondo es autobiográfico, y ni siquiera cambié su nombre, Miriam. Sucedió que más o menos un año antes del fin de la guerra, a los niños nos empezaron a asignar una cantidad insignificante de leche desnatada (si no me equivoco, era un dieciseisavo de litro al día). En aquella época, tenía trece años y la leche la repartía una chica que tendría dos o tres años más que yo. Una vez, en lugar de un octavo (para mí y para mi hermano) me dio una ración que era al menos cuatro veces mayor de lo normal. Aquello se volvió a repetir luego un día tras otro, y aquella inexplicable generosidad yo solo me la podía explicar de una manera: la chica se había enamorado de mí. Aquella circunstancia me llenó de una felicidad tan intensa como inesperada. Los horrores del campo de concentración casi se disiparon; me comportaba de una manera alocada y confusa, de seguro, tal y como requiere un primer amor en esa edad. Miriam me parecía más guapa que todas las demás chicas, pero nunca le hablé, me limitaba a rondar por los lugares donde al menos podría verla. Al final de aquel verano los nazis prácticamente habían exterminado todo el campo de Terezín y enviaron a la mayoría de los reclusos a Auschwitz. Entre aquellos que se fueron no estábamos ni mi amor secreto ni yo, pero mi tía, que se encargaba del abastecimiento de nuestros cuarteles, en cambio sí que se fue. Nada más irse, las extraordinarias raciones de leche se acabaron, lo cual me arrojó con brusquedad del paraíso de mis fantasías amorosas al suelo del campo de concentración. Aun así, no acababa de caer en la conexión entre la partida de mi tía y el enfriamiento de la afección por parte de la joven lechera. No fue hasta años después cuando me enteré por mi tía —que sobrevivió a Auschwitz— que era ella quien había ordenado a su subordinada que me diese más leche. En mi relato intenté insinuar esta relación, pero obviamente lo hice de una manera tan sutil que ningún crítico ni ninguno de los lectores con los que hablé sobre el relato entendieron la conexión. Quizá eso sea lo correcto: el misterio de las extraordinarias raciones de leche se mantuvo tan oculto para ellos como lo estuvo para mí durante años.
A mí me llamaba más la atención la falta de libertad que la de comida. Por las ventanas del campo veía las montañas lejanas, inalcanzables. El hecho de que no pudiese salir por las puertas de aquel abarrotado campo con toda probabilidad me deprimía más que todo lo que suponía vivir en el campo de concentración. Recuerdo que una vez, en nuestra improvisada clase (aquella escuela solo duró varias semanas, después los convoys acabaron disolviéndolas), nos encomendaron la tarea de escribir una redacción de tema libre. Yo escribí sobre el bosque de Krc y el parque de Petfín, escribí sobre los árboles y no sobre la gente, pues conocía poca. Además, todo el mundo o bien compartía el mismo destino que yo o parecía estar perdido en un mundo engullido por la guerra; en cambio, los árboles —y especialmente el bosque— para mí representaban la libertad, iban ligados a la tranquilidad y a la paz, que parecía pervivir únicamente en los sueños.
La profesora premió mi ejercicio de redacción haciéndome leerla en alto. Es posible que este gesto decidiese mi futura profesión. Sin embargo, en realidad era más bien en los momentos en que escribía los ejercicios de redacción cuando aparecía sin previo aviso esa fuerza liberadora que le da a uno la escritura: brinda la posibilidad de entrar en lugares en los que no puede entrar en la vida real, de acceder hasta en los espacios más prohibidos. E incluso me hace posible más que eso: llevarme allí a mis invitados.
Cuando se van acercando los catorce años, en general, uno empieza —por lo menos de tanto en tanto— a pensar en qué quiere hacer en la vida y, si no es uno mismo el que lo piensa, son los demás quienes lo hacen, porque la vida obliga a uno a que se decida por un tipo de colegio o de profesión. En el campo de concentración nada de esto tenía sentido. Al igual que todos los demás prisioneros, asumí el hecho de que yo no decidía nada sobre mí mismo, que recibiría una reducida cantidad de comida miserable, un trozo de jabón de mala calidad y en invierno un cubo de carbón: en una vida que no era otra cosa que pura supervivencia aquello era todo lo que uno podía esperar. Era como si el futuro tuviese dos planos, uno real y otro irreal; el primero de ellos solo desencadenaba una pregunta: ¿me quedaré aquí o me llevarán a uno de esos lugares de donde no se vuelven a tener noticias de nadie? El segundo plano se preocupaba exclusivamente de una pregunta: ¿cuándo acabará la guerra y, llegaré a vivir para verlo? Para mí, el mundo en el que uno estudiaba, trabajaba, ganaba dinero y compraba cosas con este era tan remoto e inaccesible que ni se me ocurría ponerme a pensar qué me depararía el futuro.
La vida en Terezín no tenía un reglamento de prisión tan estricto como en los demás campos de concentración. Casi nadie controlaba si todo estaba perfectamente limpio ni tampoco a qué hora se levantaban y a qué se dedicaban durante el día aquellos que no tenían que ir a trabajar. Si bien la vida en cautiverio oscilaba continuamente de un lado a otro de la fina línea que separa la existencia de la no existencia, al mismo tiempo llegaba a ser de una monotonía tediosa. El día transcurría haciendo una cola tras otra: para el desayuno, la comida, la cena, la ración diaria de pan, el carbón o la margarina; en la cola para el agua, el baño o el retrete. El resto del tiempo los niños podíamos pasarlo casi íntegro jugando. Sorprendentemente, incluso teníamos una pelota, con la que practicábamos juegos corrientes, sobre todo el marro, el voleibol o el fútbol. En aquella época, quizá por el hecho de que los juegos de pelota se me daban bastante bien, adquirí una especie de autoridad entre los chicos de mi edad. En la mayoría de los juegos hacía de capitán, con lo cual en este nuevo papel la timidez de antes se disipaba. Fue también por aquel entonces cuando viví mis primeras amistades auténticas que, como comprendería más tarde, no eran otra cosa que prefiguraciones de ilusiones amorosas que convertían cada encuentro y cada conversación irrelevante en una experiencia única. Todas aquellas relaciones tuvieron un trágico final, mis amigos y amigas acabaron en las cámaras de gas; uno de ellos, al que quería de verdad, Arieh, el hijo del presidente del comité de autogestión del campo, fue fusilado a la edad de doce años.
Después de la guerra, cuando supe de la existencia de las cámaras de gas, muchas veces me imaginaba a mis amigos en el momento en el que se enteraban de que iban a morir y de que ya no había escapatoria posible. Aquella idea a menudo me despertaba en medio de la noche y me asustaba mucho más que los recuerdos de todo lo terrible que yo mismo había vivido.
Se ha escrito mucho acerca de la solidaridad de los presos, sobre cómo llegaban a renunciar a su propia ración de comida para cedérsela a quien la necesitaba con urgencia. Sin duda esta solidaridad existía y no recuerdo, por ejemplo, que nadie le robase nada a los demás en el cuarto común en el que vivíamos. No obstante, al mismo tiempo en el campo se robaba, sobre todo, lo más importante: la comida. Incluso la leche de más que recibí durante varias semanas la pude tener solo porque a alguien le dieron unas cuantas gotas de menos. Mi tía, por ejemplo, que trabajaba en la planta de producción de fideos, a veces se llevaba por debajo de la ropa, pegado al cuerpo, un trozo de masa aplanada, lo cual significaba que a otros prisioneros les tocaría menos. Las mujeres destinadas a la horticultura en ocasiones sustraían alguna verdura que otra, pero en ese caso no les estaban robando a sus compañeros, sino únicamente a nuestros carceleros. El castigo con el que se saldaban estos robos era el traslado y, por lo tanto, la muerte, pero aun así se seguía haciendo. Yo mismo no solo fui capaz de robar en más de una ocasión una patata cruda o un poco de carbón, sino que una vez, acompañado de varios amigos, me colé en un almacén en el que guardaban de forma provisional los equipajes que los oficiales de las SS habían robado a los presos, y logré sacar de allí una maleta entera. Escribí sobre este episodio en mi novela El juez juzgado. Aquel robo tan logrado fue una vivencia de tal intensidad para mí que aún a día de hoy recuerdo casi todo lo que encontré en aquella maleta; tengo grabado en la memoria hasta el estampado del pijama que llegó a mis manos por medio de aquel ardid.
Sin duda, este acto de robo se puede explicar por la miseria y el hambre, pero de todas formas creo —como más tarde me convencería mi posterior experiencia en el régimen comunista— que las razones eran más profundas. A partir del momento en el que un régimen criminal infringe las normas, cuando el crimen se legitimiza y un grupo de individuos se sitúa por encima de la ley e intenta privar a otros de su dignidad y sus derechos más básicos, la moral de la gente recibe un fuerte golpe. El régimen criminal es consciente de ello, y por eso recurre al terror para mantener la moral y el comportamiento de la gente honesta (sin ellos no puede funcionar bien ninguna sociedad, ni siquiera una gobernada por un régimen así). Sin embargo, se ha demostrado que de poco sirve el terror cuando la gente ha perdido la motivación de comportarse de un modo moral.
Había robado una maleta que nuestros verdugos le habían sustraído a alguien y estaba orgulloso de ello, sin llegar a darme verdadera cuenta de hasta qué punto ese orgullo era indigno.
A lo largo de los años me percaté de que en la vida pocas cosas son más difíciles de recuperar que la dignidad perdida y la moral infringida, tal vez por ello durante el régimen comunista me esforcé tanto en mantenerlas.
Toda sociedad que se construye sobre la base de la falta de honradez y admite el delito como un elemento más de su comportamiento, aunque solo sea entre un puñado de elegidos, y que al mismo tiempo priva a un grupo de personas de su honor e incluso del derecho a la vida, por muy reducido que sea este grupo, se condena a sí misma a la degradación moral y por último a la ruina absoluta.
Yo seguía recordando el éxito obtenido por mis ejercicios de redacción. Escribí unas cuantas poesías y empecé a escribir una novela que, si no me falla la memoria, no trataba de mis experiencias, sino del Lejano Oeste. Una de las prisioneras del campo, que antes de la guerra había sido profesora de checo (no tengo ni idea de cómo se enteró de que yo escribía), se ofreció a darme clases de checo en su tiempo libre. Además, me explicó los principios de la prosodia, aunque obviamente todo aquello se quedó en la teoría, pues los libros de poesía —así como los de prosa— en Terezín eran casi imposibles de conseguir.
Además de la escritura también probé el dibujo: en las artes plásticas, como es de esperar, tenía tan poca formación como en la literatura; yo mismo iba descubriendo las leyes de la perspectiva, pero de todas formas el hecho de que fuese capaz de captar el espacio en el que vivíamos me llenaba de satisfacción.
Durante mucho tiempo me agobió el hecho de haber perdido tanto tiempo formándome (aquella formación defectuosa continuó después de la guerra, a excepción de algo menos de tres años), pero cuando vuelvo a mirar para aquella época después de todos estos años diría que, en comparación con la cantidad de impresiones, información y experiencias culturales (y pseudoculturales) por las que se ve inundada una persona joven hoy en día, realmente viví a fondo lo poco con lo que me encontré. Recuerdo el teatro de marionetas que se representaba en nuestros cuarteles, así como un concierto de La novia vendida, de Smetana. La presentación de esta ópera nacional, que ya debía de haber visto de pequeño en el Teatro Nacional de Praga, se llevó a cabo en nuestros cuarteles. No había orquesta alguna, sino que el director, el señor Scháchter, acompañaba a los cantantes con un viejo armonio. Los cantantes, ataviados con sus mejores galas, cantaban encima de un pódium de escasa altura; yo me agazapé entre el resto del público, que escuchaba en un silencio sepulcral; veía lágrimas en los ojos de muchos y a mí mismo me entraron ganas de llorar, estaba totalmente embriagado por aquella experiencia. Cuando, años después, fui al Teatro Nacional para ver la ópera tal y como se debe ver, con el vestuario, la orquesta y el coro, me quedé decepcionado no solo por la música, sino también por la banalidad de la experiencia.
El hambre, así como la estancia forzada en un lugar cerrado y rigurosamente vigilado, sin duda hicieron que mi infancia fuese diferente de la de la mayoría de los niños de mi edad, aunque lo que la diferenció fue la presencia continua de la muerte. La gente moría en la misma habitación en la que yo vivía, morían a decenas junto a mí; los encargados de transportar los muertos desfilaban por mi infancia igual que lo hacían las carrozas fúnebres cargadas de cajones de madera sin lijar ni pintar, carrozas de las que tiraban y empujaban personas, muchas de las cuales pronto acababan en esas mismas carrozas. Cada día leía en el portalón la larga lista de aquellos que no habían llegado con vida a la mañana. Sobre nosotros se cernía la constante amenaza de los traslados y, si bien yo no sabía nada de las cámaras de gas, los convoys parecían dirigirse a un abismo sin fondo: de quien iba a parar a alguno de ellos no volvía a saberse, desaparecía de la vida. En los últimos días de la guerra, cuando traían a Terezín a los presos procedentes de los campos recién evacuados de Polonia y del este de Alemania, veía día tras día vagones enteros cargados de cadáveres increíblemente macilentos. Aquellos rostros demacrados y amarillentos a menudo me miraban con sus ojos inmóviles, ojos que ni siquiera habían tenido quien los cerrase. Los rígidos brazos y piernas, así como los desnudos cráneos, se erguían hacia el cielo.
El hecho de vivir rodeado por la muerte hace que uno, de manera consciente o inconsciente, extraiga sus propias conclusiones. Tener la conciencia de que a uno lo pueden matar al día siguiente lo lleva al anhelo de vivir intensamente; saber que mañana pueden matar a la persona con quien estás hablando hoy, a aquella persona a la que le tienes tanto aprecio, más bien hace que temas entregarte por completo a ella. Lo que sucede entonces es que uno construye de forma inconsciente dentro de sí mismo una pared tras la cual esconde lo frágil que tiene dentro: los sentimientos más profundos y las relaciones con los demás, en particular las más íntimas. Es la única manera posible de sobrellevar todas esas reiteradas, desesperanzadas e irreversibles despedidas.
El hecho de que uno haya construido esa pared ya en la infancia hace que se vea forzado a demolerla durante el resto de su vida, y la cuestión es si uno puede ser capaz de demolerla del todo.
De la mano de la muerte iba caminando el miedo. Yo sabía que estaba a merced de una fuerza que carecía de todo sentimiento y a la cual todo le estaba permitido; sabía que en cualquier momento me podían incluir en un convoy y que me podían llevar a aquellos lugares de los que uno nunca regresaba. Sabía que sin previo aviso se podía presentar ante mí un hombre de uniforme gris y verde con la calavera de la muerte en la gorra y pegarme o matarme.
Uno puede aceptar el miedo y rendirse a él, o bien blindarse ante él, pero un niño todavía no es capaz de elegir de veras, de tomar una decisión tan crucial: todo lo que puede hacer es aferrarse desesperadamente a una fe ciega en un mundo en el que no tuvo tiempo de crecer, es decir, en el mundo de los cuentos de hadas, donde en la continua lucha entre las fuerzas del mal y del bien estas últimas siempre vencen, donde uno es más astuto que las brujas y a los dragones se les corta la cabeza.
Puede parecer poco apropiado aludir al mundo de los cuentos de hadas en relación con un campo de concentración, sin embargo, yo diría que no solo yo y los otros chavales de mi edad nos refugiábamos en él, sino que también lo hacían los adultos, cuya impotencia no se diferenciaba demasiado de la nuestra. Su mundo, al igual que el nuestro, estaba polarizado en el combate entre el bien y el mal. Esta batalla, en la que estaban en juego nuestras propias vidas, se libraba en algún lugar lejano, sin posibilidad alguna de llegar hasta él o incidir en él. No obstante —esto lo recuerdo bien—, casi todos creían en el buen y, sobre todo, rápido desenlace de ese combate. Esa fe, de hecho, era la que ayudaba a sobrevivir y a soportarlo todo: la humillación, la angustia, la enfermedad y el hambre.
Pero el mundo real, por supuesto, no es el mundo de los cuentos de hadas y menos todavía en aquella época y en aquellos lugares: aquella fe que podía ayudar tanto resultaba ser inútil para la mayoría de la gente que me rodeaba. Yo, sin embargo, sobreviví y llegué a vivir para verlo; para mí las fuerzas del bien, encarnadas sobre todo en el Ejército Rojo, triunfaron de verdad y tardé un tiempo (al igual que muchos de los que sobrevivieron a la guerra) en comprender en profundidad que muy a menudo no es que se batan las fuerzas del bien contra las del mal, sino que a menudo simplemente se trata de dos fuerzas del mal que compiten entre sí por dominar el mundo.
El ser humano tiene una tendencia natural a la visión dualista del mundo. La polarización del mundo entre el bien y el mal en tiempos de guerra y en las circunstancias de un campo de concentración es natural y fácilmente explicable. Además, esta visión del mundo como blanco y negro se ve consolidada por intensas experiencias emocionales. Entre las más intensas estaba aquel momento y no otro, imaginado en tan innumerables ocasiones, anhelado con tanto empeño que llegaba a parecer irreal: el momento de la liberación.
En nuestra parte del mundo es mucha la gente que sufre por la sensación de que sus vidas carecen de momentos emocionantes, de una profunda vivencia de la felicidad, y tratan de encontrar lo que echan en falta con ayuda de las drogas o de prácticas místicas. Rara vez llegan a darse cuenta de que una experiencia profunda y liberadora de la felicidad es inalcanzable sin una experiencia del sufrimiento igualmente profunda.
Aún hoy recuerdo cada detalle de aquel día, recuerdo cómo estaba junto a la valla derruida que, como bien sabía hasta ese momento, nunca llegaría a atravesar; miraba a mi alrededor y veía columnas interminables de soldados del Ejército Rojo, caballos agotados, gente exhausta, tanques sucios, coches y cañones. Por primera vez vi un retrato del mariscal Stalin, un hombre cuyo nombre asocié durante mucho tiempo con ese preciso instante, y sollozaba sin cesar al darme cuenta de que era libre. Delante de mis ojos mataron a un civil alemán y un tanque aplastó a un prisionero que se había abalanzado vorazmente sobre un paquete de cigarrillos tirado en el suelo, pero nada de aquello pudo empañar mi buen humor ni hacerme bajar, aunque fuese un instante, de la nube de mi absoluta felicidad. Años después, cuando reflexionaba sobre mi infancia y lo que me había sucedido, me venía a la cabeza el pensamiento casi blasfemo de que todos aquellos años de sufrimiento habían valido la pena por aquel único momento, aquella sensación suprema de libertad.
De manera semejante, los momentos excepcionales de una felicidad ganada a costa de largos años de sufrimiento a menudo marcan las vidas no solo de individuos, sino de pueblos enteros. Con esto no estoy diciendo en absoluto que tal efecto sea positivo, más bien lo contrario: ese sentimiento de felicidad suprema es el más fugaz en la vida, pero puede llegar a influir en nuestro buen juicio durante mucho tiempo. De todos modos, en general después viene el desembriagamiento, que causa una profunda frustración.
He mencionado con anterioridad la sensación de impotencia que compartía con los adultos. Fue una de las vivencias de más calado de mi infancia: la impotencia de todos los que estaban a mi alrededor ante el terrible destino hacia el que estábamos obligados a caminar.
Filas de condenados ignominiosamente marcados y acompañados por unos cuantos individuos armados desfilaban a lo largo de mi infancia. La imagen de aquellas filas, cuya longitud tal vez se pueda calcular en kilómetros, pero cuya desesperación total no se puede expresar con ninguna cantidad numérica, lleva toda la vida acompañándome, hasta el punto de determinar a menudo los pensamientos e ideas que me atraen.
A veces, cuando reflexiono sobre mi vida y mi trabajo, llego a la conclusión de que para un escritor cualquier experiencia, incluso la más dramática, si sobrevive a ella, es útil. Con esto no quiero decir que solo las vivencias dramáticas den más de sí a la hora de narrarlas que las vivencias que nos ofrece la vida cotidiana: las vivencias fuertes, las experiencias extremas, como cuando nos encontramos en el límite mismo entre la vida y la muerte o, por el contrario, cuando vivimos la felicidad suprema de una salvación inesperada, son vivencias que nos forman mucho más que cualquier otra cosa en la vida. Sin embargo, las vivencias extremas nos pueden hacer demasiado parciales. Desde el límite, desde la línea divisoria, el mundo se nos suele presentar de manera diferente a como lo vemos normalmente: cuestiones como la culpa y el castigo, la libertad y la opresión, la justicia y la injusticia, el amor y el odio, la venganza y el perdón parecen simples, sobre todo a ojos de una persona joven que en realidad no posee ninguna otra experiencia de la vida.
Me acuerdo de lo obsesionado que estaba después de la guerra con la idea de venganza; cada día escuchaba con ansia los programas de radio sobre los numerosos procesos que se estaban llevando a cabo entonces, tanto con los colaboradores checos como con los nazis de mayor rango. Una y otra vez me alegraba con las descripciones de las ejecuciones de los condenados en los juicios de Núremberg. En esto no creo que me diferenciase demasiado de la mayoría de mis coetáneos, pero de todas formas pronto me asusté y me di cuenta de las raíces de mis sentimientos, lo cual hizo que empezase a reflexionar sobre mis razonamientos tan simplistas. Yo diría que, al final, precisamente la singularidad de mi experiencia fue lo que me hizo volver a intentar analizarla de forma insistente, para comprender las complejas causas de algo que en la superficie parecía simple e inequívoco.
La conclusión a la que llegué, y que he intentado expresar en mis obras, fue que justamente las vivencias extremas por las que hemos pasado en este siglo como individuos y como grupo pueden hacernos ir por la dirección equivocada: a menudo, impulsados por el anhelo de extraer conclusiones de nuestra amarga experiencia, cometemos errores fatales que, en lugar de conducirnos a la libertad y a la justicia que pretendemos conseguir, nos llevan en la dirección opuesta. En sí misma, una vivencia extrema no nos abre el camino hacia la sabiduría; esta podemos alcanzarla solo si somos capaces de valorar esa experiencia con cierta distancia.
Las vivencias de la infancia sin duda alguna influyen en uno durante el resto de su vida. Sin embargo, la relación entre ellas y lo que siga después es todo menos predecible. Conozco a personas, que por aquel entonces eran algo mayores que yo, a las cuales les ha quedado para siempre una angustia, una sensación de persecución y de expectativa de que lo que les sucedió puede volver a repetirse en cualquier momento. En mi caso la experiencia vivida tuvo precisamente el efecto contrario: tenía la sensación de que lo que había vivido no podría repetirse nunca más, y el propio hecho de haber sobrevivido me llenaba de la expectativa —difícil de justificar con argumentos racionales— de que sobreviviría felizmente a todo lo que me sucediese después en la vida. Mi experiencia durante la guerra sin duda me ayudó a sobrevivir y a sobrellevar con cierta distancia los años de persecución que predominaron en mi vida de adulto.
De la misma manera, en algunas personas, las vivencias de la guerra despertaron un ansia de venganza tal y las endurecieron tanto para toda la vida en su relación con todo aquel al que consideraban como su enemigo, o únicamente como un posible rival, que, simplificándolo un poco, se puede decir que, como víctimas de un fanatismo, con frecuencia acabaron sucumbiendo al fanatismo contrario.
Una vez establecida cierta distancia con los acontecimientos vividos, he llegado a la conclusión de que cualquier tipo de fanatismo es un presupuesto psicológico, es ya una fase inicial de violencia y terror, y que en el mundo no hay ninguna idea que justifique un intento fanático de imponerla. La única salvación para el mundo de hoy en día es la tolerancia. Por otro lado, esas multitudes impotentes y desesperadas, forzadas a ingresar —aunque «solo» sea en campos de concentración rodeados de alambre de espino y vigiladas con ametralladoras desde lo alto de torres— o enviadas directamente a cámaras de gas o ante pelotones de ejecución, advierten de que la tolerancia tiene sus límites. No cabe duda de que Hitler y sus compinches (al igual que Lenin y su panda de revolucionarios) no ocultaron sus destructivas intenciones de restringir la libertad de grupos enteros de población, ni siquiera ocultaron su fanática determinación de alcanzar sus objetivos al precio que fuese. Si no se hubiesen encontrado con una imperdonable indiferencia, con indeterminación y debilidad, se les hubiera podido parar. La tolerancia nunca debe significar debilidad frente a la intolerancia, frente a aquel que está dispuesto a limitar la libertad o incluso el derecho a la vida del otro, aunque lo justifique con los fines más nobles.
Sé que en el fondo son principios muy básicos, pero a lo largo de los años me he convencido en muchas ocasiones de que son precisamente estos principios tan básicos los más difíciles de poner en práctica. Una y otra vez somos espectadores de cómo impotentes multitudes se dirigen hacia un destino que algún nuevo tipo de fanatismo les ha preparado, uno que —por motivos generalmente egoístas— estamos preparados para tolerar o, al menos, frente al cual estamos dispuestos a declarar en público nuestra impotencia. Repetidamente se nos pasa el momento de poder poner término a la violencia sin un gran derramamiento de sangre. La experiencia me advierte de que si no aprendemos de las catástrofes y no aceptamos estos principios básicos también se nos pasará ese momento en el que podamos actuar para decidir sobre el futuro de la humanidad.