El espíritu de Praga
La Sal, Más Valiosa que el Oro
Estalló como una epidemia de gripe primaveral. La gente corría a las tiendas a comprar especias e incluso sal, cosa que habían hecho ya con el cacao.
Hemos soportado varias de esas epidemias. Siempre que hay un rumor sobre una reforma de la moneda, un aumento de precios o una amenaza de guerra, la gente empieza a atesorar. Atesorar tiene un sentido político y sociológico específico. En lugar de las demostraciones regulares y controladas de consentimiento y de confianza entusiasta que piden las autoridades del momento, el ciudadano manifiesta en este caso una relación más espontánea y menos confiada. En estas situaciones de pánico, también da muestras de su larga experiencia acumulada con el sistema de distribución. La experiencia le dice que tiene que comprar lo que pueda, no lo que necesite en aquel momento.
Por otro lado, hasta un ciudadano mal informado entiende que es poco probable que haya escasez de sal. Al fin y al cabo, la esparcen por las carreteras en invierno cuando nieva y los depósitos de sal, solo en Eslovaquia, durarán siglos. En cuanto a la pimienta, parece que nos dirigimos a una época en que es más probable que haya escasez de comida para condimentar con pimienta que carencia de esta especia. El ciudadano, por tanto, no atesora estos productos porque tema una escasez de los bienes en cuestión, sino porque teme un aumento de precio. No hay duda de que el precio de las especias (como de todo lo demás) puede subir, pero la experiencia también nos dice que, por norma, los nuevos precios no llegan a doblar el precio inicial. Teniendo en cuenta los precios actuales de las especias y de la sal, podríamos estar hablando de fracciones de una corona. Además, sabemos que la sal tiene tendencia a humedecerse y a endurecerse, que las especias pierden sabor y que, después de utilizarlas un tiempo, acabamos tirando el resto. Aun en el caso de que almacenásemos una cantidad suficiente para dos o tres años, ahorraríamos como máximo veinte o treinta coronas al año.
Lo que me fascinó de toda la situación fue que gente que posee casa y coche, y ya no digamos televisor, lavadora y otros símbolos contemporáneos de riqueza, no tenga orgullo bastante para elevarse por encima de la fiebre de la sal y la pimienta. Al parecer, no consideran indigno correr de tienda en tienda en busca de botes de pimienta y paquetes de sal. En eso manifiestan la desdicha de una existencia dominada por la búsqueda desesperada de cosas.
Soy consciente de que la dignidad no se cuenta entre las cualidades más apreciadas y buscadas hoy en día. Al contrario, más que proporcionar al hombre la simple posibilidad de ganarse el sustento, la vida le obliga a cometer actos indignos, desde los cuestionarios humillantes que debe rellenar en el trabajo, a la participación obligatoria en pseudoelecciones o manifestaciones igualmente absurdas. Al mismo tiempo, se le lanza a un mundo en el que el eslogan «¡Toma lo que puedas y tanto como puedas!» está en boga. Es un mundo gobernado cada vez más por las relaciones, la corrupción y los privilegios ilícitos. Además, se ha excluido al hombre de toda actividad mediante la cual pueda confirmar el respeto cívico y humano por sí mismo y se le niega el estímulo de establecer contacto con una cultura viva, con el pensamiento vivo, con personalidades y actos creativos. Entiendo todo eso y, sin embargo, cuando fui testigo de este episodio de la sal y la pimienta, me sorprendió y me entristeció ver cuántos de los que eran incapaces de desmarcarse de la lógica humillante del mundo del consumismo son incapaces de valorar siquiera su propia dignidad por encima de un billete de veinte coronas.
La pregunta que se plantea es natural: tras haber renunciado a la dignidad, ¿cómo se comportaría esta gente en una crisis auténtica o en una carestía real? Quizás los que se han apropiado de la responsabilidad de dirigir esta sociedad se hayan formulado la misma pregunta y hayan empezado a entender que estos episodios indican no solo problemas de suministro sino, por encima de todo, problemas de valor.
20 de noviembre de 1977.