El espíritu de Praga
La Plaza de la Ciudad Vieja
En muchas ocasiones he oído decir a mis visitas, provenientes de todos los rincones del mundo, que Praga es bella o incluso que es la ciudad más bella del mundo (según lo educados que fuesen). No me gusta lo de «la más», ni tampoco la afición actual a establecer clasificaciones o a organizar concursos para elegir al mejor actor del año, la mejor novela del siglo o a la mujer más hermosa del mundo. Es tan difícil determinar la belleza de una ciudad como lo es determinar la de una mujer o de una música, porque en nuestros juicios siempre influirán nuestro gusto, nuestros prejuicios, preferencias y experiencias personales, así como los sentimientos. La relación que uno guarda con un lugar en el que vivió un gran amor suele ser diferente de la que guarda con un lugar en el que lo asaltaron y le robaron. En Praga, como en cualquier otra gran ciudad, se pueden vivir ambas experiencias.
En dos ocasiones en nuestras vidas, mi mujer y yo nos vimos obligados a considerar la idea de exiliarnos, pues a nuestro regreso a casa no podíamos esperar otra cosa que no fuese persecución. Sin embargo, regresamos y estoy convencido de que Praga desempeñó un papel en nuestra decisión.
He visitado decenas de ciudades y, si bien es verdad que las grandes ciudades no me gustan demasiado, soy consciente de que muchas de ellas eran hermosas; aun así en ellas siempre me sentí extranjero. De una manera metafórica, diría que los nombres de las calles no me hablaban y que, si bien me interesaba la historia de aquellas ciudades, en general no provocaban en mí entusiasmo, orgullo ni emoción. Praga es la ciudad donde nací. La gente suele recordar su lugar de nacimiento asociándolo a la infancia y a la juventud. Con frecuencia, la imagen que les ha quedado grabada está idealizada, y así suele ser también la imagen de Praga de los recuerdos de la generación de mis padres y, sobre todo, de la de mis abuelos: Praga como un lugar de gran agitación cultural, donde los artistas más destacados se reunían en selectos cafés o tabernas, un lugar de bailes, de teatros majestuosos, pequeños teatros y cabaret, un lugar donde los libros y los poemarios de los autores más importantes se publicaban por decenas de ediciones, un lugar de fascinante renacimiento nacional. Y, al mismo tiempo, un lugar cuyo ambiente llegaba a despertar una elevación mística. Como escribió Jaroslav Seifert, uno de los más ilustres poetas checos, que fue galardonado con el premio Nobel de Literatura:
Cada vez que contemplo Praga —y la contemplo sin parar,
siempre sin aliento, pues la amo—, dirijo mi pensamiento a Dios, esté donde esté escondido, detrás de una nebulosa de estrellas o simplemente tras un viejo biomboroído por las polillas, para darle las gracias por haberle concedido este magnífico escenario también a mi vida.
El paraguas de Piccadilly
Mi infancia y mi juventud, desgraciadamente, tuvieron lugar en una de las épocas más oscuras de Praga, y difícilmente pueden verse envueltas en mi memoria por un halo de idilio total. Cuando tenía siete años y medio, Praga fue ocupada por los nazis; recuerdo el horror provocado por las proclamaciones de pena de muerte y todas las prohibiciones que afectaban a aquellos praguenses que no tenían un historial racial intachable.
Tras la guerra, siguió un breve período de entusiasmo por una paz que se pagó cara. Más tarde, Praga fue dominada por los comunistas. La ciudad se volvió gris, desaparecieron los pequeños cafés y las célebres tabernas, de los rótulos de las tiendas desaparecieron los nombres de los comerciantes, así como desapareció la mayoría de los anuncios de neón que tanto me gustaban cuando era chaval; desaparecieron las librerías en las que se ofrecían cientos de títulos de libros y desapareció la mayoría de las revistas de los quioscos; lo único que daba algo de colorido a la ciudad eran los lemas escritos generalmente con letras blancas sobre un fondo de tela roja: «¡Con la Unión Soviética para siempre! ¡Construye patria y afianzarás la paz! Cumpliremos los cometidos del plan quinquenal», etcétera. Todos los días de fiesta comunistas también adornaban la ciudad miles —o más bien millones— de banderas y banderines, palomas de la paz e imágenes de líderes comunistas, todo colgado o pegado de manera obligatoria en las ventanas de colegios, edificios públicos y casas particulares.
Afortunadamente, a uno no le quedan grabados en la memoria ni las banderas ni los lemas: más bien el linde del bosquecillo a las afueras de la ciudad donde dio su primer beso, o la estrecha callejuela de Liben en la que vivía mi primer amor. Detrás de aquella callejuela se alzaba un imponente puente y delante de ella discurría el Rokytka, uno de los numerosos riachuelos de Praga; en los bancos del parque, en la orilla izquierda del Rokytka, solían sentarse los jubilados a jugar al ajedrez o simplemente de cháchara. Cuando, años más tarde, acabé por aquellos parajes después de extraviarme, me quedé fascinado por su extravagante belleza. Este barrio obrero sin duda encontró a su genial retratista en Bohumil Hrabal, que pasó allí una parte de su vida.
Hace poco tiempo un periodista italiano me preguntó cómo caracterizaría yo a Praga. Vacilé un buen rato antes de responder y entonces se me ocurrió: Praga ha sido en numerosas ocasiones amenazada, ocupada y expuesta a la violencia, y fue capaz de evitar su destrucción solo porque sus habitantes dominaron el arte de sobrevivir, fuesen las circunstancias que fuesen. Es posible que quien mejor ha plasmado este arte fuese Jaroslav Hasek en su El buen soldado Svejk.
El motivo por el cual situé en la plaza de la Ciudad Vieja la casa en la que vive su infancia el protagonista de mi novela más extensa, Eljuez juzgado, no es el hecho de que sea una de las atracciones turísticas más célebres de Praga, sino que es un lugar en el que se podía mostrar la sinuosidad de la historia checa, llena de cambios, ocupaciones, derrotas y esperanzas, una y otra vez perdidas, que se vuelven a despertar. El domicilio de mi protagonista me sirvió de pretexto para citar fragmentos de documentos relativos a esta plaza. Así, por la plaza pasaban los solemnes cortejos celebrados con motivo de la coronación de los reyes checos, y allí empezaron los pogroms medievales (el gueto judío estaba justo al lado de la plaza); en el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja —en el siglo XVI, cuando Praga estaba en el apogeo de su poder e influencia en todo el país—, los concejales del ayuntamiento colocaron el orgulloso cartel Praga caput regni; fue en esta plaza, tras la derrota sufrida en la batalla de la Montaña Blanca, en junio de 1621 —como volveré a citar más tarde— donde colocaron el patíbulo en el que decapitaron a veintisiete nobles, señores e intelectuales rebeldes. Allí, en el año 1814, exhibieron un enorme cuadro en el que el león bicéfalo checo despedazaba al águila napoleónica (en ningún caso fue el león checo quien despedazó a Napoleón). Fue allí donde los habitantes alemanes de Praga celebraron el comienzo de la primera guerra mundial y, cuatro años más tarde, eran los habitantes checos los que festejaban la caída de la monarquía y el nacimiento de la república. Allí fue donde le juraron fidelidad, pero dos décadas más tarde allí mismo se estaban manifestando los colaboradores del Reich de Hitler. En esa misma plaza, en mayo de 1945, en el ayuntamiento, se reunió el Comité Nacional de la Gran Praga y anunció a los ciudadanos de que el único gobierno legal era el gobierno checoslovaco formado en el exilio. Allí cayó una de las últimas bombas de la segunda guerra mundial, en uno de los edificios más emblemáticos de Praga, el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, y allí recibieron con entusiasmo los praguenses a su presidente Benes, que regresaba de su exilio londinense después de la guerra; allí colgaban las fotografías de Stalin y allí, a finales de febrero de 1948, las masas de fanáticos celebraban la caída de la democracia y la instauración del régimen comunista. Allí vitorearon los praguenses a Dubcek, el comunista reformista, y un par de semanas más tarde se manifestaban mostrando su lealtad al régimen ocupante que había destituido a Dubcek.
Allí, tras la Revolución de terciopelo, aclamaban a Havel, hasta poco tiempo antes todavía encarcelado. En los últimos años, de manera sintomática, decenas de casetas y puestos de venta han llenado toda la superficie histórica de la plaza, para que los turistas puedan comprar souvenirs. En período de elecciones o en Navidades allí se erigen estrados en los que intervienen tanto políticos, actores como unos y otros juntos. También es allí donde se reúnen los exultantes hinchas para darles la bienvenida a los jugadores checos de hockey tras sus victorias en las Olimpiadas o en los campeonatos del mundo. Estoy convencido de que la mayoría de aquellos que cruzan la plaza —no me estoy refiriendo únicamente a los extranjeros, sino también a mis paisanos— no tienen ni idea de los cruciales acontecimientos ligados a este lugar.
Por Praga pasan cada año millones de turistas: suelen guiarlos damas que, armadas de paraguas de colores, siguen un recorrido turístico trazado con exactitud y les muestran los edificios más atractivos construidos en el último milenio. Se trata principalmente de iglesias y palacios o de casas de ricos burgueses. Sin embargo, monumentos como estos también los podemos encontrar en otras ciudades europeas. Una ciudad es como una persona: si no entablamos con ella una relación auténtica, para nosotros no será otra cosa que un nombre, una forma externa que rápidamente se esfuma de nuestra mente. Para poder establecer una relación con una ciudad tenemos que ser capaces de percibirla como una criatura viva, aprehender su singularidad, su «yo», su espíritu, su identidad y los contextos de su vida, la cual se mide por supuesto en una escala temporal algo diferente de la del tiempo de una vida humana. Hablar de una ciudad también significa, por supuesto, hablar de sus edificios. Pero los edificios solo son testigos parcos en palabras. Si no los conocemos bien no nos hablarán. Una ciudad sin historia no sería más que un enorme montón de materia, un amasijo de calles, una cantidad de casas de las cuales sobresalen torres, chimeneas y antenas de televisión.
De todas formas, sé que la historia no se puede contar. No se puede contar ni siquiera la historia de una vida humana que se desarrolló a lo largo de varias décadas. La historia de una ciudad dura siglos, está modelada por las acciones de todos aquellos que vivieron y ejercieron alguna actividad en la ciudad, aunque el número de estos, al igual que su forma, en realidad va más allá de lo que alcanza nuestra imaginación.